Capítulo 33

Pasaron un par de días en los que Tema disfrutó saliendo con Sasori, Dei y todos los hombres que éstos le presentaron.

Sin duda, en Los Ángeles, como diría su amiga Hanabi, ¡había buen material!

Pero todo se complicó la mañana en que iba a levantarse y Dei entró en su cuarto como una exhalación.

—¡Ay, darling!

Incorporándose en la cama, Tema lo miró mientras se restregaba los ojos.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó.

Dei gesticuló desencajado y soltó:

—Batman está en el salón.

Ella parpadeó. No lo entendía, y él insistió:

—¡Naruto está aquí!

A Tema se le cortó la sangre y, temblando, murmuró:

—¿Qué dices?

Nervioso y altamente excitado, Dei se lanzó sobre la cama, donde ella continuaba, y cuchicheó:

—Que está en el salón... ¡Khal Drogo está aquí!

Boquiabierta, ella no reaccionaba, y Dei prosiguió acelerado:

—Han llamado a la puerta, he abierto y casi... Oh, my God! Cuando lo he visto tan pretty, tan alto, tan ¡divine!, no he podido más que lanzarme a sus brazos y comérmelo a kisses.

La mente de la joven funcionaba a toda mecha.

Pero ¿qué hacía Naruto allí?

Y, tumbándose en la cama, se tapó con las sábanas hasta que Dei preguntó:

—¿Qué haces, queen?

Descolocada, ella no respondió, y entonces su amigo agarró con fuerza las sábanas y se las quitó de encima.

—Dile... dile..., que no estoy —contestó Tema.

Impossible! Ya le he dicho que venía a despertarte.

—¡Dei! —gruñó ella.

Aquello era un desconcierto total.

—Tranquila —continuó él entonces—, llamaré al guapísimo Richard Betancourth y le pediré ayuda. ¿Te acuerdas de él?

Tema afirmó con la cabeza. El coreógrafo, alto y simpático, había salido a cenar con ellos dos días antes.

—Quedó crazy contigo la otra noche —añadió Dei—, así que le diré que pase a buscarte dentro de one hora. Él te mantendrá fuera todo el día, lejos del divine. ¿Qué te parece, darling?

Tema asintió. Cualquier plan que la alejara de Naruto le parecía bueno; Dei, sacando su teléfono móvil del bolsillo de su bata dorada, lo llamó y, cuando terminó, anunció:

OK, queen. ¡Solucionado! Pasarás el día con Richard en su preciosa mansión de Beverly Hills.

Ella volvió a asentir, acobardada y descolocada, y entonces su amigo, entendiendo su desconcierto, indicó:

—Ahora levántate, ponte divine, ve al salón y muéstrale al Mariliendre que hay otro Khal Drogo en el mundo.

Tema resopló.

—¿Y cómo se hace eso?

Divertido y excitado con todo aquello, su amigo respondió:

—No lo sé, pero seguro que encuentras la forma.

Se tapó la cara horrorizada. Se moría por ver a Naruto, pero entendió las palabras de Dei, y al pensar en por qué estaba allí, decidió:

—Dame quince minutos.

Él caminó encantado hacia la puerta y repuso:

—Mejor que sean diez, Khaleesi.

—¡Dei! —gruñó ella al oírlo.

Divertido, Dei cerró la puerta y caminó hacia el salón dejando a Tema totalmente desconcertada.

Media hora después, tras darse una ducha y ponerse unos pantalones negros y una blusa de flores azules, se miró al espejo y dijo, poniéndose la última lentilla:

—Tú puedes..., puedes con esto y con lo que te propongas.

Y, sin pensarlo más, salió de la habitación con la cabeza bien alta, mientras sentía que toda ella temblaba.

¿Qué hacía Naruto allí?

De pronto, oyó su voz. Aquella voz grave y sensual que siempre la volvía loca y que en ese instante provenía de la cocina. Estaba allí con Dei. Así pues, fabricando una sonrisa, entró en la estancia y saludó:

—Buenos días.

Al oírla, Naruto se volvió rápidamente para mirarla y, sintiendo que el corazón se le desbocaba como nunca en su vida, iba a acercarse a ella cuando Tema le soltó:

—¿Y tú qué haces aquí?

