Restaurante El Porteño Gourmet.

Pese a haber recibido un permiso para irse a descansar hasta el nuevo turno, la chica había optado por permanecer en el lugar hasta que éste iniciase, pues había objetado que deseaba familiarizarse con el lugar lo más posible antes de afrontar las muchas reservas que había para esa noche.

Leonor sonrió ante su compromiso con el puesto y accedió con todo gusto, pero Freddie no estuvo tan de acuerdo con las desiciones que la nueva había tomado.

-Dijiste que llegaste al país hace apenas horas y estás aquí desde las ocho de la mañana. Además, el almuerzo ha estado muy movido.- Miró el reloj de su muñeca. Su eterna sonrisa se había borrado por la testarudez que su nueva compañera ha estado mostrando desde hace una hora ya. -Son casi las cuatro. Te necesitamos para las siete. Vete a descansar siquiera una hora, hazme el favor.

Amelie hizo un mohín ante el tonito regañador del italiano.

-No lo necesito. Estoy bien descansada.

-No te lo estoy preguntando.

-Leonor me dijo que puedo quedarme.- Se excusó con la mujer, moviendo el hombro de forma altanera. Sonrió a ella. -¿Cierto?

-En realidad... Freddie es el que tiene la última palabra.- Sonrió nerviosa.

-¿Eh? ¿Por qué?

-Porque es...- Leonor miró al joven y éste le regresó la mirada. -...el jefe de camareros. Bueno, uno de los jefes de camareros del turno mañana.

-Oh.- Amelie clavó sus ojos caoba en él. La sonrisa de Freddie regresó. -Entonces... si no te obedezco...

-...te hago echar.- Sonrió.

-¿Lo harías?- Amelie puso vocesita penosa. -¿Aún sabiendo desde dónde vengo para trabajar acá?

-Seguro.- Sonrió divertido. Le pareció curiosa su táctica. -Dudo que hayas llegado hasta donde estás gracias a exigir favoritismo.

-Hmm...- Hizo una mueca pensativa. Suspiró con resignación. -Bueno. No me va a venir mal una ducha y una siestita, ¿cierto?

-Esa es mi porteñita.- Freddie sacudió el flequillo de Amelie, fastidiándola. Ella se sonrojó mucho con aquel comentario. -Bien. Te alcanzaré hasta tu departamento. También me iré.

-N-No es necesario. P-Puedo tomarme un...

-No te estoy preguntando.- Dijo él, saliendo del lugar.

Amelie miró a ambas mujeres, saludó rápido con la mano y lo siguió, a paso rápido.

-Nos vemos en un rato.- Saludó Leonor, alegre.

Giovanna miraba a los jóvenes marcharse con atención. Aún no podía comprender qué se traía Freddie con esa chica.

Fuera del lugar, ambos subieron al Audi del joven. Freddie puso en marcha su vehículo. La chica se sintió un poco incómoda, era la primera vez que viajaba en un auto tan ostentoso y le apenó bastante el hecho de que resulte acompañante de alguien que acababa de conocer. Por tal, se mantuvo en una esquina del asiento, mirando por la ventana, con las manos en su regazo. Al él frenar en un semáforo, notó su comportamiento.

-¿Estás bien?

-¿Eh?- Lo miró. Estaba roja como un tomate. Aquello lo hizo reír. -¿Qué?- Bufó.

-Te sonrojas con demasiada facilidad. Es... un poco incómodo para mi.- Dijo, mostrándole una sonrisa, lo cual contradecía un poco aquello que decía.

-Ya lo sé.- Murmuró con vergüenza. -Te agradecería que dejaras de provocarlo. Muchas gracias.

El auto dió marcha.

-Yo solo ofrecí llevarte hasta tu departamento. Mientras más rápido llegues, más vas a descansar y mejor vas a atender a los comensales.

-Oh. Bueno... ¡gracias!- Sonrió. -La verdad es que el viaje me mató y estoy por desmayarme del cansancio.

-Lo supuse. Suelo viajar mucho y sé cuán agotador es.

-¿Viajaste por mis lados?- Lo miró.

-Algunas veces, por eso insistí. Aunque seas cabeza dura, sé cuán cansada debés estar.

-Allá no tuve un compañero que se preocupara tanto por los demás.- Pensó ella, aunque sus palabras salieron de su boca. Enrojeció de nuevo al percatarse de eso.

-¿Has oído eso de "un padre no quiere más a un hijo que a otro, solo cuida al más necesitado"? Bueno, es lo que me pasa con todos los camareros del Porteño Gourmet Milano.- Explicó, con esos aires de alegría que destellaban en él, para luego soltar una suave risa.

La chica se mantuvo viéndolo reír un momento... hasta que captó.

