Resumen: Resultaba que todo aquel mundo de la alta costura, dorado y que brillaba tanto, aparentemente no era de ese color. Había vendido su alma al diablo la primera vez que compró un bolso de Louis Vuitton. ItaIno.

Nota de la autora: Los personajes de Naruto no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Las marcas de diseñadores tampoco me pertenecen, son propiedad de sus respectivos dueños. Está terminantemente prohibido cualquier intento de plagio de esta historia o de cualquiera de las que están bajo mi autoría. Las imágenes de portada no me pertenecen, reconozco los créditos a sus respectivos autores, el fanart de Ino pertenece al artista KankuroPlease, a quien he pedido permiso para utilizarla. Desconozco el autor del fanart de Itachi, si sabéis quién es el artista hacédmelo saber en un comentario para darle reconocimiento, pero la composición ha sido una elaboración mía.


El diablo viste de Gucci y Vuitton.

Primera parte.

Ino no terminaba de comprender como sus amigas no era capaces de diferenciar un tote de un saddle o de un hobo bag. Creía que le estaban tomando el pelo. Por el amor de Dios, ¡no se parecían en nada! Las formas de los bolsos eran absolutamente diferentes. No era capaz de concebir que no entendieran la importancia de tener un atemporal Chanel o como el pochette de Louis Vuitton resultaba siempre una excelente elección. ¿Cómo no rendirse ante el buen gusto? ¿Cómo iba a ser capaz de resistirse? Todo aquel lujo, opulencia y exclusividad que ofrecía ese selecto club social encandilaba a Yamanaka. Ino había hecho del mundo de la moda su pasión de vivir. Como buen amante de la moda que era, seguía las últimas tendencias para ir acorde a las marcas y las temporadas que ofrecían. La alta costura era fascinante y brillante, pero continuamente vertiginosa y cambiante. Vestir su esbelta figura cada día era un excitante reto que afrontaba con tenacidad. Siempre estaba preparada para ir prêt-à-porter. Siempre a la última moda. Caminaba por la calle recta, arrogante y con estilo. Contoneaba las caderas con gracia y seguridad en sí misma como había visto tantas veces por la televisión. Quería sentirse una modelo de Lagerfeld desfilando por la pasarela ante las miradas de todos. Le gustaba llamar y ser el centro de atención. Yamanaka era sofisticada, vanidosa y le gustaba levantar pasiones a su paso. Pero también muy escrupulosa en cuanto a moda se trataba y haría lo que fuera necesario por ella.

Ino tenía una lista de requisitos establecidos que todo amante de este arte debía cumplir y que por supuesto, no dejaban indiferente a nadie. Por encima de todo se debía venerar a los grandes genios y diseñadores del siglo pasado y ensalzar ciegamente sus trabajos. El primero requisito era que cualquier hombre o mujer que se interesara un poco por la alta costura debía diferenciar perfectamente entre un estampado clásico bordado Toile de Jouy de Dior de uno barroco de Versace, exuberante y llamativo, saturado de acantos, motivos grecolatinos, y con la icónica Medusa. El segundo era ser capaz de identificar a simple vista logos de marcas como Celine, Valentino, Hermès o Carolina Herrera. Esa era una de sus principales diversiones cuando caminaba sola por la calle. Además un amante de la moda debía pronunciar perfectamente las marcas de las casas italianas de Dolce & Gabbana, Gucci o Moschino con una fonética adecuada. El cuarto requisito era seguir fielmente la revista Vogue, Magazine y las prestigiosas Harper's Bazar o Cosmopolitan. Y por ende, eso incluía cualquier evento donde se presentasen nuevas colecciones, incluidas las Fashion Weeks con su ejército de fieles seguidoras, entre las que ella se encontraba. El sexto pero no menos importante, era rendir culto a la eterna elegancia, al glamour y donde se permitía cierta extravagancia. Y en una imaginaria fantasía soñar con ser Miranda Priestly. Todos ellos eran requisitos imprescindibles para considerarse un amante de la alta costura e Ino debía aprobarlos de las personas que orbitaban a su alrededor.

