Antes de empezar con el capítulo ¡mil perdones por el retraso! Me resulta particularmente difícil describir combates pokémon. Espero que el resultado sea de su agrado.


—Perdonad, pero... ¿qué significa todo esto?

Cristal apartó la vista de Arcapeon para buscar con la vista la procedencia de la voz masculina que le estaba hablando.

Era un hombre de mediana edad, con una melena rizada de color violáceo que le llegaba por los hombros y un bigote espeso del mismo color, pero lo que más llamó la atención tanto de la Campeona como de Arcapeon fueron sus ojos de color carmesí, que en ese momento estaban fijos en ella con una expresión nada amistosa. La joven se puso de pie de un salto y se inclinó repetidamente:

—¡Losientolosientolosientolosiento...!
Kira y Arcapeon también parecían algo intimidados, pero Dulce se quedó mirándola con expresión de perplejidad.

—Cristal... —le preguntó— ¿Por qué estás pidiendo disculpas?

—Ni idea. Por todo el ruido que habré hecho, supongo...

—¿Ya estás otra vez espantando a la concurrencia, Cross? —inquirió una voz femenina, fuerte, enérgica y claramente molesta—. Luego te sorprende que nadie se atreva a combatir contigo.

Una mujer de larga melena de color lila, que debía de tener más o menos la misma edad que él, con los ojos grandes y negros y vestida con ropas de terciopelo ligeras, salió de una de las salas adyacentes. Era delgada y de aspecto frágil, pero al menos una cabeza más alta que el hombre; de manera que daba la impresión de estar inclinándose sobre él mientras lo reprendía.

—Vamos, Vemy... ¡sólo he hecho una pregunta!
—¿Y para hacer una pregunta... tienes que dar la impresión de que vas a comerte a alguien? Anda... vuelve a tus asuntos y déjame a mí las relaciones públicas —el tono de su voz cambió drásticamente cuando se dirigió a Cristal, devolviéndole cortésmente la reverencia— Disculpe a mi primo, por favor. No lo hace con mala intención... en realidad es un muchacho amable. Pero entre lo brusco que es y que el aspecto no le acompaña...

La joven entrenadora respiró hondo, mientras Arcapeon se situaba a su lado para reconfortarla con unos lametones en la mano. Kira se quedó mirando a Dulce durante unos instantes, con los ojos muy abiertos, y parecía que iba a preguntarle algo, pero al final no dijo nada. A Cristal se le ocurrió de repente que tal vez los lavandeses eran tan herméticos respecto a sus asuntos debido precisamente a aquella misteriosa capacidad para entenderse sin apenas palabras: para ellos, hablar con un extraño de algo tan íntimo como sus problemas asociados a sus difuntos debía de ser como abrirle su corazón a alguien que ni siquiera comprendía bien su idioma. En ese sentido, era relativamente normal que no confiasen demasiado en nadie a quien tuvieran que dar demasiadas explicaciones. Pero seguía teniendo la impresión de que había algo un tanto confuso en todo aquello, algo que se le escapaba cada vez que estaba a punto de asirlo.

Era obvio que Kira conocía a Dulce. De hecho, parecía incluso que se llevaban bien.

Más aún, tampoco aquellas otras dos personas que acababan de aparecer, Vermy y Cross, daban la menor impresión de estar sorprendidas ante la presencia de una exorcista en las instalaciones de la Torre de Radio, ni siquiera de que estuviera flotando a diez centímetros por encima del suelo.
—¡Dulce! ¿Tú por aquí? —le comentó Cross, con una sonrisa afilada casi más aterradora que su expresión airada de hacía unos minutos— Normalmente andas... unas cuantas plantas más abajo ¿Qué te trae aquí arriba?

—He venido con Cristal a buscar a Kira. —respondió la muchacha, con tono alegre— ¿Y vosotros? ¿Estáis bien?

—Sí, sí, por supuesto. Pero esto nos ha pillado por sorpresa... no entiendo qué pasa esta noche, parece que él está... particularmente revuelto ¡Y ahora abrimos la puerta... y nos encontramos con una forastera... dando vueltas por la Torre en plena noche! Entenderás que quiera saber... si tiene algo que ver.
Kira se armó de valor y se interpuso entre Cristal y Cross, con ademán protector.

—No, no tiene nada que ver. —Comentó, rápidamente.
La joven entrenadora se sintió repentinamente avergonzada. Se suponía que estaba allí para socorrer a aquellas personas, que había ido a la Torre expresamente para ayudarlas; estaba incluso abriéndose paso con un título que la hacía sentirse más insegura y preocupada que fuerte y valiente. Si aquella gente tenía que defenderla de sus propios compañeros de trabajo, lo único que podía hacer en realidad era ceñirse al plan original: buscar al señor Fuji y dejar que él, que sabía infinitamente mejor que ella lo que tenía que hacer, solventara la situación.

Estaba empezando a pensar en si debía preguntar por el anciano sacerdote allí mismo o, simplemente, disculparse por las molestias e intentar salir de la Torre, cuando notó que alguien le ponía la mano en el hombro con suavidad.

Era Dulce, que la estaba mirando con tanto cariño como podría haberla mirado su propia madre, o una hermana.

—¿Como...?
—Puedo tomar consistencia voluntariamente delante de las personas que pueden verme —explicó, con una sonrisa, adelantándose a su pregunta— ¡Eres tan curiosa! Pero no tienes que sentirte mal por eso... yo también lo soy. Además... es gracias a tu curiosidad que nos hemos conocido.

—No puedo hacer esto, Dulce —confesó ella, aterrada—. Sencillamente, este no es mi sitio.

—Esta Torre ya no es el sitio de nadie, ni siquiera el de ninguno de los que estamos aquí —respondió la exorcista, seria—. Y tú has sido capaz de exorcizar a un espíritu hostil... no porque nadie te hubiera pedido que lo hicieras... ni porque fuera tu deber como Campeona... sino, única y exclusivamente, porque querías salvar a una persona... a la que acababas de conocer. Una persona de la que lo único que sabías era su nombre ¿Tengo que recordarte que Red Ketchum... era de Pueblo Paleta, y que no era todavía Campeón... cuando entró en esta misma Torre... para enfrentarse a Team Rocket y liberar a Marowak? ¿Todo para salvar al mismísimo señor Fuji... a quien, por cierto, tampoco conocía? Estás haciendo esto porque te sale del corazón... simplemente porque quieres ayudarnos ¿Hay mejor justificación que esa para ayudar? Es más ¿de verdad necesitas que este sea tu sitio para ayudar? Porque eso no es lo que yo he visto en ti.

Cristal sintió que una sola lágrima resbalaba lentamente por su mejilla, a pesar de sus propios esfuerzos para contenerlas.
En lo único que ella había pensado al ver cómo el techo se tragaba a Kira era que aquella persona, fuera quien fuera, necesitaba ayuda. Había actuado como actuaba mientras conversaba con sus pokémon, o mientras combatía o entrenaba con ellos; guiada por sus impulsos. Precisamente, lo que peor se le daba hacer.

Ella, que se había entrenado duramente desde pequeña para adquirir aquella habilidad para atrapar pokémon, y que había basado gran parte de su carrera como entrenadora y como investigadora en el conocimiento enciclopédico que iba adquiriendo sobre ellos a través de ese método. Ella había calculado milímetro a milímetro cada etapa de su vida, y equivocarse jamás entraba dentro de sus planes; por lo que tenía que ceñirse al plan como fuera. Porque, desde el momento en que algo se salía del esquema, tenía la sensación de que todos los esquemas iban a derrumbarse sobre ella y aplastarla.

´ Bill, que había creado un sistema de almacenamiento él solo, era inteligente. Lance, el Maestro Dragón, era un entrenador fuerte. Morti, tan cercano a los pokémon fantasma que parecía formar parte de su misterioso mundo y sabía de una manera que casi parecía instintiva cómo hacerles utilizar su pleno potencial, era una persona talentosa. La única capacidad más o menos innata que ella poseía, lo único que no había aprendido sacándolo de los libros, era la certeza de que la única manera que tenía de aprender a hacer algo era dejarse la piel en ello. Que incluso el amor tiene que aprenderse, porque incluso amar correctamente exige un esfuerzo de la conciencia y la voluntad. Ni su inteligencia, ni su talento, ni su poder como entrenadora eran innatos. No tenía nada que no pudiera tener cualquier otra persona.

Y allí estaba aquella persona a la que acababa de conocer, diciéndole que nunca había visto a nadie hacer lo que acababa de hacer ella.

—Dulce... no sé a qué clase de gente habrás conocido tú, la verdad... pero yo no tengo nada especial.
La muchacha sonrió con dulzura, como si fuera una maestra de escuela intentando hacerse entender por una niña angustiada que se resistiera a comprender la lección más sencilla del mundo. De hecho, Cristal no pudo evitar tener la impresión de que, en aquel momento, era precisamente eso.

—Cristal... sí tienes algo especial —la contradijo—. Tal vez no lo hayas visto hasta ahora... porque nunca habías tenido ocasión para mostrarlo. Pero yo no estoy apelando a tu título... estoy apelando a lo que yo misma he visto. Bill siempre decía que, cuando eliminamos lo imposible... lo que queda solo puede ser la verdad.

—Bill es una de esas personas para las que hacer una obra maestra de ingeniería informática es tan sencillo como abrir una puerta. —Replicó la joven.

La exorcista suspiró sonoramente, con algo que parecía exasperación. Esta vez, a Cristal ya no le sorprendió ver al espectro comportarse como un ser humano vivo.
—Pues, entonces, piensa en el código rojo —le suplicó, con una mirada castaña húmeda e implorante—. Eres tú la que ha recibido la alerta... y es obvio que el señor Fuji no está aquí. No te ha ido tan mal hasta ahora... algo debes de estar haciendo bien ¿no? ¡Eres la Campeona!
Desde luego, Dulcinea tiene razón, pensó la joven. El problema es que yo no tengo ni idea de qué es lo que se supone que estoy haciendo bien, y eso me impide replicar el experimento.

—"Pero, sobre todo, tiene razón en dos cosas: he recibido una alerta por código rojo y soy la Campeona. Así que... bueno, supongo que tengo que seguir con lo que me he propuesto hacer. Al menos, hasta que encuentre al señor Fuji y pueda pasarle el testigo."

Respiró hondo para contener más lágrimas y apretó los puños.
—Me llamo Cristal Soulheart, y soy la actual Campeona de Johto —dijo, intentando dar la impresión de que tenía algo de seguridad en sí misma—. Pasaba por Pueblo Lavanda por casualidad durante mi viaje por Kanto, y he venido únicamente porque he recibido una alerta por código rojo a través de una radio embrujada... a pesar de que estaba convencida de que la Torre iba a estar cerrada esta noche.

Cross y Vemy se quedaron mirándola de repente, con los ojos abiertos como platos. Bueno, se dijo la joven. Al menos, he conseguido que me escuchen.

—Por el camino, me he encontrado con gente que me ha dicho que las cosas han empezado a ponerse raras desde que el cementerio se trasladó. Pero la única persona que ha podido decirme algo claro al respecto ha sido Kira... y la han atacado por intentar ayudarme. Supongo que eso significa que sí, que es posible que mi presencia esté relacionada con todo esto. Pero les aseguro que no pretendía causar ningún mal: he venido aquí creyendo sinceramente que había vidas en peligro.

Cross y Vemy se miraron en silencio. Luego, Cross la saludó solemnemente con una inclinación, al estilo ninja.

