Capítulo 37

En España, en la base de los GEOS en Guadalajara, Naruto estaba dando una de sus clases de artes marciales.

—Por favor, ven aquí —reclamó, dirigiéndose a Idate.

Este último resopló, mientras que Konohamaru sonrió. Ya sabía lo que tocaba, y cuando Naruto le hizo una llave y Idate cayó al suelo, lo oyó decir:

—Esto es lo que nunca debe pasar. Tienes que anclar bien los pies, junto con la cadera, para equilibrar las piernas, y así tu oponente no tendrá la más mínima posibilidad de moverte.

En cuanto Idate se levantó ante la cara de guasa de todos, Naruto se colocó en posición y pidió:

—Intenta tirarme.

Durante un rato, él lo intentó, pero fue imposible. Naruto era una mole de piedra dura difícil de mover, y cuando paró sudoroso, su instructor lo noqueó en el suelo tras un rápido movimiento.

—Vale, nenita..., hemos acabado por hoy —se mofó Naruto.

Todos rieron.

El buen humor entre ellos era esencial, aunque el de Naruto últimamente parecía extraviado.

Nadie supo nunca de su viaje a Los Ángeles, y les agradeció en silencio a Dei y a Tema que le guardaran el secreto. Bastante humillante había sido para él como para que encima sus amigos se burlaran.

Media hora después, una vez acabada la clase de artes marciales, en el vestuario Konohamaru recibió un wasap de Hanabi, y sonrió. Le enviaba una fotografía de Tema bailando con un hombre y, bajo la imagen, una nota de prensa que decía: «Shisui Uchiha, de fiesta».

Estaba mirando la foto cuando sonó su teléfono. Era Hanabi y, sentándose en un banco, la saludó:

—Hola, preciosa.

Ella, que estaba en casa de su cuñada Sakura, sonrió al oír su voz.

—Hola, cucaracho. ¿Sales ya?

Konohamaru asintió y, cuando iba a hablar, ella añadió:

—¿Has visto la foto que te he enviado?

—Sí. Era Tema, ¿verdad?

Hanabi, que observaba cómo Sakura hablaba por teléfono con Dei y gesticulaba, asintió y cuchicheó:

—No te lo vas a creer, pero hoy esa foto es portada en casi todas las publicaciones del corazón. Al parecer, el buenorro que...

—¡¿Buenorro?! —exclamó Konohamaru molesto.

Hanabi suspiró.

—Sí, cariño, buenorro..., ese tío está buenorro, ¿o es que no lo ves?

Él resopló con incredulidad y repuso:

—Pues no. No lo veo. Sobre todo porque a mí me van más las buenorras.

Oír eso molestó a Hanabi. Aquello era sinónimo de discusión, por lo que iba a decir una de sus lindezas, pero lo pensó y calló. No quería discutir con él. Así pues, contó hasta diez y, una vez que la mala leche pareció relajarse, indicó:

—De acuerdo, cariño. Creo que los dos somos lo bastante adultos y mayores como para saber que en el mundo hay buenorros y buenorras, ¿verdad?

—Verdad.

Permanecieron en silencio unos segundos, hasta que Konohamaru, sintiendo que ahora era él quien tenía que dar el pasito, dijo:

—Pero para mí sólo estás tú.

—Y tú para mí..., ¡so tonto!

Ambos rieron y luego Hanabi prosiguió:

—El caso es que el tío con el que aparece Tema en la foto es uno de los directores más influyentes del cine americano, ha ganado nueve Oscar de Hollywood y, al parecer, es el mayor coleccionista de coches de lujo del mundo. ¿Cómo te quedas?

—Sorprendido —contestó él con una sonrisa—. Creo que tan sorprendido como tú.

—Según nos ha contado Dei —prosiguió ella, omitiendo que Tema lo había conocido en la fiesta donde ella había conocido a Luis—, anoche asistieron a una gala en Los Ángeles y no se separaron en toda la noche. ¿Qué te parece?

Konohamaru asintió y, encogiéndose de hombros, respondió:

—A mí me parece bien, siempre y cuando sea lo que ella quiere.

Feliz y encantada por su amiga, Hanabi soltó una risotada y, entornando los ojos, murmuró:

—Enséñale la foto a Mariliendre.

—Hanabi... —empezó él riendo.

—No, en serio, cariño, enséñasela para que vea que Tema pasa totalmente de él y tiene ojos para otro que es más alto, con más dinero y, por supuesto, está más bueno que él.

Konohamaru miró hacia las duchas, donde estaba Naruto, muy serio, y cuchicheó:

—Pero, cariño, sabes bien que paso de ir de portera.

