—… el partido de Quidditch iba fantástico, la multitud gritaba y nos animaba, incluso en algún momento se dejó de escuchar el himno de los leones para ser reemplazado por vítores de las serpientes. La animadora, Macdonald, en un momento se quedó callada porque metíamos y metíamos puntos. ¡Hicimos diez tiros seguidos! Todo iba bien, solo teníamos que encontrar la snitch dorada que el idiota del otro buscador jamás habría podido ver en su vida, y entonces se entrometió Potter. —Relataba un chico de ojos grises, Regulus Black, con tanta emoción que era extraño—-. El imbécil que se cree rey de la cancha.
Era de noche en el Bosque Prohibido. Los árboles se meneaban suavemente con la brisa del viento, cantando una maravillosa melodía, mientras las piedras fluorescentes resplandecían contra el arroyo y los cuerpos de las dos figuras que allí yacían: un joven y un animal.
James Potter, en su forma animaga, había vuelto a su primer lugar de encuentro con el menor y lo había encontrado allí. La verdad, no le sorprendió, pues de todos los días era el ideal para desquitarse en la naturaleza y estar solo un rato. Además, admitía que le hacía gracia la manera en que el slytherin hablaba de él con tanta pasión y odio.
Esta vez el gryffindor había ido solo al bosque, sin sus amigos.
—En un punto Potter simplemente salió del estado de idiota que lo envolvía y empezó a destrozar, literalmente, a nuestros mejores jugadores. Jamás había visto algo así. Era, ahg, increíble, aunque odie admitirlo. —James, como ciervo, agitó levemente sus astas, complacido por el halago de su rival. Era algo adorable ver su expresión emocionada y alterada a la vez—. Era como ver a Godrick Gryffindor en persona, con ese porte y esa habilidad… no entiendo qué le pasó, tal vez hizo trampa, tal vez no, pero simplemente anotó punto tras punto. Entonces vi la snitch dorada, pero si la tomaba se acababa el juego y perdíamos, así que intenté disimular, pero Potter me descubrió y tuvo el maldito descaro de sonreírme. —Regulus frunció el ceño, molesto, mientras le contaba a su nuevo amigo ciervo toda la historia—. De sonreírme, ¿cómo se atreve a burlarse?
James recordó aquello. Al comienzo del partido sus ojos se desviaban constantemente al muchacho y a las gradas, pues temía que Sirius Black cometiera una locura o lo pillara observando de más a su hermano pequeño. Sintió toda la presión de tener que derrotar al slytherin a toda costa, pues sino su casa estaría de luto y su hermano más, lo cual le costó que la primera mitad del partido estuviera indeciso, inseguro y hasta torpe.
Pero entonces se sintió ignorado. No solo por el público en general, sino por Regulus. James Potter se supone que era la estrella del campo de Quidditch y estaba volando horriblemente. Él quería la atención, quería la admiración y provocar que alegría en los espíritus de la gente.
Y, sobre todo, quería que Regulus Black lo reconociera como rival.
Así que simplemente los miedos e inseguridades desaparecieron, no se dio cuenta en qué momento, y sacó todo su potencial en el partido. Estaba realmente feliz, así que no pudo evitar sonreírle al menor de los Black, aunque no sabía que aquella expresión se la había tomado como un insulto. Era un poco divertido.
Y ahora estaba allí, como un ciervo, de confidente con nadie más ni nadie menos que Regulus Black.
—Estaba tan enojado que terminé arrebatándole la snitch dorada al idiota del otro buscador, porque no iba a dejar que alguien tan inepto acabara con el partido, y perdimos. Entonces llegó el momento de estrechar las manos entre los jugadores para dar el partido por finalizado y simplemente me fui, no podía tolerar un juego así. Estoy seguro de que Potter tuvo que haber usado una poción Felix Felicis o algo parecido, estoy seguro. —Dijo el azabache, exasperado, mientras se jalaba un poco el cabello por el estrés. James vio cómo cerró los ojos y apoyaba su cuerpo contra un abeto—. Lo odio. No puedo verle la cara. No ahora mismo o le lanzaré un Patolifors y lo convertiré en un pato. En serio.
