Capítulo 2
Base de los GEOS, Guadalajara (España), marzo de 2017
Como cada mañana, los GEOS practicaban sin descanso en el campo de la base. Corrían, hacían abdominales, saltaban obstáculos y hacían rápel por los muros.
En cuanto acabaran el ejercicio físico les esperaba una clase de conducción. Si algo tenían los GEOS eran formación y preparación continuas, algo primordial en su trabajo, puesto que eran el cuerpo de élite de la policía española.
Su entrenamiento era fuerte, cañero, sin descanso, se buscaba el límite de la condición física y el trabajo en equipo, porque lo mismo realizaban misiones en países conflictivos como liberaban rehenes, luchaban contra terroristas o bandas de narcotraficantes, y en todas ellas su objetivo era finalizarlas con éxito. Debían estar en plena forma, se entrenaban para ello, y nada podía pararlos.
Mientras se dirigían a las duchas para refrescarse tras el ejercicio, Konohamaru preguntó, dirigiéndose a Naruto:
—¿Te ocurre algo?
Todos rieron, y Suigetsu cuchicheó:
—Que está mayor...
—¡O que la pelirroja de la otra noche lo mató! —se mofó Sasuke.
Como los hombretones que eran, todos rieron de nuevo, hasta que Naruto, algo congestionado, respondió:
—Tranquilas, nenas, que de ésta no me muero.
Volvieron a reír, y a continuación Idate preguntó:
—¿Vienes al curso o tienes clase?
Naruto, que era el instructor de artes marciales de la base, se retiró el sudor de la frente e indicó, mirando a sus amigos:
—Tengo clase.
Cuando Suigetsu iba a añadir algo, sonó el teléfono de Sasuke y todos lo miraron. Sabían que ese teléfono tenía prioridad.
—Ni curso ni clase —dijo él después de colgar—. Tenemos trabajo.
Sin tiempo que perder, el grupo se preparó y, una vez equipados, el subdirector apareció frente a ellos y les explicó la situación. Tenían una misión en el casco antiguo de Madrid en la que debían liberar a un matrimonio secuestrado en su propio domicilio. Sus captores pedían un rescate por ellos y no había tiempo que perder.
Una vez en el centro de la ciudad, Sasuke habló con la persona de enlace que le había indicado el subdirector Gai y éste le explicó más exhaustivamente la situación. Con todo claro, asintió y se dirigió a sus hombres. El operativo debía ser limpio y rápido. Los captores eran tres, por lo que, en total, había cinco personas en el interior de la vivienda.
Después de distribuir a dos comandos y a sus hombres, Sasuke se ubicó junto a Naruto, y éste, ajustándose el pasamontañas negro, dijo con seriedad:
—Muy bien. Allá vamos.
Con una profesionalidad impresionante, Sasuke y sus hombres entraron en la vivienda reventando la puerta con explosivos y, de manera rápida y eficaz, localizaron a los captores. Dos de ellos, asustados, enseguida se tiraron al suelo, pero el tercero se les enfrentó, y antes de que Naruto pudiera pararlo se abalanzó contra él. Ambos rodaron por el suelo, pero el GEO se hizo enseguida con el mando.
Konohamaru lo ayudó a retener al secuestrador y luego preguntó:
—¿Todo bien?
Naruto apretó los dientes. En realidad, a cada segundo que pasaba se encontraba peor, pero sin dejarse vencer por su estado, contestó:
—Sí, tranquilo. Terminemos el operativo.
Suigetsu y Sasuke liberaron al matrimonio asaltado, quienes se encontraban amordazados y atados de pies y manos, y mientras los sacaban de la vivienda se enteraron de que habían sido secuestrados porque supuestamente habían estafado al padre de sus captores.
En cuanto todo hubo acabado, los GEOS montaban de nuevo en la furgoneta negra para irse, cuando Konohamaru se acercó a Sasuke y le preguntó:
—¿Qué sabes de tu hermana?
Él maldijo al oírlo. Konohamaru y su hermana Hanabi se llevaban un rollito muy raro que nunca terminaba bien. Y, recordando que ella se había marchado por una jugada nada bonita por parte de aquél, respondió:
—Que sigue en Argentina.
Konohamaru asintió. Eso también lo sabía él. Pero, cuando iba a preguntar de nuevo, Sasuke lo cortó:
—Si quieres saber de ella, ¡llámala! Pero a mí déjame a un lado.
Su amigo suspiró. Sólo Naruto sabía la verdad de lo ocurrido entre Hanabi y él, y sin querer añadir nada más, se limitó a pedir:
—Dile algo a Naruto. No lo veo bien.
Sasuke asintió y, al ver que el aludido se tocaba la garganta con cierto malestar, levantó la voz y siseó:
—Y tú, en cuanto lleguemos, te vas directo a la cama. Tienes una pinta desastrosa.
Al oír eso, los demás miraron a Naruto, y éste, al sentirse el centro de atención, se apresuró a replicar:
—Joder, ¡que no es nada!
Sasuke asintió. Como él, su amigo era un tipo duro, ambos eran hombres que no se dejaban vencer por una simple gripe. Pero, consciente de que lo necesitaba recuperado, añadió:
—Te necesito al cien por cien. Haz el favor de tomarte unos días libres y ponerte bien. Te recuerdo que aún te quedan vacaciones.
Naruto asintió. Sabía que Sasuke tenía razón, pero guardaba esos días para viajar a Los Ángeles, para el cumpleaños de Deidara, y cuando iba a protestar, Konohamaru bromeó:
—Nuestra Mariliendre es una tiparraca muy dura.
—Habló la heteropetarda —se mofó Naruto.
Todos rieron al oír los apodos que tan buenos recuerdos les traían de Deidara, el particular y escandaloso primo de Sakura que vivía en Los Ángeles, y al que pensaban visitar durante el viaje.
—Como se entere Deidara de que está malito su Batman preferido, ¡no quiero ni imaginar la que puede organizar! —señaló Sasuke.
De nuevo, todos volvieron a reír, y Naruto replicó divertido:
—Callaos, ¡mamonazos!
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Una vez que llegaron a la base de Guadalajara e informaron sobre el operativo y su efectividad, el grupo se dispersó. Unos se quedaron en el cuartel y otros se marcharon a sus casas.
Al salir, antes de montarse en la moto, Sasuke observó a Naruto. Su rostro y su seriedad dejaban claro que no se encontraba bien.
—¿Quieres que te acerque? —le preguntó.
Su amigo negó con la cabeza, y Sasuke insistió:
—Qué cabezón que eres.
Naruto sonrió.
—Vete a tu casa y déjame en paz.
Sasuke arrancó divertido y se alejó.
Cuando se quedó solo, Naruto se subió a su moto.
Estaba mejor, aunque sentía el cuerpo cortado, y, tras ponerse el casco y los guantes, arrancó el motor y se encaminó hacia su casa. Sin embargo, antes de llegar, se desvió sin dudarlo.
Minutos después, aparcó, bajó de la moto y, casco en mano, se dirigió hacia un portal. Llamó al timbre del tercero derecha y rápidamente se oyó la voz de una mujer:
—¿Sí?
—Soy Naruto.
Al oír eso, ella se apresuró a abrir y se miró en el espejo que tenía en la entrada.
¡Naruto estaba allí!
Segundos después, la puerta del ascensor se abrió y él la saludó con una sonrisa:
—Hola, Gafitas.
Sin necesidad de decir más, Tema lo invitó a entrar en su casa y, a partir de ese momento, se olvidó del mundo y se dedicó a él en cuerpo y alma.
