Esta vez, la absoluta normalidad con que se topó al llegar al piso superior le resultó casi chocante.

La gente entrando y saliendo de las estancias adyacentes al pasillo, los grupitos de personas conversando tranquilamente en la sala de la fotocopiadora, las conversaciones formales a puerta cerrada, alguna que otra risa, algún que otro comentario indignado sobre algo. Era como si nadie se hubiera dado cuenta, no sólo del ataque de la Mano Blanca en el piso inferior, sino como si ni siquiera el apagón hubiera tenido lugar. La temperatura era un poco más baja de lo que cabía esperar en un lugar lleno de gente, pero la alegre y entusiasta agitación le daba un toque de calidez al lugar que no había percibido en los pisos inferiores. Aracapeon miraba a su alrededor con curiosidad, agitando la cola con suavidad, señal de que, por el momento, no había nada que temer allí.

―"Bueno... tal vez, simplemente, estas personas se han acabado acostumbrando a los apagones. Y el incidente con la Mano tampoco ha sido para tanto." ―Se dijo Cristal, respirando hondo.

Finalmente, se le habían acabado pasando los efectos de los accesos de pánico, y las explicaciones racionales que se le habían ocurrido para todos aquellos sucesos, tan extraños dentro de lo habitual en un antiguo cementerio pokémon embrujado, la estaban ayudando a tranquilizarse.

No obstante, seguía habiendo algo en la situación que no cuadraba del todo. Y ella, por muy joven que fuera, y por muy poca experiencia que tuviera en lidiar con los sobrenatural, era la Campeona: no podía irse de allí sin haber sacado algo en claro, aunque solo fuera una explicación a todos los sustos que ya le habían dado.

Aunque, a ratos, se preguntaba por qué se le otorgaba tanto poder y responsabilidades a una persona simplemente porque había demostrado poder vencer a quien había conseguido vencer antes que ella a cuatro entrenadores de élite ¿Qué sucedería en el caso de que alguien con malas intenciones consiguiera llegar hasta donde había llegado ella? ¿Si Lance era vencido en un duelo oficial por alguien de la calaña de Giovanni o que estuviera a sus órdenes? Y eso sin tener en cuenta que, hasta poco antes de que ella naciera, habían estado en guerra; lo cual implicaba la necesidad de comandar ejércitos y combatir a vida o muerte ¡Ser Campeón estaba resultando ser mucho más imponente de lo que ella había pensado antes de iniciar su viaje, cuando se le caía la baba admirando a su predecesor combatir por televisión!

―"Bueno... por suerte, estamos en época de paz y no hay solo un campeón. Por ahora, ciñámonos a las tareas de investigación. Quien sabe... puede acabar gustándome, y que decida definitivamente dejarle a Lance lo de los poderes militares."

Se le escapó una risita irónica, y el Arcanine emitió un ladrido juguetón, como si pudiera leer los pensamientos de su entrenadora.

―¡Ayyyyy! ¡Pero que Arcanine más apuesto!

Sin que ninguno de los dos se lo esperara, una joven de cabellos de color canela apareció de la nada delante de ellos, con los grandes ojos oscuros resplandecientes como estrellas, y se quedó unos instantes observando al inmenso pokémon, fascinada. Arcapeon le devolvió la mirada durante unos instantes, y luego se acercó a ella y dejó que le acariciara la espesa melena. Cristal no pudo evitar sonreír.

―Se llama Arcapeon ―lo presentó, y este emitió un ladrido de saludo―. Y yo me llamo Cristal Soulheart.

La muchacha se inclinó educadamente.

―Yo soy Kira Joy. Y, bueno... simplemente, me encantan los perros. Perdón si he parecido demasiado efusiva... no pretendía molestar.

―No pasa nada. Es obvio que a Arcapeon le gustas mucho. Normalmente, desde que evolucionó a Arcanine, sólo deja que lo toque yo.

Kira casi se sonrojó, encantada.

―¡Entonces, es todo un honor, Arcapeon!

El pokémon volvió a ladrar, dando a entender que el sentimiento era mutuo. Kira volvió a acariciarle el lomo, y luego se dirigió a la entrenadora, esta vez más seria, casi triste.

―Bueno... supongo que tendría que preguntarte qué haces aquí a estas horas... Estáis vivos, así que supongo que tenéis que contar con una acreditación para pasar... ¿trabajáis con el señor Fuji? ¡Oh, vaya! ¡Lo siento!

El espanto de Cristal debió de manifestarse en su cara, porque, de repente, Kira parecía preocupada y compungida, y se abalanzó sobre un surtidor de agua embotellada para llenarle un vaso y llevárselo. La joven bebió un par de tragos antes de negar con la cabeza, todavía sin palabras, y la pelirroja la observó detenidamente mientras se recuperaba, con curiosidad e interés.

―Debes de ser una persona muy especial ―le dijo―. El señor Fuji es el único que se atreve a entrar en la Torre a estas horas de la noche... a parte de los trabajadores de la emisora, claro. Aunque se supone que hay un guardia de seguridad para evitar intrusiones... en realidad no hace falta: los muertos la guardan, y todo el mundo lo sabe. Desde siempre. Los sicarios del Team Rocket fueron los únicos que se atrevieron, en su momento, a profanar este lugar... y lo pagaron muy caro.

Cristal se repuso de inmediato: aquella información se podría considerar como respuestas concretas y sucintas en medio de tanta vaguedad.

―Verás, Kira... tal vez se puede considerar que soy una persona especial, en cierto modo: soy la actual Campeona de la Liga Pokémon. Y he venido respondiendo a una alerta por código rojo.