Regulus suspiró, canalizando toda la ira que tenía en un aspecto derrotado, desprolijo y con poco control de sus emociones, contrario a como se veía cada día. A James le parecía agradable ese lado del azabache, incluso un poco lindo, pues se asemejaba más a una persona común y corriente que al robot que siempre intentaba aparentar. Incluso le hacía gracia.
—Por cierto, te traje esto. —Volvió a hablarle el humano.
El ciervo levantó la cabeza, curioso. Vio cómo Regulus sacaba una manzana de su capa y estiraba el brazo en su dirección, con cuidado, en un gesto amable. James no podía creer que el chico se diera el tiempo de traerle algo, considerando el hecho de que era un simple animal que le hacía compañía y espantaba uno que otro zorro. El ciervo olfateó su mano con su nariz, desconfiado al inicio, pero finalmente aceptó la oferta y le dio un mordisco a la manzana.
El contrario sonrió sutilmente. James deseó que pudiera ser así también con él, y no simplemente con su forma animal.
—Pensé que tal vez tenías hambre, después de todo, eres bastante grande. Traje más manzanas. Se las pedí a algunos amigos elfos de la cocina, fueron bastante colaboradores. Son las frutas más jugosas que encontrarás. —Le explicó, a pesar de que no era necesario, pero de todas formas le gustaba hablar con el animal. James se sorprendió de que le dijera "amigos" a los elfos, ya que para él eran simples sirvientes—. Te las dejaré aquí.
El ciervo estiró su cuello hacia él, frotando su mejilla contra el cabello del chico, en una forma de agradecerle. O por lo menos eso quería transmitirle James, quien se sorprendió al sentir nuevamente las caricias en su lomo. Era cómodo y natural.
—Ahora, si me disculpas, debo volver a empezar con la tarea de Pociones. Barty estará de mal humor hoy, así que seguramente tendré que lidiar con su irresponsabilidad también. —Suspiró, y luego una sonrisa maliciosa adornó su rostro—. ¿Tú qué crees? ¿Deberíamos vengarnos de los leones por arruinar nuestro partido? —Sonríe Regulus, ampliamente. El animago pensó que su expresión era cálida y hermosa—. Tengo un par de ideas para James Potter.
"Inténtalo", pensó James, competitivo.
La noche siguió normal, el joven estudiante de slytherin continuó estudiando pociones mientras rayaba en su cuaderno los nombres difíciles y apuntes que le servirían en el futuro, y el ciervo notó cómo en menos de dos días se había terminado un libro de cuatrocientas páginas. Le pareció loco.
James se estaba quedando dormido cuando sintió una mano sobre su cabeza, acariciándole. Parpadeó, desorientado, intentando enfocar su vista. A ambos se les había pasado la hora hace mucho.
—Tengo que regresar al castillo. —Le susurró Regulus—. Nos vemos, mi ciervo.
"Nos vemos, mi ciervo".
Las palabras lo inundaron de felicidad. Sintió su pecho expandirse y las piernas ligeras, como si estuviera flotando. Y así fue cómo llegó al castillo: muerto de sueño pero con el ánimo por las nubes, sin poder dejar de sonreír y con el estómago revuelto en emociones.
Había descubierto que Regulus era una buena persona, realmente. Y no solo eso. Era una persona normal como cualquier otra, que solía bromear, dibujar e intentar lidiar con la vida de estudiante en un mal ambiente. No era el ser lleno de oscuridad que Sirius y él habían atormentado todos esos años.
El único problema era que se suponía que él no debía saber eso. Una punzada de culpa lo atravesó.
Subió las escaleras trotando a paso silencioso, rápido pero con cuidado de no atraer la atención ni de los cuadros ni de los vigilantes nocturnos, especialmente los animales: uno nunca sabía de quién eran los ojos y oídos. Lamentablemente, la Torre de Gryffindor era un lugar alto, que llamaba la atención fácilmente, así que tuvo que concentrarse especialmente en no hacer ruido. Hubiera deseado ser una rata como Peter, así podría pasar fácilmente.
Para la otra traería la capa de invisibilidad y el mapa. Siempre se le olvidaba: la primera porque era un objeto valioso que ocupaba en contadas ocasiones; la segunda porque Sirius solía llevárselo a veces y olvidaba guardarlo.
