Nota introductoria: Todo parecido con la realidad es pura coincidencia; pero, en mi visión particular del mundo pokémon, me adhiero a la teoría fan/creepypastera de que los juegos de las dos primeras generaciones (Pokémon Rojo, Azul, Amarillo, Oro, Plata y Cristal) están ambientados en una sociedad de posguerra, por razones que explico en este capítulo. Si no les gusta... en fin, mejor que no sigan leyendo. Así que, de ahora en adelante, muchas gracias por seguir este relato ^^

ADVERTENCIA: Este capítulo tiene un contenido bastante violento.


Cristal casi deseó poder sentarse sin temor a cortarse o pincharse con algo para escuchar aquella historia (no quedaba ni un solo mueble sano en aquella sala), porque nunca había escuchado a nadie narrar algo de aquella manera. Tenía la impresión de que, en alguna parte de su mente, podía ver lo que Metis le contaba con aterradora exactitud. Como una película de terror. O como si ella misma hubiera estado allí. Casi podía percibir en su voz el eco de aquel dolor incurable, de aquel sufrimiento que ni siquiera la muerte podía aliviar.

―El Team Rocket es el Team Rocket... único e inimitable. Pero la banda de secuaces sin oficio ni beneficio que se reunió entorno a un antiguo sulbaterno para intentar apoderarse de Johto, a la que usted ha obligado a disolverse antes de que llegara a ser verdaderamente peligrosa, no era ni la sombra de lo que fue hace tres años, cuando tenía al mando a Giovanni Sakaki.

"Cassandra y yo crecimos en Ciudad Fuscia, en una familia particularmente empobrecida, así que aprendimos muy pronto lo cruel que puede ser el mundo: Kanto apenas había conseguido dejar atrás las penurias de la posguerra, y vivíamos rodeadas de niños y jóvenes adultos que habían crecido completamente solos por haber perdido a uno de sus padres, cuando no a los dos, ya fuera en combate o a causa de los bombardeos. Además, el país estaba totalmente devastado: colegios, hospitales, carreteras, negocios... excepto por unos servicios mínimos, generalmente consagrados al apoyo a los entrenadores, que se habían protegido y apuntalado durante la guerra, casi todas nuestras infraestructuras se habían quedado obsoletas o habían sido destruidas. Una parte importante del poder político estaba interinamente en manos de un Campeón y su Alto Mando que, por mucho que contaran con la colaboración de los Ocho Líderes de Gimnasio de la región para la protección de las ciudades y pueblos, no daban a basto con todo el caos. Hasta los agentes de policía eran escasos y carecían de medios. Semejante clima sólo podía ser un excelente caldo de cultivo para el florecimiento de una mafia."

"Todo el mundo conocía al Team Rocket, porque ellos mismos se aseguraron rápidamente de que así fuera: todo aquel que cometiera el error de no tomárselos lo suficientemente en serio acababa por sufrir la desgracia que más pudiera temer... familias enteras secuestradas y asesinadas... equipos enteros completamente diezmados... todavía no hace mucho que se descubrió una fosa común de pokémon enterrados junto con su entrenadora en las inmediaciones de Ciudad Carmín. La mujer fue identificada como Sakura Kyo[1], y sabemos a ciencia cierta que descansa en paz, puesto que era ninja, como su marido y su hija, y se había entrenado expresamente durante toda su vida para que su espíritu permaneciera firme hasta su último suspiro. Pero ninguno de sus pokémon, que fueron obligados a verla sufrir una muerte lenta y dolorosa sin poder hacer nada por ella antes de que los mataran también, ha podido seguirla... y continúan atrapados aquí."

"Y ese caso está lejos de ser aislado, porque sólo es uno de todos los horrores que vivimos durante los años más negros de lo que usted misma ha llamado, con mucho acierto, un imperio del crimen."

"Hemos perdido la cuenta de todos los pokémon que fueron asesinados por el Team Rocket, ya fuera para comerciar con sus despojos o miembros mutilados, por vengaza o como simples medios para extorsionar a sus familias y compañeros humanos. El señor Fuji ha llegado a tener que oficiar hasta tres funerales en un mismo día... y las calles de Pueblo Lavanda han visto desfilar decenas y decenas de ataúdes... algunos de ellos vacíos por la imposibilidad de rescatar el cuerpo... casi todos ellos destinados a tumbas prematuras. Todo ello sin contar las muertes de humanos, que también daban miedo, y no sólo por su cifra."