—Siento haber sido descortés —se disculpó—. Velmy tiene razón: nuestra maestra, que en paz descanse... jamás hubiera tolerado semejante comportamiento.

—No pasa nada —contestó, aliviada, devolviendo la reverencia—. Usted tiene razón, soy forastera. Entiendo que tengan sus reservas.

—No obstante, sigue sin ser una excusa —añadió Velmy, y Cross asintió, con aire contrito—. Independientemente de que ahora mismo residamos aquí... pertenecemos al respetable clan Kyo de Ciudad Fucsia. Se nos entrenó para obedecer a nuestro señor... y ayudarlo en cuanto hubiera menester, aunque nos fuera la vida en ello. Estamos a sus órdenes, Campeona.

—Y tú tampoco te hagas mala sangre conmigo, Kira... —protestó Cross, mirando a la aún un poco reticente muchacha peliroja, con cierto fondo de dolor en la voz—. Nadie ha visto nunca a un murciélago con un perro en la boca.

Arcapeon emitió un ladrido alegre y agitó con suavidad la cola, y Kira entornó los ojos, ya no asustada, pero sí visiblemente fastidiada.

—Si es un vampiro, sí.

—Venga, mujer, que no era nada personal... —continuó él, de nuevo con su sonrisa aterradora. Cristal no pudo evitar llegar a la conclusión de que aquel hombre daba miedo hasta en sus mejores momentos, y lo único que se podía hacer al respecto era no tenérselo en cuenta— Era un combate oficial... no iba a dejarme ganar solo para gustarle más a mi oponente.

—Además, al final nos quemaste el trasero a base de bien —agregó Velmy, con cierto tono sardónico—. Se puede considerar que estamos en paz ¿no?
—Y, si hasta entre nosotros tenemos rencores... ¿cómo se supone que vamos a poder enfrentarnos juntos a... nuestro problema común? —Terminó Dulce.

La joven campeona le lanzó una mirada divertida a su nuevamente alborozado Arcanine, que ahora mismo parecía estar pasándoselo en grande, como si entendiera mejor que ella aquella conversación. Lo único que le parecía obvio era que debía de haber una historia detrás de la reserva de Kira respecto a los primos del clan Kyo; tal vez una anécdota del pasado, un acontecimiento más o menos personal que había desembocado en una relación laboral tensa. Lo que sí era evidente era que Dulce era, de alguna manera, el punto en común de los dos (bueno, de los tres).

Era una situación de lo más extravagante, desde luego. Y no podía dejar de encontrarla tan interesante como singular; a pesar de aquel peso creciente que sentía en el estómago, que seguía diciéndole que se le estaba escapando algo. Algo muy importante, y que iba más allá de la curiosa amistad entre un espíritu desencarnado y los trabajadores del lugar que estaba embrujando. Pero no tenía tiempo para pensar en eso: tenía que retomar su misión de inmediato.

—Oye, Kira... antes de que te raptaran me estabas diciendo que tenías que presentarme a alguien —le dijo a la joven pelirroja, que ladeó la cabeza y frunció levemente el ceño, como si se hubiera olvidado por completo de aquello. Cristal creyó oportuno refrescarle un poco la memoria—. Alguien que conoce particularmente bien la Historia de la Torre Pokémon.

Kira emitió una exclamación baja, entusiasmada.

—¡Por supuesto! Se llama Mazakala Hallorann, "Mazky" para los amigos. Si él no sabe nada sobre cómo era la Torre antes de que viniera el Team Rocket... es que no queda nadie aquí que pueda decirnos lo que necesitamos saber.

Esta vez fue Cross quien se puso repentinamente pálido, y Velmy tragó saliva, un poco incómoda. Pero Cristal ya había decidido que, si seguía dejándose sorprender por cada nuevo detalle de los chascarrillos cotidianos de la plantilla del turno de noche de la Torre de Radio, no tardaría en acabar hablando con ellos de cualquier cosa excepto del tema que la había traído allí. Sin embargo, había algo curiosamente tranquilizador en ello, y aquella misteriosa disonancia que no dejaba de crecer se le antojaba mucho menos aterradora de lo que le hubiera parecido en cualquier otro momento.

Esa especie de vida secreta, llena de sentimientos cálidos, suaves o apasionados, era una veta de humanidad en aquel pueblo pequeño y cerrado que, pese a ser un lugar de paso consagrado a todo tipo de recuerdos, daba la impresión de esforzarse por mantener su corazón lejos de quienes intentaban acceder a él, y eso la hacía sentirse menos agobiada por la oscuridad que parecía estar acechándola. Ocurriera lo que ocurriera, ella no y sus pokémon no estaban completamente solos en aquel cementerio lleno de almas en pena.

—¿Mazky Hallorann? —preguntó Dulce a Kira, intrigada— Me suena su nombre, pero no le pongo cara ¿Quién es?

—Lo raro sería que lo conocieras —contestó la pelirroja, con una risita incómoda—. Llevas demasiado poco tiempo aquí, y últimamente se ha vuelto... bastante excéntrico: se pasa días y días desaparecido... hablando con la gente solo por teléfono... sin que nadie tenga ni idea ni de por dónde empezar a buscarlo. Ni siquiera cuando él mismo ha pedido que lo ayudes con algo. Hasta que, un buen día, intentas entrar en cualquier habitación... y te encuentras con que no puedes abrirla...

—¡Ah! Creo que ya sé quién es. La semana pasada necesité entrar en los aseos del primer piso... para buscar tiritas, porque la nueva becaria... ¿Anzu? ¿Ayumi?

—Ayame. Ayame Iris.

—Sí, ella. Se había cortado con unos folios... y se ve que la pobre se desmaya al ver sangre. El caso es que me encontré con la puerta... cerrada a cal y canto. Llamé, pero no me respondió nadie. Como no me gusta invadir... me senté a esperar. No tengo ni idea de cuánto rato estuve allí... Y, claro, harta de llamar y que no me respondiera nadie… entré a través de la puerta ¿A qué no adivinas a quién me encontré?
—A Mazky, naturalmente.

—Tomando el café con Anthony... mientras hacía origami. Estaban prácticamente enterrados en grullas. Estuvo a punto de comerme... ¡Creía que me había colado en el despacho que compartía con su compañero… antes de que lo ascendieran! Cuando conseguí contarle que, en realidad, estaba en el aseo de mujeres... se puso coloradísimo, y salió corriendo a toda pastilla, usando su... telequinesis para llevarse consigo todas sus grullas. Me dijo que debía de haberse desorientado en la oscuridad...

A Cristal le costó terminar de escucharla, porque se pasó un rato intentando ahogar las carcajadas al venirle a la mente la imagen de un hombre relativamente mayor huyendo a toda prisa de un aseo de mujeres envuelto en una nube de grullas de papel. Kira y Arcapeon, con aquella alegre extroversión que los caracterizaba a los dos, acabaron llorando de la risa.
—Definitivamente, ese es el viejo Mazky —afirmó Kira, respirando hondo para detener el ataque de risa—. Una se pregunta cómo un psíquico tan poderoso... puede extraviarse con tanta facilidad. Aunque quién sabe… supongo que es difícil comportarse como todo el mundo cuando se pueden leer las mentes.

—Entonces, ya de entrada, tenéis un problema bastante gordo —comento Dulce— ¿No dices que siempre te cuesta encontrarlo?
—No si hacemos correr entre el personal... el rumor de que hay alguien por aquí haciendo preguntas sobre la... "venerable Historia de nuestro excelso patrimonio", créeme —respondió Velmy, con tono aburrido—. En cuanto oiga las palabras "Torre" y "pokémon" en la misma frase... no tendrás ni que buscarlo. Será él quien se las apañe para encontrarte a ti... estés vivo o muerto.
Cross emitió un bufido, haciéndose el fastidiado; pero su tono nervioso y sus pupilas dilatadas hacían evidente que estaba intentando ocultar el miedo que, por la razón que fuera, le producía el tal Hallorann.
—No contéis conmigo para buscar a ese tipo... ¡está como una regadera!

—No te hagas mala sangre, Cross. —Replicó Kira, con tono sardónico.

El hombre fingió que ni siquiera la había oído, y le hizo un gesto de despedida mientras se marchaba.
—¡Espera, Cross! —le gritó Velmy— Este muchacho... ¡cabeza dura de la cuna a la sepultura! ¡Y más allá, si puede! Buena suerte... Campeona.
Se despidió con otra reverencia rápida y salió corriendo detrás de su primo. Ambos se perdieron de la vista al doblar una de las esquinas, sigilosos como solo puede serlo un ninja.

Cristal no pudo evitar sentir que aquel algo que estaba endureciéndose dentro de ella se hacía de plomo al verlo irse, aunque no estaba del todo segura de qué era, ni de por qué tenía aquella acuciante sensación de que estaba empezando a faltarle aire.
—Oye, Kira... —preguntó a su amiga, con curiosidad, mientras le revolvía cariñosamente el pelo a Arcapeon, que había empezado a darle golpecitos en la pierna con la cola, reclamando algunos mimos; como para darle a entender que, pese a haber hecho una nueva amiga, no se había olvidado de ella— ¿Qué es lo que te pasa con Cross?

La muchacha enrojeció hasta tal punto que su cara se confundió durante unos segundos con su radiante melena, y la Campeona se preguntó si no sería algo particularmente privado.

—Bueno, tienes razón, no es asunto mío —se apresuró a decir, enrojeciendo también—. Es solo que... me ha parecido que le tenías miedo. Tanto como él al señor Hallorann.
Kira suspiró profundamente, y Dulce se acercó a darle unas palmadas en el hombro para confortarla.

—Os vais a burlar de mí... —Gimió, pasando la mirada de Cristal a Arcapeon.
El gran perro ladeó la cabeza, perplejo, y su entrenadora se sonrió levemente, recordando de pronto viejos tiempos.

—Estoy segura de que, si empezara a contarte cómo he llegado a capturar a algunos de todos los pokémon que ido capturando, serías tú la que te reirías —respondió, con desenfado—. Por ejemplo: una vez me encontré con una Nidoran a la entrada de una cueva... yo iba huyendo a toda pastilla de un Spinarak que se me había metido en la mochila mientras me tomaba una pausa, sin mirar dónde pisaba, y ella estaba durmiendo una siesta, acostada entre la hierba alta, justo a la salida del túnel del que yo estaba intentando escapar. Tropecé con ella y me caí encima. No se lo tomó muy a bien, como comprenderás. Al final los atrapé a los dos, pero cuando llamé a mi madre para contarle cómo estaba aquella tarde debía de tener la cara y la ropa como un mapa, porque me preguntó quién había estado combatiendo, si mis pokémon o yo.

A Kira se le escapó una carcajada. Tras unos instantes de meditación, volvió a sonrojarse un poco y dijo:

—Verás... es que una vez libré un combate... contra los ninjas del clan Kyo. Hace mucho tiempo, cuando todavía... mantenía contacto con la enfermera Joy. Fue un combate contra los entrenadores del Gimnasio Fucsia... para ganarnos el derecho a retar a Koga. En este caso en concreto, Growlithe luchó contra un Venonat... y, luego, contra un Golbat. Velmy no pudo conmigo, por la desventaja de tipos. Pero Cross era terrorífico... el Golbat no tenía piedad. Mordió a Growlithe hasta hacerla sangrar... juraría que incluso se alimentó de ella para reforzar sus poderes... porque es la única explicación que se me ocurre a aquella sensación... de que él se volvía cada vez más poderoso mientras Growlithe se iba debilitando de manera tan anormal... aún sin sentir el menor dolor.

