Capítulo 10
El viernes, cuando Tema se levantó, el día era espectacular. El sol iluminaba de una manera especial el cielo, y, dispuesta a disfrutar del aire puro de la montaña, se calzó sus deportivas y, tras meter en su mochila una botella de agua fresca, salió de su casa, cogió su coche y se encaminó hacia el mirador de Pelegrina, más conocido por la gente como el de Félix Rodríguez de la Fuente.
Mientras conducía, canturreaba la canción No vaya a ser, del maravilloso Pablo Alborán, al tiempo que se convencía a sí misma de que lo que le había dicho días antes a Naruto era lo mejor.
Cuando llegó al mirador, sonrió al encontrarse con otros excursionistas, que, como ella, disfrutaban del día y de las vistas que ofrecía el lugar.
Tras aparcar el coche, cogió su mochila y bajó. Aquel sitio era uno de sus lugares favoritos por los bonitos recuerdos que le traía de mamá Chiyo. Muchas habían sido las veces que, juntas, habían ido a aquel lugar para simplemente hablar de sus cosas mientras tomaban un bocadillo, sonreían y observaban el maravilloso atardecer y, con suerte, veían volar algún buitre leonado.
Al pensar en ella, las lágrimas acudieron a sus ojos, pero las contuvo. Mamá Chiyo no querría que llorara. Con seguridad, caminó hacia un lado y se sentó, sacó su botella de agua y, olvidándose de las pocas personas que había a su alrededor, se dedicó a observar las maravillosas vistas de toda la hoz del río Dulce. Sólo quería eso: observar y olvidar.
Así estuvo un buen rato, hasta que de pronto oyó a una mujer gritar. Al levantar la vista, vio que se trataba de una mujer que, asustada, pedía ayuda para su hijo, que parecía estar ahogándose.
Enseguida se organizó un revuelo entre los excursionistas. Tema se levantó. El niño, de no más de diez años, se ahogaba con el gajo de una mandarina y, recordando el curso que le habían dado cuando trabajaba en el parador, se dispuso a ayudar. Sin embargo, de pronto, de entre la gente apareció Naruto, que, tomando el control de la situación, cogió al muchacho, lo colocó delante de su cuerpo y, poniendo ambas manos sobre su estómago, comenzó a presionar hacia dentro y hacia arriba, fuerte y rápido, hasta que el gajo de mandarina salió por la boca y el chaval empezó a toser.
Los excursionistas, al ver aquello, se pusieron a aplaudir mientras la madre abrazaba al niño y lloraba por el susto vivido y luego le daba mil veces las gracias a Naruto, que sonreía y la tranquilizaba.
Tema lo observaba boquiabierta cuando, de pronto, él se dio la vuelta para marcharse y, al verla, murmuró, levantando las manos:
—Tranquila, ¡me esfumo!
Ella no dijo nada. Sólo lo observó mientras él se dirigía hacia su moto, se ponía el casco y se iba sin mirar atrás.
Bloqueada por habérselo encontrado allí, una vez que se calmó el revuelo por lo ocurrido, volvió a sentarse donde estaba minutos antes y dio un trago a su botella de agua.
¿Qué hacía Naruto allí?
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Un par de horas después, tras haber disfrutado del lugar y sus vistas, Tema cogió el coche y decidió acercarse a la cascada de Gollorio, otro de los lugares que más le gustaban.
Tras aparcar, se encaminó directamente hacia la cascada. El acceso era un poco complicado, pues el sendero aparecía y desaparecía por momentos, e incluso tuvo que trepar por alguna roca para continuar.
Como antes en el mirador de Pelegrina, allí también había quien admiraba la bonita cascada. Eran una parejita y, por cómo se besaban y se hacían arrumacos, Tema pensó que habían ido hasta allí a buscar intimidad más que a contemplar el paisaje.
Alejándose de ellos para no cortarles el rollo, estaba contemplando la cascada cuando oyó a su espalda:
—Que conste que esta vez yo he llegado antes.
Esa voz...
Se dio la vuelta enseguida y, al encontrarse con Naruto, que estaba sentado sobre una piedra, iba a decir algo cuando él añadió:
—Creo que te toca irte a ti.
Boquiabierta, Tema lo miró y repuso, frunciendo el ceño:
—Me iré cuando yo decida, no cuando lo digas tú.
