Capítulo 11

El sábado, cuando Naruto y Tema regresaban de su noche loca en el hotel, antes de entrar en Sigüenza pararon su moto y su coche para despedirse.

Sentada en el capó de su vehículo, ella lo besó.

—Tienes cara de cansada —comentó él.

La joven asintió y, evitando decir todo lo que él la hacía sentir, declaró:

—No te puedes imaginar las ganas que tengo de meterme en la cama.

El policía sonrió. La noche había sido, como poco, colosal.

—Piensa en mí cuando lo hagas —le pidió.

Ambos rieron. Luego él la cogió por la cintura, la ayudó a bajarse del coche y, mirándola, preguntó:

—¿Aún quieres seguir adelante con lo de... Temari?

—Sí, Khal Drogo —afirmó ella—. Es más, cambiémonos los nombres en el móvil y quitemos la foto de wasap. Así nadie nunca sabrá que somos nosotros.

Naruto sonrió. El juego le parecía divertido.

Una vez que hubieron cambiado los nombres y eliminado la foto, exclamó:

—¡Listo!

Ambos rieron de nuevo y a continuación él se miró el reloj.

—Dentro de media hora he de estar en la base —anunció.

Tema asintió, y, evitando darle un beso de despedida para aparentar frialdad, dio media vuelta y dijo:

—Venga..., no debes llegar tarde.

Naruto no supo qué hacer. El momento pedía a gritos un pico de despedida al menos, pero al ver que ella se alejaba, caminó también hacia su moto y, volviéndose, dijo:

—Ya hablaremos.

Tema sonrió mientras cerraba la puerta de su coche y se encogió de hombros.

—Claro..., sin problemas —repuso.

Dicho esto, giró la llave en el contacto. Naruto arrancó la moto a su vez y, ya en la carretera general, éste fue tras el coche de ella hasta llegar a Sigüenza, donde tomaron caminos diferentes.

Cuando Tema llegó a su casa y metió el coche en el garaje, una sonrisa ocupaba su rostro. La noche con Naruto en el hotel había sido, como poco, impresionante. Habían practicado sexo en el jacuzzi, en la ducha, contra la pared y dos veces en la cama. Sin duda el juego había sido placentero, aunque ahora la sensación de soledad era tremenda.

¿Había hecho bien?

¿Estaba tomando la decisión más acertada al meterse en la piel de Temari?

Sin querer pensar más en ello, decidió ocuparse de los quehaceres de su casa. Eso la mantendría entretenida.

Por su parte, Naruto se dirigió a la base, donde, al llegar con su moto, varios de sus compañeros lo saludaron con una sonrisa. Su trabajo lo reclamaba. Tras cambiarse de ropa, durante horas se ejercitó junto a los demás mientras pasaba por su mente lo ocurrido con Tema. La imaginaba descansando, y se preguntaba qué estaba haciendo con ella y si se estaría equivocando otra vez con el juego de llamarla Temari.

No obstante, como no quería seguir pensando en el tema, se centró en el entrenamiento con sus hombres y poco más.

Tema, una vez que hubo cambiado las sábanas de su cama, decidió poner una lavadora. Manchaba poco pero manchaba, y cuando metió la ropa interior que había utilizado la noche anterior sonrió. Pensar en Naruto, en cómo le hablaba en la intimidad, en cómo disfrutaban de instantes irrepetibles, le hizo cerrar los ojos y suspirar como una tonta.

Cuarenta minutos después, en cuanto terminó el lavado, tendió la ropa y se iba a meter en la ducha para después acostarse cuando sonó el timbre del portero automático. Al comprobar de quién se trataba, sonrió y abrió feliz.

Con la puerta abierta, esperó a que el ascensor parara en su rellano y, cuando la vio aparecer, exclamó sonriendo:

—¡Qué ganas tenía de verte!

Hanabi y Tema se fundieron en un cariñoso abrazo y luego se apresuraron a entrar en la casa.

Durante una hora hablaron de sus cosas, poniéndose al día. Por motivos de trabajo, Hanabi acababa de llegar de Argentina, Chile y Perú, y ambas tenían muchas cosas que contarse.