"Lo peor de todo... era que esas muertes eran sólo la punta del iceberg. Casi se podría decir que ellos las consideraban simplemente una especie de... daño colateral en su escalada hacia el poder. Por cada soldado Rocket al que la policía conseguía atrapar, enjuiciar y encarcelar, se llegaba a una vía muerta, y por cada guarida que era desmantelada se creaban otras tres. Se liberaba a los pokémon esclavizados y a los humanos secuestrados o extorsionados, se incautaba el género de contrabando, se arrestaba al vendedor junto con el comprador, se investigaban las cuentas, se rastreaba el origen de las mercancías ilegales y los contactos de los intermediarios. Pero nunca se llegaba al final de la cadena, a pesar de que todo el mundo sabía perfectamente hasta donde llegaba... y, ante la ley, Giovanni Sakaki seguía siendo un gran empresario de éxito con negocios perfectamente legales; además del Líder de Gimnasio de Ciudad Verde, e incluso un filántropo, que había ayudado con sus generosas inversiones y donaciones a reconstruir las ruinas de Kanto. Casi todo el mundo sabía, o sospechaba, que ordenaba robos, secuestros, experimentos con pokémon y asesinatos; pero él podía pasearse a plena luz del día por las calles de Ciudad Azafrán, a pie o en limusina, sentarse a tomarse un café en su mesa favorita del Restaurante Azulona o incluso pagar al contado la construcción de un parque de atracciones entero, todo ello sin que la policía se atreviera siquiera a pedirle que le mostrara su ficha de entrenador. Y no sólo porque fuera respetado y temido hasta por sus propios colegas líderes, sino porque no existía ni una sola prueba que lo incriminara de nada, y cualquier acusación de cualquier delito hubiera sido respondida con una denuncia por calumnias que se hubiera tranmitado hasta las últimas consecuencias: cualquier víctima inocente de Giovanni tenía más posibilidades de acabar pisando el presidio que él. Luchar contra el Team Rocket era como estar atado de pies y manos delante de una pantalla, observando cómo unas sombras chinescas van componiendo un cuento de hadas que no vas tener más remedio que aplaudir aunque sepas que es falso... y aunque sepas que, detrás del foco de luz que proyecta las imágenes, se está cometiendo un crimen espantoso, porque estás escuchando los gritos de dolor y oliendo la sangre que salpica el suelo."

"Entonces llegó Red Ketchum, que sería Campeon poco después... e hizo lo mismo que ha hecho usted: desmanteló sus bases... arruinó sus planes... rescató a secuestrados... e incluso dio la libertad a algunas de las almas atrapadas en el mundo de los vivos por causa del Team Rocket. Pero Giovanni, simplemente... desapareció. Aunque ahora había pruebas y testimonios suficientes como para que la ley lo persiguiera, no fue capturado y encarcelado... y sus víctimas, tres años después de la caída del Team Rocket, todavía no han sido vengadas."

"Toda esa impotencia... esa rabia terrible... esas maldiciones impronunciables silenciadas sin piedad... se quedaron atrapadas aquí. Y no pueden descansar en paz. El señor Fuji, naturalmente, hace todo lo que puede... decenas de almas descansan en paz gracias a su paciencia maravillosa y a su gran amor por los pokémon... pero eso no es suficiente."

La voz se le quebró y rompió a llorar.

Cristal tardó un rato en recordar dónde estaba en realidad, y con quién estaba hablando. Sólo se dio cuenta de que había acabado sentándose en una de las sillas destripadas y cubiertas de astillas, con la mirada fija en el infinito y la boca entreabierta, al sentir una corriente suave y fresca pasando frente a ella, y casi le costó darse cuenta de que se trataba de Cassy, que se había acercado a abrazar a su hermana. No recordaba haberla oído soltar la bandeja con los cafés y la caja de cruasanes en la mesa. Ni siquiera la había oído entrar.