Ino era una víctima declarada del buen gusto. Aficionada al vanguardismo de Elsa Schiaparelli o Martin Margiela, al trasgresor Thierry Mugler y al irreverente estilo de Alexander McQueen. Los veneraba a todos ellos por igual. Pero una mujer sofisticada y cosmopolita no solo debía saber de ropa, sino que también debía entender de zapatos. Jimmy Choo, Louboutin, Blahnik y Amina Muaddi eran sus favoritos. ¡Por no hablar de los extraordinarios Giuseppe Zanotti! Saber de todos y cada uno de ellos eran indispensable. Su trabajo consistía en tener profundos conocimientos sobre los trabajos de los diseñadores y luego con ellos realizar estilismos vibrantes o más elocuentes según se pedía. Era un trabajo gratificante, satisfactorio, no demasiado cansado y bien pagado. Gracias a ello era invitada numerosas veces a eventos donde acudían famosos, actores y modelos. Trabajar en la industria de la moda había sido su sueño desde que era adolescente, tenía una buena agenda de clientas a las que aconsejaba y era perfeccionista a la par que exigente en el trabajo. Siempre decía que los detalles marcaban la diferencia en el look, con unas buenas gafas, pañuelos, cinturones y por supuesto, Ino era una gran fanática de todo tipo de bolsos. Una especie de fetichismo y poder de atracción envolvía a los bolsos de marca, deseados por muchas y alcanzables para pocas. ¿Qué había detrás? Un latente culto a los más excelentes diseños. Una promesa de calidad, lujo y firma. ¿Cuál era el secreto del éxito? Yamanaka estaba dispuesta a pagar lo que fuera necesario para tener lo mejor entre sus manos. Jackie, Kelly, Birkin, Neverfull, Lady Dior y 2.55 eran algunas las piezas más deseadas de su colección. ¡Prada, Balenciaga, Kors, Loewe y Ferragamo! Desde los más grandes de Yves Saint Laurent a los más diminutos de Jacquemus. Pero lo que más anhelaba la joven era trabajar en un futuro como redactora jefe de una revista de moda. Ese era su sueño por el que luchaba cada día. Su pareja esbozaba una sonrisa cuando la veía tan entusiasmada hablando sobre desfiles y colecciones con infinita pasión. No podía culparla. Aquel ambiente hedonista, bello y placentero estaba confeccionado y hecho a medida para una mujer de nivel como ella, quien creía firmemente que todo podía comprase con dinero.

