Capítulo 14

A las dos de la madrugada, la fiesta continuaba y todos disfrutaban de ella. Sentada junto a otras personas, Tema mantenía una conversación con un ejecutivo de coches de alta gama llamado Sergio, mientras que Hanabi bailaba en la pista con Luis, un analista programador. Estaba más que claro que entre ellos había algo.

—¿Tú también vives en Sigüenza, como Hanabi? —le preguntó Sergio a Tema.

—Sí —respondió ella sonriendo.

Sergio asintió y, acercándose un poco más, propuso:

—¿Te apetece bailar?

Ella lo pensó. Le encantaba bailar y, dispuesta a pasarlo bien, se levantó y él la cogió de la mano y la llevó a la improvisada pista.

Bailaron tres canciones, durante las cuales Tema se percató de cómo él, poco a poco, iba ganando terreno, cosa que ella le permitió, y cuando acercó sus labios a los de ella y la besó, la joven no se retiró.

Sin embargo, tras un par de besos más, le entró el agobio.

¿Qué estaba haciendo?

Cuando Tema sugirió que dejasen de bailar, Sergio aceptó. Volvieron con el resto del grupo, y Hanabi, acercándose a su amiga, cuchicheó:

—Vaya..., vaya..., esto sí me demuestra que lo de Naruto es agua pasada.

Como pudo, Tema sonrió, y su amiga le guiñó el ojo y volvió junto a Luis.

Un buen rato después, estaba más que claro lo que Sergio quería. Por una parte, su lado práctico le gritaba a Tema que se divirtiera. Aquel tipo era agradable, simpático, estaba muy bien, y los dos estaban solteros y sin compromiso. ¿Por qué no darse ese capricho?

Por otra parte, en cambio, tenía demasiado reciente la noche que había pasado con Naruto, y algo en su interior le impedía acostarse con Sergio, por muy bueno que estuviera. Así pues, se levantó de golpe y se disculpó:

—Enseguida regreso.

Una vez que se hubo alejado del grupo, se dirigió al baño, donde por suerte no había cola. ¡Aleluya!

Sin dudarlo, entró en él y, al salir, se acercó a la barra para pedir algo de beber. Cuando el camarero le sirvió su bebida, la cogió y, subiendo una escalerita, llegó a la azotea del edificio donde se celebraba la fiesta. Necesitaba pensar.

Desde allí se veía Madrid, sus luces, su tráfico, su gente caminando por la Gran Vía, y estaba contemplándolo y pensando en Naruto cuando oyó una voz de hombre a su lado que decía:

—Nunca había visto una mirada más triste.

Tema se volvió para mirarlo. No le veía en su totalidad el rostro, que estaba en penumbra, pero su voz era cálida y agradable.

—Pues qué bien ves en la oscuridad, ni que fueras Superman —repuso.

Ambos rieron, y él, cambiando de tema, señaló hacia la calle y expuso:

—Siempre me habían dicho que la Gran Vía nunca dormía.

—Exacto. Nunca duerme.

El desconocido, copa en mano, no se movió del lugar al añadir:

—Sin duda Madrid es una ciudad muy bonita.

—Sí. La verdad es que sí lo es.

Permanecieron unos segundos en silencio, hasta que él dio un paso al frente, se colocó a su altura y, admirando las mismas vistas que ella, dijo:

—Soy Shisui. ¿Y tú?

Tema consiguió verlo entonces con claridad. Era alto, moreno, ojos oscuros, atractivo. Tendió la mano y declaró muy segura:

—Temari.

Al sentir su naturalidad, y especialmente al intuir que no lo había reconocido como el director de la película La hora negra, Shisui le cogió la mano y se la besó con galantería al tiempo que indicaba:

—Temari, la de los ojos verdes azulados relindos.

Ambos sonrieron, y Tema respondió:

—Gracias por el piropo.

—Complacido de haberlo dicho —repuso él.

Entonces ella lo miró y preguntó:

—Tu acento no es español, ¿verdad?

Tras beber de la copa que sujetaba en la mano, Shisui contestó:

—Mexicano.

Tema asintió. Recordaba que Hanabi le había dicho que la fiesta era por algo de México, y afirmó:

—Vale. Sin duda, vienes por parte de la producción de México.

Encantado porque no lo hubiera conocido ni hubiera cambiado su actitud al estar frente a él, Shisui le guiñó un ojo y contestó:

—Digamos que sí.

De pronto, Tema notó que se le metía algo en el ojo y exclamó:

—¡Joder..., joder!

Shisui, al oírla y ver cómo se movía nerviosa, preguntó:

—¿Qué te ocurre?

—Sóplame en el ojo.

—¡¿Qué?! —dijo él con incredulidad.

—¡Que me soples en el ojo! —exigió ella, abriéndoselo ante él—. Se me ha metido algo y me está matando.

Como pudo, Shisui sopló, pero nada, ella seguía quejándose. No podía abrir con normalidad el ojo, y éste había comenzado a llorarle.

—Míramelo y dime si ves algo —insistió Tema.

Él volvió a hacer lo que ella le pedía, y de pronto preguntó, al ver algo que se movía:

—¿Llevas lentillas?