Pero Hanabi, deseosa de que Naruto viera que su amiga ¡por fin! había dado carpetazo a lo suyo, repuso:

—De acuerdo. Le diré a Sakura que se la mande a Sasuke para que se la enseñe.

Divertido, Konohamaru soltó una risotada en el momento en que Naruto salía de la ducha, y susurró:

—Mira que eres puñetera.

Ella sonrió, sin duda lo era, y, centrándose en su chico, preguntó:

—¿Vienes a buscarme a casa de Sasuke o...?

—¿Qué tal si nos vemos en la mía? —la cortó él.

Encantada, Hanabi asintió y preguntó, deseosa de verlo:

—¿Te casas conmigo?

Konohamaru sonrió y, satisfecho al oírla, respondió:

—Por supuesto que no.

Ella soltó una carcajada. Aquello se había vuelto un juego entre ellos.

—OK —aceptó—. Tú te lo pierdes, mi amor. Nos vemos en tu casa.

Una vez que hubo colgado el teléfono, Konohamaru, encantado porque Hanabi esa vez se hubiera tomado la relación con una madurez que no esperaba, miró a su amigo Naruto, que estaba frente a su taquilla, y sin poder remediarlo dijo al tiempo que levantaba el móvil:

—¡Mira!

Él, sin saber a qué se refería, se acercó al teléfono. De inmediato vio la foto de Tema bailando con un tipo y leyó el titular.

Extrañamente, el estómago le dio un vuelco, pero preguntó sin inmutarse:

—¿Qué tengo que mirar?

—Tema...

Naruto asintió.

—Hasta ahí llego. Conozco a Tema, pero ¿qué quieres que mire?

Konohamaru, al ver que le importaba un pimiento el tema, asintió, le quitó el teléfono y dijo, dejándolo en su taquilla:

—Sólo quería que vieras que Tema está perfecta y se lo está pasando muy bien en Los Ángeles.

Fabricando una sonrisa y ocultando su malestar, Naruto asintió.

—Es lo que tiene que hacer.

Y, sin más, regresó hasta su taquilla mientras en su mente se grababa el nombre de Shisui Uchiha y la rabia por lo que había visto lo carcomía.

¿Quién era aquel tipo?

.

.

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Una hora después, cuando Naruto entró en la casa de alquiler en la que vivía, soltó la bolsa que llevaba en la cocina, la abrió y, tras sacar la ropa, la metió en la lavadora y la puso en marcha.

Después fue a la nevera, cogió una cerveza, dio un primer trago y se encaminó hacia su portátil. Lo abrió y, en cuanto se conectó a la red, tecleó «Shisui Uchiha» en el buscador.

Enseguida aparecieron cientos de fotos de aquél.

El tipo era de padre mexicano y madre estadounidense y, por lo que pudo leer, gracias a la fama de su madre, que era actriz, siempre había vivido muy bien. «¡Niño de mamá!», pensó.

Sorprendido, vio fotos del tipo con sus ligues y leyó acerca del fallecimiento de su mujer.

Una foto, dos, veinte..., se empapó de quién era aquél y se sorprendió al ver que no era el niñito de mamá que había supuesto en un principio, sino un tío currante. Había comenzado como guionista para diversas series de televisión y había sido premiado en varias ocasiones. De ahí pasó a ser productor, hasta que terminó siendo un afamado director premiado con nueve Oscar.

Boquiabierto, Naruto siguió leyendo y silbó cuando vio las fotos de su colección de coches de lujo. Sin duda el tío lo tenía todo. Guapo, rico, poderoso..., ¿qué más podía pedir?

Con mal gesto, continuó viendo noticias sobre aquél, hasta que llegó a unas fotos actuales en las que se lo veía con Tema, muy divertidos los dos, durante la gala de la noche anterior. Clavando la mirada en ella, se fijó en que no llevaba sus gafas y sonrió al verla tan arreglada y maquillada. Nunca la había visto así y, sorprendido, murmuró con cierta añoranza:

—Gafitas..., estás preciosa.

Pero la sonrisa se le esfumó rápidamente al leer los titulares que hablaban de romance a la vista. Eso no le gustó un pelo.

Minutos después oyó el pitido de la lavadora al acabar y, enfurruñado, cerró la pantalla del portátil. No quería ver nada más, por lo que, levantándose, se dispuso a tender la colada.

Mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en lo que había visto. Tema, su Tema, divirtiéndose con otro que no era él. Eso le escocía, le picaba, y, dejando la ropa a un lado, cogió su cazadora y las llaves de la moto y se marchó al Croll, donde seguro que se encontraría con alguien con quien tomarse una copa.