La noche era maravillosa.

El Bosque Prohibido les daba la bienvenida con un aliento nocturno que agitaba las ramas y hojas de sus grandes y robustos árboles. Los grillos también cantaban una melodía dispar y única, brincando entre los matorrales, mientras se escuchaba suavemente el batir de alas de ciertas aves que salían a disfrutar de la brillante luna blanquecina. El bosque era un sitio peligroso y lleno de misterios, como el territorio de centauros, acromántulas y demás criaturas mágicas que podían habitar sus tierras libremente. Aún así, en ese momento era el paraíso para el pequeño grupo de chicos que se adentraban a escondidas en él.

Como era su costumbre.

Las piernas y brazos rápidamente se deformaron, agarrando una contextura peluda. Sus orejas se transformaron, sus ojos cambiaron de color y su rostro se alargó: entonces la transformación animaga estaba completa. Entre las flores y arbustos corrieron un lobo, un perro, un ciervo y una pequeña rata.

La libertad se sentía tan bien. James sentía el viento en su rostro mientras saltaba obstáculos y esquivaba árboles y ramas, observando los distintos cedros, abetos, pinos y eucaliptos que habían y adornaban de verde el lugar. Y, como solía pasar a veces, el perro y el lobo se desviaban del camino e iban a su propio ritmo, dejando que el ciervo y la rata tuvieran libertad para hacer lo que quisieran. El animal de cuernos miró al ratón, curioso, se olfatearon y decidieron separarse igualmente.

James se adentró en un lugar al que no había visto antes, donde habían menos árboles y las estrellas alumbraban con más fuerza las rocas y cristales que habían, creándose la ilusión de diversos colores que brillaban allí: morado, azul, rojizo. Al ser rocoso pasó trotando y esquivando hongos grandes, teniendo que saltar una pequeña corriente de río que se extendía.

Entonces lo vio.

Había una persona sentada entre las rocas, acomodando su espalda perfectamente contra un tronco suave y cuyas piernas estaban recogidas mientras sostenía un libro que tapaba su rostro. Aún no había visto al ciervo, y James, sin poder creer lo que estaba viendo, trotó silenciosamente hasta los árboles y se escondió con cuidado, pero sus astas habían chocado contra las plantas y la oscuridad se agitó.

El extraño levantó la mirada de su libro, alerta. Tenía los ojos grises, decaídos, pero hermosamente brillantes. James reconocería esos ojos donde sea.

Era Regulus Black, leyendo a mitad de la noche en el Bosque Prohibido, sin el menor atisbo de miedo o precaución posible. James sabía que el chico era prácticamente un genio para su edad y dominaba diversas artes de defensa, incluso oscuras, pero aún así le parecía arriesgado que simplemente se escapara del castillo para ir a leer a aquel lugar, especialmente considerando los monstruos que reguardaban en lo profundo del bosque.

Aunque era un espacio hermoso, no sabía si realmente valía la pena.

El chico agitó su varita encendida por un lumos, viendo hacia el lugar donde estaba escondido el ciervo. O, más bien, intentando ver algo en medio de aquella profunda noche.

—¿Quién anda ahí? Muéstrate. —Exclamó el chico.

James se alarmó un poco. Pero no porque lo descubriera, sino porque su voz podría atraer la atención de Sirius Black y, peor, del lobo que rondaba aquellos lares esa noche. Pero los chicos jamás solían aventuraste hacia allí, lo cual lo tranquilizó un poco. Aún así, nada era seguro y tendría que hallar la manera de que el chico abandonara aquellas salidas nocturnas.

Los grandes y oscuros ojos del ciervo lo miraron con atención. Regulus Black seguía apuntando con su varita en su dirección, con expresión seria y concentrada, completamente alerta. Incluso el viento había dejado de soplar, tal vez descubriendo las intenciones de aquel solitario chico. ¿Sería capaz de disparar a la nada? James no quiso arriesgarse, así que dio un paso, y luego otro, y otro.