Yamanaka rendía culto a todo ese brillante mundo. Pero a pesar de su intachable buen gusto su pareja prefería otro tipo de casas como Ralph Laurent, Giorgio Armani o Hugo Boss, más acordes a su estilo y personalidad. Itachi Uchiha era un hombre poderoso, respetado y elegante, conocido por todos en ese mundillo. Era diseñador de complementos masculinos, adoraba su profesión y sobre todo, llevarla al extremo con sus rompedores trabajos. Era la nueva promesa del firmamento. Una oda a la excelencia. Una especie de profeta que venía a anunciarle al mundo su talento. La firma Uchiha Couture era suya y sus diseños icónicos facturaban millones de dólares por el mundo. Lo que al principio había sido un pequeño negocio familiar con el mayor de los humildes comienzos en una modesta máquina de coser, había terminado convirtiéndose en una empresa a gran escala. Ino compartía la misma pasión desmedida por la costura que sentía Uchiha. Era unos años mayor que ella, algo que no había sido un problema, y lo había conocido por casualidad en un evento privado de Donatella. Cuando Ino lo había visto por primera vez con su flamante traje azul de seda se había quedado prendada y atónita. Conocía sus audaces diseños pero nunca lo había visto en persona. Era tan atractivo, varonil y refinado como decían, y desprendía un aroma magnético que la hipnotizó desde el primer momento. Nunca había visto un hombre tan perfecto como él. Estaba segura de que no había ninguna mujer en la faz tierra que no quisiera salir con Itachi Uchiha. Un aura de misterio envolvía aquel introvertido joven promesa, lo que lo hacía todavía más intrigante. Empezó a sudar presa del nerviosismo y reprocharse cosas a sí misma, producto del alcohol ingerido. Lo observó detenidamente. El diseñador apenas hablaba ni se relacionaba con nadie, algo que no pasó desapercibido y la sorprendió. ¿Quién no querría conversar con él? ¡Cualquier mujer lo desearía! En el momento en que Itachi se acercó a ella, aburrido de la absurda fiesta de etiqueta y sus petulantes invitados, entablaron larga conversación durante horas, creyendo que la mejor opción era dialogar con una simple estilista sobre las últimas colecciones de invierno de Marc Jacobs y Vivienne Westwood. Prácticamente Ino había caído rendida a sus pies, seducida por él y sus conocimientos de costura, pero sin evitar sentirse indigna de estar ante su presencia. Su personalidad era deslumbrante, compleja y abrumadora. No entendía por qué había acudido a ella en lugar de modelos, críticos o diseñadores de élite. Yamanaka no era famosa ni pertenecía a ese mundo. ¿Por qué ella? Bromearon y rieron hasta que Uchiha empezó a flirtear directamente con ella y cuando se quiso dar cuenta, Ino había amanecido en una cama desconocida con un sensual hombre de torso escultural que parecía un Adonis griego. Cuando vio a Itachi adormecido y vanamente tapado por las sábanas quiso chillar de felicidad. Aunque sabía que aquello no estaba bien. Se había dejado llevar por la emoción y parte de culpa la había tenido ese champagne rosado burbujeante. No recordaba muy bien lo que había sucedido la noche anterior. Se volvió a reprochar su irresponsabilidad. A partir de entonces decidió dejar a Shikamaru, su novio de toda la vida que trabajaba en un aburrido periódico de economía, para salir con él y finalmente convertirse en la señora de Uchiha. Se había enamorado de la noche a la mañana como un cuento de hadas. Todo había sido demasiado precipitado pero estaba dispuesta a dar el paso en su nueva vida. ¿Ella? ¿Esposa de un diseñador famoso? No lo habría adivinado ni en su mejor sueño.

A diferencia de la calidez que desprendía Yamanaka, Itachi era demasiado serio, meditabundo y su mera presencia aterrorizaba a cualquier ayudante que estuviese cerca. Era implacable, autoritario, temido y feroz en su trabajo, que defendía con puño de hierro. Itachi Uchiha era un profesional que no toleraba errores. Un guardián del buen gusto y la moda. Un faro de esperanza para las generaciones futuras. Itachi no permitía que nadie de su equipo no estuviese a la altura y mucho menos toleraba la mediocridad. Era verdaderamente difícil de impresionar y contentar. Era como un cuadro de arte abstracto que había que interpretar con sumo cuidado. Observando sus gestos de descontento o aprobación, su mirada y la expresión de sus manos. En cierto modo, la mala fama que tenía se debía a que los aspirantes a ayudantes terminaban siendo despedidos cada semana. A Uchiha le gustaba infundir temor para que la gente lo mirara con respeto y también que cundiera el pánico a su alrededor. Su atelier estaba repleto de jóvenes en un vaivén de idas y venidas. Le gustaba el caos y el descontrol que allí se desataba. Le resultaba inspirador para crear sus figurines. Su carácter estaba así marcado ya que sobre sus hombros recaía mucho peso y responsabilidad de la industria de la moda, las decisiones que tomaba eran cruciales y solo él podía hacer frente a todo esa ingente cantidad de trabajo. Ino había trabajado para él como modelo en varias campañas, aconsejándolo como estilista o encargándose de las fotografías de sesiones y resultó sencillo colaborar con Itachi en todo momento. Siempre estaba dispuesto a escuchar sus sugerencias y opiniones. No entendía el por qué esas críticas a su forma de ser. Más tarde descubrió que Itachi Uchiha solo se comportaba de aquella forma tan mezquina con determinadas personas que querían hundir su carrera y de los que se encargaba personalmente. Todo era mera apariencia y fachada. No era un hombre tan aterrador como se encargaban de divulgar los críticos, detractores y las malas lenguas. Ino todavía no entendía la suerte que había tenido por compartir tres años de su vida con un ser tan excepcional como él, un hombre tan culto, a la vez profundo y sensible. Irradiaba y desprendía innato talento por cada poro de su piel. Había nacido para ser artista y esa era su misión. Iluminar al mundo con su don. Incluso había diseñado un par de prendas en exclusividad solo para ella o había puesto su nombre a telas y vestidos. Yamanaka bromeaba diciendo que si no estuviera casada con Itachi Uchiha, su sueño hubiera sido casarse con Christian Dior o John Galliano. Se sentía afortunada y orgullosa de estar con él, agarrando el brazo de su marido y luciendo el brillante anillo de casada.