—Tal y como lo describes, me temo que sí —contesto Cristal—. Los vampiros tienen sustancias anestesiantes en la saliva que mitigan el dolor; para poder alimentarse sin que la presa se dé cuenta. Pero, si te tranquiliza saberlo, no creo que un entrenador de gimnasio hubiera hecho que su pokémon usara fuerza letal contra el de un oponente durante una competición, por muy ninja que fuese. Growlithe nunca corrió verdadero peligro.
—Lo sé... —reconoció Kira, evidentemente avergonzada, casi dando la impresión de sentirse culpable—. Como uno sabe que las películas son de mentira... pero el miedo que uno pasa cuando las ve es real ¿Me entiendes?

—Por supuesto. Que me lo digan a mí, que ni siquiera le tengo especial cariño a Halloween.

—El caso es que... al final, conseguí vencerlo en el último momento... estando ya semiiconsciente, con un Lanzallamas utilizado por instinto para protegerme a la desesperada. Gané en muy buena lid contra ellos... y se ve que ellos no me guardan el menor rencor por la derrota. Ya has oído a Cross: era un combate, nada más. De hecho, me llevo genial con Velmy. Pero, a pesar de todas sus disculpas... y de lo mucho que él intenta que hagamos buenas migas ahora que... hemos vuelto a encontrarnos en la Torre, no puedo mirar a la cara a Cross... sin que me den escalofríos. Es superior a mí. Y yo soy la primera que lo lamenta.

Así que esta es la cuestión, se dijo Cristal, asintiendo. Tal y como había imaginado, era una cuestión puramente personal. Nada que ver con lo que la traía allí aquella noche, por suerte o por desgracia.

—¿Sabes? No creo que debas avergonzarte de tu miedo —le dijo, sinceramente— Uno no puede controlar sus emociones. Pero sí puede decidir qué hacer con ellas. Es como... Lucas y las hermanas Grady.

Aquello sobresaltó tanto a Dulce como a Kira, que se quedaron mirándola con una idéntica expresión de sorpresa.

—No veo la relación. —Contestó la joven pelirroja, algo nerviosa, mientras la exorcista la observaba con seriedad.

—Lucas y las hermanas Grady perdieron a seres muy queridos a manos del Team Rocket —explicó Cristal—. Ese dolor horrible... es imposible no sentirlo. Es imposible no sentir rabia e impotencia ante una situación como la que me contaron. Incluso yo misma las sentí al escucharlas hablar. Pero... uno puede decidir si deja que esos sentimientos lo dominen, como le sucedió a los pokémon de la señora Kyo, o tomar la decisión de que estos sentimientos no le impidan seguir viviendo. A la larga, las emociones evolucionan poco a poco. Y, finalmente, llega un momento en que uno puede ir más allá de ellas y... continuar. No olvidar. Solo... continuar.

La Campeona tuvo la sensación de que Kira se estremecía de pies a cabeza, y durante un segundo llegó a pesar que, igual que había hecho Dulce, se dejaría caer al suelo y rompería a llorar.

Arcapeon incluso emitió un leve gemido de dolor y fue a rodearle las piernas con el cuerpo, casi solícitamente, como ofreciéndose a amortiguar su caída. Pero, en lugar de eso, la muchacha solo permaneció unos instantes allí, de pie, con la mirada vacía y perdida en el infinito.

Unos minutos más tarde, sus ojos oscuros empezaron a encenderse de nuevo, como una hoguera que va prendiendo poco a poco, y Cristal tuvo la sensación de que su piel adquiría un resplandor dorado y su pelo un lustre ambarino, como si estuviera a punto de prenderse fuego y luego volver a levantarse de sus propias cenizas.

—Si pudiera pedir un último deseo... el que fuera... —dijo, con aire soñador, y la joven entrenadora tuvo la impresión de que aquellas palabras se le clavaban en el pecho, por algún motivo desconocido— Si esta fuera mi última noche en este mundo y solo me quedara un deseo por cumplir... sería volver a ver a Joy. Despedirme de ella para siempre, tal vez... pero, al menos, volver a verla.

Una vez pronunciadas estas palabras, un suspiro invisible recorrió la estancia. Y, entonces, todo regresó a la normalidad. Salvo porque parecía que todo rastro de la oscura melancolía que el ataque del ente había dejado en Kira se había evaporado, y ahora volvía a parecer tan alegre y extrovertida como en el momento en que ellos la habían conocido.

—¿Sabéis, chicos? —le dijo. Obviamente, también estaba dirigiéndose a su Arcanine, junto al que se acuclilló para poder abrazarlo con fuerza— Me ha sorprendido un poco que Dulce os hablara de su verdadera condición. Los muertos son reservados. Les gusta proteger sus secretos ante los extraños... en gran medida, porque a la mayoría, en realidad, no les gusta en absoluto asustar a los vivos... Les duele mucho causarle miedo y horror a la gente a la que tanto han querido. A la que, la mayoría de ellos, todavía quieren. Pero ahora entiendo por qué Dulce ha confiado en vosotros. Y yo... —añadió, con una sonrisa un poco retadora— ¡yo no voy a defraudaros tampoco! ¡Vamos! Ahora que él se ha ido, seguro que la gente empezará a… correr la voz de que estáis aquí, como dice Velmy. Encontraremos a Mazky en menos que canta un gallo. Empecemos por la sala de descanso… es un loco del café, seguro que no anda muy lejos de allí.

Y, sin mediar palabra, se encaminó hacia el fondo del mismo pasillo en el que se habían perdido Velmy y Cross, seguida por Arcapeon y dejando a la anonadada Cristal con la mente llena de preguntas que no se atrevía a hacer.

Aunque se había mitigado un poco, aquel extraño dolor no parecía irse del todo. Al contrario, tenía la impresión de que una parte de ella se había dejado caer al suelo de nuevo para llorar la distancia terrible que se había interpuesto entre la enfermera Joy y Kira. Pero era evidente que lo que Dulce le había dicho también se aplicaba a aquello, y que no podía reaccionar como cuando Metis Grady le había contado su historia: aquella noche no podía derrumbarse, no podía volver a dejarse llevar por la tentación de dejarse caer. Así que decidió rápidamente que, para evitar empezar volver a sentirse perdida, necesitaba agarrarse a cualquier cosa que pudiera servirle de asidero. Por ejemplo, su misión.
Al principio, tuvo la impresión de que, en cuanto habían visto llegar a los primos Kyo, todos los trabajadores de la planta habían puesto pies en polvorosa; porque hubiera jurado que lo único que se oía cerca de ella eran las pisadas de Kira y Arcapeon. Probablemente, se dijo Cristal, pensando en Danny Torrance, esta noche hay muchos menos trabajadores de los habituales. De hecho, al pasar rozando uno de los radiadores que se encontró a lo largo del pasillo, descubrió a qué se debía en realidad aquel frío anormal que reinaba en los pasillos: la calefacción estaba apagada.
—"Todo estaba preparado para vaciar la Torre esta noche" —se dijo Cristal, pensativa—". Pero ¿cómo es que Kira parecía no saberlo, si es una información de dominio público? Es más: ninguno de los trabajadores con los que me he encontrado esta noche se ha sorprendido demasiado cuando les he dicho que se suponía que este sitio debería estar cerrado. Pero, entonces, si esto es una travesura de la Mano Blanca, y esta gente está acostumbrada a esa clase de bromas... ¿por qué no se ha puesto en funcionamiento la calefacción de nuevo?"
—Ya estamos, Cristal. —Le dijo Dulce, sacándola de su ensimismamiento.

El pasillo lateral que habían tomado desembocaba en un espacio amplio, con varias mesitas de café rodeadas de cómodos sillones, un pequeño horno tostador y una nevera en un rincón, una máquina expendedora de café y un dispensador de agua en otro y una gran ventana con cortinas amarillas abierta a la desapacible noche, enturbiada por la abundante lluvia.

La joven había esperado encontrarse allí a unos cuantos empleados reunidos, entre ellos a Cross y Velmy, a quienes había visto marcharse en esa misma dirección; pero, para su sorpresa, no había ni rastro de los primos Kyo.
De hecho, al principio creyó que la estancia estaba completamente vacía.

Pero Arcapeon se puso repentinamente nervioso, así que se dispuso a examinar el lugar, en busca de algún elemento extraño (no le parecía del todo imposible que la Mano Blanca continuara por allí, haciendo de las suyas, de nuevo invisible o escondida detrás de algo). Mientras recorría la sala, inspeccionando cada pieza de mobiliario, sin encontrar nada extraño a parte del hecho de que el dispensador de agua estaba completamente vacío y el suelo todavía olía a desinfectante de limón, sintió una corriente de aire pasar a su lado y percibió por el rabillo del ojo a una especie de sombra moviéndose cerca de ella. Y, cuando se dio la vuelta, se encontró con que había un hombre mayor sentado en uno de los sillones.

Iba vestido con total naturalidad con ropas tradicionales, perfectamente impolutas, que flotaban cómodamente entorno a un cuerpo tan delgado que hubiera parecido enfermizo y débil, de no ser porque su mirada de color dorado era intensa y vital. Estaba completamente calvo, pero tenía un largo bigote fino, fuerte y flexible, que casi parecía tener vida propia o ser un apéndice más de su cuerpo.

Cristal se quedó perpleja durante unos instantes, pero al ver a Arcanine interponerse rápidamente entre ella y el anciano, sin señales de hostilidad pero con una postura firme y una expresión de determinación en la cara que ella conocía perfectamente, todas sus dudas al respecto desaparecieron: aquel hombre, simplemente, no estaba allí cuando ella entró. Pero esta vez no se sorprendió en absoluto, ya que la conversación de Kira con Dulce le había dado a entender que el hombre al que buscaban también era psíquico, y uno particularmente hábil.
—Usted debe de ser el señor Hallorann —le dijo, acercándose a él para tenderle la mano—. Yo soy Cristal Soulheart...

El hombre no hizo el menor ademán de aceptar el saludo que ella le ofrecía. Solo permaneció en silencio un minuto más, observándola detenidamente, mientras Kira y Dulce, detrás de ella, y Arcapeon, a su lado, contenían la respiración. La joven no pudo evitar tener la impresión de estar siento sometida, una vez más, a un feroz escrutinio secreto, destinado a buscar en ella algo que no estaba seguro de qué era.

Finalmente, el psíquico asintió despacio, y le dijo, con una voz serena pero grave y fuerte, que la hizo pensar inmediatamente en el señor Fuji.

—La Campeona.

—Sí, señor —confirmó Cristal, un poco intimidada, pero sin titubear—. Necesito averiguar urgentemente algunos detalles acerca de la Torre Pokémon para cumplir una misión esta noche... y las señoritas Joy y Masaki, aquí presentes, me han dicho que no hay persona más indicada en este lugar para hablarme del tema que el señor Mazakala Hallorann.

—Y sí, ese soy yo —afirmó el hombre, sin dejar de explorarle el alma a través de los ojos—. En cuanto a si puedo ayudarla o no, depende mucho de para qué vaya a utilizar lo que pienso decirle.

—Señor, ya le he dicho que lo necesito para cumplir...

—Sí, sí, muchacha, ya lo he oído: me he quedado sin pelo, pero el oído todavía me funciona estupendamente —la interrumpió, con cierta impaciencia—. Pero no me refiero a eso. Los propósitos del ser humano van mucho más allá… de lo que va a hacer en las horas, días, o semanas que siguen. No se puede juzgar a una persona por lo que, a los ojos del Gran Creador… es solo una centésima de segundo de mil eternidades: hay demasiados factores que intervienen en cada decisión. Algunos de ellos, ni siquiera uno mismo podría nombrarlos ¿Quién no se va a horrorizar el Día del Juicio al menos una vez… cuando Arceus le muestre al desnudo los secretos de su propio corazón para que descubra, al fin… la oscuridad que había detrás de algunas de sus mejores acciones?

