Capítulo 18
Pasaron dos semanas.
Dos semanas durante las cuales el romance entre Hanabi y Konohamaru se afianzó, dejando a todo el mundo sin palabras.
Tema volvió a encontrarse un jueves más con Matsuri en el cementerio, y lo suyo con Naruto continuaba en secreto en el motel de Palazuelos.
El miércoles, cuando quedó con los amigos para tomar algo, mientras hablaba con Sakura y Hanabi, Naruto apareció por sorpresa, como siempre, tan atractivo y seductor. Tema evitó mirarlo y lo ignoró. Nadie podía sospechar.
Sin mostrar que entre ellos había algo, ambos se divirtieron junto a sus amigos, hasta que sobre las dos de la madrugada la diversión de la joven se acabó. Idate llegó acompañado de dos chicas, y enseguida Naruto se desmarcó del grupo para unirse a ellos.
Estaba sentada junto a sus amigos cuando Hanabi comentó, mirándola:
—Cómo me alegra ver que has cambiado el chip con respecto a Naruto.
Tema miró con indiferencia hacia el lugar donde aquél jugueteaba con el pelo de la morena y, sin inmutarse, respondió:
—Yo también me alegro.
Todos sonrieron, y Sasuke, que estaba junto a su mujer, añadió:
—Tomaste la mejor decisión.
—¡Sin duda! —afirmó Sakura.
Tema asintió y, aunque se sentía algo culpable por mentir a las personas que siempre la ayudaban, calló, aunque por dentro fuera un volcán a punto de entrar en erupción.
La estaba matando ver a Naruto tonteando con aquélla, pero se tragó el nudo de emociones que sentía en la garganta, sonrió e indicó:
—Simplemente me es indiferente. Él no es bueno para mí.
Los demás asintieron en el mismo momento en que Konohamaru llegaba hasta ellos y, agarrando a Hanabi con posesión de la cintura, le preguntó con mimo:
—¿Cómo está la chica más bonita del universo?
Ella sonrió, y Sakura, mirando a su marido y a Tema, murmuró divertida:
—Por favorrrrrrrrrrrrrrrr...
Todos rieron, y Hanabi cuchicheó, alejándose con aquél:
—Lo sé..., la envidia os corroe.
—Espero que esto no termine como siempre —apuntó Sakura riendo.
—Por la cuenta que les trae —añadió Sasuke—. Ya lo he hablado con los dos. No estoy dispuesto a aguantar otro de sus numeritos cada vez que terminan la relación.
Tema sonrió. Hanabi y Konohamaru eran muy especiales, y al ver que su amiga se divertía al bailar con su chico, señaló:
—Sin duda, son tal para cual.
Suigetsu, otro compañero de la base, entró en el local con su mujer, Karin, y se unieron también al grupo. Minutos después llegó Ino Yamanaka, la diseñadora para la que Sakura era imagen, y rápidamente ambas se besuquearon.
Sasuke y Suigetsu comenzaron a hablar, momento en que Ino aprovechó para mirar a las chicas y anunciar:
—Adelanto mi viaje a Chicago.
—¿Y eso? —preguntó Sakura.
Emocionada, Ino, sonrió y añadió:
—Están terminando los últimos detalles de la tienda en Magnificent Mile y quieren mi visto bueno antes de darla por finalizada.
—¡Enhorabuena! —exclamaron sus amigas.
Su triunfo como diseñadora tras la aparición años atrás de Sakura en la gala de los Oscar con uno de sus vestidos la había lanzado a la fama.
—Todavía no me lo creo —murmuró—. ¡Tengo tienda en Chicago!
Tema aplaudió, e Ino, que necesitaba contarles toda la verdad, añadió:
—Sai quiere presentarme a sus hijos.
Todas la besaron encantadas. El hecho de que Sai, un famoso presentador de radio de Chicago, pretendiera hacer aquello sin duda era un gran paso para ambos.
—Quizá me mates —dijo entonces Ino, dirigiéndose a Tema—, pero un amigo de Málaga quiere contratarte para que hagas un par de páginas web para dos de sus empresas.
—¿Y por darme trabajo te voy a querer matar? —se mofó Tema.
Ino sonrió y, bajando la voz, señaló:
—Es César Gosmaide.