Sí, tenía que ser un poco más "Remus" al respecto, o sea, preocupado.
—Somormujo. —Murmuró la contraseña hacia el cuadro de la dama gorda. La mujer parecía bastante molesta por tener que despertarse a aquellas horas, e hizo ademán de no dejarlo pasar, pero una sonrisa de James acompañadas de halagos y disculpas fue suficiente para que cambiara de opinión.
Al entrar se topó con Remus Lupin.
Estaba sentado junto al sofá escarlata de la chimenea, con un libro encima de sus piernas mientras tenía otros dos apilados al costado. Había una taza de chocolate a medio beber en el mesón, que aún humeaba, y tenía una manta con los colores amarillo y rojo encima de sí, para protegerse del frío. El castaño parecía haberse quedado dormido, pero el ruido de James entrando lo sacó de su estado de somnolencia. Su cabello brillaba contra el fuego que ardía, y sus ojos parecían más oscuros que de costumbre, con ligeras marcas de estrés en las mejillas: probablemente se había estado pellizcando la cara.
Ambos se miraron fijamente, sin saber qué decir. Remus era el que parecí más sorprendido, y su sorpresa pasó a recelo, entrecerrando los ojos en su dirección. Con su diestra cerró el libro.
—¿Vienes de afuera? —Le preguntó Lupin.
—No.
—Así que sí vienes de afuera. —Confirmó, y su expresión se volvió pensativa, ligeramente insegura. James sabía que Remus le daba muchas vueltas a las cosas excesivamente, así que simplemente lo dejó mientras lo miraba de la forma menos sospechosa posible—. Sirius me dijo que te dormiste temprano… así que me mintió.
¿Sirius había mentido por él?
Un escalofrío le recorrió la espalda: ¿Qué sabía Sirius de él? ¿Había visto el mapa del merodeador?
—Y tú también me acabas de mentir. —Recalcó el castaño, frotándose el entrecejo.
—No. O sea, sí, pero no fue con intención de mentir. Fue una mentira que no quería ser una mentira y solamente nació como una medio mentira, ¿se entiende? ¿sí?
—James, no sé qué estás diciendo. —Suspiró, desviando la vista. Un pensamiento pasó por la mente de Remus, haciendo que la claridad embriagara su expresión—… Ven, siéntate. Tenemos que hablar.
"Ok, ellos lo saben. James, cálmate", se repitió. Avanzó torpemente, esquivando los muebles para sentarse frente a su amigo. El chico de gafas sonreía nerviosamente mientras jugaba el borde de su suéter, pensando en cómo debía proceder: ¿decía la verdad? ¿Mentía? No era honorable lo último, pero lo primero era incluso peor, podía perder amistades si se enteraban de lo loco que estaba.
—…Sé que en la mañana me enojé por algo tonto, está bien. —Empezó el contrario, murmurando. Bajó la mirada, bebiendo lo que le quedaba del chocolate—. A mí realmente no me importa que tengan citas, o salgan con mujeres, lo que sea… pero no creo que estas sean horas para llegar. Mañana tenemos clases temprano, ¿cómo vas a siquiera prestar atención? —Frunció ligeramente el ceño. Lupin también tenía un rostro bonito, pero ahora estaba inundado en preocupación—. Tú y Sirius son tal para cual.
James no entendía nada. Abrió la boca, pero la cerró como pez.
—¿Citas? —Preguntó, finalmente.
—Relaciones, citas, pareja, lo que sea… ponle el nombre que quieras.
—¡Yo no estaba en una cita! —Se rió de solo pensarlo.
El dolor atravesó los ojos de Remus Lupin en cuanto dijo eso. Dejó la taza a un lado, y parecía estar inseguro sobre si levantarse o no del sofá para irse. Al final, respiró hondo, y con la voz más serena que pudo habló.
—Acabas de llegar a las cuatro de la mañana a la Torre, James. ¿Qué estabas haciendo, si no estabas con una chica? —Le comenta, lógicamente—. Porque sé que es posible, es perfectamente entendible que en realidad estés, no sé, planeando algo secreto. Lo que me extraña es que estés sin Sirius.
