Capítulo 19

Aquella tarde, en Sigüenza, Hanabi hablaba con su padre en casa de éste.

—Lo sé, papá, lo sé, tú y la Thermomix sois pareja de hecho, como lo eres de Shizune, pero yo no necesito una maquinita de ésas.

Fugaku, un hombre que, debido a su viudez, había tenido que aprender a hacer más cosas de las que nunca imaginó, sonrió al oír a su hija pequeña.

—Cariño, piénsalo. La Thermomix cocinaría por ti y...

—Papá, por Dios, ¡que no la quiero! —insistió ella.

Pero Fugaku no se daba por vencido. Su cabezota hija tenía que claudicar, e insistió:

—Hanabi, escucha, podrías comer calentito todos los días, y no sándwiches y hamburguesas, como estás acostumbrada desde que te independizaste.

—Papáaaaaaaa...

—Además, debes pensar en tu futuro, y ahora que estás de nuevo con Konohamaru, tendrás que...

—Ah, no, de eso nada —lo cortó ella—. Me niego a que digas eso de que, por ser mujer, tengo que hacer la comida, ¡ni hablar!

Fugaku sonrió. La menor de sus hijas no se parecía en nada a las demás, y cuando iba a hablar, su suegro, el abuelo Goyo, que los estaba escuchando, comentó:

—¡Ay, prenda, cómo me gusta ese muchacho pa' ti!

Hanabi lo miró y él añadió divertido:

—Es valiente y gallardo como nuestro Sasukeito y un hombre de provecho.

Fugaku y Hanabi se miraron y sonrieron. El abuelo Goyo opinaba eso mismo sobre cualquier compañero de Sasuke.

—¿Y yo, abuelo? —repuso ella—. ¿Cómo soy yo?

El anciano miró a la más loca de sus nietas y, sonriendo, afirmó:

—Tú eres mi gorrioncillo hermoso y alocado..., jodía.

Satisfecha al oír aquello, Hanabi le dio un cariñoso beso en la mejilla y, guiñándole el ojo, cuchicheó:

—Te quiero, guapetón.

—Yo sí que te aisloviu a ti, prenda.

En ese instante sonó el teléfono móvil de la joven. Se lo sacó del bolsillo y, al ver que se trataba de Tema, la saludó feliz:

—¡¿Qué pasa, guapa?!

Permaneció durante unos segundos escuchando lo que ella le explicaba y, a continuación, dijo:

—No te muevas, voy para allá.

Fugaku, al ver el gesto serio de su hija, preguntó:

—¿Pasa algo, cariño?

Hanabi sonrió y, dándole un beso, respondió:

—Nada, papá. —Luego, señalando el folleto publicitario de la Thermomix, añadió—: Y, aunque falta mucho, me niego a que esa maquinita sea mi regalo de Reyes.

Dicho esto, salió y se encaminó hacia su coche. Tenía que ir a la casa de los abuelos de Tema.

Media hora después, cuando su amiga le contó lo ocurrido con Matsuri, Hanabi preguntó:

—¿Y a ti qué te importa esa muchacha?

Tema suspiró y, mirándola, indicó:

—Me da pena. Se la ve tan sola. La entiendo tanto...

—Tú no estás sola. Me tienes a mí y a todos los que te queremos —matizó Hanabi con cariño.

Con una sonrisa que a ésta le llegó al corazón, su amiga afirmó:

—Lo sé. Sé que os tengo. Sé que sois mi familia. Pero no puedo evitar pensar que me encantaría que mamá Chiyo, mis abuelos o mis padres estuvieran a mi lado.

—Sí..., porque lo de tu tía Gazeru ¡es de traca!

Al pensar en aquella mala mujer, Tema replicó:

—Eso y nada es lo mismo. Nunca ha sido ni será mi familia.

Eva resopló. Su amiga era demasiado buena con todo el mundo.

—Si quieres —dijo—, podemos pedirle a mi hermano o a Konohamaru que investiguen un poco sobre Matsuri y...

—No —la cortó ella—. Pero ¿te has vuelto tonta?

Hanabi asintió. Sin duda acababa de decir una tontería. En ese instante, su teléfono móvil vibró y, sonriendo, murmuró:

—¡Qué bobo!

Al ver el gesto sonriente de su amiga, Tema supo a quién se refería y, cambiando el tono de voz, cuchicheó:

—Por lo que veo, lo tuyo con Konohamaru va viento en popa.

—Sí. Esta vez nos hemos hecho la promesa de recordar que nos queremos y de no hacer tonterías. Me ha perdonado y estoy feliz.

—Me encanta saberlo.

Luego Hanabi, sentándose frente a su amiga, añadió:

—Gracias por no contarle a nadie la verdad acerca de mi marcha y por haber sido un punto de apoyo de Konohamaru cuando yo me fui dejándolo hecho polvo.