—Uoooo, ¡qué humos!
Ella lo miró molesta y siseó:
—¡Anda y que te den!
Naruto sonrió por su respuesta. Era la primera vez que la muchacha le hablaba de ese modo y, sin moverse, afirmó, observando su cabello rizado y mal sujeto en una coleta alta:
—Muy bien. Pero que te quede claro que luego pienso ir a comer a Pelegrina, y cuando acabe visitaré su castillo. Te lo digo por si volvemos a coincidir, no vayas a creer que te estoy siguiendo.
Tema volvió a mirarlo contrariada y siseó:
—Por mí, como si te vas a la luna.
Él sonrió de nuevo. Le hacían gracia sus contestaciones.
—Todo es proponérselo —repuso.
Evitando mirarlo, Tema sonrió a su vez. El tono de voz de Naruto era relajado, y su sentido del humor siempre le había encantado. No obstante, sin más, se separó de él y continuó admirando la cascada.
Pero ya nada era igual. Saber que él estaba a escasos metros y que era probable que la observara en silencio hacía que estuviera en tensión; por lo que, sin dudarlo, pasó junto a él y, sin mirarlo, dijo:
—Adiós.
—Adiós, Gafitas —respondió el geo.
Tema se alejó con paso seguro por el sendero hasta llegar al parking, donde se quedó horrorizada al ver su coche. Pero ¿qué le había ocurrido?
Rápidamente se acercó a él y maldijo al comprobar que la rueda derecha delantera estaba pinchada.
¡Menuda faena!
Durante unos segundos pensó qué hacer. Nunca había cambiado una rueda ella sola, por lo que, sacando de la guantera los papeles del seguro, decidió llamar a una grúa. Sin duda el hombre que acudiera a su rescate se la cambiaría.
Pero su rápido pensamiento se vio truncado cuando le dijeron que tardarían al menos tres horas en enviarle a alguien porque había habido un accidente en cadena en la autopista A-2 que había requerido de varias grúas de la zona y ninguna estaba libre para ir a ayudarla.
Horrorizada, miró a su alrededor y caviló. En aquel lugar apartado, sin tráfico y sin gente, sólo había dos coches estacionados. Uno de ellos era el suyo, y estaba aparcado junto a una moto que enseguida identificó como la de Naruto.
¡El desastre estaba asegurado!
Durante un buen rato esperó a ver aparecer a la parejita del otro coche, pero estaba claro que ésos no tenían ninguna prisa, por lo que al final decidió intentar cambiar la rueda ella sola.
Tampoco sería tan difícil.
Con paciencia, sacó la rueda de repuesto y el gato y los miró. ¿Dónde tenía que poner el gato para alzar el coche?
Sacó también el manual de usuario del vehículo y comenzó a leer.
Lo primero que tenía que hacer era aflojar las tuercas de la rueda antes de elevar el vehículo, pero la cosa se complicó cuando leyó que si tenía algún tornillo antirrobo debía aflojarlo con un adaptador.
¿Tenía tornillo antirrobo y adaptador?
Sin querer agobiarse, continuó leyendo. El manual indicaba el lugar exacto donde debía colocar el gato, una vez hecho lo anterior, para elevar el coche y extraer la rueda. Cuando ésta estuviera fuera, debía colocar en su lugar la de repuesto, poner los tornillos, apretarlos con las manos y, tras bajar el coche de nuevo al suelo, terminar de apretarlos con la llave.
—Si puedo diseñar páginas web, estoy convencida de que sabré cambiar la rueda de un maldito coche —afirmó con seguridad, mientras ponía música y la voz de Alejandro Sanz comenzaba a sonar.
Sin embargo, la cosa se complicó.
Los tornillos estaban tan apretados que, aunque colocaba la llave y se subía a ella para hacer presión, éstos no se movían, y Tema maldijo como un camionero.
Calor...
Sol...
Desespero...
Cambiar una rueda, cuando no lo había hecho nunca, se estaba convirtiendo en una gran tortura, y más aún cuando oyó:
—¿Necesitas ayuda?
Esa voz...
Sin mirar atrás sabía de quién se trataba y, sudando por lo complicado que se lo estaban poniendo los malditos tornillos, siseó:
—No, gracias.
