Capítulo 62

Durante la mañana, el grupo disfrutó en la piscina hasta la hora de comer, cuando Sasuke y Sakura desaparecieron. Luego lo hicieron Suigetsu y Karin, y Deidara y Sasori, pero en cuanto le llegó el turno a Konohamaru, Hanabi lo miró y dijo:

—No me parece bien que nos vayamos sin avisar.

—Cariño —murmuró él—, vámonos. Tengo preparada una sorpresa para ti.

Complacida, ella se dejó besar. Le encantaban sus mimos y sus atenciones, y más después de las tontas discusiones que habían tenido en los últimos días.

—Vale —contestó—. Pero déjame que les envíe un mensaje a las chicas.

Rápidamente Konohamaru le quitó el móvil de las manos, y Hanabi, mirándolo exigió:

—Dámelo.

Él echó un vistazo a su reloj. Deberían haberse marchado hacía quince minutos y, jugando con ella, repuso:

—No te lo voy a dar. Es más, aquí se va a quedar porque me apetece que este día sea sólo para ti y para mí. No quiero interrupciones de nadie. Solos tú y yo.

Hanabi sonrió, y, cuando iba a protestar de nuevo, él añadió:

—Te aseguro que si hoy eres sólo mía..., quizá diga «¡Sí!».

Al oír eso, ella se quedó paralizada, y su chico, al ver que con eso había captado por completo su atención, aprovechó para meter el móvil en un cajón y, después de cerrarlo, indicó:

—Tú decides.

Satisfecha y con necesidad de oír aquel «Sí», Hanabi cogió su bolso y cuchicheó, olvidándose del teléfono:

—Estamos tardando en irnos.

Feliz, le cogió la mano y, tras salir de la casa a hurtadillas para que nadie los viera, paró un taxi y la llevó a un bonito hotel que Sasuke le había recomendado, donde disfrutó de su chica.

Cuando la casa quedó en silencio, sólo interrumpido por las carreras de las perritas de Dei, Naruto bromeó, dirigiéndose a Tema:

—Les he pagado un viaje a Hawái a todos para que nos dejen solos.

La joven parpadeó sorprendida, y él se apresuró a añadir:

—Tranquila, es una broma.

—¿Y dónde están?

Sin querer mentirle, él finalmente confesó:

—Dormirán fuera.

Alucinada, ella iba a levantarse cuando Naruto, sin rozarla, añadió:

—Les he pedido un poco de intimidad para que tú y yo podamos hablar. Pero, tranquila, te prometí que sería un caballero y lo seré.

Tema suspiró.

¿En serio sus amigas habían aceptado dejarla a solas con aquél?

Y, sin poder evitarlo, preguntó:

—¿Hanabi, Sakura y Dei están al corriente de tus planes?

Naruto negó con la cabeza, y Tema, al verse metida en una rara encerrona, afirmó:

—¡Perfecto!

Estaba nerviosa, muy nerviosa, y Naruto, entregándole una Coca-Cola Zero con hielo, dijo:

—Quiero que sepas que esta noche voy a cocinar para ti.

—¿Vas a cocinar para mí? —repitió sorprendida.

Aquella mañana, él se había levantado temprano y, acompañado por Sasori, había ido al mercado a comprar.

—Aquí tiene a su chef de esta noche, señorita. Espero que mi humilde cocina le agrade mucho y desee repetir.

Tema soltó una risotada.

Aquel Naruto relajado, bromista y atento era el hombre que siempre la había enamorado, pero, sin dejarse caer del todo en la marmita de la lujuria, quiso saber:

—Bueno, chef, ¿y con qué me vas a deleitar?

Sentándose en la tumbona de al lado, él le guiñó el ojo y exclamó:

—¡Sorpresa!

El buen humor entre ellos continuó, hasta que el teléfono de la joven sonó. Era Shisui.

Durante varios minutos habló con él sin contarle que estaba a solas con Naruto, mientras éste, en la hamaca de al lado, intentaba no escuchar, pero le era imposible. Tenerla tan cerca lo dificultaba todo y, cuando por fin colgó, Tema dijo mirándolo:

—Saludos de Shisui.

Él asintió. Sin duda mentía. De la última persona que quería saludos era de aquel tipo y, levantándose, preguntó:

—¿Te apetece otra Coca-Cola?

Tema asintió y, cuando Naruto se dirigía a por ella, se levantó rauda y, acercándosele con cuidado por detrás, lo empujó y éste cayó a la piscina.

Estaba mirándolo divertida cuando él emergió.