La muchacha se quedó mirándola con los ojos muy abiertos durante unos instantes. Luego desvió la mirada hacia Arcapeon, repentinamente nerviosa; y la joven entrenadora se sintió mal: de pronto, Kira le estaba dando la impresión de sentirse particularmente intimidada, y de estar preguntándose si abordarles tan desinhibidamente había sido buena idea. El Arcanine respondió a sus sentimientos emitiendo un gañido suave, casi suplicante, y se apretó cariñosamente contra las piernas de su nueva amiga.

―Lo siento... jamás se me hubiera ocurrido...

―No pasa nada, en serio ―la interrumpió Cristal―. Soy una chica normal y corriente, como cualquiera. He he conseguido las medallas de Johto, he estado en algunas situaciones peligrosas y he vencido al Alto Mando y al Campeón... pero eso no me hace diferente a nadie. De hecho, siempre he sido una especie de rata de biblioteca, de esas a las que nadie dirige la palabra en el patio del colegio ¡Seguro que a cualquiera de mis viejos compañeros de escuela se les hace menos raro que me trate de tú a tú con el Maestro Dragón Lance Wataru, que todavía me resulta un poco intimidante, que a mí misma!

Kira se relajó un poco, pero seguía pareciendo un poco tensa. Aunque ya no parecía que se debiera a la presencia de la Campeona.

―Entonces... ¿alguien ha lanzado una alerta por código rojo?

Cristal asintió.

―Mientras venía para acá, me he encontrado con algunos trabajadores, y me han estado diciendo más o menos lo que me acabas de decir tú... que en este lugar hay decenas de espíritus incapaces de encontrar la paz, y que la Mano Blanca se ha vuelto particularmente agresiva desde que se trasladó el cementerio ―respondió―. Pero lo único que he conseguido sacar en claro, a parte del hecho de que este lugar está embrujado, es que la Mano Blanca no tiene nada que ver con la alerta que me llegó por radio.

La joven pelirroja la escuchaba detenidamente, con una expresión en la cara que le recordó, sin poder evitarlo, a la que ponía Arcapeon cuando le decía algo que no terminaba de entender. Luego guardó silencio durante unos instantes, con el ceño fruncido.

―Y esa alerta... ¿la has recibido tú, específicamente? ¿O había más gente contigo en la habitación?

―Creo que la persona que la mandó, Anthony Torrance, estaba tan desesperado que le daba igual quién la recibiera... pero, cuando yo le respondí, me reconoció, y me pidió que buscara, o mandara, ayuda. Me sorprendió bastante, porque no conozco a ningún Anthony Torrance.

Kira emitió una exclamación de incredulidad, pero luego le dedicó una sonrisa traviesa.

―Ah... ¿no lo conoces? Entonces supongo que a quien sí conocerás es a Daniel Torrance.

―Sí. Hemos tenido una conversación esta tarde, en el Centro Pokémon. Decía que no vendría a trabajar esta noche.

El alegre rostro se ensombreció repentinamente.

―Ajá... ¿y te dijo por qué?

―No. De hecho, tuve la impresión de que prefería no hablar del tema. Fue la enfermera Joy la que me dijo que la Torre estaría cerrada esta noche... y tampoco me dijo por qué, a pesar de que el señor Fuji la instó a que me lo explicara.

La mención del nombre de la enfermera Joy hizo que la muchacha se pusiera repentinamente pálida, y los brillantes ojos se le quedaron opacos. Demasiado tarde, se percató del hecho de que tenían el mismo nombre, y supuso rápidamente que debía tratarse de una pariente cercana.

Y, a juzgar por su reacción, la relación no era en absoluto buena.

―Perdona, no quería...

―No ―la interrumpió Kira, con firmeza―. No te disculpes. Tengo que acostumbrarme a esto... Joy es una institución en Pueblo Lavanda, no puedo prohibirle a la gente que hable de ella delante de mí. Simplemente... me resulta doloroso tenerla tan cerca y no poder ir a verla. Y hace tanto tiempo que ella no me visita a mí... aunque no le guardo rencor, claro. Soy consciente de que es probable que ni siquiera sepa dónde estoy. Ójala esta situación horrible acabe pronto.

Cristal se sintió tentada a preguntarle cuál era el motivo de este distanciamiento tan radical; que debía de ser particularmente poderoso, teniendo en cuenta que la Torre estaba a apenas diez minutos a pie del Centro Pokémon. Pero, a lo largo del poco rato que llevaba en aquel pueblo, había ido llegando a la conclusión de que, si un lavandés se proponía no abrirle su corazón a un extraño, no lo haría por nada del mundo. Así que respiró hondo para evitar volver a echarse a llorar y esperó a que Kira le dijera algo más. E hizo bien, porque nadie parecía más interesada en cambiar de tema que su nueva eventual entrevistada.

―Entonces... se supone que la Torre debería estar cerrada ―recapituló la pelirroja, de nuevo con el ceño fruncido―. Vale... eso explica este ambiente tan raro... no creo que tengamos que preocuparnos por ese detalle. Pero... ¿un código rojo? Eso no es normal. La Mano Blanca es una pesadilla para todo el mundo... pero la mayoría de los muertos son inofensivos. Sólo se dedican a vagar de acá para allá, llorando o gritando... cambiar las cosas de sitio, jugar con el papel higiénico, comerse la comida de la sala de descanso en cuanto aprenden cómo hacerlo, practicar sus movimientos... vamos, llamar la atención todo lo que puedan... o, simplemente, mantenerse ocupados con cualquier cosa. Son pokémon entrenados, y no son hostiles al ser humano. Yo diría que algunos de ellos ni siquiera son conscientes de están muertos... y pasan sus horas muertas intentando jugar con el personal... como si todavía estuvieran vivos.

―Según las teorías paranomales que conozco, un fantasma es un espíritu desencarnado, atado a plano terrenal por asuntos pendientes ―dijo Cristal―. Algo así como cuando los vivos tenemos insomnio. Pero tampoco puedo considerarme una experta.

