Normalmente, nunca se despertaba durante la noche, a menos que necesitara ir al baño. Y, aún así, volvía a dormirse de inmediato: se había impuesto a sí misma un horario de sueño estricto desde que partió de Pueblo Primavera; y se esforzaba por seguir la costumbra a rajatabla, a fin de tener una higiene de sueño que la ayudara a mantenerse descansada y llena de energía durante sus viajes y, muy de vez en cuando, poder sobrellevar sin problemas alguna que otra noche en blanco.
Por eso le sorprendió bastante despertarse de repente y comprobar que el cielo seguía estando negro como la tinta, aunque empañado por la abundante y rabiosa lluvia y surcado frecuentemente por relámpagos casi feroces. La radio seguía susurrando desde la mesilla de noche, pero los truenos eran tan potentes y cercanos que hacían temblar los cristales como si una poderosa mano invisible les estuviera asestando puñetazos; y eclipsaban por completo las palabras del locutor.
Sin embargo, no había sido eso lo que la había despertado. No recordaba en absoluto cuándo había empezado aquella tormenta, y aquel estruendo nunca hubiera bastado para impedirle dormir: tenía un sueño demasiado profundo, y estaba demasiado acostumbrada a todo tipo de climas, como para que una noche tempestuosa pudiera impedirle descansar.
Tampoco había sido ninguno de sus pokémon: Tupeon y Arcapeon estaba despiertos pero en silencio, y todos los demás dormían plácidamente en distintos puntos de la habitación, incluida la cama, en la que Cupeon y Smoopeon se habían acurrucado a su lado.
Su Xatu se había bajado de la percha, y estaba posado en el suelo, junto al Arcanine, que lo había abarcado con una de sus grandes patas, pero seguía temblando de patas a cabeza, con la mirada fija en el infinito. Cristal se levantó de la cama cuidadosamente, para no despertar a los dos más pequeños, y fue a abrazar a su pokémon. La oleada de pánico que le transmitió mentalmente nada más tocarle casi la hizo llorar. Arcapeon emitió un gañido triste, como pidiendo disculpas por no haber conseguido ayudar a su amigo.
―Tranquilo, Tupeon... estoy aquí. Lo siento... no me había dado cuenta de que estuvieras pasándolo tan mal. Te prometo que será sólo por esta noche. Mañana, cuando el sol esté todavia en alto, ya habremos salido rumbo a Ciudad Celeste.
―Xa...
―Vuelve a tu pokéball, si quieres. Y no te preocupes: no tienes que subir a la Torre ni ver a Tony, puedes quedarte aquí, con la enfermera Joy, mientras yo hago la entrevista.
―¡Xatu-Xa!
El pokémon negó con firmeza. Sus ojos oscuros empezaron a resplandecer con un extraño fulgor azulado, y Cristal tragó saliva: aquel era el movimiento Premonición, que Tupeon no solía usar más que durante el combate. O cuando su poderosa intuición le decía que estaba a punto de suceder algo verdaderamente grave. Y su Xatu, aunque rara vez hacía predicciones, nunca se equivocaba.
Al cabo de unos instantes, el pokémon dió un respingo, se plantó de un brinco delante de Cristal y extendió las alas en toda su envergadura, todavía aterrorizado, pero con firmeza.
―¡Tupeon! ―exclamó la joven, cada vez más alarmada― ¿Qué ocurre? ¿Qué has visto?
―¡Xatu-Xa!
De pronto, a Arcapeon se le erizaron todos los pelos del cuerpo, y se plantó junto a su compañero, con los músculos tensos y las mandíbulas apretadas, emitiendo un rugido bajo. Los otros cuatro pokémon empezaron a rebullir, y se fueron despertando. Miraron alternativamente a Tupeon y a Arcapeon, con ojos somnolientos e interrogantes; pero se despejaron rápidamente, y todos acabaron dirigiendo la vista hacia el mismo punto que estaban mirando el Arcanine y el Xatu. Cupeon apretó con fuerza su hueso, y Smoopeon se abrazó con fuerza a su pata libre, temblorosa. Mega y Parapeon espiaron con cautela desde detras de las faldas de su entrenadora.
Entonces, Cristal comprendió qué era lo que la había despertado.
