La primera mujer por la que hubiera dado todo (si es que hubiera tenido algo que ofrecer), estaba muy fuera de su alcance y era la hija de su jefe. Habia sido un amor imposible y no correspondido.
Se podía decir que George habia crecido adorando a Rosemary Ardlay. Desde su temperamento dulce, su aspecto de muñeca de aparador y su risa suave. No habia nada de ella que no le gustara, a sus ojos Rosemary era poco más que un ser etéreo que se paseaba por su vista como un regalo.
Fue en una tarde de Julio, cuando George, libre ya de sus deberes como asistente de William C. Ardlay, fue invitado por la preciosa Rosemary a tomar el té en el salón de dibujo.
Ya era un hombre de dieciocho años. Usaba pantalones con chaqueta y chaleco a juego, la corbata no podía faltar, más el cabello relamido con gomina. «Eres la mejor versión de ti mismo» le habia dicho el señor William C. mirándole con orgullo, George no habia podido decir palabra alguna, pero estaba muy contento de saber que la persona que tanto habia hecho por él, (casi un padre para el muchacho), estaba complacido con los resulados. El señor Villers como se solían referir hacia su persona, tomaba la universidad por correspondencia y después de algunos años en américa su inglés y su acento sonaba como el de cualquier ciudadano educado.
Mr. Ardlay confiaba mucho en el joven, y cuando al fin tuvo un heredero varón no dudo en hacerle saber que, para él, George era casi como otro hijo, tal vez su hijo mayor, y que siempre formaría parte de la familia Ardlay, aunque por sus venas no corriera la sangre escocesa de la familia.
No, George no tenía una sola gota de sangre escocesa en él, apenas y sabía que su madre habia sido abusada por un gitano dentro del barrio pobre donde vivía. La mezcla de su sangre francesa y la romaní era parte de George Villers.
Cuando el joven llego al salón de dibujo, lo primero que escucho fue la risa cantarina de Rosemary, quien era reprendida cariñosamente por su madre Priscila, al ver como su hija jugaba a hacer cosquillas al pequeño William, de apenas cuatro años de edad.
En otro mueble estaba sentada madame Elroy quien sorbía de su taza de té y rechazaba la charola con pastas que le ofrecía una muchacha de la servidumbre.
George vacilo al entrar, no tenía idea de porque estaba ahí, aunque la mayoría de las veces era por culpa de las invitaciones de Rosemary quien quería incluirlo en casi todos los compromisos privados de la familia; quien al igual que su padre, también lo veía como uno de ellos, como un hermano mayor expresamente y desafortunadamente.
Fue en ese momento que escucho las primeras notas del Danubio azul dentro del salón, el joven miro hacia todos lados en confusión, hasta que vio a una muchacha con el cabello más rojo que hubiese visto jamás, tenía una sonrisa pícara y tocaba el piano como si esto fuese lo más sencillo del mundo.
-Sarah — se quejo Elroy. — Ya te he dicho que esa música no va acorde a la ocasión, por favor toca otra cosa.
-Si tía. — contestó la susodicha mirando de reojo al muchacho que aún se encontraba junto al marco de la puerta.
—¡George! — le saludo Rosemary brincando de su asiento en cuanto advirtió su presencia. — Que bueno que has venido, siéntate con nosotras.
El joven no tardo en saludar a la señora Priscila y madame Elroy, esta ultima un poco más seria que todas pues madame era una esnob.
-Tengo que presentarte a mi prima, Sarah, quien se quedara unos días con nosotros— dijo la chica tomando su mano entre la suya para acercarse hasta la pelirroja que tocaba el piano fingiendo mucha aburrición. — Sarah, te presento a George Villers, el asistente personal de papá.
La prima Sarah era en efecto una belleza poco convencional: con su cabello rojo flameante, y un hoyuelo en cada mejilla, tenía una mirada algo insolente, eso sí, sus ojos ambarinos le recordaban a los de una serpiente, eran tan hipnóticos que tuvo que mirar hacia otra parte para evitar el inminente sonrojo.
-Mucho gusto señor Villers— dijo sonriendo levemente, después su cara se desfiguro con un mohín de asco—prima Rosemary, ¿Por qué me presentas a la servidumbre?
