Capítulo 54

Pasó un rato, y cuando el grupo estaba disperso por la casa, unos en la piscina, otros en la cocina y otros jugando con las perritas de Dei, como no encontraba su sitio, Naruto se encaminó hacia su habitación. Allí podría hallar la paz que necesitaba, pero, al pasar por delante de la habitación de Tema, la música que salía de allí llamó su atención.

¿Desde cuándo escuchaba ella a Eric Benét?

Y, acercándose a la puerta, cerró los ojos y apoyó la frente en la madera.

Se moría por entrar. Por hablar con ella. Por encontrarse con la Tema de pelo alocado y gafitas de pasta que tanto le gustaba.

Angustiado, resopló.

No sabía bien lo que quería ni lo que le ocurría, pero sí sabía que algo en él había cambiado después del tiempo que había pasado en Cádiz con ella y su familia. Recordar esos días en los que se sintió pleno como hombre al lado de Tema lo hizo sonreír y, sin poder evitarlo, llamó con los nudillos a la puerta.

Durante unos segundos esperó y, al no obtener respuesta, volvió a llamar. Pero la respuesta fue la misma: nada. Entonces, asiendo el pomo, lo giró y abrió.

En la estancia no estaba Tema y, al mirar hacia el baño, imaginó que estaría allí antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí.

Su armario estaba abierto, y Naruto observó la ropa que había colgada en su interior. Todas las prendas parecían nuevas, sin estrenar, y, al acercarse y ver varios conjuntos de lencería en rojo y en negro, maldijo.

¿Con quién se ponía aquello?

Con curiosidad, observó el móvil de ella, que descansaba sobre la mesilla y del que salía la música de ese cantante tan especial para él. Estaba mirándolo cuando de pronto oyó:

—Pero ¿tú qué haces aquí?

Al volverse, Naruto se encontró con Tema, tan sólo vestida con una toalla negra alrededor del cuerpo y el pelo empapado.

Estaba preciosa sin maquillar, sin peinar, sin tacones, sin nada. Ella siempre había tenido una belleza natural y, aunque a ojos de todos ganaba cuando estaba provista de todos aquellos adornos, Naruto reconocía que verla así era como más le gustaba.

La admiraba abstraído cuando ella, sin moverse, insistió:

—Te he preguntado qué haces aquí.

Reaccionando rápidamente, él dio un paso adelante y preguntó:

—¿Escuchas a Eric Benét?

Al sentirse descubierta en aquella cosa tan tonta, la joven decidió ser sincera.

—Sí. Lo descubrí contigo, me gustó y ahora lo escucho. ¿Qué pasa? ¿Acaso sólo puedes escucharlo tú?

Naruto la miró.

¿Por qué siempre estaba de uñas con él?

Pensó en las palabras de Sasuke.

¿Y si su amigo tenía razón?

¿Y si no hacía caso de su corazón y luego se arrepentía?

Dudó... La duda lo martirizó y, al ver que ella esperaba una respuesta, susurró:

—Tema, escucha, yo...

—No —lo cortó ella—. No sé qué quieres decirme, pero mi respuesta a lo que sea es «¡No!». Y ahora vete, ¡tengo prisa!

Naruto resopló.

Estaba más que claro que eso era lo que se merecía y que con su frialdad hacia ella había dañado el corazón de la joven durante mucho tiempo. Inseguro, se disponía a decir algo cuando ella señaló la puerta y repitió:

—Ya puedes marcharte por donde has venido.

Pero él no se movió.

Sabía que, bajo aquella apariencia de frialdad que ahora ella le mostraba, había una chica cálida, comprensiva, adorable. Una chica que nunca se había dejado deslumbrar por el dinero, ni por el artisteo, y mucho menos por el sexo. Era imposible que en pocos meses hubiera cambiado de esa manera; entonces de pronto comenzó a sonar la canción The Last Time. Su canción.

Consciente de ello, Tema se dispuso a apagar la música del móvil, pero él, moviéndose con rapidez y sin mediar palabra, la agarró y murmuró:

—No la quites. Por favor.

En silencio se miraron, el uno muy cerca del otro, mientras la canción inundaba la estancia.

Al sentirse poseída por el magnetismo de Naruto, la joven pensó en quitárselo de encima. Tenía que hacerlo o al final pasaría lo de siempre.

Aquel hombre y aquella dulce y romántica canción la ablandaban, y cuando él se acercó más a ella y la besó, supo que ya lo tenía todo perdido. Aquel sabor, aquel olor, aquella manera de besar, de abrazarla, de hacer que se sintiera protegida pudieron con ella y, un segundo después, se abandonó por completo a él.

