Capítulo 16
Konohamaru y Hanabi subieron cogidos de la mano hasta la casa del geo. Cuando él cerró la puerta y la miró, ella, sin poder contenerse, le soltó un bofetón y exclamó, mientras él la miraba desconcertado:
—¡¿Con la sobrina de las Chuminas?!
—¡¿Qué?!
—¡¿En serio?!
—Joder..., ¿ya empezamos? —protestó Konohamaru.
Adoraba a Hanabi. Le encantaba su impulsividad y, en cierto modo, también su locura, pero cuando hacía ese tipo de cosas lo irritaba. Sin embargo, cuando iba a contestarle con gesto hosco, ella se lanzó a sus brazos y, besándolo, murmuró:
—Perdón..., perdón..., perdón...
Él no respondió, sino que se limitó a besarla y, cuando el beso acabó, musitó:
—Si vuelves a...
No pudo decir más. Hanabi asintió y, con gesto pícaro, afirmó:
—Estoy loca, ¡lo sé! Pero te quiero y, aunque deberías darme una patada y echarme de tu casa, quiero que sepas que te he echado mucho de menos.
A partir de ese instante sobraron las palabras.
La ropa de ambos voló por el apartamento de Konohamaru y, media hora después, cuando los dos estaban sudorosos y jadeantes sobre la cama, Hanabi comentó:
—Eres una máquina.
El geo sonrió.
Si había un sitio donde se compenetraban al cien por cien, era en la cama. El sexo entre Hanabi y él era, como poco, ¡increíble! Ella fue a levantarse, pero Konohamaru la agarró de la cintura y, poniéndola bajo él, dijo:
—Tú y yo tenemos que hablar.
—Lo sé.
Un beso..., dos..., siete..., y cuando ella iba a dar el octavo, Konohamaru se apartó y preguntó con cierta sorna:
—Entonces ¿tomaste mucho dulce de leche en Argentina?
Hanabi sonrió. Sabía muy bien a qué se refería.
—¿Acaso tú no has estado con otras mujeres en mi ausencia? —repuso.
—Sí —afirmó él con rotundidad.
Con pesar, ella asintió, pero cuando iba a responder, él se levantó de un salto de la cama y siseó molesto:
—Hanabi..., estoy cansado.
—Normal.
—Inventé una absurda historia acerca de que me habías pillado tonteando con otra mujer y por eso te fuiste.
—Lo sé. Me lo contaron mis hermanas —afirmó ella mirándolo.
Konohamaru suspiró y, al ver cómo lo miraba, añadió:
—Lo nuestro no puede continuar así.
La joven asintió.
—Lo sé, y por eso...
Sin escucharla, salió desnudo de la habitación. Adoraba a Hanabi, la quería, pero no soportaba su manera de ver su relación. Cuando ella apareció tras él, cogió los calzoncillos que ésta le tendía mientras empezaba a ponérselos y dijo:
—Ésta es la última vez. Si no lo conseguimos, creo que deberíamos olvidarnos del tema.
La joven se quedó muda al oír la rotundidad de las palabras de aquél. Ella lo quería, le encantaba Konohamaru, pero tenían un carácter tan distinto que eso los hacía alejarse. Tras ponerse una camiseta y sus bragas, musitó:
—Tienes razón. Esto no puede continuar así.
En silencio, los dos se sentaron en el sofá del salón y se miraron.
Entre ambos había un magnetismo especial. Algo que los empujaba a estar juntos, pero también algo que les hacía discutir constantemente; por ello, Konohamaru la cogió de las manos y dijo:
—Intuyo que mis sentimientos hacia ti son parecidos a los tuyos hacia mí, y quizá por eso, porque queremos que lo nuestro sea algo más que lo que hemos tenido hasta ahora, deberíamos pensar las cosas un par de veces antes de decirlas o hacerlas. ¿No crees?
—Creo..., creo...
Levantando las manos al cielo, Konohamaru protestó:
—Por el amor de Dios, Hanabi, ¿cómo pudiste hacerlo?
Ella asintió. Su impulsividad le había hecho hacer algo que no estuvo bien.
—Te quiero —aseguró.
