Milán, Italia.

Desde que había llegado al país, hacía tan solo unas cuántas horas, Amelie había dedicado su tiempo para conocer cada rincón de su nuevo hogar y acomodar un poco uno que otro mueble para que pareciese siquiera un poquito a la casa de sus abuelos, aquella que había dejado atrás en Argentina, y así sentirse un poco más cómoda en aquel departamento tan ajeno para ella.

Aquel lugar era uno de los tantos departamentos de un antiguo complejo. Era pequeño, pero accesible, cálido, acogedor y estaba bastante bien ubicado. Ideal para una chica nueva en el país que desconocía completamente la ciudad.

-No, no, todavía no salí. Estoy terminando de acomodarme y...- Decía ella al celular, en plena llamada telefónica con su mejor amiga, una joven brasileña llamada Magna.

-¿Por qué estás hablándome en castellano? ¿Todavía sigues asustada con lo del idioma?- Respondió la otra, en tono de fastidio.

-Es que... ¡entiendo y todo! Pero... siento como si las palabras sonaran horribles saliendo de mi boca.- Explicó, muy apenada.

-¡¿Y?! ¡Como si fuera que los italianos se preocupan por cómo suenan sus palabras en castellano!

Amelie rió ante eso.

-Supongo que no.

-A ver... ¡quiero oír ese bonito italiano que tanto me costó enseñarte!- Exclamó Magna, alegre, oyendo suspirar a su amiga.

-B-Bueno... mi italiano... supongo que se entiende, ¿cierto?- Se rió por lo bajo.

Magna hizo un breve silencio, analizándola. Efectivamente, su tono no era el mejor. Pero bien había dicho la argentina, se entendía a la perfección.

-Se entiende perfecto. ¡No estés asustada! Además el acento es cuestión de práctica. Mediante pasen los días, más fácil se va a volver.

-Ojalá... ¡bueno, Magna! Me tengo que ir.

-Te deseo mucha, mucha suerte.- Le habló con cariño, haciéndola sonreír.

-Espero que me toquen buenos compañeros y buenos jefes.- Sonrió nerviosa.

-Bueno... acuérdate que... quizás intenten intimidarte. Ya sabes como son de xenofóbos algunos italianos.

-Ya lo sé, pero no te preocupes. No porque tenga pinta quiere decir que no me sepa defender.- Sonrió.

-Te quiero. ¡Suerte!

-Gracias. Te quiero.

Con eso, cortó. Comenzó a prepararse para ir hacia aquel restaurante, en donde iniciaría su primer día como una camarera extranjera, para luego pedirse un taxi. Sabía que, aunque ya había trabajado en la propia sucursal de Argentina, en este lugar la situación sería diferente, tanto por el idioma como por estar en una ubicación muy superior en clientela que aquella, a solo media calle de la Cátedral de Milán.

Luego de unos cuántos minutos de viaje, el auto se detuvo justo en la entrada del lugar. Mediante iba en camino iba intentando recordar cómo llegar, para poder ubicarse un poco en semejante ciudad. Al bajar, lo primero que vió fué la gran Cátedral que sobresalía detrás de los edificios. Sonrió y se adentró en el restaurante. Ya tendría tiempo para hacer de turista.

-Buenos días...- Saludó una mujer rubia, de edad madura y con una belleza elegante, sonriéndole.

A Amelie la apenó nuevamente el asunto del idioma, pues pensaba firmemente que su permanencia en el lugar dependería de cuán rápido se adaptara al italiano.

-Buenos días. Soy Amelie. Vine para...

-Oh, ¿eres la Amelie de Argentina? ¿De la sucursal de Argentina?- La señaló, sorprendida. La chica no supo cómo reaccionar a su sorpresa. Simplemente asintió. -¡Qué bueno que llegaste para el turno de la mañana! Así pueden ayudarte a prepararte para el turno de la noche. Ya sabes... es viernes y este lugar se llena de comensales. Por cierto, creí que llegarías más tarde, como después del mediodía.

-Sí... cambio de planes. Llegué hoy poco antes de la medianoche.- Sonrió amable. -Y sí, supongo que me va a venir bien iniciar en este turno.

-Creeme que hubiese sido catastrófico el que iniciaras un viernes por la noche.- Le dijo ella, guiándola hacia adentro. -Mi nombre es Leonor, soy la jefa de camareros del turno de la mañana.

-Amelie.- Sonrió ella, para luego rascar su nariz, sonrojada. -Aunque... ya lo dije a eso.

Leonor se rió.

-Freddie...- Llamó la rubia a otro muchacho, quien se encontraba centrado en su celular, reposado en la barra. Él era un poco más alto que Amelie, de cabello castaño algo ondulado, un poco desarreglado y muy claro, lentes, ojos color café. A primer momento, le pareció un sujeto serio. -Ella es Amelie, la chica de Argentina. Te la encargo unos momentos... ¡tengo que ver porqué todavía no llegaron los pedidos de Carrot Cake!- Refunfuñó a lo último, retirándose a paso rápido.

El joven miró irse a la camarera, para luego dirigir su vista a la chica frente a él. Ella, por algún motivo, enrojeció, cosa que se profundizó al él sonreírle.

-No te preocupes. Rara vez se llena en las mañanas, y en esta época del mes.- Le dijo. Amelie continuó sonrojada, observando todo a su alrededor como si fuera lo más entretenido del mundo. -Amelie no es un nombre muy argentino.- Al notarla aún tensa, intentó sacarle charla.

