Cristal se aterrorizó hasta tal punto que no pudo ni gritar, y sólo pudo percibir que una extraña negrura repentina caía sobre sus ojos. Lo siguiente que notó es que estaba tumbada en una superficie dura y fría, y que alguien le estaba sujetando las piernas en alto.

―Mira, ya vuelve en sí.

―¡Menos mal que lo único que ha hecho ha sido obligarla a entrar!

―Es una forastera ¿Seguro que podemos fiarnos de ella?

―Si la Mano le ha perdonado la vida... es que hay un poder superior que la protege.

Abrió los ojos despacio, preguntándose quiénes serían aquellas personas que susurraban sobre ella, y cuyas palabras no parecían tener el menor sentido.

Eran un hombre y una mujer, y estaban arrodillados a su lado. La mujer, que era quien le estaba sujetando las piernas, era de mediana edad, con una espesa capa de maquillaje y el pelo de un llamativo color rosa chicle; y el hombre, con el pelo castaño y corto, parecía más joven, aunque tal vez se debiera a que tenía el rostro oculto detrás de unas enormes gafas y un grueso bigote que sólo permitían que se apreciaran sus vivaces ojos castaños. La mujer le soltó cuidadosamente, y el hombre le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

―¿Mejor, muchacha?

―Sí, gracias ―contestó Cristal, comprobando con un vistazo rápido que no se le había perdido ni roto ninguna pokéball― ¿Qué me ha pasado?

―Has debido de llevarte un buen susto. ―Le dijo el hombre. Llevaba una acreditación colgada del cuello, en la que pudo leer su nombre: R. Oak. Aquel apellido hizo que diera un respingo; pero el extraño le dedicó una cálida sonrisa, y le respondió, al parecer acostumbrado a aquel tipo de reacciones ante su nombre―. Sí, soy de la familia Oak... pero puedes llamarme Rémy.

―Y yo soy Clee ―le dijo la mujer― ¿Cómo te llamas tú?

―Yo... Cristal. Me llamo Cristal. He recibido una llamada de socorro por radio, y he venido a ver qué ocurría...

La muchacha miró a su alrededor. Debía de estar en el gran recibidor de la planta baja, puesto que había un gran mostrador cerca de ella, y a apenas unos metros estaba la puerta de la calle, através de la cual la habían arrastrado hasta allí. La estancia estaba perfectamente iluminada, y algunas personas iban y venían, con más o menos prisas. No había ni un solo mueble fuera de su sitio, ni un cristal roto, ni un solo vaso derramado en el suelo: la sala estaba un poco desangelada, como debía de ser habitual durante los horarios nocturnos, pero casi escrupulosamente limpia y ordenada. No había nada a la vista que pudiera considerarse un vestigio del pandemonium que había oído desde su habitación; nada que justificase aquella petición desesperada. De hecho, Clee y Rémy se miraron, con estupefacción.

―¿Una petición de ayuda? ―preguntó Clee, desconcertada― ¿Qué decía?

Cristal observó con atención a aquellas dos personas. Había algo extraño en ellas, algo que no sabía cómo identificar, pero que hacía que una parte de ella se sintiera misteriosamente incómoda. Sin embargo, al mirar a sus ojos, lo único que veía era aprensión; y eso la animó a seguir hablando.

―Un tal Anthony Torrance. No entendí bien lo que me decía, porque la tormenta estaba causando muchas interferencias, pero era una alerta de código rojo. Decía que la Torre estaba siendo atacada, y me pidió ayuda... varias veces. A gritos. Luego, la comunicación se cortó de repente.

El semblante de los adultos se ensombrecía cada vez más a cada palabra que decía, e intercambiaron una mirada cómplice. Rémy suspiró sonoramente.

―Si Torrance se ha puesto serio... es que el asunto es grave de verdad ―contestó―. No estamos muy seguros de qué puede ser esta vez... pero, desde luego, necesitamos averiguarlo.

―A lo mejor tiene algo que ver con la Mano ―sugirió Clee―. Últimamente se ha vuelto... bastante más agresiva de lo hemos tenido algunas alarmas al límite de lo peligroso por su culpa.

―Sí, pero... ¿un código rojo? La Mano no tiene términos medios... o blanco, o negro. O se limita a vandalizar todo lo que hay a tu alrededor... o intenta matarte. Y sus actos vandálicos no bastan para mandar una alerta de código rojo.

