Porque las historias nacen de momentos, y los momentos están presentes siempre y nacen de nuestros sentires más profundos, a los que solo algunos son capaces de acceder. Esta idea nació de una imagen creada por la talentosísima artista ChandlLucky, una imagen en la que capturó uno de esos momentos que me gusta llamar mágicos y que, con su autorización, utilicé como portada para esta historia. Espero que lo disfruten.

Nota: Los personajes son de la grandiosa mangaka Rumiko Takahashi. La historia es un pedacito de mi inspiración que quise compartir con ustedes.

Estoy agotado. Regreso de realizar un exorcismo con Miroku que tardó más de lo acostumbrado y que le permitió al susodicho incrementar los costes ya de por sí exorbitantes de nuestros servicios. Eso significa que tuve que cargar con mayor cantidad de peso de lo normal, mientras que mi "compañero de trabajo" iba fresco como margarita a mi lado. Mi agotamiento, por supuesto, es más mental que físico, dado que tuve que contener mis ganas de enseñarle a Miroku que no soy una mula de carga y que era la primera vez que me separaba de ellas.

Sin embargo, todo mi agotamiento se desvanece como por arte de magia y es sustituido por preocupación cuando detecto el olor de mi esposa y observo a lo lejos su cabello azabache meciéndose al viento suave de las tardes de primavera. Es demasiado pronto, —pienso—, no debería estar fuera de la cabaña, no aún. Pero la conozco, y es un verdadero milagro que conseguí que se mantuviera en reposo las últimas tres semanas. Kagome está recostada a un árbol cercano a la cabaña que construí para ella, y que luego se convirtió en un hogar para nosotros.

Me acerco lentamente y sin hacer el más mínimo sonido. Estoy a su espalda, pero no me cuesta nada saber qué está haciendo. Susurra tan bajo que apenas se le escucha, pero yo la escucho perfectamente. Está contándole a nuestra hija acerca de nuestro reencuentro, ese que había ocurrido algunos años antes del nacimiento de esa pequeña que ella sostiene protectoramente en sus brazos y de quien solo logro ver parte de su cabello negro. Lo tiene más oscuro que el de su madre, casi como el mío cuando me convierto en humano, pero tiene los mismos reflejos azulados que el de ella, es lo que consigo pensar.

—En ese momento, pensé en que lo que quería, más que nada en la vida, era estar al lado de tu papá, y el pozo funcionó de nuevo, una última vez. Así que tenía que tomar una decisión. Y, ya ves qué decisión tomé, por eso estás aquí con nosotros ahora, Moroha. —cuenta Kagome.

Escucho una pequeña risa, procedente de mi hija. Me extraña que una bebé de solo tres semanas de nacida sepa como reír, pero supongo que es algo que también heredó de Kagome. Esa risa encierra tanto amor. Estoy seguro que ella comprende, tal vez no conscientemente, pero sí percibe a su manera, la magnitud de los sentimientos contenidos en esa historia. Yo sé que yo no podría medirlos nunca porque me sobrepasan por completo.

Recuerdo en ese momento que nunca esperé tener una familia, que siempre pensé que estaría solo. Y recuerdo también que la llegada de Kagome a mi vida destruyó mis preconcepciones para enseñarme tanto. Desde que esa jovencita terca y fuerte lloró por mí, mi vida cambió y… yo cambié por completo, y no podría estar más feliz por ese cambio.

Aquella preocupación que sentí al verla fuera de la cabaña desaparece y es sustituida esta vez por la misma felicidad plena que sentí cuando Kagome regresó a mi lado, esta vez para siempre, para convertirse en mi familia, y, años después, en la madre de mi hija.

Y todavía no me creo que soy padre. Yo, un hanyō al que todos rechazaban y perseguían, tengo una esposa que me ama y una hija, y un futuro… a su lado.

No puedo evitar acercarme hasta quedar completamente cerca de ellas, pero sin que aún me noten y decir al oído de Kagome:

—Y yo no podría estar más contento de la decisión que tomaste.

—Inuyasha, regresaste. —Kagome se gira y me sonríe radiante, como siempre hace cuando me ve, sin importar si nos hubiesen separado minutos u horas. —¿Estás muy cansado?

—Estoy bien. Veo que trajiste a Moroha a tomar el sol. —digo observando el pequeño bulto que se agita para llamar mi atención.

—Sí…, bueno, sé que no querías que saliera de la cabaña, y no lo hubiera hecho si la brisa estuviera más fresca, pero el clima de hoy es cálido y a Moroha le viene bien.

—Y a ti también. —después de tantos años ya conozco sus manías.

—Sí, a mí también. Pero sabes cómo soy. No me gusta estar encerrada.

—Solo trato de protegerte. — comento tomando a Moroha en brazos — Hace poco diste a luz y no quiero que te excedas.

—Lo sé y prometo no excederme, además estuviste más mandón en los últimos meses de embarazo. Ahora, al menos, eres razonable.

—¿Qué dijiste?

La pelea se detiene antes siquiera de empezar porque Moroha, mueve sus pequeños bracitos arriba y abajo y yo la levanto sobre mi cabeza para que pueda ver mis orejas. Ya descubrí que le encanta tocarlas y a Kagome le encanta ver cómo juega conmigo.

—Pues Moroha, —comento dirigiéndome a mi hija, olvidándome de mi casi insulto anterior por ser llamado "mandón"— ese día tu madre regresó a mi vida, y fue como si el sol volviera a brillar para mí después de tres años de oscuridad.

Nuevamente escucho la risa de mi hija (hija, lo repito mucho porque no consigo creérmelo todavía) y mientras la bajo para observar su carita sonriente y la observo mover sus pequeñas manos por la alegría, siento la mano de mi esposa que me acaricia la mejilla y acerca su rostro al mío para besarme. Tampoco creo que me canse nunca de esas manifestaciones de cariño.

—Y para mí, Inuyasha, fue como ver un arcoíris después de la intensa lluvia. No me desagrada la lluvia, pero amo el arcoíris, sus múltiples colores y amo el sol que lo acompaña.

Y así, tan simple y complejo a la vez, me dice y me demuestra que me ama. Kagome debe saber que, aunque provoca que me ponga tan rojo como mi túnica, incluso a estas alturas, adoro escuchárselo decir.

—Será mejor que entremos, —me dice Kagome mientras toma a la bebé de mis brazos y le hace caras graciosas— ya es hora de que esta belleza se alimente.

Y juntos, como familia, mientras mi esposa sostiene a mi hija que sonríe plenamente entre sus brazos y yo acaricio la base de su espalda, nos dirigimos a nuestra cabaña, a ese hogar lleno de amor que creamos entre los tres.

Muchas gracias por leer.

Nos vemos en la próxima aventura.

Besos !