Según su pokégear, siempre adelantado unos minutos, debían de ser más o menos las doce y media, pero el programa especial de éxitos musicales que se estaba retransmitiendo por la radio cuando se durmieron había sido sustituido por una especie de ruido blanco, como de interferencias, suave pero continuo, que se volvía enervante por su insistencia monótona si uno pasaba unos minutos escuchándolo sin cesar. La joven se rió de sí misma.
―¿Eso es lo que os ha asustado? ―le preguntó sus pokémon, acariciando las cabezas de Tupeon y Arcapeon tranquilizadoramente― Chicos, con un tiempo tan horrible como este es normal que las radios funcionen mal. Sólo tenemos que reajustar la antena, o cambiar de emisora.
Cristal hizo ademán de acercarse a la mesilla para buscar una onda que sí pudieran recibir o, al menos, apagar el aparato, que estaba empezando a darle dolor de cabeza; pero su Arcanine gruñó aún más fuerte, y Smoopeon y Cupeon se bajaron de la cama y corrienron a esconderse detrás de Tupeon, que seguía con las alas firmentene extendidas a pesar de su evidente terror, mirando con los ojos vacíos hacia algún lugar más allá de los cristales empapados. La campeona ya se sentía casi enferma por culpa del molesto zumbido.
―Por favor, chicos, dejadme apagar ese trasto. Me está dejando el cerebro hecho papill... ¿Qué ha sido eso? ¿Lo habéis oído?
Debía de estar empezando a alucinar, porque de repente le había parecido que, entre la maraña sonora que salía de aquel altavoz, se habían oído una o dos palabras totalmente inteligibles, pronunciadas por una voz audible, aunque entrecortadas por las interferencias.
― Aquí Anto... To... ¿Alguien me reci...?
Los pokémon se miraron unos a otros completamente desconcertados, y Tupeon y Arcapeon se pusieron aún más tensos. La pregunta de Cristal quedaba respondida: no era la única que había percibido aquello, independientemente de lo que fuera.
―Aq... thony To... ¿Al... me recibe?
Era una voz masculina, grave y melodiosa, pero con una resonancia extraña que le puso los pelos de punta. Aunque estaba segura de que le resultaba familiar, no pertenecía absolutamente a nadie a quien ella conociera.
―Aquí Anthony Torrance, comp... rrance ¿Alguien me recibe?
Aquella fue la primera vez, y también la última en mucho tiempo, que Cristal vio a Tupeon sorprenderse realmente por algo. Arcapeon intercambió una mirada con su entrenadora y el resto de su equipo y emitió un sonoro ladrido.
―Tene... código ro... en la Torre. Repito: código rojo en la...
La voz se mantenía serena, pero había una nota de apremio en ella. Y, aunque Cristal estaba más versada en pokémon que en la terminología de los protocolos de emergencias, tenía entendido que el código rojo se utilizaba para referirse a situaciones de peligro extremo o muerte prácticamente segura, así que la situación debía de ser verdaderamente desesperada.
―Envíen ay... por favor.
La transmisión, que se había aclarado durante unos instantes, se oía cada vez peor. Obedeciendo a sus pensamientos desesperados, Tupeon plegó las alas para permitirle a su entrenadora acercarse al aparato de radio, seguida por todos los demás. Incluso él mismo revoloteó hasta la cabecera de la cama y se posó allí, prestando oídos al menor sonido más o menos descifrable que pudiera venir de la radio.
―¡Ayu... favor! ¡Ayu...!
―¿Quién eres? ―preguntó la joven, contagiada por la angustia de aquella voz, aunque sabía que era una completa estupidez, porque era imposible que quien quiera que estuviese emitiendo aquello pudiera oírla― ¿Qué sucede?
―¿Cristal? ¡Cris...! ¡...codigo rojo! ¡... ataque...! ¡... ayuda, por favor!
Si Mega no hubiera estado justo detrás de ella para impedirle caerse, la muchacha se hubiera desmayado, y Tupeon se desplomó de su improvisada percha como fulminado por un rayo. Parapeon, Cupeon y Smoopeon se abalanzaron sobre la radio, mientras ella seguía allí plantada, con la boca seca y paralizada de terror, incapaz de responder ni siquiera para preguntar cómo podía estar pasando aquello.
―¡Ayuda! ¡Ayuda!
Ahora, la llamada sonaba mucho más clara y desesperada, y el ruido de las interferencias estaba desapareciendo.
No.
