Capítulo 5
El entierro de mamá Chiyo, una semana después de la visita de su sobrina al hospital, fue triste. Tremendamente triste.
La anciana era una mujer muy querida en Sigüenza, y todo el pueblo se unió al dolor de Tema, a quien los ojos se le habían secado de tanto llorar.
Decidió no avisar a su tía Gazeru. Ésta llevaba años sin ver a su hermana y no pintaba nada allí. Sin embargo, se quedó boquiabierta cuando la vio aparecer en el tanatorio.
¿Quién la había llamado?
Gazeru apareció delante de todos vestida de negro junto a un macarra musculado con coleta y, haciendo el papelón de su vida, se abrazó a su sobrina fingiendo que lloraba. Algo que pocos creyeron.
Tema, rígida, se dejó abrazar mientras observaba al tipo que acompañaba a su tía, que no era otro más que el Ronchas, su noviete traficante de cocaína, con el que llevaba ya tiempo.
—¿Cómo te atreves a traerlo aquí? —le soltó.
Gazeru sonrió y, guiñándole un ojo a él, que también sonrió, señaló las gafas de pasta de la joven e indicó:
—Chiquilla, que tú no sepas sacarte partido como mujer no quita que hombres como él se mueran por mí.
Tema la miró con desagradado; nunca tenía una palabra bonita hacia ella. Asintió sin responder. No merecía la pena.
Sakura, que observaba la situación más allá, al ver el gesto triste de su amiga, susurró, dispuesta a enfrentarse a quien fuera:
—Está visto que las sanguijuelas acuden al olor de la sangre.
Sasuke y Naruto, que estaban con ella, miraron hacia el lugar donde señalaba, y este último, consciente de quiénes eran aquella mujer y el tipo que la acompañaba, se dirigió hacia ellos sin decir nada. Una vez allí, cuando sus ojos se encontraron con los enrojecidos de Tema, la separó sin pensarlo de su tía e, interponiéndose entre ambas, siseó con gesto serio:
—Ya puedes marcharte por donde has venido, y de paso te llevas a tu amiguito.
Gazeru lo miró sin inmutarse. Paseó con lascivia los ojos por el fornido y musculado cuerpo de aquél y, contemplándolo con chulería, preguntó:
—¿Y tú quién coño eres?
Naruto se mordió la lengua molesto.
No era el sitio ni el momento para montar un numerito.
Por su trabajo, había tenido acceso a la ficha policial de la mujer, cuando Tema, en una de sus quedadas nocturnas, le confesó que su tía estaba en la cárcel.
Le sorprendió la noticia, buscó información sobre ella y se quedó boquiabierto cuando descubrió que había cometido delitos como atraco a mano armada, tráfico de drogas, robos en supermercados y un sinfín de perlas que desconocía si Tema sabía de su tía y su acompañante. Aun así, calló. Él no era quién para decirle lo que había descubierto.
Tema, dolida, miró a Naruto y, agradeciendo su protección, apoyó una mano en su pecho y murmuró:
—Tranquilo. Yo me ocupo de ellos.
Él no se movió del sitio.
¿Cómo iba a ocuparse de ellos aquella cándida jovencita?
Al ver la mirada de Tema, Sakura se dispuso a acercarse para ayudarla, pero su marido, tan consciente como Naruto de quiénes eran aquellos dos, dijo:
—No te muevas. Iré yo.
Y, sin más, se acercó hasta Naruto y, tras medio discutir con él, lo obligó a alejarse de ellos. Tema le dio las gracias a Sasuke con una tímida sonrisa.
Una vez a solas, la joven miró a la mala mujer y, sacando fuerzas, le preguntó:
—¿Quién te ha avisado?
Gazeru, que hacía gestos obscenos con los dedos a algunos vecinos que la conocían, respondió:
—Se dice el pecado, pero no el pecador.
A Tema le hervía la sangre.
Por mucho que fuera hermana de la fallecida, aquella mala mujer sólo había acudido para sacarle todo el dinero que pudiera por la muerte de mamá Chiyo y, conteniendo sus impulsos, susurró:
—Márchate de aquí y llévate a tu amiguito.
Gazeru sonrió con maldad.
Aquella jovencita era una sosaina sin carácter.
—Tengo más derecho a estar aquí que tú —replicó—. Ella era mi hermana.
Tema cerró los ojos y pensó en todo el dolor que aquella mujer les había ocasionado primero a sus abuelos y posteriormente a mamá Chiyo; por lo que, contó hasta diez y, cuando los abrió de nuevo, clavó la mirada en ella y le escupió:
—Tienes dos segundos para marcharte o te juro que haré que la policía registre el coche de tu amigo, vuestra casa y...