La muchacha se quedó literalmente boquiabierta, con los ojos abiertos como platos. La boca se le quedó tan seca como si hubiera comido sal, y hasta dejó de respirar durante varios segundos seguidos.

Dulce y Kira le habían dado a entender que el señor Hallorann era una persona particularmente excéntrica, pero aquello superaba con creces cualquier expectativa que hubiera podido intentar hacerse.

Aquellas palabras, elegantes, educadas, pronunciadas con un tono de voz tan tranquilo y comedido, la apuñalaron por dentro como si algo que hubiera bebido se hubiera congelado en su estómago. Como si algo dentro de su mente se volviera contra ella y la atacara de pronto, rompiendo todo su ser desde el interior en mil pedazos.

—Cristal... te has puesto pálida... —le dijo Kira, preocupada— ¿Te encuentras bien?

Pero la entrenadora no pudo responder.

De repente, le vino a la mente su propia lucha contra el Team Rocket. El desmantelamiento de la red de tráfico de Colaslowpoke. La colaboración con Lance para abortar el proyecto de experimentos ilegales con pokémon en el Lago de la Furia. El rescate de la Torre de Radio de Ciudad Trigal. Habían sido situaciones que incluso los agentes de policía más entrenados de Kanto y Johto, especializados en la lucha contra la mafia, habían temido abordar; pero ella las había llevado a buen término sin pensárselo dos veces. Ella, la rata de biblioteca. La que lo único que sabía hacer era trabajar duro, entrenarse, estudiar... y que, sin embargo, había obtenido premios, recompensas codiciadas por otras personas con más conocimientos, poder y talento que ella; como Eusine, Morti y Lance. Ella había luchado por ellos. Ella había atrapado a Suicune, a Ho-Oh, solo para rellenar las páginas correspondientes de la pokédex: una vez hecho esto, los había liberado. Ella había entrenado a sus pokémon, con cuidado, volcando en el proceso todos sus conocimientos, para llegar hasta allí: había deseado aquel título de Campeona, que demostraba que el trabajo duro lleva tan lejos como el poder, la inteligencia y el talento; había disfrutado del privilegio de la gracia otorgada por los legendarios. Incluso ahora, que estaba trabajando como Campeona, estaba enarbolando su título para hacerse ayudar por el personal de la Torre, que se inclinaba ante ella y le abría todas las puertas en cuanto les mencionaba su identidad.

Tal vez Dulce tuviera razón, y ella poseyera un don inexplorado que le serviría de ayuda aquella noche; pero ¿cuál había sido la verdadera razón por la que había hecho todo aquello? ¿Había realmente algo de verdadera bondad en todo ello? ¿O solo había querido hacerlo porque había resultado ser la única manera, el único medio para llegar hasta donde estaba: ser considerada la mejor entrenadora de todo Johto? ¿Para ser recordada como la primera entrenadora johtense que había completado una pokédex? ¿Por qué Suicune y Ho-Oh la habían elegido, y qué significaba realmente eso? ¿Quién era en realdad Cristal Soulheart?

—En serio, Cristal… —la interpeló Dulce— Te has puesto muy blanca.

La muchacha se dio la vuelta para mirarla, estupidizada: tanto la muchacha pelirroja como la exorcista la estaban mirando con los grandes ojos llenos de preocupación, y Arcapeon se puso aún más tenso, y le gruñó amenazadoramente al anciano, tal vez percibiéndolo como la causa de la repentina turbación de su entrenadora. Pero este no se inmutó.

Y ella quería meditar, pensar en una respuesta para la pregunta de Hallorann, pero tenía la impresión de que incluso su cerebro se había parado, y se deshacía como un terrón de arena cada vez que intentaba forzarlo a funcionar. Mucho tiempo después, al recordar aquella noche, llegó incluso a preguntarse si no perdería la consciencia por unos segundos, porque no conseguía recordar absolutamente nada de lo que supuestamente ocurrió a su alrededor en aquel lapso de tiempo.

Lo que la hizo volver en sí, aunque todavía tardó un poco en darse cuenta de que podía responder, fue escuchar un fuerte bufido: había sido Dulce, que ahora observaba al anciano con los ojos castaños entornados y una expresión de sumo fastidio.

—¡Lo que nos faltaba! —exclamó, molesta— Como si estuviéramos haciendo una tertulia mientras tomamos el té ¿Tiene algún sentido para usted la palabra "urgentemente", señor Hallorann?

A juzgar por lo rápido que se le enrojeció la cara, hasta tal punto que Cristal hubiera podido jurar que había provocado una leve subida de la temperatura en toda la habitación, al anciano no le hizo la menor gracia aquel comentario

—¡Menuda insolencia! ¡Estos jovenzuelos de hoy día no le tienen el menor respeto a sus mayores ni a las cosas sagradas!

—¡Eso no es justo! —gritó la exorcista— Viene aquí una persona pidiendo ayuda... ¡y esto se convierte en un interrogatorio! Que usted sea mayor que nosotras... no le da derecho a tratarnos como si fuéramos basura, vejestorio de m...

—¡Dulce, por favor, déjalo estar! —le suplicó Cristal, interrumpiéndola. A pesar de su estupor, ya estaba empezando a ver cómo el rostro del anciano empezaba a pasar del rojo encendido al púrpura, e incluso le había parecido que algunas piezas del mobiliario habían empezado a temblar misteriosamente— Te gradezco mucho que me defiendas, pero tampoco es cosa de que acabemos peleándonos. Si tengo que seguir explorando la Torre sin ayuda, lo haré.

—Pero... ¡necesitamos esa información! —Exclamó Kira.

—Necesitamos averiguar de dónde salió la alerta por código rojo e intentar solucionar el problema que lo ha originado—la corrigió la joven, con resignación—. Para eso fue para lo que vine aquí. Y si para llegar al fondo del asunto tengo que prescindir de los conocimientos del señor Hallorann, pues lo haré.

Respiró hondo y se inclinó ante el anciano respetuosamente.

—Lamentamos haberle hecho perder su tiempo, señor. Vamos, Arcapeon... tenemos que seguir subiendo. Tarde o temprano encontraremos algo útil.

El señor Hallorann parecía más molesto que nunca.

—¡A ver, chiquilla! ¡No te he dicho que no vaya a contarte nada! Te he dicho que necesito saber cuáles son tus intenciones antes de hacerlo, que no es lo mismo.

—¿Y cómo se supone que voy a decirle cuáles son mis intenciones si, según usted, ni siquiera yo misma lo sé? —Inquirió la Campeona, perpleja.

Aquella situación cada vez le recordaba más a uno de los cuentos que ella misma había contado alguna que otra vez a los niños a los que le habían pedido que cuidara alguna vez, en el que una chica caía por una madriguera mientras perseguía un Bunneary y acababa perdida en el Mundo Misterioso de los pokémon, donde hasta las paradojas más irresolubles tenían aparentemente una explicación lógica.

—Con un combate pokémon, naturalmente —Le respondió el anciano, con un tono algo brusco, pero no sin cierta solemnidad— ¿Qué mejor manera de leer el corazón de un entrenador que observar cómo se relaciona con sus pokémon?

Bueno, aquello sí tenía sentido. Y, además, fuera o no un talento natural suyo, y estuviera o no relacionado con los más profundos secretos de su corazón, era algo que había demostrado poder hacer.

—Entonces, de acuerdo.

—Las normas serán sencillas: un combate de cuatro contra cuatro, y el primero que no pueda seguir luchando, pierde. No podremos hacer que los pokémon se recuperen durante sus combates, excepto si lo hacen por sí mismos; pero sí se permitirán los cambios.

Cuatro contra cuatro, pensó Cristal. No pudo evitar que le viniera de inmediato a la cabeza el miedo que había pasado Tupeon solo con tener a la vista la Torre; aunque había sido capaz de luchar contra la Mano hacía un rato. Tal vez sería buena idea no sacarlo, a menos que fuera imprescindible.

—Adelante, pues —contestó, finalmente— ¡Estoy preparada!
Al pronunciar la joven estas palabras, los ojos del anciano empezaron a emitir un potente resplandor azulado, que se le extendió por todo el cuerpo. Aquel fulgor eléctrico se propagó por el suelo y las paredes como una sombra hasta bañar toda la sala, revelando un gigantesco coliseo de piedra oscura iluminado por cientos de antorchas, con las gradas llenas de gente que gritaba, enfervorecida, como si el combate que se iba a celebrar estuviera a la altura de la mismísima Liga Pokémon.

A pesar de haber competido y ganado la Liga Pokémon, y luego derrotado al Alto Mando y al Campeón, en estadios más grandes que aquel y ante públicos más nutridos, Cristal no pudo evitar quedarse sin aliento al contemplar alzarse a su alrededor aquel mastodonte fantástico y tenebroso, tan acorde con la atmósfera melancólica y siniestra de Pueblo Lavanda que tuvo que hacer un esfuerzo mental para recordar que se trataba solo de una ilusión visual evocada por Mazakala Hallorann, con toda seguridad, para darle un poco más de sabor al duelo. De hecho, el mismo Hallorann había cambiado de aspecto: ahora parecía un hombre mucho más joven, con abundante pelo de color bronce y un bigote un poco más corto, vestido con armadura de samurai. Como ella misma, tal y como descubrió al sentir de repente un peso inesperado sobre los hombros y la frente. Junto a la arena, había un estrado sobre el que se había situado Kira Joy, vestida con un regio kimono de tonos cálidos y con una bandera roja en una mano y una verde en la otra; solo Dulce y Arcapeon, que estaban sentados en las gradas, en primera línea, tenían el mismo aspecto que siempre.

Aquella vez no era necesario preguntarse si era cierta o no aquella sensación de estar siendo sometida a una prueba, porque era más que evidente que no podía ser de otra manera: aquel era, a todas luces, un combate ceremonial. Y esa certeza la inquietó un poco, porque eso implicaba también que lo que Hallorann quería evaluar no era solamente su destreza o poder como entrenadora; sino algo más: ese rincón oscuro de su ser que ni ella misma conocía.

Sin embargo, a pesar del miedo que estaba empezando a notar escalándole por las piernas y fijándolas al suelo como si fuera unas esposas de piedra, estaba convencida de que no podía echarse atrás.

—¡El retador ha elegido el momento y el lugar del encuentro! —exclamó Kira, con solemnidad— ¡Así que le corresponde a la Campeona empezar el combate!

—"Se me ha acabado el tiempo para pensármelo" —pensó la joven, tragando saliva; sacando la pokéball de su Meganium: era su primer pokémon, y sabía que iba a poder contar con él pasara lo que pasara —¡Mega, te elijo a ti!

—¡Adelante, Houndoom!

Cristal maldijo por lo bajo, pero la expresión confiada de Mega al materializarse ante ella, completamente listo para luchar, la tranquilizó un poco: se habían enfrentado juntos a situaciones mucho peores.

—¡Mega, usa Gol...!

—¡Houndoom, Lanzallamas!

Antes de que Cristal pudiera siquiera gritar, el Meganium estaba echado en el suelo, con varias quemaduras por todo el cuerpo, luchando por levantarse.

—¡Mordisco!

—¡Mega, esquívalo!