Tema asintió.

—Sí. Y el pelo cardado, taconazos, y voy pintada como una puerta. —Y, bajando la voz, añadió—: Si me vieras otro día, no me reconocerías.

Shisui rio, pero siguió mirando aquel ojo rojo. No veía nada fuera de lo normal, por lo que al final Tema le pidió:

—¿Podrías abrirme el bolso?

Él se apresuró a cogerlo y, antes de abrirlo, dijo:

—Con tu permiso.

Ella asintió impaciente y lo apremió:

—Sí..., sí, ábrelo y saca el bote de mis lentillas. Es azul.

Sin tiempo que perder, Shisui hizo lo que le pedía. En cuanto lo sacó, Tema se quitó la lentilla del ojo lastimado y murmuró:

—Oh, Dios..., qué gustooooooooooooooo.

Él la miraba con una sonrisa, y entonces ella exigió:

—Abre el lado derecho, por favor.

Dicho y hecho: Shisui obedeció y ella dejó la lentilla, se dio aire con la mano y después se quitó también la otra.

El mexicano admiró su increíble naturalidad. ¡Era fantástica!

Una vez que ella hubo cerrado el bote de las lentillas, sonrió y comentó:

—Uf..., qué gusto. Está visto que cada día las soporto menos.

—Pero tus ojos siguen siendo igual de bonitos —señaló él.

Ambos sonrieron por la situación, ella lo miró fijamente y repuso:

—Gracias, pero ¡sin lentillas veo menos que Pepe Leches! —Y, sacando sus gafas del bolso, se las puso y exclamó—: ¡Se hizo la luz!

Shisui sonrió divertido. Sin duda recordaría con gusto aquella situación.

Se sentaron juntos en la azotea y comenzaron a charlar con naturalidad mientras reían por los carteles de la película, donde se veía al malo malísimo del filme con un parche en un ojo y ensangrentado.

A Shisui, más conocido como Shi Uchiha, le resultó divertido darse cuenta de que la joven no se había percatado de que él era el director de la misma, y disfrutó mucho del momento.

Para Tema, hablar y bromear con aquel desconocido, que no se propasó en ningún momento, fue fácil, mientras que para él, conversar con una mujer que no se le insinuara ni le hiciera caiditas de ojos fue maravilloso, ¡increíble!

Después de un rato, un hombre trajeado y con pinganillo en la oreja se acercó a ellos y dijo, mirando a Shisui:

—Señor Uchiha, tenemos que partir hacia el aeropuerto.

Él asintió. Debía regresar a Los Ángeles, donde estaba rodando su siguiente película. Así pues, mirando a Tema, indicó con cierta galanura:

—Temari de los ojos verdes azulados, ha sido un placer conocerte y haber pasado este ratito platicando contigo.

—Lo mismo digo —afirmó ella con una sonrisa.

Con complicidad, se dieron dos besos y, cuando él ya se disponía a marcharse, se volvió y le preguntó:

—¿Quieres que nos cambiemos los números de los celulares?

Tema soltó una carcajada divertida. ¡Llamar al móvil celular le sonaba a culebrón!

—Vives demasiado lejos —repuso—, no creo que sea buena idea.

Shisui asintió, sonrió y, guiñándole un ojo, no insistió, sino que dio media vuelta y se marchó.

Diez minutos después, Tema regresó a la fiesta, y Hanabi preguntó al verla:

—Pero ¿dónde te habías metido? ¿Y por qué te has quitado las lentillas? —Tema iba a responder cuando ella añadió—: Por cierto, el guaperas de Sergio te estaba buscando.

Su amiga la miró con una sonrisa y, evitando mencionar al hombre que había conocido o su amiga la brearía a preguntas, explicó:

—He subido a la azotea a admirar el paisaje y se me ha metido algo en el ojo, por eso ya no llevo las lentillas.

Hanabi asintió y, a continuación, cuchicheó:

—Quiero saber quién es Khal Drogo.

Tema rio. No pararía hasta que le hablara de él.

—Un amigo.

—¿Qué amigo? Nunca me habías hablado de él.

Como necesitaba inventarse algo rápido para saciar la curiosidad de Hanabi, añadió:

—Lo conocí hace poco y, bueno, se puede decir que es encantador.

—Uoooooooooooooo —soltó Hanabi riendo, y acto seguido murmuró—: ¿Ha habido tema entre vosotros?

Divertida por las locas preguntas de su amiga, ella asintió.

—Un tema increíble.

Hanabi soltó una risotada. Le gustaba ver a Tema segura de sí misma, y al observar que el chico con el que había estado esa noche la miraba, dijo, cambiando de tema:

—A ver, te lo pregunto sin anestesia porque ya sabes que a mí las medias tintas y las gilipolleces no me van: ¿te apetece sexo con Sergio esta noche?

Tema soltó una carcajada. Hanabi era la leche.

—Sin anestesia te digo que hoy no —le aseguró—. Estoy cansada y prefiero dormir.

A las seis y media de la mañana, Tema, Hanabi y Cheli regresaron a casa de esta última las tres solas. Tema no estaba dispuesta a meter a nadie en su cama, y Hanabi tomó la misma decisión.