Capítulo 24

El domingo por la mañana, Tema y Naruto se despidieron de toda la familia para regresar a Sigüenza. Debían seguir con sus vidas.

—¿Cuándo te volveré a ver? —le preguntó Kushina a su hijo.

Con cariño, Naruto besó la frente de su madre y respondió:

—Cuando tenga vacaciones. Ya lo sabes, omaíta.

La mujer asintió. Todos los años, su hijo procuraba pasar con ella al menos diez días, e insistió:

—¿Te irás a las Américas con tus amigos como cada año?

Él sonrió.

—Sí. Sabes que me gusta irme quince días fuera de España.

Tema, que se despedía de sus hermanos repartiendo besos a diestro y siniestro, estaba a lo suyo cuando Kushina le preguntó a su hijo:

—¿Ella irá contigo?

Naruto la miró.

Haber pasado esos días con Tema había hecho que se diera cuenta de ciertas cosas, pero no estaba convencido de que aquello fuera lo mejor para él, así que mintió:

—No. Ella no vendrá.

Kushina se apenó. Le gustaba aquella muchacha sencilla y adorable. Se había percatado de cómo ella lo miraba y cómo su hijo la cuidaba, pero cuando iba a decir algo, él la cortó:

—Es sólo una amiga.

—Es encantadora.

—Lo sé, mamá.

—Una chica así es lo que tú necesitas, y no una sinvergüenza de esas con las que sueles acostarte.

—Mamá...

Kushina maldijo en silencio. Naruto era un desastre; miró a aquel hijo al que tanto quería, e insistió:

—Pero, cariño, ¿no te has dado cuenta de que no has parado de sonreír estos días a su lado?

Él suspiró. Era consciente de cómo se había sentido, pero no quería dar su brazo a torcer, así que repuso:

—Mamá, por favor, no inventes ni compliques las cosas.

Kushina resopló. Odiaba ver cómo transcurrían los años y su hijo menor, por algo que le había ocurrido en el pasado a su gemelo, seguía negándose al amor; se encogió de hombros y afirmó:

—Muy bien, Gordunflas, ¡tú sabrás!

—¡Omaíta! —exclamó él al oírla, y se puso a reír.

Ambos estaban riendo cuando Tema, Fuyu y Akiko se acercaron a ellos, y Kushina abrazó a la joven y dijo, mientras su hijo se dejaba besuquear por sus hermanas:

—Ha sido un placer conocerte, Temari, y recuerda: si quieres venir para los Carnavales o cuando tú quieras, aunque Naruto no te acompañe, mi casa está abierta para ti, chiquilla.

Sin necesidad de que dijera nada más, Tema la entendió, pero como no quería entrar en el tema, le dio dos besos y respondió:

—Gracias, Kushina. Y ahora, ¡cuídate, ¿vale?!

La mujer asintió, y Naruto, que caminaba hacia su moto, la apremió para romper aquel momento:

—Temari, vamos..., tenemos un largo viaje por delante.

Un minuto después, Naruto arrancó el motor y, tras decir adiós, desaparecieron de la vista de su familia, que les gritaban y los despedían con la mano.

Horas más tarde, después de parar por el camino para tomar algo, llegaron a Madrid y, tal y como habían acordado, él se dirigió a la estación de Atocha. Detuvo la moto, la miró y preguntó:

—¿Estás segura de que no quieres continuar conmigo el viaje?

Tema sonrió. Nada le gustaría más, pero, tras haber pasado tres días con él, sin separarse excepto para dormir en casa de su madre, cogió su bolsa de deporte, consciente de que aquello había acabado y ella tenía que terminar con su obsesión, e indicó:

—Es mejor hacerlo así. No sería bueno que nos vieran llegar juntos.

Naruto asintió. Algo en él le decía que aquello era lo mejor, pero, por otra parte, lo jorobaba tener que dejarla allí y continuar el viaje solo.

Contento, acarició uno de sus descontrolados mechones y, sonriendo, murmuró mientras la miraba:

—Te ha dado el sol en mi tierra. Te has puesto morenita.

Tema asintió y, con cariño, le tocó la mejilla y señaló:

—Tú también te has puesto morenito.