James tenía dos opciones: o aceptaba la teoría de la chica, o se inventaba una excusa sobre por qué estaba afuera. La primera parecía la más segura, y además solo tendría que explicárselo a Remus, pero el problema empeoraría cuando se enteraran Peter y Sirius y luego quisieran ven a esta tal chica.
—…sí, me rindo, estaba con una chica… —Se rasca la nuca, sonriendo despreocupadamente, o fingiendo lo mejor que podía—… ¡pero no es nada serio! Solo pasamos el rato y tal.
—No tienes que darme explicaciones… solo concéntrate en llegar temprano. Eso sí, me sigue sorprendiendo que no te declares a Lily aún. Si no es nada serio entonces… no sé, James, solo harás que menos se fije en ti.
A James no le gustó esa respuesta, pero no dejó de sonreír despreocupadamente. Porque él era James Potter, y jamás vacilaba o mostraba debilidad frente a la gente, era la espada y escudo de Gryffindor, así que no solía demostrar las cosas que le afligían. Entre ellas, el rotundo rechazo de Lily por todos aquellos años, a pesar de que la gente seguía creyendo que terminarían juntos.
Él ya no lo veía así.
—¿Y tú? ¿Qué haces despierto a esta hora, Moony? —Prefirió interrogarlo, para desviar el tema.
Remus se mordió los labios, gesto que hacía cuando se estresaba. Era una persona bastante insegura y desconfiada para su tamaño, así que a los chicos muchas veces les costaba llegar a él y le daban su espacio. Pero el hombre lobo era más que eso, era una persona cariñosa y dulce, que pensaba mucho qué decir para no herir a la gente y para encontrar el resultado más racional, y siempre se preocupaba por los demás.
Algo le había pasado a Remus Lupin para que reaccionara de esa forma. James se preocupó.
—Volví a pelear con Sirius. —Confesó—. Últimamente, uh, peleamos mucho. Son estupideces pero me terminan… me duelen un poco.
—¿Por qué fue esta vez? —James acercó su sofá hacia el contrario—. ¡Sabes que no tomo partido! Aunque tú eres nuestro consentido, Moony.
—Bueno, fue una discusión por una discusión. Yo… él dice que soy diferente con él de lo que soy contigo y Peter. Estaba molesto porque con ustedes no me enojo tanto como con él. —Murmuró, y James vio cómo el color le subía al rostro. Nunca había visto al contrario tan rojo—. Pero ustedes claramente no son Sirius Black. ¿Cómo puedo si quiera describir a Sirius Black…? —Un pequeño suspiro salió de su boca, y bebió otro sorbo de la taza caliente, que ahora estaba tibia—. A lo que voy es que me enojo con Sirius porque es Sirius, siempre me está molestando.
James bajó los hombros, despreocupado.
—¡Ustedes siempre han sido así! Parecen perro y gato, irónico porque en verdad son de casi la misma raza. —Sonrió de lado, burlesco, pero al de ojos miel no le hizo gracia alguna y solo le dedicó un mohín—. A lo que voy es que yo y Peter ya estamos acostumbrados. Ustedes siempre han tenido ese… ese ¡boom! Esa vibra única que los envuelve cuando están juntos. Como que se olvidan un poco del resto.
Remus Lupin se sonrojó más, y titubeó para decir algo, pero James se le adelantó.
—¡No es algo malo, Remus! —El de gafas extendió su sonrisa, infantil—. Siempre he pensado que eso significa que se quieren mucho.
Y después de aquella conversación se fueron a dormir. O eso intentaron.
Pues uno de ellos se revolvía en la cama soñando con orgullosos leones, mientras el otro imaginaba estrellas y ciervos galopando juntos.
Al despertar James estaba muerto de sueño. Se sentó en la cama, corriendo las cortinas, y notó que era el último en salir de la habitación. Las camas de sus demás compañeros estaban perfectamente armadas y todos se habían duchado, así que concluyó que Remus les había dicho que necesitaba descansar, y Sirius seguramente había apoyado su dictamen.
