Capítulo 25
Esa mañana, cuando Tema se levantó a las ocho y media tras una terrible noche, le dolía la cabeza.
Rápidamente se tomó una aspirina y se duchó. Por suerte, eso mitigó el dolor, y entonces pensó en su inminente viaje. Se marchaba al día siguiente por la mañana a Los Ángeles por un tiempo indefinido y tenía mucho que preparar.
Según pensaba en ello, se daba cuenta de que era una locura, pero algo en su interior le gritó que tenía que hacerlo.
Debía pensar en sí misma, sólo en sí misma, e intentar ser feliz; ¡se lo había prometido a mamá Chiyo!
A las diez, cuando estaba terminando de poner una lavadora, sonó el timbre de la puerta. Seguro que era su vecina, que iba a pedirle azúcar. Pero cuando abrió se quedó sin palabras al encontrarse a Naruto allí.
Boquiabierta, bloqueó la entrada y siseó:
—No tengo nada que hablar contigo.
Pero, cuando iba a cerrar, él se lo impidió y entró en su casa.
—Soy un cabrón —dijo, cerrando la puerta—. Lo sé, pero...
—No quiero escucharte. Sólo quiero que desaparezcas de mi vista porque no quiero verte más.
En silencio, Naruto la miró. Sólo le habían hecho falta unas horas para darse cuenta de su error. De lo importante que era la joven para él y, como necesitaba hablar con ella, insistió:
—Tema..., por favor. Sé que lo que hice ayer no estuvo bien, pero...
—Lo que no está bien es la tontería que siento por ti, ¡eso es lo que no está bien! —lo cortó ella—. Pero ¿sabes? Te juro que eso se acabó, ¡se acabó! —añadió, levantando la voz.
Descolocado, Naruto no sabía qué hacer. Era la primera vez que sus sentimientos por una mujer afloraban y se enfrentaba a una tesitura así.
—Creo que estamos muy nerviosos y...
Con rabia, Tema se acercó a él y, empujándolo, masculló:
—Tienes que alejarte de mí, del mismo modo que yo he de alejarme de ti. Esto... esto no es sano. Pero ¿no te das cuenta de que sufro? ¿Acaso eres tan insensible que eres incapaz de entender que verte ayer con esa chica me destrozó después de haber pasado un fin de semana maravilloso contigo?
Naruto asintió: a cada palabra que ella decía se sentía peor; pero, cuando fue a abrazarla, ella lo esquivó y, dolorido, la oyó decir:
—No quiero tus abrazos. No quiero tus besos. No quiero nada de ti. Sólo quiero que te vayas de mi casa y desaparezcas de mi vida, porque, efectivamente, como tú mismo me dijiste, no eres bueno para mí.
Naruto la miró allí plantado como un tonto.
Su rechazo le dolía en el alma. No sabía muy bien a qué había ido allí, pero sí sabía que tenía que hablar con ella e intentar entender por qué tras lo ocurrido no podía quitársela de la cabeza. No obstante, viendo que de momento era imposible, repuso:
—De acuerdo, me iré, pero tenemos que hablar.
—Olvídalo.
—Tema..., por favor...
La joven caminó hacia la puerta y, abriéndola de par en par, dijo, sin informarlo de sus planes:
—Adiós.
Naruto echó a andar con la vista clavada en ella. Aquella frialdad le estaba doliendo una barbaridad y, parándose, murmuró:
—Nunca he querido hacerte daño.
Ella asintió, lo miró y, empujándolo, lo echó de su casa y sentenció:
—Pues me lo has hecho, pero ya nunca más me lo harás.
Y, sin más, cerró de un portazo, dejando a Naruto solo y desconcertado en el rellano sin saber qué hacer ni adónde ir.
Le gustara o no, su refugio siempre había sido ella. La chica que nunca le había pedido nada, pero que se lo había dado todo, y finalmente, desesperado, dio media vuelta y se marchó. Tenía que aclararse y, después, regresar y hablar con ella.
Histérica por lo ocurrido, Tema se movía por su casa como una leona. Todo lo que le ocurría era por su culpa, sólo por su culpa. Todo el mundo llevaba tiempo diciéndole que dejara de ser tan tonta, tan buena con Naruto, pero ella, obcecada, no les había hecho caso, y ahora se encontraba en aquella terrible situación.
Nerviosa, se preparó una tila y ésta la calmó. Se sentía ya más relajada cuando, puntual, Hanabi llegó a las doce a su casa. Llevaba un paquete de dónuts, que dejó sobre la mesa de la cocina.
—Vaya careto que tienes, amiga —le soltó.
Tema sacó dos vasos, preparó un par de cafés y, una vez que los sacó del microondas, dijo:
—Coge el azúcar.
Hanabi obedeció y, en cuanto estuvieron ya sentadas a la mesa frente a los cafés y los dónuts, ésta iba a hablar cuando Tema se le adelantó:
—Me voy a Los Ángeles mañana. He sacado un billete de ida.
—¿Y la vuelta?
—No lo he pensado. De momento, me voy.
Su amiga la miró sorprendida, y Tema prosiguió:
—Y antes de que me digas nada...
—Tema..., párate a pensar —la interrumpió Hanabi.
