George Villers.
Las consonantes y vocales de su nombre se deslizaban por su lengua con una nota de recuerdo; George Villers, no tenía nada de ilustre, ni una fortuna que le hiciera más atractivo, o alguna promesa de heredar con algún familiar lejano, nada, lo único que le daba alguna valía a su persona era ser la mano derecha de los Ardlay, un empleado de mayor nivel, un vulgar hombre de la clase trabajadora.
George Villers era un hijo de nadie, William C. Ardlay le había recogido de las calles cuando era casi un niño, un pequeño delincuente que hurtaba en las calles de Paris con un esqueleto moral lo bastante deficiente a causa de su nula educación, contaminado con la bajeza de las mentes del desagüe, antes de los Ardlay había vivido en la inmundicia de los barrios marginales formando parte de esa masa de los olvidados. George Villers había sido un chico demasiado inteligente para su entorno, pero tenía muchos defectos, había odiado a los privilegiados que gozaban de una mayor fortuna que la suya y el anhelo constante por la seguridad le provocaba una desmedida codicia por lo ajeno.
Pero todo cambio cuando el altruismo de los Ardlay le dio una nueva vida, una de sus víctimas: el distinguido William C. Ardlay había visto en el fondo de los ojos negros de George, se habia molestado en analizar aquella cara pálida y lastimera apiadándose de él.
El chico le miraba atemorizado, ya de por si era bastante malo cuando le atrapaban, pues podía pasar días encerrado en una celda a consecuencia, muchos otros chicos como el regresaban a las calles con la intención de repetir de nuevo porque era lo único que se les daba bien, o ingresaban en otras empresas más turbias, pero otros simplemente no regresaban nunca.
En aquel momento George había sucumbido al pánico, prometiéndole al caballero que no lo volvería a hacer, y explicándole en un inglés quebrado que lo único que quería era unas monedas para comprar algo que comer, pero el caballero solo le escuchaba parlotear como si a sus oídos la voz del chico fuese poco menos que el graznido de un ave o el maullido de un gato.
Cuando el policía le había preguntado a William C. Ardlay que quería hacer con el muchacho, el hombre le despacho sin mucho reparo y le dijo al oficial que el mismo se encargaría, George temió por lo peor pero las facciones de su rostro no se movieron ni un milímetro.
El hombre le llevo con él a su residencia, al parecer era un norteamericano, uno muy rico y podía permitirse la posesión de inmuebles en muchas ciudades importantes del mundo, su mayordomo un hombre algo entrado en años se encargó de el por la tarde, le baño y vistió casi transformándolo en un chico de la cuna burguesa.
La ropa harapienta del muchacho fue desechada inmediatamente por una nueva, a los once años de edad, George apenas había cambiado de prendas cuando el estirón de sus huesos le era imposible entrar de nuevo en los únicos pantaloncillos cortos que le pertenecían, los mismos con los que se había escapado del orfanato hacía ya mucho tiempo.
Al bajar al comedor, William C. Ardlay le miro con aprobación y frente a el abrió el maletín que el chico había pretendido robarle, después de asegurarse que todo estaba su lugar el señor Ardlay sonrió de manera conciliadora y fue a partir de ese instante cuando su vida dio un giro de ciento ochenta grados.