Se estaba convirtiendo en susurros lejanos, chirridos fantasmales, golpes sordos, gritos ininteligibles y gemidos escalofriantes, como si aquella terminal de radio hubiera sido repentinamente poseída por una legión de demonios. Sólo la voz del tal Anthony Torrance, de nuevo entrecortada y ahora llena de terror, se distinguía más o menos claramente de entre aquellos sonidos infernales.
―¡AYU...!
Y, entonces, la radio se apagó sola.
Cristal tardó un rato todavía en poder volver a moverse y articular sonidos. De alguna manera, había acabado cayendo de rodillas al suelo; y Arcapeon sacó a rastras de la cama una de las mantas, se la puso sobre los hombros y se acurrucó con ella para darle calor, como antes había hecho con su compañero. Durante varios minutos, lo único que pudo hacer fue quedarse allí, temblando incontrolablemente, repentinamente sin fuerzas; postrada delante de la radio apagada, que no volvió a emitir el menor sonido por más que Smoopeon y Cupeon juguetearon tanto con la antena como con todos y cada uno de los botones y diales, la enchufaron y desenchufaron varias veces y hasta le pidieron a Mega que le diera golpes con su gran hoja y la zarandease lo más enérgicamente que pudiera sin llegar a estrellarla. Sólo reaccionó cuando Parapeon le pellizcó suavemente en el tobillo para llamarle la atención sobre el hecho de que Arcapeon se había sumado a los intentos de sus compañeros más jóvenes de hacer funcionar la radio, y estaba a punto de lanzarle un potente Lanzallamas.
―¡Arcapeon, no! ¡La vas a fundir, y no es nuestra!
El equipo dejó de atormentar el maltrecho electrodoméstico y se situaron rápidamente entorno a su entrenadora, esperando instrucciones. El cerebro de Cristal empezó a superar lentamente el impacto, como si se descongelara poco a poco gracias a su propia actividad.
Lo primero que hizo fue reanimar como pudo a Tupeon, dándole unos tragos de agua y un puñado de golosinas para pokémon, y lo mantuvo abrazado hasta que dejó de temblar. Luego lo dejó volver a posarse en el cabecero de la cama, para que tuviera su propia oportunidad de examinar e intentar reparar la radio apagada (sus poderes telequinéticos eran menos agresivos que las sacudidas que le habían estado propinando sus cinco compañeros), mientras ella intentaba volver a pensar con normalidad... si acaso se podía pensar con normalidad en una situación como aquella, desde luego. Aún varios minutos después de entrar en calor y conseguir ponerse de pie, le temblaban tanto las piernas que temió caerse de nuevo.
―Vamos a ver. Lo primero es lo primero: ¿estáis todos bien?
Los pokémon emitieron murmullos graves como respuesta, y Cristal suspiró, aliviada. Al parecer, fuera lo que fuera lo que había ocurrido en aquella habitación, no había pretendido hacerles daño.
―Tupeon... tú eres el único ahora mismo que tiene poderes extrasensoriales desarrollados. Dime... ¿qué ha pasado con esa radio? ¿Hemos sido testigos realmente de... un fenómeno paranormal?
El Xatu dejó de manipular la radio y la soltó cuidadosamente. Luego asintió, despacio. Todavía parecía asustado pero, sobre todo, estaba nervioso y preocupado; y la observó detenidamente, con una expresión que le pareció casi severa.
―¿Xa?
―No, no he visto nunca esto ―le respondió Cristal. El pokémon le transmitió telepáticamente imágenes de la Torre Quemada y el rostro de Morti―. Ni siquiera en Ciudad Iris. Espera... ¿qué estás insinuando? ¿Qué esto lo ha hecho un pokémon fantasma? O sea, ¿hemos escuchado... una... una especie de... psicofonía?
―Xatu-Xa.
Naturalmente. Sólo algo como eso podía poner tan nervioso a un pokémon que se suponía que podía ver el futuro.