El ciervo salió con cuidado desde la penumbra, con la cabeza gacha. Hacía tiempo que sus ojos no conectaban con los de Regulus Black, quien parecía mirarlo con genuina sorpresa y hasta cierto brillo en sus ojos, seguramente estaba emocionado. Después de todo, para el menor no era normal ver ciervos en Hogwarts —o, mejor dicho, uno vivo, pues su familia solía cazarlos— y, para más sorpresa aún, uno que no tuviera intención de huir, de grandes y hermosas astas y un porte majestuoso. El animal era inmenso, el ciervo más grande que había visto, y parecía curioso a sus ojos, mirándolo directamente.

—Es solo un ciervo. —Murmuró, sintiéndose estúpido—. Nada más. Estás demasiado estresado, Regulus.

Entonces el chico le sonrió cálidamente, y volvió a hablar.

—Suelo venir todos los sábados aquí y otros días también, pero jamás te había visto, amigo. ¿También es tu primera vez en este lugar? Sí, bueno, es un lugar precioso. —Comentó el azabache, volviendo a sentarse entre las rocas cómodamente. Su rostro tenía ligeros tonos morados, iluminados por los cristales que allí yacían. El ciervo se acercó un poco más, curioso de que le estuviera hablando—. Perfecto para estar solo y olvidar todo el desastre que sucede allí afuera, ¿sabes? Sí, le estoy hablando a un animal, llegué a ese punto.

A James le hizo gracia, y meneo la cabeza de arriba abajo, haciéndole un gesto para que continuara. Aquella interacción era rara, pero no le desagradaba del todo. Ver a Regulus relajado y tranquilo fuera del Colegio era una imagen que no sabía que quería en su mente, y de cierta forma lo aliviaba, aunque no quisiera reconocerlo.

"Solo sigues aquí para protegerlo de cualquier cosa, James", decidió en ese momento. "No hay otra intención. Sigues odiándolo y sigue odiándote, no lo olvides".

Pero, ¿por qué quería proteger a una persona que odiaba? Bueno, ni a su peor enemigo le desearía ser comido vivo por un hombre lobo. O por cualquier cosa que estuviera en el bosque a esas horas.

—Intento estudiar Pociones y avanzar un poco de materia, pero hay cosas que no entiendo mucho. Me siento un poco tonto. Por desahogarme contigo, digo. Pero… —Bajó un poco el volumen de su voz. James vio un asomo de tristeza en sus ojos—. No lo sé. A veces me siento un poco solo.

Y Regulus continuó leyendo. Si pensó que era extraño que un ciervo salido de la nada de los árboles se le quedara mirando entonces no lo comentó. Al contrario, dejó que el animal se acercara de a poco hasta quedar prácticamente a su lado. James notó que, efectivamente, estaba estudiando los efectos de la poción Felix Felicis. Las páginas del libro estaban subrayadas y tenían algunas notas con la perfecta caligrafía del menor.

Y el animal simplemente se echó allí, haciéndole compañía. Regulus Black lo miró con curiosidad.

—Eres un ciervo extraño. Se supone que deberías alejarte de mí, no acercarte. —Arrugó ligeramente la nariz, confundido—. Tal vez eres la cruza de un ciervo y algo mágico, así que no me sorprendería que en realidad pudieras entenderme. Aún así, eres raro.

A James le pareció gracioso, así que meneó la cabeza, moviendo sus astas. Regulus suspiró, derrotado a contarle su vida a un animal, a falta de personas reales que lo escuchen. Sus amigos no contaban, pues, aparte de Barty Crouch Jr, en realidad no tenía la confianza para hablar temas que lo hacían ver tan inseguro.