―Tienes razón. Esto tiene que ser cosa de... los otros.

La joven entrenadora sentía que el estómago se le estrechaba por momentos. Ahora le venía a la mente la extraña conversación que habían mantenido sus misteriosos rescatadores mientras ella yacía semiinconsciente en el suelo.

―Dis... disculpen ―inquirió― ¿Qué es... o quién es "La Mano"?

Clee la observó compasivamente, pero con cierta curiosidad.

―No eres de por aquí... ¿verdad, chiquilla?

―No. Estoy viajando por Kanto para conseguir las medallas de los gimnasios, pero vengo de Johto.

―¡Ah! Claro... con razón no has oído nada sobre ella, entonces. Verás... se supone que la Mano Blanca es una presencia fantasmal que ronda la Torre Pokémon desde hace ya unos años. Nadie está muy seguro de qué es exactamente... si la forma elegida por un espectro para manifestarse en este plano, o un mero fenómeno poltergeist. Lo que sí se sabe es que, al parecer, su misión en el mundo de los vivos se reduce a molestar... asustar a la gente posándose sobre su hombro o apareciendo de repente, tirar el contenido de los cajones y las papeleras por los aires, romper el mobiliario... cosas de ese tipo. Hasta hace poco, se limitaba a sembrar el caos siempre que podía, pero...

―... pero, desde que el edificio se convirtió en Torre de Radio, parece que ha decidido conseguir que la desmantelen ―completó Rémy, con aire compungido―. A cualquier precio. Incluso si es intentando acabar... digamos... físicamente con el personal. Su última víctima, el director Hallorann, estuvo a punto de ser arrojado por la ventana del séptimo piso la semana pasada.

―Pero ¿hasta dónde puede llegar en realidad? ―continuó Clee― Quiero decir... ¡es sólo una mano! Puede matar gente, desde luego... pero no asediar la Torre ella sola. Y eso es lo que Anthony dice que ha ocurrido.

―Por eso es más que evidente que cuenta con ayuda. Si es que todo esto es realmente cosa suya... cosa que estoy empezando a dudar.

Las piernas de Cristal parecían a punto de volver a traicionarla por segunda vez en menos de una hora.

¿Presencias fantasmales? ¿Espectros asesinos? ¿Portergeist? ¿Y aquella gente hablaba de ese tipo de horrores como quien comenta el último episodio de su fantasía medieval favorita con sus compañeros de trabajo durante la pausa para el café?

―Es una locura ―se le escapó―. Una auténtica locura...

Rémy y Clee la miraron a los ojos con gravedad. Parecían tan sinceramente preocupados que la joven se sintió mal por haber dudado de ellos.

―Mira, Cristal... esto te sobrepasa ―le dijo Clee―. Ve a buscar al señor Fuji. No puede hacer gran cosa él solo... pero, al menos, sabe de qué va todo. Y tiene buenas intenciones. Ya nos ha ayudado mucho durante los años negros... y ha conseguido traer paz a muchas almas atormentadas. Es difícil y duro... pero, si realmente hay un hombre vivo que pueda hacer algo para solucionar esta situación, es él. Venga, sal de la Torre y echa a correr lo más rápido que puedas... la Mano no podrá alcanzarte, porque está atada a la Torre. Y nosotros... nosotros vamos a buscar a Anthony.

―Pe-pero...

―Adios, Cristal. Y, por favor, por tu propio bien... no vuelvas.

La entrenadora parpadeó una sola vez.

Y, en esas centésimas de segundo, la pareja había desaparecido sin dejar el menor rastro, dejando a la muchacha completamente sola en el vestíbulo vacío. Con los ojos llenos de lágrimas de angustia, se dejó caer en el asiento más próximo.

¿Qué puedo hacer ahora?, se preguntó. Había ido allí a ayudar, y lo único que había conseguido era sentirse estúpida e inútil.

―"Puedo ir a buscar al señor Fuji, tal y como ellos me han dicho. La pega es que no tengo ni idea de dónde vive, y las enfermeras del Centro Pokémon no pueden ayudarme esta noche. Además de que, según tengo entendido, esta noche tiene trabajo."