A Konohamaru se le removió el corazón al oírla decir eso, pero, sin dejarse vencer por los sentimientos que ella le provocaba, replicó:
—Me quieres, pero te marchaste y me dejaste colgado sin pensar en mis sentimientos.
—Lo sé —afirmó horrorizada—. Y te juro que no me lo perdonaré en la vida.
Él suspiró.
—Yo también te quiero —dijo—. Pero en ocasiones quererse no basta, si uno compra un billete de avión sin avisar y se va durante seis meses a otro país.
Hanabi suspiró también. Él tenía razón.
—Sé que la última vez fui yo la culpable, pero he de recordarte que la anterior fuiste tú. Tú fuiste quien, enfadado, pidió destino y se fue durante cuatro meses a Irak a hacer un cursillo de...
—Vale. Tienes razón, pero ahora no sirve de nada eso que dices —matizó Konohamaru.
En silencio se miraron a los ojos, hasta que el geo preguntó:
—¿Qué es lo que esperas de nosotros, Hanabi? Porque, si te soy sincero, nos siento como dos trenes que chocan, pero una vez que el humo se disipa no queda nada de ellos.
Nerviosa, la joven lo miró y respondió suspirando:
—Lo espero todo.
—¡¿Todo?!
Ella cerró los ojos, y él añadió:
—No mientas, cielo.
—Te juro que no miento —insistió la joven.
Konohamaru, que la conocía muy bien, tomó aire y señaló:
—No lo esperas todo porque, si así fuera, no te habrías marchado huyendo como lo hiciste la última vez. Y, antes de que digas nada, se lo conté a Naruto, y vi que Tema lo sabía por tu parte. Nadie más sabe la verdad. Bastante doloroso fue para mí como para que, encima, tuvieran que enterarse de que te marchaste porque te pedí que te casaras conmigo.
La joven cerró los ojos horrorizada, y él añadió:
—Naruto ha sido mi gran punto de apoyo y, a su manera, Tema también. Gracias a ellos, no me he vuelto loco.
—Lo siento...
Hanabi sabía que lo había hecho mal, muy mal, y, consciente de que ahora la pelota estaba sobre su tejado, murmuró:
—El anillo era precioso.
Konohamaru asintió. Había estado ahorrando durante meses para comprarlo.
—Por suerte, lo devolví —repuso con indiferencia.
—¿Lo devolviste?
Él asintió. Era mentira. Lo llevaba en el bolsillo secreto de su cartera, pero la miró y dijo:
—Con ese dinero le hice un buen arreglo a Belinda.
—¿A Belinda? —preguntó ella descolocada al pensar en la moto.
A Konohamaru le gustó ver su gesto desconcertado, y afirmó:
—Sí, cielo. Ella me es fiel siempre porque ni se va ni me abandona. Así que, ¿en quién gastarme mi dinero mejor que en ella?
Hanabi asintió. Se merecía todo lo que él le dijera. Cuando vio que la miraba a la espera de que añadiera algo más, ella declaró:
—Siento lo que hice. Siempre he sentido cierto yuyu a firmar ese tipo de contrato. No es lo mío y...
—Hanabi —la cortó—. ¿Y no crees que podrías haber reaccionado de otra manera?
—Konohamaru...
—Podrías haberme dicho: «Konohamaru, sabes que no quiero casarme», o «Konohamaru, es precipitado», o «Konohamaru, vivamos juntos pero sin papeles». Pero no. Lo mejor que se te ocurrió fue marcharte sin avisar y no cogerme el teléfono durante todo este tiempo excepto para soltarme varias de tus perlitas. ¿Cómo crees que me he sentido y sigo sintiéndome?
A Hanabi le sabía muy mal y no sabía qué decir. No había actuado bien, se merecía todo aquello.
—Pues imagino que te sentiste fatal y, ahora que estoy delante, te gustaría darme una patada en el culo —respondió al final.
—No me des ideas —cuchicheó él.
Se miraron en silencio.