—…simplemente no puedo dejar de pensar. Los primeros minutos del día, cuando abro los ojos, pienso en tantas cosas, todas malas, y no puedo apartar el ruido de mi cabeza. Es una sensación que me acompaña todo el día, y la gente me pregunta por qué estoy deprimido o por qué tengo esta expresión. —Comentó suavemente, cerrando ligeramente el libro mientras hablaba. Sonaba tonto, pero simplemente exponer sus problemas al aire en vez de encerrarlos lo dejaba respirar mejor—. En este punto no sé qué me pasa ni qué me falta. Estudio demasiado, hago sentir orgullosos a mis padres, tengo el futuro planificado y tengo amigos, pero, ¿por qué me siento tan mal?

El chico de ojos grises estiró su mano hacia el hermoso ciervo, pidiendo permiso, y con sumo cuidado posó las yemas de sus dedos contra la cabeza de este, acariciándolo con una pequeña sonrisa. James se quedó estático sintiendo el contacto en su piel, mirándolo con los ojos muy abiertos, y se dio cuenta que no había visto a Regulus Black sonreír hace mucho.

Era tan hermoso que dolía.

—Creo que tengo que irme. —Murmuró—. Pronto será más difícil entrar a Hogwarts y ya leí lo suficiente.

Para sorpresa de Regulus el ciervo también se levantó, dispuesto a irlo a dejar por el camino que restaba del Bosque Prohibido. Entonces fue como James se encontró siguiendo, a una distancia prudente, a la persona que supuestamente odiaba y con la que había tenido duros enfrentamientos, desde insultos a hechizarse mutuamente.

Sirius lo habría matado de saber.

Se fijó en que el "desagradable y odioso Regulus Black" en realidad amaba la naturaleza, pues se detenía o bajaba la velocidad de vez en cuando para apreciar cierta flor o animal que llamaba su atención. Se sabía el camino de memoria, y pisaba tan silenciosamente como un felino, haciendo el menor ruido posible en el lugar. Además, intentaba pisar lo menos posible las plantas y hierbas, respetándolas.

—Aquí nos separamos, amigo. Lamentablemente no puedes venir conmigo. —El joven arqueó una ceja, dedicándole una sonrisa ladina—. Pero si quieres verme de nuevo ya sabes dónde encontrarme.

Y se marchó hacia el castillo.

Al día siguiente James había despertado bastante temprano, más que de costumbre, y parecía actuar de manera extraña. O tenía mucha energía o se quedaba quieto como un robot, haciendo las cosas en automático, lo cual molestaba a sus compañeros leones que simplemente querían seguir durmiendo o llevar una maldita mañana normal. Sirius, al parecer, también se levantó de buen humor, estirando los brazos perezosamente y gritando saludos en la mañana.

—¡Buenos… —Empezó Sirius.

—…días! —Completó James.

—¿Hoy es el día que creo que es, Prongs? —El azabache lo miró con una sonrisa.

—¡Es el día que crees que es, estimado amigo! —El chico de gafas le devolvió la sonrisa, aún más grande, mientras se subía a la cama y saltaba en ella, haciendo un megáfono con sus manos—. ¡Hoy será el día en que Gryffindor tome la victoria y demuestre quien manda!

—¡Y eso será por el único, inigualable, y apuesto James Potter…!

—Gracias, gracias. —Hace una reverencia, sonriendo de lado—. ¿Autógrafos?

—Dejen. Dormir. —Exclamó Peter.

A Sirius le llegó una almohada en la cara. Y luego otra. No tenía que voltear para saber que había sido su chico de cabellos castaños, levantándose de mal humor después de su pequeño problema peludo. El Black simplemente saltó a la cama de Remus, con cuidado de no pisarlo, y lo miró desde lo alto.

—Vaaaamos, Moony. Es el día de James: el James-día. Y tengo chocolate. —Entrecerró los ojos, burlesco—. ¿No quieres levantarte ni si quiera por un poco de chocolate?

