Capítulo 15

Pasaron tres días y Naruto no dio señales de vida.

En un principio, Tema pensó en enviarle un wasap, pero al final decidió no hacerlo. A pesar de haber entrado en un juego peligroso con él, no pensaba perseguirlo.

El hecho de que Hanabi hubiera regresado de su viaje le facilitaba la vida. Tener a su amiga a su lado le resultaba reconfortante, así que se dedicó a disfrutarlo sin pensar en nada más.

Una de las tardes en las que ambas tomaban café en la terraza de un local con Sakura, que, oculta tras una peluca oscura y unas gafas de montura metálica podía pasar desapercibida, Hanabi recibió un mensaje en el móvil.

—Era Luis —comentó divertida.

Tema sonrió, mientras que Sakura preguntó curiosa:

—¿Y quién es Luis?

Hanabi terminó de teclear un wasap, dejó el teléfono sobre la mesa y explicó:

—Un tiarrón que tiene unos bíceps y unos tríceps ¡impresionantes!

Todas rieron, y ella añadió, mirando a Tema:

—Por cierto, él y Sergio están aquí. Les acabo de enviar la ubicación y vienen para cenar con nosotras.

Boquiabierta, su amiga la miró y cuando iba a protestar Sakura preguntó:

—¿Y quién es Sergio?

Tema y Hanabi le contaron divertidas lo ocurrido en la fiesta del sábado.

—En resumidas cuentas, regresamos solas a casa, pero ¡quién sabe si hoy, después de la cena, nos apetecerá un apañito para el cuerpo! —terminó Hanabi.

Las tres soltaron una carcajada llena de complicidad.

La genialidad de Hanabi siempre las hacía reír. Su locura y su desparpajo no dejaban a nadie indiferente, y cuando le estaba contando a su cuñada Sakura más cosas sobre aquéllos, el ruido de unas motos llamó su atención.

—Vaya por Dios... —murmuró, al ver de quiénes se trataba—. Y con Belinda.

Sakura sonrió. Todos sabían que la moto de Konohamaru se llamaba así. Iba a decir algo cuando Hanabi protestó de nuevo, mientras su cuerpo se tensaba al verlo:

—¿Por qué esos insoportables cucarachos tienen que venir aquí? ¿Acaso no hay más sitios en Sigüenza?

Tema se puso nerviosa. A escasos pasos de ellas estaba Naruto, tan guapo e impresionante como siempre. Entretanto, Sakura espetó, dirigiéndose a su cuñada:

—Oye, guapa, no metas a mi marido en el mismo saco.

Las tres rieron, y en ese momento Sasuke se acercó a ellas antes que los otros dos, que hablaban al tiempo que se quitaban los cascos. Le dio un beso en los labios a su mujer y murmuró, al verla con la peluca negra:

—Hola, morena.

Sakura sonrió. En ocasiones, para caminar por la calle tenía que disfrazarse, y eso divertía a Sasuke. Tras acercar una silla a su mujer, él miró a su hermana y a Tema y las saludó:

—¿Qué pasa, chicas?

Tema no dijo nada, pero Hanabi murmuró:

—¿Por qué has tenido que traer a esos dos?

Sasuke miró a Naruto y a Konohamaru, sus amigos, sus compañeros, y, encogiéndose de hombros, respondió con cierta desgana:

—Porque siempre que salimos de trabajar nos gusta tomarnos algo juntos. ¿Algún problema, hermanita?

Hanabi resopló, y Sakura miró a Tema, e iba a decir algo cuando ésta comentó:

—Por mí no hay problema. Naruto es un amigo como cualquier otro.

Sakura parpadeó con incredulidad. Entonces Hanabi, al ver aparecer al fondo a Sergio y a Luis, comentó con guasa:

—Ya están aquíiiii...

Sasuke, que no entendía nada, miró hacia el lugar donde señalaba su hermana y vio a dos tipos trajeados, con pinta de ejecutivos, que caminaban hacia ellos.

—No me digas que habéis quedado con esos pijorros —cuchicheó.

Hanabi lo reprendió:

—Chisss..., cierra el pico, cucaracho. —Y, levantándose, saludó—: Hola, chicos, ¿qué tal?

Ellos se presentaron con educación, y Sergio murmuró, dirigiéndose a Sakura:

—Tu cara me suena, pero no sé de qué.

Ella sonrió, Sasuke también y, contemplando a su mujer, bromeó:

—Cariño..., la de veces que te dicen eso. ¡Qué cara más normal debes de tener!

—Pues bien que te gusta mi cara —replicó Sakura.