—¿Seguro?
—Sí.
Naruto sonrió. Sin duda Tema tenía más orgullo del que él había pensado.
—De acuerdo —asintió.
Ella no lo miró, pero con el rabillo del ojo observó que caminaba hacia su moto y su pensamiento fue: «¡Menudo culo tienes!».
De inmediato, se regañó a sí misma. Pero ¿qué hacía contemplando su trasero?
Con fuerza, prosiguió con lo que estaba haciendo, cuando vio a Naruto apoyado en su moto observándola con chulería, lo que la sacó de sus casillas.
—¿Me puedes decir qué miras? —le soltó.
Él, apoyado en la moto al más puro estilo James Dean, respondió:
—Ver cómo tu esfuerzo no sirve de nada.
Tema cerró los ojos furiosa, y él añadió:
—Por cierto, tus gustos musicales son pésimos.
La joven resopló. Sin duda tenía ganas de jorobarla. Y ella siseó:
—Tú sí que eres pésimo..., no la música de mi Alejandro.
Naruto soltó una risotada que redobló el enfado de la joven.
Pero ¿quién era él para meterse con la música que escuchaba?
No tenía la culpa de lo que le había ocurrido con el coche, pero sí la tenía de estar llevándola al límite en ese justo instante, y eso la hizo mascullar molesta:
—Mira, chulito, ¡que te den!
Naruto soltó otra carcajada. Le gustaba que Tema sacara el carácter, lo sorprendía.
Al verlo reír, ella se retiró el pelo de la cara, y sin pensar en las manos renegridas que llevaba y con la cara tiznada de negro por la goma de la rueda de repuesto, protestó, señalándolo con la llave:
—Eres un imbécil.
—Pero ¿qué he hecho?
Enfadada con el mundo en general, ella respondió:
—Me enerva tu sonrisita, tu chulería al hablar y tu cara de suficiencia.
Naruto no podía parar de sonreír, y ella, a cada instante más enfadada, se bajó de la llave, la cogió de nuevo con la mano y, acercándose rápidamente a él, siseó:
—O dejas de reír o te juro que te estampo esta llave en la cabeza.
A él lo sorprendió su impetuosidad. Por la extraña relación que había mantenido con Tema en los últimos años conocía ciertas facetas de ella que otros ignoraban; sin moverse de donde estaba, levantó las manos en el aire y murmuró:
—Vale..., vale..., me rindo.
Estuvieron unos segundos en silencio hasta que él preguntó curioso:
—Dijiste que habías conocido a alguien especial. ¿Por qué no está contigo?
Ella volvió a maldecir. No tenía por qué darle la más mínima explicación. Pero estaba mirándolo a los ojos cuando, de pronto, como si un imán los atrajera, ambos olvidaron lo que se habían dicho días antes, dieron un paso al frente y se besaron. Sus bocas se unieron, sus lenguas jugaron y sus cuerpos se fusionaron.
El beso se alargó. Ninguno parecía querer pararlo y, cuando por fin acabaron, Naruto la miró a los ojos y susurró:
—Y ahora, si sueltas la llave que tienes en la mano, mejor que mejor.
Tema sonrió y preguntó:
—¿Me ves con la fuerza suficiente para hacerte daño?
Él le devolvió la sonrisa y, retirándole el pelo de la frente, afirmó:
—No. Tú nunca podrías.
Aquella seguridad en sus palabras le hizo ver a Tema que la conocía demasiado bien y, sin protestar, abrió la mano y la llave cayó a sus pies. En efecto, nunca podría hacerle daño.
Luego, sin dudarlo, volvió a besarlo y él lo aceptó.
Segundos después, Naruto miró su rostro renegrido y cuchicheó sonriendo:
—La pintura de guerra te queda muy bien.
Sin entender a qué se refería, ella lo miró, y entonces él, moviendo uno de los espejos de su moto, lo puso frente a ella y, al verse, abrió los ojos y exclamó:
—¡Jodeeerrr!
Se soltó de él y fue hasta su coche a toda velocidad, abrió la mochila y, sacando unas toallitas húmedas, se quitó las gafas y se limpió la cara y las manos. Cuando acabó, Naruto, que se le había acercado, comentó con gesto divertido:
—Tranquila, gruñona, yo cambiaré esa maldita rueda.