Al pokémon le costó obedecer, pero consiguió apartar al sabueso de una patada en el último momento, haciéndolo retroceder varios metros, y Cristal se alegró al ver que todavía tenía fuerzas suficientes como para defenderse, aunque precariamente.

—¿Puedes moverte? —le preguntó, y Mega asintió orgullosamente— ¡Bien! Ya sabes lo que tenemos que hacer ¿no? Necesitamos ser rápidos ¡Usa Síntesis!

Mientras Mega se curaba, Houndoom se reponía del golpe y se levantaba de nuevo ante la mirada serena de Hallorann, que no parecía en absoluto preocupado; lo cual inquietaba que la joven entrenadora: aquella serenidad en un entrenador que ha sido sorprendido por su rival solía significar que se estaba guardando un as bajo la manga. Pero ella no tenía muchas más opciones: Mega podría lidiar perfectamente con cualquier movimiento de contacto físico con que pudiera atacarle Houndoom, sobre todo si era de tipo siniestro, pero iba a necesitar recuperarse un poco antes de enfrentarse a un segundo más que posible ataque con fuego.

Por suerte, Síntesis funcionaba bastante bien y, para su alivio, las heridas del cuerpo del Meganium se cerraron rápidamente y con facilidad, lo que demostraba que habían sido solamente superficiales: por suerte, Mega no estaba quemado.

Y el pensar en esa eventualidad le dio a Cristal una pequeña idea. No había muchas posibilidades de que funcionara, pero no perdía nada intentándolo.

—¡Houndoom, usa Polución! —Ordenó Hallorann, con voz fuerte y tranquila

Cristal no había contado con aquello, pero no le iba a quedar más remedio que improvisar como pudiera: la nube de color violeta que el pokémon perro expulsó por la boca ya se interponía entre él y su pokémon, y avanzaba implacablemente hacia ella.

—¡Mega, aguanta la respiración todo lo que puedas y usa Golpe cuerpo a plena potencia!

Con un poco de suerte, su pequeño podría evitar ser envenenado y atacar al mismo tiempo, aunque ella casi se conformaba con que pudiera pasar a través de la nube de contaminación sin respirarla, incluso si erraba el golpe. No obstante, esa vez sí lo consiguió: el Meganium cargó con todas sus energías recién recobradas hacia la ominosa niebla y no solo la atravesó limpiamente; sino que, en el impulso mismo del movimiento, embistió con fuerza a Houndoom, que se vio proyectado varios metros.

—¡No! ¡Houndoom! —gritó Hallorann. El sabueso se puso de pie trabajosamente, pero estaba temblando, cubierto de raspaduras; aunque se erguía elegantemente, aparentemente, ignorando su propio dolor— Vamos, compañero, tú puedes... ¡Vuelve a usar Lanzallamas!

Houndoom intentó obedecer, pero no pudo: sus músculos lo traicionaron, mandándole una descarga de dolor incapacitante: el Golpe cuerpo de Mega lo había paralizado.

—¡Ha funcionado! —exclamó Cristal, alborozada— ¡Vamos, Mega! ¡Vuelve a usar Golpe cuerpo!

El golpe fue tan rápido que Houndoom apenas tuvo tiempo para levantarse del suelo: apenas un segundo después, yacía inconsciente al pie del grueso muro de piedra.

—¡Houdoom no puede continuar luchando! —anunció Kira, levantando la bandera verde— ¡Mega es el ganador!

Cristal y su Meganium suspiraron al unísono, y compartieron una sonrisa cansada pero triunfal. Pero no tuvieron mucho tiempo para relajarse, porque Hallorann seguía allí, observando a la joven con expresión imperturbable. Houndoom recuperó la consciencia y se levantó de nuevo, para ir a encontrarse con su entrenador. Este intercambió con él una señal silenciosa antes de que continuara caminando, para perderse en las sombras de una entrada lateral.

—Mega Soulheart ha vencido a Houndoom a pesar de la desventaja de tipos —le dijo el misterioso psíquico a la Campeona—. Para ello, ha renunciado a defenderse para curarse, y luego atacado a ciegas a través de la niebla... a pesar de que ambas sabíais que, probablemente, no acertaría.

—Pero hemos evitado respirar el veneno —replicó la joven, con la voz algo temblorosa al pensar en la suerte que había tenido. Tal vez él tenía razón, y se había arriesgado demasiado. Pero no podía arrepentirse, porque tampoco se le ocurría un posible plan mejor; así que se mantuvo firme— ¿Era eso lo que necesitaba comprobar, señor Hallorann?

—En parte —respondió él, lacónico—. Pero la única certeza que me da eso es que eres fuerte, inteligente y muy osada; lo cual no basta para hacerte digna de nuestra confianza.

—Entonces...

—Entonces, necesito saber más ¡Adelante, Murkrow!

Otro pokémon siniestro, esta vez volador. Otro pokémon contra el que no tenía ninguna ventaja clara. Pero, esta vez, al menos, sí tenía ataques con los que podía pegar duro de verdad.

—¡Vamos, Smoopeon! ¡Cuento contigo!

La Smoochum saltó con energía de su pokéball, y aterrizó con firmeza sobre sus pequeños pies, mirando hacia el pokémon cuervo con una fiereza insólita en sus grandes ojos azules. El Murkrow observó a la pequeña detenidamente, y luego emitió una fuerte carcajada, y revoloteó sobre ella, emitiendo una cantinela burlona. Al ver enrojecerla de vergüenza, Cristal supo que debía de estar haciendo alguna alusión a su estatura, uno de los pocos insultos que podían hacer que su Smoochum se enfadase de verdad.

—No te dejes provocar, Smoopeon —le pidió, con tono tranquilizador—. Estás parcialmente en desventaja con él, y necesitamos estar concentradas en el combate.

La pokémon emitió un bufido, pero asintió.

—Gracias por entenderlo ¡Adelante!

—¡Murkrow, usa Finta!

Cristal se mordió los labios, inquieta: había visto a Karen usando ese ataque, y podía llegar a hacerle mucho daño. Sobre todo, porque no podían estar seguras de por dónde iba a llegar el ataque en realidad. Lo único que podía deducir de los movimientos circulares del cuervo por encima de su pequeña era que el ataque vendría, probablemente, desde arriba.

—¡Necesito que gires todo lo rápido que puedas durante al menos un minuto! —le dijo, siguiendo al Murkrow con la vista, mientras este empezaba a trazar movimientos en zig-zag por todo el campo—¡Apunta hacia arriba en un ángulo de ciento cuarenta grados, mientras usas Viento hielo!

La Smoochum ni siquiera asintió, sino que empezó a rotar sobre sí misma a toda la velocidad que podía, que era bastante gracias a su pequeño tamaño, mientras se envolvía con un soplo helado que no tardó en enfriar todo el coliseo. Murkrow se movía ahora mucho más despacio, y sus relucientes plumas negras estaban cubiertas de hielo.

Aunque no detuvo su ataque, ahora sí era posible verlo venir.

—¡Perfecto, Smoopeon! —exclamó, entusiasmada— ¡Ahora usa Ventisca!

Al dejar de girar de repente, se tambaleó un poco, algo mareada, pero a su rival le pesaban las alas, y el frío lo debilitaba, así que tenía cierta ventaja: la Smoochum inspiró hondo y sopló con toda la fuerza de sus pequeños pulmones, creando una violentísima corriente de nieve en la que el cuervo quedó completamente atrapado. Cuando se le agotó el soplo, el Murkrow yacía en el suelo, semienterrado en un montón de nieve, inconsciente.

—¡Murkrow no puede continuar luchando! —proclamó Kira, levantando de nuevo la bandera verde— ¡La ganadora es Smoopeon!

La pequeña se dejó caer el suelo, aún un poco tambaleante, mientras su entrenadora corría hacia ella para recogerla. Estaba un poco pálida, pero recuperó el color de inmediato en cuanto Cristal la tomó en sus brazos.

—Smoo... ¿te has mareado mucho? —Le preguntó, sintiéndose un poco culpable.

Buscó rápidamente por todo su atuendo, a ver si lograba localizar el objeto del que Hallorann había disfrazado su mochila, en la que estaba segura de guardar algunas de las Bayas que había ido encontrando durante su viaje. No tardó en localizar un zurrón atado a su costado, junto a la vaina de la espada, en el que pudo reconocer su pequeña reserva de medicinas. Todavía le quedaban algunos trozos de Baya Milagro, guardados celosamente en un tarro, y esperaba que fuera suficiente.

—Toma, pequeña —le dijo, entregándole varios pedazos pequeños, que podría masticar y tragar sin problemas—. Esto te hará sentirte mejor.

Para su alivio, Smoopeon recuperó de inmediato su habitual y saludable tono sonrosado, y emitió un alegre regüeldo. Cristal la hizo volver, para que terminara de recuperarse en su pokéball, mientras Hallorann seguía observándola sin mover un solo músculo.

—Smoopeon Soulheart es una Pokémon con un carácter y una personalidad fuertes —comentó, con interés— pero sigue las indicaciones de su entrenadora sin pestañear, con una precisión evidentemente experta.

—Supongo que esto tampoco es lo que usted necesita saber.

—Supones bien: lo único que esto me dice es que has conseguido que tus Pokémon te obedezcan al milímetro… a veces incluso desobedeciendo a sus propios impulsos ¡Adelante, Golem!

—¡Adelante, Cupeon!

Cristal tardó unos segundos en darse cuenta de que había elegido a su siguiente Pokémon sin pensárselo un instante y, durante un segundo, lamentó su propia precipitación.

Normalmente, meditaba sus combates con suma precisión, utilizando las habilidades analíticas que su entrenamiento como capturadora le habían procurado para pensar detenidamente en cuál de sus Pokémon podía vencer con más facilidad o, al menos, sufrir menos daños; era muy poco habitual en ella llamar a uno de sus compañeros sin tomarse al menos un momento para meditarlo.

Pero, ahora que reflexionaba al respecto, no era la primera vez que tomaba una decisión de aquel tipo. A medida que el combate se desarrollaba, y ella se sumergía en él, algo que había en su interior, una especie de pulsión, empezaba a fluir con su sangre como una fuerza misteriosa, que recorría su cuerpo y su mente a la velocidad del relámpago. Y, de repente, se veía a sí misma tomando la primera pokéball que se le ocurría nada más identificar a su oponente, decidiéndose de pronto por la estrategia que fuera; que podía ser tan sensata como rociar el campo entero de hielo o tan insensata como llamar a un Cubone para enfrentarse a un pokémon adulto, un Golem completamente desarrollado.

Lo curioso era que rara vez se arrepentía de ello: casi siempre, aunque precipitadamente, elegía bien. Así había sido como había conseguido vencer a entrenadores como Blanca, que había exigido el uso de métodos tan poco convencionales como los que estaba usando en aquel mismo combate; o como Lance, tan evidentemente poderoso desde el primer cruce de movimientos (un embate que, por cierto, le sorprendió que Mega consiguiera resistir) que había tenido que conseguir vencer a tres de los seis miembros de su equipo antes de que dejaran de temblarle las piernas. Simplemente, llegaba un momento del combate en el que llegaba a olvidarse por completo de dónde estaba y de por qué estaba luchando, y lo único que existía desde ese momento eran un oponente al otro lado de la arena y los dos pokémon en liza. Como si ya no fueran dos contendientes que tienen que someter al otro antes de ser sometidos, rodeados por un público atronador en un siniestro coliseo que parecía esculpido en oscuridad (que en realidad, se recordó a sí misma Cristal, era solo la sala de descanso de la Torre de Radio de Pueblo Lavanda, ilusoriamente alterada por los poderes psíquicos de su contrincante), sino dos enmascarados a solas bailando una danza hermosa y terrible en el vacío infinito sin espacio ni tiempo, que jugaban a intentar reconocerse a través de sus respectivos disfraces antes de que la música se detuviera y el Universo se reconstruyera a su alrededor.