Lo único que se le ocurría era buscar a otros miembros del personal de la emisora para preguntárselo. Así, además, podría conseguir más refuerzos: a simple vista, la situación no era tan mala como se lo había imaginado; pero, al parecer, eso no significaba que el problema no existiera. Por lo poco que había entendido de la advertencia de Clee y Rémy, no sólo el tal Anthony necesitaba ayuda de verdad, sino que la Torre podía estar realmente sufriendo un asedio, independientemente de aquella apariencia de tranquila molicie típica de los turnos de noche. Cómo era posible aquello, era algo que no conseguía comprender.

―"En fin... supongo que, como Campeona, no me queda más remedio que seguir con la investigación. Al menos, hasta que consiga averiguar dónde puede estar el señor Fuji para pedirle ayuda."

Lo único que se le ocurría en aquel momento era subir a los pisos superiores en busca de más miembros del personal. El hecho de que hubiera gente allí era de por sí extraño, porque se suponía que la Torre iba a estar cerrada. Aunque, claro, también era probable que hubiera ocurrido algo de lo que ella todavía no se había enterado, y que hubiera habido un cambio de planes en un momento dado. En realidad, la única pista que tenía era una desgarradora petición de auxilio por radio... proveniente de alguien a quien no conocía, pero que sabía cómo se llamaba.

―"Tal vez pueda encontrar a Danniel. Es entrenador de pokémon fantasma y trabaja aquí. Seguramente podrá explicármelo de una manera que me resulte más fácil de entender, con menos secretismo de por medio."

Fue en ese momento cuando recordó de qué le sonaba el apellido del extraño qu había mandado la alerta.

―"¡Torrance! ¡Es el mismo apellido! No puede ser casualidad... lo más probable es que sean parientes. Pero ni siquiera eso puede explicar cómo ha reconocido mi voz, si no hemos hablado nunca."

De repente, aquella tranquilidad le parecía opresiva. Sencillamente, necesitaba hablar con alguien. Así que dejó de pensárselo.

La primera planta no tenía un aspecto muy diferente al de la planta baja, excepto por la presencia de numerosas puertas, cada una de ellas con un letrero o un número, y de un largo pasillo que conducía al segundo piso. Estaba llena de ruido de pasos y de conversaciones a media voz, de vez en cuando se oían algunas risas o discusiones que se escapaban por algunas de las puertas entreabiertas de madera y cristal esmerilado, y detrás de la mayoría de las puertas cerradas se veían luces y siluetas. Aquella aparente normalidad debería haber tranquilizado a la joven campeona, pero la hizo sentirse aún más incómoda.
Estaba cada vez más convencida de que había algo que no cuadraba en todo aquello.

De repente, se abrió una puerta cerca de ella y salió una joven con una larga melena dorada y grandes ojos negros, haciendo equilibrios concienzudamente con una bandejita llena de cafés y una caja de cruasanes; y dio tal respingo al verla que se le cayó todo al suelo.

―¡Oh! ¡Lo siento! ―Exclamó Cristal, apresurándose a ayudarla.

La muchacha, a todas luces una secretaria o becaria, miró con tristeza las tazas rotas y el suelo salpicado de café y se limitó a recoger la caja, que, por suerte, no había sufrido desperfectos.

―Tranquila, ha sido un accidente―le contestó, con una voz infantil, algo nasal―. Sólo tengo que volver a la sala de descanso a por más café.

―Le ayudaré.

―Gracias, eres un cielo... pero puedo yo sola. Es sólo que encontrarme contigo, así de repente, me ha desconcentrado un poco. Lo cual me recuerda... ―la entrenadora no pudo reprimir un pequeño escalofrío cuando los soñadores ojos oscuros se fijaron en ella de repente, con una afiladísima mirada acusadora― Creo que no eres parte del personal de la Torre, así que se supone que no deberías estar aquí: el acceso está restringido ¿No te lo ha dicho el guarda?

Cristal negó con la cabeza.

―No me he encontrado con nadie que pueda parecerse a un guarda. Y, aunque me han recomendado que me marchara, nadie me ha dicho que no podía entrar.