—Gracias —asintió, poniéndose sus gafas de pasta.
De nuevo, la Tema tímida estaba ante él, y Naruto sonrió cuando de pronto el ruido de un vehículo llamó su atención y vieron aparecer la grúa.
—Ahí llega tu caballero andante —se mofó.
Ella asintió. Quiso decirle que su caballero andante era él, pero calló. Mejor así.
El gruista, un tipo encantador y dicharachero, cambió la rueda sin perder tiempo con la ayuda de Naruto y, cuando terminó su trabajo y se marchó, ambos se miraron y él dijo:
—Asunto solucionado.
Tema asintió, y acto seguido él le propuso:
—¿Puedo invitarte a comer, o eso sería excederse?
Eran las tres de la tarde, ambos estaban hambrientos y sedientos, y la joven, consciente de lo que en realidad deseaba, respondió sin dudarlo:
—Puedes invitarme.
Sonreía, e iba a montarse en su vehículo cuando él la cogió de la mano.
—Déjalo aquí —dijo Naruto—. Vamos en mi moto y luego regresamos a por él.
Tema asintió. Le gustaba ir con él en la moto, pero no estaba segura de querer dejar el coche allí, así que se lo hizo saber y al final cada uno fue en su propio vehículo hasta la Pelegrina, una pedanía de Sigüenza.
Una vez allí, aparcaron junto a un restaurante y, entre risas, entraron en él, donde, como era de esperar, comieron maravillosamente bien mientras charlaban sin ser conscientes de que se sabían al dedillo los gustos culinarios del otro.
Al salir del restaurante, la joven miró el castillo del lugar, que se erguía con majestuosidad en lo alto del cerro, y, recordando lo que Naruto le había dicho horas antes, preguntó:
—¿No has dicho que ibas a visitar el castillo?
Él asintió. Eran muchas las veces que hacía senderismo por las rutas de la zona, y, agarrándola, afirmó:
—Ven. Acompáñame.
De la mano, y dejándose guiar por él, Tema lo siguió y pronto se percató de lo bien que se conocía la zona, y en especial, el mejor camino para subir a lo alto del castillo.
Al llegar a él, se encontraron con un grupo de escolares que lo visitaban, pero poco después los niños desaparecieron y se quedaron solos en el derruido castillo, que sin duda había visto tiempos mejores.
Sentados en lo alto del cerro, observaron en silencio el maravilloso paisaje que los rodeaba. Aquél era el lugar preferido de Naruto. La primera vez que lo había visitado se había enamorado de él y, mirándola, explicó:
—¿Sabías que este castillo fue construido entre los siglos XII y XIII?
Tema sonrió, y él prosiguió:
—Cuando ingresé en la base, el primer fin de semana que tuve libre, decidí darme una vuelta para conocer la zona y llegué hasta aquí. Me pareció impresionante encontrar este lugar, tocar sus torreones cilíndricos, caminar entre sus muros de metro y medio de ancho y ser consciente de cómo desde aquí se domina el valle del río Dulce. A partir de ese día, siempre que necesito paz vengo aquí. Se puede decir que este sitio me la proporciona.
Tema asintió. El lugar era maravilloso.
Entonces Naruto la miró y le preguntó sin saber por qué:
—¿Sigues viéndote con ese alguien especial?
Ella lo pensó y mintió aposta:
—Sí. Pero también me veo con otros.
—Vayaaaaa, pero ¿desde cuándo eres tan osada? —se mofó Naruto.
Al oírlo decir eso, Tema comprendió lo estúpida que era siempre en todo lo referente a él y, como deseaba no quedar como una tonta de nuevo, replicó:
—Desde que decido cuándo, cómo y con quién me acuesto sin necesidad de que se entere media humanidad, como suele suceder cuando tú te acuestas con una mujer.
—Gafitas... —murmuró Naruto.
Tema siempre lo sorprendía y, al ver cómo ella lo miraba, cambió el tono y agregó, seguro de lo que decía:
—Nunca he querido hacerte daño.
—¿Y eso a qué viene ahora? —replicó ella.