De repente, la joven campeona se preguntó si no sería precisamente aquello lo que buscaba Mazakala Hallorann. Una sonrisa inquietante asomó por debajo del largo bigote de su contrincante, como si este hubiera adivinado sus pensamientos (más aún: estaba prácticamente convencida de que lo había hecho), y no pudo evitar sentir un escalofrío.

Ya ni siquiera estaba segura de cómo podían llegar a interpretarse las decisiones que estaba tomando. Pero no lo quedaba más remedio que continuar combatiendo.

—¡Golem, Desenrrollar!

—¡Cupeon, esquívalo y usa Excavar! Luego, ataca con Huesomerang.

El pokémon asintió con firmeza, y empezó a excavar a toda velocidad. Cristal observó, con el cuerpo en tensión, cómo Golem echaba a rodar por toda la arena, ganando en velocidad con cada metro de terreno, y se abalanzaba sobre el pequeño. Para su alivio, este consiguió ser más rápido, y se deslizó en el suelo como si fuera agua justo antes de recibir el golpe. Unos instantes después, Cupeon emergió de improviso justo a su espalda y le lanzó su hueso.

El golpe, que le dio de lleno, hizo que el inmenso pokémon de piedra dejase de rodar y sacudiera la cabeza para sacudirse el aturdimiento. Pero era evidente que el golpe no le había hecho gran cosa, y la entrenadora no pudo evitar preocuparse: sabía que iba a ser poco probable que su Cubone consiguiera esquivar las siguientes embestidas, y cada una sería más fuerte y rápida que la anterior.

La única manera de evitar que aquello se desmadrara por completo era encontrar la manera de evitar que Golem rodase indefinidamente. Y la única manera de detener a Golem era…

—"Sí… podría funcionar."

—¡Cupeon, usa Excavar todo lo que puedas! —le pidió— ¡Pero no caves muy hondo, solo lo suficiente como para que la tierra te cubra!

El pokémon asintió y volvió a hundirse en el suelo, mientras su contrincante seguía rodando.

Cristal solo se dio cuenta de que estaba manteniendo la respiración cuando empezó a tener la sensación de que se estaba mareando, y las manos le sudaban tanto que casi se le resbaló la pokéball. Mientras, el Cubone intentaba atacar al Golem una y otra vez, sin acertar ninguna, mientras este aumentaba su velocidad perceptiblemente segundo a segundo. Llegó un momento en que la arena estaba casi totalmente cubierta de pequeñas prospecciones, sin que ninguna de ellas pareciera estorbar al pesado pokémon de roca, e incluso acertar uno de los ataques podía ser peligroso para Cupeon, tan rápidamente cruzaba el campo de un lado a otro su rival, con movimientos en línea recta, en zigzag o en círculos, completamente impredecibles.

Ya no podía esperar un segundo más.

—¡Cupeon, no ataques más! —le ordenó, con la boca seca— ¡Vuelve!

Esperaba poder llamarlo a su pokéball en cuanto emergiera del suelo, pero Golem también había oído la orden, y ya era demasiado rápido. El Cubone recibió el impacto por la espalda, de lleno y con toda su fuerza, y fue empujado contra uno de los muros.

—¡NO! ¡CUPEON!

El pequeño pokémon se deslizó hasta el suelo, inconsciente, y Cristal se abalanzó sobre él para tomarlo en brazos, maldiciendo aquella gruesa y molesta armadura que limitaba sus movimientos.

—¡Cupeon no puede continuar! —anunció Kira, levantando, por primera vez, la bandera roja— ¡Golem es el ganador!

El Cubone respiraba agitadamente, y estaba entumecido y dolorido, pero abrió los ojos al sentirse acunado por su entrenadora: gracias a Arceus, el grueso cráneo había protegido su cabeza del golpe. Emitió un sonido suave y desalentado, como si pidiera disculpas.

—No, no tienes nada que lamentar —contestó la joven, aliviada, con una sonrisa cansada—. Has luchado genial. Ven, te mereces un buen descanso.

Estaba empezando a ponerle bastante nerviosa que Hallorann siguiera observándola detenidamente, sin decir absolutamente nada. Tenía la sensación de que aquellos ojos dorados se colaban dentro de su cabeza a través de los suyos cada vez que lo miraba, aunque si ni siquiera se cruzaran con su mirada y se sentía cada vez más expuesta.

—"Ojalá pudiera ver lo que este hombre está viendo" —se dijo de repente, humedeciéndose como podía los labios resecos—". No sé si es bueno o malo; pero, por lo menos, sería seguro."

Pero, al menos, la primera parte del plan había funcionado. Y ya no había espacio para cambiar de estrategia, así que tenía que seguir adelante con lo poco que todavía le quedaba.

—¡Mega! ¡Cuento contigo!

Hallorann arqueó las cejas al ver aparecer de nuevo al pokémon, con los colores un poco desvaídos por el cansancio pero todavía en forma, que examinó detenidamente a su adversario antes de volver a afirmar las cuatro poderosas patas en el suelo, dispuesto a seguir combatiendo. Pero esta vez no hizo ningún comentario.

—¡Golem, tu rival está debilitado por su último combate! ¡Eres mucho más rápido que él, puedes vencerle!

—¡Mega, no te dejes intimidar! —exclamó Cristal— Hemos acabado sacando adelante batallas mucho más desiguales ¡Espera a que llegue el momento!

A pesar de la confianza que intentaba proyectar, se quedó paralizada al ver al Golem precipitarse sobre su Meganium, que aguardó la embestida con toda la sangre fría que a ella estaba empezando a faltarle. Lo único que pudo hacer para darle la señal que estaba esperando fue gritar, y solo porque se le escapó un segundo antes del impacto.

Mega le dedicó una mirada cargada de reproche.

—Lo siento, amigo —se disculpó, un poco temblorosa—. No sé qué me ha pasado.

Tenía que controlarse un poco. Era cierto que eran sus pokémon los que estaban luchando, pero dependían de ella para vencer. No podía volver a perder los nervios de aquella manera.

¿Era el simple hecho de saberse juzgada lo que le restaba fuerzas y determinación? Ni siquiera Koga, que había dormido y envenenado a más de la mitad de su equipo, la había hecho sentirse tan vulnerable: no se había detenido a pensar un solo segundo, ni había titubeado una sola vez, mientras luchaba contra él; pero el gélido estoicismo de aquel anciano era como un muro invisible contra el que se estrellaba cada vez que alzaba la vista.

—"Por las Diecisiete Tablas… ¿cómo pude haber gente que quiera hacer exámenes de esto?"

Golem volvía a acercarse peligrosamente a su pokémon.

—¡A tu izquierda, Mega!

Hallorann había tenido razón, el Meganium no podía competir en velocidad con el Desenrollar desatado de Golem. Pero él también era un pokémon pesado, y también se estaba cansando: ahora iba tan rápido que le costaba cambiar de dirección, así que Cristal consiguió verlo venir y guiar a Mega apenas un segundo antes de que fuera arrollado.

—"Por favor… que funcione…"

Entonces, se abrió una enorme grieta justo por debajo del Golem que se extendió lentamente por todo el estadio, y el suelo se hundió bajo el peso del gran pokémon, impidiéndole seguir rodando.

Aquello sí sorprendió a Hallorann, que esta vez guardó silencio por haberse quedado sin habla ante el espectáculo; mientras Golem protestaba, luchando por levantarse y salir del inmenso socavón. Y Cristal tuvo la sensación de que el peso que se había ido depositando lentamente en sus miembros se aligeraba de repente, como arrancado por una brisa suave.

—¡Ahora, Mega! —lo exhortó, de nuevo entusiasmada— ¡Danza pétalo!

El huracán de flores golpeó de lleno al pokémon de tipo roca, esta vez sin que su superficie pulida por la velocidad lo protegiera. Cuando el viento floral se disipó, Golem seguía atrapado en la grieta, inconsciente.

—¡Golem está fuera de combate! —exclamó Kira, levantando la bandera verde por tercera vez— ¡El ganador es Mega!

La Campeona se abalanzó sobre su pokémon de un salto, y lo abrazó con todas sus fuerzas, mientras el pokémon, eufórico, le llenaba la cara de lametones.

—¡Has estado genial! —le dijo, exultante— Pero estás agotado… mejor que te vayas a descansar tú también.

Su rival emitió una risa larga y queda, mientras ayudaba al Golem, que había recuperado el conocimiento, a salir de la inmensa zanja. El pokémon de tipo roca le dijo algo a Hallorann, con tono solemne.

—Sí, tiene razón… —le contestó este, mientras se alejaba en la misma dirección que se habían marchado sus otros dos compañeros—. Hace mucho tiempo que no nos enfrentamos a un entrenador como Cristal Soulheart. Hasta el infame Giovanni Sakaki retrocedería ante alguien que, en su juventud, es más temible que él.

Cristal recibió aquel comentario como una patada en el estómago.

—¿Pe… perdone?

—¿Acaso es mentira? —Inquirió Hallorann, con tono lacónico, sin perder ni por un segundo su sonrisa fría y su mirada chispeante— ¿Necesitas una prueba más? ¡Adelante, viejo amigo! Demostrémosle a la Campeona lo que podemos hacer.

La temperatura del estadio cayó en picado de repente, y la joven incluso tuvo la impresión de que las luces perdían parte de su brillo. Una sombra oscura, rápida como el viento, hasta tal punto que cualquier otro entrenador en su lugar hubiera pensado que se la había imaginado, pasó por el rabillo de su ojo, paseando el suelo bajo sus pies, sin un cuerpo que la proyectara.

Pero ella sabía perfectamente lo que acababa de ver. Porque ya lo había visto antes.

Aunque eso no significaba que no lo temiera.

Por difícil de digerir que le pareciera, era obvio que aquel Gengar que estaba brotando del suelo delante de ella, con una reluciente sonrisa marfileña y unos grandes y maliciosos ojos de color rubí, era mucho más poderoso que el de Morti.

De repente, una idea tan oscura como la silueta gaseosa del espectro le cruzó la mente como un relámpago negro; un pensamiento súbito que se le antojó inducido desde fuera. Como si, en realidad, no se le hubiera ocurrido a ella.

—"¿Quién es en realidad Mazakala Hallorann, que es más poderoso que un líder de Gimnasio?"

Su inconsciente guerrero estaba volviendo a templarse poco a poco para cederle el paso, de nuevo, a la mucho más pausada capturadora y estudiosa. Porque, por más que repasaba su equipo, no se le ocurría nadie a quien pudiera sacar para luchar contra un pokémon de tipo fantasma. Y también de tipo veneno, se recordó a sí misma de inmediato.

—"Aunque Mega no estuviera agotado, está fuera de toda cuestión; igual que Parapeon y que Tupeon. Cupeon sería una buena opción… pero está debilitado. Smoopeon no tiene todavía movimientos psíquicos ofensivos, y además también está cansada. Solo me queda…"

—Arcapeon... —dijo, mirando hacia las gradas. El enorme perro emitió un alegre ladrido y se inclinó hacia ella por encima de la barrera— Necesito tu ayuda, por favor.

Dulce sonrió y le acarició el cálido pelaje de color canela al enorme Arcanine, antes de que este saltara ágilmente para situarse frente a ella, con el cuerpo en tensión y la mirada fija en su contrincante.