—No quiero vivir el "James-día" si eso implica tener que levantarme a una hora extraordinariamente desproporcionada… ¡por dios! ¡Son las cinco de la mañana! —Le replicó, tapándose con la sabana.

—Mi corazón está roto. —Comentó James, dramáticamente.

—Tu cerebro lo estará. —Replicó Peter.

—Chicos, ya saben que ni el líder ni el bufón funcionan sin el cerebro y la actitud. Vamos, dormilones, hay que apoyar a James hoy en la cancha. —Comentó Sirius, tomando una toalla para ducharse, finalmente—. ¡Les vamos a romper el culo a las serpientes!

—¡Desollaremos sus cuerpos! —Apoyó James.

—¡Quebraremos sus almas!

—¡Y beberemos su sangre!

Ambos se rieron estúpidamente.

Remus, quien ya se había levantado finalmente y se había sentado en la cama mirando cómo Sirius hacía peso a su lado, se restregó los ojos y decidió que intentaría hacer un esfuerzo por ser el día de James. Solo una vez. Después de todo, el chico de gafas había estado esperando día y noche que ocurriera ese partido de Quidditch contra Slytherin, y se había puesto a entrenar desde el primer momento posible. Sirius lo había animado arduamente, solo porque quería hacer realidad la posibilidad de poder burlarse todo un semestre de las serpientes por ello.

Al bajar por las escaleras de la Torre de Gryffindor se sentía el ambiente festivo y emocionado de los alumnos, quienes hace tiempo habían descuidado sus quehaceres y materias del día para hablar acerca del partido. Después de todo, ir a Hogwarts y no apoyar a una de las casas en los juegos de Quidditch era algo extraño. James vio a ravenclaws con los colores de la casa de Godrick pintados en la cara, e incluso carteles de leones por allí y por acá. Le preguntó sobre eso a Sirius, quien hizo una mueca divertida.

—Estuve hablando con unas chicas de raven, ya sabes. Unas amigas. —Sí, James sabía a qué se refería Sirius con "amigas", y simplemente lo instó a que continuara saltándose esa parte—. A Ravenclaw le conviene que ganemos el partido porque así ellos irían, por puntuación, contra Hufflepuff y no contra las serpientes, lo cual les asegura llegar a la final. Ya sabes cómo son las águilas, piensan sus estrategias hasta el final. —Sonrió descaradamente—. ¡Lo único que les falla en el cerebro es pensar que ganarán contra nosotros!

—Simplemente podrías haber dicho que alguien te dijo, no tenías por qué aclarar que fueron tus "amigas", Sirius, a nadie le interesa con quién te acuestas. —Comentó Remus, hablando demasiado rápido.

Sirius lo miró con interés, y frunció levemente el ceño.

—Alguien se levantó con el pie izquierdo. O con pulgas. —Bromeó.

En otro momento a Remus aquella broma le habría parecido divertida, pero no estaba con el ánimo e lidiar con Sirius maldito Black y sus comentarios burlescos, así que simplemente le dedicó una mirada de soslayo y continuó caminando, más rápido, hasta que pronto los dejó atrás y se juntó con el grupo de las chicas de Gryffindor. James vio a Lily entre ellos, pero no le prestó más atención.

—Creo que está enojado. —Susurró Peter.

—¿Eso crees? —Sirius rodó los ojos, y miró a James—. No era para tanto, ¿no? O sea, ¿qué dije mal? Ni si quiera profundicé en eso.

—Está celoso. —Bromeó, James, y luego negó con la cabeza—. Tienes que considerar que acaba de salir de luna llena, amigo. ¡Seguramente está todo adolorido! Debería estar en reposo. Ya se le pasará. —James le palmeó la espalda a su amigo, riendo por el primer comentario que había hecho—. ¿Con pulgas? ¿En serio? ¡Pero si el perro acá eres tú!