Kira suspiró, con pesadumbre.

―En realidad es más o menos eso... el problema es que, de la misma manera que hay vivos y vivos... hay muertos y muertos. Y no todos los moradores eternos de la Torre tienen... los mismos motivos para quedarse. Ni necesitan lo mismo para poder marcharse.

Otra vez aquel escalofrío.

Y, sin embargo, había algo en Kira que le hacía pensar inconscientemente en una pequeña llama saltarina, alegre y cálida. Era como si sus maneras desenvueltas destilaran fuego. Tal vez fuera esa afinidad misteriosa la que había encandilado a Arcapeon, que no parecía compartir en absoluto la repentina reticencia de su entrenadora, y observaba a la chica con los ojos llenos de algo parecido a absoluta adoración.

Además de que lo que les estaba contando, aunque bastante vago, era muy interesante; y echaba algo de luz sobre el suceso que acababa de tener lugar hacía unos minutos.

―Eso tiene sentido ―comentó―. No puede ser que las únicas almas en pena que rondan por el cementerio sean las de los asesinados por el Team Rocket ¿no? ¡Este edificio debe de tener casi un siglo!

―Me encantaría poder confirmarte eso... pero me temo que la Historia nunca se me ha dado bien ―se lamentó Kira―. Pero tenemos por aquí a una eminencia, que estará encantado de contarte... todo lo que haya que saber sobre la Torre Pokémon. Anthony Torrance le ha preguntado alguna vez, para ayudar a Daniel en sus investigaciones... y ha tenido que acabar retándolo a un combate sólo para conseguir que cambiara de tem¡AH!

De repente, sin previo aviso, una fuerza salida de ninguna parte, como un viento huracanado invisible, levantó por los aires a la joven y la estampó sin piedad contra el techo.

―¡KIRA!

Arcapeon comenzó a gruñir y ladrar con todas sus fuerzas hacia el techo, contra el que yacía, semiinconsciente, su nueva amiga. Ante los ojos aterrorizados de la Campeona y su Arcanine, el cuerpo de la muchacha empezó a hundirse lentamente en la sólida superficie, como si esta la estuviera devorando.

Esta vez, Cristal no necesitó pensárselo dos veces. Tanto ella como el pokémon echaron a correr a toda velocidad por el pasillo, buscando la escalera con la vista mientras esquivaban puertas que se abrían a su paso y gente con la que se cruzaban, que se detenían a mirarlos con una mezcla de desidia y fastidio, sin intentar detenerlos para preguntarles qué había ocurrido o qué hacían allí. Como si ver a una Campeona de la Liga Johto y a su pokémon atravesando el edificio a toda velocidad les sorprendiera tanto como ver a una de las trabajadoras del lugar repentinamente sacudida por fenómenos paranormales justo antes de desaparecer ominosamente, es decir, absolutamente nada.

―¡Alas de Giratina! ―exclamó, escandalizada― Si lo que acabamos de ver se considera normal en ese sitio ¡no me quiero imaginar qué es lo que consideran anormal!

Sólo se detuvieron tras haber subido la escalera, y sólo para tomar aliento. Luego miraron a su alrededor, buscando con la vista. A Kira. A su atacante. Algo extraño, fuera lo que fuera. Alguien a quien preguntar. Cualquier cosa.

Pero no encontraron absolutamente nada. Ni a nadie.

El Arcanine emitió un gañido triste, con aire angustiado.

―Tranquilo... ―le susurró su entrenadora―. La encontraremos. Por lo pronto... ¿puedes ver u oír algo en esta planta?

Tenía la impresión de que su voz levantaba ecos, como si el silencio estuviera reprochándole haber hablado. Arcapeon se inclinó hasta el suelo y empezó a olfatear. Luego se adentró en el pasillo, deteniéndose de vez en cuando para mirar a su alrededor, desconcertado. Cristal lo seguía, despacio, con todos los sentidos alerta.

Finalmente, el pokémon se detuvo y empezó a rugir por lo bajo, y la joven empezó a sentir que se le secaba la boca: estaba empezando a intuir lo que significaban aquellos gruñidos y ladridos aparentemente sin sentido, y cada vez le gustaban menos.

Por eso no se sorprendió demasiado cuando las luces volvieron a apagarse. Ni el repentino descenso de la temperatura.

―Arcapeon, usa Destello.

Ni siquiera el cálido fulgor ígneo del pelaje del pokémon pudo espantar aquel frío antinatural.

Ni contribuir a tranquilizarla, porque, de pronto, tenía la sensación de que el aire se volvía más denso. O tal vez eran sus pulmones los que se estaban debilitando.

Tal vez estaba empezando a alucinar, porque tenía la impresión de que había algo rondándolos fuera del exiguo círculo de luz.

Algo molesto y furioso.

De hecho, parecía que estuviera hablándoles.

En susurros.

O desde un lugar muy lejano.

―¡Kira! ¿Estás ahí? ―llamó la joven, reuniendo todo el valor que intentaba tener― ¡Si puedes oírnos, da tres golpes!

Las sombras se agitaron, y se oyeron tres sonidos sordos, más parecidos a latidos que a golpes, procedentes de algún lugar fuera del círculo de luz.

Desesperados.

Ahogados por aquellos otros sonidos, que ahora se oían mucho más cerca y se habían vuelto inteligibles.

Fuera... fuera...

―¿Quién eres? ―interrogó Cristal, por encima de los rugidos de Arcapeon― ¡Si eres entrenador, enfréntate a mí con todas las de la ley o déjanos en paz!

Los susurros se transformaron en el eco de una risa, que rebotó por todo el pasillo y se perdió en la oscuridad. Un instante después, se oyeron unos pasos que se acercaban. Arcapeon se plantó de un salto entre su entrenadora y aquella nueva amenaza.

