— Esta vez tengo cita.
El muchacho le miró mal, pero acompañó a Harry a la habitación del fondo. No pudo evitar sentir un escalofrío al ver a Draco. Era prácticamente la misma imagen que le había recibido apenas dos meses antes, una camiseta negra remangada hasta los codos, los tatuajes asomando, el piercing en la nariz. El mayor cambio era el pelo un poco más largo.
— ¿No hay tatuadores en Londres? —le preguntó en cuanto se cerró la puerta tras el recepcionista.
— No son tú —respondió, decidido.
Draco negó con la cabeza, pero aún así le señaló una silla mientras acababa de poner orden en el instrumental que había usado con el cliente anterior.
— ¿Sabes qué quieres hacerte?
— Quería llamas. Y mientras esperaba he visto ese dragón expulsando fuego que tienes en la pared.
Por un momento, pensó que Draco no le había escuchado, porque no le miró, siguió colocando cosas en una bandeja.
— ¿El dragón blanco? —le cuestionó por fin, mirándole con rostro neutro.
— Sí. Es impresionante.
— Ese es un diseño doble, para una pareja.
— Oh.
Lo que le pilló desprevenido en ese momento fue ver a Draco quitándose la camiseta. Lo entendió cuando se giró y le dio completamente la espalda. Las llamas que recordaba, y que le habían hecho desear su propio tatuaje, salían de la boca de un dragón negro que le cubría prácticamente toda la espalda.
— Wow, el nivel de detalle es...
— Me lo hizo el artista con el que hice el aprendizaje —explicó mientras volvía a ponerse la camiseta—. Te llevaba conmigo, donde no podía verte.
Harry guardó silencio mientras procesaba la confesión, dicha con un tono muy desapasionado solo desmentido por el pequeño temblor de las manos que volvían a trabajar ordenando.
— ¿Lo diseñaste tú?
— Siempre me ha gustado el dibujo. —Se sentó frente a él e hizo un movimiento de varita que de primeras no entendió, hasta que se abrió la puerta y el dibujo enmarcado que había estado en la sala de espera entró volando directamente hasta sus manos.
Con cuidado, le dio la vuelta y desmontó la parte de atrás, señalándole algo con el dedo. Harry se asomó un poco y lo vio, en la parte trasera de la lámina, su estilizada cursiva: 15 de septiembre de 1997.
— ¿Lo dibujaste estando encerrado en Grimmauld? —preguntó, sorprendido.
Draco asintió mientras volvía a cerrar el cuadro.
— Lo hice después de recibir tu primera carta. Mi plan era regalártelo.
Se lo tendió.
— No puedo aceptarlo, es valioso para ti. Y una obra de arte. Pero ahora aún lo quiero más en mi espalda.
El tatuador lo miró un rato en silencio, pero finalmente asintió, poniéndose de pie.
— Quítate la camisa. Es grande para una sola sesión, el color me llevará otras dos más. Te va a salir caro.
Harry se limitó a contestarle con un bufido mientras se desabrochaba la camisa de cuadros. Después se sentó en la camilla y observó a Draco acabar de preparar los materiales y duplicar la ilustración para crear la plantilla.
El rubio le indicó cómo colocarse y comenzó por colocar la plantilla con cuidado.
— ¿Es el primero?
— ¿Perdona?
— El primer tatuaje. La sensación puede ser extraña al principio. El proceso es igual que el muggle, salvo para algunas cosas del relleno de color. Y los hechizos de movimiento.
— ¿Esos son los que crean la sensación de que las llamas de tu cuello son reales?
— Sí. En teoría también podrías moverlo a voluntad por tu cuerpo, pero eso depende de la magia de cada uno y no se puede ver hasta que está completamente curado.
Asintió. Realmente lo que le ponía nervioso era el tacto de Draco en su espalda. Era una tontería, pero cuando empezó a trabajar, el roce de sus dedos cubiertos de guantes negros era lo único en lo que podía concentrarse. Habían pasado juntos sus últimas noches antes de partir con Dumbledore. El sexo había sido torpe, para Harry eran sus primeras veces, pero ahora que los había recuperado, los recuerdos más cálidos eran de las caricias y de dormir abrazados. Había esperado que Draco fuera frío y distante, como era en su día a día, como lo estaba viendo de nuevo de adulto, pero la realidad había sido sorprendentemente tierna.
