Hola a todos :3

Les dejo otra actualización de éste curioso fanfic. Dedicado a Natalita07, cuyo comentario me dio la inspiración para redactar éste capítulo ;)

De antemano agradezco su tiempo y sus reviews, me alegran el día :3

*Síndrome de la covada: En pocas palabras, cuando el hombre tiene los síntomas del embarazo de su pareja.


Muchas gracias por sus comentarios:

Natalita07: Me alegra que te guste el nombre de Oliver ;D Y sí, quizás escriba alguna travesura que hagan los chiquillos, sería gracioso :D:D Yo creo que varios hombres cambian su comportamiento cuando se vuelven padres :D

Kitty 1999: Creo que en éste pequeño universo, se vale que todos los jueces tengan hijos, a mi me gusta mucho la idea :D Y sí, Ariadna y Oliver serán amigos :D

darkacuario: A veces los chamacos resultan un poco diferentes en carácter a los padres :D ;D Y creo que sí, también pensaré en un hijo o hija para Aiacos, eso será más adelante :P


Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por diversión :3


Capítulo 10: Covada

Isla de los Curanderos, casa de Anna.

Apenas estaba amaneciendo cuando algo hizo que Minos se levantará rápidamente de la cama y corriera al cuarto de baño. Momentos después, la sensación revuelta en su estómago lo hizo vomitar en el abrevadero un par de veces.

Desde la cocina, Anna escuchó las arcadas de su marido, así que fue a asomarse. Ella ya se había levantado una hora antes para poner un poco de café y hacer los preparados iniciales de la comida para ese día.

—¿Qué sucede? — preguntó desde la puerta.

Minos ya estaba enjuagándose la boca con un poco de agua fresca que había en una jarra cercana. Los gestos en su rostro evidenciaron lo incómodo que se sentía dado que ya era la tercera vez en esa semana que le sucedía.

—No sé qué rayos pasa, pero de nuevo me dieron ganas de vomitar otra vez— respondió.

—¿Te hizo daño algo, te duele el estómago? — el juez negó reiteradamente. —Bueno, quizás solamente cenaste demasiado, ven a tomar un poco de café— se dio media vuelta y regresó a la cocina.

Un rato después.

Todos desayunaban tranquilamente, pero Minos ya estaba consumiendo el segundo plato de comida muy animadamente y sin la intención de medirse.

—Yo pensé que te sentías mal del estómago— mencionó Anna al verlo.

—Ya pasó— terminó de comer y le extendió el plato. —Quiero más, por favor. —

La mujer levantó una ceja extrañada, pero tomó el plato y le sirvió otra porción del guisado.

—Aquí tienes, pero deberías moderarte, es la tercera ración que comes. —

—Tengo mucha hambre mujer, déjame en paz— comenzó a devorar el alimento.

—Papá, te vas a poner gordo— sonrió divertida Ariadna, mientras tomaba un poco de jugo.

El juez solamente se alzó de hombros indiferente, al mismo tiempo que le sacaba la lengua a su hija en un gesto gracioso. Continuó comiendo como si nada y cuando quedó saciado, se despidió de su familia para ir a trabajar.

.

.

Inframundo, Tribunal del Silencio.

Ya pasaba del mediodía y Minos estaba ocupado elaborando un reporte general en la oficina de los jueces. Entonces, la puerta se abrió y el ministro Aiacos entró con un libro de almas en las manos. Tomó asiento en un amplió sillón, terminando de redactar algunas cosas.

—¿Qué habrá de comer hoy? — preguntó Garuda.

—Lo desconozco, pero ojalá sea algo salado, mezclado con dulce y picante— respondió Minos.

—Eso suena muy raro— Aiacos alzó una ceja, mirando a su compañero fijamente. —¿Por qué quieres alimentos con esa mezcla de sabores? —

El juez Grifo se alzó de hombros.

—No lo sé, últimamente he tenido antojos— siguió escribiendo. —Además, qué tiene de raro, si en tu tierra también preparan comida con sabores sumamente extraños. —

Aiacos cerró el libro de almas y se encaminó a su propio escritorio para dejarlo ahí.

—Si, lo sé, pero es muy extraño que tú quieras probar una mezcla exótica, además, no creo que soportes el picante— tomó asiento y se recargó en el respaldo cómodamente. —Y si no mal recuerdo, ya es la cuarta vez en esta semana que pides cosas raras, ¿No será otra cosa? —

Minos lo miró extrañado. Ahora que lo pensaba bien, su compañero tenía razón, él no consumía alimentos demasiado condimentados. Anna solía preparar comidas muy equilibradas, en especial por Ariadna y por su nuevo embarazo. Y en el inframundo, las monjas oscuras se acoplaban a los gustos gastronómicos de los jueces.

—¿A qué te refieres? —

—Dime, aparte de tus antojos, has tenido nauseas matutinas, cambios de humor y más hambre de lo normal— el otro juez asintió a cada palabra. —Ya veo, entonces… ¿Tu esposa está embarazada? —

El Grifo dejó de escribir y toda su atención se desvió hacia su colega. Él no había mencionado absolutamente nada acerca de que tendría otro hijo con Anna, prefería mantenerse reservado en esos temas.