La luz rojiza cayó sobre una muchacha joven y hermosa, que tendría sólo tres o cuatro años más que ella, vestida con ropajes rituales de exorcista. Con el cabello largo, liso y castaño, que cubría su rostro delicado hasta la nariz, y la piel tan blanca cono el hueso desnudo, parecía un auténtico cadáver viviente. Pero lo que hizo que la campeona tuviera que aferrarse al desafío que le había lanzado para no gritar de terror fueron la manera que tenía de moverse, entrecortada, como si en realidad aquel cuerpo no fuera suyo, y el brillo sanguinolento de los ojos que se intuían detrás del flequillo. Su voz sonó con un tono rasposo, duro y con resonancias metálicas, en absoluto acorde con la persona esbelta y delicada de la que procedía.

Acepto...

―¡Arcapeon, adelante!

La exorcista se hizo a un lado, y un Gastly salió de algún lugar detrás de ella y se lanzó sobre el Arcanine.

El combate no fue muy largo, pero fue el más extraño de su vida: mientras ella daba instrucciones a su Arcanine, su rival permanecía totalmente en silencio, y Gastly ejecutaba sus movimientos sin vacilar.

El pokémon fantasma atacó usando Hipnosis, y Arcapeon esquivó las ondas hábilmente para contraatacar con un Giro fuego. A pesar de que no pudo esquivar el movimiento Tinieblas con que respondió su adversario, consiguió acertarle con un poderoso Lanzallamas, y el torbellino de fuego en el que estaba atrapado hizo el resto. Cuando el pokémon se derrumbó, incapaz de continuar con el combate, las facciones de la exorcista no se alteraron lo más mínimo.

Pero un velo de sombras se desprendió de su cuerpo, que se derrumbó como una muñeca de trapo.

Cristal corrió a su lado, preocupada.

―¡Hey! ¿Se... se encuentra bien?

La joven se agitó un poco y abrió los ojos. Eran grandes, castaños y límpidos, y la miraron con una sorpresa absoluta, casi terror.

―¿Qué... qué ha pasado? ¿Quién... eres tú?

Su voz se había vuelto suave, cálida y tan diferente de los siniestros murmullos que había emitido antes que resultaba totalmente irreconocible.

Aquello bastó para que Cristal intuyera que lo que acababa de ocurrir no podía ser normal.

―Bueno... eso debería preguntarlo yo ―respondió, con un desenfado mezclado con perplejidad―. Depués de todo, ha sido usted quien ha estado acosándonos, intentando echarnos de aquí, y quien ha aceptado librar un combate conmigo.

La expresión cada vez más confusa de la exorcista no podía ser más elocuente, y la Campeona se sintió casi mareada,

―¿No... no se acuerda de nada?

―Lo último que recuerdo es haber estado intentando arreglar un jarrón que la Mano Blanca había tirado al suelo ―respondió―. De hecho, yo... no soy entrenadora.

O era la mejor actriz que había conocido en toda su vida, o era imposible que estuviera mintiendo. Y la expresión de cautela mezclada con alarma con que escrutó la oscuridad a su alrededor lo refrendaba: era evidente que aquella chica no tenía ni idea de lo que había pasado allí. Y, además, el hecho de que el Gastly con que había combatido no fuera suyo explicaba que no le hubiera dado órdenes mientras se batía.

―Entonces... ¿contra quién, o contra qué, he estado luchando? ―Preguntó, en voz alta, sin poder contenerse.

―¿Dices que he intentando... echaros de aquí? ―Preguntó la exorcista, con tono dubitativo.

―Sí. No decía que nos fuéramos... y luego la reté, y usted aceptó.

―¡Oh! Pues, tal y como lo describes, es una posesión.

―¿Una... posesión?

―Sí... es cuando una entidad toma el control de un cuerpo que... no es el suyo.

Cristal había oído hablar de ese tipo de fenómenos; pero, como le sucedía con todas las demás historias de fenómenos paranormales, sólo había creído en ellos a medias. Y enterarse de que eran reales no le resultó mucho más agradable de lo que le había resultado enterarse de la existencia de los fantasmas.

―"¿Qué va a ser lo próximo? ¿Vampiros? ¿Licántropos? ¿El Yeti?"

―Entonces... ¿estaba usted poseída?

―Supongo... más o menos. Algunos de los espíritus que moran en la Torre... hacen cosas de ese tipo de vez en cuando... sobre todo los más perturbados. Pero es la primera vez que me pasa... es una sensación rara.

Se sentía algo más tranquila estando acompañada, pero la idea de estar lidiando con un ente que podía obligar a cualquiera a hacer cualquier cosa no le gustaba absolutamente nada. Arcapeon todavía parecía muy nervioso, pero era evidene que la fuente de su nerviosismo ya no era la que había sido su contrincante. El Gastly revoloteaba de acá para allá, explorando la oscuridad, con un aire preocupado, mientras el Arcanine olfateaba el aire a su alrededor, una vez más, buscando el rastro de Kira. Su expresión entristecida sólo podía significar que había desaparecido del todo.

Sin embargo, estaba convencida de haber oído los tres golpes, aunque no sabía desde dónde había llegado el sonido: la muchacha estaba allí, en alguna parte.

―Disculpe... ¿cómo se llama? ―Le preguntó a la exorcista.

―Me llamo Dulcinea Masaki―contestó, con una sonrisa que hacía juego con su nombre―. Pero la gente suele llamarme Dulce.

―Yo me llamo Cristal Soulheart. Mucho gusto.

Los ojos de la exorcista se iluminaron de entusiasmo, y le estrechó la mano con efusividad.