Naruto se detuvo. No esperaba ese recibimiento frío y seco tras tantos días sin verse y, con sorna, contestó:

—Yo también me alegro de verte.

Con toda la desgana que pudo, la joven no se acercó a él, y Dei, que los observaba en silencio, intervino:

Queen..., hay croissants en el cestillo.

Tema asintió.

Mostrar tanta indiferencia hacia Naruto le estaba costando un mundo y, sin acercarse a él, se sentó en uno de los taburetes de la isleta, donde se sirvió un café y comenzó a desayunar.

El policía la observó sin dar crédito.

Su último encuentro en España había sido un desastre, pero sin duda el reencuentro estaba siendo peor.

—Voy one moment a mirar una cosita —soltó entonces Dei para quitarse de en medio.

Ella lo miró con reproche.

¿Por qué se marchaba?

Pero él, sin querer captar el mensaje de su mirada, desapareció dejándola a solas con Naruto, que, sin moverse de su sitio, preguntó:

—¿No te alegras de verme?

—¿Debería?

Cada vez más desconcertado por su impasibilidad, el geo no supo qué responder.

—¿Por qué no me contaste que te marchabas? —dijo a continuación.

Ella lo miró con total indiferencia.

—Porque no tengo que darte explicaciones. Es más, creo que quedó todo dicho entre nosotros, ¿no?

La dureza en su manera de hablarle y de mirarlo tocó el corazón de Naruto, que, abatido, susurró:

—Tema, te lo dije y te lo repito: te pido disculpas por mi falta de tacto. No estoy acostumbrado a...

—Basta —lo cortó—. Acabo de decirte que ya está todo dicho.

Noqueado por lo que sentía al verla, al mirarla, él asintió e, intentando abrir su corazón, murmuró:

—Te he echado de menos.

Aquella frase...

¡Oh, Dios, aquella maldita frase!

Era la primera vez que Naruto expresaba algo tan íntimo, tan personal, tan romántico, pero, evitando la marmita de la tontería en la que solía caer, Tema contuvo a su verdadero yo y, buscando ayuda en la dura y fuerte Temari, respondió:

—Pues yo a ti no.

Naruto se envenenó al oír eso.

¿Cómo no lo había echado de menos?

Pero, cuando iba a decir algo, ella lo miró e indicó:

—No sé qué haces aquí ni me importa, pero ya te dije que me dejaras en paz.

—Tema...

Aquella voz...

Aquella mirada...

Aquel aroma...

Todos los sentidos de la joven se pusieron en alerta frente a lo que todo aquello le hacía sentir, y cuando Naruto iba a acercarse a ella, Tema se levantó del taburete de un salto y le advirtió:

—Aléjate de mí, por favor.

—Tema...

—Si realmente me tienes aprecio, no te acerques a mí y déjame vivir.

Aquellas palabras, aquel ruego pronunciado de aquella manera, paralizaron a Naruto, que sólo fue capaz de decir:

—Solicité cuatro días libres en la base para venir a verte.

Saber aquello a Tema le tocó el corazón.

¿Estaba allí sólo por ella?

No..., no..., no..., no podía decirle aquello. La hundía, la desesperaba, y más mientras sentía cómo su cuerpo le gritaba que se acercara a él, que lo tocara, que lo aceptara. Pero no. No debía comportarse como la misma lela de siempre.

Si se había marchado de España, si se había alejado de él, era para dejar de sufrir como una tonta por alguien que no lo merecía, así que tiró de toda su chulería y replicó:

—Pues ya me has visto. Ya puedes irte.

Dolorido y descolocado por su indiferencia, el policía no reaccionaba. Nunca se había encontrado en una situación así con una mujer.

Cuando iba a hablar, Dei entró en la cocina con un hombre al que no conocía, y Tema, desplegando todos sus encantos, sonrió y exclamó:

—¡Qué bien que hayas venido, Richard! Te estaba esperando.

Este último, que había sido advertido de lo que ocurría, ignoró al enorme tipo que estaba allí y que lo miraba con ganas de estrangularlo, se acercó a ella e indicó, tras darle dos besos en las mejillas:

—Te prometí un bonito día, y aquí estoy.

Tema sonrió agradecida y, cogiendo otro croissant del cestillo, se agarró del brazo de él y dijo, sin mirar a Naruto:

—Pues cuando quieras podemos irnos.

