¿Mi tierra?

Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?

Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte

para mi están donde

no estés tú.

¿Y mi vida?

Dime, mi vida,

¿qué es, si no eres tú?

LUIS CERNUDA, Contigo.

1

Estaba tan nervioso que no daba pie con bola. Mal asunto. Su madre ya había lavado y planchado la camiseta. No estaba psicológicamente preparado para ponérsela y todo lo que eso conllevaba. Su naturaleza individualista dificultaba la tarea de trabajar en equipo, de confiar en aquellos por los que no apostaría ni una moneda. La máquina era buena, su estructura estaba bien pensada —Levi no dejaba nada al azar—, pero los engranajes…

Zeke le lanzó la pelota de béisbol. Eren hizo una buena recepción y la devolvió.

—Tienes que sorprender a tu novia, así que lo harás bien —dijo su hermano—. Los Pards son un puñado de carniceros. Rompen tibias como nadie, pero son unos descerebrados. Tómate una tila antes del partido, ¿quieres? Es difícil jugar cuando te tiemblan las piernas, como ahora. Joder, es solo una pachanga.

—No es solo una pachanga, es… Estas relaciones gregarias no son mi especialidad.

—Te entiendo. Yo era como tú. Consideraba a los demás unos incompetentes. Todo cambió en la marina. Ahora tengo gente bajo mi cargo y pondría mi vida en sus manos. Llámalo ingenuidad, llámalo confianza, llámalo como quieras, pero es esencial. Colaborar es necesario y satisfactorio. Vamos, Eren, acepta que la vida es un deporte de equipo. No tienes que preguntarte si irías a la guerra con Reiner Braun, estás en la guerra con él. Ahora mismo. Mañana. ¡Bola va!

—Tengo la sensación —apuntó Eren— de que siempre sabes qué decir.

—Cosas de la edad. —Zeke sonrió.

Carla salió al jardín.

—A cenar. Y tú, Eren, acuéstate temprano y descansa bien para mañana.

Fue frugal en la cena y se metió en su habitación en cuanto pudo, recorriéndola de punta a punta mientras practicaba. Pasa con el interior, con el exterior, regatea, finta, ¡chuta! Se tumbó en la cama y suspiró. Necesitaba relajarse. LoL, tal vez, o Fortnite. O una voz.

Sacó el teléfono e hizo una llamada.

—¿Estás en la cama? —preguntó.

—Sí, ¿y tú?

—También. Oye, ¿no te parece que el colchón se vuelve más duro cuando estás nerviosa?

—Cálmate. —Escuchó una risita—. Los nervios empeoran la situación. Nunca ayudan. ¿Crees que puedes hacerlo bien?

—Por supuesto.

—Entonces, y dando un voto de confianza a la ley de la atracción, todo saldrá bien.

—Es bueno escucharlo —dijo Eren—, especialmente si lo dices tú.

—Te animaré. No tengo pompones y tampoco hago piruetas, pero puedo cantar You'll never walk alone —le aseguró—. Duerme ya, Eren.

—¿De veras? Planeaba ir a tu casa y colarme por la ventana.

—¿Estás intentando ser romántico?

—No, hablo completamente en serio. Cuando estoy nervioso siempre salgo a dar una vuelta o voy a la casa de mis amigos, pero Armin y Jean solo consiguen que se agrave. Admito, sin embargo, que ha sido una afirmación un tanto juguetona.

—Así que estás juguetón.

—Sé que es un poco contradictorio, dadas las circunstancias —respondió, asintiendo como si ella pudiese verlo—. Solo quiero que me abraces y me digas que todo saldrá bien. Todo.

—¿Seguimos hablando de fútbol?

—Creo que se lo contaré a mi padre y tengo miedo.

—No has matado a nadie. Esta decepción será para mejor. Tu padre apreciará la persona que de verdad eres; vuestra relación no se basará en expectativas incumplidas. Confía en mí.

—Se lo diré después del partido —resolvió Eren—. Por ahora, no pensaré en ello. Si sobrevivo a mi padre, ¿iremos a cenar? Hay un restaurante que prepara comida húngara. Exquisita. ¿Has probado el gulash?

—Nunca.

—Te encantará. Luego podemos… —Lo meditó—. No sé dónde podemos ir.

—Llegaremos a algún sitio, eso es seguro. ¿Eren?

—¿Sí?

—Relájate.

—Vale. Te veo mañana.

La imaginó sonriendo.

—Buenas noches.

Pasó la mitad de la noche mirando el techo y despertó con los auriculares alrededor del cuello. Desayunó rápidamente, se vistió y se echó un vistazo en el espejo. La equipación rendía tributo a los colores del Corinthian FC —y no al Real Madrid, como creía Reiner—, club extinto que destacaba por algo a lo que pocos estaban acostumbrados: el juego limpio. Los Pards de Trost, en cambio, eran una versión juvenil del Wimbledon de Vinnie Jones. El partido sería una auténtica matanza.

Grisha condujo hasta el instituto. El autobús de los Pards acababa de llegar y una multitud de muchachos se apeó. Eran robustos, tanto como Reiner, y reían como salvajes.

—Ten cuidado, hijo —comentó Carla, no sin cierto humor—. Son verdaderos terminators.

Eren se dirigió hacia los vestuarios. El director Smith estaba presente; charlaba con Reiner y le palmeaba los hombros, amistoso. Les deseó suerte y se marchó. Levi, serio, interrumpió el jaleo y empezó a hablar, golpeando su pizarrita táctica para más énfasis.

—Os he dado unas instrucciones, pero recordad que el fútbol es imprevisto, injusto y cruel. —Se mesó el cabello—. Mirad, yo también fui un mocoso y participé en esta mierda. Es un torneo sin importancia. No es el Mundial ni la Champions, tampoco aspiráis a ser futbolistas profesionales y yo no soy Jürgen Klopp. Sé que es difícil tomarse en serio un partido así cuando podríais estar con vuestra novia o vuestra familia. Eso nos dijeron en estos mismos vestuarios hace veinte años.

—¿Ganasteis? —preguntó Reiner.

—Perdimos. Nos metieron una paliza. Dejamos que nos humillaran porque teníamos cosas más importantes que hacer —respondió—. Seguid mi ejemplo o sed mejores. Cuando acabó el partido, lo comprendí. Todo empieza así. La mediocridad comienza cuando dejas que te machaquen en un puto torneo de fútbol y continúa en la universidad, en el trabajo y en casa. No queríamos correr, no queríamos sudar, aunque la vida consiste en correr, sudar y pelear cada tramo de césped. El problema no es la derrota, sino la falta de lucha. Se cae con la cabeza en alto, siempre en alto. Orgullo, dignidad, no sé cómo lo llamáis, pero todos queremos conservarlo. En eso consiste un equipo. Puede que no os soportéis entre vosotros, que consideréis a fulanito un gilipollas o un cabrón, puede que el tío que tenéis al lado haya tonteado con la chica que os gusta, pero ¿sabéis qué? Aquí no importa. Olvidadlo durante los próximos noventa minutos. Trabajad juntos, aunque sea a regañadientes, o morid como individuos. La dignidad del club es mucho más importante que vuestras rencillas. Cuando os larguéis a la universidad, yo seguiré aquí. ¿Qué queréis que cuente a los muchachos del año que viene, que caísteis como moscas o que pusisteis el alma para ganar?

—El míster tiene razón. —Floch se puso en pie—. Quiero ganar.

—Vamos a demostrarlo —dijo Nac.

Cuando Eren se ataba las cordoneras, tan mentalizado que podría enfrentar al Milan de Sacchi, Reiner se sentó a su lado y le revolvió el pelo.

—¿Cuándo te convertiste en el Gómez de Morticia? —Rio—. Ni el pulpo Paul lo habría adivinado.

—Se llama Mikasa y no me apetece escuchar tus chistes de mierda.

—Cálmate, Eren. ¿Te has enfadado? Joder, no lo decía con mala intención. Me gustaría que vinierais a una fiesta el miércoles. ¿Qué te parece?

—¿Dónde es?

—En casa de Historia. Lo pasaremos bien. Cachimba, cerveza, cubatas. No hace falta que me respondas ahora. ¡Vamos a jugar, muchachos!

Tras los saludos protocolarios con los Pards, el árbitro se llevó el silbato a la boca. Las gradas estaban abarrotadas de padres y amigos. Carla, Grisha, Zeke, Mikasa, Armin, Annie y Jean lo animaban. «Oh, Señor —pensó—. El pánico escénico es una cosa terrible». El balón echó a rodar y los de Trost no tardaron en mostrarles cómo jugaban. Gordon recibió un buen pase largo de Reiner en la banda derecha, pero lo derribaron en cuanto encaró al primer rival. Y solo habían transcurrido dos minutos. Eren, que había encontrado un socio en Floch durante el primer entrenamiento, se desinhibió pronto y conectó con un Nac desmarcado. Solo ante el portero, remató; la pelota acarició el poste y se estrelló contra la red. El gol le dio la confianza que le faltaba. Todas las jugadas pasaban por él. Fuerza imparable contra objeto (casi) inamovible. Al concluir el primer período, se retiraron entre risas y aplausos. Eren rompió en carcajadas cuando Reiner se arrodilló y le besó la bota. De forma repentina e inesperada, el lazo con aquellos tipos se había fortalecido gracias a las palabras de un Levi que permanecía alerta. Les explicó que lo peor aún aguardaba.

¡Paf, paf, paf! Patadas, caídas y tackles condenados en el Convenio de Ginebra. El gol de los Pards llegó por medio del contragolpe, después de que dos bigardos atosigaran a Holger, extremo izquierdo, hasta quitarle la pelota. Bert no pudo hacer nada en un mano a mano contra un delantero veloz y ágil.

—Qué putada —susurró Reiner.

—Tienen un poderío físico increíble —contestó Floch—. Nac no puede hacer nada con ese central marcándolo.

—Es sorprendente, pero no significa que sean infranqueables —comentó Eren, brazos en jarra y vista clavada al frente—. El 3 tiene a Nac y el 4 corta nuestros pases muy bien, aunque los laterales son mucho más lentos que nuestros extremos.

—Podemos retrasar las líneas un poco, tirar diagonales y dejar que Gordon y Holger los sorprendan. —Reiner hizo un gesto a los susodichos y habló con ellos antes del saque de centro—. ¡Sois puñales, muchachos!

Con aquella blitzkrieg en marcha, Floch trazó un envío perfecto para Gordon, que galopó hasta romper el marcaje y la posibilidad de un centro atemorizó a los aturdidos Pards. Eren, cerquísima del área pequeña, incorporado al ataque como un 9 más, se elevó y preparó la cabeza para rematar. A la vez, el defensa con el dorsal 4 saltó y no solo despejó el balón, sino que chocó con él. Ya en el suelo, se llevó una mano a la cara y la descubrió llena de sangre. Entonces recordó a Daniel Leo y sus catorce puntos. Mareado, escuchó el silbato del árbitro que anunciaba el penalti; los gritos de Reiner hacia los rivales y la estupefacción del público. Dejó que Floch y Daz, lateral derecho de la plantilla, lo guiaran hacia los vestuarios, donde se tumbó en un banco y cerró los ojos. Nunca había tenido un umbral demasiado alto para el dolor.

Cuando escuchó la voz de su padre, se tranquilizó y se reincorporó. Todavía se presionaba la herida con la mano. Carla fue la primera en acercarse a echar un vistazo.

—¡Vaya golpe! ¿Cuántos dedos vez aquí?

—Tres.

—No parece una brecha muy profunda —dijo Grisha—. Tres o cuatro puntos. No dejes de hacer presión.

—Mierda —Zeke le tendió un botellín de agua.

Headshot —comentó Jean.

—Podría haber sido peor —añadió Armin—. Piensa en Van Basten.

—Quitáis las ganas de vivir a un muerto —terció Annie.

Mikasa se sentó junto a él y le ofreció un paño. Bueno, eso no era lo que su hermano consideraría «impresionar a la novia». Sudado, sangrante y pálido, atinó a darle un apretón en la muñeca, agradeciendo sin palabras.

—Vamos a la clínica —decidió Grisha.

No le gustaban los hospitales, mucho menos la clínica. Su padre tenía dos especialidades, neurocirugía y cirugía plástica. Además, durante todo ese largo proceso, se había casado, engendrado un hijo, divorciado, vuelto a casar y sido padre nuevamente. Siendo Eren un niño, Grisha concluyó su aventura académica. ¿Cómo lo había simultaneado todo? Quizá se debía al ímpetu de la Generación X. Si Eren se viera en una situación tan compleja, puede que empezara a plantearse la invitación al suicidio de Emil Cioran. Su vida no podía transcurrir dentro de una bata blanca y tarde o temprano tendría que desvelarlo.

Grisha le dijo que le quedaría una pequeña cicatriz. Cuando volvieron a casa, Zeke lo recibió con una carcajada. «Eh, Ribéry, ¿cómo estás?». Después le dijo que los Giants habían ganado tras el gol de penalti. Eso lo alegró.

—Voy a darme una ducha —dijo—. Por cierto, Mikasa y yo iremos a cenar.

—¿Vas a trasnochar después de ese golpe? —Su madre no daba crédito—. Los jóvenes tenéis tanta energía. ¿Qué queréis para comer?

—Hoy no se cocina —decidió Zeke—. Vamos a pedir una pizza.

ANNIE

En línea

Annie: Mayday, mayday.

Annie: Voy a conocer al abuelo de Armin.

Annie: ¿Hola? ¿Ackerman? ¿Dónde demonios estás? ¿Estás haciendo la ouija sin invitarme? Mala pécora.

Mikasa: Estaba preparándome para salir con Eren.

Mikasa: :V

Mikasa: Es un hombre muy agradable.

Annie: ¿¡Lo conoces!?

Mikasa: Hablé con él en la graduación. Es uno de esos abuelos agradables que animan a cualquier cosa.

Annie: Dime la verdad…

Annie: ¿Te parece que estoy preparada para esto?

Mikasa: La psicóloga eres tú

Annie: Las mujeres emplean entre veinte mil y treinta mil palabras al día. ¿Sabes cuántas usaba yo antes de Armin? Unas cinco mil. No preguntes cómo lo sé. Desde que salgo con él, mis números han crecido un poco, pero continúo siendo una antisocial. Sí, una infancia difícil, la ausencia de mi madre y todas esas gilipolleces. ¿QUÉ COÑO HAGO? Soy una impresentable.

Mikasa: Cálmate.

Mikasa: Es la primera vez que te veo al borde de la histeria.

Annie: No estoy histérica.

Mikasa: Si tú lo dices.

Annie:

Mikasa: No pienses mucho en ello. A mí me funcionó.

Annie: Deberías pensar en tirarte a Eren.

Mikasa: WTFFF

Mikasa: ¿Cuándo hemos empezado a hablar de mí?

Annie: ¿Por qué no? ( ͜͡ʖ͡) Después de aquella sesión de cine…

2

—Has estado magnífico —aseguró Mikasa—. ¿Ves? No ha sido para tanto.

—Tengo que darte la razón, pero ¿has visto esta brecha? Me han dejado un poco más feo.

—Vamos, no digas eso. Parecerás un hombre tan sensible como rudo.

—Pareceré una versión delgaducha e imberbe de Jason Momoa. —Rio—. Mi padre me ha dado un analgésico, aunque todavía me duele un poco.

—¿Has hablado con él?

—¿Con mi padre? ¿Sobre la universidad? No.

—Eren.

—¿Qué? —Tomó un poco de cerveza Dreher—. ¿Sabías que los húngaros nunca brindan?

—El cambio de tema más descarado que he visto nunca —respondió ella.

—Soy un cobarde, ¿de acuerdo? Odio discutir, mucho menos con mi padre. ¿Sabes lo complicado que es no aspirar a lo que tu familia espera de ti? No sabes lo difícil que es ser la esperanza de alguien.

