Capítulo 39
En España, Naruto iba con sus compañeros en el furgón de los geos mientras se preparaban para un operativo.
Al parecer, la policía de Soria, tras meses de investigación, había localizado a una peligrosa banda organizada de ladrones que atracaba hogares y comercios.
Una vez que llegaron allí y se los informó con detenimiento de la cantidad de personas que había en el piso y de la tipología de aquél, tras hablar entre ellos y tomar decisiones y posiciones, entraron de inmediato en la guarida de los ladrones.
Con rapidez y eficacia, los detuvieron a todos mientras dormían, excepto a uno, que les dio esquinazo y, escapando, llegó a la escalera y comenzó a subirla. Al percatarse de ello, Naruto fue tras él seguido por Sasuke. El tipo se dirigía hacia la azotea del edificio.
Naruto subía los escalones de dos en dos sin perderlo de vista y, cuando vio que el ladrón saltaba de la azotea de un edificio a otra, no lo dudó e hizo lo mismo, mientras Sasuke le gritaba que parara.
Aquello era una locura, una imprudencia.
La distancia era excesiva, pero, por suerte, Naruto llegó a la otra azotea, rodó por el suelo, agarró al tipo y comenzó a forcejar con él, recibiendo varios golpes que lo enfadaron más y más.
En cuanto consiguió hacerse con el maleante y doblegarlo, lo esposó y, tras hacerle una señal a Sasuke, que se hallaba en la otra azotea, para indicarle que todo estaba controlado, se dirigió hacia la escalera para bajar.
Después de la tensión vivida por lo que podría haber ocurrido, Sasuke asintió ya más tranquilo y bajó también a la calle. Cuando se encontró abajo con Naruto, preguntó, al ver gotear sangre de su pasamontañas negro:
—¿Estás bien?
Su amigo, con la respiración acelerada por el esfuerzo, y aun notando el sabor salado de la sangre en la boca, afirmó con un escueto:
—Sí.
Segundos después, la policía de Soria llegó hasta ellos para llevarse al ladrón, momento en el que Sasuke, que caminaba junto a Naruto, dijo:
—¿Cómo se te ocurre saltar de una azotea a la otra? Podrías haber caído al vacío y...
—Venga, Sasuke, no me jodas —protestó él.
El aludido miró a su compañero y amigo. Llevaba un tiempo mostrando un carácter demasiado irascible. Todo le enfadaba, todo le molestaba, y apenas si lo había visto sonreír o bromear, pero, sin perder la compostura, preguntó:
—¿Se puede saber qué te pasa?
Sin quitarse el pasamontañas, Naruto lo miró y respondió:
—Nada.
—Naruto...
Pero él, al llegar a un punto, cambió de rumbo y se separó de Sasuke.
Éste observó cómo se alejaba.
¿Qué le ocurría?
En las dos últimas intervenciones había corrido más riesgos de la cuenta, y eso lo preocupaba.
Naruto siempre había sido un tipo cerebral, y ahora lo notaba muy visceral.
Estaba pensando en ello cuando Konohamaru y Suigetsu se acercaron a él y, al ver a Naruto meterse en el furgón del equipo, quisieron saber:
—¿Qué ha pasado?
Sasuke les explicó lo ocurrido y luego dijo:
—¿Habéis notado algo raro últimamente en él?
Suigetsu asintió.
—Sí. Que está en modo capullo.
Los tres sonrieron, y Konohamaru afirmó:
—Sé a qué te refieres. Y también lo he notado. Pero le he preguntado y no cuenta nada. Ya sabéis que es bastante reservado para sus cosas.
Sasuke asintió, sabía muy bien cómo era. Y, seguro de lo que decía, afirmó:
—Si cualquiera de vosotros consigue saber algo, que me informe, ¿entendido?
Suigetsu y Konohamaru asintieron y, mientras el primero se quedaba hablando con él, el segundo se dirigió al furgón. Le preocupaba su amigo y, al verlo allí sentado con el rostro manchado de sangre, preguntó alarmado:
—¿Estás bien?
Naruto, limpiándose la sangre de la boca con un clínex, indicó:
—Tranquila, nenita. No ha sido nada.
Sin hacerle caso, Konohamaru revisó el rostro de su buen amigo y, al ver que la sangre provenía del labio, se tranquilizó.
—Espero que el otro quedara peor. —Sonrió.
—Te lo aseguro —afirmó él con una sonrisa ácida.
Estuvieron unos segundos en silencio, hasta que Konohamaru dijo, aprovechando el momento:
—Naruto, te considero mi hermano y, cuando me ocurrió lo de Hanabi, así me lo demostraste, y te lo agradeceré eternamente.
—¿A qué viene eso? —preguntó Naruto, mirándolo.
Konohamaru asintió con gesto cómplice y, bajando la voz para que nadie los oyera, contestó:
—Viene a que estoy aquí para lo que necesites, ¿entendido?
Naruto sonrió, pero, sin querer contarle algo que ni él mismo entendía, repuso:
—Lo sé, hermano, lo sé.
Segundos después, el equipo al completo montó en el furgón y éste regresó a Guadalajara. Una vez allí, tras rellenar varios informes, se ducharon, y Naruto, sin hablar ni bromear, se cambió de ropa y, cogiendo su moto, se marchó a su casa mientras sus amigos lo observaban preocupados sin entender qué le ocurría.