Entonces cerró la boca, y su propia saliva le supo terriblemente amarga. También tenía las mejillas empapadas en lágrimas.

―"Por todos los legendarios... ¿qué me ha pasado?"

Lo único que podía pensar con claridad era que le faltaba corazón para seguir haciendo preguntas a aquellas personas. Incluso Lucas tenía el redondo rostro transfigurado por una pena imposible de expresar con palabras.

Pero ella se secó las lágrimas rápidamente con el dorso de la mano y respiró hondo: independientemente de lo duro que fuera seguir adelante, no podía detener su investigación allí.

―Escuchad... por favor.

Los estaba tuteando, pero después de que le hubieran abierto su corazón de aquella manera las formalidades ya no le parecían tan importantes. Aunque no sabía nada de ellos, ni de sus vidas, ni de los pokémon o los seres queridos a los que era evidente que habían perdido, no se sentía como si estuviera hablándole a tres adultos a los que acababa de conocer; sino a tres amigos que estaban rotos de dolor, un dolor que había sido ninguneado y pisoteado con una indiferencia casi sádica. Y ellos también debieron percibirlo así, porque ahora la estaban mirando directamente a los ojos, sin el menor rastro de la inquietante reserva que habían mostrado hacia ella en un principio.

―Todo esto que me estáis contando... es horrible ―sentenció Cristal―. Es atroz. No hay otra forma... no hay otra palabra para describirlo.

Estaba llorando de nuevo, y ahora no lo podía evitar. Aquellos ojos (los ojos negros todavía llenos de lágrimas de indignación, los ojos rojos resueltos y ardientes y los ojos castaños blandos y tristes) le recordaron repentinamente a la mirada fría y determinada, a veces también desesperada, de Plata. Un niño como ella, un chiquillo de su edad que, en lugar de disfrutar sanamente de su viaje iniciático mientras construía un equipo con el que estrechar lazos, había pasado un tiempo que jamás recuperaría viviendo para vengarse de alguien que apenas se acordaba de su existencia, de alguien que le había demostrado que no le importaba lo suficiente como para merecer que pasara cada segundo de su corta vida pensando en él, aunque fuera sólo para maldecirlo.

Las palabras le vinieron a los labios como si Arceus se las susurrara al oído.

―No sé quiénes sois, ni qué hacéis aquí, ni a quién estáis llorando, pero... la vida tiene que seguir, independientemente de si esas personas o pokémon han sido vengadas o no. Mi deber como Campeona es seguir colaborando con la búsqueda de ese criminal, encontrarlo y hacerlo enjuiciar. Podéis contar con que lo voy a hacer: no sé cuánto tardaré... pero me aseguraré de que se os hace justicia. Sin embargo, mientras llega ese día... vuestra vida no debe depender de la suerte o la desgracia del monstruo infame que os ha herido. Si esos seres a quienes tanto amáis pudieran hablar con vosotros, os pedirían que atesorárais más los recuerdos dichosos que vivísteis con ellos que los recuerdos dolorosos que os ha producido la separación, porque un asesino no debe tener el honor de ser constantemente recordado por sus víctimas, ni siquiera si es sólo para ser odiado y despreciado. Querrían que condenárais a Giovanni Sakaki con vuestro olvido; y que, a ellos, los honrárais eternamente con vuestra felicidad. Después de todo ¿quién puede estar en paz viendo sufrir a quien más ama? Así que estad en paz vosotros; porque yo os prometo, de todo corazón, que solo dejaré de perseguirle cuando el peso de la justicia haya caído sobre él o yo ya no sea yo.

Un silencio expectante se adueñó por completo de la sala, y los tres pares de ojos permecieron fijos en ella unos instantes más, a medio camino entre el dolor y la estupefacción. Luego, sus miradas se aclararon poco a poco, y una idéntica sonrisa apareció en las tres bocas, prácticamente al unísono. Una sonrisa dulce, fresca y luminosa, como la joven jamás había pensado que pudiera aparecer en un rostro humano.

―Gracias, Cristal Soulheart... ―le dijo Cassandra, inclinándose ante ella profundamente otra vez―. Es Arceus quien te ha mandado esta noche.