—¡Te lo debía por lo de anoche! —exclamó la joven.

Él sonrió y, con una agilidad que la dejó sin palabras, salió de un salto de la piscina, la cogió y la lanzó al agua, para luego lanzarse él también.

Cuando Tema sacó la cabeza, Naruto ya estaba frente a ella sonriendo. Además de empapado, estaba tentador y, dando un paso atrás, murmuró:

—Te voy a matar.

—¿Otra vez? —Él rio.

La joven, que se tocaba la cabeza, dijo rápidamente:

—Llevaba puestas las gafas de Dei, las de Prada que tanto adora.

Él se sumergió entonces, encontró las gafas en el fondo y, saliendo con ellas en la mano, indicó:

—Aquí las tienes. Asunto solucionado.

Tema las dejó en el borde de la piscina y, cuando se dio la vuelta, vio que Naruto estaba tras ella. Cerca..., muy cerca. Con intensidad, se miraron, y ella, nerviosa, farfulló:

—Prometiste comportarte como un caballero.

Él asintió mientras maldecía para sus adentros por haber prometido aquello cuando la tentación estaba tan cerquita.

—Tienes razón —convino, dando un paso atrás.

Nerviosa, Tema se dirigió hacia la glamurosa escalera y murmuró, sentándose en ella:

—Hace un día estupendo.

—Maravilloso —afirmó él, colocándose a su lado.

Estuvieron unos segundos en silencio, hasta que, finalmente, Naruto se las ingenió y, comenzando a bromear con ella, consiguió que se relajara.

Poco después salieron del agua, cogieron algo de beber y volvieron a tumbarse en las hamacas, donde siguieron hablando sin querer pensar en la conversación pendiente que tenían.

La tarde pasó y Naruto fue incapaz de hablar de lo que todo el rato le rondaba por la cabeza.

Sabía que debía abordar el tema, pero lo que no sabía era cómo.

Por su parte, ella pensaba lo mismo. Recordar las cosas que le había dicho la noche anterior y que apenas la habían dejado dormir le resultaba increíble. Pero si él no sacaba el tema, ¿por qué iba a sacarlo ella?

Sobre las ocho, y consciente de que sus amigos no regresarían, Naruto le pidió que se cambiara de ropa para cenar. Él tenía que preparar la cena.

Nerviosa, Tema se marchó a su cuarto. Una vez allí, se desnudó mientras miraba con atención la puerta a la espera de que se abriera de un momento a otro, pero eso no sucedió.

Como le había prometido, Naruto se estaba comportando, y a excepción de una vez que le había tocado la mejilla, no la había rozado, a pesar de las enormes ganas que tenía de acariciarla y besarla.

Tras secarse el pelo, pensó qué ponerse y acabó decidiendo escoger algo nada tentador, por lo que optó por un vestido negro, largo hasta los pies y con cuello de barco.

Una vez hubo terminado de vestirse, se maquilló un poco, sólo un poco. Al fin y al cabo, iban a cenar en casa. Y cuando miró el resultado en el espejo, la joven sonrió. Aquélla era Tema, no Temari.

Minutos después, bajó al salón y sonrió al oír música. No era Eric Benét, pero sonaba un CD que a Dei le encantaba de Charlie Puth. Con disimulo, miró hacia la cocina abierta y, al ver a Naruto cocinando con el mandil de Sasori, suspiró.

Aquel hombre era pura tentación.

En silencio, lo observó durante unos instantes mientras él salaba la carne antes de echarla a la sartén, al tiempo que removía con una cucharilla algo en un cazo. No conocía esa faceta de Naruto, y le gustó.

Cuando él levantó la mirada y la vio, sonrió y preguntó:

—¿Cotilleando, Gafitas?

—¡Qué bien huele! —exclamó ella, al tiempo que se le acercaba.

Naruto asintió. Le gustaba ese comentario, y, cogiendo una cucharilla pequeña, la metió en el cazo y, tras soplar unos segundos, se la ofreció y dijo:

—A ver qué te parece.

Con cuidado, Tema probó lo que él le ofrecía y, tras paladearlo, afirmó:

—Buenísima, tu salsa de pimienta.

Él sonrió encantado y Tema, mirando la bonita mesa que había preparado, preguntó:

—¿Desde cuándo te gusta Charlie Puth?

Naruto frunció el ceño.

—¿Y ése quién es?

Divertida, Tema sonrió y lo informó:

—El cantante que suena.

—Si te soy sincero —susurró él—, después de mirar y ver que Sasori y Dei no escuchan a AC/DC, Scorpions o Metallica, he puesto lo primero que he pillado encima del equipo de música.

