Capítulo 56

Esa tarde, tras hablar con Sasuke, Naruto se sentía mucho mejor.

Estaba claro que su percepción de todo de pronto había cambiado al darse cuenta de la realidad de su vida, así que echó mano de toda la paciencia que tenía y se sentó en la cocina. Tema aparecería por allí en algún momento y quería hablar con ella. Lo necesitaba.

Durante un buen rato esperó con paciencia y, cuando vio entrar a Dei, se envaró. Si aquél comentaba al grupo lo que había visto, lo despelucharían, pero, para su sorpresa, simplemente se acercó a él y, con una sonrisa, cuchicheó:

—Hueles a limpito.

Al oírlo decir aquello supo que se las iba a tirar por todos lados, e, impaciente, preguntó:

—¿Dónde está ella?

—¿Quién, darling?

Naruto levantó las cejas haciéndole saber que no iba a pronunciar su nombre, por lo que él musitó:

—Si te refieres a Tema, se ha ido hace un rato.

Él se quedó boquiabierto.

—¿Se ha ido? —susurró desconcertado.

Yes!

—¿Que se ha ido? —repitió, levantando la voz.

—Que sí, my love. Ha ido a una gala divina con un vestido Gucci verde que le ha prestado Sakura —afirmó Dei.

Naruto maldijo en silencio, y su amigo lo miró extrañado.

Pero ¿por qué ponía aquella cara?

Molesto por la marcha de la joven, Naruto quería gritar. Aquello era el colmo de los colmos.

Él se había acercado a ella, le había hecho el amor, le había dado a entender que entre ellos había algo, le había dicho que quería hablar con ella, y Tems, sin pensar ni un segundo en él, ¿se había vestido y se había marchado con otro?

¡Increíble!

Enfadado, se levantó, y Dei, al ver su gesto, murmuró:

—No me asustes, my love. ¿Qué te ocurre?

Encolerizado por su desplante, Naruto, quien muy a su pesar ya sabía la respuesta, preguntó:

—¿Se ha ido con ese tal Shisui?

Sorprendido como nunca en su vida, Dei asintió:

—Sí.

El policía comenzó a caminar entonces por la cocina como un león enjaulado. Si aquel tipo le ponía un solo dedo a Tema encima o la tentaba con hacer ciertas cosas, lo iba a matar, así que cogió su móvil y marcó el número de la joven, pero ella no contestó.

Volvió a marcar. Ella seguía sin contestar.

Entonces, al ver que Dei llevaba su móvil en la mano, dijo:

—Llámala tú.

Él negó con la cabeza, y Naruto, enfurecido, siseó entre dientes:

—¡Llámala, Dei!

Asustado, el aludido la buscó en su agenda y, en cuanto el teléfono de aquélla dio dos timbrazos, Tema respondió:

—Dime, cielo. ¿Qué pasa?

Al oír su voz, Naruto le arrebató el móvil a su amigo de las manos y espetó al aparato:

—¿A él le coges el teléfono y a mí no?

Al darse cuenta de quién había al otro lado de la línea, la joven se separó unos metros de Shisui y de las personas con las que estaba tomando un cóctel, y cuchicheó:

—¿Se puede saber qué narices quieres?

Naruto, ofuscado, y sin importarle que Dei estuviera delante, masculló:

—Te has marchado con él. ¿Cómo has podido?...

Boquiabierta, Tema miró a su alrededor y respondió:

—Naruto, tengo mis propios planes.

Molesto y enfadado por sentirse relegado a un segundo plano, él gruñó:

—Te he dicho que teníamos que hablar.

—Pues ya hablaremos. ¿O tenía que ser justo hoy?

A cada instante más dolido por su frialdad, él le espetó:

—¿Me estás diciendo que lo que ha ocurrido esta tarde no ha significado nada para ti?

—Oye —lo cortó ella, echando mano de todo su aplomo—. Lo que ha ocurrido esta tarde se llama sexo, querido Khal Drogo.

—Te he dicho que era Naruto —gruñó él.

Tema cerró los ojos. Aquel papel le estaba costando la vida, pero respondió:

—Y ¿acaso por haber tenido sexo con Naruto tengo que cancelar mis planes?

Él cada vez entendía menos. Pero ¿dónde estaba la parte racional de la joven? ¿Acaso no recordaba que le había dicho que eran Tema y Naruto mientras hacían el amor? Y, enfadado, volvió a mascullar:

—¿Me estás diciendo que vas a terminar con ese tipo en la cama haciendo a saber Dios qué?

Atónita por el numerito que le estaba montando, ella respondió, mirando a Shisui, que hablaba con la gente:

—Posiblemente.

—¡¿Posiblemente?! —exclamó él.

Aquello era inaudito, increíble. Tema tenía muy poca vergüenza. Y, mirando a Dei, que lo observaba descolocado, el policía añadió:

—¿Vas a acostarte con ese tipo encima de las mismas sábanas sobre las que yo te he hecho el amor?

—Oh, my God! —musitó Dei.

Sin entender nada, Tema parpadeó.

Pero ¿qué le ocurría?

Y, consciente de su respuesta, declaró:

—Perdona, bonito, pero has sido tú quien se ha acostado encima de las mismas sábanas sobre las que antes me he acostado con él. No me vengas ahora con remilgos.