Ambos sonrieron y luego él le dio un beso y cuchicheó:

—Lo he pasado muy bien estos días contigo, Tema..., Temari.

Complacida, la joven disfrutó de aquel dulce beso y, cuando se terminó, declaró:

—Yo también, Naruto..., Khal Drogo.

Desconcertado por lo que bullía en su interior, él iba a decir algo, aunque al final calló.

Pero ¿en qué estaba pensando?

Se puso el casco y dijo, escudándose en su habitual frialdad:

—De acuerdo, Gafitas. Volvamos a la realidad. ¡Nos vemos en Sigüenza!

Y, tras una última mirada, metió primera, aceleró y se marchó sin mirar atrás.

Ella observó cómo se alejaba y, consciente de que de nuevo volvían a ser Tema y Naruto, dio media vuelta y entró en la estación. Tenía que coger el tren que salía al cabo de media hora.

En el camino, decidió escribir a Matsuri. Si ella quería podían verse en Guadalajara. Y así fue: cuando el tren paró en esa ciudad, Tema se bajó y sonrió al verla.

Tras abrazarse, se sentaron en un bar de la estación a tomar algo, e Matsuri preguntó:

—¿Tu trabajo bien?

Tema, omitiendo que, además de trabajo, el viaje había sido de placer, respondió:

—Sí. Todo estupendo.

Durante un buen rato hablaron sobre temas informáticos y Tema comentó:

—Si alguna vez tengo que ampliar mi empresa, serás mi primera opción.

—¿En serio?

Y, al ver la ilusión de la chica, le aseguró:

—Te lo prometo.

Ambas sonrieron y, cuando por los altavoces anunciaron que al cabo de cinco minutos salía el último tren para Sigüenza, se abrazaron y quedaron en verse otro día.

Cuando, un rato después, Tema llegó al pueblo, se dirigió hacia su coche, que había dejado aparcado en la estación. Lo que en un principio iba a ser un viaje corto se había convertido en una estancia más larga de lo previsto. En cuanto montó en el coche, le mandó un wasap a Hanabi:

Ya estoy de vuelta en casa.

Su amiga, que en ese momento se estaba tomando algo con Konohamaru, al ver que se trataba de Tema, rápidamente la llamó.

—¿Qué talllllllllllllllll?

Oír la voz de Hanabi siempre le alegraba el día y, poniéndose el cinturón de seguridad, Tema conectó el manos libres y respondió:

—Cansada, pero feliz.

—¿Tus reuniones fueron bien?

—¡Perfectas! He firmado dos contratos para el de Marbella y otro más para un amigo del de Almería.

Hanabi asintió, pero al notar algo extraño en su voz, preguntó:

—¿Te ocurre algo?

Consciente de su desánimo, Tems iba a responder cuando ella prosiguió:

—Por cierto, sé que quizá no te importe, pero Naruto estuvo en Cádiz. Al parecer, su madre tuvo que ser ingresada en el hospital, aunque finalmente todo quedó en un susto.

Al oír eso, ella asintió. Nadie mejor que ella sabía lo ocurrido, pero indicó:

—Vaya, cuánto lo siento. Cuando lo vea le preguntaré.

—Estamos en el Croll tomando algo, ¡vente!

Tema miró su reloj, no era muy tarde. Una copita y a casa. Y, con ganas de ver a su amiga, indicó:

—Voy para allá. No te muevas.

Condujo por Sigüenza hasta llegar a la calle del local. Como siempre, aparcar allí era una lotería, pero esa vez el azar estuvo de su parte y estacionó cerca de la puerta.

¡Increíble!

Encantada, se bajó del coche, lo cerró y se encaminó al bar.

Una vez dentro, miró a su alrededor y, cuando vio a Hanabi hacerle señas con las manos, sonrió y se dirigió hacia ella.

—¡Qué bien que ya estés aquí! Te he echado de menos —murmuró su amiga abrazándola.

—Lo corroboro —aseguró Konohamaru, que estaba a su lado—. Dice la verdad.

—Pero si vienes hasta morenita —afirmó Hanabi divertida.