—¿A qué viene esa pregunta?, ¿Qué tendría que ver una cosa con otra? —

Aiacos sonrió burlonamente, su colega no tenía ni idea de lo que podría tratarse. Después de todo, aunque Minos fue el primero en convertirse en padre de los tres, por aquella época no pudo estar cerca de la madre de su hija, debido a circunstancias ajenas a él. Entonces, no había vivido un embarazo de cerca, por lo tanto, si su esposa estaba preñada de nuevo, las cosas podrían ser muy diferentes en esta ocasión… y muy incómodas.

—Yo sólo digo— se alzó de hombros. —Quizás deberías asegurarte, si Anna va a darte otro hijo, tal vez ahora te toque sufrir el síndrome de la covada— sonrió divertido.

—Déjate de tonterías Aiacos, no entiendo de qué rayos hablas— rodó los ojos y volvió a su reporte. —Mejor ve a apresurar a las monjas, tengo demasiada hambre y diles que quiero algo dulce y picante. —

El juez Garuda soltó otra risa, poniéndose de pie y caminando hacia la salida.

—Si, lo mismo decía yo, me pasó igual con Violeta cuando quedó embarazada, también me daba mucha hambre y antojos raros— no dijo nada más, desapareciendo tras la puerta.

Minos resopló.

Conocía algo del dichoso síndrome de la covada, pero como no era un tema común en su cultura, no creyó que eso fuese posible en él.

—Tonterías. —

.

.

Dos días después.

Isla de los curanderos.

Era sábado y Anna estaba en la cocina junto con la señora Elina preparando un guisado de carne de cerdo con algunas hierbas aromáticas, por lo que, cuando éste comenzó a hervir, toda la casa se perfumó con la mezcla de aromas.

—Demonios mujer, porque apesta tanto— se quejó Minos, entrando a la cocina con la nariz tapada.

—¿De qué hablas?, si es un platillo que te gusta— mencionó la mujer, mirando extrañada cómo su esposo hacía gestos raros.

—Huele demasiado fuerte y además… creo que… tengo… — de pronto el juez se llevó la mano a la boca y tuvo que irse corriendo.

Ambas mujeres se voltearon a ver, medio sonriendo burlonamente.

—Ya se lo había dicho señora Anna, su marido tiene la covada— dijo Elina, mientras seguía cortando algunas verduras. —Todo lo que me dijo que le había estado sucediendo en estos días responde a eso, él va a sufrir los síntomas iniciales del embarazo por usted— le guiñó un ojo.

—Ay Elina, no puedo creerlo— rodó los ojos y suspiró. —No podré soportarlo si empieza con achaques después, mira que soy yo la que tiene que cargar al bebé y no él. —

Era cierto, a pesar de que Anna estaba embarazada, los síntomas que había padecido fueron muy leves a diferencia de la vez anterior con Ariadna. Y, a decir verdad, se sentía muy bien ahora que se acercaba el cuarto mes de gestación. Pero jamás imaginó que Minos fuera a sufrir el síndrome de la covada.

Es decir, poco después de enterase de su nuevo hijo, comenzó a presentar algunos cuadros de ansiedad por la noticia, los cuales más o menos sobrellevó distrayéndose con el cuidado de Ariadna. Pero ahora, los síntomas de mareos, antojos y bochornos continuaban y seguramente no desaparecerían pronto.

Incluso ayer empezó a quejarse de un dolor de espalda y algunos calambres, algo muy raro en un hombre con su complexión y salud. Entonces resultaba que, a pesar de ser un juez del inframundo, no podía evitar sufrir esas "pequeñas" molestias. Vaya ironías de la vida.

Elina ya le había explicado que era normal dicho síndrome en hombres muy cercanos a su pareja que de pronto se convertían en padres. Pensó que no le pasaría a Minos dado que ya estaba presente Ariadna, pero resultó que no y ahora tenía que lidiar con las rarezas de su esposo.

El mencionado entró de nuevo con cara de malestar.

—Elina, prepárame un té de jengibre, no soporto el mareo, maldición— se sentó frente a la mesa para luego dejar caer la frente sobre la misma.

—De inmediato, señor— la mujer mayor fue en busca de la raíz a la estantería de especias.

Anna se acercó y le pasó la mano por la cabeza en un gesto cariñoso.

—Creo que deberías recostarte un rato, le diré a Ariadna que pele unas naranjas y te las lleve. —

El ladeó el rostro y la miró con un gesto convenenciero.

—Mujer, creo que no podré comer carne— se quejó. —¿Y si preparas una ensalada? —

Ella rodó los ojos nuevamente y luego asintió.

—Bien, lo haré, pero por favor no seas tan quejumbroso— le pellizcó la mejilla con suavidad. —Mira que aún faltan algunos meses para la llegada del bebé y más te vale estar preparado. —

Minos se enderezó y la tomó del brazo para atraerla hacia él, abrazándola por la cintura.

—Lo sé Anna y te agradezco infinitamente que me des otro hijo— reposó su rostro contra el vientre de ella. —No te fallaré, aquí voy a estar. —

La mujer alzó una ceja sorprendida y luego sonrió encantada. Los cambios de humor de su marido eran muy extraños, pero estaba agradecida de contar con él y de saber que permanecería a su lado en todo momento.


Continuará...

Probablemente esto no se vería en un espectro común jajaja XD pero en mi mundo de fanfics, es posible ;P

Gracias por leer :D

04/Septiembre/2021