Sin saber qué decir, porque nunca en su vida se había visto en una tesitura así, él resopló.

—Mira, Naruto —prosiguió ella—, no sé qué te pasa ni qué bicho te ha picado, pero haz el favor de comportarte como el adulto que eres, porque no te entiendo.

—El que no te entiende soy yo.

Descolocada por sus palabras, ella miró hacia el fondo de la sala y, como necesitaba hacer una pregunta que le rondaba por la cabeza, de pronto le soltó:

—¿Estás celoso?

—¡¿Celoso yo?! —gritó aquél con soberbia.

—Sí, tú —insistió ella desconcertada.

Enfadado consigo mismo y con el mundo, Naruto no supo qué contestar y, totalmente bloqueado, cortó la llamada.

—¡Me cago en todo! —siseó, tirando el teléfono sobre la encimera de la cocina.

Una vez que Dei recuperó su móvil, se lo guardó en el bolsillo de la batita celeste y dorada que llevaba y, mirando a su amigo, que estaba desencajado por completo, murmuró:

—A ver, king. Yo creo que...

—No, Dei. Ahora no me vengas con polladitas —lo cortó malhumorado.

Oh, my God..., ¡qué vulgaridad!

Naruto resopló.

Sentía que la sangre corría descontrolada por sus venas al tiempo que el corazón se le aceleraba. Aquella sensación de impotencia, de no gobernar su corazón ni su mente era a lo que siempre se había negado, y gruñó.

¿Por qué?

¿Por qué tenía que estar pasándole aquello?

Siempre se había negado...

Siempre lo había evitado...

Siempre había huido...

Y allí estaba ahora, sintiéndose como un completo idiota y con un ataque de celos que apenas si lo dejaba respirar.

Maldijo con furia, con rabia.

Protestó en silencio y, al final, también a viva voz, pero de pronto notó un chorro de agua que le caía en el rostro. Cuando consiguió limpiársela, vio a Dei con una jarra vacía en las manos.

—¿Qué narices has hecho? —le espetó.

Su amigo, desconcertado al notar su gesto furioso, dio un paso atrás.

En todos los años que conocía a Naruto, nunca lo había visto actuar de aquella manera tan irracional y, parapetándose tras la isla de la cocina, balbuceó:

—Yo..., bueno..., es que..., my love...

—Dei..., me acabas de empapar.

—Lo sé, king..., lo sé. Soy un osado —afirmó éste, asintiendo.

Naruto respiró hondo, cerró los ojos, contó hasta diez y, cuando volvió a abrirlos, aún empapado, preguntó:

—¿Adónde ha ido Tema?

Dei, moviéndose alrededor de la isla central de la cocina para no ser pillado, respondió:

—A la gala.

—¿Y dónde es esa gala?

Apurado, él miró al geo. Pero ¿qué le ocurría? ¿De verdad estaba celoso? Y enseguida respondió:

—No lo sé.

Naruto bramó, sobresaltándolo, e insistió:

—Lo sabes. Dime dónde es.

Dei negó con la cabeza y repitió:

—Por el amor de Diorrr... ¿Qué te ocurre?

Con gesto serio, Naruto se enjugó el agua que corría por su barbilla y, tras saltar por encima de la isleta, iba a agarrarlo cuando él se le escapó y salió de la cocina, mientras chillaba asustado.

Heeeelp! ¡Socorro!

Sin dar crédito, Naruto salió tras él y se topó con la mirada de sus amigos, que charlaban tranquilamente en el jardín.

Sus zancadas eran más rápidas y certeras que las de Dei, por lo que, en cuanto lo alcanzó, sin dudarlo se tiró con él a la piscina.

Todos soltaron una carcajada, y entonces ambos salieron a la superficie.

Asustado, Dei iba a decir algo cuando Naruto, fabricando una sonrisa, le retorció el brazo por debajo del agua y exigió, mirándolo:

—Dime dónde está o lo vas a lamentar.

—Hotel Luxury Collection de Beverly Hills —se apresuró a responder.

Naruto asintió y a continuación musitó:

—Ni una palabra sobre lo que has visto y oído, ¡entendido! O te las vas a ver conmigo.

Dei, asustado a la par que sorprendido, asintió, y cuando Naruto lo dejó ir, dijo en tono lastimero, mirando a Hanabi, que se acercaba a la piscina:

—Mi pelo... Oh, my God!

De inmediato se oyeron las risas de los demás y, una vez que ambos salieron de la piscina, Dei miró a Naruto y, consciente de lo sucedido, se acercó a él y susurró:

—No te quiero como enemigo..., ¡me he meado encima!

El otro suspiró. Ver a su amigo empapado como un pollito le hizo entender que se había pasado con él.

—Lo siento, Dei —murmuró—. Discúlpame.

Él sonrió. Lo que había presenciado esa tarde había hecho que se percatara de que no todo estaba perdido para Tema; señaló en voz baja, para meter un poquito más el dedo en la llaga:

—Mira, darling, o te espabilas o la gata se va con otro gato... ¡Y qué gato!

Naruto resopló y se encaminó a cambiarse de ropa mientras Dei se alejaba divertido. El grupo reclamaba su presencia para elegir adónde irían a cenar esa noche.