—Ustedes… de verdad no se dan cuenta. —Murmuró Petttigrew, despacio, mientras sacaba sus dulces de siempre—. Las personas como ustedes, que han salido con varias chicas, no se dan cuenta de cómo yo y Remus nos sentimos si hablan como… uh, así de ellas.

—¿Y cómo hablamos de ellas? —Sirius frunció el ceño.

—Así, como, como despreocupadamente. Como si solo fueran para el rato.

—Yo jamás dije eso.

—Creo que estamos malentendiendo el tema y saliéndonos de la conversación. Sirius, habla con Remus después y discúlpate, y tú, Peter... —James habló con esa voz grave que hace que todos automáticamente le obedezcan, como si tuviera la autoridad en la sangre de ser un líder y mediador. Le sonrió cálidamente—... piensas demasiado. ¡Eres muy desconfiado! No somos tan malvados como crees.

—Seh. —Sirius se relaja, bajando los hombros—. ¡En este punto creo fielmente que ellas juegan con nosotros! En especial Lily con James.

En el Gran Comedor todo fue como de costumbre, y a Remus ya se le había pasado el pequeño enojo después de que Sirius lo molestara lo suficiente como para no poder negarle nada. Después de todo, si el Black quería algo pocas personas eran capaz de negárselo, pues era excesivamente carismático. A James le gustaba ese ambiente.

Hasta que sus ojos se posaron contra Regulus a través de la mesa, y todo se detuvo. Recordó el sentimiento que le produjo tener una conexión con él en su forma de ciervo anoche, y cómo después de años lo había visto sonreír con sinceridad. No sabía cómo sentirse al respecto, porque por un lado había violado su privacidad al mentirle con su identidad y por el otro lado realmente quería hacerle compañía, además del hecho de que su espíritu Potter hacía que quisiera protegerlo.

Y se activó el James automático por todo el día.

No se había dado cuenta antes de las muchas veces que veía al pequeño Black en el castillo, entre las escaleras o contra los barrotes de piedra, en el patio o en el comedor. La coincidencia, aquel día, era asombrosa. Tal vez siempre se lo había topado tanto pero ahora estaba con la alerta activada al cien por ciento, hecho que sus amigos habían notado pero asumían que eran los nervios por el partido que siempre le daban.

Regulus Black le había dicho que se sentía increíblemente mal, le había confesado un profundo secreto sin saber que era James, y ahora se sentía culpable por haberse entrometido en su vida en su forma animaga.

Simplemente no podía dejar de pensar en él.

Pero había llegado la hora del partido de Quidditch, y tenía que concentrarse. La cancha era redonda, formada por grandes torres que representaban los distintos colores de las casas y las que vigilaban usualmente el personal del colegio. Al medio de todo, en la torre central, estaba la habitación de reporteo cuyo propósito era animar y relatar el partido, puesto que usualmente ocupaba Mary Macdonald, así que el juego estaba a su favor. El juego aún no empezaba, así que no había tantas personas pero ya se veía cierta ocupación en las gradas por los fanáticos más empedernidos.

Era el tiempo de que los equipos calentaran antes del juego con el objetivo de no crearse lesiones, así que tanto el equipo de James Potter, Gryffindor, como el equipo de Barty Crouch Jr, Slytherin, estaban calentando en sus respectivos espacios asignados. James terminó y se fue a los camarines a cambiarse de ropa.

Para su sorpresa, alguien se le había adelantado, y era el mismo chico pequeño que había encontrado en el bosque la noche anterior. Sin embargo, su mirada era distinta, había dejado de ser cálida y amable como recordaba en el bosque para cambiar a una siniestra y lúgubre, que parecía cortar como cuchillas todo en lo que se enfocaba. Regulus notó que alguien entró al camerín, levantando ligeramente la vista para ver al capitán de Gryffindor sin emoción alguna. Acto seguido simplemente siguió en lo suyo, colocándose la polera y parte del equipo de protección.

James Potter hizo lo mismo. Después de un silencio incómodo James no aguantó más y, con su característica impulsividad, habló.