— ¿Estás bien? ¿Quieres que pare? —escuchó a Draco preguntar al cabo de diez minutos.
— ¿Qué? no no, no hace falta.
— ¿Seguro? estás temblando.
— Estoy bien. Sigue —respondió con voz un poco ronca.
Draco apretó los labios y siguió con las líneas de contorno. Llevaban bastante rato en silencio, cuando Harry por fin preguntó.
— ¿Por qué guardaste mis cartas?
— ¿La verdad? —contestó sin dejar de tatuar.
— Claro.
Detuvo la pistola un momento para pasar una gasa y limpiar un trozo de piel.
— Me decía que era para poder echártelas a la cara si llegaba un momento como este. Pero la realidad es... que era todo lo que me quedaba de ti.
Harry hizo ademán de moverse pero Draco le golpeó suavemente las costillas con el codo para que se estuviera quieto.
— Lo siento —dijo por fin.
— Deja de disculparte. Ya te dije que a estas alturas no creo que fuera culpa tuya.
— Déjame hablar, por favor: siento que alguien jugará así contigo. La persona que escribió esas cartas fue especialmente cruel y lamento que me utilizara para hacerte daño. Pero sobre todo lamento no haberlas escrito yo y haber cumplido todas esas promesas.
Guardó silencio, con la frente apoyada en los brazos cruzados mientras Draco trabajaba en su baja espalda y el corazón golpeando con fuerza.
— Ya no tiene remedio —escuchó que Draco susurraba al cabo de un rato, mientras terminaba la silueta del dragón.
Segunda sesión
— ¿Ya no fumas? —preguntó Harry, de repente, después de veinte minutos trabajando en silencio, tan callado y quieto que Draco empezaba a pensar que estaba dormido.
— Solo cuando estoy nervioso —le contestó, obviando decir que últimamente estaba fumando muchísimo más de lo habitual—. Normalmente dibujar y tatuar me calma.
— Cuando me divorcié, estuve un tiempo viviendo en Grimmauld, hasta que vine a Berlín por primera vez. Encontré algo que me ayudó a recordar cosas, y lo he llevado conmigo todo este tiempo.
— ¿El qué?
Abrió el puño y allí estaba. Draco dejó la pistola de tatuar y se enderezó. Lo miró como pidiéndole permiso para tomarlo. Harry se lo tendió. El metal era cálido a través de la goma de los guantes. Lo giró para encontrar la vieja inscripción.
— Recuerdo que me preguntaba por qué usabas un encendedor muggle en lugar de la varita como había visto a otros magos fumadores. Hasta que, el día que me devolviste las cartas, me paré a mirar mejor y descubrí la inscripción
— Severus me lo regaló cuando cumplí quince. Empecé a fumar ese verano, después del retorno de Voldemort. Un día que vino de visita a mi casa, me pilló con un cigarrillo en la mano detrás del invernadero. Pensé que me reñiría, pero no. Me abrazó. Y al cabo de unos días llegó con esto. Sentí olvidármelo en Grimmauld cuando salimos corriendo de allí para acudir a la batalla.
— Te recordé. En la batalla —le dijo Harry, con voz ronca por la emoción.
Los ojos grises lo miraron fijamente antes de volver a tomar la pistola.
— Ha pasado mucho tiempo —respondió, sin mirarle.
— Me dijiste que me querías.
— Ahora no sé si te quería a ti o al de las cartas.
— La persona que escribió esas cartas me conocía bien. Suscribo cada letra, Draco. Volver, irme lejos contigo, empezar de cero. Habría hecho todo eso.
Draco suspiró y le hizo un gesto con la barbilla para que volviera a colocarse. El zumbido de la pistola llenó durante unos minutos el silencio hasta que se sintió capaz de hablar de nuevo.
— Yo tuve una relación contigo desde que te besé hasta el día que se publicó tu compromiso. Tú no tuviste tiempo a vivir lo mismo que yo.
— Tuve ocho meses viajando con Dumbledore para echarte de menos. Ahora soy consciente de que nunca me necesitó en ese viaje más que para que muriera conforme a sus planes, seguramente creyó que igual que te convencimos a ti para salir de los mortifagos, Severus y tú me convenceríais para huir.