-¡Yo no soy una necesitada!- Bufó, inflando sus mejillas.

Freddie sonrió divertido.

-Eres la nueva, la más pequeña de la camada además. Es obvio que voy a cuidarte.

-¿La más pequeña? Tengo casi veinticinco, ¿sabías?- Dijo, ofendida.

-Casi. Catalina tiene veinticinco y era la más pequeña de aquí... hasta que tú llegaste.- Le sonrió. -Luego le sigo yo, por un año.

-Si no hay tanta diferencia entre nuestras edades... ¿por qué me tratás como si fuera una infante?

-Había tres opciones: te trataba con cuidado, te trataba con severidad o te trataba con atención.

-Lo de severidad no me gusta...- Pensó un poco sus opciones. -¿Cuidado y atención no son lo mismo?

-Cuidados es lo que hago contigo... cuidarte, enseñarte, acompañarte para que puedas adaptarte bien al restaurante y a la vida en Milán.

-Y ¿atención?

-Atención es algo más complejo...- Se puso pensativo unos momentos. -Atención aún fuera del horario laboral.

-Ajá.- Evitó verlo. -Sé a lo que te referís.

Al oír eso, él intentó verle la cara. Se rió al ver esta completamente roja.

-Viéndolo así... me alegra ser la primer opción.- Sonrió nerviosa.

-No te preocupes. No soy un acosador que intenta propasarse con sus camareras. Al contrario...

-¿Al contrario?

-¿Gio? Salí con ella algún tiempo, hace algunos años. No llegamos a ser algo oficial, pero a lo que voy es que ella era la intensa conmigo.- Sonrió el chico, recordando viejas épocas. -Por suerte continuamos siendo buenos amigos.

-Eso explica muchas cosas.- Dijo Amelie, atando cabos. Dedujo que tal comportamiento simplemente se trataría de celos, pero no quiso hacer comentario al respecto.

-¿Qué tanto piensas?- Freddie la miró, al tiempo en que se estacionaba en donde su GPS le indicaba.

-Nada.- Sonrió nerviosa. Se acercó y le dió un beso en la mejilla a modo de saludo, cosa que sorprendió al joven italiano. Al ella salir del auto, él sonrió y negó con la cabeza, pues recordó el hábito de los argentinos de saludar de ese modo tan afectuoso. -Va a tener que sacarse esa costumbre o va a confundir las cabezas de muchos tontos impulsivos.- Se dijo, dando marcha.

Al ingresar a su departamento, lo primero que Amelie hizo fué dejarse caer en su cama. Ya habría tiempo para terminar de acomodar...

Fué entonces que recordó lo sucedido hoy por la mañana. Tomó su celular, que yacía junto a ella, y procedió a textear. Inmediatamente lo borró.

-Espero que todo esto no termine en confusión...- Dijo, mirando el techo. Aunque Aoi le parecía un sujeto amigable, lejos estaba de ser su tipo de chico. -Además... él es un futbolista de élite. Ellos andan con modelos flacuchas, actrices o influencers con escasa ropa, no con camareras.- Sonrió, intentando borrar culpas con ello. Se convenció de que no habría nada de malo en enviarle un mensaje, charlar... ser su amiga.

"Buenas tardes, Aoi... Lamento molestarte, pero... ¿cuándo podríamos ir a conocer la ciudad? ¡De verdad que me urge! ¡No puedo simplemente conformarme con el pedacito de la Cátedral que se ve desde el restaurante!"

Luego de leerlo, lo envió. Se sorprendió por lo rápido que el chico lo vió y procedió a contestar, leyéndose el escribiendo...

"¿Estás loca? ¿Cómo vas a molestarme, si yo fuí quién te insistió para eso? ¡Podríamos ir mañana mismo! :)"

Sonrió.

"Entonces... mañana podríamos ir a almorzar algo primero y después recorrer un poco. ¿Te parece? Mi turno inicia a las siete de la tarde."

"¡Me parece perfecto! Te veo en la plaza de la Cátedral a las doce."

"¡Nos vemos! ¡Hasta entonces!"

Amelie observó la foto de perfil que el japonés tenía... No lo culpaba, era una imagen suya junto con su capitán de la Selección, Tsubasa Ozora, mostrando radiantes el oro de los Juegos de Madrid. Sonrió. Si ella fuera él, también tendría esa imagen en todos los rincones.

Desafortunadamente su amada Argentina había quedado eliminada en su partido contra Brasil, encuentro del que aún Magna se burla de vez en cuando.

-Si no fuera porque nuestro capitán es un obtuso egoísta, podríamos haber ganado el oro o alguna medalla.- Suspiró. -Será cuando aprenda a jugar en equipo.