Sasuke asintió. Estaba locamente enamorado de ella, y, besándola, afirmó:

—Mucho. Y lo sabes.

Hanabi, divertida, y guardando el secreto de quién se ocultaba tras aquella peluca oscura y las gafas de montura metálica, respondió:

—Ella es mi cuñada Sakura, que está casada con mi hermano Sasuke.

Sergio y Luis se miraron. A ambos les sonaba el rostro de la joven. Entonces Sasuke, sin abandonar su sonrisa, declaró:

—Sí, amigos. Esta preciosidad está casada conmigo. Soy un hombre con mucha suerte.

Todos soltaron una carcajada y, una vez que se sentaron, comenzaron a hablar del tiempo.

A escasos cinco metros de ellos, Konohamaru y Naruto los observaban.

¿Quiénes eran aquellos trajeados?

Y Konohamaru, al ver a Hanabi por primera vez después de varios meses, susurró:

—Madre mía..., madre mía..., no esperaba encontrarla aquí.

Naruto miró al grupo, pero se centró en su amigo e indicó:

—Tranquilo. Tú puedes con esto y con lo que te propongas.

Konohamaru asintió y, volviendo a mirarla, comentó:

—¡Me cago en la leche! Y encima ahora seguro que se me pondrá chulita.

Naruto, que observaba la escena con seguridad y templanza, se percató de que el del traje azulón y los zapatos aterciopelados hablaba con complicidad con Tema. Estaba más que claro que no era la primera vez que se veían, pero, sin querer dramatizar, porque a él eso ni le iba ni le venía, replicó:

—Déjate de gilipolleces y céntrate en ti, ¡joder!

Konohamaru se pasó la mano por el pelo, la presencia de Hanabi lo descuadraba, y preguntó a Naruto:

—¿Estoy bien?

Sin poder creerse su pregunta, el geo resopló.

—¿A qué viene esa polladita ahora?

Konohamaru sabía que su aspecto desaliñado no era impoluto como el del tipo que estaba con Hanabi, e insistió:

—Dime si voy bien así vestido, ¡joder!

Naruto pestañeó y, encogiéndose de hombros, contestó:

—No eres mi tipo, pero, sí, creo que vas bien.

El joven policía maldijo, y más cuando vio a Hanabi soltar una risotada. Le dolía en el alma que sonriera estando con otro.

—No me jodas, Konohamaru —resopló Naruto, al notar su incomodidad—. Pero ¿acaso no hemos hablado ya de esto?

El aludido miró a la mujer que lo traía por la calle de la amargura.

Hablar..., lo que se dice hablar, lo habían hablado, pero verla allí, tan bonita y tan sonriente, lo mataba.

—Pero, vamos a ver —insistió su amigo—, ¿me puedes explicar cómo un tío como tú, que está acostumbrado a la tensión de nuestro trabajo y a que las mujeres se arrojen a sus pies, está aquí lloriqueando como una nenaza por una mujer que lo dejó tirado? Pero ¿qué te pasa?

Konohamaru resopló. Naruto tenía razón. No podía perder los papeles por nadie como los estaba perdiendo y, sacando su móvil, cuchicheó, tratando de recuperar la compostura:

—¿Qué te parece si llamo a Aitana y a Nerea y quedo aquí con ellas?

Entendiendo la necesidad de su amigo, Naruto asintió.

—Estupenda idea.

Konohamaru llamó por teléfono. Necesitaba que Hanabi viera que él también había rehecho su vida y, tras unas breves palabras, cuando colgó dijo:

—Solucionado. Vienen para acá.

Naruto asintió mirando a Tema.

Lo que ella hiciera con su vida era su problema, no el de él, y tras intercambiar una mirada significativa con Sasuke, que intuyó lo que ocurría con Konohamaru, clavó la vista en su nervioso amigo y le espetó:

—Y ahora vas a dejar de ser una nenita llorona, vas a sonreír, vamos a ir hasta donde están ellos, saludaremos y, por tu bien, si no quieres que te abra la cabeza, mantendrás el tipo hasta que lleguen nuestras citas, ¿de acuerdo?

Konohamaru asintió y, sacando esa parte chula que sabía que tenía, se dirigió con Naruto a reunirse con los demás. Al acercarse, los saludó con una sonrisa:

—¡¿Qué pasa, familia?! ¿Cómo lleváis el día?

Sasuke y Naruto se miraron y sonrieron. Como siempre, Konohamaru era capaz de cambiar su actitud en décimas de segundo.