—No, no lo sé. Nunca lo he sabido —Mikasa se puso seria—, pero desearía saberlo.

El gulash llegó en mitad de un pesado silencio.

—Lo siento mucho. —Eren le tocó la mano y agachó la mirada—. No he medido mis palabras. Por favor, perdóname.

—No hay nada que perdonar. Sé cómo te sientes, Eren. Te esfuerzas cuanto puedes. Siempre quieres aprender y eres la mejor persona que he conocido, pero crees que no estás a la altura. ¿Por qué te afecta tanto?

—Porque estoy destruyendo su legado. El padre de mi tatarabuelo fue uno de los primeros miembros de la Cruz Roja. Desde entonces, todos han sido médicos. Nunca es sencillo romper con las tradiciones. Es como si todos mis antepasados me señalaran con el dedo. Mi padre está tan ilusionado… Si le digo la verdad, si le digo que puede que no sepa dónde está el astrágalo, pero sí acerca de Kruschev y su coexistencia pacífica, dirá algo como: «Primero estudia algo que te dé de comer; después, lo que te gusta». El doctor Jaeger no discrimina ninguna rama del conocimiento, sino que las jerarquiza. Y mi madre… Bueno, es diferente. Acabó el grado de Derecho y después empezó a trabajar de camarera. No ha ejercido nunca.

—¿Por qué?

—Hizo eso porque mi abuela quería que fuese a la universidad. En realidad, no le gustaba. Dice que no puede defender culpables sin sentirse de la misma forma.

—Tu madre te entenderá. Habla con ella.

—Lo haré. Como decía Racine, el tiempo revela todos los secretos. —Se echó a la boca un pedazo de carne—. Delicioso.

—El spätzle tampoco está nada mal. ¿Cómo encontraste este sitio?

—Hace unos dos años, Zeke y yo nos quedamos solos en casa durante tres semanas porque mis padres fueron a visitar a mi tía Faye. Estaba tan cansado de los precocinados, los fritos y las pizzas, que abrí Google Maps y busqué un restaurante. El resto es historia.

—Sin palabras.

—Necesitaba un estofado y soy pésimo en la cocina.

—Tendré que enseñarte. Si vas a vivir con Zeke los próximos cuatro años, necesitarás ser mitad estudiante y mitad amo de casa.

Terminaron de cenar. Eren se tocó la cara y bostezó.

—Estoy cansado.

—¿Quieres venir a mi casa?

—¿Y tu tío?

—Jugando al póquer con sus amigos o en casa de una de sus amantes. No volverá hasta mañana. Y si lo hace, ¿qué más da? No hemos hecho nada malo.

—Nada malo —repitió Eren—. Depende de cómo lo mires.

—El perspectivismo no se aplica en nuestro caso. Mi tío no es uno de esos tipos chapados a la antigua que quiere que las mujeres sean VIP.

—Very important person?

—Virgen, inmaculada y pura.

—Joder. —Se le escapó una carcajada—. Apuntaré eso. VIP.

—¿A que sí? Una aprende mucho cuando habla con Annie.

De camino, Mikasa le contó que su familia había vivido en aquella casa durante muchos años. Su habitación había pertenecido a su padre y a su tío. No imaginaban estos que solo dos personas portarían el apellido después de tantos años, un desastre muy parecido al que sufrió la gens Fabia, aunque de estos solo quedó uno.

Y después de tanto tiempo, el fondo de sus fotos y sus videollamadas se materializó. Además del mobiliario imprescindible, tenía una balda con cuatro libros y una foto de sus padres. Eren se sentó en la cama y la miró sin decir palabra alguna.

—Estás muy callado —mencionó ella mientras se quitaba los zapatos.

Muy pocos encuentran algo que los deje sin habla. Núñez de Balboa y el Pacífico, los romanos y la vieja Cartago, Dante y Beatriz… Sin llegar a intuirlo cuando escaparon de la graduación y la invitó al teatro, se había enamorado. ¡Era tan difícil decirlo! Los coetáneos hablaban del amor; se enamoraban cada quince minutos, después del desayuno, en el autobús y en internet; vivían y lloraban ese sentimiento con frenesí, como si se tratara de una elegía. Era una vorágine, un oficio de tiempo completo, un camino que llevaba hacia el otro, a ninguna parte. Sin embargo, Mikasa caminaba a su lado, hombro a hombro, y le apretaba la mano y señalaba hacia adelante. El amor era para él una alegría, no una tortura de mensajes y reproches.

Nietzsche se lo preguntó a Lou Salomé: «¿De qué estrellas hemos caído para estar el uno frente al otro?». Era la misma sensación, más de cien años después, expandiéndose por el corazón de los hombres.

—Estoy hablando por telepatía. ¿No me oyes?

—Creo que mi oído mental está obstruido.

—Ven —Eren abrió los brazos—, así podrás escucharme mejor.

Ella se colocó a horcajadas sobre su regazo y se recostaron sobre la cama. Eren apretaba sus caderas en mitad de besos vivos, de toques tan tímidos como desesperados. Mikasa se irguió y le plantó las manos en el pecho. Cuando empezó a desvestirse, notó un vuelco en el pecho, como si el corazón le bailara. Primero se quitó la gargantilla y después la blusa. Llevaba un sujetador de encaje negro; echó los hombros hacia atrás y se balanceó sobre la entrepierna de él, la protuberancia del pantalón tocó las bragas y la respiración de Eren se agitó. Quiso besarla, pero ella lo detuvo y le bajó la cremallera.

—Relájate —dijo—. Tendrás que conformarte con mi técnica de novata.

—Estoy circuncidado.

—¿Por qué me haces spoiler? ¿Eres judío?

—No, no. Cuestiones de prevención. Montones de estudios hablan de las ventajas de la circuncisión. Y, hablando de prevención, no tengo condones…

—Yo sí. Además, llevo dos meses tomando anticonceptivas.

Era la primera vez que se veía en esa situación, en esa encrucijada de cabellos negros y manos suaves. ¿Y si resultaba ser un eyaculador precoz, y si la inexperiencia le jugaba una mala pasada? Las primeras veces son un asunto complicado; en ocasiones, catastrófico. Pensó en los tipos del equipo de fútbol, presumiendo de sus «pollas XXL», como decía Reiner, y se preguntó cuál era la medida respetable.

Mikasa le bajó los pantalones, luego los calzoncillos, y entonces lo vio. Le tocó la cicatriz de la ingle, apenas una sombra con forma de media luna.

—Cuando era pequeño —dijo Eren—, Zeke me enseñó a usar su minibike. Puede que me cayera alguna vez.

Ella sonrió y empezó a acariciarlo; delineó la base y luego encerró el miembro, atrapándolo en la lentitud de los movimientos, hacia arriba y hacia abajo. El torbellino de calor y electricidad se estiró por sus piernas y su espalda. Mikasa era hábil, curiosa, aunque la novedad se reflejaba en su semblante colorado.

—¿Qué tal? ¿Del uno al diez?

—¿En la escala del dolor o del placer?

—Del placer, espero.

Eren se inclinó y le tocó la cara, dibujándole los labios y la mandíbula. Se quitó la camiseta y apresó su boca. Estuvieron así durante varios minutos; las pieles se rozaban y las manos se buscaban a tientas. Se miraban, se reían, y la vehemencia se volvía desenfadada y no había nada que temer. Ya sobre ella, terminó de desnudarla, levantó una de sus piernas y le besuqueó un pie. Mikasa le dijo que tenía cosquillas, y entonces él empezó su ascenso y la risa se convirtió en un jadeo.

—Mikasa.

—¿Qué?

—¿Por qué no te conocí antes, mucho antes?

—Bukowski dice que nadie encuentra a nadie. Antes lo creía, pero ya no. Nosotros nos hemos encontrado.

—Mikasa…

—Eren…

Despacio, cuidadosos como aquellos que tratan espíritus frágiles y renacentistas, hicieron el amor y este alivió males que desconocían. Enredado entre piernas femeninas, Eren perdió consciencia de pasado y futuro y solo quedó una verdad, la verdad del mimo, de los toques, de la saliva caliente, de los besos en los callos y los lunares, del somier que restalla, de la soledad compartida, solo inteligible para ellos, que se habían entendido tanto en la intelectualidad de la biblioteca como en el bullicio de la fiesta, infalibles el uno con el otro.

Mikasa lo besaba con avidez, le hincaba diez dedos en las escápulas, lo ceñía tan fuerte que podría caerse dentro. Empujaba sus caderas contra las de él, atrapado en las profundidades de un cálido y encharcado coño con el que imaginaba largos ratos de mil maneras distintas, y un hormigueo ígneo lo recorría de pies a cabeza y se acumulaba entre sus piernas, candente y cada vez más incontrolable, pero no se correría, no, aunque ella acompañara su nombre de gemidos y lo agarrara del culo para que se la metiera, hondo, liberada de las molestias virginales; no, no se corrió, lo demoró cuanto pudo, y solo se dejó ir cuando la muchacha se retorció, la espalda combada, las piernas tensas como un hilo a punto de romperse, el resuello frenético y después el tierno descenso.

—¿No estabas cansado? —Mikasa se estiró sobre él cuan larga era, achuchándolo, tocando su pecho lampiño y arrastrando el labio inferior por su cuello.

—Yo también lo creía. —Dio una gran bocanada de aire, sonriendo con la blandura que sucede al sexo. Enterró las manos en la cabellera negra, las hebras arremolinándose en torno a sus dedos como lenguas de oscuridad, y escrutó su boca, roja y tumefacta, antes de alcanzarla, devoto y agradecido—. Ha sido genial, maravilloso…

—Sí, lo ha sido.

—Pensaba que nunca se lo diría a nadie, mucho menos este verano, y tampoco tenía esperanzas de hacer esto con alguien, alguien que significase algo, pero estaba equivocado y te quiero.

—Yo también te quiero y quiero todo lo que hacemos, todo lo que somos. Eres la horma de mi zapato.

—¿La horma de tu zapato? ¿No se te ocurre nada mejor?

—Déjame pensar. Eres como el final de Cinema Paradiso.

¿Cinema Paradiso?

—Es una mezcla de tantas cosas; de dulzura, de nostalgia, de sueños...

—Nostalgia…

—Sirve para recordarnos que también somos frágiles, como diría el poeta.

La muchacha le dio un beso en el ojo sobre el que descansaba la herida. Eren pegó su frente a la de ella, todavía con la sonrisa más plena pintada en su rostro.

—¿Lo hacemos otra vez?

—Mi tío volverá por la mañana. Podrías…

—Voy a escribirle a mi madre. Le diré que no me espere despierta.

—Querrá saber dónde estás.

—Pues entonces responderé con la verdad. Como tú dices, no estamos haciendo nada malo. El sexo es una de las nueve razones para la reencarnación y de las otras ocho no me acuerdo.

—¿Valérie Tasso?

—No, Henry Miller, pero buen intento. —Eren le tocó los labios—. Creo que podría hacer el amor contigo toda la vida.

—Moriríamos de hambre y de cansancio.

—E iríamos directos al Paraíso, ¿no te parece?

. . .

Y sus padres, en efecto, aún dormían. Eran las seis y media de la mañana. Se detuvo en el vestíbulo, cerró los ojos y soltó una risita antes de entrar a la cocina. Su buen ánimo permaneció frente a su hermano, que tomaba un café antes de salir a correr. Zeke lo saludó e hizo un comentario sobre su pelo desgreñado. Recordó las manos, menudas y pálidas, jugando y hundiéndose en él.

—Tu cara —apuntó Zeke— lo dice todo.

—¿Sí? —Eren se acercó a la licuadora con un par de naranjas.

—A juzgar por lo que veo, no ha estado nada mal. ¡Enhorabuena! La primera vez suele ser una mierda, no nos engañemos. Una auténtica mierda.

—No sé cómo han sido las primeras veces de otros. Bueno, conozco la de Jean.

—A mí me temblaban las piernas. ¿Estabas nervioso, mi querido y ya no tan casto hermano?

—¿Nervioso? Solo por un momento, y no tenía nada que ver conmigo o con ella, sino con el desconocimiento, pero después fue… ¿Cómo lo diría? Fue como si nada existiera. No recuerdo si la cama es blanda o si las sábanas estaban frías, pero todavía puedo verla a ella, y es como si todo lo demás fuese una broma, un oficio, una oficina de la que se sale. Y ella es un consuelo, es llegar a casa y…

—Joder, Eren. Yo me fijaba en otras cosas. Cosas… menos trascendentales.

—¿Qué?

—Olvídalo. Yo no estaba enamorado y Jean tampoco. Eres mucho más inteligente que nosotros, tío. A ti no te basta con un polvo, no, tú eres ambicioso. No te prestas a un momento de placer, a un orgasmo barato. Tú, hermano, has hecho el amor y eso no está bien, mal o regular. Eso siempre está bien, siempre que se use protección. ¿Eren…?

—Está todo controlado.

—Así me gusta. —Zeke le dio un golpecito en la espalda—. ¿Eso es un chupetón?

—¿Dónde?

—Es broma, es broma. Voy a darle trabajo a estas piernas de cabronazo gandul. Vuelvo en una hora. Hora y media, tal vez.

—Un poco de paz y tranquilidad.

—Sí, sí. Ya me echarás de menos. Haz el favor de darte una ducha. Actúa normal delante de los viejos. Estaban entusiasmados.

—¿Por qué?

—La edad. Empezaron a hablar de tu nacimiento, de lo rápido que pasa el tiempo y de lo buen hijo que eres. Papá está especialmente emocionado, aunque no lo diga.

Eren no respondió. Se quedó solo, viendo cómo su dicha se tornaba amarga. Habían bastado muy pocas palabras. Cuando salió de la ducha, sus padres ya se habían levantado. Se miraron de soslayo, cómplices, y continuaron, Grisha con su periódico y Carla con su té, pero decidió que ya había tenido suficiente, que no tenía que esconderse cuan apestado, que no había hecho nada malo, como diría Mikasa, y no había necesidad de estirar la fina cuerda de las mentiras hasta lo irreparable.

—Tengo que contar algo.

—¿Tiene algo que ver con lo que hiciste anoche? ¿Usasteis protección? —Su madre lo miró con nerviosismo—. Hijo, no nos asustes.

—No tiene nada que ver con… eso. Sea lo que sea que se te haya pasado por la cabeza, olvídalo. Es acerca de la universidad.

—¿Qué ocurre? —se interesó su padre.

—Es complicado. Como ya sabéis, el plazo para matricularse cerró hace mucho…

—Y te aceptaron, ¿no? ¿Cuál es el problema? —Grisha cerró el periódico.

—Sí, sí, lo hicieron, pero no en medicina. No voy a estudiar medicina. Estudiaré historia. Tienen un plan de estudios excelente…

Su padre se quitó las gafas y afiló la lengua, perplejo. Su madre no dejaba de mirarlo.

—¿Por qué no nos lo dijiste antes? —Carla parecía calmada.

—¿Tu hermano lo sabía? —preguntó Grisha pausadamente.

—Sí.

El doctor se levantó.

—Voy a la clínica. Tengo algunos asuntos pendientes.

—Cariño, hoy es sábado.

—Y mañana domingo, Carla, y mañana domingo. —Desapareció, dejando a medias el desayuno.

—Está enfadado —dijo Eren.

—Por supuesto que lo está, y yo también. ¡Eren!

—¿Qué? Actuáis como si hubiese matado a alguien. ¡Solo he seguido mi propio camino, mi propio sueño!

—¿Crees que es eso lo que me molesta? Soy tu madre, Eren, pero veo que no confías en mí. —Carla Jaeger estaba más seria que nunca.

—No quería decepcionaros.