En esos momentos, una videollamada la sorprendió. Era Magna, quien, apostaba, estaba impaciente por que le cuente cómo le había ído en su primer turno del día.

-¡Hola!- Saludó la morena, de ojos miel y cabello rizado, con una enorme sonrisa.

-¡Hola!- Amelie saludó igual. -¡Tengo tantas cosas para contarte, Mag!

-Y yo quiero oírlas a todas ellas.- Se acomodó en su cama. -¡Cuéntame! ¿Qué tal tus compañeros? ¿Conociste a tus jefes? ¿Has conocido a algún chico lindo ya?

-Bueno... tres preguntas al hilo...

-¡Habla!

Amelie se sonrojó con furia y cubrió su rostro, sonriendo risueña. Magna chilló.

-¡Qué hables, mierda!

-¿Por dónde empezar?- Tomó aire, sonriendo. -A mis jefes todavía no los conocí, pero sí conocí a algunos compañeros. Leonor, una señora muy amable, fué quien me recibió. Giovanna, una chica muy linda, le costó un poco acostumbrarse a mi, pero ya se le va a pasar.- Comenzó a hablar rápido, casi sin respirar. -Y... también conocí a un chico.- Al decir lo último, se sonrojó y desvió la mirada de la pantalla.

-¡Esto era lo que quería saber!- Chilló Magna, emocionada. -¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Cómo es? ¡Cuéntame todo!

La argentina sonrió muy ruborizada y se removió en su lugar, cual colegiala enamorada.

-Al principio creí que era un camarero más, pero después supe que era el jefe de camareros del turno mañana.- Comenzó a contar.

Magna oía atenta.

-¿Y? ¿Es lindo?

-Él... ¡fué tan amable conmigo! ¡Deberías conocerlo alguna vez! ¡Es tan alegre y divertido! ¡Es muy profesional también, por lo que sé! Y fué tan paciente y comprensivo conmigo...- Suspiró, risueña.

-Ahora, lo mejor... ¿es lindo?

-Lo es.- Asintió, sintiendo su cara arder y su corazón saltar como loco. -Su pelo es de un tono de castaño muy claro y ondulado, tiene ojos cafés, anteojos. ¡Es tan atento y dulce! ¡Y contagia su buen humor! Y su sonrisa...- Suspiró. Su amiga sonrió. La argentina estaba que echaba corazones. Sin embargo, un pensamiento la despertó. ¡Acababa de conocerlo! ¿Cómo es posible estar en la quinta nube tan rápido? Debía mantener los pies en la Tierra si quería hacer una buena labor. -Se llama Freddie. Frederick.

-Frederick, ¿huh?- La miró, levantando una ceja de forma acusadora. Sonrió. -No es un nombre muy italiano.

-Lo sé.- Rió.

-Pues... ¡ansío ver una fotografía suya! ¡Cuando puedas enséñamelo!

-Cuando pueda... ¡no puedo andar sacándole fotos a mis compañeros de trabajo! Me van a deportar por acosadora.- Soltó una risita. Recordó otra cosa. -Mis primeros clientes fueron jugadores del Inter.

-¡¿EH?! ¡¿EL INTER?!

-Gino Hernández y Shingo Aoi.- Sonrió. -Fueron muy amables. Es más, Shingo se ofreció a mostrarme la ciudad. Mañana vamos a ir a almorzar y a recorrer un poco.

-¡Oh!- Magna la miró de forma pícara.

-¿Qué?- Rió nerviosa. Conocía esa mirada.

-¿Cómo sabemos que el japonés no quiere mostrarte otra cosa?

-Porque no...- Negó, aún sonriendo. -¿Te creés que él, teniendo tantas admiradoras, va a querer algo conmigo? Además... ¡es bonito! Pero no bonito como para... quiero decir... es bonito como para cuidarlo, para guiarlo por la vida... no para otras cosas.

Magna soltó la carcajada ante su palabrerío.

-¡Hablás como si fuera un chiquillo! Lo he visto. ¡Es lindo! ¡Y sin camiseta el chico es un sueño! Pero bueno... tu estás loquita por tu Clark Kent, es normal que no puedas verlo con los mismos ojos que al tal Freddie. Digamos que... por ahora toda tu atención está en ese tipo. ¡Pero bueno! ¡No llevas ni un día en Milán! ¡No sabemos qué pueda ocurrir luego!- Rió alegre al final.

-Eso seguro.- Asintió. -Bueno, Mag, voy a dormir un poquito, a bañarme y a volver al restaurante. Te llamo mañana, ¿sí?

-Bien. ¡Te quiero!

-Y yo a vos.- Le cortó, manteniendo una sonrisa cariñosa y nostálgica en el celular. Comenzaba a sentir la ausencia de sus seres queridos...