— Theo y Blaise siempre pensaron que en realidad lo que había hecho era separarte de mí porque en otras manos eras más manipulable.
— Y lo intentó, convencerme de que Ginny era mejor opción para mí. Por eso creo que estaba implicado en todo lo que pasó. Por eso y porque hay pasajes en esas primeras cartas que podrían haberse sacado de mis pensamientos perfectamente.
— Y como no lo consiguió, alguien hizo algo más drástico.
Harry soltó un ruidito que sonó a asentimiento, antes de seguir hablando, con voz cada vez más ronca.
— ¿Lo peor? Que ahora sé que mis amigos sabían lo que yo sentía por ti. Y la única que intentó hacerme ver que no estaba tomando decisiones por mi mismo fue Hermione. No insistió, sólo fue una vez, así que tengo que creer que son los Weasley los que han orquestado todo esto.
— Pero no puedes saberlo con certeza.
— No. No puedo confiar en nadie allí ahora.
— Insisto en que es una mierda. No sé qué haría yo sin poder confiar en los míos.
Harry guardó silencio un largo rato, pero aún así Draco ya esperaba lo siguiente que salió de sus labios..
— Respecto a eso...
— No
— No he preguntado nada
— Ibas a preguntarme por Blaise y Theo. Y no, no quiero hablar de eso contigo.
— Yo solo...
Pero Draco no le dejó acabar, habló con tono decidido. O más bien le soltó el discurso que llevaba preparando en su mente desde que habían estado en Inglaterra.
— Puedo ser cordial, Harry. Puedo conectar con todo lo que me cuentas y en el fondo me hace bien cerrar todo eso. Pero no esperes más de mí.
— ¿Entonces por qué has accedido a hacerme el dragón?
— Porque lo vas a llevar como yo a la espalda, como un recordatorio de lo que fuimos. Esto es un cierre.
— O de lo que podríamos haber llegado a ser
Limpió la piel con una gasa antes de seguir trabajando en las llamas en la zona entre los omoplatos y hacia la nuca.
— El pasado está a nuestras espaldas.
— ¿Y no podemos empezar de nuevo? ¿Tú y yo?
— No. Ahora que has recuperado tu vida, sigue adelante con ella.
Tercera sesión
A Draco le ponía nervioso trabajar con Potter. Era así, y trataba de disimularlo tirando de todo su estoicismo y frialdad. Pero el trabajo se había alargado porque a ratos le temblaban las manos. Era así, era humano y tenía ante él a la persona que había amado con más intensidad. Esa espalda la había acariciado una y otra vez las pocas noches que habían podido pasar juntos. Quería quitarse los guantes y sentir de nuevo ese tacto, quería darse permiso para apoyar la frente entre sus omoplatos, ahora decorados con llamas, y volver a llenarse de su olor a madera. Y no podía.
Estaba dando los últimos toques, deseando acabar con esa tortura y verlo salir por última vez de su estudio, cuando Potter habló. Llevaba toda la sesión callado, ceñudo, casi esperaba que no abriera la boca hasta el momento de salir por la puerta.
— Si después de unos días veo que necesito algo, un retoque, ayuda con los hechizos, ¿tengo que pedir cita? tu recepcionista me odia.
— Seguramente debas pedir cita, no es plan de que vengas desde Inglaterra y no pueda atenderte. O tenga el día libre, hasta yo descanso de vez en cuando —masculló, concentrado en los toques iridiscentes que le estaba dando a las escamas del dragón.
— ¿No lo sabes? pensé que Blaise te lo diría.
— ¿El qué?
— He conseguido un puesto aquí, en los aurores.
Entró por la puerta de la botica hecho una furia. Detrás del mostrador, Blaise repasaba un libro de cuentas.
— Dime que no es verdad, Blaise.
— Tendrás que ser más preciso, Draco —le respondió sin levantar la vista de las cifras.
— Potter dice que le has ayudado a conseguir trabajo aquí.
Blaise puso un trozo de pergamino para marcar la hoja a la que necesitaba volver, cerró el libro con calma, lo guardó bajo el mostrador y finalmente miró a su amigo.
— Es verdad. Me ofrecí a ayudarle a trasladarse.