―Te estaremos eternamente agradecidos... amiga. ―Añadió Lucas, con los pequeños ojos castaños llenos de luz.

―Eternamente...―Repitió Metis.

Patidifusa tanto ante la reacción de aquellas personas como ante lo que había salido de su propia boca, la joven campeona tragó saliva, cerró los ojos y volvió a respirar hondo durante unos segundos para ganar tiempo, esperando que no tardaría en ocurrírisele algo que decir.

No lo consiguió.

Cuando abrió los ojos ya no estaban allí.

Ni ellos, ni la bandeja de cafés y la caja de cruasanes.

Y estaba totalmente segura de no haberlos oído salir.

¿Era cosa suya, o hacía menos frío en la habitación?

0O0oOo0O0

―Vale... esto ha sido raro. Muy raro. Demasiado raro ―se repitió a sí misma, mirando su propio reflejo en el espejo del lavabo, por tercera o cuarta vez― ¡Por las Diecisiete Tablas! ¡Que alguien me despierte!

Se había precipitado a toda prisa sobre el primer aseo para mujeres que había encontrado, en un principio, solamente porque necesitaba hacer de vientre. Pero llevaba veinte minutos allí, encerrada en el pequeño habitáculo, levemente aturdida por el olor a pino de los ambientadores, primero recuperando el sentido del equilibrio sentada en la taza del retrete y luego retocándose el pelo frente el espejo.

Era una habitación pequeña y limpia, con las paredes cubiertas de baldosas de color gris perla y un suelo de gres del mismo color, pero tan oscuro que parecía negro. La luz blanca, que llegaba hasta el último rincón, le daba un lustre casi irreal al techo y los muros, y hacía que Cristal pareciera aún más pálida de lo que ya estaba.

No le quedaba más remedio que reconocerlo: aquello no era una pesadilla.

La Torre de Radio de Pueblo Lavanda todavía era un cementerio y, al parecer, siempre sería un cementerio.

No sabía quienes eran en realidad esas personas con las que había estado hablando, pero era evidente que tenían razón: aquella misión era demasiado dura para ella. Y el pánico paralizante la estaba haciendo sentirse aún más débil e indefensa.

―¡Arcapeon, ven por favor!

El enorme perro ocupaba casi todo el exiguo espacio libre que había en el diminuto cuarto de baño, y la joven entrenadora percibió claramente la subida de la temperatura y la disminución de la cantidad de aire. No obstante, aquello era precisamente lo que ella necesitaba, al menos durante unos minutos, para espantar la sensación de frío que se le había metido en los huesos. Además, tenía entendido que los perros tenían capacidades especiales para percibir lo que los humanos no podían ver. No serían tan potentes como las que podía tener su Xatu, pero tampoco sufriría el mismo miedo paralizante que él.

Arcapeon emitió un gañido triste y rodeó con el cuerpo las piernas de su entrenadora, que se dejó caer en el suelo y lo abrazó con fuerza.

―Necesito compañía esta noche, amigo ―le dijo, con un susurro―. Creo que me he metido en un buen lío. Uno de esos de los que uno no puede salir.

El pokémon se sentó en el suelo reposadamente, y ella se recostó contra la pared, a su lado, acariciándole distraídamente el abundante pelo de color canela. Él estaba preocupado por ella, pero tranquilo; y eso la tranquilizaba también a ella. Poco a poco, su presencia serena fue derritiendo el hielo que tenía bajo la piel; y se dio cuenta de que estaba empapada en sudor frío. El mundo se iba reubicando a su alrededor a medida que iba desapareciendo la sensación de mareo.