Hablaron de todo un poco, hasta que esta última preguntó:

—Oye..., ¿por qué has quitado tu foto del wasap?

Tema sonrió. Tenía una razón muy importante, pero mintió:

—Porque quiero poner otra en la que me vea mejor.

—¡Presumidaaaaaaa! —exclamó Hanabi riendo.

Estaban sonriendo por aquello cuando ésta insistió:

—¿Algo nuevo con el Mariliendre?

Al oír ese apodo con el que muchos llamaban a Naruto por culpa de su amigo Deidara, Tema soltó una carcajada y, aunque tenía mucho que contarle, decidió omitir la verdad.

—Eso ya se acabó.

Su amiga la miró. Luego negó con la cabeza e indicó:

—No te creo.

—Pues es la verdad —insistió ella.

—Sigo sin creerte —se burló Hanabi.

Tema asintió. Su amiga la conocía muy bien. Pero, ocultando los sentimientos que siempre había albergado hacia Naruto, afirmó:

—Ése es tu problema.

Hanabi sonrió divertida. Se sentó erguida en el sofá de su amiga e insistió:

—¿Me lo estás diciendo en serio?

Tema bebió de su Coca-Cola y, sin perder la compostura, repuso:

—Totalmente en serio. Como decía mamá Chiyo, si algo no funciona después de intentarlo, ¿por qué empeñarte? Y, mira —suspiró—, hay muchos hombres en el mundo como para que yo sufra sólo por uno, por muy bueno que esté.

Aunque asombrada, Hanabi asintió.

—Tema..., ¡qué orgullosa estoy de ti!

—Graciasssssssss —bromeó ella.

Le dolía mentirle a su amiga, pero era la única manera de que todos dejaran de compadecerla.

—¿Has visto a Konohamaru? —le preguntó a continuación.

—¡Ni loca! —se mofó Hanabi—. Ése, cuanto más lejos, mejor.

—¿No crees que se merece una explicación?

Hanabi resopló. Sabía que su amiga tenía razón, pero respondió:

—Mejor dejémoslo así.

Tema suspiró y, cuando iba a decir algo, aquélla se le adelantó:

—Lo del Mariliendre hay que celebrarlo, ¿no crees?

Una carcajada escapó de la boca de Tema. Si algo le gustaba de su amiga era su vitalidad, y, divertida, contestó:

—¡Por supuesto!

Hanabi cogió entonces su móvil y cuchicheó:

—Esta noche hay una fiesta muy chula en Madrid, ¡y tengo dos invitaciones!

—¿Qué fiesta? —Ella rio al ver su gesto cómico.

—Es por el estreno de la película de un famosísimo director mexicano, La hora negra. Habrá artisteo, gente guapa e interesante, puede estar bien. ¿Qué te parece?

Tema lo pensó. Estaba agotada tras la noche que había pasado con Naruto, pero, consciente de que a pesar del cansancio no iba a poder dormir, indicó con una sonrisa:

—Me parece una idea perfecta.

En ese instante, a Hanabi le sonó el teléfono y, tras hablar con alguien, le guiñó un ojo y se dirigió hacia la puerta de entrada.

—Ponte las lentillas —dijo—, el vestido verde que te regaló Deidara de Montesinos y taconazos.

Al oír eso, Tema resopló.

—La fiesta lo merece..., créeme —aseguró su amiga—. ¡Joder, Tema, sácate partido!

Ella resopló. Nunca había sido de las que se pasaban horas delante del espejo arreglándose. Le gustaba ir a la moda, pero con discreción.

—Paso a buscarte dentro de dos horas —dijo Hanabi—. Ah, por cierto, haremos noche en Madrid en casa de mi amiga Cheli y así podremos disfrutar a tope de la fiesta.

Tema asintió. Estaba cansada, pero, consciente de que aquello le iría bien, afirmó:

—De acuerdo.

Una vez que se quedó sola de nuevo, descansó la cabeza en el sofá. Sin embargo, había quedado con su amiga, así que sonrió, se levantó y se metió en la ducha otra vez.

Tiempo después, antes de salir de su casa arreglada con un bonito vestido y tacones, se miró al espejo y musitó:

—Temari, vamos a pasarlo bien.