Sintiéndose culpable por lo que a veces creía leer en los ojos de ella, Naruto prosiguió sin apartar la vista de ella:
—Eres maravillosa. Eres una persona dulce, entregada, cariñosa, detallista, mi amiga..., y por eso deberías seguir adelante con la decisión que tomaste el otro día, aunque nos encontremos por ahí. —Se miraron. Ella no dijo nada, y él continuó—: Yo soy lo que soy. Un tipo independiente. Un hombre sin cargas ni compromisos que intenta vivir al máximo su vida, y si no busco el compromiso es porque no creo en la pareja.
Tema parpadeó. No esperaba oír esa confesión de su boca.
—Yo no soy como Sasuke o como Suigetsu —prosiguió él—, que ven a sus mujeres y...
—¿Y por qué crees que no eres como ellos?
Naruto suspiró, pensó en lo que lo había llevado a comportarse como lo hacía y respondió:
—Porque voy a lo mío y sólo busco a las mujeres para llevármelas a la cama, como he hecho contigo y hago con las demás. Por eso no soy como ellos. Y si a eso le sumas que tampoco soy romántico, ni detallista, ni...
—¿Escuchas a Eric Benét y dices que no eres romántico? —lo interrumpió ella.
Naruto sonrió. Sabía que podía perjudicarlo si le dejaba ver aquella faceta suya, pero sin perder la sonrisa y olvidando que cada vez que escuchaba cierta canción de Eric se acordaba de ella, indicó:
—No creo que escuchar a Eric Benét te haga romántico.
—Discrepo, pero respeto lo que dices —afirmó Tema—. Y en cuanto a lo de detallista, te equivocas. Cuando murió mamá Chiyo estuviste pendiente de mí y...
—No, Tema, no te engañes —la cortó él—. Cuando murió mamá Chiyo tan sólo fui un buen amigo. Si yo no hubiera estado allí, habría estado Sasuke, Sakura, Suigetsu o cualquier otro.
Ella no respondió. No quería entrar en ese debate.
—¿Puedo hacerte una pregunta algo indiscreta? —dijo él entonces.
Tema sonrió, asintió, y él preguntó mirándola:
—¿Alguna vez has sentido algo por mí?
Confusa y acalorada, ella no se movió. Decirle abiertamente que sí podía ser bochornoso, por lo que, cogiendo aire, respondió:
—No.
—¡¿Seguro?! —preguntó él sin creerla.
La joven intentó sonreír. Aquello era surrealista. Entonces, recordando sus clases de teatro, replicó:
—¿Y por qué habría de sentir algo por ti? ¡Serás creído!
Naruto forzó también una sonrisa y, haciendo caso omiso de lo que en ocasiones imaginaba, dijo:
—Me sabría muy mal que albergaras ciertos sentimientos hacia mí. Tú me importas más que otras mujeres que pasan por mi vida, porque eres mi amiga, y justo por eso siempre intento dejar las cosas claras entre nosotros y...
Tema no lo dejó continuar. No quería oírlo. Así pues, cerrando bajo llave lo que de verdad sentía por él, sacó eso que mamá Chiyo le había hecho saber que se llamaba fortaleza, le tapó la boca con la mano y repuso:
—Lamento decepcionarte, pero no siento por ti nada que vaya más allá de una atracción sexual. Eres bueno en la cama, tienes un buen cuerpo y eso le gusta a cualquier mujer.
Naruto parpadeó sorprendido por sus palabras.
¿Tema acababa de decir aquello?
—Sé que quizá la gente crea que me muero por ti, pero, ahora que nos estamos sincerando, he de decirte que por ti muero en lo que se refiere a sexo. Admito que eres un buen amante, aunque no el mejor que ha pasado por mi cama. —Naruto frunció el ceño. ¿Cómo se atrevía a decir eso?—. Me parece que tanto tú como el resto os equivocáis conmigo, y mi atracción por ti no va más allá del plano sexual, por mucho que tú creas o se empeñe la gente en cuchichear. Y si decidí cortar por lo sano el otro día contigo fue, primero, porque estaba conociendo a alguien que luego he visto que no merece la pena y, segundo, porque estoy cansada de que los amigos comunes que tenemos me miren con lástima cuando estás delante de mí con otra mujer.
Naruto asintió. Entendía lo que le decía, y, sin querer darle vueltas a ciertas cosas, afirmó:
—Sí. La verdad es que es incómodo para mí también. Cuando me hablan de ti y de lo que ellos creen que sientes, hacen que me considere un tipo deplorable.