—No sabía que estabas en el equipo de Slytherin. —Comentó casualmente el castaño, colocándose las protecciones en las piernas.

Si a Regulus Black se le hizo extraño aquel intercambio de palabras no lo expresó en su rostro. Ambos chicos estaban de espalda, pero James podía ver la cara del chico de rizos a través de un espejo que había en el lugar.

—¿Por qué deberías saberlo? —Murmuró. Luego, soltó una pequeña risa amarga—. ¿Acaso es tu deber como capitán saber todos los nombres de cada jugador existente, Potter?

—¡Claro que sí! ¡Hago estrategias basándome en los jugadores que van a jugar y de acuerdo a eso nos organizamos! —James se tomaba bastante en serio el juego. Le dedicó una sonrisa ladina, actuando superior—. Entonces ingresaste hace poco. Supongo que Slytherin está débil.

—Siempre es un honor ser el error en los cálculos del gran James Potter. —Comentó, rodando los ojos. James simplemente se rio por su reacción—. ¿Débil? Debería preocuparte mi entrada al juego, no alegrarte.

James terminó de colocarse las coderas, y se giró para ver a su adversario. Notó su cabello húmedo pegado contra la frente, pues recién se había duchado, e intentó imaginar algún puesto ideal para el menor de los hermanos Black, cuya contextura era más bien delgada y bajita. Entonces, abrió mucho los ojos.

—No puede ser, ¡¿eres buscador?!

—¡Ta-Dah! Parece que sí tienes una neurona funcional.

—Ustedes son… realmente unas víboras estrategas. —Exclamó, aún sorprendido—. ¡Te estaban reservando específicamente para este juego! Por eso no ingresaste antes.

Y Regulus le dedicó una sonrisa maliciosa que, en vez de asustarlo, a James Potter le gustó. Porque hizo que su vena competitiva naciera nuevamente y quisiera destruir el rostro arrogante del azabache. No esperaba que las serpientes tuvieran ese tipo de trucos bajo la manga.

—Todos saben que la debilidad de Gryffindor es su buscador. No tienen mucha gente pequeña y ágil, ¿no? Por lo menos no alguien que quiera y pueda jugar hasta el momento, así que realmente no son tan veloces. Todos saben que ganan por su fuerza. —Regulus le explicó, mientras doblaba su ropa y la metía dentro de un baúl de la instalación que tenía las siglas R.A.B—. Simplemente decidimos esconder al buscador para que se despreocuparan de eso y revelarlo en el momento oportuno. Y ese soy yo. Aunque no tengo que presentarme, al parecer.

James se llevó la mano a la boca, ocultando en parte la risa nerviosa que había brotado de su cuerpo. Las serpientes le habían ganado en juegos de estrategia, nuevamente. Realmente era algo de aplaudir. Y Regulus era ideal para el puesto, si tenía la mitad de la habilidad de Sirius seguramente iba a ser un partido díficil.

—Claro que no tienes que presentarte, Reggie. —Comentó, sonriendo, utilizando el apodo que sabía que le molestaba. El contrario frunció ligeramente el ceño—. Te conozco más de lo que crees.

—No me digas así. —Le recriminó—. Y eres insoportable, ¿qué vas a saber tú de mí?

—Mientras más me insultas más mi ego sube.

—¿Cuándo no ha subido por cualquier estupidez? —Regulus rodó los ojos.

—¡Pero hay algo en su maravilloso plan que falló! Así que seguimos teniendo ventaja en el partido de hoy, por lo menos. —James Potter se cruzó de brazos, inflando el pecho, mientras lo miraba con esa sonrisa arrogante que el contrario solo quería borrar totalmente. James parecía uno de esos pavos reales que no podían caminar sin presumir cada mínimo detalle de sí mismos: narcicista, escándaloso y engreído. Además era alto, mínimo por una cabeza con Regulus, y eso también le molestaba pues siempre había tenido complejo con su tamaño.