Tema asintió y, a continuación, bromeó:

—¿Te imaginas a Dei escuchando a AC/DC?

Naruto soltó una carcajada e, imitando a Dei, cuchicheó:

—Impossible, baby!

Complacida de vivir aquel momento tan especial, cuando Tema se acercó a él, Naruto le sirvió un poco de vino y dijo, mientras le entregaba la copa:

—Espero que te guste.

Ella la aceptó y, mirando lo que había en otra sartén, murmuró:

—¡Setas!

Naruto sonrió, sabía cuánto le gustaban, y, guiñándole el ojo, indicó:

—Las estoy haciendo como las prepara mi madre. A ver qué te parecen.

Encantada, ella se sentó en un taburete frente a él. En silencio, observó cómo trabajaba en la cocina, hasta que no pudo más y preguntó:

—¿Por qué haces todo esto?

Al oírla, él la miró y, sin dudarlo, declaró:

—Por ti.

Su respuesta sincera y directa a ella le llegó al corazón, pero lo miró y dijo:

—¿No crees que vas un poco tarde?

—Intento remediarlo.

—Difícil lo tienes.

Naruto se echó a temblar. Lo último que quería era llegar tarde con Tema y, dejando sobre la mesa la cuchara que tenía en la mano, repuso:

—No creo que Shisui sea un hombre apropiado para ti.

—Presupones demasiado.

Naruto asintió. Habían pasado de nada a todo y, consciente de que la conversación ya no se podía frenar, se sinceró:

—Tema, he sido un idiota. Todo este tiempo tú has estado ahí para mí, y yo... yo...

—Tú no has estado para mí —lo cortó ella—. Es más, te recuerdo eso de «esto es lo que es».

—¡Joder! —maldijo él.

Tema dejó sobre la encimera su copa de vino. El buen rollo que había entre ellos de pronto se había esfumado y, mirándolo, matizó:

—Siempre has sido importante para mí, y lo sabes. Pero, como una tonta, durante mucho tiempo sólo he recibido tus migajas cuando no tenías otra con la que pasarlo bien, y ahora que por fin estoy enamorada de otra persona tú...

—¿En serio estás enamorada de él?

Tema sintió calor. Mucho calor. Pero necesitaba continuar con su mentira, así que afirmó:

—Sí.

La rotundidad de su contestación hizo que las entrañas de Naruto se revolvieran, y gruñó:

—Shisui nunca te hará feliz. Ese tío, con todo su dinero, con todo su poderío, nunca te va a tratar con el respeto que mereces, y lo sabes tan bien como yo.

—¿Y tú me hablas de respeto?

—Tema, escucha..., me he dado cuenta de que...

—No, no quiero escucharte —lo cortó ella—. Si hay aquí alguien que nunca me ha tenido respeto ni a mí ni a ninguna mujer, ése eres ¡tú! Pero, vamos a ver, ¿cómo pretendes que crea en ti? ¿Cómo pretendes que crea que has cambiado? ¿De verdad no te has dado cuenta de que te conozco muy bien?

Ofuscado, Naruto dio un trago a su copa de vino.

¿Cómo podían estar ahora en aquella tesitura, con lo bien que llevaban el día?

Sin saber qué decir, se esforzó por contener la rabia, hasta que se fijó en el dedo de ella y, al ver el anillo con el diamante que Shisui le había regalado, siseó:

—Él podrá regalarte lujo y diamantes y...

—¡Eh! —gritó ella, cortándolo—. Además de lujo y diamantes, te aseguro que puede darme muchas cosas más.

Rabioso por su contestación, él afirmó:

—Sin duda sexo, ¿verdad?

—Y del mejor —replicó Tema furiosa.

Molesto, dolido y jorobado por su respuesta, él negó con la cabeza y masculló:

—Permíteme que ponga eso en duda.

Aun sin ganas de reír, Tema lo hizo.

—¿Tan buen amante te crees?

A cada segundo más enfadado, él iba a contestar cuando ella añadió:

—Ten cuidadito con lo que te crees, porque en esta vida, te guste o no, siempre hay alguien mejor que tú.

Furioso al ver el descaro con que ella lo miraba, gruñó:

—¿Acaso los momentos que has pasado con él son mejores que los que has vivido conmigo?

Consciente de cómo la miraba él, y como quería hacerle daño, Tema afirmó:

—Digamos que ambos han sido diferentes y placenteros.

