Lo primero que le hizo consciente de que había salido del trance inducido por la poción fue que podía sentir el metal del pequeño mechero apretado en su puño. Parpadeó, para intentar asegurarse de que era así, de que todo había terminado. Frente a él, Snape y Draco hablaban en voz baja, Zabini y Nott no estaban a la vista.
— ¿Ya está? —preguntó con voz ronca, con la sensación de haber gritado durante horas.
Los dos hombres dieron un respingo y se aproximaron a él, Draco para sentarse enfrente, Severus para compartir sofá con él mientras le tendía un vaso de agua.
— Ya está. ¿Quiere hablar de esto ahora?
Harry asintió, bebiendo largos tragos de agua. Severus rellenó el vaso con su varita, miró a Draco un segundo, y luego se giró para ponerse de lado en el sofá y hablar con voz grave y pausada.
— La niebla que sentía era porque alguien, con más poder que habilidad, intentó manipular su mente para eliminar los sentimientos por Draco y sustituirlos por Ginevra —explicó, sucinto.
— ¿Quién? —graznó Harry entre sorbo y sorbo de agua.
El pocionista se encogió levemente de hombros y a Harry le pareció un momento que estaba frustrado.
— No lo sabemos, eso ocurrió cuando estuvo en el hospital y su mente ya era de por sí un caos. Solo se aprecia que antes de eso no había pensamientos sobre la señorita Weasley y todo se centraba en Draco. Creo que aprovecharon su fragilidad mental tras la batalla y por eso el efecto ha durado tanto. Les salió seguramente mejor de lo que esperaban.
Draco bufó, haciendo que los otros dos desviaran por un momento la atención a él, y se recostó en el sillón con los labios apretados y los brazos cruzados sobre el pecho.
— No escribí las cartas.
Severus negó con la cabeza, mirando todavía de reojo a su ahijado, que cerró los ojos un momento, como si eso le doliera especialmente
— No.
— No tomé por mí mismo la decisión de casarme —insistió, necesitado de escucharlo en voz alta aunque hacía tiempo que era algo que sentía muy adentro.
Snape volvió a negar con la cabeza.
— No. Claramente fue influenciado por su entorno en un momento débil para tomar esa decisión.
—Vale —es todo lo que atinó a decir, dejando con una mano temblorosa el vaso en una esquina de la mesa.
Escondió la cara entre las manos un momento, tratando de coger aire y calmarse, y luego las pasó despacio hasta su nuca, sin levantar la mirada de la alfombra, consciente de que su anfitrión había abandonado la habitación. Hasta que apareció delante de él una taza de té sostenida por unas manos bordeadas de tatuajes. Sonrió levemente.
— El té te sentará bien —dijo Draco con una suavidad en la voz que no había escuchado en años, pero volviendo a sentarse a una distancia segura.
— Puedes sacar a un inglés de Inglaterra, pero no Inglaterra de un inglés —murmuró, tomando el platillo con manos temblorosas y levantando la cabeza a tiempo de darse cuenta de que estaban solos.
— Después de haber visto esto, casi tengo ganas de decirte que no era necesario.
Harry bebió casi media taza de té antes de sentir que podía ordenar sus ideas y, por fin, exponérselas a Draco
— Lo era, para mí. —Dejó la taza, pero se quedó con la cucharilla y jugueteó con ella mientras cogía valor para mirar a Draco a los ojos y seguir hablando— Después de casarme, empecé a tener problemas. Cada pocos meses, me despertaba una mañana llorando. Pero no era una pesadilla de la guerra, era peor, porque sentía una angustia terrible, una sensación de pérdida que me dejaba días fuera de combate. El psicomago decía que eran episodios depresivos, por el stress post traumático.
— ¿Lo eran?
— Ahora sin la niebla, veo que no. Era mi mente intentando reaccionar y recordarme que eras tú y no Ginny lo que yo había elegido.
El rostro de Draco se contrajo.