La sonrisa sinuosa de Hallorann había desaparecido, transformada en la primera expresión clara de verdadera preocupación que Cristal había visto en su cara. Esta vez, dio la orden con lo que parecía un leve temblor en la voz.

—¡Gengar, usa Hipnosis!

—¡Cuidado, Arcapeon! —exclamó la joven, con la sensación de que se le encogía el estómago— ¡Envuélvete en un Giro fuego!

El pokemon levantó el hocico hacia el alto techo invisible (¿realmente había un techo? Sin una sola fuente de luz más allá de las altas gradas saturadas de público, era más bien como si el coliseo estuviera abierto hacia la oscuridad infinita del vacío), como si fuera a emitir un largo aullido; pero en lugar de eso escupió una larga llamarada en espiral, que descendió lentamente hasta el suelo y formó una barrera de fuego a su alrededor. Durante unos instantes, pareció que el grueso pelaje de Arcapeon estaba ardiendo, y las ondas hipnóticas de Gengar se estrellaron contra la improvisada armadura de llamas.

—¡Ahora usa Velocidad extrema!

El espectro ni siquiera vio venir el ataque: apenas un segundo después, estaba tirado en el suelo, a unos metros de donde había estado antes, con el cuerpo cubierto de quemaduras.

—¡Ah, muy ingenioso, chiquilla! —comentó Hallorann, con un tono casi divertido— Sabías que no ibas a poder contra la velocidad de Gengar a menos que usaras ese movimiento de tipo normal…

—… que se supone que no debería afectarle —Arcapeon ladró alegremente, y Cristal le guiñó un ojo— ¡Pero los movimientos de tipo fuego sí funcionan contra los fantasmas!

—Una decisión interesante, desde luego —admitió el anciano, recuperando su porte hierático—. Pero no te va a bastar con eso para vencernos, jovencita. Hemos visto muchas cosas en este mundo desde mucho antes de que nacieras, y la que tú nos has mostrado no es la más sorprendente.

—Deme tiempo, señor Hallorann. —Lo retó la Campeona.

—Todo el que tu equipo pueda aguantar en pie, muchacha ¡Gengar, usa Mal de ojo!

Esta vez, ni Arcapeon ni su entrenadora pudieron verlo venir: el pokémon se vio repentinamente envuelto en un aura oscura y densa, y Cristal tragó saliva. Aquello no tenía por qué suponer un problema, porque no le iba a causar daño al Arcanine; pero ahora no podría retirarlo del combate para evitar que se debilitara: tendría que continuar luchando hasta que venciera o cayera rendido.

—¡Vamos a tener que ser rápidos, Arcapeon!
El enorme perro volvió emitió otro orgulloso: "esa es mi especialidad", parecía estar diciendo.

—¡Pues entonces, allá vamos: acércate todo lo que puedas y usa Lanzallamas!

Sabía que no necesitaba darle muchas más indicaciones, porque su pokémon sabía perfectamente cómo enfrentarse a rivales particularmente veloces, y nada le parecía más estimulante.

Los siguientes dos minutos de combate fueron prácticamente invisibles a sus ojos. Arcapeon empezó a correr a toda la velocidad que sus patas le permitían por todo el coliseo, deteniéndose a tomar aliento de vez en cuando y solo durante unos segundos, para no cansarse, mientras Gengar lo seguía atentamente con la vista. A pesar de no perder visiblemente su serenidad, era bastante obvio que Hallorann estaba empezando a impacientarse.

—¡Gengar, prepara una Bola sombra!

—¡Ten cuidado, Arcapeon!

Apenas Cristal hubo dicho esto, el Arcanine se plantó firmemente justo delante de su contrincante y le lanzó el potente Lanzallamas que había estado planeando. Eso provocó que la incipiente Bola sombra estallara, y Gengar se vio empujado contra el muro más cercano por la fuerza de los dos movimientos combinados.

—¡Así se hace! —Exclamó la joven.

—¡Gengar, no te rindas! —exclamó, a su vez, el anciano, mientras el pokémon fantasma se incorporable lentamente— Ahora ya sabes lo que tu rival puede hacer ¡Recuerda a Blaine, y cómo lo derrotaste a él!

Aquello hizo que la joven entrenadora se pusiera nerviosa de nuevo. Aunque todavía no había tenido la ocasión de conocerlo, lo poco que sabía de Blaine era que se lo consideraba como uno de los líderes de gimnasio más poderosos de Kanto, y que estaba especializado en pokémon de fuego. Si aquel Gengar había conseguido derrotar a uno o varios miembros de su equipo (algunos de los entrenadores con los que se había encontrado durante su viaje le habían hablado, en especial, de un Magmar particularmente poderoso y competitivo; que había conseguido hacer sudar incluso al legendario Red Ketchum), ella debía tener mucho cuidado él.

—"Ya estuve a punto de dejar caer a Mega por culpa del pánico paralizante. No puedo volver a dejarme intimidar, o será Arcapeon quien lo pague."

—¡Arcapeon, no le des la espalda en ningún momento!

Pero de poco servía aquella advertencia: antes de que volviera a cerrar la boca, el Gengar se hundió en su propia sombra y volvió a recorrer el coliseo a través del suelo y las paredes. La idea se le presentó como una revelación.

—¡Usa Lanzallamas contra el suelo y los muros! —Añadió.

Arcapeon dio un salto para evitar que la sombra de Gengar pasara justo por debajo de él, y volvió a usar su movimiento, esta vez apuntando hacia las paredes, que no tardaron en empezar a calentarse.

Al cabo de unos minutos, Gengar estaba huyendo de nuevo, intentando escapar de la oleada de fuego que recorría los muros al rojo vivo, y se vio obligado a desplazarse solamente por el suelo, siempre a la vista del inmenso perro. Lo que Cristal no había previsto era que la temperatura general del estadio, que hasta ese momento había sido bastante baja (gracias, en gran medida, tanto al Gengar como a los ataques de tipo hielo de Smoopeon), podía subir tan rápidamente; hasta tal punto que la armadura estaba empezando a agobiarla, y ya notaba la espalda empapada en sudor.

De hecho, la cabeza le pesaba cada vez más, y se tenía que esforzar para fijar la vista; mientras que Hallorann ni siquiera parecía haberse percatado del cambio de temperatura, y seguía observando el desarrollo del combate, de nuevo impertérrito, como si estuviera contemplando la salida o la puesta del sol.

Finalmente, Arcapeon se vio obligado a dejar de escupir fuego, cansado de mantener el ataque; pero el pokémon espectro emergió del suelo, visiblemente incómodo y debilitado por el exceso de calor.

Aún así, Cristal no percibió la menor alteración en el anciano. Ni siquiera aquella aura luminosa que solían emitir los psíquicos al usar sus poderes. Así que, si utilizó en algún momento sus capacidades telepáticas para comunicarse con su pokémon, ella no pudo percibirlo.

Aparentemente sin recibir ninguna instrucción por parte de su entrenador, el Gengar volvió a usar Hipnosis. Solo entonces, la joven se dio cuenta de lo que estaba pasando.

—¡ARCAPEON! ¡NO!

Sin pensárselo dos veces, se desabrochó y dejó caer al suelo el cinturón y la espada, y se despojó todo lo rápidamente que pudo de las piezas de su armadura, dejándolas caer también. Aunque seguía haciendo mucho calor (tanto que le sorprendía que Kira, que seguía contemplando el combate desde el estrado en calidad de árbitro, no estuviera acusando los efectos del calor tanto como ella, debido a las largas prendas que llevaba puestas), ahora se sentía un poco mejor, y se despejó un poco.

Pero Arcapeon estaba tendido en el suelo, profundamente dormido y envuelto en un aura de color púrpura que Gengar estaba absorbiendo a través de su sombra proyectada sobre él. Los rasguños del espectro se curaban poco a poco, mientras el gran perro de fuego se retorcía y gemía en sueños.

Cristal no pudo soportar aquello.

—¡Arcapeon… vuelve! —Le dijo, agotada, con un hilo de voz.

Tenía la sensación de que las lágrimas se evaporaban por el calor terrible que todavía había en el aire antes incluso de brotar, y le quemaban en los ojos. Mega estaba agotado. Cupeon, debilitado. Y Smoopeon no tenía nada que hacer contra Gengar.

—He perdido —reconoció, solemnemente—. No puedo seguir combatiendo.

Kira levantó la bandera roja en el aire, con solemnidad.

—¡Cristal Soulheart se rinde! ¡El ganador es Mazakala Hallorann!

Una ovación cerrada, poderosa como un rugido, brotó de las gradas.

Antes de que los aplausos y gritos se apagaran, el gigantesco coliseo de tinieblas empezó a desvanecerse lentamente, como un fotograma que se fundiera poco a poco a negro. Ahora, la joven podía apreciar claramente el aura azulada, fría y pulsante, que emanaba del cuerpo del anciano; mientras la ilusión que este había creado con sus poderes psíquicos se evaporaba a su alrededor.

Un instante después, Cristal abrió los ojos.

Estaba acostada en uno de los sofás de la sala de descanso de la Torre de Radio, y Kira, Mazakala Hallorann y Dulce se inclinaban sobre ella: mientras Arcapeon, que estaba acostado justo los pies del sofá, se desperezaba lentamente, como si también se estuviera despertando de un sueño extraño, inesperado y totalmente involuntario. Ninguno de los cuatro parecía particularmente sorprendido al respecto.

—"Entonces… ¿todo el combate ha sido un sueño?" —Se preguntó, confusa.

Mazakala Hallorann se sonrió, divertido ante la sorpresa de la muchacha.

—No creerías que realmente íbamos a combatir… en el interior de la Torre de Radio ¿verdad? —inquirió, con tono jocoso—. Menudo espectáculo me montaría Dick, si llegamos a hacer realmente… lo que hemos estado haciendo dentro de nuestras mentes en esta salita de descanso.

—¿Dick?

—Ahora todo el mundo lo llama "señor director", o "señor Hallorann" —respondió el anciano, con aire nostálgico—. Pero para mí, que lo conozco desde antes de que naciera… siempre será Dick.

Normalmente, hubiera preguntado cómo era posible algo como aquello; pero ya estaba empezando a acostumbrarse a las proezas mentales que podían obrar aquel hombre. Si realmente había entablado un combate con ella mediante un contacto telepático mientras dormía, debía de ser particularmente hábil: jamás había oído de nadie que hubiera conseguido hacer algo así.

—¿Qué tal te ha ido, Cristal? —Le preguntó Dulce, al fin, con interés.

—Mazky no ha querido involucrarnos a nosotras también… —añadió Kira, mientras rascaba a Arcapeon detrás de las orejas— Parece ser que conectar varias mentes ya es mucho, y exige mucho esfuerzo cuando solo una o dos de ellas tienen poderes psíquicos. Así que nos hemos quedado fuera, asegurándonos de que nadie interrumpía vuestro trance.

Las preguntas de sus nuevas amigas le sentaron como un balde de agua fría, porque le recordaron de inmediato el resultado del extraño combate que acababa de librar. Que Arcapeon se acercara a ella, con las orejas gachas, y le apoyara la cabeza tristemente en el regazo, significaba claramente que no cabía la menor duda: aunque, técnicamente, ni siquiera hubiera sido real, Hallorann había ganado el combate.

—No te preocupes, Arcapeon… —le dijo, cariñosamente, rascándole también detrás de las orejas— Todos habéis estado geniales.

—Entonces ¿has perdido? —Inquirió Dulce, desalentada.