Al oír ese nombre, Tema asintió. César era un conocido suyo. Un tipo atractivo pero muy pesado que nunca se rendía con Tema. Con cierta indiferencia, se encogió de hombros y, mirando a su amiga, murmuró:
—Es trabajo y lo trataré como tal. Lo llamaré.
Ino sonrió y, viendo que se lo tomaba bien, dijo al tiempo que tecleaba en su móvil:
—Te paso su contacto. Llámalo y habláis.
—Justo la semana que viene tengo que ir a Almería a visitar a un cliente —explicó Tema—. Lo llamaré y pasaré por Málaga para hablar con él.
—¡Perfecto!
—¿Ése no es el que vino hace meses y se empeñó en cenar contigo? —preguntó Sakura.
Tema asintió. César era una buena persona, pero quizá demasiado insistente en ciertos temas.
—Sé que es un poco pesadito —señaló Ino—, pero no es mal tipo.
—Tranquilas —repitió Tema—. Si me invita a cenar, ¡me pondré morada de marisco!
Estaban riéndose cuando Karin, la mujer de Suigetsu, miró a Naruto, que se encontraba con una chica que no conocía, y preguntó, al ver cómo la besaba:
—¿Nueva víctima a la vista?
Todas dirigieron la vista hacia él, y Sakura indicó:
—Adoro a Naruto, pero espero que algún día aparezca la mujer que sepa darle su merecido.
Las demás soltaron una carcajada. Karin miró entonces a Tema, y ésta, para evitar preguntas, se levantó y exclamó, al oír la canción de Maluma Felices los 4:
—¡Vamos a bailar!
Con ganas de pasarlo bien, las chicas salieron a la pista, uniéndose a Konohamaru y a Hanabi, y entre risas bailaron con ganas mientras coreaban aquella canción que tanto les gustaba y Naruto las observaba desde la distancia.
.
.
.
Esa noche, tras despedirse del grupo y ver al geo marcharse con la morena, cuando Tema llegó a su casa no podía dormir.
La rabia por los besos que había visto y por imaginar lo que él estaría haciendo en esos momentos la ponían nerviosa. Pero ¿cómo podía ser tan tonta? ¿Cómo podía caer una y otra vez en el influjo de aquel hombre sin pensar en las consecuencias?
Estaba pensando en ello cuando recibió un wasap. Al oír el sonido del móvil, rápidamente lo cogió por si era de él.
Pero su decepción fue evidente cuando, en vez de ver el nombre de Khal Drogo, leyó el de su amigo Deidara. Se sentó en el sofá y abrió el mensaje:
Hello, my love divino, ¿has pensado en lo que hablamos?
Tema recordó la conversación mantenida con Deidara semanas antes y suspiró. Con lo enfadada que estaba en esos momentos, en lo último que podía pensar era en viajar a Los Ángeles, y respondió:
Hola, guapo. La verdad es que no.
Dos segundos después, el teléfono volvió a sonar y, al ver que la llamada entrante era de Deidara , respondió y oyó que él decía:
—Mira, pretty, me da igual lo que digas, ¡te necesito!
—Hola, Deidara—lo saludó sonriendo.
Pero él ya había metido la directa y proseguía con su habitual chorreo de palabras:
—No. No..., no. ¡No puedes decirme que no!
—Deidara, por favor, tengo mucho trabajo, y para tu cumpleaños todavía quedan meses. ¿Cómo me voy a ir a Los Ángeles?
—Pero, vamos a ver, my love, ¿qué tienes que hacer en España?
—¡¿Trabajar?! —se mofó ella.
—Oh, my God! —protestó él—. Pero, vamos a ver, tu trabajo te ofrece la posibilidad de hacerlo desde cualquier lugar siempre que tengas conexión a internet, ¿verdad?
—Verdad —afirmó ella.
—¿Entonces...?
—Entonces ¿qué?
Él resopló, lo que le dio a entender a Tema que ocurría algo.
—¿Qué pasa, Deidara? —preguntó.
El aludido, que caminaba por su casa, cogió a su pequeña perra Audrey en brazos y, tras darle un beso en su peluda cabecita, murmuró:
—Me parece que mi Sasoriman me la está pegando con cheese con un camarero ¡monísimo! del restaurante adonde solemos ir a cenar, y yo creo..., creo que me voy a morirrrrrrrrrrrrr.