Bloqueado, el policía parpadeó y preguntó sin poder evitarlo:

—¿Te vas?

Ella asintió y se dirigió hacia la puerta de la cocina del brazo de Richard.

—Adiós —se despidió—. Que tengáis un bonito día.

Naruto, que no entendía nada, dio un paso en su dirección y se plantó delante de la puerta, bloqueándola.

—Te he dicho que he venido para verte.

Tema clavó la mirada en aquel tipo que tanto le gustaba pero que tanto la hacía sufrir. Luego sonrió con indiferencia y, sin soltarse del coreógrafo, replicó:

—Y yo te he dicho que ya me has visto. Y ahora, ¿qué tal si te quitas de en medio para que yo pueda pasar un estupendo día con Richard?

Naruto resopló.

Aquella actitud no le estaba gustando un pelo y, tras mirar a Temari y posteriormente a aquel tipo, que lo observaba con gesto serio, se hizo a un lado y aquellos dos continuaron su camino sin mirar atrás.

Una vez que salieron de la casa y se montaron en el coche de Richard, éste murmuró, mirándola:

—Por un momento he pensado que me quedaba sin cabeza.

Temblorosa, Tema asintió.

—Arranca y vámonos.

En la cocina, Dei y Naruto permanecían en silencio, hasta que el primero, que no daba crédito a lo ocurrido, preguntó:

My love, ¿te apetece un café?

Naruto, que no estaba acostumbrado a que una mujer lo tratara así, maldijo y soltó, mientras caminaba hacia su bolsa de viaje:

—Me voy. Esto ha sido un error.

Dei se acercó a él rápidamente.

—Pero... pero..., my love, si acabas de llegar. Has tardado muchas horas en llegar a Los Ángeles, ¿cómo te vas a ir?

La humillación que Naruto sentía podía con él.

Pero ¿qué gilipollez había hecho?

¿Qué hacía él yendo tras una mujer?

Y, mirando a un desconcertado Dei, indicó:

—¿Puedo pedirte un favor?

Of course!

—Si realmente eres mi amigo —siseó Naruto enfadado—, por favor, que nadie se entere de que he estado aquí.

—Pero...

—Dei, ¡no!

Y, sin más, sin querer escuchar a Dei y sin querer razonar, agarró su equipaje y se marchó al aeropuerto.

Después de cambiar su billete de regreso, mientras esperaba en la sala de embarque, malhumorado y herido, buscó el contacto de Temari en su teléfono y escribió:

No te molesto más. Y te rogaría que nadie se enterara de que he estado en Los Ángeles. Adiós.

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Horas después, cuando Tema regresó a la casa, un descolocado Dei la miró y, antes de que él dijera nada, ella preguntó:

—¿De verdad se ha marchado?

—Sí. Y me ha pedido que no le cuente a nadie su visita.

Ella asintió y, enseñándole el mensaje que había recibido, murmuró:

—A mí también.

Se miraron en silencio durante unos segundos, hasta que él cuchicheó:

—¿Y si resulta que él...?

—No —lo cortó Tema—. No pienses tonterías, que Naruto no es de ésos.

Ambos se observaron, y la joven, intentando encontrar una respuesta a lo ocurrido, señaló:

—Está molesto conmigo por lo que le dije antes de marcharme de España, por eso ha venido.

—¿Estás segura, queen?

Ella asintió. Naruto le había repetido ciertas cosas mil veces.

—Sí —afirmó.

Volvió a hacerse el silencio entre ambos, hasta que Tema dijo:

—No voy a comentarle a nadie su visita, y espero que tú tampoco lo hagas. Si nos lo ha pedido es porque es importante para él, ya lo conoces.

—Tranquila, darling. Mis labios están sellados. —Pero, incapaz de callar, Dei añadió—: No sé..., siento que nos hemos equivocado con él.

Tema resopló y, sin querer pensar en nada más, e intentando sonreír a pesar de la gran tristeza que la embargaba por lo ocurrido, respondió:

—Creo que no. Naruto... es Naruto.

Dicho esto, le dio un beso en la mejilla a su amigo y se marchó a su habitación, donde, cerrando los ojos, se dejó caer en la cama, aunque esa noche no durmió.