Los ojos oscuros siguieron observándola detenidamente, ahora con verdadero estupor. Todo rastro de la expresión ausente había desaparecido por completo de ellos. De pronto, empezaron a emitir un resplandor azulado, y la joven se sintió como si unas manos incorpóreas acariciaran con curiosidad el interior de su mente. Le resultaba un poco sorprendente, pero no verdaderamente alarmante: Tupeon llevaba el tiempo suficiente viajando con ella como para que hubiera aprendido a reconocer sin problemas un contacto telepático, y ya había luchado contra decenas de psíquicos en el gimnasio de Morti.

Terminado el tanteo, la muchacha se inclinó educadamente y, cuando volvió a mirarla, tenía una expresión cauta. Tal vez incluso un poco alarmada.

―Campeona... ¿por qué está aquí?

Cristal volvió a sentir un escalofrío, pero esta vez no tenía nada que ver con las habilidades extrasensoriales de su contertulia.

―He recibido una llamada de auxilio por radio. ―le contestó―. Un código rojo. Y, como se supone que tengo que colaborar con el mantenimiento del orden, he venido a ver qué estaba ocurriendo.

―Oh... otra vez no, por favor... ¿No podemos tener una noche tranquila?

Aquel lamento cargado de frustración era más que elocuente, y le dejó más que claro que había hecho bien en decidir quedarse. Independientemente de si daba o no con el señor Fuji aquella noche, necesitaba saber aquello.

―¿Cómo te llamas?

―Cassandra Grady. Pero llámeme Cassy. Y tutéeme, por favor.

―Y tú a mí Cristal. Y tutéame también, que se me hace raro que un adulto me trate de usted. Dime, Cassy... ¿Por qué "otra vez"? ¿Suelen ocurrir cosas de este tipo en la Torre?

Cassy asintió con tristeza.

―Verás... estoy segura de que sabes que esta Torre de Radio era antes un cementerio de pokémon ―empezó, con una llaneza que sorprendió a la entrenadora: debía de ser la primera persona con la que hablaba de aquel tema que no parecía en absoluto incómoda a la hora de decir aquello―. El único de esta zona del país, de hecho: mucha gente venía de muy lejos a enterrar aquí a sus pokémon fallecidos. Imagínate esa cantidad de tumbas... esa cantidad de pokémon muertos. Esa cantidad de almas. Y de pronto, un buen día, alguien decide que hay que convertir el sitio en una Torre de Radio ¿Cómo puede trasladarse algo que es tan antiguo como el tiempo? Es más ¿cómo pueden trasladarse la vida y la muerte? Era evidente que no podía salir bien. Y menos todavía tratándose de un cementerio como este.

Cristal escuchaba, completamente fascinada, la reflexiva explicación de Cassy. Había algo misteriosamente distante en su manera de expresarse, una reserva estremecedora similar a la que había visto en Clee y Rémy; pero también un fondo ensoñador y despreocupado, como si en realidad estuviera intentando contarle algo aún más grande e importante. Lo que la sacó del trance fue un grito de terror detrás una de las puertas cerradas cercanas.

―Voy a ver qué pasa. ―Dijo, apresuradamente, mientras se abalanzaba sobre el pomo de la puerta. La joven no respondió.

El picaporte estaba tan frío que casi le quemó la mano al contacto, pero eso no la detuvo.

El espectáculo que encontró detrás de la puerta superaba con creces cualquier cosa que hubiera esperado encontrar.

Era como si una pelota de goma invisible estuviera rebotando con una fuerza sobrehumana contra las paredes, arrasando indiscriminadamente con calquier cosa que se encontrara en su camino: pantallas y cristales rotos, sillas derribadas, mesas astilladas, papeles destrozados alfombrando el suelo e incluso un orondo caballero de mediana edad con un estrafalario traje de color rosa palo inconsciente en el suelo, mientras otra mujer más joven, de larga melena lisa color añil, intentaba dificultosamente arrastrarlo de la pierna hacia la protección de la mesa bajo la que ella misma se había cobijado. La joven campeona no necesitó poder ver al causante del pandemonium para saber a qué se enfrentaba: no sólo el tamaño de las profundas abolladuras que había en los paneles de madera tenían la forma y el tamaño aproximado de un puño humanoide, sino que aquel escenario encajaba a la perfección con la descripción que le habían hecho Rémy y Clee de las extremas bromas pesadas que solía gastar la misteriosa Mano Blanca.
Era la primera vez que se enfrentaba a un fenómeno poltergeist, pero tenía algunas estrategias bajo la manga para enfrentarse a pokémon de tipo fantasma.