Complacido al sentirla entre sus brazos, Naruto la apretó contra su cuerpo disfrutando de ella y de la canción, y en el momento en que Tema, de un salto, enroscó las piernas alrededor de su cintura, sonrió sin poder evitarlo.

Un beso...

Cuatro...

Diez...

La temperatura entre ambos subía por momentos y, cuando la toalla de ella se aflojó, Tema, ya totalmente perdida por el deseo que él le despertaba, lo miró y declaró:

—Te odio...

—Yo a ti no...

—Tienes que irte...

—No.

Besos... Besos... Besos...

Y entonces pasó lo de siempre, y la joven, hechizada, murmuró:

—Te odio y sé que tendrías que irte, pero ahora no pares.

Al comprender que ella le daba carta blanca, Naruto supo que, si continuaba, no sería en contra de su voluntad, por lo que la tumbó en la cama y la besó en los labios con gusto, delirio y frenesí y, cuando ella jadeó, él humedeció excitado su cuello, sus pechos, su ombligo con dulces y abrasadores besos hasta llegar al centro de su deseo.

Al ver la depilación brasileña que ella llevaba, iba a decir algo, pero Tema murmuró, consciente de lo que pensaba:

—Ni un comentario, Khal Drogo.

—Naruto —corrigió él, izándose para mirarla a los ojos—. Soy Naruto.

Oír su voz cargada de deseo la hizo estremecerse, y susurró sonriendo:

—Naruto...

Esa voz...

Esa mirada...

Esa sonrisa...

Esa manera de decir su nombre...

Esa forma de enredar sus dedos en su corto cabello...
Todo ello unido le puso el vello de punta al geo y, necesitado de ella, susurró:

—Y tú eres Tema..., necesito sentir a Tema y estar con ella.

Extasiada por lo que él le pedía, ella asintió y, olvidándose absolutamente de todo, murmuró:

—Estoy aquí..., estoy aquí.

Complacido de saber que estaba con la chica que deseaba, él volvió a bajar por su cuerpo repartiendo besos hasta llegar a sus muslos y los separó de nuevo.

Con la mirada cegada por el deseo, observó aquel tesoro que tanto ansiaba y, sin dudarlo, lo besó, lo chupó, lo succionó y lo paladeó mientras la joven se entregaba a él y se abría dispuesta a darle todo lo que él quisiera.

El corazón de Naruto se desbordó. El ansia que sentía por ella lo embargó por completo. Nunca había deseado poseer a una mujer de la manera en que la deseaba a ella, y lo disfrutó. Lo disfrutó mucho.

Con deleite, besó sus húmedos y apetitosos labios vaginales para después juguetear con su dura lengua alrededor de aquel botón del placer que sabía que a Tema la volvía loca. Como era de esperar, ella tembló y, alzando las caderas hacia él, se le ofreció. Quería más.

Encendido, Naruto disfrutó y la hizo disfrutar mientras bebía de ella y saboreaba aquel rico manjar; luego reptó por su cuerpo, y su boca acabó en sus rosados pezones, que succionó hasta que ella tembló exhausta. El geo era el amante perfecto.

Estaba mirándola a los ojos cuando, con una mano, colocó su duro pene en la húmeda entrada y ella sonrió.

Aquello era una locura. Lo que estaban haciendo era una locura, pero era la locura de los dos.

—Esto es... lo que es —murmuró ella entonces—. Lo sabes, ¿verdad?

Él cerró los ojos.

Aquella maldita frase le destrozaba ahora a él el corazón y, mirando a la joven, entendió todo el daño que le había hecho en el pasado cuando él la decía y ella lo aceptaba sin rechistar.

¿Cómo había sido tan tonto?

Consciente de lo que hacía y, en especial, de lo que a ella le gustaba, Naruto restregó la punta de su dura verga contra la vulva de la joven, tentándola. Llena de deseo, ella se abrió más de piernas, invitándolo a entrar. Se lo exigió, se lo pidió, se lo rogó, y él, de un solo empujón, se introdujo por completo en su interior, consiguiendo que sus cuerpos y, en cierto modo, también sus almas se unieran con aquella canción que sonaba de fondo.

Oleadas de placer los recorrían al tiempo que se movían en busca de más. El placer era inmenso, gustoso y deseado mientras él bombeaba una y otra vez en su interior con pericia y ella disfrutaba con sabiduría.