— Me faltaban los recuerdos que tenían que ver contigo de quinto y sexto curso, y el verano en Grimmauld. Me faltabas Draco, —Trató de explicarle, hablando despacio— como ha dicho Snape, los sentimientos que creía que tenía por mi mujer en realidad eran por ti, por eso nada acababa de encajar. Y por eso soñaba contigo, ahora sé que era contigo. Hace cuatro meses, me levanté una mañana especialmente mal. Llamé al trabajo, me excusé como siempre, y empecé a dar vueltas por casa. Había algo diferente.
— ¿Recordabas?
Harry negó con la cabeza.
— La víspera Ginny me había dicho que quería ser madre. Discutimos. El caso es que cuando quise darme cuenta, estaba en Grimmauld.
— La vieja casa...
— Si. Está cerrada, Ginny ha intentado convencerme de venderla muchas veces, pero en realidad esa casa no puede venderse, tiene que ser de un Black. Eso me decía a mí mismo esa mañana, entre dientes, como el trastornado que han querido convencerme que soy.
La voz se le rompió un poco y Draco se inclinó hacia delante, empujando la taza hacia él de nuevo.
— Bebe un poco, Potter. Cálmate —le dijo al sentir que la energía mágica de Harry, triste y enojado, hacía vibrar cosas a su alrededor.
Bebió lo que quedaba de la taza y respiró hondo, de nuevo apretando la cucharilla entre las puntas de sus dedos.
— Me vi allí y no sabía porqué, pero no conseguía sacar una imagen tuya de mi cabeza. Ahora entiendo que lo que veía era tu cara cuando nos despedimos y te prometí que volvería. —Se detuvo para tomar aire— Acabé en el desván. En esa casa hay una cantidad exagerada de cosas terroríficas guardadas... pero encontré una caja de Sirius. Había fotos, recuerdos del colegio, y un diario.
— ¿Un diario? —preguntó, sorprendido por el giro de la conversación— ¿De tu padrino?
— De mi padre. Volví a casa y lo leí. —Harry se detuvo y tomó aire, mirando al rubio con los ojos muy brillantes— Draco... lo poco que sabía de mis padres, de mi familia, era casi todo mentira. Mis padres se casaron por despecho, porque les rechazaron quienes ellos querían. Yo no debería haber nacido ,y cuando mi madre murió estaba embarazada del hijo de otro hombre. Eso... eso fue lo que desató todo, porque al terminar de leerlo todo lo que mi cerebro decía era: eres como tu padre, lo hiciste mal, debiste elegir a Draco. Y no entendía porqué, creía que me estaba volviendo definitivamente loco.
— Pero... pero no fue tu voluntad, ahora lo sabes.
Harry negó con vehemencia con la cabeza, el cabello desordenado flotando en todas direcciones, los ojos puestos en la cucharilla de té doblada.
— Debí ser más fuerte, yo podía rechazar un Imperio, sobreviví dos veces a un Avada, pero no había podido mantenerme fiel a ti. Aquella noche salí de mi casa y no volví. Después vine aquí y ya no me detuve hasta poder llegar a este punto. Lo siento, Draco. Siento infinitamente no haber estado a la altura y ser la misma mierda que mi padre.
Draco guardó silencio mucho rato, o al menos a Harry le pareció una eternidad.
— ¿Qué vas a hacer ahora? —le cuestionó por fin, de nuevo acomodado en el sillón y con los brazos sobre el pecho.
— No lo sé —reconoció Harry, dejando la cucharilla sobre la mesa—. Si no puedo saber quién está detrás de lo que nos pasó ni quién más lo sabía, siento que no puedo confiar en nadie.
— Eso es una mierda.
Harry se encogió de hombros.
— Lo que me merezco, supongo.
— Si te sirve de algo, yo creo que no debes sentirte culpable por nada —le dijo el rubio poniéndose en pie.
— Sirve. —Se recostó un poco en el sofá para poder mirarle mejor mientras caminaba hacia la puerta—. Gracias Draco, por escucharme. Yo... gracias.