—Deidara...
—Por el amor de my life, ¡se me está cayendo hasta el pelo del nerviosismo que tengo!
Tema suspiró.
Deidara era un histérico en ciertos temas, y más en los referentes al corazón. Pero, cuando iba a decir algo, él se le adelantó:
—Y, claro, no puedo hablarlo con él o pensará que soy una ¡crazy histérica! Y si a eso le sumas que ese adonis de camarero se llama Harry y tiene diez años menos que yo..., ¡diez!, y músculos hasta en las pestañas, ¡imagínate cómo estoy! Y, claro, no quiero preocupar a mi estrellita de Hollywood preferida con mis tormentos, y sólo me quedas tú. You... You... You! I need you!
Durante un rato, Tema habló con su histérico amigo. Intentó tranquilizarlo y, cuando, una hora después, colgó el teléfono, algo en su interior le hizo saber que lo había conseguido. El Deidara que la había llamado no era el mismo del que acababa de despedirse.
Tras lavarse los dientes, se puso la camiseta de dormir y se acostó. Pero su cabeza le impedía relajarse y no paraba de pensar en Naruto.
¿Estaría en el motel o habría llevado a aquella morena a su casa?
Loca... Loca se estaba volviendo, cuando se levantó y se calentó un poquito de leche. Eso siempre la relajaba.
Sin embargo, después de otra hora seguía desvelada y sin poder dormir.
Cansada, volvió a levantarse y caminó por la casa a oscuras. Con resignación, se puso a planchar a las tres de la madrugada, hasta que de pronto sus ojos se fijaron en la caja con las cosas que se había llevado de mamá Chiyo de la residencia.
Pensar en ella le hizo cerrar los ojos y, cuando los abrió, murmuró:
—Mamá Chiyo, ¡¿qué tengo que hacer?!
Cuando terminó con la blusa que le quedaba, guardó la tabla y la plancha, cogió la caja y sonrió mientras sacaba las cosas que contenía.
Todos eran recuerdos bonitos. Fotos, libros y sus cuadernos de notas. Esas notas que a mamá Chiyo siempre le había gustado escribir; abrió el cuaderno y comenzó a leerlas.
Emocionada, se limpió los ojos un par de veces. Leer aquello era como tener a mamá Chiyo a su vera, y eso la reconfortó, hasta que al coger el cuaderno más reciente y llegar a la última hoja, leyó de su propio puño y letra: «Prometo quererme, encontrar la magia y ser feliz para que estés orgullosa de mí».
Eso la hizo desmoronarse.
Sin duda alguna, no estaba haciendo lo que le había prometido a mamá Chiyo, y se sintió fatal.
Fatal por no tenerla a su lado...
Fatal por no quererse...
Fatal por no ser feliz...
Era evidente que su vida tenía que dar un giro, y la única que podía hacerlo era ella y sólo ella.
Abstraída en sus pensamientos durante un buen rato, se dedicó a colocar los recuerdos de aquella mujer a la que tanto quería en su casa y, una vez que acabó, se tumbó en el sofá y se quedó dormida.
.
.
.
Cuando despertó, eran las once de la mañana, y, sin más ganas de dormir, desayunó, se vistió y fue a buscar su coche. Era jueves y quería pasar por el cementerio para visitar a mamá Chiyo.
Cuando terminó, sobre la una, llegó a la casa que había sido de sus abuelos. La casa donde se habían criado su madre, mamá Chiyo, su tía Gazeru y ella misma. Al recordar que no llevaba las llaves del lugar, pues no pensaba pasarse por allí, decidió ir a ver a Rosa, la pollera, que tenía una copia.
Tras saludarla y ver que estaba bien, ésta le entregó el juego de llaves y, con nostalgia, Tema entró en aquella enorme casa llena de recuerdos y recorrió las estancias una por una.
El silencio del lugar la conmovió.
Recordar a sus abuelos sufriendo por los palos que les había dado la vida la hizo llorar, pero también sonrió al recordarlos junto a mamá Chiyo jugando con ella al escondite dentro de la casa.
¡Qué maravillosos momentos!
