Capítulo 4
Tras pasar una estupenda mañana con Naruto en su hogar, cuando él se marchó Tema estuvo trabajando desde casa en el diseño de una página web durante horas.
Habló varias veces con diversos clientes por teléfono, respondió emails y maldijo cuando recibió un mensaje que decía:
Necesito el dinero ¡ya!
Su tía no la dejaba vivir. Hizo una transferencia de dos mil euros al número de cuenta que ya se sabía casi de memoria y escribió en el móvil:
Ya lo tienes. No vuelvas a pedirme ni un euro más.
Nada más enviar el mensaje, decidió olvidarse de ella. Era lo mejor.
La casa olía a Naruto. Estar con él a solas siempre era placentero, sobretodo porque él dejaba de ser el GEO chulo para convertirse en un hombre encantador.
Esa tarde, cuando Tema llegó a la residencia donde estaba mamá Chiyo, saludó con cariño al entrar a los demás viejitos. Los ancianos se lo agradecieron, y más cuando, uno por uno, se fue acercando a ellos y los hizo sentirse especiales durante unos minutos.
Luego continuó hacia la habitación donde estaba mamá Chiyo y, al doblar una esquina, se encontró con Buriko, la doctora de la residencia, que, una vez que la hubo saludado, le dijo:
—Ella ahora está bien, sin dolores y muy lúcida, pero mi consejo es que te prepares, porque, por desgracia, creo que pronto...
No dijo más, puesto que Tema le hizo un gesto con la mano pidiéndole que callara.
Lo sabía. Sabía lo que iba a ocurrir al cabo de poco tiempo y, asintiendo, indicó:
—Tranquila. Estoy preparada.
La doctora le apretó el brazo con cariño y Tema continuó caminando hacia la habitación.
Al llegar frente a ésta, se detuvo antes de entrar, cogió aire y, sin poder evitarlo, le vino a la cabeza su maldita tía Gazeru, pero rápidamente dibujó una bonita sonrisa y abrió la puerta. Segundos después, la mirada azulada y agotada de mamá Chiyo conectó con la suya. No estaba sola, sino con una enfermera, y la anciana dijo, retirándose la mascarilla de oxígeno:
—Sara, luego seguimos hablando, ahora ha llegado mi niña.
Sara era una de las amigas de Tema allí, la que la había llamado para informarla, y al verla entrar por la puerta se levantó, le dio un beso a modo de saludo en la mejilla y salió del cuarto.
Sonriendo, Tema se acercó a la mujer que estaba postrada en cama, le dio un cariñoso beso y murmuró:
—Cotilleando con Sara...
Chiyo sonrió a su vez. Disfrutaba viendo la juventud de aquellas mocitas.
—Sólo le digo a Sara eso que siempre te digo a ti: ¡que viva!, porque la vida se acaba por muchos años que vivas. ¡Juventud, divino tesoro! Lo que daría yo por tener vuestros años sabiendo lo que sé. Te aseguro que me comía el mundo.
Ambas rieron, y luego Chiyo añadió, señalando unas flores de colores que había en la habitación:
—Por cierto, hoy ha venido a visitarme Matsuri. —Al ver que su sobrina la miraba sin comprender, aclaró—: Es esa muchachita que viene a la residencia a ver a su abuela y, fíjate, me ha traído esas bonitas flores.
Tema sonrió. Sin duda su tía se hacía querer.
Al ver a su sobrina algo más seria de lo normal, Chiyo tocó la cama con la mano, hizo que su niña se sentara a su lado y, dejando a un lado la libreta donde le gustaba apuntar cosas, le preguntó:
—¿Qué ocurre? Y no me digas que nada, que te conozco muy bien.
Tema suspiró, pero, incapaz de mentirle, contestó:
—Le he ingresado dos mil euros más.
Sin necesidad de pronunciar su nombre, mamá Chiyo supo enseguida a quién se refería y, maldiciendo, declaró:
—Sé que quizá Dios me castigue por lo que voy a repetirte y exigirte una vez más, pero debes parar. Debes plantarte, decir «no» y pensar egoístamente en ti o nunca podrás ser feliz.
—Ya..., pero ella es...
—Lo sé, mi vida, lo sé. Sé tan bien como tú quién es.
Ninguna añadió nada más. El tema Gazeru estaba ya muy hablado entre ambas.
Entonces mamá Chiyo, deseosa de ver sonreír a su niña, preguntó:
—¿Has felicitado a Naruto?
—Sí —respondió ella sonriendo.
—¿Le ha gustado tu regalo?
La joven asintió. A mamá Chiyo se lo contaba todo, lo bueno y lo malo. Tenía plena confianza con ella.
—Sí. Vino a casa, se lo di y le gustó mucho —explicó.
Chiyo miró a su niña emocionada.
—¿Y...?
Al ver su entusiasmo, Tema resopló.
—Y nada interesante... Bueno, sí. Su teléfono echaba humo por las llamadas de otras mujeres que querían felicitarlo.
Chiyo bufó.
Había visto a Naruto en alguna ocasión. Incluso una vez él había acompañado a su sobrina a la residencia y pudo ver cómo la miraba. Los ojos no mentían. Pero si por algo se la llevaban los demonios era por la tristeza que había en los ojos de Tema por culpa de aquel hombre. Miró al techo, levantó las manos y dijo:
—Querido destino, si ese Naruto no es para mi niña; quítalo de una santa vez de su camino o haz que se produzca la magia.
Al oírla, Tema sonrió. La magia para su tía era el todo en el amor.
—Mejor pídele al destino que yo sea capaz de resistirme a sus encantos —señaló.
Ambas sonrieron, y luego Chiyo preguntó:
—¿Te has vuelto a dejar engatusar?
—Sí —afirmó ella sin dudarlo.