La situación entre ellos siempre estaba pendiente de un hilo. Sin embargo, Konohamaru, como necesitaba decir lo que realmente sentía, explicó:
—Mi verdadero problema contigo es que te quiero y que, a pesar de tu marcha, a pesar de tu indiferencia y de saber que has tomado más dulce de leche del que me gustaría y de que yo he catado otros manjares, estoy loco por ti, y en cuanto pienso en tu carita de bruja me olvido de todo. En cuanto te veo quiero estar contigo. Y en cuanto...
Hanabi lo besó. Nunca había conocido a un hombre como él. Cuando el beso acabó, murmuró, con la barbilla temblorosa:
—Cásate conmigo.
Al oírla, él la miró boquiabierto. Eso era lo que él siempre había querido, pero negó con la cabeza y musitó:
—No.
—¡¿Qué?! —exclamó ella asombrada.
—Que no.
Temblando al sentirse rechazada, la joven insistió:
—Pero ¿por qué?
—¿Te has vuelto loca?
Con una risa nerviosa, Hanabi asintió.
—Totalmente loca.
Descuadrado como siempre que ella se lo proponía, Konohamaru volvió a negar con la cabeza.
—Ahora no quiero casarme contigo.
—Pero si siempre has querido...
—Pues ahora no.
Un fuego se encendió dentro de Hanabi.
—Siempre has querido formar una familia.
—En eso tienes razón. Pero me he dado cuenta de que, para ello, antes has de conocer a tu media naranja, y creo que yo aún no la he conocido.
—Pero si tu media naranja soy yo...
—¿Tú crees? —se mofó Konohamaru.
Con el corazón henchido al ver cómo ella lo miraba, sonrió y agregó:
—No lo sé, cielo. Te quiero, pero no sé si eres mi media naranja.
Hanabi parpadeó y, asintiendo, susurró:
—Vaya...
Sorprendido por su respuesta, el geo preguntó:
—Vaya..., ¿qué?
La joven se retiró el pelo del rostro y aseguró:
—Quiero casarme contigo.
Konohamaru suspiró algo molesto. Se apartó de ella, se levantó y dijo, gruñendo mientras se dirigía a la cocina:
—A ti no hay quien te entienda.
Cuando salió del salón y ella se quedó a solas, asintió. ¡No se entendía ni ella! ¿Le había pedido matrimonio? ¿Estaba loca?
Y, levantándose, se dirigió también a la cocina, donde, al ver que él sacaba de la nevera mantequilla, pan y pavo, le preguntó, apoyándose en el quicio de la puerta:
—¿Cómo puedes tener hambre en un momento así?
Konohamaru se encogió de hombros y, sin mirarla, respondió:
—Contigo me he acostumbrado a tantos momentos raros y surrealistas que ya no me quitas ni el hambre.
La joven sonrió. Sin duda él era especial. Retiró lo que había sacado de la nevera, se sentó a la mesa frente a él y, cogiendo su barbilla, murmuró:
—Estoy loca, ¿verdad?
Konohamaru asintió.
—Tremendamente loca.
Ambos rieron, y luego ella dijo:
—Me alegra saber que Belinda fue la gran beneficiada. Sin duda, se lo merece, pero ahora estoy aquí y quiero aprovechar nuestra nueva oportunidad. Así pues, prometámonos que no discutiremos por tonterías, que ninguno se marchará de viaje, que seremos capaces de hablar como personas civilizadas y, sobre todo, prométeme que... me vas a dejar quererte y me vas a querer.
Hechizado por sus palabras, Konohamaru sonrió.
—Yo lo prometo, pero aquí el problema es si tú serás capaz de hacerlo.
La joven asintió.
Su último viaje le había hecho darse cuenta de lo que de verdad le importaba, y lo que importaba en su vida, además de su familia, era Konohamaru. Acercó su boca a la de él y comentó:
—Prepárate, porque no voy a rendirme hasta que te cases conmigo.
—Te lo vas a tener que trabajar —respondió él riendo.
Dispuesta a demostrarle que por él era capaz de cualquier cosa, la joven afirmó:
—Lo haré..., vaya si lo haré.
A Konohamaru le gustó oír eso y, cinco minutos después, estaban haciendo el amor sobre la mesa de la cocina.
¿Por qué no?