Rápidamente se duchó, vistió y salió a la Sala Común de Gryffindor. Allí estaban las chicas, sentadas entre los sofás y los cojines de colores, mientras murmuraban entre sí y contaban anécdotas. En cuanto James entró voltearon a verlo. Mary lo saludó efusivamente, Marlene Mckinnon le hizo un gesto con la cabeza con una pequeña sonrisa, y Lily Evans miró hacia otro lado, pero murmuró un hola.
—Vaya, parece que alguien no durmió bien. —Comentó Mary.
—Ja, ja. ¿Hablas de ti? —James le devolvió una sonrisa engreída—. Porque yo dormí como un rey.
—Esas ojeras me dicen lo contrario. —Le respondió de nuevo, Macdonald, traviesamente, y enarcó ambas cejas—. ¿Qué te quitó el sueño, oh, gran James Potter?
—¿Tal vez una linda chica de pecas y cabello naranjo como las zanahorias? —La apoyó, Marlene, divertida.
—"¡Oh, Lily, te amo, muack, muack, muack!" —Se burló la morena.
—Chicas, basta. No es gracioso. —Suspiró, Lily, quien ya estaba acostumbrada a esas bromas. Miró a James de reojo y se colocó el cabello tras la oreja, cuidadosamente—. Pero efectivamente te ves más demente de lo usual. Cualquiera diría que dormiste cuatro horas. ¿Qué pasó?
"En realidad, fueron tres", pensó.
—Siempre es un placer charlar con ustedes tan temprano, en serio, pero tengo que buscar a mi pandilla. —Intentó zafarse de esa charla rápidamente, pues no podía fingir estar efusivo y contento como cada día eternamente, ya que su mente estaba irritada por la falta de sueño—. ¿Serían taaaan amables de decirme donde están, por favor?
—"Por favor, mis diosas". —Levantó la barbilla Macdonald, insistiendo en molestarlo.
—O mis reinas, si queremos optar a un cargo más realista. —Continuó, Mckinnon.
—Dios mío. —Lily negó con la cabeza—. Se fueron al gran comedor. Aún deben estar ahí.
—¡Ok! ¡Gracias!
Dejó a las chicas riéndose tras de sí, y avanzó directo por las escaleras y pasillos con el objetivo de llegar al gran comedor, pero se retrasó porque las escaleras no cooperaban e, inusualmente, había más gente afuera que de costumbre. Entonces llegó a una zona donde había una gran multitud de personas en un circulo. Pensó que probablemente se estaba celebrando una pelea y que pronto llegarían los maestros e iba a seguir de largo, hasta que escuchó la voz de Bartemius Crouch Jr.
—¡¿Qué dijiste, sangre sucia inmunda?! —Gritaba, Barty—. ¡Repítelo, pedazo de mierda!
—Que eres una jodida vergüenza para tu familia. —Le escupió el chico con el que estaba peleando, un Ravenclaw de sexto año. Es decir, un año mayor que los slytherin, ya que el grupo de Barty iba en quinto año—. Traidor. Tú y todo el ejército de descerebrados que te sigue. Eres el hazme reír, Crouch.
Entonces James vio como Evan Rosier subía la varita y lanzaba un hechizo, que fallaba contra las paredes. La multitud se dispersó, dando paso a que viera mejor la situación, y así fue como se percató de la persona que estaba tirada en el suelo, tomándose el brazo con fuerza: Era Regulus. En algún momento lo habían herido y había soltado su varita, así que sus amigos estaban protegiéndolo en el suelo.
Las peleas entre los slytherins con otras casas era normal, y la política implícita hacía que los alumnos simplemente pasaran de largo y dejaran que las cosas se solucionaran por sí solas, pero James no podía hacer eso. Algo en él se oprimió, sintió su cuerpo tensarse y apretó los puños, mientras, por primera vez, miraba a las personas de Ravenclaw como las malvadas. Enseguida sacó su varita e invocó un protego para los slytherin, quienes se estaban llevando la mayoría de crueles hechizos.
Todos los ojos entonces voltearon hacia él. Tenía la atención de todo el mundo.
Como le gustaba. Sonrió engreídamente.
—¿Potter? ¡¿Qué haces?! ¡No te metas en esto! —Le gritó un chico de corbata azul.
—¡Piérdete, Potter! —Le gritó, enfurecido, Barty Crouch Jr.
