Nota: AAAA LO ACABÉ, AHORA PUEDO MORIR YA AAAAAAA. Perdón de rodillas si salió ooc, ugh. Y bueno, no sé, me gustó el final.


Si Athanasius tuviera que decir o explicar en una palabra cómo se siente actualmente, tal vez, utilizaría "tranquilo".

Ya no siente la presión de tener que ser emperador, ya no tiene que obedecer a Aethernitas, y ya no tiene que lastimar a nadie ni lastimarse a sí mismo en el proceso.

Podría decirse que finalmente pudo salir de la jaula bonita que implicaba pertenecer a la familia real. Y ya no tener nada que ver con esta.

Ahora sólo viviría escondido pero en paz hasta que este cuerpo roto y exhausto llegara a su fin. Sólo esperaba tener una segunda muerte menos dolorosa que la primera.

Fue lo que pensó, llevándose una mano al pecho donde se encontraba esa vieja cicatriz. Mientras contemplaba el mar bajo el cielo nocturno estrellado.

La vista era bastante bonita, y le transmitía calma. Además de ser un recordatorio de que, todavía seguía con vida; suspiró ligeramente, quitando la mano de su pecho, posándola en la arena.

La primera vez que vino aquí con su adorada hija, el segundo día de llegar aquí a Mieta. Recuerda que no quería abandonar la comodidad de la mansión, pero la insistencia y la ilusión brillando en los ojos de su Nette lo hicieron ceder para finalmente ir a la playa y contemplar su inmensidad así como también, el reflejo de las estrellas y la luna sobre el agua salina.

Pero ahora que su querida Jeannette ya no estaba (porque el maldito y mugroso mago de la Torre se la llevó cuando se casaron), solía venir aquí a pensar y recordar como un melancólico. No es como que no lo haya hecho antes, pero tal vez era la edad y el cansancio emocional el que lo hacía sentirse así.

Cerró los ojos por un momento, escuchando las olas chocar contra la orilla como una nana. Perdiéndose en el sonido.

– Conque aquí estabas.

La reconocida voz de su medio hermano le hizo abrir los ojos con sorpresa. Y sólo unos minutos después de recomponerse, se dignó a mirarlo; ahí estaba él, con las mismas túnicas que solía vestir, de brazos cruzados y con su cara seria de siempre.

Levantó una ceja en su dirección, ¿Qué estaba haciendo aquí el ex emperador de Obelia?

– Qué sorpresa que vengas a visitarme por tu voluntad, hermanito. ¿O es que mi sobrina te obligó a hacerlo?

Un bufido fue la respuesta que obtuvo, haciéndolo sonreír divertido. Luego de eso, volvió su vista al mar frente a ellos.

– ¿Para qué me buscabas? – preguntó, después de un largo rato de mutismo, genuinamente curioso –. ¿Me extrañabas?

Claude tomó asiento a su lado, mirando igualmente hacia el mar, ignorando sus preguntas. Athanasius lo dejó ser, aunque eso sólo aumentaba su curiosidad.

– ¿O te corrieron del palacio?

– Eres una molestia, ¿Lo sabías?

– Viniste hasta aquí a Mieta, sin aviso a mí casa. Por supuesto que quiero saber la razón por la que dejaste tu lujoso… – su palabrería se detuvo al voltearse a verlo de nuevo, notando su rostro cerca del suyo.

¿En qué momento se había acercado tanto?

Se miraron fijamente, sin decir nada y por un largo rato otra vez. Athanasius se contuvo de mostrar su confusión, un pobre nerviosismo y las ganas de decir algo frente al rostro serio y parco de Claude; al menos, hasta que arqueó una ceja y decidió resumir sus dudas en una sola pregunta.

– ¿…Viniste a reconciliarte conmigo?

La ligera sorpresa que apareció en los ojos cristalinos de Claude ante su pregunta se esfumó y se convirtió en un ceño ligeramente fruncido junto a otro sentimiento que no logró reconocer porque apartó la mirada de él.

Athanasius suspiró por lo bajo, desviando su mirada hacia otro lado, recargando su codo sobre su rodilla para descansar su mejilla sobre su mano, aburrido.

– Déjame adivinar…, "tú nunca pensaste en eso", otra vez – rodó los ojos levantándose de su sitio, sacudiendo la arena de sus pantalones, cansado –. Si me disculpas, iré a que preparen una habitación para ti.

Y sin esperar una respuesta de su parte, empezó a caminar de regreso a la mansión. Lo que no sería un trayecto corto, para su infortunio; metió las manos en los bolsillos, suspirando antes de poner una mueca.