—¿Dónde está la decepción? ¿Cómo podría sentirme decepcionada de un hijo como tú? Estoy orgullosa de ti y es algo que solo entenderás cuando seas padre. Es la mentira lo que me ha decepcionado.

—Lo siento mucho.

—Deberías hablar con tu padre.

—Lo sé.

Zeke apareció con el pelo rubio recogido en un moño y la botella de agua en ristre.

—¿Adivinad qué? Justo al doblar la esquina de la calle, he visto a papá en coche. Bien, pues lo he saludado y me ha mirado como si fuese Bin Laden. ¿Qué ha pasado?

Eren se lo contó.

—Cómo no —asintió su hermano—. Desde mi experiencia personal, creo que debes esperar unos días para hablar con él. Ahora mismo estará en su clínica fumando un cigarro o haciendo cosas de Frankenstein.

—¿Cómo? ¿Ha vuelto a fumar? —Carla frunció las cejas.

—Mierda. Era un secreto.

—Debería haberme callado —se lamentó Eren.

—No te culpes, pequeñín. —Zeke le puso una mano en la cabeza y esbozó una de sus sonrisas afables y conciliadoras—. Vamos, solo pido que hagáis las paces pronto. Es mi última semana de vacaciones y me apetece vivir en una sitcom, no en un drama. ¿Queda claro?

—Sí, sí.

—Bien. Por cierto, mamá, mira este chupetón.

—¿Dónde? —Carla se acercó rápidamente—. Eren Jaeger, si crees que…

—Es broma.

—Para vuestra información —dijo Eren—, no tengo ningún chupetón, en ninguna parte del cuerpo, y ella tampoco. No son buenos para salud y no necesitamos marcarnos.

—Diablos, te creo. —Zeke soltó una carcajada—. Vamos, comprende que tengo que hacerlo. Los veteranos de la universidad hacen putadas a los nuevos y yo disfruto puteando a mi hermano recién desvirgado.

—Me puteabas ayer y seguía siendo virgen.

—No me lo tengas en cuenta y piensa en lo que vas a decirle al doctor Zhivago cuando vuelva, porque volverá y no te hablará en unos seis o siete años.

—Zeke —amenazó Carla.

—En serio, habla con papá. Somos una familia y no me gusta que os peleéis. Lo solucionaremos todo.

—Así se habla, hijo. —Su madre se sentó a la mesa—. Y ahora, Eren, háblame de la carrera de historia.

. . .

Estaba vistiéndose cuando el teléfono empezó a sonar. Bajó las escaleras y descolgó. Era una mujer.

—¿Sí?

—¿Eres la sobrina de Kenny?

—¿Con quién hablo?

—Traute. Apunta la siguiente dirección. Calle Rivoli, detrás del Lazarus'. ¿Conoces el Lazarus'?

—Sí. ¿Qué ha pasado? —Intuyó la respuesta.

—Nada importante. Solo está borracho y roncando como un animal junto a los contenedores. Tengo que colgar. Date prisa, y dile a tu tío que no vuelva a buscarme nunca más.

Suspiró y no tardó más de diez minutos en plantarse ante su tío. Lo miró de arriba abajo. Desaliñado y hundido. Toda la alegría de la noche se desvaneció ante aquella estampa. Quería tanto a su tío que no podía verlo así, aunque no lo hubiese visto de otro modo jamás. ¿Cómo había acabado así? ¿Por qué no encaraba la vida de otra manera, de una que le permitiese marchar a Mitras sin preocuparse por él?

Lo zarandeó un poco y el hombre farfulló algo.

—¿Mikasa? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Eso es lo que estoy a punto de averiguar. ¿Quién era esa mujer?

—¿Traute? ¿Se ha ido? Vaya, ya me velará cuando la diñe —Kenny se frotó la cara y soltó una risa desganada—. Fui su amante hace mucho tiempo. Anoche la vi con su marido y, fíjate, acabé metido en un lío.

—Levanta —Mikasa le ofreció una mano— y vámonos de aquí. Es la última vez que vengo a buscarte. ¿No has tenido suficiente?

—Sí, aunque no lo creas. ¿Qué tal fue anoche con… tu novio?

—Bien, muy bien. De hecho, estaba muy feliz antes de que tu amiga llamara.

—Podría haber sido peor.

—Tienes razón.

Cuando llegaron a casa, su tío se metió en la cama. Mikasa lo observaba desde la puerta. Por primera vez, se percató de la incipiente vejez de Kenny. Las ojeras y las patas de gallo eran cada vez más pronunciadas. El tiempo no perdona, pensó, y la mala vida tampoco. No había cultivado el justo medio, sino el exceso. Llevándolo a las palabras del maestro pesimista: su tío hacía lo que le venía en gana, pero no sabía lo que quería. Era un hombre sin camino y sin retorno.

—¿Tienes hambre? —preguntó—. Voy a preparar café.

—Una taza con un poco de anís.

—¿De verdad?

—Estaba bromeando. Demasiadas copas, demasiada noche. No volveré a beber.

—Vamos, tío, no digas tonterías. —Mikasa sonrió con escepticismo—. Es más probable que te toque la lotería.

—Dame un voto de confianza. He estado pensando. Eres como una hija para mí, la hija que nunca tuve.

Guardó silencio. Nunca había escuchado aquel tono, aquellas palabras de boca de su tío. Ella era la hija de alguien, después de todo, y Kenny era lo más parecido a un padre. Ambos tenían el cabello negro, el carácter desengañado y un pasado olvidable a sus espaldas.

—Algún día —continuó— volverás a esta casa, que es tan tuya como mía, y serás una mujer. No una joven, sino una mujer con trabajo y quizá con familia, y entonces descubrirás que estoy muerto, pero antes quiero comportarme, quiero redimirme. He tenido suficiente.

—Creo en ti. Siempre tendrás mi apoyo.

—Gracias. Sabes que te quiero, canija. No arruinaste mi vida, sino todo lo contrario.

—Yo también te quiero. —Dio media vuelta—. Somos los últimos, tío. Eres lo único que me queda.

. . .

ANNIE

En línea

Annie: ¿Hola?

Annie: ¿Hay alguien ahí?

Annie: ¿Estás haciendo la cucharita con Eren?

Annie: Bueno, por si acaso, saludos a ti también, Jaeger.

Mikasa: Se fue hace un par de horas.

Annie: OS HABÉIS ACOSTADO.

Annie: LO SABÍA.

Annie: Armin me debe un café en Starbucks.

Annie: JAJAJAJAJA

Annie: HAS PERDIDO LA VIRGINIDAD.

Annie: CON EREN JAEGER.

Mikasa: Sí.

Annie: ¿Cuántas veces?

Mikasa:

Mikasa: Tres.

Annie: Vaya, vaya.

Annie: QUIÉN LO DIRÍA…

Annie: ¿Fue romántico?

Mikasa: Mucho…

Annie: ¿Mucho?

Annie: Caray.

Mikasa: ¿Qué?

Annie: ¿Con velas y todo eso?

Mikasa: Noooo. No había nada preparado. Sólo él, yo y una cama. La mía, por cierto. Estuvo muy bien.

Annie: Me alegro por ti, pero tengo que contarte algo. YA HE CONOCIDO AL ABUELO LECH.

Mikasa: ¿Qué tal?

Annie: Sorprendentemente bien.

Annie: En realidad, no lo sé. Cuando me vio, le dijo a Armin: «¿Esta es tu Greta Garbo?».

Annie: ¿Cómo debería tomarme eso?

Mikasa: Eren me ha dicho que Armin te comparó una vez con Greta Garbo.

Annie: ?

Mikasa: Seria, misántropa…

Annie: Claro, recuerdo que Gran Hotel es una de sus películas favoritas. Greta Garbo… Es bueno, entonces.

Mikasa: Sí.

Annie: Bien, asunto resuelto. Una velada excelente.

Mikasa: Te dije que saldría bien.

Mikasa: TE LO DIJE.

Annie: Sí, sí, tenías razón. Lo reconozco.

Annie: Pero yo acerté mucho más contigo.

Annie: Has dejado de ser una mujer VIP.

Mikasa: Merece la pena.

Mikasa: Me aseguraré de decirte lo mismo en unas pocas semanas.

Mikasa: Puede que días.

Annie:

Annie: Oye.

Annie: ¿Duele?

Mikasa: Solo un poco.

Mikasa: Al principio, y después desaparece.

Annie: ¿Dijo la frase típica de los fanfics?

Mikasa: ?

Annie: «Si te duele, pararé, pero si me dejas… ya no podré detenerme. Oh, Mikasa, ¡di mi nombre!».

Mikasa: Nooooooo jnchv

Mikasa: Nos dijimos otras cosas.

Annie: ¿Eres una chica mala? ¿Te gusta que te llamen puta?

Mikasa: Nooooo

Mikasa: Me dijo que me quiere, yo le respondí lo mismo.

Annie: Oh, no.

Annie: Esas son palabras mayores.

Mikasa: Es que realmente lo quiero mucho. No sé cómo describirlo.

Annie: Ajá.

Mikasa: Pensarás que es una cursilería.

Annie: Ya es tarde.

Mikasa: Es un amor de cabeza y de corazón.

Annie: ¿Qué?

Mikasa: Lo racionalicé. Primero, me gustaba su manera de ver la vida, su entendimiento, su caballerosidad. Es lógico que te atraiga alguien así. Después empecé a quererlo de una manera inexplicable. Es una sensación parecida al momento entre el sueño y la vigilia de las mañanas.

Annie: El momento más dulce del día. Entre la realidad y la inconsciencia.

Mikasa: Eso es.

Annie: Qué bonito.

Mikasa: Estás a gusto, pocas cosas importan más que ese momento y quieres alargarlo hasta que la vigilia venza.

Mikasa: Es mi amigo, mi compañero, mi amante.

Annie: Lo imaginaba mucho más cursi.

Annie: Por cierto, ¿te veré en la fiesta de Historia?

3

Abordar el asunto de su padre era complicado. Podría resultar una Operación Market Garden a escala familiar, una sacudida a los cimientos paternofiliales. Por un lado, decir la verdad lo había aliviado de una manera que no creía posible; por otro, un nuevo frente se abría, uno desconocido. Su padre era un fenómeno imprevisible. Desconocido, más bien. Eren conocía a un hombre tranquilo, amable (daba siempre dos piruletas a los niños que visitaban su clínica), poco dado a los nervios. Era cariñoso a su manera, con gestos de aliento y sin la energía de Carla. Cuando era un crío, Grisha siempre hacía hueco para estar con él. Por mucho trabajo que tuviese o por muy cansado que se encontrase. Se dijo a sí mismo que lo de Zeke había sido algo excepcional, pero habían pasado años con muy poco contacto, tratándose con una indiferencia apabullante. Si no fuera por su madre, seguirían igual. No le gustaría seguir el ejemplo de su hermano.

Grisha volvió a la hora de comer. Serio, no comentó nada acerca del tema. Carla los miraba de hito en hito, y Zeke tenía cara de circunstancias. Si tenía que soltar algún chiste sobre vulvas o escrotos, el momento era idóneo. Su madre carraspeó y dio unos golpecitos a su plato con el tenedor.

—Creo que todos tenemos una conversación pendiente, ¿no crees, Grisha? —Miró a su hermano—. Bien, empezaremos con una pregunta muy sencilla. ¿Desde cuándo lo sabes, Zeke?

—Dos o tres años —confesó—. Soy un hombre de palabra y le prometí a Eren que no diría nada. Nada más que añadir, señoría.

—Eren —Carla giró la cabeza hacia él—, ¿algo que decir?

—Ya me he disculpado antes y lo vuelvo a hacer. Lo siento. No quería que nada de esto pasase. Esperabais que fuese médico y las cosas son un poco distintas. No podemos cambiar nada.

—Es como salir del armario —apostilló Zeke.

Grisha se levantó, dejó su plato en la cocina, subió a su despacho y cerró la puerta. Nunca la cerraba. Carla suspiró.

—Llevo muchos años casada con vuestro padre y soy madre de dos hijos, pero a veces no termino de comprender el carácter de los Jaeger. Zeke, hijo, ¿podrías lavar los platos? Y tú, Eren, ve tras él. Quiero que todo esto quede zanjado para la hora de la cena, ¿de acuerdo?

No quedaba otro remedio. ¡Muy bien! Iría a su destino como Rommel a Ulm. Temeroso, entreabrió la puerta y miró por el resquicio. Grisha estaba sentado en su viajo sillón de cuero junto a la ventana. Leía un libro sobre medicina griega, un tema que consideraba fascinante. Había dado alguna conferencia al respecto.

Eren se acercó y recordó haberlo leído un par de meses atrás, en un intento de comprender la relación entre el eudemonismo aristotélico y la ciencia médica de su tiempo.

¿La visión hipocrática? Muy interesante —señaló—. Narra una anécdota muy divertida. Una vez, obligaron a Demócrito a visitarlo porque reía siempre, de todo y de todos, por lo que le consideraban un loco. Hipócrates, claro, dijo que no estaba loco, sino alegre.

—Un anecdotario muy completo —asintió Grisha.

—Sé que te ha molestado.

—No me ha molestado, me ha dolido. —El doctor se quitó las gafas; su gesto severo se descompuso—. Que no quieras estudiar medicina… ¿Por qué no me lo dijiste, Eren?

—Me daba miedo decepcionarte, aunque creo que ya es demasiado tarde para arreglarlo. He llevado la mentira demasiado lejos y he involucrado a Zeke.

—Cuando Zeke tenía tu edad —apuntó su padre—, tuvo el valor de decírmelo.

—Sí, y no fue bonito.

—Es diferente. Tu hermano no hacía nada de provecho. No quería trabajar, no quería estudiar. Solo quería beber con sus amigos y salir con chicas. Por eso discutí con él, porque no quería dedicarse a nada, ya fuera la medicina o cualquier otra cosa. No he criado a mis hijos para que sean vagos. Por fortuna, la marina lo hizo madurar. —Suspiró—. Después de mi divorcio me esforcé mucho con él. Quería que confiara en mí. No fui un buen padre durante mi matrimonio e intenté remediarlo. A ti, Eren, te di lo mejor desde el inicio, pero no fue suficiente. Si mi propio hijo es incapaz de decirme algo porque me tiene miedo, ¿qué tipo de padre soy?

—Eres el mejor padre, por eso no quería decepcionarte.

—Siempre estaré orgulloso de ti. Zeke y tú sois, sin duda, lo mejor que he hecho. Recuérdalo allí donde vayas, hagas lo que hagas. Quería que fueses médico, sí, y creía que te gustaba. ¡Hasta has leído a Guyton!

—La medicina es interesante, pero no es lo mío. La elección que he tomado, la historia, me hace feliz.

—Siento mucho haberte presionado.

—No pasa nada. —Eren se tocó la frente—. Qué cierto es eso de que la verdad nos hace libres.

—La próxima vez revélala antes, por favor.

—Lo prometo.

—Sé que lo harás bien en la universidad, estudies una cosa u otra. No te exigiré que sigas mi camino, sino que le pongas tanta pasión como yo. Lo importante es hacer las cosas bien; de lo contrario, ni lo intentes.

—Me apasiona, papá, verdaderamente me apasiona.

—¿Y después? ¿Qué harás cuando te gradúes?

—Todavía no lo he decidido.

—Tienes tiempo. Además de la neurocirugía, también me gustaba la medicina de urgencia y la posibilidad de dar cátedra.

—Creo que seré profesor.

—¿Profesor? Tu padrino lo era.

Su padrino y tocayo Eren Kruger murió cuando tenía un año. Pese a que no conservaba ningún recuerdo, su padre se refería a él como un gran amigo, uno de los pocos que le tendió la mano cuando las cosas se complicaron con Diana.