—Ni caso. Se equivocan, ven algo que no es real —aseguró ella.
Debía cambiar el chip. Lo último que quería era dar pena a los demás, pero, consciente de lo que deseaba más que nada en el mundo, susurró, dispuesta a interpretar el papel de su vida:
—Te propongo algo.
—¿Decente o indecente? —bromeó Naruto.
Tema sonrió. Le encantaba su sentido del humor; lo miró y señaló, bajando la voz:
—Indecente.
Él soltó una carcajada y cuchicheó tocándose la barba con sensualidad:
—Esto se pone interesante.
Ella asintió y, a continuación, le soltó con seguridad:
—¿Qué te parece si tú y yo nos vemos en secreto, sin que nadie, pero absolutamente nadie, se entere, sólo para divertirnos?
Sorprendido por el giro de la conversación, Naruto preguntó:
—¿A qué te refieres, Gafitas?
Convencida de lo que iba a decir, ella se sentó a horcajadas sobre él olvidándose de sus inseguridades y de todo lo demás y acercó su boca a la de aquel hombre tan tentador.
—A partir de ahora seré para ti Temari —murmuró—. Olvídate de Tema.
—¡¿Temari?! —exclamó él descolocado.
Ella asintió y, paseando sus labios por la boca de él, susurró:
—Recuerdas cómo me llamo en realidad, ¿verdad?
—Temari Sabaku, ¿no? —dijo él.
—Exacto —afirmó la joven y, mirándolo a los ojos, prosiguió—: En la intimidad, te propongo que para ti sea Temari y, cuando nos veamos con nuestros amigos, Tema. Será una manera de diferenciar el juego de la amistad.
Naruto se dejó besar y, a continuación, preguntó:
—¿Y yo quién quieres que sea en ese juego?
Tema rio. Ella quería que fuera él, sólo él, pero dispuesta a hacerlo entrar en el juego, respondió:
—¿Qué tal Khal Drogo?
—¡¿Khal Drogo?! —exclamó Naruto riendo, ya que sabía de quién se trataba.
En la vida le habían propuesto una tontería semejante.
—Me encantaba ese personaje de «Juego de Tronos» —murmuró ella—. Era un hombre tremendamente sexy, y todavía no entiendo cómo se lo cargaron. —Y, al ver su guasa, añadió—: Si no te gusta ese nombre puedo llamarte Arrow, me encanta ese superhéroe.
Naruto asintió divertido. Estar con Tema siempre era algo especial para él. Le daba una tranquilidad que ninguna otra mujer le proporcionaba, aunque no quería nada serio con ella; antes de besarla afirmó:
—De acuerdo, Temari, seré Khal Drogo para ti. —Luego la miró a los ojos y preguntó—: ¿Estás segura de lo que propones?
Tema asintió, consciente de lo que le había prometido a mamá Chiyo en lo referente a su propia felicidad. Deseaba tenerlo aunque fuera en pequeños momentos.
—Segurísima.
Un beso llevó a otro...
Una caricia llevó a otra...
Y cuando la excitación se apoderó de ambos y ella, sin pensarlo, le desabrochó el cinturón, Naruto sonrió y preguntó divertido:
—¿Aquí?
El lugar sin duda era idóneo. Espectacular. Estaban solos y, parapetados tras uno de los torreones cilíndricos, nadie podía verlos. Así pues, sin dudarlo, se quitaron los pantalones y la ropa interior, Naruto se colocó un preservativo que sacó de su cartera, cogió a Tema entre sus brazos, la apoyó contra la pared y le preguntó, tras darle un tórrido beso:
—¿Dispuesta a jugar, Temari?
Ella sonrió. Sin duda el juego podía ser interesante.
—¿Acaso lo dudas, Khal Drogo? —repuso mimosa.
Naruto besó a aquella chica, que era diferente de todas las demás. Para protegerla y que no se lastimara la espalda contra la dura piedra del torreón, puso una mano a modo de parapeto e indicó:
—No quiero que te hagas daño.
Tema volvió a besarlo. El daño sin duda se lo estaba haciendo ella a sí misma, pero no se detuvo. Jamás había practicado sexo al aire libre y, excitada como nunca en su vida, se quitó las gafas de pasta, las tiró sobre los pantalones y, mirándolo, dijo:
—Oye...