Si bien la repentina llegada de Claude a Mieta, y sobre todo, a su sitio especial fue una sorpresa para él… ¿Qué se supone que esperaba? Y también, ¿En verdad esperaba reconciliarse con Claude?

Seguramente era la edad que lo estaba volviendo terriblemente sentimental.

Iba a suspirar al ver que aún no llegaba a la mansión, cuando sintió algo chocar contra él. Y sin tiempo de reaccionar, simplemente cayó al suelo; ni aún siendo arena, la caída fue relativamente suave pero tal vez era por el peso extra sobre él.

– ¿Pero qué…?

–… A mí no me corrieron del palacio, tampoco me obligaron a venir – Claude tragó saliva para aclarar su garganta al mismo tiempo que trataba de regular su respiración. La molestia pasó a incredulidad en el rostro de Athanasius, lo que le hizo sentirse avergonzado pero no iba a detenerse así que tomó las muñecas de su medio hermano, inmovilizándolo todavía más para evitar su huida –, yo… vine aquí… para saldar cuentas contigo.

– Ah, ¿O sea que te arrepientes de dejarme vivo y ahora vas a…?

Athanasius no tuvo más remedio que callarse, no por voluntad propia, exactamente. Más bien, fue un par de labios sobre los suyos quienes se encargaron de que dejara de especular y decir tonterías, según Claude.

Apretó las manos y frunció el ceño, mordiendo su labio antes de allanar su boca con su lengua, siendo ahora el sorprendido Claude. Y aprovechándose de eso, invirtió sus posiciones, ahora siendo él quien apresara sus muñecas sobre su cabeza; aunque no por eso, se atrevió a romper el beso o alejarlo.

Era extraño, no lo que estaban haciendo. Sino como todo se estaba dando.

Únicamente cuando consideró necesario respirar, se separó. Sus respiraciones levemente agitadas, los labios hinchados y la saliva reluciendo en estos; Athanasius frunció el ceño, sonriendo con burla.

– ¿A esto te referías con "saldar cuentas"? – soltó una de sus muñecas, escurriendo una de sus manos al pecho del menor, acariciando su pezón, sacándole un escalofrío –. ¿…En verdad sigues recordando esos tiempos, hermanito? ¿Cuándo hacíamos esto? – apretó el botón de carne bajo sus dedos, tensándolo. Athanasius rió ligeramente, nostálgico –… No deberías hacerlo, Claude.

Los recuerdos de una niñez agridulce y una adolescencia ácida abordaron su mente sin querer o poder evitarlo. Desde ese beso que fue el principio de su perdición en su niñez, hasta esa ambigua relación que mantuvieron en secreto en su adolescencia y que terminó cuando Penélope quedó embarazada.

Tal vez soy yo quien no debería estar recordando estos momentos ahora, fue un pensamiento que apareció en su mente tras rememorar el pasado.

Sin embargo, la mano de Claude sobre su nuca lo obligó a salir de sus divagaciones y le hizo centrar su atención en él. En esos ojos de joya que estaban brillando con ese mismo sentimiento que, no pudo identificar.

(O que tal vez, sí sabía pero quería fingir no saberlo).

– No quiero escuchar eso de ti, bastardo descarado.

– ¿Jo? ¿Y entonces…?

– No te dejaré ir – la sorpresa recayó de nuevo en Athanasius, quien se veía incapaz de apartar sus ojos de los del hombre debajo suyo –, y no te librarás de mí esta vez, Athanasius – le aseguró, con una sonrisa que hizo temblar el interior (descosido) del aludido.

Al menos hasta que una sonrisa falsamente amable surcó los labios del traidor junto a un brillo malicioso en su mirada.

– Espero seas consciente de lo que estás diciendo, Claude.

Fue lo último dicho entre ambos antes de sumirse en otro beso.

Tener sexo en la playa no había sido una gran idea, pero para ser la primera vez luego de años, no estuvo tan mal, a excepción de la molesta arena que daba comezón y se pegaba, además del cansancio (cosa de la edad, tal vez). Y sin contar la posibilidad de haber sido vistos, aunque eso no le importaba mucho, a decir verdad.

Al menos no había sido donde anteriormente estaban, odiaba la idea de mancillar un sitio especial donde pasó tiempo de calidad con su querida Nette.

Sin importarle su desnudez y las marcas –tanto de mordidas, chupetones y arañazos en la espalda–, se metió al mar. Deteniéndose hasta que el agua le llegó a la cintura, enjuagándose la arena e ignorando el ligero ardor en la espalda.

Sonriendo ligeramente al sentirlo apoyar su frente en su hombro.

Esta vez no dudó en darse la vuelta, tomarlo de la barbilla y besarlo.

Bajo la luz de la luna.