Capítulo 42
Mientras Shisui conducía por las calles de Los Ángeles y en la radio sonaba Ribbon in the Sky, de Stevie Wonder, Tema escuchaba aquella preciosa canción con una sonrisa en los labios y lo observaba todo a su alrededor.
Aquella ciudad era una maravilla.
Le gustaba su gente, su ritmo, su vivacidad. Los Ángeles era un lugar que le olía a aire fresco, y estaba cavilando sobre ello cuando él la miró y preguntó:
—¿En qué piensas?
—En lo bonito que es todo esto —repuso con una sonrisa.
Shisui estuvo de acuerdo. Él adoraba vivir allí. Al poco, paró en un semáforo y quiso saber divertido:
—¿Vuelves a llevar las lentillas?
Tema asintió y afirmó, mientras abría el bolso:
—Pero mis gafas vienen conmigo, ¡nunca se sabe cuándo se te puede meter una motita en el ojo y dejarlo rojo como un tomate!
Shisui sonrió. Le encantaba la naturalidad de la joven, y comentó:
—Tú eres bonita con o sin ellas; lo sabes, ¿verdad?
Consciente de que él también había apreciado el cambio que había experimentado, Tema contestó:
—Gracias —y, tras un silencio, dijo—: ¿Puedo preguntarte algo en cierto modo presuntuoso?
—Por supuesto —convino él, arrancando el Ferrari.
Ella se retiró su cuidado y sedoso pelo del rostro y prosiguió:
—Como mujer, ¿te parezco ahora más llamativa que cuando me conociste?
Shisui sonrió y declaró sin dudarlo:
—Sí. —Tema asintió, y él añadió—: Tu cambio físico es bastante evidente, pero déjame decirte que a mí, como hombre, quien me interesa es la Temari que conocí, y no la que pretendes ser ahora.
—¿Pretendo?
Él afirmó con la cabeza. Por su trabajo conocía a cientos de mujeres que llegaban a límites insospechados por mejorar su aspecto físico; a continuación indicó:
—La belleza exterior se marchita, mientras que la interior suele durar toda la vida —y, al ver el gesto de aquélla, añadió con rapidez—: Con esto sólo quiero decirte que me parece bien que cuides tu aspecto para verte a ti misma estupenda, pero mi consejo es que nunca olvides quién eres, porque eso es lo realmente importante para vivir.
Complacida de oír aquello, Tema sonrió y no dijo más, hasta que él, minutos después, preguntó:
—¿Te gusta la comida francesa?
—Aunque me tomes por una palurdilla —repuso ella con retintín—, tengo que confesarte que no entiendo mucho de cocina francesa. Bueno, sí..., ¡la tortilla francesa me encanta! Pero si me pones un plato de caracoles delante, ¡creo que te echo hasta la primera papilla!
Él soltó una carcajada divertido y, cuando iba a añadir algo, ella miró un local que tenía neones rosa por todas partes y mucha luz, y dijo:
—Hace unos días estuve cenando ahí con Sasori y Dei. Ni te imaginas la excelente hamburguesa que nos comimos, y no te digo cómo estaban las patatas..., ¡impresionantes!
Shisui asintió y, mirándola, preguntó:
—¿Preferirías cenar ahí antes que en un restaurante francés?
—Sí —respondió Tema con rotundidad.
Él la contempló boquiabierto.
—El restaurante francés en cuestión es el mejor de la ciudad —insistió—, y para conseguir mesa hay gente que espera meses.
Sin dejarse impresionar, Tems se encogió de hombros.
—Me encantan las hamburguesas con patatas —comentó simplemente.
Al oírla, Tema asintió y, desviándose hacia la derecha, aminoró la marcha y se metió en un parking.
—De acuerdo, Temari, me has convencido —dijo—. ¡Cenaremos hamburguesa!
Ella sonrió encantada.
Media hora después, ya sentados a una de las mesitas blancas del local, la camarera puso frente a ellos dos bandejas con hamburguesas y patatas, y Shisui, mirándolas, afirmó:
—La verdad es que tienen muy buena pinta.
