Capítulo 32
Una semana después, en España, la unidad de Sasuke regresaba de una misión en Alcalá de Henares en dos furgones. En el primero iban gran parte de la unidad, y en el segundo, un conductor junto con Suigetsu, Konohamaru, Naruto y Sasuke.
El trabajo de aquel día había sido largo y en cierto modo complicado. Un hombre de mediana edad, armado, se había atrincherado en su antiguo domicilio reteniendo a su exmujer y a la madre de ésta, y gritaba que las iba a matar.
Sasuke y sus hombres, una vez que estudiaron el operativo, se colocaron rápidamente dispuestos a entrar en acción en cuanto les dieran vía libre. Un negociador estaba hablando con el hombre armado intentando convencerlo de que liberara a las rehenes y se entregara.
Durante seis horas, todos se mantuvieron en tensión, pero al final ni Sasuke ni su equipo tuvieron que actuar, porque el tipo en cuestión, tras ciertos momentos difíciles, decidió dejar salir a su exmujer y a su madre de la casa y después se entregó.
—Por un momento creí que ese tipo iba a complicarlo todo —comentó Naruto.
Sasuke miró a su amigo y asintió.
—Yo también lo pensé. Ese hombre estaba fuera de sí.
Estaban comentando aquello cuando Suigetsu, dándoles un codazo, les señaló a Konohamaru, que hablaba por teléfono a su lado mirando al suelo. Divertidos, todos callaron y lo escucharon.
—Yo más a ti..., no..., no, yo más, tesoro...
Todos se miraron y sonrieron, y aquél continuó:
—Que sí, cielito..., que sí, quédate en mi casa. No te preocupes por nada, que estoy bien... Uoooo..., el rojo con encaje negro. —Y, bajando la voz un poco más, aseguró—: ¡Me encanta cómo te queda! No te lo quites, preciosa... Sí. Salgo a las ocho de la mañana... Vale..., iré raudo. Y, oye, cariño..., estoy deseando verte.
Sasuke, divertido, miró hacia otro lado mientras Naruto y Suigetsu estallaban en carcajadas.
Konohamaru estaba perdidamente atontado con Hanabi, y cuando éste se guardó el teléfono en el bolsillo, Naruto se mofó con cierta acidez:
—¿Rojo con encaje negro?
—¡Que te den! —replicó Konohamaru.
—Sin duda..., te...
—¡Naruto! —protestó Sasuke, cortándolo.
Percatándose de que habían estado pendientes de su conversación, Konohamaru gruñó:
—Sois una pandilla de porteras cotillonas.
Los tres rieron, y luego Sasuke le soltó:
—¿Qué tal si dejas de hablar con mi hermana en horas de trabajo o, en su defecto, eres más discreto en tus conversaciones?
Naruto se tocó la barba y comentó:
—Estar con Hanabi te está apollardando.
Konohamaru, que no aguantaba un segundo más, le soltó un derechazo en la cara y siseó:
—Si vuelves a mencionar su nombre junto con términos que me molesten, te juro que lo vas a lamentar.
Naruto frunció el ceño tocándose el rostro.
Pero ¿qué le ocurría a Konohamaru?
Y, furioso por aquello, gruñó, encarándose con él:
—¡¿Quieres pelea, gilipollas?!
Suigetsu y Sasuke estaban sorprendidos. Naruto y Konohamaru eran muy amigos y aquello los tenía descolocados; entonces este último, molesto, le soltó:
—No sé qué te pasa, pero estás insoportable.
Naruto no contestó, y él, mirando a su amigos, protestó:
—Técnicamente sois mis superiores, ¿verdad?
—Tú lo has dicho —afirmó Suigetsu.
Konohamaru asintió y añadió:
—Pero en este momento en que los tres os habéis metido en mi vida, si os digo algo, ¿será como subordinado o como amigo?
—Como amigo, por supuesto —afirmó Naruto con seriedad.
Konohamaru, al oírlo y ver que los demás asentían, añadió sin dudarlo:
—Muy bien, os hablaré como amigos —y, clavando la mirada en Suigetsu, prosiguió—: Llevo soportando tus tonterías con tu churri desde hace años, e incluso te he acompañado a comprarle tulipanes amarillos o bombones de chocolate con leche porque a ella le gustan; ¿es cierto o no?