―¡Oh! ¿Eres la Campeona? ¡Encantada de conocerte! No me he perdido ni uno solo de tus combates televisados... y hasta hubiera ido en persona a verte combatir contra Lance. De no haber tenido que quedarme aquí, quiero decir.

Normalmente no le gustaba ser reconocida por sus fans durante sus viajes, pero aquella noche se sentía tan desorientada, tan llena de presentimientos extraños y hostigada por motivos desconocidos, que no le importó.

―Por cierto... ¿en qué puedo ayudarte? ―le preguntó Dulce, que parecía más que encantada con el simple hecho de estar hablando con ella― La gente de por aquí me ha dicho que... si uno de los espíritus de la Torre posee a alguien... es para poder luchar contra un intruso. Pero es evidente que tú no eres una profanadora... así que estás aquí para cumplir una misión ¿no?

Por fin una persona que parece más interesada en explicarme algo que en que yo le dé explicaciones, se dijo la joven entrenadora.

―La historia se está alargando cada vez más ―contestó―. Pero, ahora mismo, el problema es que un chica que se llama Kira Joy ha sido víctima de un ataque mientras hablaba con nosotros.

―¡Kira Joy! ―exclamó Dulce, conmocionada― ¿Qué clase de ataque?

―Literalmente, se la ha tragado el techo del piso de abajo.

―¡Santas Tablas! Pues venga, vamos a buscarla. No puede estar muy lejos.

Y, dicho esto, se adentró en la oscuridad con tanta decisión que Cristal casi dudó de seguirla.

Aunque seguía haciendo bastante frío, la temperatura parecía haber subido unos grados; tal vez por el efecto de las llamas de Arcapeon, tal vez porque la influencia oscura que había poseído a Dulcinea se había retirado por el momento. La entrenadora había empezado a acostumbrarse a la oscuridad, y el resplandor de la melena de su Arcanine ya le permitía caminar sin temor a chocar contra algo, aunque no fuera suficiente como para poder ver mucho más allá de un par de metros por delante de ella. Sin embargo, seguía habiendo una tensión oscura en el aire, y Dulce era la única que no echaba miradas nerviosas por encima de su hombro, inquieta, cada vez que se atrevían a levantar la voz para volver a llamar a Kira.

Los tres golpes que habían convenido como señal sonaba cada vez más fuertes y urgentes, y Cristal tenía la curiosa impresión de que la exorcista sabía de donde procedían, a juzgar por sus aparentemente caprichosos cambios de dirección cada vez que los oían.

―Esto es raro ―comentó, en un momento dado, justo al pie de la escalera de subida al piso siguiente―. Primero aquí, luego justo detrás, luego otra vez en las escaleras... parece que nos está haciendo dar vueltas en círculos.

Arcapeon emitió un gañido suplicante que hizo estremecerse a su entrenadora.
―Entonces ¿está jugando con nosotros? ―preguntó, horrorizada― ¿Con la vida de Kira como cebo?

―Creo que a lo mejor... deberíais contarme esa historia tan larga. Normalmente, los muertos no... atacan a los suyos sólo porque sí. Ni siquiera los que están más corrompidos y furiosos. Por eso estamos convencidos de que la Mano Blanca es... otra cosa.

Aquellas palabras hicieron que Cristal se sintiera extraña. No estaba del todo segura de cómo debía interpretarlas. Pero entendía lo que Dulce estaba insinuando, así que empezó a relatarle todo lo sucedido desde el momento en que se había encontrado con Danniel Torrance en el Centro Pokémon.

Lo que ni siquiera se le había pasado por la cabeza fue que, cuando empezó a contarle lo sucedido con Lucas y las hermanas Grady, se detuviera en seco y se quedase mirándola fijamente, con la boca abierta y los ojos de color miel más grandes que nunca.

―Por favor... cuéntame qué pasó en ese momento ―le pidió, casi con un hilo de voz, con una gran emoción contenida―. Con todo detalle. Es importante... al menos, para mí.

La Campeona asintió, confusa, y trató de rescatar todo lo posible del triste relato de Casandra, así como las palabras con que ella les había respondido.
Cuando le contó cómo se habían esfumado en el aire durante el escaso instante en que había tenido los ojos cerrados, la exorcista se dejó caer en el suelo, de rodillas, con el cabello castaño ocultando su rostro. Durante un instante, Cristal tuvo la impresión un poco inquietante de que se estaba postrando ante ella, como los antiguos súbditos ante sus emperadores. Pero entonces vio las sacudidas silenciosas de sus hombros, y cómo Arcapeon acachaba tristemente las orejas y la vista, y se dio cuenta de que estaba llorando.

―Oh, no... por favor... ¿qué le ocurre? ¿Se encuentra bien?

―Por favor, tutéame. ―Respondió la muchacha, con un pequeño hipido, mientras se incorporaba lentamente y se secaba las lágrimas con una de las anchas mangas de su atuendo.

Cristal dudó de si sería contraproducente intentar darle un abrazo, pero Dulce negó con la cabeza, como si pudiera leerle el pensamiento. En cambio, la miró a los ojos con una sonrisa infinita en los labios.

―Dime, Campeona...

―Llámame Cristal, por favor.

―Gracias, Cristal. Dime... ¿crees en el destino?

Sorprendida, la joven tardó unos segundos en poder responder. Luego intentó pensar en una respuesta. Era una cuestión que nunca se había planteado, y si le hubieran hecho esa pregunta hacía un año hubiera dicho que no. Pero, después de todo lo ocurrido en Ciudad Iris, de las extrañas reacciones que habían tenido con ella algunos pokémon legendarios con los que se había cruzado, como Suicune y Ho-oh... ya no estaba tan segura.