—¿Ah, sí? ¿Así que crees tener ventaja en el juego? ¿Por qué? —El slytherin enarcó ambas cejas, inexpresivo, mientras elevaba el mentón para observarlo—. ¿Mis oídos son dignos de oírlo del gran James Potter?

Regulus no se percató al inicio, pero James se estaba acercando lentamente. Sus pasos habían sido silenciosos, como una pantera, y el menor fue retrocediendo mientras buscaba su varita, pero se percató de que la había dejado en el baúl con sus otras cosas. Estaba totalmente desarmado y aún no dominaba los hechizos no verbales, así que simplemente retrocedió, alerta, mientras el más alto se acercaba de a poco a él. Lo miró fijamente, esperando el ataque.

—Potter, aléjate.

—Es que es un secreto, Reggie, tengo que acercarme para decírtelo.

—Te lo advierto. —Levantó las manos.

La espalda del azabache chocó contra la pared donde se hallaba el espejo: la superficie estaba fría. James se dio cuenta de lo bajo que era el contrario, colocando ambos antebrazos a los costados de su rostro para que no pensara en escapar. Regulus tenía el rostro rojo, seguramente por la ira o la vergüenza, y sus manos estaban en los hombros de James, para intentar apartarlo. Pero no ejercía fuerza contra el gryffindor, todo lo contrario, lo observaba inexpresivamente a través de sus largas pestañas y ojos brillantes, esperando. Había un sentimiento en el aire que James no supo reconocer.

—Potter, va a entrar alguien.

—¿Y qué? No estamos haciendo nada. —Le recalcó, sonriente.

—Se ve… extraño.

—Solo quiero contarte un secreto. Y para eso necesito acercarme, ¿me dejas acercarme?

—No.

—Vaaaamos, Reggie. Sé que quieres saber.

—No quiero saber nada de ti ni de tu estúpida vida ni absolutamente nada que se relacione contigo. —Comentó fríamente, pero James sintió el pequeño temblor en su voz que demostraba la falsedad de sus palabras—. Y no me digas Reggie, no soy el niño estúpido que conociste a los once años.

—El niño "estúpido" que conocí a los once años era realmente dulce y lindo. Incluso leía mis cartas. —Le dijo el león, con cierto enojo en sus palabras, pues realmente había tocado un tema sensible allí. Él había pasado la mitad de su infancia preocupado por Regulus Black, mientras el contrario no hizo el menor trabajo por reconocer su esfuerzo—. No intentes manchar la imagen de él que tengo en mi cabeza.

Regulus se dio cuenta que aquel comentario había irritado a James, así que sonrió de manera cínica y maliciosa. Entonces, jaló al mayor del cuello de la camisa, acercándolo más, mientras estiraba su cuello y su cabeza hacia atrás. Sus ojos se encontraban entrecerrados, ocultos tras sus largas pestañas, y poseían un brillo astuto digno de un estudiante de Slytherin.

—¿Te molesta saber en lo que se convirtió aquel dulce y pequeño niño que recuerdas? —Le murmuró, contra su rostro—. ¿Te molesta saber las cosas que pasan por la cabeza de ese mismo niño ahora mismo, y las cosas que ha hecho? —Lo miró con lástima—. Siempre has sido un ingenuo, James Potter.

—Y tú un mentiroso. —Le respondió en un susurro contra su oído, suavemente. Ambos podían jugar aquel juego, aunque James era más partidiario de ser franco en vez de engañar como una serpiente—. Mientes tan bien que te crees tus propias mentiras.

Un temblor recorrió la columna del más pequeño de los Black, y no dijo nada, pues de todas formas Potter encontraría una manera de darlo vuelta todo y hacer que las cosas salgan a su favor. Simplemente miró hacia abajo, completamente avergonzado, mientras se mordía los labios para no decir nada que empeorara su propia situación. Su corazón latía con fuerza, al igual que el de James, y la posición incomoda pronto iba impregnando a los cuerpos de un calor para nada incómodo.