Todos miraron a Suigetsu, que asintió.
—Sí. Tienes razón.
—En cuanto a ti —prosiguió Konohamaru, mirando a Naruto—, he sido el paño de lágrimas de muchas mujeres a las que has decidido no volver a ver, y te recuerdo que soy el amigo que en muchas ocasiones te las presenta y que te oye llamarlas preciosa..., encanto..., bombón, etcétera, etcétera, con la finalidad de conseguir lo que deseas; ¿es cierto o no?
—Sí —afirmó Naruto.
Konohamaru asintió y terminó, dirigiéndose a Sasuke:
—Y en cuanto a ti, desde que tu maravillosa mujer entró en tu vida, he tenido que soportar tus enfados con ella, vuestras reconciliaciones, tus bajones cuando se va de viaje, tus cabreos con la prensa y tus palabras cariñosas y en ocasiones escandalosas cuando hablas con ella por teléfono y no podéis veros. Y mi pregunta es: ¿me he burlado yo de ello?
Sasuke sonrió. Konohamaru tenía razón.
—No. Nunca has dicho nada.
—Pues bien —prosiguió él—, una vez dicho esto, quiero que sepáis que estoy hasta las narices de que os toméis a pitorreo mi relación con Hanabi. Está claro que somos dos personas diferentes, pero nos queremos y deseamos que lo nuestro salga bien —y mirando a Naruto añadió—: Que tú, un tipo frío, sin sentimientos, egoísta y sin corazón, no entiendas por qué en un momento íntimo llamo a la mujer que adoro cariño, amor, mi vida o tesoro, ¡vale!, pero vosotros —dijo, mirando a Suigetsu y a Sasuke—, de vosotros me molesta una barbaridad, puesto que luego sois unos blandengues con vuestras mujeres porque las queréis, las necesitáis y las amáis.
Al entender su enfado, Sasuke asintió.
—Tienes razón. A partir de ahora me mantendré al margen, aunque Hanabi sea mi hermana.
—¡Gracias! —indicó aquél, molesto por lo que había tenido que soltar.
Mientras sus amigos hablaban, Naruto se sintió fatal. No le gustaba pensar que todos lo veían como a un tipo frío, egoísta, sin sentimientos ni corazón. Aun así, era la cruda realidad, la que él mostraba a todos los que estaban a su alrededor, y no supo qué decir.
Pensó en Temsa, en la cantidad de mensajes que le había mandado y de los que no había recibido respuesta, y el corazón se le desbocó.
¿Por qué?
No había vuelto a saber nada de ella desde que lo echó de su casa, y eso lo estaba martirizando como nunca nada lo había hecho. Intentaba aparentar normalidad ante todos hasta que él mismo entendiera lo que le ocurría para evitar las mofas de sus amigos, pero saber que la joven pasaba de él lo destrozaba.
De pronto, y sin esperárselo, sentía cada día más la ausencia de Tema, y él intentaba entender lo que le ocurría y canalizar sus sentimientos.
Mientras Suigetsu se disculpaba con Konohamaru, Sasuke se percató de que la sonrisa de Naruto se desvanecía. Llevaba días encontrándolo raro, más callado de lo normal, pero respetaba su silencio y nunca le había preguntado.
Konohamaru, que seguía enfadado por las burlas de sus amigos, en ese instante miró a Naruto y dijo:
—Siento ser tan sincero contigo, pero de ti entiendo la mofa y que me ridiculices porque careces de sentimientos hacia las mujeres, pero de ellos dos no. Ellos aman, quieren y necesitan a Karin y a Sakura, como yo amo, quiero y necesito a Hanabi.
—Escucha, Konohamaru...
