Sollozos, desde el jardín se escuchaban gritos, sollozos y súplicas. Él no podía hacer nada, estaba congelado. Voldemort era un sádico, sabía que no era suficiente hacer que traicionara a su amigo, tenía que hechizarle para que estuviera allí sabiendo lo que estaba pasando dentro de la casa sin poder hacer nada por evitarlo. Vio a través de las ventanas la intensa luz verde en la planta de arriba y de repente... el hechizo desapareció.

Incrédulo, se movió, dedo a dedo. Dio un paso, luego otro y finalmente echó a correr hasta entrar en la casa. Las señales de lucha eran visibles desde el pequeño vestíbulo, había astillas de madera de las paredes, el perchero estaba en el suelo y las capas y abrigos estaban hechos pedazos. Podía ver las marcas de impacto de diversos hechizos en suelo, paredes y techo. Se paró en seco cuando, al girar hacia la escalera, vio unos pies.

— No, no, no, no, no no... —empezó una letanía, mesándose los cabellos rubios, antes de agacharse junto al cuerpo—. No, James, por favor, no, no no no...

Comenzó a llorar, abrazado al cuerpo inerte de James, sin parar de suplicar que todo aquello fuera una pesadilla. No podía estar muerto, no podía ser que lo hubiera perdido, su amigo, su compañero.

— Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento —repetía, abrazado el cadáver, llorando—. Me amenazó, tenía a mis padres y mi hermana. Lo siento James, lo siento de verdad, yo no quería, yo...

Lo abrazó más fuerte y sollozó, gimiendo de dolor. Ojalá haber sido capaz de devolverle a James todo el amor que veía en sus ojos. No era idiota, lo sabía, siempre había sabido que era el centro del universo de su amigo. Y eso le gustaba, le gustaba saber que alguien como James, el chico más popular en la escuela podía interesarse en alguien como él. Pero nunca fue capaz de sentirse otra cosa que su amigo.

La noche anterior... al besarle. No podía recordarlo sin que le dieran arcadas, pero no por James, sino por sí mismo. Había sido terriblemente cruel por su parte, porque había visto en los ojos de James que ese beso había reavivado la llama de algo que no iba a poder ser, que nunca podría darle.

Seguía abrazado al cadáver de James, que comenzaba a enfriarse, cuando sintió la presencia de otra persona. Lo sujetó más fuerte contra él, como queriendo protegerle, aunque fuera ya tarde.

— ¿Qué has hecho, Pettigrew? —le preguntó una voz grave.

Levantó los ojos y lo miró, la cara de Severus Snape era de completo espanto.

— No he sido yo —consiguió responder en un murmullo, con la cara llena de lágrimas todavía— Ha sido él, me hechizó, me amenazó, quería matar al bebé...

Los ojos oscuros de Snape se abrieron mucho antes de que echara a correr escaleras arriba. Supo que el paisaje que había encontrado en la planta superior había sido igual de terrible cuando escuchó un grito ronco.

— ¡Lily! ¡nooooooo!

El llanto de Snape se unió al de Harry. Una pequeña llama se encendió en su pecho, si el bebé lloraba significaba que la profecía se había cumplido, él estaba vivo y Voldemort había muerto. Al menos el hijo de James iba a sobrevivir a todo a aquel infierno.

Entre los llantos, escuchó otra cosa. Era... ¿qué era eso? un sonido rítmico, que aumentaba progresivamente. No lo identificó hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para ver los faros a través de la ventana: era la moto de Sirius. Entró en pánico, si Sirius lo encontraba allí, sabría que era el responsable de la muerte de James, y no podía... no podía enfrentarse a lo que había hecho.

Dejó con cuidado a James en el suelo, le besó con suavidad en la frente, y subió corriendo las escaleras. Harry lloraba cada vez más fuerte y Snape estaba abrazando a Lily, con una mano posada sobre su vientre apenas hinchado, llorando cómo había estado él unos minutos antes. Como pudo, lo separó de la pelirroja y se desapareció de allí, alejándose de la vida que había tenido hasta ese día.