Colérico, Naruto iba a replicar, pero calló. Lo que tenía en la punta de la lengua podía ofenderla y, obligándose, contó hasta diez. Pensó en qué haría Sasuke en un momento así, y recordó aquello de paciencia, tolerancia y resignación.

Sabía que, si continuaba por ese camino, la cena acabaría antes de que comenzara y, buscando serenidad donde apenas la había, cambió el tono e, ignorando lo que se habían dicho, echó las setas en un plato y le preguntó:

—¿Qué te parece si cenamos? Esto, o se come al momento o no está tan bueno.

—¡Perfecto! —afirmó ella desconcertada.

En silencio, Naruto sacó también la carne de la sartén y, una vez que la sirvió junto a la salsa en otro plato, se quitó el delantal, se dirigió al salón y se sentó a la mesa frente a Tema.

—Vamos —invitó con una sonrisa—, prueba las setas y dime si te gusta la receta de mi madre.

Incómoda por el momento vivido y las preguntas que habían quedado sin respuesta, la joven sonrió a su vez y, cogiendo el tenedor, pinchó del plato. Tras metérselas en la boca y masticarlas, afirmó:

—Buenísimas.

La incomodidad entre ambos era palpable; Naruto intentaba por todos los medios que la intensidad de lo ocurrido se relajara, pero le estaba resultando imposible. Con su silencio, Tema no se lo ponía fácil, y finalmente, dejando la servilleta sobre la mesa, pidió con resignación:

—Muy bien. Discutamos. ¿No es eso lo que estás esperando?

La joven lo miró y, tan impotente como él, expuso, mientras se ponía en pie:

—Pasaste de mí y de mis sentimientos, ¿y ahora pretendes que porque me digas que sientes algo por mí yo me lance a tus brazos cuando estoy a punto de casarme? Pero ¿de verdad crees que soy tan idiota?

Naruto se merecía aquello y más e, intentando seguir los consejos de sus amigos, respondió:

—No eres idiota. Si hay algún idiota aquí, soy yo. Pero en algo tienes razón, y es que me encantaría que te lanzaras a mis brazos...

—Me rompiste por dentro, y ahora que me estoy reconstruyendo, ahora que he encontrado a alguien que me quiere y me valora como mujer, apareces y me dices que sientes algo por mí. ¿Cómo crees que me siento?

—¿Crees que él te quiere y te valora?

—¡Por supuesto! —se apresuró a contestar Tema.

Desolado por lo que sabía pero se negaba a revelar, tras ver la tristeza que había en sus ojos, musitó:

—Tema, estoy intentando hablar contigo. Intento explicarme, a pesar de que ni yo mismo sé cómo hacerlo; estoy dispuesto a...

—Lo que eres es un egoísta.

—No...

—Sí, lo eres, y por eso te odio.

—No me odias, y lo sabes. Lo sabes tan bien como yo.

La joven maldijo. Él también la conocía a la perfección, y como quería que su papel de enamorada de Shisui fuera más creíble aún, insistió:

—Por primera vez, tú no eres el centro de mi vida y eso no te gusta. Es... es como si necesitaras que la tonta de Tema te mirara con ojitos para sentirte el machito del corral. Pero, no, gracias a tus desplantes, la tonta de Tema se ha espabilado y simplemente ha decidido pasar de ti. Y, por suerte, he encontrado a alguien que merece la pena y ése no eres tú.

—No sabes lo que dices.

—Oh, sí..., sí lo sé —afirmó con una falsa sonrisa.

Naruto maldijo, y ella le reprochó al recordar algo:

—Una vez me aseguraste que yo nunca podría hacerte daño. Pues, ¿sabes?, me alegro de estar haciéndote daño, y quiero que sientas la rabia y el dolor que tú me has causado durante todos estos años con tu puñetera indiferencia. ¿Cómo crees que me sentía viendo que cada noche te ibas con otras mujeres sin importarte en absoluto mis sentimientos? —Él no respondió, y ella añadió—: Si sientes algo por mí, ¡es una lástima!, pero convéncete de que yo ya no siento nada por ti porque estoy enamorada de otro, con el que es posible que me case.

—Mientes.

—No, Naruto. No miento. No confundas sexo con sentimientos.

Furioso, rabioso y enfadado, él la miró.

Tenía razón. Se había comportado fatal con ella, y, sin poder manejar aquella situación, que se le escapaba de las manos, hizo lo que mejor sabía y la miró, al tiempo que murmuraba, cerrándose en banda para acabar con aquello:

—De acuerdo. Todo esto es un error.

Y, sin más, dio media vuelta y salió del salón, dejando a Tema sola ante la mesa sin saber qué hacer.