Capítulo 28
Cuando Tema llegó al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, recogió sus dos maletas, pasó el control de aduanas y se dirigió a la salida.
El viaje había sido largo y estaba agotada, pero, al abrirse las puertas y ver a Dei esperándola con un ramo de rosas blancas, sonrió.
Lo miró divertida cuando él corrió hacia ella con los brazos abiertos al tiempo que gritaba:
—My love...! My love...! My love!
Tres segundos después, se fundieron en un cálido y amoroso abrazo que a ella le supo a gloria, hasta que se separaron y él dijo observándola:
—¡Qué pelos! Por cierto, tienes las puntas fatal. Llamaré a Chipens.
Al oírlo, Tema se acordó de Hanabi y cuchicheó:
—No empecemos ya.
Dei sonrió.
Tener a Tema allí con él lo apasionaba; miró las maletas de aquélla y preguntó:
—¿Only éstas? —Ella asintió y él afirmó sorprendido—: ¡Por el amor de Diorrrrr, no me lo puedo creer! ¿Acaso only has traído el cepillo de dientes?
Tema resopló. Adoraba a Dei, pero...
—OK, darling, OK! No digo más.
Tema se lo agradeció y, cuando comenzaron a caminar hacia el parking cogidos del brazo, él preguntó:
—¿Todo bien?
Tema asintió, y Dei cuchicheó:
—Mentirosaaaaaaaaaaaaa.
—¿Por qué mentirosa?
Él sonrió, la miró e indicó:
—Eres mi desastre, y te conozco.
Eso hizo sonreír a Tema, que iba a decir algo cuando él añadió:
—Stop! Hablaremos mañana, cuando estés descansada.
La joven asintió. Sinceramente, era lo mejor.
Una vez que llegaron al coche, con su habitual desparpajo, Dei le hizo saber los planes que tenía para ambos, y Tema se agotó sólo de oírlos, pero sonrió. Sin duda estar ocupada todo el día sería lo mejor. Disfrutó del trayecto en coche junto a su amigo hasta llegar a la residencia de Sakura, que en su ausencia utilizaban Dei y su novio Sasori.
Al llegar a la bonita casa, situada en Bel-Air, un estupendo barrio de Los Ángeles, fue recibida por Sasoriman y las pequeñas y cuquísimas perritas de aquéllos. Besó a Sasori y luego comentó, fijándose en uno de los animales:
—Ay..., cuánto me alegra ver que Audrey está mejor.
Dei miró a la perrilla e indicó sonriendo:
—Mi viejecita Audrey está ahora muy bien, ¿verdad? —Y, agachándose junto a ella, murmuró—: ¿Cómo está mi cucurucúcuuuuuuuuuuu?
La perrita, al igual que las demás, se volvía loca por él, y Dei dijo divertido:
—Rita, Bette y Greta, no os pongáis loquitas.
Pero las perras ya saltaban enloquecidas en busca de mimos, y Sasoriman decidió:
—Las llevaré a sus camas para que se tranquilicen.
—OK, my love..., será lo mejor —convino Dei, incorporándose.
Una vez que aquél se fue acompañado de las cuatro perritas, Tema miró a su amigo y preguntó:
—¿Cómo va todo con Sasori?
Como la buena reina del drama que era, Dei la miró y, colocándose con cuidado el pelo tras la oreja, cuchicheó:
—Mal.
—¡¿Qué?!
Dei asintió con teatralidad y afirmó:
—¡Creo que me va a dejar por otra más mona y más joven!
Tema se horrorizó, pero, mientras observaba a su amigo, a quien ya le temblaba la barbilla, iba a decir algo cuando él se repuso en dos segundos y musitó:
—Pero lo hablaremos tomorrow, cuando él no esté, ¿de acuerdo, queen?
—Por supuesto.
De la mano, caminaron juntos por el pasillo hasta llegar frente a una puerta blanca que Dei abrió. La habitación era preciosa, perfecta, glamurosa.
—Descansa, my love —dijo él, mirando a su amiga—. Mañana hablamos.
Tema asintió y, tras un último beso de aquél en la mejilla, vio cómo él cerraba la puerta y ella se quedaba sola en la bonita estancia.
En cuanto deshizo las maletas y colocó sus pertenencias en el armario y en las cajoneras, abrió su bolso y sacó el móvil. Todavía lo tenía en modo avión. Una vez que hubo activado el teléfono, le entraron varios mensajes. Hanabi. Sakura. Naruto.
De inmediato, hizo el cálculo de la diferencia horaria.
Si en Los Ángeles era la una de la madrugada, en España eran las diez de la mañana, por lo que les hizo saber a sus amigas que estaba en casa de Dei y que se iba a dormir. Dos segundos después, ellas le contestaron felices.
Después leyó el mensaje de Naruto:
¿Por qué no me dijiste que te ibas a Los Ángeles?
Pensó qué contestar.
Había tomado la decisión por un impulso y, consciente de que de una vez por todas su vida tenía que cambiar, respondió:
Entre tú y yo sobran las explicaciones.
Tan pronto como lo envió, como no quería leer ninguna contestación, apagó el móvil y lo guardó.
Después pasó por el baño, al que no le faltaba detalle, se desnudó, se metió en la cama, cerró los ojos y se durmió. Estaba agotada.