Draco se mesó los cortos cabellos mientras paseaba por la botica.
— Joder Blaise, ¿por qué te metes? —preguntó por fin, deteniéndose frente a él.
— ¿Y por qué tu lo alejas?
— ¿Te sobro, Blaise?
Su amigo salió de detrás del mostrador y se encaró con él, con los ojos oscuros brillando de ira.
— ¿Pero tú eres idiota? Tú —insistió, clavándole el índice en el pecho— eres una parte de mi vida, Draco. Yo lo que quiero es que seas feliz.
— ¿Y quién te ha dicho que no lo soy?
— El hecho de que nos buscas solo cuando estas mal.
— Eso no es verdad
— ¿Estás seguro? Son muchos años ya, ¿crees que no veo las señales? Que nosotros somos felices de ayudarte, pero ¿de verdad quieres esa dependencia, esa media vida?
— No es...
— Dime entonces por qué hace cinco años que no tienes una cita. —Le retó, cruzando los brazos sobre el pecho, con el ceño fruncido
— Porque no lo necesito, maldita sea, estoy bien como estoy —respondió Draco, dando una patada al mostrador de madera.
— Vale, de acuerdo, lo que tú digas, Draco. Nada tiene que cambiar, nuestra puerta siempre está abierta. —Intervino Theo, que había escuchado la conversación desde el laboratorio.
— Bien
— Bien
Draco se giró para dirigirse a la puerta.
— Solo una pregunta —le detuvo la voz de Theo—, ¿por qué el dragón?
Blaise les miró a los dos sin entender.
— Le ha tatuado a Potter el dragón que diseñó en su día como pareja del suyo — le explicó su pareja.
— Es un cierre —masculló Draco.
— Seguro que sí —le contestó Theo, volviendo a su laboratorio mientras su amigo abandonaba su negocio dando otro portazo.
Podría jurar que lo olió antes de verlo. Allí estaba Potter otra vez en su estudio, con su nuevo uniforme de auror, recordándole que era cierto, que se había mudado a Berlín, que no se había rendido.
— ¿Tú de nuevo? —preguntó con su mejor tono neutro.
Potter se encogió de hombros y le devolvió una sonrisa un poco cómplice mientras se quitaba la casaca del uniforme.
— Será cierto eso que dicen de que una vez que empiezas, no puedes parar.
— ¿Qué va a ser esta vez?
— Llevo días pensando en clichés. Y creo que tengo el único que no te va a hacer vomitar.
— El tatuaje lo vas a llevar tú, no yo.
— Quiero una frase.
— Con tantas vueltas casi temo preguntar cuál.
— Draco dormiens nunquam titillandus.
Draco lo miró con una media sonrisa irónica.
— ¿Buscando una excusa para llevar mi nombre tatuado?
— Llevo tu dragón albino en la espalda...
Tocado, pensó Draco, conteniéndose para no decirle que le gustaría que se lo enseñara.
— Mmmm. ¿Dónde lo quieres? ¿Has pensado tipo de letra?
— Tu cursiva.
— Creo que de nuevo no me va a gustar la explicación —comentó mientras comenzaba a preparar la plantilla— . ¿Dónde lo quieres entonces?
Harry le tendió el antebrazo izquierdo
— ¿Contestabas a las cartas? —le cuestionó Potter al cabo de un rato mientras comenzaba con las primeras letras.
— ¿Y eso a que viene? —respondió sin apartar la mirada de la piel morena, pero con el corazón resonándole en los oídos.
— A que ya que no sé lo que contestabas, al menos tendré tu letra.
— Eso es...
— ¿Asquerosamente empalagoso? Lo es.
— No te pega.
— Quizá me he vuelto muy empalagoso con la edad, quién sabe.
— Mmmm —se limitó a gruñir Draco por respuesta.
Harry disfrutó esta vez de verlo trabajar. O más bien de poderlo contemplar a su antojo, el brillante pelo rubio, que de nuevo estaba muy corto, las llamas asomando por el cuello de la camiseta verde oscuro. Había un pendiente nuevo en su oreja izquierda, un aro del que colgaba una pequeña piedra verde también.
— Te has hecho otro pendiente.
— Ajá.
— ¿Eso es una esmeralda?