Finalmente, decidió que había llegado el momento de tomar una decisión en serio; y le contó al Arcanine lo que le había sucedido con la Mano Blanca, Lucas y las hermanas Grady. Aquel tipo de situaciones eran las que hacían opinar a Cristal que la gente que se atrevía a tratar a sus compañeros de equipo como si fueran criaturas sin inteligencia nunca se había tomado la molestia de intentar hablar con ellos, porque Arcapeon sabía escuchar mucho mejor que algunos de los maestros que había tenido cuando todavía estaba en el colegio: la observaba detenidamente mientras hablaba, pero su expresivo rostro canino demostraba que estaba procesando lo que su entrenadora le decía frase a frase; y sólo la interrumpió para mover la cola y ladrar alegremente cuando le contó como Tupeon había dado su merecido a la Mano, para abatir las orejas y gañir con tristeza cuando le contó la historia de las hermanas Grady y para lamerle las mejillas cuando se echó a llorar de nuevo. Pero cuando le contó cómo al cerrar los ojos y volver a abrirlos se encontró de repente en una habitación completamente vacía, en la que el único rastro de lo que había ocurrido en la última hora eran los destrozos causados por el estruendoso poltergeist, se limitó a inclinar la cabeza hacia un lado con perplejidad, sin dar más muestras de miedo que si le hubiera dicho que afuera estaba nevando. Y cuando terminó su relato se quedó mirándola, con una mezcla de diversión y extrañeza en sus grandes ojos ambarinos, y la joven se sintió como si hubiera estado intentando explicarle al profesor Oak que un Houndoom salvaje se había comido su Pokédex.

―Me parece que a ti todo esto no te dice absolutamente nada ¿verdad? ―le preguntó, con una sonrisa triste― Eres un pokémon grande y fuerte, y no le tienes miedo a la gente que se esfuma en el aire cuando te das la vuelta.

Arcapeon agitó la cola, le dio un lametón en un lateral de la cara y recostó la cabeza en su regazo para permitirle que le rascara el cuello y las orejas. La joven no pudo evitar reír por lo bajo.

―Sí, creo que tienes razón ―dijo, más para sí misma que para él―. En realidad no me ha pasado nada. Esa gente, sean quienes sean... o lo que sean... no han hecho otra cosa que hablar conmigo. Incluso me han ayudado un poco. Son extraños y reservados, un poco fríos y muy distantes... pero inofensivos. Al menos, para mí.

Esa última conjetura le provocó un escalofrío, porque le hizo recordar la actitud defensiva con que la habían tratado en un principio. Le habían dado la impresión de que, de no ser porque se había identificado como la Campeona, y había llegado diciendo que estaba allí porque había recibido una alerta por código rojo por la radio, hubieran sido mucho menos amistosos con ella.

Era evidente que los lavandeses eran muy celosos de sus secretos, y sólo habían compartido algunos con ella porque, por algún motivo, había conseguido traspasar una barrera invisible que ni siquiera era consciente de haber intentado cruzar en ningún momento. Había pasado por una especie de prueba misteriosa, y la había superado... y eso la había convertido, de alguna manera, en una de los suyos.

Como le había sucedido en el Centro Pokémon con el anciano sacerdote.

―Tengo que tratar muchas cosas con el señor Fuji ―dijo, con tono resuelto―. Lo cual me recuerda que todavía no he conseguido averiguar dónde está.

Con sólo pensar en ello se le secó la boca: eso significaba que no le quedaba más remedio que seguir investigando.

De repente, notó cómo la piel de Arcapeon se erizaba bajo sus dedos, y el pokémon se puso de pie casi de un salto y se interpuso entre su entrenadora y la puerta, gruñendo por lo bajo. Instintivamente, Cristal contuvo la respiración y aguzó el oído.

No oía que hubiera nadie al otro lado de la puerta. De hecho, no se oía nada cerca de ellos.

Entonces, la bombilla empezó a parpadear; y luego se apagó.

Y los gruñidos de Arcapeon se hicieron más fuertes, y desembocaron en un furioso ladrido.

La joven lo acarició suavemente y le chistó, pero el pokémon se abalanzó sobre la puerta, accionó el picaporte con la pata y echó a correr por el pasillo. Cristal lo siguió, con el corazón palpitándole en los oídos.

La luz del baño no era la única que se había apagado. Toda la planta se había quedado a oscuras, y no se oía el sonido de ningún aparato eléctrico en funcionamiento en ninguna de las habitaciones. Era evidente que se había producido un apagón; algo que no tenía por qué resultar alarmante ni, mucho menos, sobrenatural, sobre todo en una noche de perros como aquella. Pero lo que inquietaba a la Campeona no era eso, sino que también se habían apagado todas las voces de humanos y pokémon, las risas, los comentarios, las conversaciones en los pasillos y las salas y despachos adyacentes.