—¿Y por qué no le has dicho que no?
—Porque no sé hacerlo. Es que me mira y uff... —suspiró Tema.
—Aisss..., hija mía, el amor es como el viento: no se ve, pero se siente, y quizá ese muchacho te...
—Mamá Chiyo..., ¿qué te han hecho tomar? —la cortó ella, bromeando.
La mujer sonrió. Sabía cuánto representaba aquel joven para su niña, y, mirándola, cuchicheó:
—Desde pequeña siempre has sido muy enamoradiza y...
Sin dejarla acabar, Tema le dio un abrazo para que callara y luego sugirió:
—¿Qué tal si hablamos de otra cosa?
La mujer asintió. Le dolía ver que su niña sufría por amor e, intentando respetarla, preguntó:
—Vas a ir a Los Ángeles a visitar a Deidara por su cumpleaños, ¿verdad?
Tema pensó en aquel amigo tan especial al que había visitado otros años y sonrió. Sin embargo, negó con la cabeza.
—¿Y por qué no vas a ir? —insistió Chiyo.
La joven no respondió. Le preocupaba mucho la salud de la anciana.
Consciente de su silencio, ésta adoptó un tono de voz serio para indicar:
—Temari Sabaku, mi destino en esta vida está escrito, como está escrito el tuyo y el del resto de la humanidad.
Tema sonrió. Sólo la llamaba por su nombre completo cuando la regañaba.
—Y, dicho esto —prosiguió Chiyo—, te ruego que añadas vida, magia y vivencias a tu tiempo porque si no lo haces me voy a sentir fatal. Y si para ser feliz tienes que dejar de ser Tema para ser Temari Sabaku o Perica la de los Palotes, ¡hazlo! Pero vive, mi niña, ¡vive! Y equivócate si es necesario, pero busca la felicidad allá donde la encuentres, porque será lo único que te lleves de este mundo.
Consciente de a qué se refería con esas palabras, Tema iba a protestar cuando Chiyo, sin soltarle las manos, insistió:
—Eres joven, bonita y encantadora, aunque un poco viejuna en el vestir. Si yo tuviera tu edad, ¡me comía el mundo!
—No empecemos. —Ella sonrió.
Bien sabía que no era una gurú de la moda. La ropa no le había llamado nunca la atención.
—Tienes toda la vida por delante, y quiero..., y necesito que seas feliz haciendo lo que desees y te propongas, porque para eso te he criado, mi amor. Mi tiempo físico a tu lado se acaba, pero sé que siempre vamos a estar unidas aquí —dijo, posando una mano sobre su corazón.
—Mamá Chiyo...
—No. Escúchame —la cortó—. Si quieres que yo sea feliz, primero has de serlo tú. Y para ello quiero que viajes, que vivas, que te olvides de quien no te quiere y que disfrutes del sexo como te mereces.
—¡Mamá Chiyo! —exclamó Tema divertida.
Ambas rieron y, a continuación, la mujer insistió:
—Prométeme que, una vez que haya pasado lo que tenga que pasar, me llorarás dos días, pero al tercero levantarás la cabeza, vivirás la vida y disfrutarás de ella. Dame tu palabra de que buscarás a ese amor que te espera en algún lado, que sólo le permitirás entrar en tu vida cuando sientas que te merece y que serás locamente feliz por ti y por mí, ¡por las dos!
A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas. Imaginarse un mundo sin ella, su única familia, no le resultaba fácil.
Pero Chiyo, que necesitaba sentir a una Tema fuerte, indicó:
—Temari Sabaku, me he dejado la piel para criarte. Para hacerte entender que no todo lo que uno quiere conviene. He intentado que comprendas que la magia del amor no se sueña, ¡se vive! Y ahora, mírate. Eres adulta, preciosa y una maravillosa persona a la que miro a los ojos con orgullo y digo: ¡gracias, mi vida! ¡Gracias por haber sido mi hija! —Tema se emocionó, y Chiyo prosiguió, quitándole las gafas de pasta—: Ahora, mi niña, ha llegado el momento de que me demuestres que mi esfuerzo y mi trabajo durante todos estos años han servido para algo. ¿Lo harás, mi vida?
Dolor...
El dolor que le suponía aquella despedida hizo llorar a Tema, pero asintió. Se lo debía a mamá Chiyo, a su madre. Por ello, se limpió las lágrimas que corrían por sus mejillas y afirmó:
—Te lo prometo, mamá.
A la anciana siempre le había gustado que la llamara así, pero más le gustó su promesa. Y, como necesitaba que nunca lo olvidara, cogió su libreta y, entregándosela junto con un bolígrafo, le pidió:
—Escríbelo y fírmalo.
—Mamá...
—Fírmalo —insistió ella.
Tema sonrió.
Desde pequeña, mamá Chiyo siempre le había hecho que se comprometiera a cumplir objetivos anotándolo en un cuaderno. Era un juego de las dos. Cuando alguna quería algo, hacía firmar a la otra.
Tema, deseosa de verla feliz, cogió el cuaderno y escribió: «Prometo quererme, encontrar la magia y ser feliz para que estés orgullosa de mí». Y, sin más, estampó su firma tras sus palabras.
Eso hizo sonreír a la mujer, que, leyendo lo que había escrito, afirmó:
—Ahora sé que lo vas a cumplir y no me vas a decepcionar. Y recuerda, mi vida: mientras llegas a tu destino, tienes que disfrutar del camino.
Tema volvió a asentir y, arrojándose a los brazos de la persona que siempre la había querido, la abrazó con todo su amor.
No sabía cómo lo haría, pero como decía un refrán que su adorada tía había dicho en muchas ocasiones a lo largo de su vida, ¡lo prometido era deuda! Y ella no iba a defraudarla.