Sin embargo, había algo que no encajaba del todo en aquella explicación. Tal y como Danniel y ella había comentado aquella misma tarde, los pokémon de tipo fantasma tenían poderes que les permitían hacer cosas de ese tipo; pero, al contrario de lo que se solía presuponer de ellos, eran particularmente difíciles de ofender y enfadar en serio, y rara vez eran hostiles al hombre o a otros pokémon: estaban demasiado por encima de las cargas de una vida mortal, y no le tenían miedo prácticamente a nada. Ni siquiera a otros pokémon espectro, o incluso a los de tipo siniestro, contra los que estaban en desventaja. Y todo aquel que tuviera el menor interés en ellos era alegre e inmediatamente bien recibido como huesped y amigo. Así pues, a Cristal no se le ocurría ninguna situación en la que una travesura de un pokémon fantasma pudiera ocasionar una alerta como la que habían recibido. Los pokémon fantasma habituales en Kanto, pertenencientes a la línea evolutiva de Gastly, podían alimentarse durante días de la energía vital de una presa, pero debían de ser muchos, y estar muy hambrientos, o la víctima estar muy debilitada, para amenezar seriamente su vida, así que difícilmente podían provocar un código rojo.
Y luego estaba aquel hombre, que parecía conocerla lo suficiente como para reconocer su voz sin verle la cara: Anthony Torrance. Una persona de la que jamás había tenido noticia, a pesar de que estaba segura de haber oído en alguna parte ese apellido.
Al pensar en ello sintió que la garganta se le estechaba casi dolorosamente.
Aquella persona, fuera quien fuera, había pedido ayuda desesperadamente a través de aquella retransmisión. Lo había hecho en medio de un tumulto considerable, y había sido repentinamente silenciado antes de que ella pudiera siquiera responderle.
De hecho, de las pocas palabras que había conseguido captar, además del nombre del locutor y la petición de ayuda, habían sido "Torre" y "ataque".
―Entonces... ¿eso es lo que ocurre? ―se dijo, más para sí misma que para sus pokémon― ¿Unos pokémon fantasma han atacado la Torre de Radio? Pe-pero... es evidente que la persona que ha contactado conmigo lo ha hecho gracias a la ayuda de un pokémon fantasma. Debería haber podido defenderse ¿O ha sido una mera casualidad, que la terminal que estaba usando para mandar la alerta estuviera embrujada?
Fuera cual fuera la respuesta a aquellas cuestiones, y por más que le pesara, estaba empezando a darse cuenta de que no le quedaba más remedio que intentar hacer algo para esclarecer aquel asunto. Primero, porque se suponía que uno de sus deberes como Campeona de la Liga Pokémon era colaborar con el mantenimiento de orden en situaciones excepcionales, y aquella, sin lugar a dudas, lo era. Y segundo, porque no tenía corazón para abandonar a una persona que le había pedido ayuda. Ya averiguaría más adelante cómo sabía su nombre.
Para ganar algo de tiempo mientras conseguía digerir aquella situación, se acercó a la ventana y observó el exterior.
Ya no llovía tan fuerte, pero Pueblo Lavanda tenía un aspecto tan lúgubre que no hubiera podido parecer una aldea normal y corriente ni siquiera a la luz del sol más brillante del verano. Las casas y edificios de tejados violáceos, con todas las ventanas apagadas, se alzaban bajo la cortina de agua sobre las calles convertidas en pequeños ríos y las aceras relucientes, tan frías e inhóspitas que parecía mentira que pudieran estar habitadas. Y la Torre Pokémon seguía alzándose ominosamente sobre el pueblo, fiera y siniestra en la húmeda oscuridad. Con todas las luces encendidas.
El contraste casi la sorprendió, y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que las calles también estaban completamente a oscuras. Todas las farolas estaban apagadas. De hecho, ni siquiera las luces del centro pokémon parecían funcionar: el edificio en el que estaba no proyectaba ni un solo rayo de luz en aquellas tinieblas casi opacas, a pesar de que se suponía que estaba de servicio las veinticuatro horas del día.
Aquello no podía ser normal.
―Chicos... ―le dijo finalmente a sus pokémon, con decisión―. Aquí está pasando algo muy raro. Tenemos que ir la Torre y averiguar qué es. Parece ser que hay vidas en peligro, y no podemos dejarlos tirados.
Había esperado que, al menos Tupeon, se agitara y rezongara; y ella no le hubiera reprochado que lo hiciera. Incluso estaba dispuesta, llegado el momento, a permitirle quedarse en el centro, o a mandarlo a hacer averiguaciones en comisaría mientras ella iba a la Torre. Pero, para su sorpresa, este fue el primero en revolotear hasta el rincón donde estaban las pertenencias de Cristal y meterse sin decir palabra en su pokéball. Y, tras unos instantes de silencio, todos los demás siguieron su ejemplo, sin mediar la menor palabra.