Estaba tan oscuro que el Arcanine parecía despedir un leve fulgor en la penumbra, como si su frondoso pelaje estuviera hecho de ascuas mortecinas, y a su entrenadora no le costó encontrarlo: se había detenido cerca de las escaleras que subían al segundo piso, en silencio, agitando la cola pausadamente, como preguntándose si debía subir o no.

―Arcapeon... ―se inclinó sobre él y lo abrazó, y este volvió a lamerle la mejilla―. Por favor, no vuelvas a hacer esto. Lo que me ha pasado antes no ha sido malo... pero sigue siendo muy extraño. Tal vez seas el único que me puede ayudar esta noche, porque Smoopeon todavía no ha desarrollado su potencial psíquico, y Tupeon está muy asustado. No no dejes so...

La súbita oleada de frío que le escaló por las piernas no le dejó terminar la frase.

Se dio la vuelta muy despacio, temblando, sin apartar la mano del lomo de su pokémon.

Era como si la oscuridad nocturna se hubiera alimentado de los horrores que habían embrujado la Torre hasta adquirir entidad propia, y se hubiera convertido en uno más de todos aquellos espíritus esclavizados por su propio rencor. Nada se movía. Nada hacía el menor ruido. Pero tenía la impresión de que la escasa luz que emitían las luces de emergencia se había empañado repentinamente, y las sombras se habían vuelto aún más oscuras. Los contornos del pasillo y sus puertas se desdibujaban, las distancias se deshacían, y hasta el sonido de su respiración y el latido de su corazón parecían estar siendo devorados por aquellas tinieblas repentinamente hambrientas.

Unos instantes después, unas pisadas llenaron el aire vacío. No eran particularmente pesadas ni sonoras, pero se oían como truenos en aquel silencio de muerte; y Cristal, que estaba completamente paralizada de terror, no podía hacer más que escucharlas, incapaz de ubicar su fuente: parecían proceder al mismo tiempo de todas partes y de ninguna; pero se oían cada vez más cercanas, y la temperatura descendía cada vez más con cada paso que daban. Arcapeon se había escondido detrás de ella, tembloroso, emitiendo gañidos bajos y temerosos, como si estuviera llorando de miedo.

Una de las sombras vivientes que poblaban el otro lado del pasillo emergió de la espesa oscuridad caminando despreocupadamente. Era una silueta masculina, esbelta y de porte erguido, vestida con una gabardina y un sombrero que disimulaba sus rasgos. Lo único que se podía apreciar desde aquella distancia eran sus grandes ojos, rojos y refulgentes como la lava en el fondo de un volcán.

Al principio estuvo a punto de pensar que no los había visto. Hasta que aquellos ojos abrasadores se clavaron en ella y la atravesaron sin piedad. Una helada sonrisa marfileña surcó el rostro invisible, y el extraño se tocó educadamente el ala del sombrero a modo de saludo antes de doblar la esquina y desaparecer de su vista.

El sonido de pasos se perdió en la distancia, y acabó apagándose, tragado por el silencio.

Unos instantes después, las luces se encendieron de nuevo, y la planta volvió a llenarse con el zumbido suave de los neones.

La Campeona, todavía muda, miró a su Arcanine, que le devolvió una mirada llena de pánico y estupefacción.

Era como si la siniestra aparición le hubiera helado físicamente la sangre, porque tardó unos minutos en conseguir moverse un solo milímetro y, cuando lo consiguió, tuvo la sensación de que se había dejado el cuerpo atrás. Arcapeon la siguió, dubitativo, mientras se dirigía cautelosamente hacia el pasillo en el que había entrado el extraño. Poco a poco, sus miembros empezaron a entrar en calor, pero casi necesitó ver a su pokémon trotando a su lado para darse cuenta de que había empezado a correr.

El pasillo estaba tan vacío como todo lo demás. Se asomó a las escasas puertas que encontró abiertas, e incluso a los aseos para hombres. Un poco avergonzada, se atrevió a llamar a las puertas cerradas. Todo estaba vacío.

Finalmente, llegó al fondo del pasillo.

Era una pared lisa, sin ventanas ni salidas de emergencia.