Tema sonrió. Entre ella y Hanabi no solía haber secretos, aunque ahora ella ocultaba el mayor de su vida.

—Lo importante es que Konohamaru y tú os habéis vuelto a encontrar y os habéis dado una oportunidad —susurró—. Eso es lo que cuenta.

—Pero no quiere casarse conmigo.

—Normal. —Tema rio—. Yo tampoco querría casarme contigo si me hubieras dejado plantada con un precioso anillo.

—Pobre..., ¡qué mal lo tuvo que pasar!

—Sí —asintió su amiga, recordando la desesperación de Konohamaru—. Lo pasó muy mal, pero, por suerte, Naruto estuvo pendiente de él tanto o más que yo.

—A él no se lo pienso agradecer.

—Pues deberías, porque ha cuidado mucho de Konohamaru —protestó Tema.

—Pero no ha cuidado de ti.

Ambas se quedaron calladas. A su manera, Naruto siempre la cuidaba, pero, sin querer hablar de ello, Tema añadió:

—Vale. No le digas nada a Naruto si no quieres, pero ten cabeza y haz las cosas bien esta vez con Konohamaru, porque otro en su lugar no te habría vuelto a mirar a la cara.

Hanabi suspiró consternada.

—Adoro a ese hombre. Me encanta verlo sonreír, me encanta verlo dormir..., pero ¡si hasta me encanta discutir con él!

Ambas rieron y luego Tema señaló:

—Siempre te ha gustado. No lo niegues.

—Como a ti te ha gustado siempre el chulito de Naruto —afirmó su amiga.

Con disimulo, Tema asintió y, bromeando, cuchicheó:

—No compares. Lo tuyo siempre ha sido diferente. Naruto y yo nos acostábamos, pero vosotros intentabais algo más. Que saliera o no bien era otra cosa, pero al menos ¡lo intentabais!

—Sí. En eso tienes razón.

El teléfono de Hanabi volvió a sonar y leyó otro mensaje cariñoso de Konohamaru.

—Te dejo —dijo—. Mi heteropetarda sale de la base y he quedado con él.

Tema sonrió. Le encantaba ver a su amiga tan feliz y entregada y, dándole un beso, exclamó:

—¡Pues no se hable más! ¡Adiós! Y pásatelo bien.

Hanabi asintió, besó a su amiga y se marchó.

Cuando Tema se quedó sola en el salón de aquella enorme casa, miró a su alrededor. Como había dicho Matsuri, sus bonitos recuerdos estaban en aquel hogar. Su hogar.

Minutos después, se levantó, cerró la ventana y se encaminó hacia la habitación que desde niña había sido de mamá Chiyo. Al entrar, miró a su alrededor. Habían pasado los años, pero aquella estancia seguía igual.

Se dirigió al buró marrón oscuro y se lo quedó mirando. Con cuidado, se sentó en el taburete que había frente a él y lo observó. Cuántas veces, siendo una niña, había visto a mamá Chiyo sentada allí. Sonrió con cariño y paseó la mano con delicadeza por la madera del pupitre. Entonces leyó, grabado en la madera: ¡QUIERO VIAJAR! Tema rio. A Chiyo le encantaba comprar revistas de viajes. Era una maniática de conocer sitios nuevos, aunque sólo fuera con la mente.

Continuó mirando el buró y, curiosa, tocó uno de los cajoncitos y lo abrió, pero en su interior sólo había lapiceros gastados y un par de sacapuntas. Luego abrió otro cajón algo más grande, vio varias hojas de papel y las sacó. Con una sonrisa, comprobó que se trataba de facturas de la luz, del gas, el teléfono, folletos de otros países, hasta que un sobre al fondo del cajón llamó su atención. Intrigada, lo cogió y lo abrió, y dentro de él encontró dos cartas.

Sin saber de qué podía tratarse, leyó primero la de la fecha más antigua y se quedó sin habla. En aquella carta, a su tía le daban la enhorabuena por haber pasado las pruebas y haber sido aceptada como azafata de la compañía Iberia.

¿Azafata?

¿Mamá Chiyo había querido ser azafata?

Pero más sorprendida se quedó al leer un borrador de su puño y letra en el que renunciaba al trabajo diciendo que, por razones personales, tenía que quedarse en casa de sus padres a cargo de su sobrina.

Boquiabierta, Tema releyó la carta varias veces más.

No... ¡No podía ser!

¿Su tía había renunciado a tener una vida por ella?

Llena de incredulidad, cerró los ojos.

De pronto comprendió muchas cosas de mamá Chiyo y, sin filtro, lloró. Lloró por una mujer que había sacrificado sus sueños y su vida por ella.

Ahora más que nunca debía buscar esa magia de la que ella siempre le había hablado y no decepcionarla.