— Cuídate, Harry —le dijo.
Y cerró la puerta tras él.
Estaba de vuelta en Grimmauld, delante de la maleta deshecha, tratando de decidir cuál era el paso a dar a continuación, cuando escuchó el flu. Se sobresaltó, porque estaba convencido de que seguía bloqueado. Tomó su varita y salió al encuentro de quien quiera que fuera.
Se encontró con su visitante en la puerta del salón de la planta baja, mirándole con el ceño fruncido y los brazos sobre el pecho.
— ¿Zabini?
— ¿En serio vives aquí? esto sitio es...
— ¿Tétrico? ¿Deprimente?
— Desde luego no es el sitio donde yo me recuperaría de nada.
— Es la única casa que tengo ahora. ¿Qué quieres? —preguntó por fin, echando a andar hacia la cocina.
— ¿Qué vas a hacer con Draco? —le soltó a bocajarro.
— Nada —respondió, dándole la espalda mientras trasteaba con la cafetera.
— ¿Y ya está? ¿Te quitas del medio? —insistió, incrédulo.
— ¿No es lo que querías desde el principio? —le respondió por fin, poniéndole una taza de café delante, tal y como la tomaba en el tiempo que convivían.
Blaise resopló frustrado, se levantó de la silla en la que se había dejado caer para abrir el armario donde se guardaban los dulces, igual que habría hecho seis años antes.
— No puedes entender cómo ha sido para Draco, Potter. La relación que tú recuerdas no es la que él vivió.
— Por las cartas —concluyó, bebiendo de su café.
— Aquello le mantuvo a flote, le ayudó a superar la muerte de su padre y que casi perdemos a Pansy. Y aunque estos años ha renegado de todas aquellas promesas, para él eran reales. Ahora tiene que asumir que tú nunca le quisiste como él te quiso.
Harry dejó la taza sobre la mesa y se mesó el cabello.
— Pero sí le quise, Zabini. Eso es lo que he recuperado, ahora sé que le quise desde mucho antes de llegar aquí. Creo que me enamoré la primera noche en quinto curso en que compartimos un cigarrillo en la torre de astronomía. Y mis promesas cuando me despedí eran reales. No he hecho todo esto por lavar mi conciencia,
— ¿Y por qué lo has hecho? —presionó Blaise.
— Porque a pesar de la confusión, he perdido la cuenta de las mañanas en estos años en las que me he despertado llorando por él. Los hechizos no consiguieron borrar la añoranza.
Zabini le miró un largo rato, dando pequeños sorbos a su café. Hasta que se inclinó hacia delante, con un nuevo gesto de furia.
— ¿Entonces por qué te rindes? síguele y lucha, joder. ¿No merece la pena? —le reprochó, golpeando la vieja mesa con el puño.
— Claro que él merece la pena. Pero Draco ya es feliz, os tiene a vosotros. Le dije a Nott que si Draco ya había hecho su vida, no me metería y le desearía lo mejor.
— No, Potter. —Negó con la cabeza y los labios— Nosotros hemos sido una tirita nada más, un parche cuando la vida se le hacía complicada. Pero tenemos nuestra vida y él se merece la suya propia, y no es que no vaya a añorar lo que hemos tenido y abrirle la puerta si lo vuelve a necesitar. Es mi amigo, nos queremos, pero no estamos enamorados.
Harry levantó las cejas, sorprendido, pero recordó su conversación con Nott de nuevo.
— Lealtad.
— Siempre. —Afirmó rotundo, poniéndose de pie— Conozco a alguien que conoce a alguien en los aurores alemanes. Piénsalo, no creo que para ti sea difícil pedir un traslado.
Las cejas morenas se levantaron aún más.
— No me mires así, lo hago por mi amigo.
— Ok, ok. —Levantó las manos—. Lo pensaré, ¿vale?
— Deberías. No te lo ofreceré una segunda vez —le dijo, saliendo ya por la puerta.