Hanabi iba a decir algo, cuando él se le adelantó:

—Hanabi, qué alegría ver que has regresado de tu viaje. ¿Todo bien por Argentina?

—De diez —respondió ella sin mirarlo.

Incapaz de no saludarla, Konohamaru le dio dos besos, después a Tema y a Sakura y, cuando llegó frente a los desconocidos, tendió la mano y dijo:

—Soy Konohamaru, un placer conoceros.

Los otros dos lo saludaron con amabilidad y, segundos después, fue Naruto quien se presentó.

A continuación, los recién llegados se sentaron junto a Sasuke y, mientras las chicas hablaban con aquéllos, este último miró a sus amigos y susurró:

—¿Qué me decís del pelito repeinado del de gris?

—¿Y de los zapatos de terciopelo del de azul? —se mofó Naruto.

Los tres rieron. Aquellos finolis no tenían nada que ver con ellos.

De pronto Hanabi les echó una mirada asesina, y Sakura, que se estaba enterando de todo lo que cuchicheaban, murmuró con cierto disimulo, mientras se atusaba el pelo:

—¿Qué tal si os cortáis un poquito, cucarachos?

Los tres sonrieron, pero la ignoraron y siguieron a lo suyo.

Ocultando su nerviosismo por ver a Naruto, Tema se centró en Sergio y mantuvo la cabeza fría. Estaba más que claro que éste había ido hasta Sigüenza para verla, y le prestó toda su atención.

Tras pedir unas cervezas, llegaron dos chicas guapísimas; Naruto se levantó para saludarlas y las presentó a los demás. Todos las recibieron con una sonrisa, incluidas Hanabi y Tema. ¿Por qué no?

Nerea y Aitana, encantadas por el recibimiento, se sentaron al lado de Naruto y de Konohamaru, y en ese momento Tema y Naruto se miraron y se sonrieron, pero poco más.

De inmediato retomaron la conversación y, visto desde fuera, parecía un grupo perfectamente avenido.

En un momento dado, Sakura se levantó.

—Tengo que ir al baño.

—Voy contigo —dijo Tema.

Cuando se alejaron, la actriz cuchicheó:

—Me funcionan mejor las gafas de pasta. Con éstas han estado a punto de reconocerme.

Eso hizo sonreír a Tema, y en ese instante apareció Hanabi en el baño como una exhalación y, plantándose ante ellas, siseó:

—Como el imbécil de mi hermano y los otros dos idiotas sigan cotilleando como porteras maléficas de mis amigos, os juro que les estampo la mesa en la cabeza. Pero ¡serán chismosos!

Sakura soltó una risotada, y ella prosiguió:

—Al menos, Sergio y Luis tienen clase, no como esas dos tetonas que han llegado... ¡Y encima, la que está baboseando a Konohamaru es la sobrina de las Chuminas!

—Vamos a ver... —murmuró Sakura para tranquilizarla.

—No..., vamos a ver, no —la cortó Hanabi—. ¡Todavía no entiendo qué hacemos sentados todos alrededor de la mesa como si fuéramos la familia happy! Pero ¿estamos locos o qué?

—Tranquilízate, Hanabi —pidió Tema riendo.

Sin embargo su amiga, que era un torbellino, siseó:

—Pero ¿tú has visto qué tetas tiene la sobrina de las Chuminas? —Y cuando Tema iba a responder, entró en uno de los aseos y dijo—: ¡Me meo toíta entera! Os dejo.

Las otras dos se miraron y sonrieron.

—En cuanto a lo de los pechos, la otra tampoco se queda corta —señaló Sakura.

Tema volvió a reír sin poder remediarlo, y de inmediato Sakura afirmó:

—Pues va a ser cierto que has superado lo de Naruto.

Ocultando la rabia que sentía al respecto, su amiga replicó:

—Como habría dicho mamá Chiyo, la decepción no mata, ¡enseña!

—¡Y tanto que enseña! —gritó Hanabi desde el interior del aseo—. Es más, yo añadiría eso de que quien come cuentos de hadas vomita realidades.

—Deja de vomitar y recuerda: la sonrisa es el mejor disfraz —indicó Sakura.

La puerta del aseo se abrió y Hanabi, enfadada, continuó despotricando con su cuñada hasta que a Tema le vibró el móvil en el bolsillo. Rápidamente lo sacó y leyó:

¿En serio te van los trajeados?

Era Naruto, bajo el nombre de Khal Drogo, y no dispuesta a dejarse achantar, escribió:

Eso a ti ni te va ni te viene.

A continuación, se guardó el móvil y, mirando a Hanabi, le cogió las manos y dijo:

—Vamos a ver, ¿por qué te pones así?