Un callejón sin salida.

Con la boca seca, se dio la vuelta, seguida por Arcapeon, y caminó hasta encontrar un asiento en el que dejarse caer. No se sentía con fuerzas ni para intentar preguntarse qué diablos había sido aquello.

Lo único que le venía a la mente era lo que le habían dicho Rémy y Clee hacía un rato.

―"Esto tiene que ser cosa de... los otros."

Arcapeon volvió a emitir un gañido de tristeza y le lamió la mano; y ella le agradeció sus intentos de animarla rascándole detrás de las orejas, distraidamente.
Los minutos pasaban, y seguía teniendo la sensación de que se había dejado una parte de su ser al pie de la escalera. No obstante, su cerebro estaba empezando a funcionar de nuevo. Muy lentamente, casi sin que ella se diera cuenta.

Era evidente que aquel hombre, quien quiera que fuese, no era un trabajador de la emisora. De hecho, era altamente probable que se tratara de uno de los elementos pertubadores a los que Rémy y Clee se habían referido como "los otros", y que debían de ser los que habían provocado la alerta que le había mandado Anthony Torrance.

―Tenía aspecto humano... pero no podemos estar seguros de que lo fuera ―le dijo a su Arcanine, pero más para sí que para él―. Los pokémon fantasma puede provocar ilusiones para confundir a sus oponentes, o para enmascarar su presencia. Sin embargo... tampoco podemos estar seguros de que fuera un pokémon de tipo fantasma. De hecho, ese comportamiento no es habitual en ellos.

Arcapeon jamás había retrocedido ante ningún pokémon, ni siquiera los acuáticos o los de tipo tierra. Y, sin embargo, aquella noche estaba tan asustado como ella. Tal vez incluso más.

Durante unos instantes pensó seriamente en hacer caso de todas las advertencias que había estado recibiendo desde que fue arrastrada al interior de la Torre y regresar al Centro Pokémon. Pero al instante siguiente recordó que lo más probable era que la Mano la persiguiera y le impidiera marcharse.

―"¿Es posible que esta sea la razón por la que no se ha podido cerrar la emisora esta noche?" ―se preguntó― "¿Que la nueva diablura de la Mano Blanca consista en impedir salir a la gente? Todo ello sin permitirles emitir por radio la programación normal, por supuesto. Para que nadie pueda darse cuenta de lo que está ocurriendo aquí hasta el amanecer. Como broma pesada, desde luego, es molesta, ocurrente y más o menos inofensiva. Hasta un vivo podría encontrarla graciosa, si la viera desde fuera."

―"Pero eso no explica lo del código rojo. Ni el pandemonium que se escuchó al otro lado del transmisor. Y tampoco explica esa especie de... aparición con la que me acabo de encontrar."

Una vez más, no le quedaba más remedio que seguir adelante. Aunque su exploración tenía cada vez menos que ver con un intento de dar con el anciano sacerdote.

―Vamos, Arcapeon. Hay que encontrar al señor Torrance... y averiguar de una maldita vez que está pasando aquí en realidad. Luego, si se tercia, buscaremos al señor Fuji.

Fuera lo que fuera el ser con el que se acababan de cruzar, era evidente que el Team Rocket había dejado en aquel lugar mucho más, y mucho peor, que simplemente muerte.


Nota al pie:
1_ Antes de que me lo preguntéis: sí, también me he inventado el transfondo de la historia familiar de Koga. Sakura Kyo sería su esposa, madre de Sachiko, asesinada por el Team Rocket.


Notas finales: Las cosas se van poniendo cada vez más oscuras. Al fin, alguien se ha atrevido a contarle a Cristal por qué las cosas van tan mal en la Torre de Radio: tal y como el señor Fuji y la enfermera Joy le habían insinutado, no es tan fácil desplazar un cementerio pokémon. Sin embargo, parece ser que hay algo más, porque la Torre Pokémon está a todas luces, mucho más que embrujada ¿Estará ese extraño fenómeno que acaba de presenciar relacionado con el Team Rocket? ¿Realmente ha sido una de esas almas en pena la que ha provocado el código rojo? ¿O será algo más antiguo y oscuro? Continuará...