―Yo creo que cada uno se hace su propio destino ―contestó, finalmente―. Pero no podemos controlarlo todo. Hay cosas que jamás estarán en nuestras manos. Y lo que tiene que ocurrir ocurrirá tarde o temprano, por las buenas o por las malas. Para bien y para mal. Se puede burlar al destino, pero no las Leyes del mundo.

Dulce asintió, sonriendo con tristeza, y luego miró detenidamente a Arcapeon y se inclinó sobre él. Este le lamió la cara cariñosamente, agitando la cola.

―Verás, Cristal... ¿sabes que conocerte en persona y hacerme amiga tuya... ha sido mi sueño durante mucho tiempo? ―le dijo, con un tono que hubiera podido ser casual de no estar salpicado de algo parecido a la amargura― Pero cuando pasaste por casa de Bill... cuando hubiera tenido la oportunidad de verte... tal vez incluso de pedirte que hiciéramos nuestro viaje pokémon juntas... yo estaba guardando cama. Era una enfermedad grave, y pasaba casi todo el tiempo inconsciente... ni siquiera estaba segura de si iba a sobrevivir o no. Naturalmente, Bill no sabe nada de esto. Por eso te regaló a Eevee, a mi pequeñín... para que, al menos, él tuviera la oportunidad de vivir esa aventura... tal y como habíamos acordado, y no te dijo nada más. Y, en vistas a todo lo que ha sucedido después... tal vez ha sido mejor así. Así que, por favor... no consideres que te ha mentido, o algo por el estilo.

Por segunda vez en aquella noche, la joven se había quedado totalmente sin palabras.

Pero, esta vez, no dudó ni un segundo.

Intentó abrazarla con todas sus fuerzas.

Sus manos pasaron a través del cuerpo como si se tratara de una cortina de agua, y una oleada de frío polar le recorrió la piel.

Sin embargo, allí estaba Dulce, con los grandes ojos castaños llenos de intangibles lágrimas, que manaban silenciosamente y se derramaban por su rostro de marfil hasta el cuello de las ropas rituales de exorcista. Una exorcista que, ahora que la entrenadora pensaba detenidamente en ello, se suponía que no debería estar a solas en aquella Torre de Radio oficialmente cerrada.

La terrible e inesperada revelación sacudió a Cristal como una descarga eléctrica.

―Dulce... estas... estás muerta. ―Dijo, con voz extrañamente impasible, como un acto reflejo.

El fantasma asintió con solemnidad.

―Morí poco después de lo que te acabo de contar ―respondió―. Bill se compadeció de mi soledad... y me adoptó. Me dio un nombre... cuidó de mí hasta el último segundo... y luego me enterró y me lloró. Pero ese amor no tuvo tiempo de quitarme la desilusión... de no haber podido viajar contigo. Creo que es la única promesa que Bill me ha hecho que no ha podido cumplir.

Estaba hablando con un espectro. Con un espíritu desencarnado. Un alma en pena.

Casi todo lo que la joven había ido oyendo a lo largo de toda su vida sobre eventos paranormales o apariciones estaba envuelto en un halo de misterio y ambigüedad, e incluso los testimonios más firmes y convencidos titubeaban respecto a detalles concretos, de manera que rara vez resultaban verdaderamente creibles. En lo único en lo que solían coincidir los no tan afortunados (o desafortunados) que habían presenciado sucesos de ese tipo era en lo aterrorizados que se habían sentido. Pero, a medida que la sensación de vértigo provocada por el impacto se fue disipando, Cristal se dio cuenta de que lo que sentía ella no se parecía en nada al inconfundible terror que había sentido cuando la atacó la Mano Blanca, o durante su encuentro con el ente que había provocado el apagón; sino más bien a un extraño dolor sin fuente, como de una herida impalpable que nada pudiera curar.

―Entonces... ven con nosotros ―le dijo, casi sin pensar―. Por favor, necesitamos a encontrar a Kira. Ayúdanos.

Arcapeon, que hasta ese momento había permanecido en silencio, hizo eco de la petición de su entrenadora con otro gañido suplicante. Entonces, el rostro de Dulce se iluminó con otra bella sonrisa, y Cristal sintió que aquella especie de angustia sorda se aliviaba un poco.

―No he querido otra cosa desde que supe quienes érais... pero estaba tan a oscuras como vosotros. Ahora, en cambio, todo tiene sentido. La razón por la que se han llevado a Kira, el mensaje de radio... hasta la posesión que he sufrido yo.

―Pues yo estoy cada vez más perdida ―reconoció Cristal―. Cada vez que empiezo a tener la sensación de que he conseguido averiguar algo, me estalla una nueva situación en la cara. Ya no estoy segura ni de para qué he venido.

Era como si, una vez hubiera contado la verdad sobre sí misma, Dulce se hubiera librado de una especie de carga. Hablaba de su misterioso estado con una naturalidad casi pasmosa para la todavía bastante atónita Cristal, que no tardó en darse cuenta de que la exorcista ya no movía los labios al hablar: aquella melodiosa voz que parecía haberle dado nombre sonaba sólo en sus oídos. Y se desplazaba totalmente en silencio, sin emitir sonidos de pasos, a veces incluso deslizándose por el suelo más que caminando. Era más que evidente que, una vez desvelado su secreto, había renunciado a encubrir aquellos pequeños detalles con que había desfrazado para ellos, los forasteros, eventualmente huéspedes en aquella vieja morada de los muertos, su verdadera condición.

―¿Cómo han podido poseerte, si eres un espíritu desencarnado? ―Inquirió la joven, curiosa.

―Bueno... supongo que, en mi caso, no debería llamársele "posesión"... no en el sentido en que los vivos manejáis el término―contestó Dulce―. Es más bien como una especie de... influencia externa. Como una Hipnosis particularmente fuerte.

―¿Y... lo de la voz? Quiero decir ¡te cambió muchísimo la voz!