—¡¿Cómo?! ¿Cómo me estoy poniendo?

Sakura y Tema se miraron, y Hanabi añadió:

—No pensaréis que me importa lo que ese idiota haga con esa tetona, ¿no?

Sus amigas la miraron boquiabiertas y ella, cerrando los ojos, preguntó:

—Estoy haciendo el ridículo, ¿verdad?

—Un pelín —asintió Sakura.

Hanabi maldijo.

Quería ser dura y distante en lo referente a Konohamaru, pero no podía. Ese hombre le importaba más de lo que quería reconocer. Pero, cuando iba a hablar, Tema se le adelantó:

—¿Por qué no hablas con él?

—¿Yoooooooooooo? ¡Ni loca!

—¿Por qué no os comunicáis con tranquilidad de una santa vez? —insistió Tema, consciente de los sentimientos de su amiga.

—Porque lo nuestro es imposible, y lo sabes. ¡Somos incompatibles!

—Hanabi —susurró Sakura—, piensa entonces por qué te pones tan nerviosa y te enfadas tanto cuando lo ves con otra.

La aludida miró a Tema. La avergonzaba recordar lo que había hecho. Pero, Sakura, que desconocía el trasfondo de la historia, insistió:

—Dicen que los polos opuestos se atraen y, si no, fíjate en tu hermano y en mí. Vidas opuestas, caracteres opuestos, trabajos nada amoldables..., lo teníamos todo en contra. Y, aunque en un principio ni siquiera nosotros dábamos un duro por nuestra relación, al final, con amor y voluntad por parte de los dos, y rebajando nuestro nivel de cabezonería, somos felices.

—Ya, pero vosotros sois...

—Hanabi —la cortó Sakura—, nosotros somos dos personas normales y corrientes como lo sois vosotros, y si ambos queréis, ¡podéis!

Tema las observó.

Sakura tenía razón. Las relaciones de pareja eran cosa de dos.

No valía con que uno quisiera y el otro no. Para que una pareja funcionara, ambos tenían que remar en la misma dirección.

—Estás loca por Konohamaru y, sin duda, él está loco por ti —declaró, mirando a su amiga—. ¿A qué estáis jugando?

Hanabi se llevó las manos a la cabeza, resopló y cuchicheó con una sonrisa:

—¿Y creéis que si yo...?

Las otras dos asintieron. Estaban más que seguras de que, en cuanto Hanabi le hiciera una seña, Konohamaru reaccionaría.

—Piénsalo con calma —musitó Sakura—. Medita qué necesitas en la vida para ser feliz y haz lo que tengas que hacer. Y si, después de eso, sientes que lo vuestro puede funcionar, habla con él e intentadlo de nuevo.

Tema asintió y, mirando a su amiga, susurró:

—Tiene razón. Piensa en lo que quieres y actúa en consecuencia.

Hanabi suspiró, las abrazó con cariño y dijo:

—Lo haré. Lo pensaré con tranquilidad y tomaré una decisión.

—¡Ésa es mi chica! —aplaudió Tema feliz.

Si una pareja se merecía una nueva oportunidad, ésa era la de su amiga con Konohamaru.

Aparte de que les tenía cariño a los dos, hacían una bonita pareja, y sabía que una vez que limaran asperezas y se dieran una oportunidad de verdad, podrían ser felices, siempre y cuando Hanabi no saliera huyendo de nuevo.

Cinco minutos después, las tres mujeres regresaban a la mesa, donde estaba el resto del grupo. Sakura se sentó junto a Sasuke, Tema, junto a Sergio, y Hanabi se plantó frente a Konohamaru y le soltó:

—¿Qué tal si me besas y nos dejamos de tonterías?

Tema y Sakura se miraron.

¿Ya había meditado con tranquilidad?

Konohamaru sonrió al oírla.

No le hacía falta ni una sola palabra más. Así pues, se levantó y, sin importarle nada ni nadie, murmuró:

—Nena, te he echado de menos.

Hanabi y Konohamaru sonrieron y él, acercándola a su cuerpo, la besó con decisión; Sasuke y Naruto se miraron desconcertados, y este último pensó que a su buen amigo le faltaba más de un tornillo.

Al ver aquel despropósito, Luis se levantó. Aquello era, como poco, indignante, y sin decir nada dio media vuelta y se marchó.

Sergio miró entonces a Tema y ella lo animó:

—Ve con él.

—Te llamo —dijo él, alejándose tras su amigo.

