¡Muy buenas!

Aquí volvemos una semana más con el reto #Escrito_Activo_Semanal.

¡Espero que lo disfrutéis!


Beso Inocente

Sonreí por enésima vez procurando que mis facciones no delatasen la inquietud que me recorría el cuerpo en aquel momento. Mis dedos, escondidos entre las mangas de mi traje, sufrían por aquel nerviosismo al que estaba siendo expuesta, ya que mi descontrol emocional se había centrado en un nuevo padrastro en mi mano derecha que se resistía a ser eliminado.

Puede que fuera un vicio malsano, pero me ayudaba a pensar en momentos de estrés. Y aquel era un momento de mucho estrés.

—¿No crees que deberíamos relajarnos? —La voz de mi amiga, algo estridente pero serena, disuadió mi intención de morderme aquel maldito pellejo que no tenía la decencia de salir. La observé con mis ojos oscuros, su cara parecía un poema, seguramente igual que la mía—. Deberíamos comportarnos todos como adultos que somos.

—¿Adultos? —El motivo de mis nervios se levantó, enfadado—. Por el hecho de hacer cosas de adultos estamos aquí. ¡Hay que ponerles unos malditos límites!

—Baja la voz —lo amonesté con diligencia. Era el amor de mi vida, pero era un cabezón de cuidado. Solo una amenaza clara y contundente podía calmarlo.

—Haz caso a tu mujer por una vez, bestia —alzó la voz el tercero en discordia, el marido de Ayame, provocándome un suspiro derrotista.

Malditos hombres y sus malditas hormonas.

En realidad, lo amaba porque me había demostrado que no era un simple troglodita, que amenazaba con un mazo a todo aquel que se acercara. Me había demostrado sensibilidad, amabilidad y, sobre todo, respeto en todos esos años que estábamos juntos. Éramos un equipo infalible.

Debo reconocer que tuve miedo al principio. Nuestra relación se basaba en altos y bajos emocionales que pasaban de celos estúpidos a amor desmesurado, por lo que temía no encontrar la estabilidad al lado de él. Pero al final, lo dejé todo por aquel zopenco que estaba gruñendo a nuestros amigos en medio de nuestro salón.

Aun y su temperamento, desde que tuvieron a nuestra pequeña nunca se había comportado así. Era como si sintiera que algo le pasaría, tenía miedo de algo que la vigilaba en la lejanía, expectante. Debo reconocer que a mí me pasó algo parecido. Cuando la tuve en brazos, nada más nacer, sentí algo en su interior, un destello de luz que me sobrecogió, despertándome sentimientos confusos de protección y esperanza.

Pero estaba segura de que aquello no me volvía una loca energúmena.

Me senté exasperada cuando vi a los dos hombres enzarzarse de nuevo en una discusión estúpida. Abandoné toda intención de intentar detenerlos y dirigí mi mirada al foco de aquella discusión. Mi hija y su amigo estaban mirando como los padres de ambos se discutían por aquella estupidez. ¿Sabría mi pequeña por qué su padre se volvía un completo imbécil cuando se trataba de ella? Por su cara, estaba segura de que no.

—Oh, por el amor del cielo ¡Sólo se han dado un pequeño beso! —grité dando un golpe en la mesa. Los otros tres adultos me observaron sorprendidos—. Son unos críos, ni siquiera se van a acordar.

—Pero… pero… —vi sus ojos oscuros mirándome como si fuera un corderito degollado— ese niño…

—Tiene cuatro años, como nuestra hija —le corté cansada—. Estaban jugando a las casitas.

—Te aseguro que vigilaremos a nuestro pequeño —se adelantó Ayame mirándome con un gesto cómplice. Asentí, por suerte, las mujeres nos entendíamos.

—Tienes suerte de que tu hija se parezca a su madre —dijo arrogante el marido de Ayame—. El destino podría unir a nuestras familias de aquí a unos años.

—En tus sueños Hōjō —dijo mi marido con una voz gutural—. Antes la escondo en el maldito pozo devora huesos del templo y rezo para que un demonio albino y vestido de rojo se case con ella. —Cerré los ojos e inspiré hondo agarrado con la punta de mis dedos el puente de la nariz—. Mejor un yōkai o un hanyō que ese enano renacuajo come mocos.

—¡Shigeru! —me levanté lanzando un grito airado. Él me observó aterrorizado, sabía que significaba ese tono—. Discúlpate ahora mismo. —Sin embargo, giró su cabeza hacia otro lado orgulloso. Observé a mi amiga y su esposo, los Hōjō miraban horrorizados a mi marido—. Disculpadlo. Es muy celoso con nuestra niña.

—Tranquila, tenemos una hija mayor —aseguró Ayame con una sonrisa afable. Asentí tranquila, por suerte, las mujeres siempre nos entendíamos. Ambos, sin decir nada más, cogieron a su pequeño en brazos y bajaron las escaleras del templo.

Suspiré. La situación acabó bastante bien para como había empezado.

Después de que los Hōjō vinieran de visita con su hijo pequeño, los niños salieron al patio a jugar junto al Goshimboku mientras nosotros tomábamos el té. De repente, Shigeru se levantó airado y se dirigió al patio gritando como un energúmeno, amenazando a un niño de cuatro años por propasarse con su Kagome.

Lo observé acusadora, el muy maldito no se atrevía a mirarme. Este numerito me lo pagaría con creces.

—¿Cómo has podido decirle eso al hijo de los Hōjō? ¿Y si tuviéramos un hijo e hiciera exactamente lo mismo?

—Mi hijo sería muchísimo mejor partido para cualquier niña que ese renacuajo pegajoso —se reafirmó.

—Pero ¿tenías que ser tan específico? ¿Un demonio con pelo plateado y vestido de rojo? ¿De dónde ha salido eso?

—Y orejas de perro —agregó con una sonrisa—. Lo dejaré escrito en algún lado.

—¿El qué?

—Mi niña sólo se casará con un monstruo de pelo plateado, vestido de rojo, con orejas de perro y… —se tocó el mentón con el dedo, pensativo— que tenga garras y ojos amarillos. Así no se casará nunca —agregó con una sonrisa macabra.

—Eres consciente de que existe el cosplay ¿verdad? —pregunté divertida.

—¡Pues vendrá del pasado! —contestó airado— ¡Aja! Así mi niña nunca se separará de mí. —Se acercó a nuestra pequeña Kagome y la cogió en brazos para acercarla al árbol —¿Oyes, pequeña? Ese será el único yerno que aceptaré —Kagome rio risueña y agarró a su padre del cuello, abrazándolo con ternura.

Yo solo pude observar, enternecida. Me encantaba la energía que tenían ambos, el amor que se profesaban era idílico, calentando el corazón del más frío espécimen. Shigeru era el único que sabía hacer reír a nuestra hija con aquella risa tan real, tan pura y Kagome era la única que despertaba ese brillo mágico en los ojos de mi marido, un brillo de extrema felicidad. Lo sentía por mi pequeña, pero, si quería contentar a su padre, tendría que seguir sus términos y nunca darle nietos.

Espera… ¿no tendría nietos?

Fin.


Bueno, aquí tenemos el nuevo reto semanal del grupo de Inuyasha Fanfics. ¿He podido engañaros? La verdad es que me he tomado muchísimas libertades dado que no conocemos nada de los padres de Kagome... igualmente espero que os haya gustado.

Debo reconocer que nunca se me ha dado escribir bien en primera persona, por lo que espero que haya quedado decente.

Muchas gracias por estar aquí una semana más.

¡Nos vemos en los bares!