Tema soltó una carcajada y, una vez que se sentó con ellos, le presentaron a un chico llamado Nagato. Estaba sonriendo de nuevo cuando de pronto vio a Naruto. Eso le gustó, pero su cuerpo se rebeló de una forma descomunal al ser consciente de que estaba junto a una rubia que en ese instante acercaba sus labios a los de él para besarlo.

Sin dar crédito, parpadeó.

¿Cómo podía estar ya dándose el lote con otra?

Molesta, maldijo en silencio y, cuando Hanabi la miró, ella se volvió y les dio la espalda. No quería ver a Naruto.

Durante un buen rato continuó charlando con su amiga, Nagato y Konohamaru, hasta que el perfume de Naruto inundó sus fosas nasales y lo oyó decir:

—Konohamaru, tienes...

No continuó. Sus ojos se encontraron con los de Tema y, sin abandonar la sonrisa, miró a Nagato y la saludó a ella mientras tenía a la rubia cogida de la mano:

—Hola, Tema.

—Hola.

Se hizo un silencio extraño entre ellos, hasta que él dijo:

—Me dijeron que estabas de viaje de trabajo, ¿todo bien?

Consciente de cómo los miraban todos, ella sonrió como pudo y afirmó:

—Todo ¡perfecto!

Naruto, que seguía agarrado de la mano de la otra, iba a decir algo cuando Tema, reponiéndose, le preguntó:

—Oye, me han dicho lo de tu madre; ¿está bien?

Fijándose en la tensión que ella mantenía en el cuello por su encuentro, se sintió mal; bajó la mirada y asintió.

Recordar los días pasados con ella en Cádiz, donde había bajado la guardia permitiéndose ser él y no el chulo de Naruto, lo hizo sonreír, pero, consciente de que volvía a estar en el mundo real, contestó sin soltar a la otra:

—Por suerte, sí. Todo quedó en un susto sin importancia.

La rubia lo besó entonces en el cuello para marcar terreno, y en ese mismo momento comenzó a sonar la canción de Maluma Felices los 4. Sin poder evitarlo, Naruto y Tema se miraron. La noche anterior habían bailado esa canción mientras se besaban, se tentaban, se tocaban.

«¡Maldita sea!», pensó él.

Seguro de que ella lo recordaba igual que él, y como necesitaba acabar con la conexión que se había creado entre ambos en esos días, acercó su boca a la de la rubia y murmuró, consciente de que todos lo observaban y lo escuchaban:

—Ya nos vamos, preciosa. Un segundo.

Tema desvió la vista con gesto brusco. Si continuaba mirándolo, le partía la cara.

Pero ¿cómo podía ser tan gilipollas?

¿Cómo podía ser tan insensible?

Hanabi, que observaba la situación en silencio, de pronto se percató del gesto de su amiga. La conocía muy bien como para no darse cuenta de que algo le pasaba.

Sin moverse, analizó los movimientos corporales de Naruto y de Tema.

¿Qué les ocurría?

Y, cuando fue consciente de que él también había regresado «morenito», parpadeó.

Pero ¿qué estaba imaginando?

Segundos después, tremendamente incómodo, Naruto miró a Konohamaru y preguntó, bajando la voz:

—¿Tienes preservativos para dejarme?

Su amigo lo miró sorprendido y se mofó en voz alta:

—¿Desde cuándo no llevas media docena de preservativos encima?

Naruto sonrió con frialdad y, sin querer mirar a Tema, que lo había oído, respondió:

—Desde que regresé de Cádiz, donde se me acabaron.

Tema quería partirle la cara —«¡Fanfarrón!»—, pero continuó cantando aquella canción como si el tema no le importara. Era lo mejor.

Konohamaru y Naruto rieron por el comentario de ese último y chocaron las manos en plan machotes, y entonces Hanabi, que no les quitaba ojo, exclamó:

—¡Momento unga-unga!

—¡Trogloditas! —protestó Tema.

Hanabi los miró: sin duda el macho ibérico era una especie digna de estudio, y al verlos sonreír añadió:

—Ahora sólo falta que compitan meando para ver quién llega más lejos.

Tema sonrío para disimular, aunque sin ganas, mientras la rabia subía y bajaba en su interior al ver cómo Naruto agarraba a la rubia y al imaginar sus próximos planes.

