Capítulo 29
Como cada día, Naruto practicaba deporte en el gimnasio de la base junto a sus compañeros. En su trabajo era primordial mantenerse en forma, y estaba abstraído pensando en Tema mientras levantaba unas pesas cuando entró Sasuke, el inspector Morán, y llamó:
—Naruto, Konohamaru, Idate, Suigetsu, ¡vamos!
No hacía falta decir más, tenían trabajo, por lo que se vistieron a toda prisa y cogieron sus subfusiles MP5.
Veinte minutos después, unos helicópteros los recogieron a ellos y a otros grupos en la base, ya perfectamente equipados para llevar a cabo la misión, y cuando el aparato despegó Sasuke dijo:
—Sucursal bancaria en Madrid, con rehenes.
Todos asintieron y, durante el viaje, planearon el rescate.
En cuanto el helicóptero llegó a Madrid, varios de los hombres se descolgaron a través de unas cuerdas para aterrizar en el techo del edificio cuyo bajo alojaba la sucursal bancaria.
Con profesionalidad y determinación, Sasuke y dos de sus unidades llegaron a su destino y, una vez allí, se dirigieron hacia la escalera, mientras varios de sus compañeros se quedaban en los helicópteros y tomaban tierra no muy lejos.
En silencio, bajaron las siete plantas hasta llegar a una puerta que comunicaba la entidad bancaria con la escalera del edificio. Konohamaru la abrió con habilidad y entraron con el máximo sigilo.
Sasuke, que era el jefe del operativo, rápidamente pudo ver desde su posición que se trataba de tres atracadores y unos doce rehenes.
Sin hablar, sólo con gestos de las manos, las unidades se comunicaron y se posicionaron en lugares estratégicos, mientras Suigetsu, alejándose de ellos, informaba de la situación al exterior a través de un teléfono al exterior.
Dentro de la sucursal, una madre asustada abrazaba a sus dos bebés, que no paraban de llorar, hecho que estaba desesperando a uno de los atracadores. Sin compasión, el tipo la apuntaba con el arma, exigiéndole que hiciera callar a los niños, pero la mujer era incapaz de conseguirlo. Los bebés eran demasiado pequeños. Apenas tenían meses, y lloraban más y más a cada segundo mientras la madre decía:
—Tienen..., tienen hambre. ¿Puedo..., puedo darles el biberón?
En cuanto la mujer se dispuso a tocar la bolsa que llevaba colgada del cochecito, el atracador la empujó y siseó:
—Si sacas algo de ahí, te vuelo la cabeza y después la de tus jodidos hijos.
Aterrada, la mujer se quedó temblando paralizada.
Naruto observaba oculto la escena junto a Sasuke y, al ver cómo el atracador apuntaba a las cabezas de los pequeños con su arma, susurró:
—Ese tío la puede liar.
—Joder.
—Está demasiado nervioso —insistió Naruto.
—Por sus movimientos parece que está colocado —afirmó Sasuke, mirándolo con atención.
Konohamaru se movió nervioso. La última vez que un tipo colocado se había cruzado en su camino, un civil murió. Pero, cuando iba a decir algo, Sasuke susurró a través de los intercomunicadores:
—Recordad: seguridad y efectividad.
Naruto y Konohamaru se miraron en el momento en que se oyó:
—Tiradores, en posición.
La vida de aquella mujer y la de sus hijos estaba seriamente en peligro. Tras valorar la situación, Sasuke hizo varios movimientos con las manos que sus hombres entendieron a la perfección.
Los minutos pasaban.
A cada segundo, la situación era más angustiante para la mujer, y cuando aquel tipo puso el cañón de la pistola en la cabecita de uno de los pequeños, Sasuke supo que no debían esperar más y, tras una señal, sonaron varios disparos secos que desarmaron a los atracadores. Sin darles tiempo a reaccionar, varios de los hombres se abalanzaron sobre ellos y, en menos de treinta segundos, los tenían controlados y reducidos.
—Despejado —repitieron uno tras otro.
El nerviosismo hizo que los rehenes chillaran y se asustaran todavía más. Naruto y Sasuke se acercaron hasta la pobre mujer, que era un manojo de nervios, y entonces ésta se desmoronó y el inspector, sentándola antes de que cayera redonda en el suelo, la calmó:
—Tranquila, señora. Todo ha acabado.
La mujer, muy pálida, temblaba. Apenas si podía articular palabra cuando Naruto, asiendo al bebé llorón que había desquiciado al atracador, lo cogió entre sus brazos, lo miró a través del pasamontañas negro que llevaba y murmuró, al ver que era una niña:
—Vamos, preciosa. Ya está..., ya está.
Con la situación controlada y divertido, Sasuke le puso el chupete al otro bebé, que milagrosamente había dejado de llorar, miró a su compañero y afirmó:
—¡Como niñera no tienes precio!
Ambos sonrieron. Lo cierto era que a Naruto le encantaban los niños.
En ese instante, uno de los médicos de urgencias llegó hasta ellos para atender a la mujer.
Sin moverse de su lado, Sasuke y Naruto observaban cómo sus hombres sacaban a los atracadores de la sucursal, mientras ellos se ocupaban de los pequeños.
—Aún recuerdo cómo Sarada se dormía entre mis brazos cuando era pequeña —comentó Naruto.
Su amigo asintió. Su hija, la niña de sus ojos, desde bien pequeña en cuanto se acurrucaba en los brazos de Naruto, caía rendida por completo.
—No hay duda de que tienes mano para los niños —afirmó.
Naruto sonrió y, guiñándole el ojo, bromeó:
—Si puedo elegir, elijo tener mano con las mujeres..., eso sí, ¡solteras!
Sasuke sonrió bajo el pasamontañas. En ocasiones, Naruto le recordaba a él en el pasado.
Otro médico se acercó a ellos, y Naruto le entregó el bebé y su amigo lo apremió:
—Vamos, tenemos que irnos.
Nada más salir de la sucursal bancaria, Konohamaru y Suigetsu los esperaban junto a uno de los furgones que los llevarían de vuelta a la base. Ya no había prisa y no regresarían en helicóptero.
Después de que Sasuke informase por radio a sus superiores de lo ocurrido y de que éstos les trasladasen sus felicitaciones, los cuatro montaron en el furgón y se marcharon de allí. Su trabajo había acabado.
Dos horas más tarde, cuando salía de la ducha, Naruto se dirigió hacia su taquilla a buscar una camiseta limpia. Al cogerla, miró su móvil y se quedó algo sorprendido al ver el mensaje de Tema:
Entre tú y yo sobran las explicaciones.
El cuerpo se le quebró y lo fulminó un extraño sentimiento de soledad.
Pero ¿qué le ocurría?
Sin entender el estado de inquietud permanente en el que se encontraba desde su discusión con ella, maldijo y decidió dejar el teléfono móvil donde estaba. Luego se vistió y, cabreado, regresó junto a sus compañeros.