Regulus tenía que detener aquella situación antes de que cruzara un límite. El chico que lo tenía acorralado era James Potter, el rey de los leones de Gryffindor, el más consentido del Colegio cuya actitud derretía hasta el más frío muro de piedra. Simplemente no podía estar teniendo esa tensa cercanía con él, en primer lugar, ni si quiera sabía por qué repentinamente una persona que lo había ignorado todos estos años había decidido hablarle de la nada, y menos entendía por qué sus acciones lo hacían reaccionar de esa forma.

Ya no era el mismo niño, no tenía por qué sentirse intimidado con James Potter. Pero, aún así, había algo en los ojos almendrados del contrario que le provocaba escalofríos y hacía que su expresión dura vacilara. James Potter podía ver a través de él, y eso daba miedo.

Regulus debía ponerse una coraza más fría.

—Continuando con el secreto… —Murmuró James, al quedarse sin palabras por un momento—. Solo te iba a decir, Reg, que tienes ojeras. Sé que probablemente el buscador estrella de Slytherin esté muerto de sueño para su primer partido y que se desveló anoche. Deberías ir menos al bosque.

—Tú… —Regulus frunció el ceño—… ¿cómo sabes que fui allí?

—Te vi salir de casualidad, no creas que te espío o algo parecido. —Sonrió de lado, sintiendose mal por mentir. Aunque no negaría que disfrutaba de la mirada sorprendida del contrario. Cada vez que podía sacar una mínima expresión de aquella persona seria y recta que siempre estaba impecable y jamás hacía un gesto de más lo disfrutaba.

—Haré como que te creo. Si ese era tu gran reporte del año, entonces puedes dejarme ir de una vez. —Exclamó secamente, volteando a ver en otra dirección—. Por favor.

—Es extraño cómo puedes ser tan educado y no, a la vez. —Se ensanchó su sonrisa.

—En serio, te odio tanto.

—¡Y en serio deberías cuidar lo que haces en la noche! Ir al bosque prohibido puede ser peligroso… hay criaturas peligrosas, como, no sé, acromántulas, espectros, no sé, hombres lobo… deberías dejar de ir. —Recordó las palabras que le dijo en la noche, cómo sus gestos se habían suavizado en una profunda tristeza mientras acariciaba al ciervo y confesaba las cosas que en verdad sentía. Le costaba sentir empatía por Regulus, pero después de haber vivido eso lo quería protegerlo, como se había prometido hace tanto tiempo—. Incluso si… si te sientes mal. No tienes que buscar que te maten allí.

—No te preocupes por lo que hago y no hago, Potter, es mi asunto.

Sonaron dos cañonazos. Eso significaba que el partido estaba a minutos de comenzar y que los jugadores deberían ir a sus respectivos puestos. James y Regulus se miraron una vez más, conscientes de la posición en la que estaban, y con cuidado se alejaron hasta que el calor abandonó sus cuerpos y sus narices ya no chocaban. James vio cómo Regulus sujetó su propio codo con incomodidad, consciente del desastre que había hecho de la ropa de Potter después de jalarlo por la polera y arrugarla completamente.

Otra vez se miraron. Ninguno sabía qué decir exactamente: aquel encuentro había sido extraño e irreal, ya que hasta el momento no habían pasado de insultarse y hechizarse a través de los pasillos, pero siempre acompañados de Sirius. Cuando estaban solos era casi…

…como si no quisieran separarse.

James negó con la cabeza, volviendo a la realidad. Estaba pensando cosas extrañas por el agitado momento. Levantó el mentón, dedicándole un guiño orgulloso a su contrincante.

—¡Nos vemos en el partido, Reggie!

—Simplemente prepárate para perder, Potter.

Y se separaron, cada uno tomando un camino diferente.