Tema se metió gustosa una patata frita en la boca y musitó:
—Te aseguro que te encantará.
Y así fue. A Shisui le encantó la hamburguesa, y ella, al ver que se la había comido toda, preguntó:
—¿Qué tal?
—Tenías razón, ¡buenísima!
Divertida, la joven asintió, y el mexicano, tranquilo por estar en un sitio donde nadie lo reconocía, pudo ser él mismo y bromear con ella con toda naturalidad.
Durante la hora que estuvieron sentados en la hamburguesería, charlaron acerca de sus respectivos trabajos, y cuando Tems comenzó a hablar de informática empleando términos demasiado técnicos, él replicó:
—¡Me suena todo a chino!
Ella rio.
—Pues lo mismo me pasaría a mí si me hablas de tu trabajo como director de cine. Tiene que ser apasionante, ¿verdad?
—Sin duda lo es —convino él sonriendo—, aunque tengas que tratar a diario con personas ¡endiosadas y con un ego descomunal! Ni te imaginas cómo pueden a llegar a ser ciertos actores.
La conversación entre ellos era fluida. Ambos lo pasaban bien, y eso se notaba en su complicidad y sus sonrisas.
En un momento dado, Shisui se miró el reloj y señaló:
—Tenemos que ir al local. Queda menos de una hora para el concierto.
A continuación, levantó la mano, llamó al camarero y, cuando éste le dijo que la cena ya la había pagado la señorita, él la miró con incredulidad y preguntó:
—Pero ¿por qué?
—Porque sí.
—Pero yo quería invitarte.
—Lo sé —dijo ella y, bromista, añadió—: Pero es que estoy tan harta de que se dé por hecho que un hombre siempre tiene que invitar a una mujer, que simplemente me he adelantado.
Contento, Shisui gesticuló y ella indicó:
—Te lo debía. Has dejado a un lado el glamur de un restaurante francés para darme el gusto de comer hamburguesa y yo quería agradecértelo.
Sobrecogido por ese detalle, que pocas personas tenían con él, sonrió y preguntó:
—¿Y cuándo has pagado?
Tema bromeó moviendo las cejas.
—¿Recuerdas cuando he ido al baño?
—¡No me lo puedo creer! —exclamó él riendo.
Ella asintió y, cuchicheó:
—Me ha costado que el camarero llevara allí la cuenta, pero ¡puedo ser muy pesada cuando me pongo!
Shisui la miraba sin dar crédito. Tema no era en absoluto la típica chica de Hollywood.
—Pues muchas gracias por la invitación y la estupenda cena —dijo complacido—. Me ha encantado, y espero repetirla y, esa vez, seré yo quien pague.
—Repetirla, ¡seguro! Pero en cuanto a lo otro, ¡ya veremos!
Entre risas, salieron del local y se dirigieron a buscar el coche. En el camino, Shisui la cogió de la mano y ella se lo permitió.
¿Por qué no?
.
.
.
Media hora después, entraban aún agarrados en el local donde actuaba Eric esa noche. Shisui se encontró a varios amigos que enseguida presentó a Temari, y ella los saludó encantada, siendo consciente de que no eran otros sino Arnold Schwarzenegger, Milla Jovovich y Camila Cabello.
Después, Shisui y ella se sentaron en un lateral y él pidió una botella de champán. Al poco se les acercó un hombre y, tras decirle algo a Shisui, éste se levantó y le indicó a Tema:
—Ven, acompáñame.
De la mano de él, Tema lo siguió y, cuando entraron en un camerino, se quedó sin palabras al encontrarse de frente con Eric Benét.
¡Qué alto y qué atractivo!
Boquiabierta, observó cómo él y Shisui se saludaban con cariño y camaradería. El mexicano se lo presentó, y ella, sin poder evitarlo, le pidió hacerse una foto con él.
Divertido, Shisui cogió el móvil de ella y, sin dudarlo, hizo la foto y luego otra de los tres juntos.
Poco después entró en el camerino otro hombre con una chica peliazul de la mano, y Eric y Shisui sonrieron al verlo. Era el compositor Itachi Ōtsutsuki, con su encantadora mujer, que rápidamente entabló conversación con Tema.