―Gracias por confiar en mí. ―Les dijo, con los ojos húmedos.
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Se vistió y peinó a toda la velocidad que pudo, revisó su reserva de pociones y, apenas cinco minutos después, estaba bajando a la sala de recepción.
Recorrió los pasillos y las zonas comunes, asomándose a todas las puertas que encontró abiertas. Pero no encontró nada, ni a nadie. El lugar estaba sumido en un silencio tal que, de no ser por los estruendosos ronquidos que emanaban de algunas de las puertas de los dormitorios, hubiera jurado que estaba completamente sola en el edificio. Tenía la impresión de que hasta los latidos de su corazón levantaban ecos.
No se encontró con ningún pokémon noctámbulo, ni con un insomne que hubiera decidido salir a dar una vuelta por los pasillos antes de volver a intentar dormir. Ni siquiera con la enfermera Joy, o las Chansey de guardia.
Y la oscuridad era tal que, para cuando llegó ante el mostrador vacío de la entrada, ya podía ver perfectamente a su alrededor con la sola ayuda de las luces de emergencia.
En un intento desesperado por encontrarse con alguien despierto, se coló detrás del mostrador y buscó a las pokémon enfermeras. Las encontró sentadas entorno a una mesita de café, todas con su cofia puesta, y todas profundamente dormidas. No consiguió despertarlas por más que gritó y las zarandeó, y ni siquiera el Dobleblofetón de Smoopeon pudo hacerlas reaccionar. Finalmente, derrotada, decidió que no le quedaba más remedio que afrontar la situación ella sola.
―Llamaré a la policía desde la Torre ―se dijo, con la boca seca―. No puedo perder más tiempo... el codigo rojo podría acabar convirtiéndose en un código negro mientras yo doy vueltas como una tonta.
No quería detenerse a pensar. Sabía que, si lo hacía, no iría.
Ya no llovía tanto cuando salió, pero una oleada de aire frío la golpeó sin piedad antes incluso de poder poner los pies en la calle. Tras un primer vistazo a su alrededor, ya no estaba tan segura de si realmente hacía tanto frío o, simplemente, aquella escena le había helado algo por dentro.
No era lo mismo contemplar aquella vista desde detrás de un cristal empapado, en la comodidad de una habitación seca y caliente, que sentirla abalanzarse sobre ella sin la tranquilidad que da la distancia, aunque fuese moderada. Las terribles nubes de tormenta impedían el paso del más insignificante rayo de luna, y Pueblo Lavanda parecía estar tan vacío como si se tratara de unas viejas ruinas. Las ventanas de las casas como grandes cuencas vacías que la observaban, las farolas que parecían absober luz en lugar de emitirla, el asfalto negro y brillante como un cristal empañado. Y la Torre de Radio, un siniestro guardián de piedra esperándola al final del camino; o, mas bien, uno de esos duendes de las leyendas que utilizaban lámparas en la niebla para tenderle a una trampa a los viajeros extraviados. Con aquel techo de plomo sobre su cabeza, tan bajo que tenía la impresión de que podría tocarlo si fuera unos centímetros más alta, Cristal se sentía como si estuviera encerrada en una inmensa caja, un laberinto de calles muertas, plazas y parques vacíos y casas pobladas de espectros, y la Torre fuera el pilar que impedía que el cielo se desplomase sobre ella y la aplastara. Paradógicamente, la lluvia ahora suave en su cara disipó en parte su angustia, y le recordó que aquella impresión grotesca y repentina había sido sólo eso: una impresión. Estaba realmente en Pueblo Lavanda, y no atrapada en el decordado de una película de fantasmas. Sin pensárselo dos veces, echó a correr, y sólo se detuvo a tomar aliento justo antes de llegar a la puerta automática de cristal, el único elemento de la poderosa estructura que no le parecía intrínsecamente lúgubre.
En ese momento, mientras dudaba de si debía o no llamar ya a comisaría, una mano de hielo la aferró de la muñeca y la arrastró con un fuerza irresistible hacia el interior del edificio.
Notas finales: ¿Quién será Anthony Torrance, ese extraño que ha conseguido contactar con Crystal por radio? ¿Por qué Xatu está tan asustado? ¿Qué estará ocurriendo en la Torre Radio? Tal vez lo descubramos en el siguiente capítulo...