―¡Adelante, Tupeon!

El Xatu emergió como un rayo de luz, con todas las plumas erizadas, y revoloteó hasta uno de los estantes más altos. Uno de los puñetazos pasó rozándole la cabeza y dejó una aparatosa marca en la pared justo por encima de él; y, aunque el ave ni siquiera se inmutó (era evidente que lo había visto venir), su entrenadora sintió que se le encogía el estómago: tenía que darse toda la prisa que pudiera, antes de que algún otro de los presentes saliera herido.

―Escucha, Tupeon: necesito que apuntes con Profecía hacia el siguiente punto que vaya a golpear la Mano. En cuanto la veas, usa Tinieblas sobre ella.
El pokémon asintió con fuerza y barrió con un rayo de luz infrarroja una de las esquinas superiores de la habitación. Un instante después, una silueta translúcida se materializó a unos centímetros del techo.

Era como una mano esquelética amputada, que levitaba por el aire o se desplazaba por las superficies con movimientos arácnidos a gran velocidad. Cristal y Tupeon no pudieron evitar gritar al verla; pero el Xatu se recobró rápidamente de la impresión y le lanzó un rayo de luz negra, que la hizo retorcerse y quedarse inmovil en el aire durante unos instantes. Eso la hizo huir por la puerta entreabierta, flotando perezosamente, evitando acercarse a la campeona y su pokémon. Tupeon emitió un arrullo eufórico y sacudió alegremente las plumas.

―Gracias, amigo. Vuelve.

―¡Xatu!

La mujer de pelo azul salió de debajo de la mesa, temblando, y se inclinó sobre el hombre inconsciente.

―¡Lucas! ¡Lucas! Oh, Dios santo... ¿cómo puede pasar esto?

El hombre abrió los ojos y se incorporó, mirando a todas partes.

―¡Vaya! ¿Me he desmayado? ¡Es genial! ¡Me hace sentir más vivo que nunca! ¿Y usted quién es, señorita? ¿Y qué hace aquí tan de noche?

El tal Lucas y la mujer peliañil observaron con interés a Cristal, que se sintió repentinamente como si se hubiera colado en el dormitorio de alguien sin permiso.

―Yo... soy Cristal Soulheart. He recibido una llamada de socorro por radio, así que he venido a ver ¿Se encuentran bien?

El hombre se puso de pie y se sacudió el traje, mientras la muchacha trataba de recoger todos los papeles que había en el suelo, con el ceño fruncido.

―¡Por la Corona de Arceus! Recoger todo esto puede llevarme días... la gente del turno de mañana se va a poner frenética..

―Tú haz lo que puedas, Metis ―le dijo Lucas, dándole unas palmadas en la espalda sin dejar de mirar a Cristal con asombro―. En esta Torre todo el mundo sabe lo que hay... Y sí, estamos bien. Pero me gustaría saber qué hace una jovencita con un pokémon psíquico en la Torre de Radio... sobre todo cuando se supone que no se le permite el paso al público... y más sobre todo todavía a estas horas de la noche.

―Como ya les he dicho, he recibido una llamada de socorro ―respondió ella―. Y, como Campeona, he considerado que era mi deber venir.

―No debería haberlo hecho, Campeona―le dijo Metis, depositando en la mesa, lo más ordenadamente que podía, un pequeño paquete de papeles que había conseguido recuperar―. Es demasiado peligroso... Últimamente, hasta el señor Fuji tiene problemas para calmar las aguas cuando se salen de su cauce.

―Es una batalla entre los vivos y los muertos, querida... ―añadió Lucas, apesadumbrado―. Usted no tiene nada que hacer en ella.

A Cristal estaban empezando a resultarle molestas aquellas insinuaciones. No consideraba estar por encima de nadie, pero tampoco había conseguido derrotar a Lance y su Alto Mando sólo con su cara bonita. Sin embargo, todavía no había conseguido sacar nada en claro de todo aquel asunto: ni qué hacía la Torre en funcionamiento cuando se suponía que debía estar cerrada, ni cuál se suponía que era el peligro, ni dónde podía ir a buscar al señor Fuji para transmitirle el mensaje que le había llegado a ella. Así que no le quedaba más remedio que respirar hondo y seguir preguntando.