—No, escúchame tú a mí —lo cortó aquél, consciente de lo que Naruto sabía y callaba—. Eres un buen amigo. Mi mejor amigo, Naruto, y espero que algún día seas también el padrino de mi boda. Pero me molesta oír tus burlas con respecto a lo mío con Hanabi; que tú carezcas de sentimientos e ilusiones hacia una mujer no quiere decir que yo no pueda tenerlos. —Ambos se miraron, entendiéndose, y Konohamaru continuó—: Sabes que respeto lo que haces. Me da igual con quién te acuestes o con quién te levantes, y procuro no opinar si tu vida de crápula hace daño a una mujer, a dos o a mil. Sólo me he metido en ese tema una vez, cuando has podido lastimar a alguien a quien todos los que estamos aquí apreciamos. Aunque, por suerte, ella hace tiempo que se alejó de ti.
Todos sabían que Konohamaru hablaba de Tema, y Naruto, molesto por lo que ocurría en su interior, siseó:
—¡¿Qué tal si cierras el pico, gilipollas?!
Ahora el que sonreía era Konohamaru, y con cierta chulería preguntó:
—¿Por qué? ¿Acaso te molesta que yo me meta y juzgue tu vida como tú haces con la mía? ¡¿A que jode que yo diga lo que opino?!
—¡Cállate! —insistió Naruto.
—Me callaré cuando yo lo decida, no cuando lo digas tú —gruñó Konohamaru.
Ambos se miraron, se retaron, y Sasuke, al ver el cariz que estaba tomando el asunto, dijo, intentando parar lo que probablemente podía pasar:
—Basta ya, por favor.
Dentro del furgón se hizo un silencio tenso. La tirantez se podía cortar con un cuchillo por las cosas que Konohamaru le había echado en cara a Naruto. Entonces Suigetsu, tras intercambiar una mirada con Sasuke, comenzó a hablar con Konohamaru de otras cosas. Necesitaba relajarlo.
Durante varios kilómetros, Sasuke observó a Naruto en silencio. Él también le había reprochado su comportamiento con Tema y, por lo que veía, no había sido el único.
Quería hablar con él acerca de qué le ocurría. Le encantaría saber qué lo había llevado a ser tan frío e insensible con las mujeres, pero Naruto, fuera de sus momentos de risas, era muy reservado con su vida privada, y supo que ése no era el instante ni el lugar.
Las crudas palabras de Konohamaru le habían dolido incluso a él, y viendo que Naruto tenía la mirada clavada en el suelo, puso una mano sobre su rodilla y, atrayendo su mirada, preguntó:
—¿Qué te ocurre?
—Nada —respondió él.
—¿Quieres que hablemos?
Naruto negó con la cabeza y, tras pensarlo, declaró:
—Voy a pedir unos días por asuntos propios. Los necesito.
—Me parece bien —dijo Sasuke sin insistir ni preguntar—. Cuando lleguemos a la base, solicítalos.
Naruto asintió y a continuación murmuró, mirando a su amigo:
—Menudo rapapolvo que nos ha echado tu... cuñadito.
Sasuke sonrió.
Sin duda, Konohamaru había sacado las uñas por la relación con su hermana, y eso le había gustado.
—Es lo que toca cuando uno está enamorado —respondió.
Naruto hizo una mueca al oír eso.
—¿Tú también me ves como Konohamaru? —preguntó.
Consciente de lo que le preguntaba, Sasuke contestó con sinceridad:
—Es la imagen que muestras de ti. Si tuviera que describirte, diría que eres profesional en tu trabajo, pero frío, insensible y sin sentimientos con las mujeres.
Naruto asintió. Se merecía oír eso, y no dijo más. No quería hablar.
Una hora después llegaron a la base y, cuando bajaron del furgón, Naruto le cortó el paso a Konohamaru y dijo, mirándolo a los ojos:
—Te ha faltado decir que soy un bocazas..., nenaza.
Suigetsu y Sasuke, al ver cómo se miraban, se prepararon para separarlos. Sin duda aquello podía acabar mal, pero Konohamaru, ya más relajado, repuso:
—Y mi hermano..., también me ha faltado decir eso, ¡Mariliendre!
Los dos hombretones se abrazaron, el cariño que sentían el uno por el otro era inmenso, y Sasuke, aliviado, exclamó:
—Muy bien, nenitas, vayamos a las duchas. ¡Apestamos!