—¿Qué? —preguntó él.
Tema susurró entonces con una sonrisa, consciente del daño que aquellas palabras le causaban a ella misma:
—Sabes que esto es... lo que es, ¿verdad?
Naruto sonrió. Esa frase era la misma que él siempre le decía cada vez que terminaban practicando sexo.
—Sí... —asintió—, claro que lo sé..., Temari.
Tan excitado como ella, sobre todo por el modo en que lo miraba, colocó la punta de su dura erección en la húmeda entrada y se clavó en ella lenta y pausadamente al tiempo que sus cuerpos temblaban.
Agarrada a sus hombros, Tema se dejó manejar y el placer no tardó en llegar.
Encendido por el momento, Naruto aceleró sus acometidas. Una..., dos..., siete..., quince... El morbo les podía y, excitado, la besó mientras sus cuerpos se acoplaban a la perfección una y otra vez y ambos jadeaban satisfechos.
Gozaban, disfrutaban, jugaban...
No era la primera vez que estaban juntos, ambos sabían muy bien lo que le gustaba al otro, y se lo daban, se lo regalaban. Cuando Naruto sintió que ella se abría por entero para recibirlo, la tensión pudo con él y, lleno de deseo, se clavó más adentro de ella y la oyó jadear.
Disfrutaban del sabroso momento con respiraciones agitadas mientras éstas sonaban como una composición musical que los excitaba y los encendía a ambos.
El ardor los volvió locos.
La sensación de calor se apoderó por completo de sus cuerpos y, cuando las embestidas se recrudecieron y el lado salvaje y animal de ambos apareció, se miraron a los ojos y sonrieron. Ésos eran ellos, Tema y Naruto. Naruto y Tema. Lujuriosos y desinhibidos, y juntos querían llegar al orgasmo y tocar el cielo.
Segundos después, cuando unos violentos espasmos se apoderaron de sus cuerpos y les hicieron saber que habían llegado ambos a la cima del placer, él se hundió una última vez en ella y, tras soltar un gutural gruñido varonil, la pegó totalmente a su cuerpo.
Con las respiraciones entrecortadas, se miraron, sonrieron, y él murmuró bromeando:
—Resulta placentero que el sol me pegue en el culo.
Ambos soltaron una carcajada y, a continuación, él preguntó:
—¿Has estado alguna vez en una playa nudista?
Tema levantó las cejas y respondió:
—No.
Naruto sonrió al ver su cara.
—Yo te llevaré —prometió—. Te gustan las sorpresas, ¿verdad?
—Depende del día —repuso ella divertida.
Tras un beso que Tema provocó, cuando sus bocas se separaron, y aguijoneado por lo que minutos antes ella había dicho, Naruto preguntó curioso:
—¿Qué tal?
Ella lo miró. Había sido impresionante. Sin embargo, cuando la dejó en el suelo, contestó:
—Bien.
A Naruto le pareció insuficiente su respuesta, y mientras ella se ponía las bragas insistió:
—Pero ¿bien de bien, o bien de estupendo?
Intentando no sonreír, Tema cogió sus vaqueros y, poniéndoselos, indicó sin querer contribuir a subirle el ego:
—Digamos que bien de bien...
No muy feliz con su contestación, Naruto asintió. Él era un buen amante. ¡Un amante excelente! Todas se lo decían siempre, por lo que no le gustó que Tema le dijera eso.
Cuando ya se disponían a bajar del cerro, la cogió de la mano y propuso:
—Conozco un sitio muy discreto en Palazuelos donde alquilan unas habitaciones con jacuzzi privado. ¿Te animas a pasar la noche conmigo?
Tema no respondió, pero el corazón se le aceleró.
—Estoy libre hasta mañana a las tres de la tarde —insistió él—, y he pensado que...
—Acepto —dijo ella por último.
Satisfecho, Naruto la cogió entre sus brazos, se la echó al hombro y, mientras ella reía escandalosamente, le dio un azotito en el trasero y afirmó, seguro de sí mismo, mientras bajaban del cerro:
—Prepárate, Gafitas, que esta noche... del bien... pasaré al sobresaliente.