―Verán: según tengo entendido, el traslado del cementerio ha hecho que el fenómeno paranormal conocido como la Mano Blanca, que ya se daba con anterioridad en la Torre Pokémon, se volviera violento. Al menos, eso es lo que se me ha contado. Tal vez se me ha informado mal.

Lucas y Metis la observaron con el semblante impasible, y luego se miraron y asintieron.

―Antes de seguir hablando, dinos, Campeona... ¿quién le ha dado esa información? ―le preguntó Lucas, con calma. Luego añadió, a toda prisa ―No, no me malinterprete... no estamos a la defensiva... pero queremos saber cuánto sabe ya. La gente de Pueblo Lavanda habla demasiado... o demasiado poco.

La joven entrenadora examinó atentamente a aquellas dos personas, repentinamente cautelosa.

Otra vez aquella impresión indefinible de distancia helada, aquella repentina reserva astuta. Aquella sensación de que todo el mundo se había puesto de acuerdo para asegurarse de que no llegaba al fondo del asunto. Pero no podía evitar que se le hiciera un nundo en la garganta al mirarlos en los ojos: tenían una expresión de tristeza e impotencia desarmante, que encogía el corazón.

―La Enfermera Joy y señor Fuji me han dicho que nadie está a gusto con el traslado del cementerio ―empezó―. Rémy Oak y Clee me han dicho que, desde entonces, la Mano Blanca se ha vuelto más violenta, y que ha llegado incluso a intentar matar a gente, pero que ella sola no puede causar un código rojo a gran escala... y ahora mismo me acabo de cruzar con Cassandra Grady, que me ha dicho que es imposible trasladar el cementerio. No sé nada más.
Lucas y Metis asintieron prácticamente al unísono.

―Nosotros no podemos decir mucho más, tampoco... ―contestó la mujer―. Pero podemos decirle lo que a mi hermana no le ha dado tiempo a contarle antes de que viniera la Mano.

Cristal se preguntó brevemente si ese parentesco podía ser la explicación para la extrañeza que le producían ambas hermanas. Un instante después recordó que todos los demás empleados con que se había encontrado aquella noche, independientemente de sus personalidades, le habían producido exactamente la misma impresión. Pero eso no importaba en aquel momento, así que se limitó a asentir ella también.

―¿Ha oído hablar de Team Rocket, Campeona?

Era la pregunta más desconcertante que le habían hecho aquella noche. Más que nada, porque le parecía imposible que las noticias hubieran volado lo suficiente rápido como para endurecer de manera tan extrema los protocolos de seguridad de la Torre de Radio, pero no como para que los trabajadores del lugar supieran que ella había tenido parte en la disolución final de la organización.

―Sí, claro que sí. Yo misma he abortado varias de sus operaciones, incluido su plan para encontrar a Giovanni y resucitar su imperio del crimen desde la Torre de Radio de Ciudad Trigal.

―Y, en Pueblo Lavanda, ni los vivos ni los muertos podremos jamás agradecerle lo suficiente que lo haya hecho ―le dijo contestó Lucas, con solemnidad―. Porque el regreso del Team Rocket... el auténtico Team Rocket... hubiera sido para nosotros una tragedia tan grave como lo ha sido el traslado del cementerio. Tal vez aún peor.

Se quedó completamenta anonadada, y tan confusa que se le olvidó pedirles que la tutearan.

―Me temo que no les sigo ―reconoció― ¿Es que hay, o ha habido, más de un Team Rocket?

La joven Grady cerró los ojos durante unos instantes y guardó silencio, como si estuviera luchando por tragarse las lágrimas. Pero unos instantes después empezó a hablar. Y, a partir de ese momento, fue como si ni todos los tabúes habidos y por haber pudieran hacerla parar.


Notas finales: Finalmente, parece que Cristal va a poder empezar a entender un poco qué es lo que está pasando en realidad en la Torre Pokémon... aunque nuestra querida Campeona no puede dejar de tener la impresión de que no le va a gustar nada lo que le van a contar ¿Es realmente posible que el Team Rocket, al que ella misma ayudó a desbandar, esté detrás de todos estos sucesos? ¿Hasta qué punto habrá afectado a Pueblo Lavanda el traslado del cementerio pokémon? Continuará...