La joven dio un trago a su café y, cogiendo un dónut, explicó:
—Dei me pidió que fuera, lo he pensado y me voy, ¡no hay más que hablar! Y, como puedo hacer mi trabajo desde cualquier lugar que tenga conexión a internet, ¡pues he decidido marcharme!
Hanabi la miraba boquiabierta y entonces aquélla añadió:
—Necesito alejarme de quien tú ya sabes.
—¡Capullo!
—¡Muy capullo! —matizó Tema, sin decir que había estado allí mismo poco antes.
Hanabi, consciente del gesto de su amiga, le preguntó:
—¿Estás huyendo?
Al oír eso, Tema la miró, y ella matizó:
—Uiss..., de pronto me has recordado a alguien.
Ambas suspiraron, y finalmente Tema cuchicheó:
—Necesito desaparecer, ¡esfumarme! Y olvidarme de que existe.
Hanabi miró a su amiga apenada. Sufrir por amor era un asco. Sentir que uno no era especial para la otra persona podía hundir a cualquiera, por lo que tomó la mano de aquélla, se olvidó de la charla que pensaba darle y murmuró:
—Quizá ese cambio de aires te venga bien.
Tema sonrió.
—Quizá.
—Maldito capullo, cabroncete...
En silencio, cada una se comió un dónut, hasta que Tema dijo:
—Si conocieras al Naruto sensible, caballeroso, delicado, gentil y romántico que yo conozco, te aseguro que tu percepción sobre él cambiaría, aunque ahora mismo la mía es peor que la que tienes tú de él. ¡Lo odio!
Hanabi dio un mordisco a su dónut.
—¿En serio posee todas esas cualidades?
Tema sonrió apenada. Naruto era todo aquello y más, pero se limitó a responder:
—No tengo por qué mentirte.
Continuaron comiendo dónuts en silencio, hasta que ella añadió:
—Siento pena y rabia. Y te juro que anoche, cuando lo vi con aquella mujer tras haber pasado conmigo esos días, ¡me rompí!
—Es que eso rompería a cualquiera, cielo.
—Estoy tan furiosa que quiero ser mala con él y... —siseó Tema.
—¡Sé mala! —la cortó Hanabi—. Se lo merece. Sé fría y cruel como él lo es contigo. Tú conoces esa faceta sensible suya que nadie más conoce. Pues bien, a partir de ahora, sé un Naruto en mujer a sus ojos.
—¿Cómo voy a hacer eso? —gruñó Tema—. ¿Acaso crees que yo me voy a tirar a un tío cada noche como hace él?
Hanabi sonrió y, satisfecha de poder urdir un plan, dijo:
—No, pero puedes hacérselo creer. Para empezar, tienes al tal Khal Drogo, que... —Tema sonrió, y Hanabi suspiró y musitó—: No me digas que es él...
—Sí.
—¡Para mataros! —gruñó Hanabi.
—Enfádate conmigo porque el juego se lo propuse yo. ¡Sólo yo! —aclaró Tema—. Él sería Khal Drogo y yo...
—Khaleesi..., ¡no me lo digas!
Tema sonrió y rectificó:
—¡Temari!
—¡¿Temari?!
La joven asintió.
—Tema es la chica de pueblo, afable y cariñosa, y Temari es la mujer que decide lo que quiere sin pensar en nada. Ya sabes que fuera de Sigüenza y para mi trabajo, suelo usar ese nombre.
—Es verdad...
—Estoy para que me encierren, ¿no crees?
Con cariño, Hanabi sonrió y, mirándola, cuchicheó:
—Se me está ocurriendo algo.
—Olvídalo —se mofó Tema—. Viniendo de ti..., es para echarse a temblar.
—Necesitamos la complicidad de Dei.
—Ah, no..., Dei, no.
—Ah, sí..., Dei, sí —insistió Hanabi—. Durante el tiempo que estés en Los Ángeles, él puede ayudarte en muchas cosas, y en cuanto vea tu pelo descontrolado, se meterá con él, ¡ya verás!
Temari sonrió. Se tocó su rubia y despeinada melena e indicó:
—Pues a mí me gusta.
—En cuanto te vea —insistió aquélla—, te dirá que tienes las puntas abiertas.
Tema se cogió el pelo, se lo miró y preguntó:
—¿Tan mal las tengo?
Hanabi soltó una risotada y señaló, tendiéndole un dónut mientras ella cogía otro:
—Querida amiga, brindemos por Temari, la mujer que va a renacer en Los Ángeles.
Tema sonrió, y su amiga puso su dónut ante ella e insistió:
—Vamos. Choca tu dónut con el mío.
—Pero qué mujer..., ni qué mujer... —resopló ella.
Consciente de que su amiga necesitaba dar un giro a su vida, Hanabi se puso entonces seria.
—Creo que ha llegado el momento de que te hagas valer y le enseñes a Naruto y a quien tú quieras que, como dice el anuncio ese de televisión, ¡tú lo vales!
Tema sonrió divertida.
Tal y como la tenía enfocada, su vida era una verdadera mierda en muchos sentidos. Suspiró. Ella quería cambiar y, consciente de que era el momento idóneo para hacerlo, con o sin Naruto, chocó su dónut con el de su amiga y afirmó:
—Sin duda, ha llegado el momento.