-Frederick no es un nombre muy italiano, tampoco.- Respondió, sin verlo. La mirada de él sobre ella la incomodaba.

-Touché.- Rió. Aquello llamó su atención. La joven se quedó boba viendo su sonrisa llena de dientes, notando también la voz dulce del chico y su amabilidad hacia ella. Él se acomodó los anteojos. -Así que... ¿Buenos Aires?

-Sí. Trabajé en el Porteño Gourmet poco más de tres años. Entonces me fletaron para acá.- Sonrió.

-¿Muy fastidiosa o muy eficiente?

-Un poco de las dos.- Se rió. Ya comenzaba a sentirse un poco más a gusto. -A propósito... ¿sos uno de los camareros, de los de la cocina, de los del delivery...?

Freddie pensó un poco, tocándose el mentón. Amelie lo miró raro ante tal gesto.

-Camarero.

-¿Necesitabas acordarte?- Rió de nuevo. -Con razón necesitan gente.- Lanzó aquel comentario, una broma, a ver si aquel intercambio podía definirse como bueno o malo. Por fortuna, el chico se rió.

-¿Has intentado atender a un grupo de futbolistas borrachos? El Inter de Milán vino a festejar acá su Calcio obtenido hace algunos meses. Eso me dejó knock out.

-Pero te habrás llevado buena propina, ¿o no? Una conocida que trabajaba en un bar en Buenos Aires tuvo la celebración por la obtención de la Copa Libertadores de Boca Juniors hace tres años. Se llevó buena propina pero esa noche casi renuncia. Fué demasiado.

-Bueno...

-¡Freddie!- Una chica se apareció, interrumpiéndolos. Su cabello largo, negro y brillante hizo que ella se apenara por su pelo castaño y corto por los hombros, el cual se tocó con disimulo. Había olvidado secárselo con secador y sabía que, cuando no lo hacía, éste se inflaba horriblemente. Por suerte no fué así. -Um... ¿hola?- Saludó a Amelie, quien dió un respingo.

-¡Ho... Hola!- Se sonrojó de nuevo. -Soy Amelie, yo...

-Freddie... ¿has visto a Leonor? Necesito las llaves de la caja para pagarle al de los Carrot.- Dijo, ignorándola olímpicamente. Él se las entregó. -No sabía que las tenías tú... ¡gracias!- Le sonrió, retirándose a paso rápido.

-Esa chica tan simpática y dada es Giovanna, camarera de barra.

-¿Por qué tenías vos las llaves de la caja?- Amelie lo miró raro. -Deben tenerte mucha confianza...

Freddie presionó los labios, para luego soltar una risa nerviosa.

-¡Debés trabajar bien! Seguro sos el favorito o algo por el estilo.- Le sonrió.

-Prácticamente fuí concebido en un restaurante y trabajé como camarero desde los doce.- Rió.

-¿Eso no es explotación infantil?- Torció su cabeza. Ante los ojos de Freddie, se vió linda.

-Era un chiste.- Le sacudió los cabellos. El buen pelo de Amelie se fué al demonio, volviéndose un poco pomposo. -Oh... la humedad.- Se burló él.

Ella hizo un mohín, intentando peinarse con los dedos.

-Calma. Estás bien.

-Esperaba apoyo en mi primer día y solo conseguí burlas.- Fingió ofensa.

-Soy tu primer amigo aquí. Tengo que burlarme de ciertas cosas.- Rió. Fué entonces que algo le llamó la atención, logrando que enarcase ambas cejas. -Miren nada más. ¡qué buen primer día!- La miró y le sonrió.

-¿Qué?- Amelie miró hacia la puerta, en donde vió a dos futbolistas que podría reconocer en donde fuera. Miró de nuevo a Freddie, que no dejaba de sonreír. Se señaló. -¿Yo...?

-Tú...- Asintió, sonriendo de oreja a oreja, comenzando a empujarla un poco.

-Pero... ¡no tengo ni delantal!- Enrojeció.

-Aquí tienes.- Tomó uno que traía colgado del hombro y se lo colocó.

-Pero...- Volteó. -¿no tenemos que organizar las mesas que vamos a atender primero?

-Tú toma esas de ahí y yo esas de allá.- Señaló la zona en donde los futbolistas se habían sentado y luego la zona contraria.

-¡Freddie! ¡Mi italiano es feísimo!- Chilló, enrojeciendo de la pena.

-Suenas como mi sobrina de tres años... ¡eso resulta adorable, chica de Argentina!

-¡Me llamo Amelie!- Bufó, siendo dejada prácticamente delante de ellos dos. Suspiró, apesadumbrada. Entonces, tomó aire y les sonrió. -Buenos días, Gino Hernández, Shingo Aoi...

Aoi, quien estaba centrado en una interesantísima charla con su amigo sobre el partido del Barcelona contra el PSG, miró a la camarera. Dejó caer la servilleta con la que jugueteaba. La reconoció. Se enderezó.

-¿A... Amelie?- Dijo él, algo sonrojado.

Ella lo miró completamente extrañada. Con algo de duda, asintió. Sin embargo, ¿de dónde la conocería un futbolista que se desempeñaba en Italia desde hace años ya, siendo que ella acababa de pisar el Viejo Continente?