Para Tema, notar cómo su miembro entraba y salía de ella era puro morbo y placer. El éxtasis que sentía era perfecto, increíble y sus jadeos aumentaban de intensidad, y Naruto tuvo que silenciarla con un beso para evitar que los demás aparecieran en la habitación para ver qué ocurría.

Con fuerza, con deleite, con rapidez, se hundió una y otra vez en ella, hasta que un calor desconocido hasta el momento le recorrió el cuerpo, se apoderó por completo de él y, tras soltar un último gruñido varonil, la penetró más profundamente aún y llegó al clímax, consciente de que ella había llegado con él.

Agotados y sudorosos, durante unos segundos permanecieron en silencio. Lo que había ocurrido había estado más que bien, y Naruto, al sentir la mirada de ella sobre él y no saber interpretarla, musitó:

—Tenemos que hablar.

Esas palabras parecieron romper el momento, y Tema, sin moverse, preguntó, al oír que comenzaba otra nueva canción:

—¿De qué?

Como necesitaba abordar el tema, Naruto se sentó en la cama, la miró y, cuando iba a hablar, la puerta de la habitación se abrió de par en par y apareció Dei.

Queen, que digo yo que...

Boquiabierto, el pobre se detuvo, los miró y, tapándose los ojos, exclamó mientras cerraba la puerta de nuevo:

Oh-my-God! Sorry..., sorry!

Naruto y Tema se miraron. ¡Que Dei los hubiera pillado era un desastre!

Ella, a toda velocidad, se levantó desnuda, corrió a abrir y, alcanzando a su amigo en el pasillo, lo agarró de la mano y lo metió en el cuarto mientras Naruto se apresuraba a vestirse.

Horrorizado, Dei no sabía qué decir, y cuando ella cerró la puerta de la habitación y quedaron los tres dentro, susurró, mirando a Naruto.

—¡Por el amor de Diorrrr..., qué calorrrrrrrrrrrrrrrrr!

El policía, al oírlo y ver cómo se abanicaba con la mano, siseó con gesto serio:

—Dei..., como digas una sola palabra a alguien de lo que has visto, yo...

—Uisss..., lady —lo cortó él, mirando a Tema—. ¡Qué increíble te quedó la depilación brasileña!

—¡Dei! —protestó ella.

Fastidiado por la pillada, en cuanto se puso el pantalón, Naruto cogió su camiseta y, dándosela a la joven, dijo:

—Ponte esto. Y tú, deja de mirar donde no debes.

Dei sonrió con picardía y a continuación afirmó, clavando los ojos en los pectorales desnudos de aquél:

—Tienes toda la razón, darling. Miraré donde debo. Mmmmm...

Naruto y Dei suspiraron, y la joven le tiró la camiseta a las manos y dijo, poniéndose su toalla alrededor del cuerpo:

—Vete.

Él no se movió. Tenía que hablar con ella.

—He dicho que te vayas —insistió la joven, con frialdad de nuevo en la mirada.

Naruto maldijo. ¿Por qué Dei había tenido que interrumpirlos ahora que iba a ser sincero con ella?

Sin saber qué decir, finalmente se puso con rapidez la camiseta e, ignorando a su amigo, cuchicheó:

—Me iré. Pero tú y yo tenemos que hablar.

—OK. Adiós —sentenció ella con sequedad.

Molesto por aquella despedida tan impersonal tras lo ocurrido entre ellos, Naruto se encaminó hacia la puerta y, una vez que hubo desaparecido, Dei miró a su amiga y canturreó:

—«La gata tuvo gatoooooooooooooooooo...»

Tema puso los ojos en blanco y resopló.

—Joder, Dei...

Pero, segundos después, al ver el gesto guasón de éste, no pudo evitarlo y, sonriendo, murmuró:

—Como le hables de esto a alguien, te...

—No diré nada, my girl, pero ¡ya, ya, ya! me estás contando qué se siente cuando un man of Harrelson te hace el amor con lujuria y desenfreno.

Tema suspiró.

Lo ocurrido había sido una maravillosa locura y, cerrando los ojos, contestó:

—Pues se siente morbo, posesión, placer y cientos de cosas más, a cuál más increíble.

De pronto oyó un golpe seco.

Abrió los ojos de nuevo y, al ver a Dei cual diva divina tirado en el suelo todo lo largo que era, iba a decir algo cuando él musitó parpadeando:

—¡Muerta!... ¡Dead, me has dejado!

Y, sin poder evitarlo, Tema sonrió.