—No lo sabía.

—Sí, enseñaba hebreo en la facultad de teología, aunque era un ateo convencido. —Grisha sonrió—. Estás aquí gracias a él, de cierta manera. Cuando conocí a tu madre todavía estaba afectado por mi matrimonio y esperaba otro desengaño. Eren me miró y me dijo: «También Abraham, amigo mío, obedeció y partió hacia el lugar que habría de recibir como herencia, y partió sin saber a dónde iba».

—Ah, la Epístola a los hebreos.

—¿Lo has leído?

—He leído algunas cosas del Nuevo Testamento. Los Hebreos, la Epístola a los efesios y el Apocalipsis de San Juan. Creo que el padrino Kruger y yo nos habríamos llevado muy bien.

—No me cabe duda. La esquizofrenia se lo terminó llevando. Entonces no teníamos los avances de la actualidad, y dudo que encontremos una cura pronto.

—El progreso siempre llega tarde.

—¿Cinema Paradiso? Así que cine italiano.

—Mikasa me ha aficionado a las películas de Tornatore.

—Tengo entendido que anoche estuviste con ella.

—Sí. —Eren se sintió enrojecer ante la sonrisilla de su padre.

—¿Lo pasasteis bien?

—Muy bien —respondió Eren—. Con ella todo está bien. Nada de dramas absurdos entre nosotros.

—Es como tu madre, entonces. Cuando la conocí, ignoró toda la complejidad de mi vida. La sencillez es lo mejor. No hagas caso a los que dicen que el amor es difícil. El amor verdadero es sencillo, por eso hasta el más necio está capacitado.

—Nunca te había escuchado decir algo así.

—Bueno, hijo —Grisha Jaeger volvió la vista al libro y añadió de buen humor—: Todos tenemos algún secreto.

. . .

En su armario predominaban los tonos oscuros; no solo por su admiración hacia lo gótico, sino también por su férrea creencia de que el negro se puede combinar con todo. Sin embargo, para esa noche se decantó por el vestido cruzado rojo que había adquirido por insistencia de Annie en las últimas rebajas. Se ceñía bien a su cintura y caía hasta la mitad de sus muslos. Pensó en Coco Chanel, en aquello de que la simplicidad es la clave de la elegancia, y tuvo que darle la razón.

Según Historia, que había creado un grupo para informar, la fiesta empezaba a las nueve. Reiner se encargaba de la bebida. Por lo que a ellos respectaba, el verano se acercaba a su final y ameritaba una fiesta. Por supuesto, ni el matrimonio Reiss ni el resto de sus hijos estaban presentes. A Mikasa le resultaba extraño. Su agudo olfato le decía que aquello tenía un trasfondo mucho más profundo. Historia nunca invitaba a casa más de seis o siete personas, su círculo más íntimo; lo sabía porque Instagram es un constante bombardeo de fragmentos de vidas ajenas, usualmente los retales menos dignos. Esta vez, sin embargo, el número de invitados rondaba los setenta y parecían dispuesto a beberse el Pacífico. En cuanto a ella, estaría alerta.

Sobre las ocho y media, Eren ya la esperaba en la puerta. Mikasa le dio un abrazo, deslizando las manos por la camisa azul medianoche, y él dejó un largo beso sobre sus labios. No se soltaron durante unos instantes, recordando quizá la intimidad tan nueva para ellos. El muchacho sonrió y le ofreció su brazo.

—Vamos, no podemos llegar tarde. Somos el alma de la fiesta.

—Bert lo será cuando lo convenzan para que defienda su récord bebiendo chupitos.

—¿Crees que debería presentarme como aspirante?

—De acuerdo —asintió Mikasa—, pero dicen que los comas etílicos no son agradables. Yo practicaré la abstención, como Hitler.

—Es una comparativa arriesgada. —Eren rio—. Ahora que lo dices, Churchill empinaba el codo demasiado. Quién lo diría…

—El pasado es una cosa curiosa.

Adoraba la pasión con la que Eren hablaba de aquello que le gustaba. La historia, por supuesto, era una de esas cosas. Pasaban las horas hablando, y el trayecto hacia la casa de los Reiss transcurrió de igual manera. Reiner les abrió la puerta; sin mediar palabra, les puso una copa en la mano a cada uno y los acompañó entre el gentío. La cocina, el salón y los pasillos estaban atestados. Había cola para entrar al baño. Miró a Eren. ¿Dónde demonios estaban Armin, Annie y Jean? No tardaron en descubrirlo. Sentados como indios en el centro del salón, Jean y Bert tragaban cada chupito que les escanciaban. Llevaban el recuento en una pizarra. Annie apareció junto al rubio Arlet, que abogaba por detener a Kirstein. Sin embargo, la Leonhart lo privó: sabía reconocer las señales, decía, y todavía le faltaban algunos tragos para alcanzar cierto límite. Mientras tanto, pan y circo.

—Pensaba que no vendríais. —Reiner zarandeó a Eren y sonrió hacia ella—. Creo que vosotros cuatro sois las únicas parejas de la fiesta. Ya sabéis, todo el mundo rompe antes de ir a la universidad…

—Sí, Reiner, ahórrate el discurso sobre vicio —interrumpió Annie—. Es lamentable.

Jean gruñó, tomó aire y bebió el último chupito. Se rindió y empezó a reírse, felicitando a un sereno Bertolt. Lo ayudaron a levantarse y se acercó a sus amigos.

—Ese tío no es humano —señaló.

—Me toca —decidió Annie.

—¿Estás loca? —Armin no podía creerlo—. La ciencia no está de tu parte en esto. Las mujeres tienen mayor predisposición a la ebriedad. Bert es mucho más grande que tú, resiste muy bien la bebida, y…

—Hay algo por encima de la ciencia. La voluntad.

Reiner le deseó una tranquila resaca y se llevó a Eren y Mikasa hacia el comedor, donde al fin pudieron sentarse.

—Vamos a jugar.

—¿A jugar? —Historia apareció, embutida en un inmaculado vestido blanco bien ceñido, seguida por su inseparable Ymir. Meció una copa de vino—. Tienes dieciocho años, Reiner.

—Siete minutos en el paraíso.

—Puede ser divertido. —Ymir hizo una mueca socarrona—. Si a Reiner le toca con un hombre, tendrá su oportunidad para salir del armario.

—Muy graciosa. Voy a poner vuestros nombres en una aplicación aleatoria.

—Yo no quiero jugar —dijo Eren.

—Es una tontería, Jaeger. —Ymir le restó importancia—. Además, es muy probable que no te toque. ¿Te da miedo besuquearte con otra que no sea Mikasa? Tómalo como una prueba de fidelidad.

—Eso es —animó Reiner—. ¡Vamos! Y los dos afortunados que pasarán siete minutos en el paraíso son —Hizo una pausa—… ¡Eren e Historia! ¡Hay que encerrarlos en la buhardilla!

Eren se levantó, fastidiado, y no se marchó sin darle un beso que hizo silbar a Reiner. Por otro parte, Historia se deshinchó con un suspiro cargado de tedio. Cuando los dos se esfumaron escoltados por Mylius y Nac, Ymir parecía furibunda y se sentó junto a ella. Mikasa percibió algo de preocupación tras su mirada atrevida. Lo que le sucedía, fuera lo que fuere, era algo que la perturbaba y se relacionaba con el hecho de que aquellos dos estuviesen aislados en una habitación.

—¿Qué te pasa? —Mikasa arqueó una ceja.

—Eso debería preguntar yo. ¿No deberías estar celosa? Historia es… Bueno, es Historia. Todos los idiotas de esta fiesta matarían por estar con ella —Soltó un bufido—. Más vale que tu Eren mantengan las manos en los bolsillos…

—Lo hará.

—¿Cómo demonios estás tan segura? Sois tan raros… Joder, ¿no te molesta ni siquiera un poco?

—Confío en Eren. No es un cerdo, Ymir, e Historia no es una chica fácil. Creo que estamos expectantes ante un drama que no existe. Un drama juvenil. Relájate. ¿Quieres que te traiga otra copa?

. . .

—¿Eres virgen?

Eren, apoyado en el alfeizar de la ventana, le dijo que no. Historia suspiró; tumbada en la cama, estiró el brazo y se miró las manos, menudas, pálidas y bien cuidadas. Estaba tan aburrida en su propia fiesta que solo el rapapolvo de sus padres podría entretenerla.

—Bueno, yo tampoco —continuó—, aunque no de la manera que todos creéis. ¿Cuántas veces has oído que Reiner y yo nos acostamos?

—Lo cierto es que no presto mucha atención a los rumores. ¿Te acuestas con Reiner? —Alzó una ceja, incrédulo.

—¡Claro que no! Un hombre y una mujer pueden ser amigos sin beneficios.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

—Cuatro minutos.

—Muy bien, pronto estaremos fuera. Sé que no me soportas, Eren Jaeger. Muchos me consideráis una niña rica y tonta y, ¿sabes qué?, teníais toda la razón.

—Lo que piensen los demás no importa —respondió él—. ¿Vas a vivir la vida para ellos o para ti?

—Para mí, enteramente para mí.

—Entonces no tienes que preocuparte por lo que piense alguien como yo. Después de todo, ¿qué sé yo de ti?

Los minutos reptaron lentos e Historia permaneció en un extraño silencio. Cuando Reiner entró y se cercioró de que nada había pasado, la rubia le quitó la copa, dio un trago y la pidió que la subiese sobre sus hombros, pues tenía algo importante que decir y todos debían saberlo. Armin y Jean aparecieron con una sonriente Annie apoyándose en ellos; Bertolt se había rendido. Se reunieron con Mikasa, todavía en el sofá. Eren se sentó a su lado, pero no tuvo tiempo de hablar. Historia, oprimiendo el cuello de Braun entre sus muslos, llamó la atención de todos.

—¿Creéis que me follo a este? ¡Seguro que sí! Pues dejad que os diga algo: ¡estáis muy equivocados, terriblemente equivocados!

Mikasa le dijo algo al oído:

—He hablado con Ymir…

—¡Soy más lesbiana que Jodie Foster! —gritó la rubia, y luego se echó a reír—. ¡No os lo esperabais! Y eso no es todo… ¡Ymir, ven aquí! ¡Ymir, te quiero! ¡No lo esconderé ni un segunda más! ¡Jódete, papá!

Eren se llevó una mano a la cabeza. ¡Qué agallas tenía esa chica! La risa suave de Mikasa lo contagió. El surrealismo impreso en aquella estampa no dejaba lugar a dudas: había acertado al aceptar la invitación.

. . .

Se marcharon pasadas las doce y Eren la acompañó en el camino a casa. No habían parado de reír en un buen rato, pensando en la peculiar manera de Historia para salir del armario, en el tambaleo de Reiner, en el inmediato aplauso de una borracha Annie, en el rostro desencajado de Jean y en la sorpresa de Armin. Había sido un golpe de efecto.

—Nunca lo habría pensado —dijo Eren—. Todos sabíamos lo de Ymir, pero…

—El mundo nunca deja de sorprenderme.

—Desde luego, desde luego. ¿Qué será lo siguiente, que Reiner y Bert están saliendo? ¿Armin y Annie van a un club BDSM?

—Pues, de hecho…

—¿En serio?

—No, no. Estaba bromeando. Annie me lo habría dicho. Según ella, el sexo debe ser tan simple como la naturaleza.

—Estoy de acuerdo.

Mikasa lo miró de reojo.

—Creo que tenemos un problema. ¿Dónde vamos a hacer el amor de ahora en adelante? Mi tío está en casa y tus padres también. Además, en la capital tampoco estaremos solos. No creo que a tu hermano y a mi compañera de piso les guste que…

—Encontraremos un lugar. Me gustaría tener uno esta noche.

—No lo veo posible.

—Bueno, desde que te he visto con ese vestido rojo, he estado pensando. Si tuviera coche, tal vez, pero no nos merecemos la vulgaridad de un coche. No imaginaba que el decimoctavo verano de mi vida estaría marcado por algo así: ¿dónde vamos a hacer el amor?

—Ya sabes lo que dicen. La guerra hay que hacerla en la cama; el amor, donde te dé la gana.

—Bastante exhibicionista por tu parte. ¿Te excita la idea de que nos descubran?

—No. Si te soy sincera, y sin lamentarlo por los posibles voyeurs, es un momento que solo estoy dispuesta a compartir contigo.

—Es una pena que esta noche no podamos estar solos —El muchacho le cogió las manos; sus ojos verdes, resplandecientes de cariño y deseo, no daban le daban tregua—. Habrá que aprovechar el tiempo.

—Con prudencia. Recuerda cuando Zeke casi nos descubre…

—Mi hermano nunca es oportuno. Te acostumbrarás.

—Tiene el presentimiento de que nos veremos mucho.

—¿Te lo ha dicho?

—Sí.

—Mis condolencias.

—Tu hermano es muy simpático. Un Charlie Hunnam con el encanto de Paul Newman. Sabes que me encanta tu familia.

—Tú también eres parte de ella —dijo Eren—, de mi familia.

Mikasa sonrió, alcanzada por aquella extraordinaria palabra. La familia, para ella, era de corazón, no de sangre, y pocas cosas son más entrañables que eso.

—Vamos —Tironeó de él—, estos tacones me están matando.

—Culpa a los hititas. Fueron los primeros en utilizarlos.

—¿De dónde sacas esos datos? Es fascinante.

—El conocimiento está en todas partes, nunca hay que bajar la guardia. Además, siempre he sentido devoción por la Antigüedad. ¿Sabías que los egipcios se masturbaban a orillas del Nilo en honor al dios Atum?

—¿Tú también quieres probar?

—No es algo que esté en mis planes. El Nilo es increíble, pero un estímulo sexual nulo. Tengo otros gustos.

—Lo sé —Mikasa esgrimió una sonrisilla atrevida—, lo sé.

Nada más llegar, se percató de que las luces estaban encendidas. Su tío salió a recibirlos con un cigarrillo en la boca. Miró al muchacho, vacilante, y entonces Kenny rompió el silencio con un animado saludo, estrechando la mano de Eren.

—Si mi sobrina sale contigo, eres un tipo excelente. El hijo del doctor Jaeger, nada menos.

—Es un placer conocerlo, señor Ackerman.

—Olvida eso de señor Ackerman. Llámame Kenny. Me alegro mucho de conocerte, chico. He oído que eres un apasionado de la historia. ¿Es cierto?

—Sí.

—¡Genial! No me importaría tener una buena conversación sobre guerras. ¿Te gustan las guerras?

—Solo cuando son cosa del pasado.

—Me caes bien. Ven a cenar mañana. ¿Qué te parece, sobrina?

Mikasa asintió.

—Me parece bien. Pediremos comida china o…

—Nada de comida a domicilio. Cocinaré yo.

. . .

JEANBO

En línea.

Eren: Jeaaan, Jeannn.

Jean: Primero que nada, buenos días.

Jean: ¿Qué quieres? Tengo una resaca espantosa :l

Eren: Lo sé, estaba ahí cuando bebías con Bert.

Eren: Y luego dicen que el loco soy yo.

Jean:

Jean: Que te den por el culo y no te guste.

Jean: Mi cabeeeeza.

Eren: Necesito que me hagas un favor.

Jean: Depende.

Eren: Necesito que me prestes tu moto.

Jean: Rotundo NO.

Eren: ¿Por qué?

Jean: No tienes el carné, capullo.

Eren: Mikasa sí. Ella conduciría.

Jean: ?!

Jean: ¿Mikasa tiene el carné de moto? Joder, ¿por qué no quiso salir conmigo? Qué suerte tienes. ¿Qué tramáis?

Eren: Mañana voy a comer con su tío,

Eren: y después queremos ir a la playa. Para eso necesitamos tu moto.