Aunque poco importaba que marca o diseñador abogasen, que colección alabasen o sentenciasen porque cuando estaban solos terminaban deshaciéndose de toda la ropa con desesperación hasta quedarse en Calvin Klein o Skims. La elegancia y glamour que desprendían terminaba en obscena vulgaridad. En un simple acto, banal y carnal. Siempre era lo mismo. Ino lo agarraba de su corbata de seda azul marino, un diseño atrevido, osado y particular, para atraerlo hacia sus labios y degustarlos con voracidad. A Itachi le fascinaban los costosos vestidos de Chanel que resaltaban la esbelta figura de su esposa pero todavía más su íntegra desnudez, cuando dejaba caer las prendas al suelo con lentitud. Itachi rendía culto a su cuerpo exuberante, delgado y atlético. Enloquecía cuando Ino estaba desnuda sobre sus piernas y en sus pupilas ardía el deseo, pero enloquecía todavía más en el momento en que se hundía en ella sin ningún tipo de delicadeza. No le preocupaba nada más. Solo hacerle el amor y darle placer a su esposa. El raciocinio desaparecía y su instituto más primitivo lo dominaba. Se olvidaba de todo, de su trabajo, de las colecciones y de todo el estrés al que estaba sometido. Ino era su válvula de escape. Un deleite para los sentidos. Un plácido paseo por la Arcadia. No le importaba que fueran los diseños de Gaultier y Fendi los que salían perdiendo e incluso no le importaba destrozar con sus propias manos alguna prenda estorbosa que impedía su tarea. No sería la primera vez ni la última. Era un hombre lujurioso y sexual. Ino jadeaba preocupada para no estropear su bonito maquillaje ni sudar el costoso vestido. Pero Itachi era impaciente y con un peligroso gusto por el riesgo. Tenía fijación con hacerlo en la mesa de su despacho y disfrutar ese momento, sin importar la integridad de la ropa y posibles desperfectos. Ino lo enloquecía con su precioso cabello dorado que caía sobre su diminuta cintura y sus firmes pechos que lamía con ansiedad. Ino era la musa para sus creaciones, la misma Afrodita encarnada, la Gala de Dalí. Ino era la mujer que necesitaba a su lado. Itachi necesitaba desesperadamente a Ino, pero Yamanaka también lo necesitaba a él. Era una necesidad recíproca de la que no podía prescindir. El problema acontecía cuando Uchiha tenía ganas de sexo antes de cualquier evento que requiriera una severa etiqueta y con numerosa prensa invitada. Entonces era cuidadoso, delicado y meticuloso como todo un caballero, procurando que su aspecto continuara intacto mientras la penetraba. Sabía lo importante que era mantener una buena imagen y trataba de que nada ni nadie salpicara lo más mínimo su carrera. No lo toleraba. El sudor recorría la espalda desnuda de Ino mientras era embestida por él, rogándole entre gemidos que parara, y aquello solo provocó que quisiera follarla con más rapidez. Por supuesto la prensa querría fotografiar a la pareja de moda y saldrían en todas las revistas. Tal vez serían la portada de la semana o la diana de la prensa rosa. Itachi odiaba ese tipo de prensa escrito por víboras sin escrúpulos. Estaba harto de que se escribiera más sobre su vida privada que sobre su trabajo. ¡Debían rellenar las columnas y páginas con sus geniales obras! No inventando romances absurdos con modelos a las que no conocía.