―Seguramente, la que estaba hablando en ese momento no fuera yo, sino Gastly.

Cristal tuvo la impresión de que, si alguien añadía un dato más a aquella licuadora a plena potencia que era en aquel momento su cerebro, sufriría un cortocircuito y se convertiría en zombi. Pero Dulce seguía dando vueltas de un lado a otro, aguzando el oído, levitando hasta el techo o dando pequeños golpes en el suelo con los pies aquí o allí, con aire pensativo.

―Pero... es una buena pregunta ―dijo, lentamente―. Ya te he dicho que, normalmente... los fantasmas no atacan a los suyos. Y, además, solo los espíritus más poderosos tienen la capacidad... de embrujar a sus semejantes. Es el mismo principio que rigen... las diferencias de poder de los niveles y la resistencia ante los movimientos entre los vivos.

―Entonces, un fantasma solo puede ser sometido por otro fantasma más fuerte.

―Así es. Eso significa que estamos enfrentados... a una criatura muy poderosa.

La joven entrenadora estaba convencida de que, si se le ocurría contar alguna vez que había visto a un fantasma con el ceño fruncido por la concentración y un aire de preocupación casi contagioso, no la creería nadie. Entonces, se preguntó quién habría sido en vida Dulcinea Masaki, que había sido adoptada por la familia de Bill en sus últimos días, y por qué había estado tan interesada en viajar con ella. Había varios pequeños detalles de lo que le había dicho que le se le escapaban por completo: aún sabiendo que estaba muerta, aquella chica era un misterio para ella.

Casi se quedó sin respiración unos instantes cuando, al salir de sus propios pensamientos, vio a Dulce emerger lentamente del techo, de la misma manera que Kira se había sumergido en él.

―Ahora los golpes vienen del piso de arriba ―le dijo, ignorando con tacto su momentánea expresión de horror―. Escucha... cuanto más te adentres en la Torre... más cosas extrañas encontrarás. Lo que tienes que hacer para que devuelva a Kira... es retarlo a él. Como has hecho conmigo. Deberás apelar a Giratina, el Guardián de la Puerta, y a Arceus, el Creador... y decirle que solo te marcharás si te derrota. Se verá obligado a luchar contra ti o liberar a Kira.

―Pero... ¿cómo puede funcionar eso? ―inquirió Crystal, nerviosa― Quiero decir ¡tengo un título de Campeona, pero ni siquiera soy mayor de edad todavía! ¿Cómo voy a conseguir que me obedezca una... criatura que ni siquiera sé exactamente qué es? Es una locura.

―Eso mismo hubiera dicho yo ayer mismo a estas horas ―contestó Dulce, mirándola a los ojos muy seria―. Pero tú eres la primera persona a la que he conocido... viva o muerta, que ha conseguido luchar contra la Mano Blanca... y vencerla. Y, hasta ahora... el señor Fuji era el único ser humano vivo que había conseguido... comunicarse conmigo. Estoy segura de que podrás hacerlo. Solo tienes que hacerlo en nombre de Arceus, el Creador... y de Giratina, el Guardián de la Puerta.

―Arceus, el Creador ―repitió la entrenadora, automáticamente―. Giratina, el Guardián de la Puerta.

―Eso es. Recuerda el principio... un fantasma no puede resistirse a un poder superior al suyo, por nivel o por tipo. Arceus es el Señor de la Vida y de la Muerte... no hay nada más poderoso que él. Y Giratina será quien le abrirá paso al Otro Lado ¿Entiendes? Por eso debes invocarlos a los dos. El primero lo someterá, y el segundo le guiará... hacia el Más Allá.

Crystal asintió, a pesar de que no estaba en absoluto tan convencida de que aquello fuera a funcionar como lo estaba Dulce. Pero de lo que sí estaba convencida era de que Kira corría más peligro a cada segundo que pasaba, así que, en realidad, no le quedaba más remedio que intentarlo.

―Venga. Vamos allá.

Y, tras intercambiar una mirada cargada de determinación con Arcapeon, subio las escaleras con el paso más firme que el nerviosismo le permitía.

Un combate pokémon.

No sabía por qué tenía tanto miedo, en realidad sólo iba a ser otro combate pokémon.

La criatura estaba reteniendo a Kira para retarla, nada más.

No iba a hacerle daño si perdía...

Por las alas de Giratina, cómo le temblaban las piernas.

Pero siguió subiendo.

Aunque ya apenas recordaba cuántos pisos había subido ya aquella noche.

Y Dulcinea, en silencio, subía justo detrás de ella.

Esta vez no le sorprendió tanto que en el piso al que acababa de llegar nadie pareciera haberse dado cuenta de nada, y todo tuviera un aspecto de lo más normal.

Las luces encendidas. Una fotocopiadora funcionando con parsimonia. Sonidos de susurros y risas ocasionales tras las puertas cerradas o entreabiertas. Pero nadie que respondiera a las llamadas de la joven ni a los ladridos de Arcapeon. Sólo aquellos tres golpes sordos, como tres latidos cada vez más débiles, cuando se atrevían a preguntar a Kira si los oía.

Una vez explorada la planta, de vuelta en el amplio pasillo central y sin haber conseguido encontrar nada ni a nadie, ni siquiera a otro de los trabajadores de la emisora, la entrenadora se dio cuenta de que ya no le quedaba otra alternativa.

―¡Criatura de ultratumba! ―gritó al aire― No conozco tu nombre, pero a lo mejor tú sí conoces el mío: soy Crystal Soulheart, de Pueblo Primavera, Campeona de la Liga de Johto, y no pienso marcharme de aquí sin Kira a menos que me derrotes ¡Por Arceus, Creador de Todas las Cosas, y por Giratina, el Guardián de la Puerta del Inframundo! ¡Te reto a un combate pokémon!