Minutos después, Shisui se despidió de Eric, de Itachi y de Konan y quedó en llamarlos un par de días después para verse.
Cuando Tema y él regresaron a su mesa, otras personas se acercaron a saludar al cineasta, momento en el que ella, encantada, se disponía a enviarle las fotos a Hanabi para que se muriera de la envidia, pero, tras pensarlo un instante, no lo hizo. Seguro que su amiga las enseñaría, y no quería que Naruto las viera.
Minutos después, las luces del local se volvieron más íntimas y salió al escenario Eric Benét, acompañado de la banda y de dos mujeres que hacían los coros.
Boquiabierta, Tema escuchó al increíble cantante de R&B y neo soul estadounidense mientras sentía que el vello de todo su cuerpo se erizaba y, sin querer, pensó en Naruto, en lo mucho que disfrutaría él de aquella actuación.
En todo ese tiempo, Shisui y ella se levantaron un par de veces para moverse al ritmo de la música. El mexicano era un buen compañero de risas y, juntos, disfrutaron del increíble concierto, y cuando él la cogió por la cintura y la acercó a su cuerpo, ella, sin retirarse, se apoyó en él, momento que Shisui aprovechó para besarle con mimo el cuello.
En un principio, Tema no supo cómo tomarse ese beso, pero, consciente de que aquello era una cita y ella estaba muy bien con él, sonrió.
¿Por qué no?
Una canción, otra y otra. Todas eran excepcionales, y cuando Eric comenzó a interpretar un nuevo tema, señaló a Shisui y a Itachi y éstos sonrieron; Tema, que no comprendía por qué lo hacían, miró al mexicano y él aclaró:
—Eric sabe que esta canción es especial para nosotros. Se puede decir que se compuso una noche en la que estábamos los tres y nos prometimos no sufrir por amor hasta que mereciera la pena.
Ella asintió, miró a Itachi, que bailaba acaramelado al fondo con su mujer y, divertida, preguntó:
—¿Y Itachi ya encontró a alguien que mereciera la pena?
Shisui miró a su amigo y a la peliazul de su mujer con cariño y afirmó:
—Sin duda, Itachi la encontró.
Impresionada por el modo en que él había dicho aquello, insistió:
—¿Y cómo sabrás tú quién merece la pena?
Shisui sonrió. Su vida con las mujeres nunca había sido fácil y, suspirando, cuchicheó:
—Lo sabré cuando escuche este tema y sienta en mi corazón lo que la letra dice, porque mi vida no tendría sentido sin ella.
Sin saber qué decir, Tema prestó atención a la letra. Sin duda era una fantástica canción de amor, y preguntó:
—¿Cómo se llama la canción?
—Spend My Life with You.
La joven asintió y, mirándolo, afirmó:
—Pues espero que un día encuentres a esa persona tan especial.
—Y tú también —dijo él con una sonrisa.
El espectáculo continuó y, contentos y animados, disfrutaban de todas las canciones, hasta que de pronto comenzaron a sonar los primeros acordes del tema The Last Time; el público aplaudió encantado y Tema, sin poder evitarlo, se llevó la mano a la boca.
Aquella canción...
Confusa, empezó a darse aire, y Shisui la miró.
¿Qué le ocurría?
Tema no esperaba oír aquella canción y, emocionada y olvidándose de todo, absolutamente de todo, se centró en escuchar a Eric Benét mientras interpretaba aquella íntima y mágica canción.
Naruto...
Naruto y ella haciendo el amor...
La sonrisa de Naruto...
Los ojos de Naruto cuando la miraban asombrado por algo...
Naruto... Naruto... Naruto...
Las lágrimas la sorprendieron y se apresuró a limpiárselas.
Pero ¿qué le ocurría?
No podía ni debía llorar por alguien que no lo merecía y, cerrando los ojos, intentó frenar aquel torrente descontrolado mientras seguía escuchando aquella impresionante canción que hablaba de la última vez de muchas cosas y Shisui la observaba extrañado.
¿Qué le ocurría a la maravillosa Temari?