Jean: ¿Y por qué no vais con tus padres?

Eren:

Eren: NO.

Jean: JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.

Jean: Vale, lo entiendo.

Jean: ( ͜͡ʖ͡)

Jean: Acepto.

Eren: ¿Sí?

Jean: Sí, pero agárrate fuerte a Mikasa.

Eren: Eso no es problema.

Jean:

Jean: Cuidado con el sexo en el agua.

Eren: JEAN.

Jean: Hay medusas.

Jean: Y hongos.

Jean: Y la lubricación vaginal disminuye.

Eren: ¿De verdad?

Jean: Sí bro.

Eren: Marinero a tierra, entonces.

Jean: JAJAJAJAJAJAJA.

Jean: Joder, y pensar que hace poco estabas en celibato.

Jean: Estoy muy orgulloso.

Eren: Gracias.

Eren: Buenos días y feliz resaca.

. . .

—Hitler perdió la guerra mucho antes de lo que la gente cree. Si la Kriegsmarine no hubiese participado en la invasión de Noruega, quizá habrían tomado el sur de Inglaterra.

—Alemania había perdido desde el primer momento. Armas letales, sí, y la blitzkrieg acojonaba a Europa, pero los Tiger y buena parte del armamento alemán eran muy caros.

—Exacto. Alemania lo tenía difícil. De hecho, muchos historiadores sospechan que Francia le habría parado los pies a Hitler si hubiese atacado a los alemanes cuando invadían Polonia, aunque nunca lo sabremos.

—Francia debería haber bombardeado las Ardenas.

—Así es —asintió Eren—. Podrían haber puesto trabas a los alemanes, frenarlos en el Mosa o en el Dyle, pero…

—Los franceses no tenían los cojones de Monty ni la astucia de Rommel. Aún así, buen trabajo en Dunquerque.

Mikasa se arrellanó y cruzó los dedos sobre el regazo. Aquellos dos llevaban un buen rato hablando. Habían empezado con la guerra del Peloponeso. Su tío sentía fascinación por los conflictos bélicos —veía Senderos de gloria a menudo— y llevaba veinte años sin hablar con nadie sobre ello. Tras una larga retahíla de generales, fechas, frentes y operaciones, ambos llegaron a la conclusión de que la guerra, fiel a las palabras de Henry Miller, era la destrucción del espíritu humano, pero estudiarla suponía un grato ejercicio. Después se pusieron en lo peor: en una hipotética invasión extraterrestre, ¿cómo plantearían la batalla? Mikasa entreabrió los labios, mirándolos de hito en hito. Se llevaban bien, era innegable. ¡Caray!

—Cuando tenía tu edad jugaba mucho al Stratego —dijo Kenny—. ¿Lo conoces?

—Claro. Antes jugaba con mi hermano, pero he perdido mucha práctica. Solía memorizar la ubicación de todas sus minas…

—He olvidado en qué punto perdí el hilo de esta conversación —afirmó Mikasa—. Creo que después de la vida de MacArthur.

Kenny sonrió e hizo un gesto con la mano.

—Os vais a la playa, ¿no? Venga, marchaos y portaos bien. Tened cuidado en la carretera.

—Un día tenemos que jugar al Stratego —dijo Eren.

—Perderás.

—Prefiero el Monopoly —añadió Mikasa—. Se me da mucho mejor especular que dirigir batallones.

El ronroneo del motor la alegró. Siempre había querido una moto. Había obtenido la licencia poco después de cumplir los dieciocho, a finales de febrero, y desde entonces no había vuelto a sentir el viento en la cara de esa manera, y nunca con Eren a su espalda. Entonces desconocía que muchos años después, siendo ella coordinadora de Médicos Unidos y él doctor en arqueología, harían esa misma ruta como una tradición, durante innumerables tardes de verano, hacia la cala solitaria junto al pueblo.

—Mis padres suelen hacer esto —comentó Eren—. Ahora lo entiendo. Además, con mi hermano y conmigo pululando por la casa…

—Los míos también lo hacían, pero yo venía con ellos. Alquilábamos una barca, incluso.

—Nunca he montado en barca.

—Es una sensación curiosa, especialmente cuando te mareas y echas el desayuno por la borda.

—Nada de barca, entonces. —El muchacho se quitó la camiseta—. ¡Y cuando llegue el día del último viaje y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar! —La cogió de la mano—. ¡Vamos!

Mikasa se dejó arrastrar. Sus cuerpos rompieron contra las olas como balas de juventud y avanzaron hasta que el agua les cubrió los hombros. Acunó la cara de Eren, le apartó el pelo húmedo y lo besó. Él se capuzó y ella miró hacia abajo, sorprendida. Entonces notó unos dedos clavándose en sus nalgas y una boca besando su vientre.

. . .

—Un poco más lento.

—¿Así?

—Demasiado lento. Un poco más rápido.

—¿Ahora?

—Más o menos.

—Si tan mal lo hago —Eren se derrumbó sobre la cama, sonriendo con picardía, las manos sobre el regazo, paciente—, entonces ponte encima y haz lo que quieras.

El olor a sal se colaba por la ventana del hotel. Mikasa observó el mar y luego lo miró a él.

—Hay que hacerlo como las olas cuando rompen en la orilla.

El muchacho inclinó la cintura y se mordió los labios, atrapado en el ciclo hipnótico del sexo. Mikasa se dejaba caer y permanecía unos segundos así, disfrutando de la extensión del miembro en su interior. En esos momentos, Eren se quedaba sin aliento, y eso le gustaba. Follarlo así no tenía precio; jugar con él, con su gozo, le provocaba una sensación inentendible. Él le apretó los muslos.

—Te voy a follar muy duro —le dijo—, muy duro, fuerte y profundo.

Al caer sobre él, se encontró en una encerrona. Eren le mordisqueó la boca y le impidió erguirse, las manos bien plantadas en su espalda, pellizcándola y sobándola. La hizo rodar hasta quedar sobre ella. Sus manos la tocaban por todas partes. Mikasa jadeó y abrió las piernas, invitándolo, pero él se retiró hacia atrás, con los ojos puestos en su intimidad y la necesidad que rezumaba. Se amoldó a su cuerpo. Ella gimió.

—Eren, Eren…

De cintura para abajo, era tal y como había prometido; de cintura para arriba, era todo dulzura y reverencia, y sus dedos le acariciaban la cara con la suavidad de un pincel. Se deshacía entre sus manos, estaba a merced de sus besos, de su piel. Era su arena para hacer castillos.

. . .

TIEMPO DESPUÉS, TODAVÍA EN EL EÓN FANEROZOICO…

—Grisha, ¿me estás escuchando?

—Sí, querida. —El doctor asintió con lentitud, con su ya trabajada serenidad—. Mi diagnóstico, ya muy repetitivo, es que hemos formado una familia excelente y este día lo vuelve a confirmar. Ahora, por favor, siéntate.

—Nuestro Eren se ha hecho tan mayor. Veintisiete años… No puedo creer que tenga veintisiete años. Todavía recuerdo cuando la matrona me lo enseñó, cuando lo abracé por primera vez. Pensé que no crecería nunca.

—Eres una nostálgica, Carla. Míranos a nosotros. Yo pensaba que me congelaría en los treinta, en los treinta y cinco, en los cuarenta. El tiempo no perdona.

—Ya lo sé. Y Zeke, Dios mío. Llevaba desde los diecinueve sin afeitarse. Las navidades pasadas no lo reconocí. Cuanto más viejo se hace, más se parece a ti. La genética tampoco perdona, ¿verdad?

—No, por suerte o por desgracia.

Carla se sentó junto a su marido, apretó su brazo y pegó la cabeza a su hombro. Grisha se quitó las gafas y sonrió.

—Creo que me jubilaré el año que viene —dijo—. ¿Qué haremos con tanto tiempo? He trabajado toda la vida…

—Nunca es tarde para una segunda juventud, querido, o para tener nietos.

—Zeke no quiere tener hijos y Eren está muy ocupado.

—Los doctores Jaeger sacáis tiempo para la familia sea como sea. Además, ya ha acabado con sus asuntos en Italia. Mi instinto de madre sabe muchas cosas, Grisha. Eren siempre ha querido tener una hija.

—Qué recuerdos.

—¿Recuerdos?

—He pensado en las noches en las que llegaba a casa corriendo para ver a nuestros hijos antes de que se durmieran.

—Parece que no soy la única nostálgica. Ay, Grisha. ¿Cuándo nos hemos hecho tan mayores?

. . .

CÁSATE CON UN ARQUEÓLOGO. CUANTO MÁS VIEJA TE HAGAS, MÁS ENCANTADORA TE ENCONTRARÁ.

AGATHA CHRISTIE.

. . .

Por mucho que Onyankopon insistiera, por mucha autoridad médica que asegurase tener —y tenía, en efecto—, no guardaría reposo ni un minuto más. Caminó con languidez hacia la cocina, se echó agua en la cara y se sentó en la silla, con un puño en la boca y la tos lacerándole la garganta.

—Dios, creo que deberíamos empezar a buscar una vacuna contra la testarudez para personas como tú. —Onyankopon encendió su último cigarrillo—. Necesito un martini. Solo un martini podría salvarme.

—El martini sabe a mierda —afirmó, todavía con la boca cubierta y la mirada perdida—. A mierda con olivas.

—¡Caray! Tienes un gusto horroroso. Pronto serás abstemia.

Cuando la tos le dio tregua, Mikasa se tocó la cabeza, el pelo negro atado en una triste coleta, y se dijo que antes había estado peor, infinitamente peor, y que esa temible tirana, en palabras de Camus, era a fin de cuentas una factura con la que ya contaba desde la primera misión con MU.

—Solo te pido —empezó Onyankopon— que descanses. No es mucho, ¿verdad?

—Estoy mucho mejor. Si sigo un solo día más en la cama, me tiraré por la ventana.

—Mikasa, no estoy bromeando. Esta mierda mata a muchas personas. No te hablo como un amigote preocupado, sino como un profesional de la salud comprometido con la causa. Estás mejor que hace unos días, sí, pero no estás bien y no lo estarás si continúas actuando así. No me gustaría llamar a tu familia para comunicar que la has diñado. Peor aún: no me gustaría nada llamar a los jefazos para decir que la coordinadora Ackerman pasa a coordinar asuntos de ultratumba. Ahórrame problemas, por favor.

—De acuerdo, de acuerdo. Solo necesitaba andar un poco. No estoy acostumbrada a descansar. No he descansado desde… Bueno, nunca lo he hecho.

—Deberías acostumbrarte. Al final del día, es lo único que nos queda. Mi madre siempre lo decía.

—¿Tu madre era camerunesa?

—Casi. Nigeriana, en realidad. Se fue a Estados Unidos con diez años. Cuando supo que vendría al Congo, intentó retenerme en casa. Yo le dije: «Mamá, voy a salvar vidas en la vieja madre África. ¿No deberías estar orgullosa?». Y entonces respondió: «Nadie puede salvar África».

—Motivo suficiente para intentarlo.

—Debes hacer las cosas que creas que no puedes hacer, o eso decía Eleanor Roosevelt. Ya sentaré la cabeza cuando llegue a los cuarenta. ¿Y tú?

—Yo me conformo con estar viva mañana.

—Ah, vamos, el mañana está a la vuelta de la esquina. Debes tener un plan. Matadi es una ciudad preciosa, pero no vas a estar aquí toda la vida. O sí… ¿No echas de menos a tu marido?

—No estamos casados. —Mikasa echó el cuello hacia atrás y se tocó el puente de la nariz—. Estamos muy ocupados, lo hemos estado desde que salimos de la universidad. Cumplió veintisiete años hace un mes. Está a punto de terminar el doctorado. Él en Italia y yo aquí. ¿Lo ves? Es complicado.

—¿Lo sabe?

—¿El qué?

—No seas tonta.

—No, Onyankopon. No lo sabe. Si lo supiera, ya estaría aquí. No quiero preocupar a nadie. Se preocupa muy fácilmente.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

—En Navidad.

—Te admiro. Creo que no podría aguantar toda esta mierda, toda la distancia. Joder, deberías volver a casa. Y no, no me digas: «Si sobrevivo…». Vas a sobrevivir, te lo aseguro. Da prioridad a tu vida personal. No consiste en sacrificarse a uno mismo por el mundo, ¿de acuerdo? Tienes un corazón de oro, Mikasa Ackerman, pero eres una puta cabezota, eres peor que un grano en el culo. Métete en la cama ahora mismo.

. . .

La tesis doctoral sobre Mesalina, según Theo Magath, su director y amigo, era un entrañable y esmerado documento sobre una de las personalidades más controvertidas de Roma, la penúltima esposa de Claudio, «cuyas conjuras fueron ensombrecidas por su insaciable lascivia». Tras una larga estadía en Italia, regresó a Mitras para convertirse en doctor. Y lo hizo. Después de tantos meses, de horas y horas de lecturas, investigaciones y viajes, se encontró en su apartamento, tomando una copita y con los pies en alto. Había olvidado lo que era el descanso, el verdadero descanso, cuando nada es prioridad salvo uno mismo.

Toda esa calma lo superó, de alguna manera. Miró hacia la habitación; arrastró los ojos por el pasillo y los posó sobre la puerta. Más allá de ella, dibujó la forma de la cama, la cama tan vacía, ya casi una extraña.

Zeke salió del baño y retomó su bote de cerveza. No había abandonado las camisas hawaianas y los rizos de oro aún se le agolpaban en la frente.

—Esta casa necesita a tu señora. No, mejor dicho: tu señora y tú necesitáis una nueva casa. Esta es pequeña y se cae a pedazos.

—Acabábamos de salir de la universidad. No aspirábamos a nada mejor.

—Las cosas han cambiado, mi pequeño y doctorado hermano. —Zeke le tocó el hombro—. Ahora que ya has terminado todo ese asunto sobre, ¿cómo era? ¿Mesalina? Bien, pues con eso ya resuelto, piensa en el futuro más próximo. Llevo un par de años esperando a que os caséis. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos, diez años?

—Nueve.

—¡Nueve!

—¿Por qué pones esa cara?

—¿Cómo podéis llevar tantos años juntos? Joder, eras un niñato de dieciocho cuando empezaste a salir con ella.

—Sí, ha pasado una eternidad.

—Te seré sincero: no sabía situar el Congo en el mapa hasta que Mikasa me contó que trabajaría allí. No es precisamente el Paraíso. A veces pienso en ello y digo: «Mierda, mi cuñada está en el tercer mundo».

—Lo sé. Pienso en ello todo el tiempo, pero es su trabajo, la hace feliz. Si ella es feliz, yo soy feliz, aunque no la vea tanto como me gustaría. Al final, siempre nos encontramos.

—Sí, sí, eso está muy bien, pero ¿no queréis echar el ancla? Ahora estás en Mitras, hermano. Llegarás a casa todos los días y no habrá nadie. Yo, tal vez. Quién sabe, pero no habrá rastro de Mikasa y no podrás soportarlo. Antes tenías una ocupación, algo que te requería concentrado, y así lo sobrellevabas mejor.

—Estaremos bien.

—Siempre dices eso, hermano.

—¿Alguna vez me he equivocado?

—No —concedió Zeke—, pero hay una primera vez para todo.

. . .

—La última vez que fumé fue hace unos… —Mikasa lo meditó— ¿Ocho años? Siento especial aprecio por mi salud.

Onyankopon se encogió de hombros.

—La malaria no.

—Si alguna vez tienes una consulta, controla ese humor negro. Me recuerdas a mi cuñado.

—Soy como un cuñado para ti, Mikasa. Tu cuñado negro. Respecto al humor, ¿qué otra cosa nos queda? Hoy he visto cosas que a nadie le gusta ver. En general, la actividad médica es algo desagradable.