—¡Vámonos! —dijo el Ronchas, asiendo el brazo de Gazeru al intuir quiénes podían ser los policías. Él mejor que nadie sabía la mierda que llevaba en el coche para distribuir durante aquel viaje a Sigüenza.
Gazeru miró entonces a su sobrina sorprendida y susurró:
—Vaya..., si al final va a resultar que tienes carácter.
Tema resopló y siseó, apretando los puños:
—Aléjate de lo que más quiero o te juro que conocerás la peor versión de mí.
La mujer sonrió, una sonrisa que traslucía la maldad que albergaba en su interior; miró a su sobrina y a sus amigos, que los observaban dispuestos a abalanzarse sobre ellos, y susurró:
—Volverás a saber de mí.
Dicho esto, dio media vuelta y se marchó, sin olvidarse de dirigirles varias peinetas.
Cuando desapareció del tanatorio junto a su desagradable amigo, Sakura se aproximó a Tema y le preguntó preocupada:
—¿Estás bien?
No le dio tiempo a responder, pues Naruto se le acercó también y, acaparando su atención, indicó:
—Si vuelven a molestarte, dímelo, ¿entendido?
La joven asintió.
Veinte minutos después, acompañada por vecinos y amigos, se dirigió al cementerio, donde descansarían los restos de mamá Chiyo.
Por suerte para ella, tenía buenos amigos que la cuidaban en aquellos momentos tan tristes. En cuanto se había enterado de la noticia del fallecimiento de Chiyo, Naruto fue el primero en ir en su busca, y sin dejarla un segundo la ayudó en todo lo necesario y se aseguró de que no se sintiera sola en ningún momento. No pensaba permitirlo.
Ese gesto conmovió a todo el mundo y nadie pudo reprochárselo.
Por una vez en su vida, Naruto había dejado aparcado al guaperas engreído que demostraba ser continuamente para darle todo su apoyo y su cariño a una amiga, y todos se lo agradecieron. En especial Tema.
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Tras el entierro, cuando regresaban a sus casas, Naruto animó a sus amigos a que fueran a comer algo juntos. No quería dejar sola a la chica en su casa; por lo que, se dirigieron a un restaurante muy conocido de Sigüenza.
Cuando se sentaron a la mesa, a Sakura, que estaba al lado de Tema, le sonó el teléfono, y dijo pasándoselo:
—Es Hanabi.
Hanabi era la hermana pequeña de Sasuke y la mejor amiga de Tema. Por su trabajo de periodista, se encontraba en Argentina cubriendo un par de reportajes.
—Hola, Hanabi —la saludó Tema al teléfono.
Conmocionada por la noticia, su amiga se tocó la frente y murmuró:
—Siento mucho lo de mamá Chiyo, y siento también no estar a tu lado en un momento así.
Ella asintió con tristeza.
—Tranquila. No hace falta que digas nada, Hanabi. Y, te equivocas, estás a mi lado.
Durante un rato hablaron de sus cosas, como siempre solían hacer, hasta que Hanabi inevitablemente preguntó:
—¿Está por ahí el idiota?
Tema sonrió al oír eso. El idiota era Konohamaru. Observó cómo hablaba con Sasuke y Naruto y afirmó:
—Sí. Aquí está, junto a los demás.
Hanabi suspiró. A pesar de haber huido de Konohamaru, sentía algo muy fuerte por él.
—¿Y cómo está? —preguntó.
Tras la marcha de Hanabi, él no lo había pasado muy bien; por lo que, Tema respondió:
—¿Qué quieres que te diga?
Su amiga resopló. Cada día le pesaba más lo que había hecho, pero como no quería hablar de ello, desvió el tema y preguntó:
—¿El otro idiota también está ahí?
Tema miró a Naruto.
Su comportamiento con ella en las últimas horas había sido ejemplar y respetuoso al máximo, y afirmó:
—Sí. También está.
Hanabi suspiró de nuevo al oír eso y, mirando a un guapo argentino que le guiñaba un ojo al pasar, dijo:
—Deberías venirte a Argentina conmigo. Puedes hacer tu trabajo desde cualquier lado. —Tema sonrió—. Aquí hay hombres que te miran con ojos melosones y te dicen cosas como «sos un bombón de dulce de leche». ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!... Lo que me entra por el cuerpo cuando me dicen eso. —Ambas rieron, y luego Hanabi añadió—: Soy una egoísta y, aunque esté mal decirlo, ahora soy yo quien los utiliza para quitarse malos recuerdos, como, por ejemplo, el idiota y...
Tema, incapaz de no reaccionar, la interrumpió:
—Sí, claro, y por eso me has preguntado por él, ¿verdad?