Por suerte para ella, en ese instante Hanabi le propuso ir al baño y la acompañó. Deseaba matar a Naruto.

Cuando entraron en los aseos, Hanabi la arrinconó contra la pared y le soltó:

—¿Qué has hecho, Tema?

Ella la miró sin entender, pero Hanabi insistió:

—¿Has estado con Naruto en Cádiz? Porque tú morenita y él morenito..., ¡blanco y en botella!

Consciente de que a ella difícilmente se la iba a colar, Tema resopló.

—¡La madre que os parió a los dos! —exclamó su amiga—. Pero ¿a qué estáis jugando?

Tema se dirigió hacia el lavabo y, tras echarse un poco de agua en las manos, se disponía a contestar cuando Hanabi siseó, hecha una furia:

—Me dijiste que lo tuyo con él estaba olvidado, muerto y enterrado, ¡y yo te creí! Y... y ahora me acabo de dar cuenta de que...

—Vale. Te mentí —la cortó.

—¡Joder, Tema!

La aludida resopló. Como habría dicho mamá Chiyo, antes se coge a un mentiroso que a un cojo.

—Vale. Os he mentido a todos —admitió.

—Desde luego... De eso no cabe duda.

—Pero si lo he hecho es porque estoy harta de que me miréis con cara de pena cada vez que Naruto está con una tía.

Hanabi suspiró.

—¿Y cómo quieres que te miremos, si todos somos conscientes de lo que sientes por él?

Tema asintió. Entendía el malestar de su amiga.

—Eva, te pido perdón por haberte mentido —dijo—, pero...

—Perdonada —masculló ella—. Pero yo a ése le parto la cara en cuanto salga de aquí y le quito el moreno de un plumazo.

Cuando iba a salir del baño, Tema la sujetó del brazo y le espetó, mirándola fijamente:

—Tú a ése no le vas a partir nada porque nadie tiene que saber que hemos estado juntos, ¿entendido? Si yo he estado en Cádiz fue porque así lo decidí.

—Pero, Tema...

—Hanabi, ¡vale ya! Soy mayorcita para equivocarme, como también te equivocas tú.

Se miraron unos segundos en silencio, hasta que Hanabi preguntó:

—¿Y cómo te enteraste de lo de su madre? —Ella no respondió, y su amiga, abriendo la boca, insistió—: ¿No me digas que estabais juntos cuando...?

—¡Sí! —exclamó Tema y, mirándola, añadió—: Estábamos juntos en Málaga y él no quería que yo fuera a Cádiz, pero quise acompañarlo para estar con él en un momento difícil, como él estuvo conmigo cuando lo de mamá Chiyo.

—Pero él...

Tema maldijo, dio un puñetazo a la puerta y soltó un alarido.

—Por Dios, no seas tan bruta, ¡casi te rompes la mano!

—Uff..., ¡qué dolor! —se quejó dolorida.

Ambas rieron, y luego Tema pidió, mirando a su amiga:

—Necesito que salgas ahí fuera y no le digas nada a Naruto ni le cuentes a nadie lo que acabas de descubrir. Han de seguir pensando que entre nosotros todo se acabó.

—Pero, Tema...

—Hanabi, necesito que lo hagas. Luego, o mañana o cuando tú quieras hablamos, pero ahora necesito que disimules y todo siga como hasta el momento. No quiero más miraditas de pena por parte de nadie. ¡Por favor!

Ella suspiró. Lo que su amiga le pedía era complicado, pero, dispuesta a que su amistad primara por encima de todo, asintió.

—De acuerdo. Pero mañana por la mañana estaré en tu casa para hablar muy seriamente sobre el tema, ¿entendido?

—¡Entendido! —afirmó Tema.

Minutos después salieron del baño y se toparon con Naruto. Tema empujó a Hanabi para que continuara caminando mientras ella se apresuraba a seguirla, pero el policía la sujetó por el brazo.

—Oye, creo que...

Furiosa al sentirlo a su lado, ella lo miró y le espetó:

—¿Por qué no te vas a la mierda y me dejas en paz?

Sorprendido por su reacción después de los maravillosos días que habían pasado juntos, Naruto frunció el ceño y preguntó:

—¿Y a ti qué te pasa?