—Eres médico.

—Sí, ¿y qué? Me gustan los resultados, me gusta salvar vidas, pero rajar a alguien para operarlo no es cosa fácil.

—Deberías dedicarte a la homeopatía.

—Eso ha sido un golpe bajo. Buena señal. Entre «atropellada por un camión» y «recién salida de un entierro», ¿cómo te sientes?

—No sé cuál es el término medio.

—Es la respuesta que esperaba. Tienes buena cara. ¿Sabes qué diría mi madre?

—Ilumíname con la sabiduría nigeriana.

—Diría que es la mejoría de la muerte.

—Onyankopon.

—¿Qué?

—Si murieras en este instante, ¿en qué pensarías?

—Es una buena pregunta. Demasiado profunda, debo decir. En mi barrio, en la familia. No lo sé. Parece que en eso consiste la vida, en buscar algo que endulce la muerte. Somos seres para la muerte, Mikasa, y no lo digo yo, lo dice Heidegger. Puede que cuando llegue mi hora, esté sentando en el retrete, pensando en el estreñimiento o en comprar papel higiénico. Sea como sea, llegará.

—He estado pensando —dijo Mikasa— y creo que tienes razón. Heidegger tiene razón.

—¿Eso es todo?

—He intentado buscar el justo medio entre mi trabajo y mi familia. Estoy muy lejos, demasiado lejos. Echo de menos a Eren y, sin embargo, adoro mi trabajo, amo lo que hacemos aquí. Si la muerte llama a la puerta, me encontrará en mitad de esa vorágine. Esa no es una buena manera de vivir.

—Ah, estás bien jodida.

—Eres un optimista, ¿lo sabías?

—Soy médico, tengo que serlo. Si quieres saber mi opinión… Bueno, no puedo ponerme en tu situación, pero puedo decirte algo. Imagina una balanza. Al final del día, ¿qué pesa más? Es lo que yo siempre hago, especialmente cuando estoy a dieta. Triunfar entre las mujeres o un Big Mac… Siempre es difícil porque adoro las dos cosas. O encuentro el equilibrio o me echo a llorar. Y no, no acabo de describirte mi vida en Estados Unidos, ¿de acuerdo?

—Creo que eres el tipo más práctico y sincero que he conocido. Gracias, Onyankopon. Debería llamar a Eren.

—Sí, llámalo, dile que estás en buenas manos y que, como recompensa por mis esfuerzos, acepto una charla con su padre. Leí sus estudios en la carrera, no me importaría tener un autógrafo.

—Eso puedo conseguirlo. Y, Onyankopon…

—¿Sí?

—En mi balanza siempre hay algo que pesa más.

—Lo sé. Llama ya a Eren. No lo conozco, pero sé que está desesperado.

. . .

Cuando abrió los ojos, el olor a quemado era tan fuerte que barrió todo rastro de somnolencia. Saltó del sofá hacia la cocina y encontró los espaguetis hechos carbón. Tenía tanto sueño atrasado que una simple cabezadita se había alargado demasiado, casi hasta un punto sin retorno, hasta incendiar la casa.

Muy bien, pensó, me haré un sándwich, un sándwich relleno de pragmatismo y simpleza. Sabía cocinar —Mikasa se armó de paciencia para enseñarlo—, pero prefería evitar los fogones.

Sonó el móvil y contestó inmediatamente.

—Eren.

—Mikasa —Se apoyó en la encimera—, he pasado mucho tiempo en Italia y todavía no soy capaz de hacer unos espaguetis en condiciones.

—Lo solucionarás, siempre lo haces. ¿Qué estás haciendo, además de estropear las ollas?

—Asuntos de la universidad y demás. Esta mañana he hablado con el editor sobre la publicación de mi tesis. Un muermo, francamente. Te echo de menos…

—Y eso es algo que solucionaré enseguida. Eren, Eren… Sabes que te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

—Creo que ni siquiera Descartes habría dudado de ello.

—He estado enferma.

—¿Qué? ¿Qué te ha pasado?

—No te preocupes, estoy mucho mejor. Estoy en buenas manos. Afortunadamente, como diría tu padre, el progreso médico es tan necesario como el agua para el sediento, y la malaria no es inmune a él.

—¿Malaria? Pero, pero, pero… ¿Por qué no me lo has contado antes? Te noto la voz cansada. ¿Estás bien? Ya no tengo apetito.

—Estoy bien, te lo prometo. No quería que te preocupases. Un médico, Onyankopon, está cuidando de mí. Ahora mismo está jugando al solitario en la cocina… Te manda saludos.

Eren escuchó una divertida voz en la lejanía. El tal Onyankopon dijo algo sobre la pésima paciente que era Mikasa. Lo sabía muy bien, sabía que no podía guardar cama sin protestar. En definitiva, se negaba a aceptar que era de carne y hueso, que la barrera de la extenuación también existía para ella.

—Cuídate, ¿de acuerdo? Cuídate mucho. Te quiero, te quiero, te quiero. No sabes cuántas ganas tengo de verte. No te haces idea de cuánto.

—Te quiero, Eren. No entiendo a esas parejas que se desenamoran en la distancia… Yo te quiero cada día más, más y mejor.

—Ya somos dos. ¿Cuándo volveremos a vernos, Mikasa?

—Pronto, te lo prometo.

—Por favor.

—Créelo.

—Solo quiero abrazarte. Ve donde quieras, no te detengas, pero llévame contigo, llévame en tu maleta. Iré de polizón. No me importa. El Congo, Siria… No me importa. También allí se necesitan historiadores, ¿verdad? Yo te necesito a ti.

—Ay, Eren, llevamos tanto tiempo juntos… y me parece tan poco. No hay nadie como tú, nadie. Te quiero, te quiero. Tengo que colgar. No quemes la casa en mi ausencia. Nos vemos. Pronto, muy pronto. Tengo que colgar.

—Te quiero.

—Te quiero.

. . .

De nuevo, silencio. Un dolor agudo, uno de la peor naturaleza. Después, algo que se vaciaba, un globo desinflándose. Qué gran ausencia la de ella, la que solo necesitaba una palabra para arreglarlo todo, la que daba sentido a aquellas paredes. Qué fría era la vida sin Mikasa, qué absurdos eran los éxitos. Qué grande era la cama, qué larga era la noche, más que la misma espera.

Zeke pasó a recogerlo, metieron un par de maletas al coche y partieron hacia Shigansina. Su madre lo recibió con los brazos abiertos; su padre, más comedido, pero quizá con más orgullo, con más palabras calladas. Los había echado en falta. Italia le había revelado algo que ya sospechaba: no podía vivir lejos de lo que amaba, de lo que conocía.

Así se lo dijo a Armin, con el que se reunió esa misma noche ante un tablero de Risk. Su buen amigo asentía.

—Estás a punto de perder Brasil… Como iba diciendo, creo que no tenéis ninguna conversación pendiente. Mikasa y tú ya os lo habéis dicho todo, os lo dijisteis hace mucho tiempo.

—Una de las cosas que más disfruto en el mundo es hablar con ella. Desde el mismo momento en que nos conocimos, cuando nos conocimos de verdad, supe que sucedería. Hay algo que no le dije: no le pedí que se casara conmigo. ¿Por qué no lo hice?

—Eras demasiado joven. ¡Ajá, has caído, general Jaeger! ¿Últimas palabras?

—Tú también eras demasiado joven.

Armin se casó con Annie poco después de terminar la carrera. Eren recordaba la mañana de aquel día; estaba desayunando con su amigo cuando este, de súbito, sacó un modesto anillo de plata —la rubia Leonhart adoraba la sencillez y la austeridad— y le dijo: «¿Aceptará?». Habían pasado más de cuatro años desde la boda. Se habían instalado en Shigansina, donde su amigo había abierto un estudio. Por parte de Annie, y en palabras de la misma, se dedicaba a «escuchar los problemas de la gente y cobrar por ellos», es decir, era psicóloga.

—Los dos éramos demasiado jóvenes, pero yo me arriesgué y, ¿sabes qué?, aposté al caballo ganador. —Dio un golpecito en la alianza de matrimonio—. Tengo una vida maravillosa, Eren. Voy de casa al estudio y del estudio a casa. No quiero estar en ningún otro sitio, con ninguna otra persona, y no creo que quiera estarlo. Todavía soy joven y no imagino otra juventud, no imagino un telediario sin Annie protestando por la política o un fin de semana sin nuestras excursiones a la montaña. Sé qué fuerza me guio la primera vez que hablé con ella; es la misma que me guía ahora. No solo estoy enamorado de ella, sino también de lo que tenemos aquí, de lo que somos entre los dos. Eso es más que suficiente.

—Y no es tanto pedir.

—No, ¿verdad?

—Claro que no.

—Somos unos tipos simples, viejo amigo. —Armin suspiró—. ¿Sabes qué? Mañana, cuando salga del trabajo, vamos a jugar al futbolín con Jean, como en los viejos tiempos. ¿Te quedas a cenar?

—No, mi madre hará hamburguesas y ya sabes que no puedo negarme. Me voy, comandante Arlet. Esta partida no será la última. Saluda a Annie de mi parte.

—Lo haré. Y no te preocupes demasiado.

Bueno, pensó, es un poco tarde para eso. Armin hablaba con la facilidad del que tiene la felicidad al alcance de su mano. En cambio, Eren se sentía como Ariadna en Naxos… ¡Decidido! Le pediría a Mikasa que se casase con él e irían de luna de miel a Naxos. Sí, tal vez solo los genios pueden ser buenos maridos, como diría Balzac, pero estaba dispuesto a intentarlo. Creyó que se trataba de un idilio de verano cuando ella le dio el primer beso; luego supo que estaba equivocado, y nunca un error lo había alegrado tanto. Era el amor de su vida, indudablemente; el amor de cada uno de sus instantes. Había conocido a muchas mujeres aquí y allá, en la facultad y en Italia, y algunas habían visto en él un hombre atractivo, algo más que un amigo. Eren podía apreciar la belleza, sí, no era inmune, pero se lo había dicho a Zeke en varias ocasiones: «Ninguna de ellas es Mikasa». Su hermano elogiaba su fidelidad. Era un cura y se arrodillaba para rezar a la Madre Tierra de cabellos negros. No conocía tentación alguna. Solo necesitaba una mujer, la mujer, una entre millones.

Hablaría con Kenny. Cuanto más avanzaba su ceguera, con más claridad veía las cosas. Se presentó en su casa a la mañana siguiente. Petra lo recibió.

—Está en el salón; se acaba de despertar —dijo—. ¿Te preparo un café?

—Por favor. ¿Te ha dado muchos quebraderos de cabeza?

Petra sonrió y negó con la cabeza. Era una mujer menuda, de cabellos cobrizos. Mikasa había estudiado una larga lista de cuidadoras antes de dar con ella, pese a las protestas de un Kenny que, en sus propias palabras, «estaba perfectamente bien, y mucho mejor si no tenía que ver las gilipolleces de las noticias».

Vio a Kenny con el bastón al hombro y un puro entre los labios. Las canas le salpicaban el cabello.

—Alto ahí —dijo el Ackerman—. Petra te ha dejado entrar con mucha facilidad. Pasos rápidos, como si tuvieras prisa por verme. Mm, no llevas perfume ni mierdas. ¡Eren! ¿Qué tal estás? ¿Cuándo fue la última vez que te vi?

—¿Es un chiste o principio de Alzheimer?

—Así me gusta. Siéntate.

—¿Qué tal estás?

—Vivo, por el momento, pero esa muchacha, Petra, va a matarme. Actúa como mi madre, en gloria esté, y de poco sirve recordarle que podría ser su padre. Cree que no puedo bajar las escaleras solo. ¡Qué cojones! Conozco esta casa a la perfección, ya caminaba por aquí cuando ella llevaba pañales. Sé dónde tengo que poner el pie y también sé dónde tengo el culo: no necesito que nadie me lo limpie. Eso lo ha entendido, al menos.

Eren no contuvo la risa.

—Quiero preguntarte una cosa.

—Adelante.

—¿Me concedes la mano de tu sobrina?

—¿La mano de esa delgaducha y quejica sobrina mía? Así que vais a casaros…

—Bueno, yo quiero casarme. Todavía no se lo he preguntado.

—¿Vais a tener hijos?

—Pues…

—¿Queréis formar una familia?

—Somos una familia.

—Leonard Jaeger. No está mal.

—¿Qué? ¿Un niño?

—Intuición.

—Leonard Jaeger —repitió, y el pájaro de la emoción aleteó en su interior.

. . .

—El 10 en el fútbol ha desaparecido. Riquelme, Bergkamp y demás ya no tendrían cabida en un equipo actual. Todo ha cambiado.

—¿Y qué me dices de Özil?

—Apenas jugaba en sus últimos días con el Arsenal —remachó Eren—. Los 10 deben adaptarse. Kevin de Bruyne, por ejemplo, podía jugar como interior perfectamente.

—Bueno, ¿sabes qué? Se lo merecen. Siempre se han llevado toda la gloria. —Jean apuró la cerveza que le quedaba—. El único año que jugué en el instituto fui lateral derecho. ¡Joder! Si subía demasiado, me recordaban que tenía que bajar a defender; si no subía, el extremo venía a chillarme para que lo doblara. ¿Y quién le recordaba al mediapunta que echara una manita en defensa, que bajara al barro…? Nadie. Salud.

—Salud.

—Nunca entenderé nada de lo que decís sobre fútbol —dijo Armin—, pero os puedo hablar de Archibald Leitch.

—¿Quién? —Jean alzó una ceja.

—Archibald Leitch, el arquitecto que construyó White Hart Lane, Highbury, Anfield… El hombre sobre el que habríais realizado vuestra tesis si fuerais arquitectos.

—Ah, Anfield —rememoró Jean—. ¿Cuándo vamos a ir a Liverpool a tomar unas pintas? Lo pasé tan bien en mi Erasmus…

—Pensaba que lo pasaste mejor en Florencia —comentó Eren.

—Es diferente. A Inglaterra fui por la cerveza; a Italia, por el arte. Uno es para el cuerpo y el otro para el alma. No podría elegir, Jaeger.

—¿Qué me dices de ver arte mientras bebes cerveza?

—Esa es la medicina de todas mis noches. Así corrijo los exámenes.

Armin resopló de risa.

—¿No es curioso? Smith creía que eras un delincuente… y ahora eres profesor en el instituto.

—Salud por ello —Jean alzó su cerveza— y por el cejón. Por mi trabajo, por los alumnos. Por vosotros, camaradas.

—Ya estás borracho —apuntó Eren.

—¿Borracho? Feliz, amigo mío, no como tú. Estás muy callado. Callado como una puta. Armin me lo ha contado todo y, ¿sabes qué?, eres tú el que necesita dos copas demás. Y posiblemente también un corte de pelo. Si yo fuera Mikasa y te viese con esa melena, joder, te pondría las maletas en la calle. ¿Y ese bigotillo, esa barba…? A mí me queda bien, pero tú pareces una versión setentera de tu padre.

—Estás borracho —asintió Armin.

—Alegra esa cara —continuó Jean—. Vámonos de aquí.

—Yo conduzco —decidió Armin.

—¿Qué? ¿Adónde demonios queréis ir? —Eren los miró de hito en hito.

—A tomar unas copas a un pub nuevo.