Y levantó al aire la pokéball de Arcapeon, con gesto desafiante.

Durante unos instantes, pareció que no iba a ocurrir nada.

Pero entonces oyó un sonoro estallido de cristal a su espalda, que se repitió una y otra vez, cada vez más cercano: todas las lámparas estaban estallando, una tras otra, dando la impresión de que una masa de oscuridad viviente se abalanzaba sobre ellos. La temperatura descendió tan rápido que Crystal tuvo la sensación de que había caído de pronto en un lago de aguas gélidas, y sintió que le faltaba el aire. De no ser porque seguía viendo el resplandor de Arcapeon a su lado, hubiera pensado incluso que se había quedado ciega.

Una risa inhumana, a medio camino entre la carcajada y el rugido, retumbó a su alrededor. Cristal intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Casi podía sentir aquella presencia, latiendo delante de ella, invisible en la oscuridad, como una sombra que se cernía sobre ella.

―¡Por Arceus, Creador de Todas las Cosas, y por Giratina, el Guardián de la Puerta del Inframundo! ―repitió― ¡Devuélvenos a Kira Joy o acepta mi desafío, porque no voy a marcharme a menos que me derrotes!

Entonces se oyó un aullido terrible, que le heló la sangre, y Arcapeon se apretó contra ella, aterrorizado. Y ella, transida de pánico, tuvo que agarrarse a la pokéball que estaba sujetando para no agacharse a su lado en busca de cobijo, o hacerlo regresar a su pokéball para salir corriendo a toda la velocidad que le permitieran sus piernas. Cerraron los ojos con fuerza, aguardando lo que tuviera que venir.

Entonces, el aullido se apagó, dejándo detrás de sí un breve eco.

Y, entonces, llegó el silencio.

Y Cristal abrió los ojos lentamente.

Aunque estaba totalmente a oscuras, debido a la destrucción de las fuentes de luz, el pasillo tenía ahora un aspecto mucho más normal. La fotocopiadora se había detenido, y todas las risas y susurros se habían callado. Pero varias personas y pokémon se asomaban, pálidos y temerosos, desde detrás de las puertas ahora entreabiertas, y los observaban furtivamente. Hacía un frío terrible, pero la joven lo asoció a las secuelas del breve enfrentamiento con el espectro, así que no le dio mayor importancia.

Lo único que le importaba en aquel momento era que, a los pies de la escalera, inconsciente pero aparentemente ilesa, estaba Kira Joy.

Infinitamente aliviada, la campeona dejó escapar un profundo suspiro y se dejó caer al suelo, agotada, mientras Arcapeon corría junto a Kira y empezaba a dar vueltas a su alrededor, emitiendo leves sollozos.

—Tranquilo —le dijo a su pokémon, todavía sentada en el suelo, con una leve sonrisa cansada—. Está bien... Se recuperará.

Apenas había terminado de pronunciar estas palabras cuando la joven comenzó a rebullir. Unos instantes después, abrió los ojos y se incorporó, mirando a su alrededor con aire de confusión.

—¿Qué me ha pasado? ¿Qué hago aquí?

—¡Kira! —exclamó Cristal, poniéndose de pie y acercándose para ayudarla a levantarse. Kira rechazó su ayuda con un educado ademán y se puso de pie, sacudiéndose cuidadosamente la ropa— ¿Estás bien? ¿Recuerdas algo?

—Recuerdo que estaba como atada... como si la oscuridad que me rodeaba estuviera hecha de telas de araña... espesas y... viscosas, en las que estaba enredada. Arcapeon y tú me estabais llamando, pero vuestra voz se oía muy lejos... —contestó, con voz temblorosa—. Y yo gritaba... gritaba sin parar, piendo ayuda... pero tenía la impresión de que no podíais oírme. Parecía que las sombras que me habían atrapado se tragaran mis gritos...

Su voz se convirtió en un susurro quedo, y se estremeció de pies a cabeza, negando con la cabeza, como quien intenta olvidar del todo una pesadilla de la que acaba de despertar. Se inclinó sobre Arcapeon y le acarició cariñosamente el cuello, mirándolo a los ojos. Ambos estaban inusualmente serios, con los ojos brillantes, comunicándose sin palabras.

De pronto, el pokémon emitió un aullido largo y lastimero, de infinita dolor, como si se le estuviera partiendo el corazón, y Kira se arrodilló a su lado y lo abrazó con fuerza, con lágrimas en los ojos. Pasaron unos largos minutos así, en silencio.

Cristal los observó en silencio, conmovida. Era evidente que su amiga había sufrido una experiencia aterradora, y había llegado a temer sinceramente no volver a ver la luz nunca más. También era evidente que Arcapeon había desarrollado con ella una conexión especial, al margen de la que tenía con ella, y que él también había tenido mucho miedo a perderla. Pero no podía evitar tener la impresión de que había una tristeza extraña en aquel reencuentro, como si aquella oscuridad no se hubiera ido del todo, y hubiera puesto entre ellos una especie de barrera infinita.

Sin embargo, algo le decía que era mejor esperar a que aquella conversación silenciosa terminase y no preguntar después de qué había tratado; así que, simplemente, respiró hondo para tragarse sus propias lagrimas y esperó.

Y debía de estar haciendo lo correcto, porque Dulce, que estaba levitando silenciosamente junto a ella, también con los ojos empañados, tampoco dijo nada.


Al parecer, han conseguido dar con la ayuda que necesitaban, aunque no venía precisamente de donde esperaban. ¿Quién será en realidad Dulcinea Masaki? ¿Qué le ha ocurrido en realidad a Kira mientras estaba atrapada? ¿Quién, o qué, es en realidad la criatura que la había secuestrado, y se había apoderado de Dulce? Continuará...