Pero James volvió a lanzar un protego encima de Regulus e intentaba desarmar a los chicos de raven. El hermano de su mejor amigo lo miraba con sorpresa y desconfianza a la vez, mientras intentaba pararse para agarrar su varita, ya que la situación se había vuelto crítica. James notó que presionaba su mano contra su brazo y sangraba, así que se situó cerca de él para evitar que le siguieran lanzando hechizos
—¡No pueden pelear aquí, imbéciles! —Les respondió el gryffindor, llamando la atención de ambos equipos con su fuerte voz. No había que hacer enojar a un león—. ¡Miren lo que le hicieron a Regulus!
—¡¿Y a ti qué te importa?! —Gritó, esta vez, Regulus, enfadado.
—¡Me importa!
Se escuchó el ruido de unos tacones apresurados por los pasillos, y rápidamente apareció una maestra acompañada de unos alumnos de Hufflepuff que habían reportado el incidente.
—¡¿Pero qué está pasando aquí?! ¡Jóvenes! Oh, dios, señor Black, ¿qué le pasó? —La maestra se llevó las manos a la boca, horrorizada, y rápidamente con un conjuró les retiró las varitas a todos los involucrados, sí, incluyendo a James Potter—. ¡Todos a detención, ahora mismo! Potter, lleve al señor Black a la enfermería, enseguida.
—Pero, nuestras varitas…
—Cállate, Barty, no lo empeores. —Le reprendió Regulus—. Y estoy bien, no necesito que me lleven.
—Sus varitas serán confiscadas hasta nuevo aviso. Ahora, señor Potter, insisto, lleve al joven Black a la enfermería, el pobre no puede ni sostenerse en pie. ¡Apenas termine vaya a la oficina del director! ¡Esto les traerá graves problemas, a todos!
James frunció el ceño, pues no quería verse involucrado en algo así, él simplemente iba a ir a comer al gran comedor con sus amigos y a distraerse antes de entrar a una aburrida clase de transformaciones. Vio que Barty Crouch Jr le dirigía una mirada de muerte, sintiendo casi que conjuraba una maldición con estos. El slytherin jamás había sido de su agrado, era arrogante e increíblemente iracundo, estallaba con el mínimo gesto y era capaz de utilizar cualquier hechizo para salirse con las suyas. Era otro admirador de las Artes Oscuras, y su personalidad combinaba con ello.
A James le desagradaba. Se tensó, en guardia, devolviéndole la mirada. James era más alto y fuerte que Barty, así que difícilmente podía ser intimidado.
—Le haces algo a Regulus y te mato, ¿escuchaste? —Le susurró Barty en su oído, en cuanto pasó junto a él. Sus hombros chocaron con violencia.
Realmente odiaba a Barty Crouch Jr.
Pero su problema ahora tenía otro nombre y apellido relacionado con las estrellas y constelaciones. El mayor desvió su atención hacia la persona que odiaba y que una vez había intentado proteger, cosa que estaba volviendo a hacer, en contra de todos sus principios y sentimientos. Debía parar, lo sabía.
Observó al menor en el suelo, mirándolo con esos ojos desolados y lejanos, como si James jamás pudiera alcanzarlo, como si jamás pudiera llegar a él y obtener más allá de una mirada fría e inexpresiva. Se arrodilló junto a él, con cuidado, cual león observando a una presa herida.
James le sonrió. Aquel león tenía un corazón demasiado grande, pero la estrella a su lado hace tiempo había abandonado cualquier atisbo de brillo. Regulus frunció el ceño, hastiado, dedicándole una mirada de repugnancia.
La maestra había corrido a los chicos y a la multitud. Estaban solos.
—Pequeño Black, nos volvemos a ver.
—Qué desagradable coincidencia.
"Coincidencia, ¿eh?", pensó James.
—No del todo. —Replicó, ensanchando su sonrisa—. Siempre me entusiasma tener a un slytherin débil bajo mis pies.
La mirada de odio se acentuó en los ojos del menor, quien estiró su mano sana y la colocó encima de la del castaño, apretándola.
—¿Me vas a ayudar de una vez o no, James imbécil Potter?
Y James se dio cuenta de que le encantaba ese apodo.