Quizás Ino debió poner como octavo requisito de su lista la prohibición de mantener romances con diseñadores famosos. El mundo de la moda tenía numerosas ventajas pero costosos inconvenientes que desconoció cuando era más joven e ingenua. El primero de ellos fue que al casarse con Uchiha pasó a ser una figura pública y su intimidad se volvió el bien más preciado que debía custodiar. Al principio no estaba acostumbrada y le resultaba halagüeño que la reconocieran por la calle. Luego fue prácticamente imposible que pudiera pasear tranquila sin ocultarse bajo pelucas falsas o gafas de sol para camuflar su identidad. Allá donde ella iba, el séquito de ayudantes y fanáticos de su marido la seguía. Apenas podía estar sola. Debía tener guardaespaldas en todo momento. Además los paparazzi los acosaban en cualquier lugar. Ella solo quería permanecer en un segundo plano detrás de los focos ya que la estrella era Uchiha. Yamanaka llegó a odiar su vida sin intimidad e Itachi también se sentía abrumado con todo aquello. Todo aquel reconocimiento que un día quiso, llegó a maldecirlo con amargura. Debía tener cuidado con las cosas que deseaba porque se terminaban pagando a un precio muy alto. Ino sabía que la fama iba de la mano del trabajo de Itachi, pero había cruzado el límite de lo humano. Ella solo quería una vida apacible y tranquila, pero sus deseos se vieron frustrados por segunda vez. Los medios de comunicación los atacaban o ensalzaban según intereses mediáticos. Debía ser cautelosa con lo que decía ante la prensa o lo que subía en sus redes sociales. Expertos continuamente analizaban sus comportamientos y movimientos. Los periódicos difundían historias falsas sin fundamento y era continuamente juzgada por sus actos. Así como era defendida y respaldada por un ejército de seguidoras, también era defenestrada en público por muchas otras. Se dio cuenta que realmente estaba sola y que aparte de su marido no tenía ningún otro apoyo. Estaba lejos de su familia y amigos. Era muy duro. Las críticas resultaban difíciles de manejar emocionalmente. Ino estaba convencida de que aquel era el precio que había que pagar por la fama, pero se sentía incapaz de gestionarla. ¿Cómo iba a manejar todo aquello? Para poder soportarlo empezó a ingerir una sustancia, creyendo que haría olvidar o aliviar sus problemas, al principio recomendada por Itachi y luego por ayudantes de dirección o segundos al mando con los que tenía confianza. Podían conseguírsela siempre que quisiera porque el dinero no suponía ningún problema. La ingería por la nariz y tardaba un rato en hacer efecto y cuando lo hacía se olvidaba de su nombre. Se volvía eufórica escuchando los latidos acelerados de su corazón y se abrazaba a aquella sensación de falsa felicidad. En ese estado temporal conseguía evadirse de la realidad, y prefería estar en él que soportar que la insultasen y amenazasen cada mañana en las redes sociales o en programas de actualidad. Pero Ino se equivocó, los problemas no menguaron y aquello no hizo más que acarrearle más. En aquella ansiedad y desesperación terminó volviéndose adicta a ese polvo blanco que era como un veneno mortal. Se sentía feliz cuando estaba bajo los efectos de esa droga. Su salud empezó a notarse deteriorada y no pasó desapercibido para nadie. ¿Qué diría la prensa de ella si se enteraran de su adicción a la cocaína? ¿Qué pensaría su familia? Pero ella no era la única, le sorprendió la cantidad de personas de su entorno que ingería aquella droga por mera diversión o placer. Muchas de ellas las veía a diario y trabajaban como fotógrafos o modelos. Ino nunca creyó que deseara tanto volver a su monótona vida anterior, aquella que ya no era capaz de recordar.

Continuará…


Nota de la autora: Hola de nuevo. Hacía tiempo que no publicaba ningún ItaIno y no quería abandonar el fandom. Me fascina el mundo de la moda y alta costura y deseaba explorarlo en este fanfic, inspirado también por la película "El diablo viste de Prada", a cuyo título he tratado de rendir homenaje. Como me ha quedado muy largo, he decidido dividirlo en dos capítulos. No quería quedarme solo en lo superficial como parece al principio, sino que quise hacerlo profundo, complejo y realista a medida que va avanzando. Pronto publicaré la segunda parte, en la que me adentraré más en este mundo. Si te ha gustado mi trabajo apóyalo con un voto o comentario.