La respiración de la joven se aceleró, al mismo tiempo que su corazón.
Nunca habría imaginado que aquella canción pudiera provocarle tal sentimiento de soledad, de pérdida, de tristeza, y cuando ésta por fin acabó, abrió los ojos y, tragando el nudo de emociones que en su garganta pugnaba por salir, oyó que Shisui decía:
—Me encantaría conocer la historia de esa canción.
Clavando los ojos en los suyos, ella no supo qué decir, y entonces él, tocando con mimo el óvalo de su rostro, le secó una lágrima desbocada y declaró:
—Creo que por fin entiendo tu mirada triste..., Temari.
Agobiada, Tema resopló.
—Lo siento... Lo siento.
Shisui la abrazó con cariño y, dándole un beso en la frente, señaló:
—No te agobies. Por desgracia, todos sufrimos en algún momento por amor.
Ella asintió y, de nuevo, cuchicheó avergonzada:
—Lo siento..., de verdad. Me... me siento tan ridícula.
El mexicano sonrió, le cogió la mano y, besándole los nudillos, musitó:
—No lo sientas porque no lo eres. Tener sentimientos es humano, y a mí me gusta rodearme de personas humanas, y no de robots.
Tema asintió y no siguieron hablando.
Cuando el concierto terminó un buen rato después, declinaron la invitación de ir a una fiesta privada en casa de Itachi. Shisui veía a la joven algo agobiada, y salieron del local. Caminaron unos metros en silencio, hasta que éste dijo:
—Vayamos a tomar algo a ese bar, ¿quieres?
Tema miró hacia el lugar donde él señalaba y asintió. Era una excelente idea. Una vez dentro, sentados a una de las mesas, pidieron algo de beber y el mexicano dijo mirándola:
—No te avergüences nunca por sentir, Temari.
Ella sonrió. Odiaba haberse dejado embargar por la emoción; entonces él, sorprendiéndola, comenzó a contar:
—Me enamoré locamente con dieciséis años. Recuerdo que la primera vez que vi a Izumi me quedé tan paralizado que me costaba hasta respirar. Ella era una chica cubana preciosa, divertida y en ocasiones un poco loca, pero eso me gustaba. Me encantaba porque no tenía nada que ver conmigo; bailaba salsa de una manera ¡increíble! y eso me atraía como un imán. Ese año, tuve el valor para preguntarle si quería ser mi acompañante en el baile de fin de curso, y esa noche comenzó nuestra historia de amor y la magia.
—¿Magia? —preguntó ella curiosa.
Con tristeza, él asintió y murmuró:
—Así llamaba Izumi al amor.
Shisui se interrumpió cuando llegó el camarero con sus bebidas. Luego dio un trago a la suya y continuó ante la atenta mirada de Temari:
—Los años pasaron y, cuando llevábamos ya diez años juntos, decidimos casarnos. Tuvimos una boda muy bonita y, el día que nos enteramos de que íbamos a ser padres, para ser sincero —sonrió con tristeza—, me sentí el hombre más afortunado del mundo. Estaba casado con una chica preciosa a la que quería y que me quería, e iba a ser padre; ¿qué más podía pedir? Pero el destino tenía programado algo muy diferente para mí, y el día que Izumi se puso de parto, todo se complicó y ella y el bebé..., murieron.
Oír eso a Tema le puso el vello de punta. Sabía que era viudo porque Dei se lo había dicho, pero escuchar la historia de su boca era duro, muy duro. Sentir su tristeza y su resignación mientras se lo contaba hizo que el corazón le diera un vuelco, y más cuando prosiguió:
—Han pasado diez años desde aquel fatídico día y, aunque me costó continuar con mi vida, lo hice porque Izumi así lo habría querido, y también lo hice por mí. Por suerte, pude contar, entre otros, con mi familia y con buenos amigos como Eric o Itachi y, gracias a su compañía, su cariño y su amistad, aquí estoy. Mi amor por Izumi y mi hijo estará dentro de mí el resto de mi vida, pero el mundo no se para. El mundo sigue y, como dijo cierto poeta portugués hace muchos años, el mundo es de quien nace para conquistarlo, y no de quien sueña que puede hacerlo.