— Ajá.
— ¿Quieres tomar algo conmigo cuando acabes?
— Buen intento —le contestó Draco sin mirarle, con tono desapasionado, pero Harry pudo ver un pequeño levantamiento en la comisura de sus labios casi parecido a una sonrisa.
— Ya sabes lo que dicen de los Gryffindor, somos tercos e impulsivos. Seguiré insistiendo. Me queda mucha piel libre.
Draco detuvo la pistola y se enderezó para mirarle.
— Eso es acoso, auror.
— Eso soy yo dispuesto a luchar, Draco.
— Harry...
No pudo evitar estirar la mano y rozar el pómulo pálido con el pulgar, que enseguida se coloreó. Esperó que el tatuador se alejara, pero no, solo cerró los ojos y soltó aire.
— Una cita. Solo una cita y si no sale bien prometo no molestarte más.
Draco abrió los ojos. No dijo nada, solo volvió a tomar la pistola de tatuar.
— Una cena, Harry —murmuró, mientras trazaba las últimas letras—. Tú pagas y si no funciona desapareces de mi vida.
— Prometido.
El pequeño apartamento que Harry alquilaba tenía un balcón. Le gustaba salir allí y sentarse a ver las estrellas después de cenar. Aquella noche había dos sillas y un cenicero sobre la mesa.
Miró de refilón a Draco mientras encendía un cigarrillo con su mechero de plata, de nuevo ese gesto. Era su tercera cita. Y la primera que acababa en su casa.
Habían comido juntos y pasado una tarde estupenda paseando por Berlín. A mitad de tarde, cuando salían de tomarse un café en un pequeño local del barrio bohemio, Draco le había tomado de la mano mientras caminaban. En ese momento lo había sabido, que no volvería a pedirle que le dejara en paz.
Invocó una manta ligera y se la pasó a Draco por los hombros antes de sentarse junto a él, la noche estaba fresca para estar en el balcón solamente con los calzoncillos y una camiseta de Harry.
— No recuerdo mucho de las clases de astronomía —comentó, después de sentarse—, pero me gusta salir aquí por las noches.
Draco le tendió el cigarrillo encendido, lo acercó a sus labios y Harry dio una corta calada, besando de paso sus dedos.
— Seguramente porque no les prestabas demasiada atención —le contestó, dando una larga calada y exhalando el humo hacia el cielo—. Necesito que aclaremos una cosa, Harry.
— Te escucho.
— Voy a seguir quedando con ellos.
Harry se encogió de hombros.
— Normal, son tus amigos.
— Me refiero a que quiero seguir teniendo sexo con ellos también.
— Vale
— ¿Te parece bien?
— ¿Esperas que te diga que no?
Draco apagó el cigarrillo en el cenicero y se arrebujó en la manta, mientras se ponía de medio lado en la silla para poder mirarle.
— Ellos... han sido mi muleta todo este tiempo. Ahora quiero que sean otra cosa, ¿tiene sentido?
El moreno se inclinó hacia él y le pasó el brazo por los hombros,
— Seguro que para vosotros tres lo tiene.
— ¿Podremos hacerlo funcionar? —preguntó Draco al cabo de unos minutos de cómodo silencio.
— Lo sabremos con la práctica, imagino. Yo quiero conocer al Draco que eres ahora. Tú puedes seguir tatuándome.
— ¿Eso es todo lo que quieres de mí? ¿Tatuajes gratis?
— ¿Gratis? No, yo pensaba pagarte. Con cenas, con paseos, con viajes o con sexo, lo que te apetezca más.
Draco frotó la mejilla contra su hombro, disfrutando de su olor, y se permitió mostrar un poco de inseguridad.
— ¿Te vas a quedar seguro en Berlín? No me gustaría dejarte un tatuaje a medias.
Harry sonrió, le tomó por la barbilla con suavidad y le besó. Después, volvió a abrazarle por el hombro y siguió hablando.
— Lo único que me ata a Londres es una casa antigua y un ahijado. Al que quizá quieras conocer algún día. Y bueno, tu padrino.
— Tendrás que explicarme de dónde sale esta cercanía con Severus ahora.
— Es una larga historia. ¿Recuerdas que te hablé del diario de mi padre? Pues verás...