Suspirando, Eren los siguió hasta el coche y se hundió en el asiento del copiloto, la cabeza apoyada contra el cristal. Armin soltó una risita mientras se acomodaba el espejo retrovisor. Jean hablaba de lo mucho que le apetecía un Sex on the beach. La noche es joven, decía, y una nota de risa bailaba en su voz. Eren cerró los ojos, bostezó y encendió la radio. Maria retumbaba en los altavoces. «Te hace querer morir». Tenía sueño. No tardaría demasiado en irse a casa, darse una ducha y acostarse. Tantos años madrugando habían adelantado su somnolencia; se sentía tan cansado a partir de las ocho de la tarde que no era capaz de leer libro alguno o de ver una película. Dormía sin interrupción; ni siquiera otro meteorito en el Golfo lo despertaría. Mikasa lo había dado por cataléptico en más de una ocasión. Ella era como los búhos. Fiel al espíritu de aquellos cromañones que alargaron el día con el fuego, encendía su lamparita y abría un libro. Por mucho que Eren le recomendase ocho horas mínimas de sueño, a ella le bastaban cuatro. Habían sido muchas las noches adormeciéndose mientras Mikasa pasaba una página tras otra y le dejaba caer alguna caricia —entonces cerraba los ojos y no había vuelta atrás—, muchas y anheladas.

La noche desembocó en llanto y melancolía, cosa que Armin intentó contrarrestar con una nota de ánimo, pero fue inútil.

—Me siento tan solo —suspiró Jean—. Creo que… Bueno, no lo sé… Estoy borracho. Eren, ¿te parezco guapo?

—Guapo, interesante, atractivo… Si fuera gay —Alzó su cubata—, estaría detrás de tus huesos, amigo, detrás de tus huesos. ¿Qué te pasa, Jeanbo? Tienes mala cara. ¿Necesitas un abrazo…?

—No. Bueno, sí. No lo sé. Soy un tío de puta madre, joder, pero estoy tan solo… ¿Por qué ninguna me ha querido, Eren?

—No lo sé, Jeanbo. Eres demasiado para ellas, hermano.

—Llevo cinco meses sin tener sexo, ¿sabes? Nunca he estado tanto tiempo así. Me siento virgen otra vez… Oh, joder. Qué joven era, qué fuerza tenía. Me he cansado de follar, chicos. Estoy tan cansado… Ya no siento nada cuando… cuando…

—Tranquilo —Eren le apretó el hombro y lo miró con afecto, unas pequeñísimas lágrimas formándose en sus ojos—. No pasa nada. Estarás bien. Solo tienes que esperar…

—¿Esperar? Eren, tengo veintisiete años. ¿Qué se supone que estoy esperando? Y más importante aún: ¿durante cuánto tiempo más…?

—No lo sé, JK. Simplemente, espera.

—Lo haré. Esperaré mientras me tomo una copa, y cuando termine estaré bien. Estoy bien. Eres el mejor, Eren. El tipo más sexy, inteligente y valeroso. Y con buen culo.

—Chicos —Armin los observó con cautela—, ¿estáis bien?

—¿Mi culo? ¿Has visto tu culo, Jeanbo? Habría que hacerle un altar, un trono solo para él —respondió Eren—. El mejor culo que he visto en mucho tiempo. Te quiero, hermano.

—Dame un abrazo, hijo de puta escurridizo. Te he echado de menos. ¿Me estás tocando el culo…?

—Tú a mí también.

—Chicos —dijo Armin—, os llevo a casa. Annie me está esperando.

—¿Annie? ¿Qué te parece esto, Eren? El señorito tiene una mujer esperándolo… ¿Qué tenemos nosotros?

—Solo nuestros culos.

—Exacto. Mira, cuando Mikasa vuelva, procura que disfrute de ese culo tuyo, tanto que no tenga ganas de volver al Congo.

—Yo… no puedo vivir sin ella.

—Déjalo salir, hermano. Y recuerda que ninguna noche, por muy oscura que fuera, sobrevivió al día.

—Chicos.

—Solo quiero que lleguemos a casa después de trabajo, preparar la cena mientras nos contamos cosas e irme a la cama con ella. —Eren resopló—. No me encuentro bien. Este licor me hiere salvaje. ¿Por qué dejáis que beba?

Armin los arrastró hasta el coche y los metió atrás. Mientras Jean roncaba sobre su regazo, Eren miraba por la ventanilla, hipnotizado por las luces de la ciudad que pasaban como obuses. Cuando despertó, estaba en su cama y le dolía la cabeza. Zeke abrió la puerta con una taza de café y un comentario acerca de su estado en la punta de la lengua. Solo había tomado dos copas; el alcohol le subía con demasiada facilidad. Su hermano le recomendó practicar la ebriedad más a menudo.

—Es solo un dolorcillo —aseguró Eren—. Toda la culpa es de Jean… Ese caracaballo. Mierda, creo que le toqué el culo.

—Buen culo —asintió Zeke—. Poco apreciado por tu parte, somnoliento y resacoso hermano. Tus amigos son los mejores. Créeme, lo necesitabas. No pensarás morir con el hígado intacto, ¿verdad? No es entretenido para los forenses.

—Sí, lo que tú digas. Necesito estirar las piernas. ¿Jugamos al béisbol?

—Tengo que ir a un sitio. —El rubio sacudió las llaves del coche y se puso las gafas de sol—. Volveré al mediodía. Es muy importante.

—¿Quién es esta vez? ¿Otra de tus… novias?

—¿Novias? Voy a reunirme con la Virgen María. Es sagrada para mí, hermano. Sagrada.

—No voy a preguntar.

—Mejor que no lo hagas.

—¿Vas a pasar tu último día de asueto con una mujer en vez de con tu hermano?

—Pensaba que no ibas a preguntar. Tómate el café, anda, y baja cuanto antes al salón. Mamá cree que tienes dieciséis años y que todavía tiene potestad para reprocharte una borrachera.

Eren asintió. Nada más asomar la cabeza por la puerta del salón, encontró a sus padres sobre esterillas de yoga, en lo que parecía ser una profunda meditación. Los inicios de la vejez, pensó. Además, Grisha se había atado el pelo en una coletita. Mientras los cuencos tibetanos retumbaban, se acercó de puntillas a ellos para saludarlos. Su madre abrió los ojos y frunció el ceño.

—¡Hueles a alcohol! Sabe Dios que ningún hombre de esta casa puede oler así. ¡Eren!

—Querida —murmuró Grisha—, mis chakras estaban alineados antes de tus gritos.

—Solo dos copas. Lo prometo.

—Y un cuerno —contestó su madre.

—Eso lo ha heredado de mí, Carla. La bebida no se nos da bien.

—Me da igual. Un hijo mío no puede apestar a borracho. Ve a ducharte ahora mismo. Cariño, déjale una de tus camisas. El muy desarrapado solo ha traído camisetas y vaqueros; todos en la lavadora.

—No estaban sucios…

—Voy, querida. Oh, hijo, y aféitate. Me recuerdas a mí durante mis primeros años de carrera.

Podría decirse que lo llevaron a rastras hasta el baño. Por mucho que le gustase la barba, accedió a quitársela. Estuvo un buen rato bajo el chorro de agua caliente. Cuando descorrió las cortinillas, la puerta se abrió y apareció su madre. Eren echó mano a la toalla rápidamente, todavía sin comprender el hecho de que Carla no desechara la costumbre de sorprenderlo en cueros, siempre bajo el mismo motivo: «Soy tu madre; no hay nada de ti que no haya visto ya». Sopesó un par de camisas, una blanca y otra negra.

—Blanca, ¿verdad?

—¿Me puedes explicar por qué tengo que ponerme una camisa para estar en casa? Puedo coger una camiseta de Zeke, aunque me estén un poco grandes, o simplemente puedo estar en bata y zapatillas.

—¿No puedo ver a mi hijo con una camisa?

—¿Y Zeke? A él no le dices nada. Ha ido a ver a otra de sus amigas.

—Lo sé.

—Antes te quejabas. ¡Ezequiel, cuándo encontrarás una chica decente!

—Me basta con que seáis felices y tu hermano lo es. Vístete. ¿Te has lavado los dientes, te has cortado las uñas…?

—Mamá.

—Bien.

. . .

LOS TRES MOSQUETEROS

Armin: ¿Qué tal estáis, chicos? Xdxd

Jean: Corrigiendo unos comentarios sobre el Renacimiento mientras intento recordar qué pasó anoche.

Armin: Eren y tú os tocasteis el culo y bebisteis.

Jean: DIME QUE NO FUE EN ESE ORDEN.

Armin: Puede que primero os emborracharais.

Jean: Fiuf, menos mal. Eso lo explica todo.

Eren: …

Eren: Mi madre se ha vuelto loca. Toda mi ropa está secándose al sol y yo estoy sentado en un sofá viendo un documental sobre embarazos con mi padre

Jean: XDXDXD

Jean: ¿Están pensando en darte un hermanito?

Eren: Retrasado.

Jean: Gilipollas.

Eren: Imbécil.

Jean: Abusador de hombres. Voy a denunciarte.

Eren: ?

Eren: TÚ ME METISTE MANO PRIMERO, GUARRO.

Jean: Eso lo decidirá un juez.

Eren: Nos vemos en el juzgado, pues.

Armin: Chicos.

Armin: Maricones, salid del armario.

Jean: WTF? ARMIN.

Eren: Inesperado.

Armin: Soy Annie, puercos. Mi maridito está en el baño.

Jean: ¿Y tú le coges el móvil? ¿Dónde queda la privacidad? Respecto al porno de su galería, es todo cosa de Eren.

Armin: ¿El porno? ¡Gracias a los dos! Tenemos una colección para ponerlo mientras nos lo montamos en el sofá.

Jean:

Eren:

Jean: Me perturbas. Bueno, no sé qué me perturba más de todo lo que has dicho.

Eren: La imagen mental

Jean: No volveré a ver a Armin de la misma manera. Siempre ha sido un muchacho de bien; lo era antes de que lo enredaras, maldita rubia.

Armin: 😉

Armin: He vuelto.

Eren: Gracias a Dios.

Jean: Nunca te fíes de una Leonhart.

Armin: XDXDXDXD

Armin:

Armin: Vaya, os ha contado lo del porno.

Eren: ¿¡Es verdad!?

Jean: Oh, Dios mío

Armin: XDXDXDXDXDXDXDXD

Armin: Tranquilos, es broma.

Eren: No sé Rick…

Jean: Parece falso.

Armin: Bueno, Eren, disfruta de los bebés.

Jean: Sobre todo el proceso.

Eren: Sí, no quiera Dios que vuelva a pasar CINCO MESES sin disfrutarlo

Jean: NOOOOOO

Eren: SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ

Jean: ¿Conté eso?

Eren: Sí bro. Lo siento mucho. Si te sirve de consuelo, te recuerdo que Mikasa lleva mucho tiempo fuera. No estás solo.

Jean: Agradezco ese acercamiento. Gracias, guapo.

Eren: De nada, culón. Tremenda grupa.

Jean: Hijo de puta.

. . .

Sobre las doce y media, Carla empezó a protestar acerca de Zeke. Inconcebible, decía. Al parecer, su hermano tenía que hacer un recado urgente. Eren no dijo palabra alguna. Después de compartir tantos años con el primogénito, se había acostumbrado a sus desapariciones y desfases horarios. Nunca miraba el reloj y tampoco se alteraba si el tiempo se le echaba encima, si llegaba cinco, diez o veinte minutos tarde. Estaría tomando cañas con algún amigo. Cuando dieron las dos de la tarde, la señora de la casa exigió a los «doctores Jaeger» que prepararan la mesa.

Eren se sentó junto a su padre, que ya había puesto el ojo sobre la ensalada. Acababa de coger el tenedor cuando escucharon la voz de Zeke. Sus padres se miraron, y entonces una extraña sensación lo golpeó. Había algo que se le escapaba.

—Se ha hecho un poco tarde. —Zeke cargaba un par de maletas—. Ese olor… ¿Cocido? Ah, mami, cómo nos mimas.

—¿Dónde estabas? —preguntó su madre.

—Un pequeño retraso, ¿de acuerdo? No es culpa mía, por una vez.

Eren se levantó y se mantuvo en silencio, asombrado cuan Plácido ante el ciervo, reconociendo el bagaje. Eran las maletas que él mismo llevó hasta el coche cuando se despidió de ella. No era un delirio, no; estaba seguro, tan seguro que los ojos se le humedecieron y miró a su hermano sin poder articular palabra. Zeke sonrió y carraspeó.

—¿Verdad, cuñada?

—Un retraso de dos horas —dijo ella—, pero dicen que lo importante es llegar, sea cuando sea.

Allí estaba.

Era ella.

Después de todo y ante todo, Mikasa.

Apretó los dientes, una débil y temblorosa sonrisa desprendiéndose de sus labios. No era ella quien volvía a casa, sino él. La atrapó en un abrazo, sollozando, y ella se aferró a su espalda con fuerza y le recordó que se lo había prometido, que volvería cuando menos se lo esperara. El llanto le salpicó la voz; a ella, que nunca lloraba. Mikasa le besó la cara y dejó los labios ahí plantados durante unos segundos.

—Mi vida —susurró Eren—, mi vida…

—Estoy aquí.

Se separó para mirarla. Notó el cansancio del viaje en su cara y el cuerpo delgado tras la camisa y los caqui.

—Y estoy bien —dijo ella.

Eren le plantó un largo beso en la boca.

—Me encantan los finales felices —dijo Zeke—, pero el epílogo podéis dejarlo para vuestra intimidad.

—¿Por qué no me lo dijisteis? —Eren se limpió las lágrimas.

—Era una sorpresa —respondió Carla, que tampoco podía contener la emoción—. Mikasa, hija, danos un abrazo. Grisha y yo estábamos con el corazón en un puño desde que te fuiste. Has estado fuera demasiado tiempo, más de lo que este par de viejos puede soportar.

—Si estáis estupendos —dijo Mikasa—. No os preocupéis; no volveré a marcharme. Nunca más. Mi hogar, mi familia… ¿Cómo voy a perderme todo eso?

Eren le apretó la mano y acarició el dedo anular. Lo quería, y lo quería con ella. Quería el altar, y la luna de miel derritiéndose sobre la cama, y construir sobre ella, erigir la Torre de Babel y desafiar a cualquier dios que enredara sus palabras. Era algo tan fuerte que solo podía explicarse con la certeza de saber que la vida no habría sido vida sin conocerla. Vida, tal vez, menos dulce y más incierta. El Demiurgo había empleado el mismo molde en ellos; cuando cayeron al mundo, se hallaron irremediablemente. Los años de la primera juventud pasaron y los cuerpos seguían buscándose como siempre, como un instinto insaciable. Por muchas veces que hicieran el amor, por mucho que conociesen los lunares, nunca era suficiente; cuando deberían agotarse, se descubrían con más energía y apetencia. Todo eso por amor. Desde el principio y mucho antes de este, cuando coincidían en los pasillos y eran dos extraños, ya entonces estaba escrito que no podrían vivir el uno sin el otro.

—Deprisa, sentaos antes de que la comida se enfríe —dijo Zeke—. Voy a por otro plato para ti, Mikasa. ¿Qué comías en el Congo?

—Los congoleños preparan un pollo con salsa exquisito, pero no hay nada como la cocina de Carla.

—Menos mal que has vuelto —contestó la susodicha—. Zeke no sabe apreciar la comida caliente. Solo quiere hamburguesas o pizzas, pollos frito o perritos calientes. ¿Es eso lo que más comes cuando estás en tu casa?

—¡Oye! Tu marido se ha vuelto vegano y no le dices nada.

—No soy vegano. He reducido el consumo de grasas.

—Pero, papá, las grasas fueron esenciales para la evolución humana —dijo Eren—. La teoría del tejido costoso lo demuestra.

—Jaeger contra Jaeger —Zeke miró a Mikasa—. Todos los días tienen un debate. Es difícil entender algo entre tanto tecnicismo, pero divierte que te cagas ver cómo quieren tener la razón.

—Mikasa, cuéntanoslo todo —dijo Carla— y olvida la teoría del no sé qué.

4

ANNIE

En línea.

ANNIE: ¿Has llegado a Shigansina?