Necesitada de aire, abrió una de las ventanas y, al asomarse y mirar a la plaza, vio allí sentada a Matsuri, la jovencita que en ocasiones veía en el cementerio, y sin poder evitarlo la llamó:
—¡Matsuri!
La chica, que miraba el móvil, levantó la cabeza al oír su nombre y sonrió al reconocerla.
—Ven —le pidió Tema.
Luego se apresuró a bajar los escalones, corrió hacia la puerta y, al abrirla, la saludó:
—Hola. ¿Qué haces aquí?
La joven se encogió de hombros y suspiró.
—He perdido el autobús y estoy esperando al siguiente, que sale dentro de una hora.
Sobrecogida, Tema la agarró de la mano e indicó, tirando de ella:
—Entra en la casa.
Luego cerró la puerta mientras Matsuri miraba a su alrededor y murmuraba boquiabierta, observando la majestuosa escalera que subía a la planta superior:
—Qué casa más enorme.
Tema asintió. Se la había dejado en herencia mamá Chiyo. Antes había sido de sus abuelos, y era lo que se denominaba un casoplón. Era tan enorme que, cuando Chiyo había decidido ingresar en la residencia, Tema, que ya se había independizado años antes, cerró la casa sin saber qué hacer con ella.
El ayuntamiento se había puesto en contacto dos veces con ella para comprársela, puesto que la casa lindaba con él, pero algo en su interior impedía a Tema vender aquel lugar lleno de recuerdos.
Juntas recorrieron las estancias mientras ella le hablaba a Matsuri de sus abuelos, de sus tías y de los bonitos momentos vividos allí de niña. No obstante, de pronto reparó en el rostro de la joven y, al ver sus ojos anegados en lágrimas, le preguntó:
—¿Qué te ocurre?
Matsuri resopló y se apresuró a decir:
—Nada. Es sólo..., sólo que lo que me cuentas es tan bonito que...
Conmovida, Tema la abrazó. No sabía nada de ella ni de su vida. En cuanto la llevó a la cocina y le dio un vaso de agua, ambas se sentaron a una mesita y la muchacha murmuró:
—Tu... tu vida ha sido tan diferente de la mía que imaginar lo que me cuentas me... me emociona.
Tema la observó. Sus palabras le hicieron intuir que la vida de Matsuri no había sido muy fácil, y entonces ésta añadió:
—Todo lo que te rodea son bonitos recuerdos, vivencias, familia y...
No prosiguió.
El llanto se apoderó de ella, y Tema, agobiada, la abrazó.
Pero ¿qué podía haberle pasado a aquella joven para que llorase así?
Durante un buen rato, con palabras tiernas y cariñosas, intentó calmarla y, cuando por fin lo consiguió, ella dijo:
—Lo siento... Hoy tengo el día tonto.
Sin entender nada, Tema parpadeó, y Matsuri aclaró:
—Me he criado durante diecinueve años en distintas casas de acogida, y me emociona ver este hogar tan bonito, tan lleno de amor y de recuerdos para ti.
—¿Y tu abuela? ¿La mujer de la residencia?
Matsuri parpadeó, y sin querer explicar dijo:
—Bueno... ella... es complicado...
Tema no supo qué decir. Aquella muchacha, como ella, no tenía familia, y aunque uno se acostumbra a todo, es inevitable no sentir un extraño dolor por la ausencia que queda instalada definitivamente en tu corazón.
Cuando iba a decir algo, la joven se levantó al oír un ruido y anunció, asomándose a la ventana:
—Tengo que coger ese autobús.
—Yo te llevaré en mi coche. Tranquila —repuso Tema.
Pero Matsuri murmuró, negándose:
—No. No hace falta.
Tema se acercó a ella y la besó en la mejilla.
—Prometo regresar el próximo jueves —aseguró Matsuri—. A las...
—No podré verte —dijo Tema—. Tengo trabajo y he de viajar.
Ella asintió y, apuntando en un trozo de papel su teléfono, añadió:
—Cuando regreses, si quieres llámame y nos vemos.
Tema cogió el papel que ella le entregaba y, anotando en otro trozo el suyo, dijo:
—Toma. Para lo que necesites, aquí estoy.
La muchacha sonrió, cogió el papel y, dando media vuelta, se marchó.
Cinco minutos después, Tema recibió un mensaje que decía:
Gracias por querer ser mi amiga.