Tema parpadeó. La historia de Shisui la había conmovido.
—Siento mucho todo por lo que has pasado y tu terrible pérdida.
Shisui asintió.
—Con esto sólo quiero decirte que los sentimientos que uno tiene ante la pérdida o la ausencia de una persona amada son del todo respetables. Que la letra o la melodía de una canción te haga sentir demuestra que tienes corazón, Temari. Nunca pierdas eso.
La joven asintió y, sincerándose como él, dijo:
—Se llama Naruto. Lo conozco desde hace muchos años y, si lo pienso, creo que siempre he estado enamorada de él. Durante tiempo, nuestra amistad se fue forjando, hasta que un día, no sé por qué, acabamos en...
Shisui cogió su mano para darle fuerza, y ella prosiguió:
—Naruto es compañero de trabajo del marido de Sakura.
—¿Policía?
—Geo —matizó ella.
Él rio.
—Vale. Ahora entiendo tu admiración por esos «héroes».
Con tristeza, Tema sonrió, e indicó:
—Naruto es un hombre increíble. Es cariñoso, detallista, afectuoso, amoroso..., pero cuando está ante la gente, oculta todo eso con tanta frialdad que resulta imposible creer que en el fondo pueda ser cálido y humano.
—¿Y por qué crees que hace eso?
Ella suspiró.
—Me contó que su hermano se suicidó por amor, y que ese día él se prometió no dar cabida a ese sentimiento en su vida.
Shisui asintió, y ella continuó:
—Él me dio a conocer la música de Eric Benét, incluso me hizo prometer que nunca le diría a nadie que le gustaba ese tipo de música. Como siempre, va de tío duro e insensible y se avergüenza de que los demás puedan llegar a ver lo que he visto yo. —Tema suspiró—. Y esa canción..., yo...
No pudo continuar. Cogió su vaso, dio un trago y luego dijo:
—El caso es que durante años nos hemos acostado, pero él siempre me dejó claro que aquello era sólo sexo y yo acepté. El problema es que mis sentimientos hacia él fueron creciendo, pero los suyos hacia mí no, y un día, cansada, decidí cortar con nuestros encuentros, pero eso duró poco.
—¿Por qué?
—Porque soy incapaz de resistirme a su mirada o a su sonrisa, y al final volví a caer y la lie más haciéndolo partícipe de un juego.
—¿Qué clase de juego? —preguntó Shisui curioso.
Ella volvió a suspirar. La avergonzaba contar aquello, pero, consciente de que ahora ya no podía parar, prosiguió:
—Vernos a escondidas de todos nuestros amigos, que nos recriminaban la rara relación que manteníamos, para tener sexo salvaje mientras nos llamábamos por otros nombres distintos de los nuestros.
Shisui asintió.
—¿Y eso funcionó?
—A nivel sexual, sí. Pero a nivel sentimental no, porque verlo a él con otras mujeres me parte el corazón. Me marché de España y vine aquí con la esperanza de olvidarlo, pero sigo pensando en él. Naruto no para de rondar por mi mente, y más cuando..., se presentó aquí.
—¿Se presentó aquí?
—Sí.
—¿En Los Ángeles?
—Sí.
—¿Cuándo?
Recordar lo ocurrido no era fácil, pero ella indicó:
—Hace poco más de un mes.
Shisui asintió.
—¿Puedo preguntarte qué ocurrió?
—Que terminamos peor —suspiró ella—. Él quería hablar conmigo, yo me negué y, al final, él se marchó el mismo día que llegó. Después recibí un mensaje suyo pidiéndome que no le dijera a nadie que había estado aquí y no volví a saber de él.
Shisui torció el gesto, y ella dijo:
—Y no puedo ignorar que, dentro de un mes y medio, él regresará aquí con Sakura y todos nuestros amigos para celebrar el cumpleaños de Dei, y estaremos juntos casi las veinticuatro horas del día.
Shisui dio un trago a su bebida. Ahora entendía perfectamente la mirada triste que veía en la joven en muchas ocasiones.