Boquiabierta, Nerea hizo lo mismo que Luis: se puso en pie y se marchó. Y Aitana, sin mirar a Naruto, que reía por aquello, se alejó también con su amiga.

—Adiós..., bonitas..., adiós —murmuró Sakura.

Descolocada por la extraña situación, Tema no sabía qué hacer, aunque viendo a la descerebrada de su amiga Hanabi, estaba a punto de reír cuando Sakura cuchicheó:

—Está claro que éstos están hechos el uno para el otro.

Tema resopló. ¡Si ella supiera!

Cuando los besucones decidieron acabar su más que ardoroso momento, Konohamaru susurró, sin soltar a Hanabi:

—Nena, estás preciosa, aunque a veces te mataría.

—Tú sí que estás precioso, y créeme que yo también te mataría.

De nuevo, otro beso hizo que Sasuke y Naruto pusieran los ojos en blanco. Cuando decidieron acabar aquel momentito de amor extradimensional, Konohamaru propuso:

—¿Qué tal si nos vamos tú y yo?

Hanabi asintió, y Sasuke exclamó, levantando la voz:

—¡Eh..., vosotros! ¡Un segundo!

Todos lo miraron, especialmente los recién besados.

Sasuke se levantó y, colocándose frente a ellos, les pidió mirándolos con gesto serio:

—Haced el favor de hacer las cosas bien de una santa vez. No sé qué ocurre entre vosotros, pero ¡solucionadlo! Y tú —dijo, señalando a Konohamaru—, si vuelves a hacer sufrir a mi hermana, te juro que te las vas a ver conmigo.

Konohamaru chocó la mano de su amigo y, sin soltar a Hanabi, la llevó hasta Belinda, su moto. Se pusieron los cascos y segundos después desaparecieron.

Sentados en la terraza del bar sólo quedaban ya cuatro, y entonces Tema exclamó con una sonrisa:

—¡Increíble!

—¡Y tanto! —afirmó Naruto.

Todos volvieron a reír por aquello, y luego este último indicó:

—Creo que mi amigo no sabe dónde se mete, pero...

—¡Cierra el pico! —ordenó Sasuke sonriendo y dándole un puñetazo.

—Eso..., cierra el piquito, Mariliendre —gruñó divertida Sakura, que acto seguido se dirigió a su marido—: Cariño, deberíamos ir a recoger a Sarada a casa de tu padre antes de que se duerma.

Sasuke se levantó y también lo hizo Naruto. Luego fueron a la barra del local y pagaron la cuenta a medias.

—¿Estás bien? —le preguntó entonces Sakura a su amiga.

—Sí.

—¿Te importa que el tal Sergio se haya marchado?

Tema sonrió. No le importaba lo más mínimo.

—No. Pero lo de Hanabi y Konohamaru ¡es de traca!

Ambas reían por aquello cuando Sasuke y Naruto se les acercaron y Sakura ofreció a su amiga:

—¿Quieres que te acerquemos a tu casa?

Tema iba a responder, pero Naruto la interrumpió:

—Me voy. Adiós.

Dio media vuelta y se encaminó hacia su moto.

Sin cambiar el gesto, Tema miró a sus amigos e indicó sonriendo:

—No, gracias. Tengo el coche aparcado cerca de aquí.

Sakura y Sasuke se despidieron de ella y, cuando se quedó sola, se dirigió hacia su coche. Al llegar junto a él, mientras sacaba las llaves de su bolso, notó que le vibraba el móvil. Un mensaje:

Hola, Temari.

Al ver que se trataba de él, sonrió y respondió:

Hola, Khal Drogo.

Durante unos segundos, Tema esperó un nuevo mensaje, que no tardó en llegar:

¿Qué me dices de ir otra vez al motel de Palazuelos?

Nerviosa, ella volvió a leer el mensaje. Podía decir que no, podía negarse, pero era lo último que le apetecía, por lo que tecleó:

Te digo sí.

Naruto, que estaba estacionado en una calle cercana a donde ella se encontraba, se apresuró a escribir:

Lleva tu coche hasta la estación de tren y aparca. Te recojo allí.

Sin dudarlo, y con una sonrisa en los labios, Tema montó en su vehículo y condujo por Sigüenza. El plan que se le presentaba le apetecía. Le apetecía mucho.

Una vez en la estación, divisó a Naruto con su moto. Aparcó junto a él y, cuando bajó del coche, él rápidamente le tendió un casco y dijo:

—Póntelo y vayámonos de aquí antes de que nos vean.

Cinco minutos después, circulaban en la motocicleta por la CM-110 en dirección a Palazuelos.