Le costaba oírse a sí misma decir aquello. A ella, que siempre se había abierto camino a base de puro tesón, y que se preciaba de agarrarse a sus objetivos como a la vida misma, por ser el primer paso para alcanzarlos. A ella, que lo único que sabía hacer de verdad era, precisamente, luchar por alcanzar incluso lo inalcanzable.

—Me he rendido —la corrigió Cristal, con un tono lo más desapasionado posible—. No podía seguir combatiendo en aquellas condiciones.

No se atrevía ni a mirarlas a la cara, porque estaba segura de que no podría ver sus caras de decepción sin que se le escapasen las lágrimas otra vez. Pero sí tenía que mirar a Hallorann, que seguía observándola con sus grandes ojos de color ámbar, vivos y chispeantes como los de un hombre mucho más joven. Ya se encargaría más tarde de lidiar con las consecuencias de su fracaso.

—En fin, señor Hallorann… lamento haberle hecho perder el tiempo —le dijo, educadamente—. Ahora, necesitamos seguir adelante con nuestra investigación.

—¿Y si buscamos a Anthony Torrance? —le propuso Dulce— Ha sido él quien ha lanzado la alerta ¿no? Tiene que seguir aquí, en alguna parte.

—A mí me parece buena idea —comentó Kira—. A lo mejor no está tan informado sobre el pasado de la Torre… pero ha sido él quien ha contactado contigo ¿no? Es obvio que confía mucho en ti ¿Quién mejor para explicarte por qué te ha llamado?

El tono de las voces de las dos jóvenes no sonaba en absoluto a reproche, y no pudo evitar girar la vista para mirarlas, casi a su pesar. Dulce estaba levitando detrás del anciano, y Kira seguía al lado de Arcapeon; ambas mirándola con una idéntica expresión firme y decidida, a pesar de la evidente frustración por tener que volver al punto de partida. El pokémon emitió un ladrido lleno de energía y le lamió cariñosamente las manos

Y ella, aunque todavía no tenía ni idea de qué hacer, y aunque se le ocurrían mil razones por las que la solución que le proponían podría no funcionar (para empezar, ni siquiera estaban seguras de dónde podían encontrar a Anthony Torrance; ni siquiera sabían, aún en el caso de que lo encontraran, si estaría en situación de ayudarlas) no pudo menos que sonreír. Una vez más, salía al paso gracias a sus amigos, y hasta fracasar en el que suponía que era su propio terreno dolía menos.

—¡Bien, vamos a buscar Torrance! —respondió, agarrándose al nuevo cabo que sus amigas le estaban lanzando para no volver a hundirse, y estiró un poco la espalda y las piernas antes de ponerse en pie de nuevo e inclinarse ante Hallorann respetuosamente— Gracias de todas formas, señor…

El anciano emitió un bufido de enfado, y no esperó siquiera a que terminara la frase.

—¡Pero bueno, niña! ¿Se puede saber qué le pasa a todo el mundo esta noche? ¡Cuánta prisa por marcharse! ¿Acaso te he dicho que no te vaya a ayudar?

Las tres jóvenes y el Arcanine se miraron, desconcertados. Ahora sí que no entendían nada.

—Pero si he perdido el combate… —Empezó Cristal.

—¡Santas Tablas! —exclamó Hallorann, exasperado— ¿Quién te ha dicho que tuvieras que ganar nada? ¡Estos Campeones de hoy día, que se hacen antes poderosos que sabios! En la vida no es todo vencer o ser vencido ¿sabes?

Sin intentar hacer más preguntas, Cristal se sentó de nuevo lentamente en el sofá, y Kira y Dulce la imitaron; lo que pareció apaciguar un poco al anciano, que asintió secamente con aprobación.

—Esto ya está mejor —dijo, acomodándose en uno de los sillones vacíos, todavía con el ceño fruncido. Permaneció unos minutos con los ojos cerrados, meditando, mientras las chicas lo observaban de hito en hito, temiendo incluso respirar demasiado fuerte. Ahora entiendo mejor por qué Cross le teme tanto, se dijo Cristal.

Tras unos minutos de silencio expectante, el anciano la miró de nuevo, esta vez con un semblante mucho más suave y los ojos dorados llenos de cálido interés.

—Es obvio que eres una persona excepcional, Cristal Soulheart —le dijo—. Me oyes despotricar mucho contra los jóvenes, y echar mucho de menos mis años de luchador… pero tal vez no sea tan malo que los entrenadores empiecen pronto, después de todo. Cuanto antes empiezas a estrechar lazos con los pokémon… antes aprendes lo que es amar. Amar de verdad, como ama un hermano o un padre. Y eso siempre es bueno. Te lo digo, ni más ni menos, porque lo he vivido. No es la primera vez que lucho contra un Campeón… todos más mayores, más expertos, más poderosos que tú. Todos empleaban a sus pokémon más fuertes… todos usaban ataques poderosísimos… todos usaban estrategias tan frías y calculadas como un Puño hielo… todos sabían cómo sonsacarle a sus pokémon su máximo poder. Y todos me ganaron. Porque ninguno de ellos se había atrevido nunca a improvisar… una carga a través de una niebla tóxica; a menos que estuviera desesperado. Ni a retirar a un pokémon que aún puede luchar del combate… si no es para sacarlo más tarde. Ni a mantener en la arena a un pokémon… sin intención de hacerlo luchar. Y, desde luego, ninguno de ellos se rindió… antes de que su última de las últimas opciones estuviera agotada.

—Entonces, por eso he perdido —comentó Cristal, sintiendo que algo dentro de ella se hacía tan pesado que casi le sorprendió no tener que dejarse caer el suelo—. No tengo suficiente poder, ni inteligencia, ni talento para combatir.

—No será a mí a quien oigas decir eso, muchacha… —la reconvino el anciano—. Ya quisieran algunos de ellos poder luchar como tú. No se puede sacar de donde no hay, y es obvio que tienes mucho ingenio y coraje: he dicho que eres más temible que Giovanni Sakaki, y es cierto. La cuestión es que no lo eres por los mismos motivos que él... y a eso quería llegar: aún en los momentos más duros… has sabido encontrar un camino para seguir adelante... y lo has hecho por amor. Ha habido momentos en los que te has quedado paralizada… pero has sacado las fuerzas y la determinación para seguir, porque tus pokémon te necesitaban fuerte y decidida. Ellos te han sostenido, y tu has desafiado a todo lo desafiable por ellos. Ha habido momentos en los que has luchado solo por ellos… y has ganado y perdido por ellos. No has ido eligiendo a tus pokémon pensando solo en quién podría ganar con más facilidad… los has elegido, sobre todo, pensando en quién podía sufrir menos daño. Y, aunque sabías que tu Xatu podía derrotar fácilmente a un pokémon gas… ni siquiera te has planteado seriamente sacarlo a combatir.

—Xatu teme a los fantasmas —respondió ella, con amargura—. Ha pasado mucho miedo esta noche con todo el asunto de la alerta por código rojo… ahora que sé que este lugar está embrujado de verdad, no voy a obligarlo a combatir aquí.

—Y esa es la clave de todo, Campeona —replicó Hallorann, complacido, con una gran sonrisa—. Incluso esta aventura en la que te has metido… pese a estar convencida de que tal vez ni siquiera fuera realmente una misión para ti… la has emprendido, única y exclusivamente, porque un desconocido te estaba pidiendo ayuda. No digo que todos esos grandes campeones, a los que yo me he enfrentado antes de… establecerme en Pueblo Lavanda, fueran monstruos desalmados. Es obvio que Lance es un buen muchacho… con un vínculo fuerte y saludable con sus pokémon y un gran sentido del deber… pero tú tienes un corazón lleno de amor, Cristal Soulheart. Incluso en lo más fiero de la batalla, cuando has empezado a tomar decisiones rápidas… has elegido con el corazón; has jugado tus cartas explotando al máximo tus propios recursos… has sacado tu lado más astuto y osado, y lo has hecho con y por amor. Tu equipo lo percibe, y por eso confía ciegamente en ti… saben que ellos están por encima de todos tus éxitos, de todas tus victorias y de todos tus títulos… y que siempre lo estarán. Tú los haces fuertes a ellos… y ellos te hacen fuerte a ti. Creo que ni siquiera el propio Red Ketchum había conseguido… establecer un círculo virtuoso tan fuerte y bello. Será un honor poner mis conocimientos al servicio de semejante persona.

Tenía ganas de llorar otra vez, pero esta vez no estaba segura de por qué. Escuchar aquellas palabras, pronunciadas con el mismo tono sereno con que había sembrado las dudas en ella hacía un rato (aunque elle casi lo percibía como varios días) era como llegar a casa, darse una buena ducha y beber varios tragos de chocolate caliente seguidos tras una caminata agotadora bajo la lluvia.

Simplemente, no encontraba palabras que le parecieran adecuadas para responder a aquella descripción tan laudatoria, y tampoco estaba muy segura de qué debía pensar.
—Es curioso —comentó, con una sonrisa triste, recordando algo de repente—. Dulce me ha dicho algo por el estilo hace un rato.

—Porque es la verdad, Cristal —contestó Dulce, con naturalidad—. No vas a oír ninguna otra.

La joven respiró hondo, llenando a tope sus pulmones varias veces, como no hubiera podido respirar de verdad desde que había entrado a la Torre. Tal vez se debiera, en cierto modo, al corto sueño durante el cual había combatido, pero se sentía fresca y reconfortada; casi tuvo que recordarse a sí misma que estaba en un viejo cementerio embrujado.
Ahora sí sabía cómo podía contestar.

—Muchísimas gracias por su ayuda, señor Hallorann.

Kira y Dulce emitieron una exclamación victoriosa al unísono y chocaron los cinco, y Arcapeon ladró alegremente y se sumó a la especie de danza de celebración de las dos chicas. Pero unos instantes después, todos volvieron a sentarse.

Era evidente que Mazakala Hallorann apreciaba aquella especie de ceremoniosidad a la hora de sentarse a hablar, independientemente de que sus compañeras de trabajo le adjudicaran una personalidad un tanto volátil, casi caótica. Ahora parecía varias décadas más joven, con los ojos dorados chispeantes de ilusión, y Cristal comprendió de inmediato que se estaba preparando para hablar durante todo el rato que las circunstancias le permitieran. Varias tazas de café con su plato correspondiente se prepararon solas ordenadamente gracias a la máquina expendedora, para ir a posarse delante de cada uno de los cuatro humanos, y Arcapeon obtuvo una pequeña ración de golosinas pokémon, procedente de una gran bolsa que había en uno de los armarios (era obvio que estaba claramente contemplada la posibilidad de que algunos de los trabajadores de la Torre trajeran consigo a sus pokémon). Desde luego, Velmy no se había equivocado: si Hallorann tenía una debilidad, eran las conversaciones largas y tendidas sobre el pasado de la Torre Pokémon; que disfrutaba, e incluso anticipaba, como un niño un juguete nuevo largamente esperado.

—Y bien, señoritas y caballero…—empezó, justo después de darle el primer sorbo a su taza de café— Díganme ¿qué necesitan saber sobre nuestra célebre y muy amada morada eterna?


Por fin, parece que Cristal está empezando a conseguir resolver los misterios que rodean a la Torre de Radio de Pueblo Lavanda, así como algunos de los que la rodean a ella misma. Pero ¿qué podrá contarles Mazakala Hallorann? ¿Realmente estará relacionado con la extraña criatura que parece estar causando estragos en la Torre? ¿Y qué habrá sido del misterioso Anthony Torrance? Continuará...