—¿Y qué es lo que quieres hacer al respecto? —preguntó.
Tema se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero sí sé que he de olvidarlo, porque la magia nunca surgirá entre nosotros dos.
Se miraron a los ojos en silencio durante unos segundos.
Entre ellos había algo que no sabían si era química, feeling, morbo o qué e, incapaces de retener lo que sus cuerpos les pedían en aquel momento en el que habían abiertos sus corazones, acercaron sus cabezas y se besaron.
El beso duró unos segundos y, cuando se separaron, se miraron a los ojos y Tema susurró:
—¿Te importaría repetirlo?
Sin dudarlo, él lo hizo, y cuando de nuevo el beso terminó, volvieron a mirarse a los ojos, y dijeron al unísono mientras se separaban:
—Noooo..., ¿verdad?
Ambos soltaron una carcajada, y Tema afirmó:
—Besas muy bien, pero no he sentido nada.
—Yo tampoco, y que conste que eres preciosa.
—¡Y tú estás buenísimo! —aseguró ella.
Rieron.
Estaba más que claro que entre ellos sólo podría haber amistad y, tranquilos porque ninguno de los dos se sintiera decepcionado, Shisui declaró:
—Temari de los ojos verdes azulados, me encantaría que fueras mi amiga el resto de mi vida, y si necesitas ayuda, sea la que sea, no tienes más que decírmelo.
—De acuerdo.
Al verla sonreír, supo que era un buen momento para proponerle un buen plan.
—¿Qué te parece si ahora nos vamos a casa de Itachi de fiesta?
Encantada y ya más despejada, Tema asintió.
Media hora después, cuando llegaron a la preciosa casa del compositor Itachi y de su mujer, éstos los saludaron y, en cuanto comenzó a sonar la canción Havana de Camila Cabello, Shisui cogió a Tema de la mano y le propuso:
—¿Bailamos?
Al oír la sensual canción, a la joven le entró la inseguridad de golpe, y cuando entre la gente apareció una despampanante morena y los miró, dijo señalándola:
—Mejor..., mejor baila con ella.
Shisui sonrió divertido y, tendiendo la mano a su amiga Leslie Gálvez, una reconocida bailarina, ambos salieron a la improvisada pista y empezaron a bailar ante todos los invitados.
Tema, boquiabierta, observó cómo el mexicano bailaba con aquélla y aplaudió cada vez que hacían algo increíble. La sensualidad con la que se movía la pareja era impresionante, y disfrutó de aquel momento tanto o más que si hubiera bailado ella.
Cuando la canción acabó y Shisui y Leslie se dieron un beso y cada uno regresó con su grupo, riendo, Tema murmuró, al ver acercarse a su amigo:
—Pero ¿a ti quién te ha enseñado a bailar así?
Tras pedir una copa al camarero, Shisui dio un trago y afirmó con una sonrisa:
—Izumi. Ella me enseñó.
Ella observó su gesto triste al decir eso y, cuando iba a responder algo, él se le adelantó y sugirió:
—¿Qué te parecería venirte conmigo de viaje?
—¡¿Qué?!
Seguro de lo que proponía, él explicó mirándola:
—Tengo que atender la promoción de mi última película y debo viajar a México, Venezuela, Argentina, Uruguay, Paraguay, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Brasil y es muy posible que a algún otro país. ¿Te apetece venir conmigo? Viajaremos en mi jet privado.
Ella lo miró boquiabierta.
—¿Tienes jet privado?
—Sí —afirmó él sonriendo.
Alucinada por el nivel de vida que intuía que tenía, Tema parpadeó. Nunca había estado en los países que había nombrado ni sabía si tendría oportunidad de conocerlos nunca, y susurró:
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente en serio. Podríamos pasarlo muy bien.
—Pero ¿iría en calidad de...?
Shisui, al entenderla, sonrió y afirmó divertido:
—Temari, la de los ojos verdes azulados... Sin duda, en calidad de amiga. Pero amiga de vida y corazón.
Y, dicho eso, la joven aceptó. ¿Por qué no?