Hanabi soltó una risotada. Estaba claro que seguía colgada de Konohamaru, y añadió, bajando la voz:
—Lo odio de la misma manera que lo quiero... ¡No hay quien me entienda!
Volvieron a reír y, a continuación, Hanabi indicó:
—Regreso a España dentro de unos veinte días.
—¡Perfecto!
—Por cierto, tenemos que comenzar a pensar en el regalo de Deidara. Aunque, la verdad, si le compramos algo de Loewe o de Prada, ¡acertamos seguro! —Tema asintió—. ¿Miraste los billetes de avión para Los Ángeles? —preguntó Hanabi.
—No.
—Pero ¡Temaaaaaaa!
—No sé si iré, la verdad.
Al oír a su amiga tan desanimada, Hanabi insistió:
—Te aseguro que ella estaría muy orgullosa de ti si retomaras tu vida. Deja de preocuparte por el qué dirán en el pueblo, porque, como dice el abuelo Goyo, quien habla mal de los demás es probable que no tenga nada bueno que decir de sí mismo.
—Lo sé..., lo sé..., pero...
—Tema, la vida ha de continuar, y mamá Chiyo así lo querría —la cortó—. Y en cuanto a la gente, ¡pasa de ella! Hay personas que se aburren y que, cuando lo hacen, les encanta fijarse en las vidas de los demás, sin pararse a pensar que las suyas probablemente también pueden criticarse.
Tema volvió a sonreír. Eso mismo habría dicho su tía Chiyo.
—Lo pensaré —contestó—. Pero, de momento, ya estoy deseando que regreses. Te echo de menos.
Una vez que se hubo despedido de su amiga y le devolvió el móvil a Sakura, Naruto, que la había observado hablar por teléfono, se acercó a ella y, mientras se agachaba a su lado, preguntó interesado:
—¿Qué vas a comer, cielo?
Tema miró las raciones que los camareros habían puesto sobre la mesa para todos y, suspirando, indicó:
—La verdad, no tengo mucho apetito.
Él asintió. Le preocupaba aquella personita tan especial. Intercambió una mirada con Sakura y Karin, que estaban sentadas al lado de ella, e, ignorándolas, insistió:
—Aunque no tengas hambre, tienes que comer. Anoche apenas cenaste y sólo tienes en el cuerpo el café que esta mañana me he encargado de que te tomaras. Así que, Gafitas —dijo bajando la voz mientras ponía frente a ella un pincho de tortilla con pan—, cómetelo o yo mismo me encargaré de que te lo comas, ¿entendido? —A continuación, mirando a Sakura y a Karin, indicó—: Procurad que se lo coma o lo haré yo.
Dicho esto, se alejó incómodo al ver cómo las otras dos lo miraban, y regresó junto a los chicos.
—Por favor... —cuchicheó Sakura—, su preocupación me tiene atónita.
—Si me pinchan..., no sangro —afirmó Karin.
Sakura sonrió.
—Pero si parece hasta humano y no el chuleras que siempre es.
Tema sonrió también al oírlas. Pocas personas conocían a Naruto como ella.
—Lo creáis o no, en las distancias cortas es maravilloso —repuso.
Karin y Sakura se miraron sorprendidas.
Naruto era el típico... típico... típico... castigador de nenas, tanto, que era para romperle la cara.
Konohamaru se acercó entonces a ellas y preguntó:
—¿Es cierto que ha llamado la reportera del año?
Al intuir que preguntaba por Hanabi, las tres lo miraron, y Tema contestó:
—Sí..., y me ha dado un mensaje para ti.
Konohamaru suavizó el gesto al oír eso. En su fuero interno necesitaba tener noticias de aquella mujer que lo llevaba por la calle de la amargura y, movido por la curiosidad, preguntó:
—¿Y qué te ha dicho?
Tema asintió. Hanabi no le había dicho nada para él, pero como necesitaba que Konohamaru la olvidara, soltó:
—Me ha dicho que te diga que los mejores éxitos llegan tras las grandes decepciones y que le encanta el dulce de leche argentino.
El rostro de Konohamaru se crispó. Aun en la distancia, aquella maldita bruja lo hacía enfadar. De inmediato, dio media vuelta y se alejó. No quería oír nada más.
Sakura y Karin miraron boquiabiertas a Tema, que cuchicheó:
—Es mentira. Hanabi no le ha mandado ningún mensaje, pero estoy convencida de que le encantará que se lo haya dicho.
Las dos mujeres sonrieron, y Sakura, observando cómo Tema cogía un trozo de pan y se lo metía en la boca, murmuró:
—¿Quién eres tú y dónde está mi amiga?