Tema deseaba partirle una botella en la cabeza por su falta de tacto y de sensibilidad, pero era incapaz de hacerlo, así que se acercó a él y siseó:

—Me preguntaste qué podías hacer para ayudarme, ¿lo recuerdas? —Él asintió y ella prosiguió furiosa—: Pues piérdete. Eso es lo mejor que puedes hacer.

Bloqueado al ver sus ojos coléricos, él iba a hablar cuando Tema añadió:

—Ya sé que no sientes por mí lo mismo que yo siento por ti, pedazo de burro frío e insensible, pero después del bonito fin de semana que hemos disfrutado en Cádiz no esperaba verte hoy mismo besando a otra.

De pronto, Naruto comprendió su gran metedura de pata. Era un error imperdonable que hubiera aparecido allí, aquella noche, con aquella mujer.

—Pero, al fin y al cabo, como siempre dices... —continuó Tema con chulería—, esto es lo que es, ¿verdad?

Naruto no se movió. Sentía la lengua pegada al paladar, y ella, fabricando una sonrisa que él nunca le había visto, siseó:

—A partir de ahora, tu mejor manera de ayudarme será que te mantengas alejado de mí, ¿entendido?

—Oye..., hablemos.

—No tengo nada que hablar contigo.

La rotundidad de las palabras de Tema le llegó al corazón y, por primera vez en su vida, algo en él se quebró.

Ella no merecía aquello, era demasiado buena, y cuando la joven se alejó, Naruto se sintió mal. Muy mal.

Tras lo ocurrido entre ellos en los últimos días, había sido una absoluta falta de respeto por su parte aparecer en el Croll con aquella rubia. Por ello, desconcertado por lo mal que se sentía y con ganas de desaparecer, se dirigió hacia la mujer que lo esperaba, la agarró de la mano y, juntos y sin mirar atrás, salieron del bar.

Una vez en casa de Naruto, cuando la chica comenzó a desnudarse, algo en él se rompió en mil pedazos.

¿Cómo podía ser tan mala persona?

Y, tras coger el móvil, fingió que hablaba con alguien y luego dijo, dirigiéndose a la rubia:

—Lo siento, preciosa, pero acaban de llamarme del trabajo.

Ella se apenó, pero volvió a ponerse la blusa que se había quitado. Cuando se marchó de su casa, Naruto se desnudó, se metió en la ducha y maldijo por ser tan cabrón.

.

.

.

Esa noche, cuando salieron del Croll, llovía, y Hanabi, que necesitaba hablar con ella, quedó en pasarse por casa de Tema sobre las doce de la mañana. Nagato se empeñó en acompañar a esta última. No cabía duda de que quería algo más, pero al llegar a su portal, ella le dejó muy claro que ella no quería nada y él lo aceptó como un caballero y se marchó.

Cuando entró en casa, la rabia carcomía a Tema.

¿Cómo sus besos y sus caricias podían ser ya pasado para Naruto, cuando para ella todavía eran presente?

Furia...

Rabia...

Desconcierto...

Todo aquello unido era una terrible combinación, y durante unos segundos dudó si enviarle un wasap o no.

¡Ni Khal Drogo ni leches! ¡Que se fuera a la mierda!

Pero finalmente no lo envió.

Le gustara o no, habían regresado a la apestosa realidad, a su día a día y, como tal, debía aceptarla.

Sin embargo, a las tres de la madrugada no podía conciliar el sueño y se levantó. Había tomado una decisión.

Y, tras teclear en su ordenador, compró un billete de avión. Después cogió su teléfono, marcó un número y, cuando al otro lado descolgaron, oyó:

—¡Mi desastre favoritooooooooo!

Sin ganas de sonreír, como solía hacer, ella se retiró el pelo de la cara y preguntó:

—Dei, ¿sigues queriendo que vaya a Los Ángeles?

Of course!

—Pues recógeme en el aeropuerto pasado mañana a medianoche, hora de Los Ángeles. Llego en un vuelo de Iberia.

Oh, my God! ¿Lo dices en serio?

Con el billete comprado, y deseosa de huir de Naruto, Tema se miró en un espejo del salón y, convencida de que su vida tenía que cambiar a partir de ese instante, afirmó:

—Totalmente en serio.