MIKASA: Sí, voy de camino a casa. Eren no sabe nada, ¿verdad?

ANNIE: Claro que no. Me he encargado personalmente de que Armin y Jean se muerdan la lengua. Pobre Eren. Anoche lo emborracharon.

ANNIE: JAJAJAJAJAJA

MIKASA:

MIKASA: EREN NUNCA BEBE.

ANNIE: Lo sé.

MIKASA: Ay, Dios mío.

ANNIE: Sí, no se les puede dejar solos.

ANNIE: Mi Armin, por supuesto, mantuvo la compostura. Es un hombre casado. Eren y Jean solo lloriqueaban y se lanzaban piropos. Lamentable.

ANNIE: Jean también comentó algo sobre su vida sexual, pero ese es otro asunto.

ANNIE: Venid a almorzar mañana, por favor. Ah, y no queremos tensiones sexuales.

MIKASA: No prometo nada.

MIKASA: ¿Vas a preparar unos aperitivos, como toda una ama de casa?

ANNIE: ¿Yo? Armin es el que se ocupa de eso.

MIKASA: Allí estaremos.

ANNIE: Te he echado de menos (⌣́_⌣̀)

ANNIE: (づ ̄ ³ ̄)づ

MIKASA: ( ˘ ³˘)

ANNIE: Aunque nunca perdonaré que me hayas abandonado por un país tercermundista. Tan poco valgo…

MIKASA: ಥ_ಥ

ANNIE: Y no tardéis. Quiero tu culito mestizo en mi casa antes de las once, y no olvides a tu hombre. Es importante.

MIKASA: OK.

. . .

—Deberías ponerte camisas más a menudo. Creo que podría acostumbrarme…

Eren apartó la mirada de la olla que fregaba con afán.

—¿Me está usted sexualizando?

—Solo un poco —admitió—. Echaba en falta esto.

Había pasado todo el vuelo meditando sobre las palabras de Onyankopon, quien había tenido la deferencia de hacer chistes sobre accidentes aéreos mientras la despedía en el aeropuerto de Kinsasa. Solo habían pasado meses, pero pesaban como décadas. Como quien vive en un destierro sin saberlo. Como habían vivido ellos. Como nunca más vivirían. Antes de conocer a Eren, incluso en aquellos primeros días en los que se daban la mano por primera vez y estaban lejos de conformar la familia que serían, pensó que podría vivir la soledad con indolencia, pero había resultado ser al contrario.

—Yo también —dijo él—, y ahora soy consciente de cuánto.

—Eren.

—¿Sí?

—Creo que vamos a estar juntos toda la vida, como las cigüeñas.

—¿Crees? Yo no tengo ninguna duda. Quiero ser tu cigüeña.

—¿Acabas de…? Por favor, parece un chiste de tu hermano.

—Lo sé.

—Déjame colocar los platos.

—Nop. No paras de bostezar. Sube a mi cuarto y túmbate un rato. Iré en cuanto termine.

—Estoy perfectamente.

—Sé que eres fuerte como un roble, pero se te nota en la cara. —Eren la conocía como la palma de su mano—. Quiero que descanses.

Mikasa le dio un rápido beso, de esos que no le permitían reaccionar.

—No tardes.

—Diez minutos.

—Que sean nueve.

—¿Cuándo te has vuelto tan impaciente?

—Me he dado cuenta de que no hay un solo minuto que perder. Tempus fugit.

La habitación de Eren no había cambiado nada. Ni siquiera sus sábanas de Star Wars. Se agachó y, ¡ajá!, ahí seguía su caja llena cromos. Se estiró sobre la cama y cerró los ojos. No había preocupación, ni miedo ni incertidumbre, solo el perfume de cedro flotando en la atmósfera letárgica de la tarde. Era su olor, que la asaltó como quien recae en un vicio; era la esencia que iba de un lado a otro con él, que al fin la había alcanzado. La mirada verde volvía a refulgir como las luciérnagas de aquel verano. «È buio il mattino che pasa senza la luce dei tuoi occhi».

Durmió, cayó en los sueños sin resbalón previo, y solo volvió a despertar cuando la puerta se abrió lentamente. No sabía si habían pasado minutos, horas o días, pero el cansancio había caído sobre ella de forma súbita. El trabajo, la convalecencia, el vuelo… Lo que la había mantenido en pie era el deseo de volver. Eren pronunció su nombre en un susurro y se acostó junto a ella.

—Son las siete —le dijo—. Parece que te gusta dormir.

—¿Las siete? He perdido toda la tarde.

—Mikasa —El hombre le tocó la nariz—, relájate. —La misma mano acunó su mejilla—. No tenemos nada que hacer. No hay trabajo, no hay quehaceres.

—Tengo que darme un baño.

—¿Puedo ir contigo?

—¿Recuerdas que tus padres viven en esta casa?

—Solo vamos a bañarnos, pervertida.

—Sí, recuerdo cuando empezamos a salir y solo íbamos a ver una película —Le dio unos toquecitos en la mano y le plantó un beso en la palma—. Cuando volvamos a la capital, podremos darnos todos los baños que tú quieras.

—Tentadora.

—Pero no nos precipitemos. Estoy pensando en mañana. Mi tío no sabe que estoy aquí, ¿verdad?

—No. O eso creo…

—¿Qué?

—Tiene un sexto sentido, un sentido arácnido. Llámalo como quieras, pero intuye las cosas. Lo sabe todo. Lo ve todo.

—No me sorprende.

—Me ha dicho que vamos a tener un hijo. Un pequeño Leonard llorando por las noches.

—¿Leonard? ¿Ha dicho ese nombre?

—Sí.

—Mañana podrá decírmelo a mí. Iremos a comer con él después de visitar a Annie y Armin.

—Somos como esas típicas parejas de jubilados que se reúnen para tomar el té. Annie y Armin, tú y yo, Jean y la soledad…

—Eren.

—Era una broma.

—¿Una broma? La soledad dio calabazas a Jean hace tiempo.

—Te has pasado.

—Es culpa de Onyankopon. Es curioso levantarse todas las mañanas preguntándote qué chiste sobre el Holocausto, el racismo, el machismo o el terrorismo escucharás.

—Cuéntame uno.

—¿Qué tienen en común la lasaña y las Torres Gemelas? Que entre piso y piso hay carne picada.

—Mierda, es bueno.

—Oh, y no te he contado el mejor. Un blanco le dice a un negro: «¿Sabéis por qué los negros tenéis las blancas las palmas de los pies y de las manos?». El negro le responde: «¿Por qué?». El blanco, riéndose, le contesta: «Porque cuando Dios os pintó estabais a cuatro patas». El negro, sin alterarse, dice: «¿Sabes por qué los blancos tenéis el agujero del culo negro? Porque cuando te di por el culo, la pintura todavía estaba fresca».

—Es terriblemente bueno… y esclarecedor.

—Lo sé.

—¿Entonces nos duchamos juntos?

—¡Eren!

El hombre la contuvo en la presa de sus brazos. Su verdadera cara brotaba cuando enmudecía; el Eren que hablaba con las manos, aunque estas apretasen demasiado.

—Tengo una idea —dijo ella—. Mañana, después de comer con mi tío, podríamos ir a algún sitio… para estar a solas.

—Bien pensado. Ah, me recuerda tanto a aquella vez con veinte años. Cómo olvidar tu numerito al ritmo de Joe Cocker…

—¿Tienes que recordármelo?

—Sí. ¡Cielos! Aunque detestes bailar con toda tu alma, aquello fue genial.

—¿Genial? Esa no es la palabra que ibas a usar.

—Caliente.

—Mucho mejor, pero ese es un evento que sucede en momentos muy puntuales. De lo contrario, perdería su gracia. Ah, y sigo esperando tu versión de Magic Mike.

Se dio una ducha y bajó a la cocina. Insistió en ayudar a Zeke a preparar la cena, por mucho que este se empecinará en hacerlo solo. Cuando volvió a la cama, durmió durante toda la noche. Ahora bien, al abrir los ojos por la mañana, sintió las fuerzas renovadas. Bien decía Sófocles que el sueño es la medicina más efectiva. Eren yacía con medio cuerpo fuera del colchón. Soltó una carcajada y lo despertó. Eran las ocho. No perderían nunca el hábito de madrugar. Mikasa no permanecía un minuto más de lo necesario en la cama; despertaba con el sol, se guiaba por el viejo Ra. Mientras preparaba café, Eren llegó del jardín después de regar. Llevaba una rosa blanca en la mano. Mikasa arqueó los labios en una sonrisa y la tomó.

—Un auténtico caballero, aunque a tu madre no le hará ninguna gracia que le toques el rosal.

—Lo entenderá. —Eren la estrechó entre sus brazos; la flor quedó entre los dos—. La primera mañana plena en mucho tiempo.

—Sí.

—Mikasa.

—¿Qué?

El bostezo de Grisha los interrumpió.

—¿Ya estáis levantados? Oh, y habéis hecho café.

—Capuchino, como te gusta. —Eren sirvió tres tazas—. ¿Qué vas a hacer hoy, papá?

—Ver la vida pasar ante mis ojos mientras tu madre se queja del catálogo de Netflix. ¿Qué más podría pedir? Es lo único que me apetece. Empiezo a ser viejo… Ah, querida, hoy estás espléndida. ¿Has dormido bien?

Carla, enfundada en su sempiterna bata mañanera, les dio los buenos días. La casa terminaba de desperezarse cuando su dueña aparecía.

—Más o menos. Cariño, has vuelto a roncar, y solo roncas cuando fumas. ¿Has vuelto a fumar, Grisha?

—¿Yo? Juro que no me he acercado a un cigarrillo en años. Son las amígdalas; las tengo un poco inflamadas.

—Abre la boca, cariño. Di «ah».

—Y esta es la base de un matrimonio sólido —terció Zeke—. Siempre aparezco en los mejores momentos. Te aseguro que no fuma, mamá. Lo he tentado en numerosas ocasiones y no lo he conseguido.

—¿Lo ves, querida?

—Oh, si Adán hubiese tenido tu fortaleza, querido padre, todos seríamos Jesucristos. Además, ¿qué es un cigarrillo? Una cosita insignificante. ¿Sabéis lo que fumaba yo en la marina?

—Habanos —respondió Mikasa.

—Así es, pero no solo habanos. Montecristo número 4. Esa caja era lo único que mi viejo amigo Charlie había heredado de su padre. Solo fueron dos, pero fue suficiente para dejar el tabaco. Si vais a hacer añicos vuestros pulmones, solo puede ser con estilo. —El rubio se acercó a la licuadora para hacerse un zumo de naranja—. ¿A alguien le apetece hacer footing conmigo?

—Mikasa y yo vamos a salir —dijo Eren.

—Y tu padre y yo tenemos que hacer yoga —contestó Carla.

—Todos los matrimonios sois un coñazo.

. . .

—Te estoy diciendo que estás equivocado, Jaeger —señaló Jean—. Los arqueólogos sois unos auténticos patanes en cuanto a arte se refiere. Escucha, es algo básico. No hables como un puto anatomista. Eres peor que Della Seta. El estudio anatómico no es fin del arte clásico, sino un medio.

—¿Podríais hacer el favor de cerrar el pico? —pidió Annie—. No nos importan vuestras putas discusiones de catedráticos malfollados y tampoco el tal Della Seta. ¿Sabéis qué? No quiero ni una sola mención al arte o a la historia en esta casa. A mi juicio, gente muerta y piedras viejas.

—Eres terrible —dijo Eren.

—Me halagas.

—Al menos ambos coincidís en que el arte es para contemplarlo, ¿verdad? —concilió Mikasa.

—Así es —asintió Eren—, pero hay que matizar el valor documental de…

—Eren.

—De acuerdo, de acuerdo.

—Actualmente, el arte es una mierda —sentenció Annie—. ¿Qué te parece eso, Jeanbo?

—Es la verdad. Preferiría pegarme un tiro en el pie y correr una maratón antes que ir a una exposición de Yoko Ono. Ay, si Bernini levantase la cabeza… ¿Dónde está tu marido? Echo de menos sus ojazos azules.

Armin salió de la cocina. El mejor cocinero del mundo, rezaba su delantal. Llevaba un plato de calabazas con queso de cabra. A Jean se le iluminaron los ojos.

—¿Has usado la receta de mi abuela?

—En efecto, amigo mío. Le meilleur de la France!

—Cuídalo muy bien, Annie. Ningún otro hombre prepara calabazas con queso. —Jean dio un bocado—. Magnifique.

—Está buenísimo —concordó Eren—. ¿Nos has invitado solo para demostrar que eres el amo de la cocina?

—Pensaba que ya lo sabíais. —Armin se sentó al lado de su mujer—. Lo cierto es que tenemos algo que decir.

—Annie —susurró Mikasa, incrédula.

La susodicha tomó la mano de su marido.

—Lo supe hace una semana y queríamos que estuvieseis los tres. Estoy embarazada.

Estalló la emoción. Mikasa abrazó a su vieja amiga y ambas se echaron a reír. ¡No podía creerlo! Annie iba a ser madre, la misma Annie que conocía desde la niñez.

Por otra parte, Eren y Jean palmeaban la espalda de Armin y le revolvían el pelo. Al final, se lanzaron a su cuello.

—Será rubio —dijo Jean—. O rubia.

—Y tendrá los ojos azules —añadió Eren—. Armin, ¡que vas a ser padre!

—Lo sé, pero no estaré vivo para verlo si seguís estrujándome.

—¡Qué momento para estar vivo, Jaeger, qué momento!

—¿Cómo se llamará? —preguntó Mikasa.

—Si es un niño, Louis —respondió Annie—, pero mi clarividente marido tiene el presentimiento de que será una niña.

—Elizabeth. —Armin sonrió.

—¿Y si son gemelos? —Eren alzó una ceja.

—¿Dos llantos por la noche? —preguntó Annie—. No sé si mi salud mental podría resistirlo.

—Hagamos un brindis —propuso Jean—. Voy a por el vino. Y un zumito para la futura madre, por supuesto.

Cuando se marcharon, casi a las una, los rodeó un extraño desconcierto. De pronto, la adultez les golpeó como nunca antes. Tomar consciencia del paso del tiempo, asimilar lo que se ha hecho y meditar lo que se hará. La realidad no podía ser más evidente, pero no por ello dejaba de ser abrumadora: la sustancia que los envolvía había mutado. Sus vidas habían pasado por el cambiante molde de los años. Sin embargo, no había ruinas, ni arrepentimientos, ni estruendo insoportable. Eran ellos y nada más. Continuaba siendo una aventura, a todas horas y en todos los lugares. Habían crecido juntos, habían sostenido el peso del otro cuando la fuerza flaqueaba, y pronto descubrieron que el amor es un cajón con doble fondo, en el que anida un motor primigenio, el germen de todas las cosas, una rueda que giraba ya en las raíces del cosmos cuando el universo era joven. Algo que no merece ser nombrado, sino atesorado.

Eren se detuvo delante del parque. No había nada especial en ese parque, ni flores, ni caprichos. Los parterres estaban mal cuidados y los bancos estaban llenos de cagadas de paloma, pero era allí donde habían visto las luciérnagas. También eso había cambiado, aunque la belleza del recuerdo lo aislara en la intemporalidad.

—Aquí empecé a sospechar que te quería.

—Ha pasado mucho tiempo —rememoró Mikasa—. ¿Recuerdas la primera vez que hicimos el amor?

—¡Desde luego! Estaba tan nervioso cuando te acercaste…

—Entonces lo supe. Ya lo sospechaba, al igual que tú, pero me decía a mí misma que no. Ay, Eren, creí que serías un pequeño cuento de verano y ese verano dura ya varios años. Y nunca acabará.

—Tienes razón. Yo sigo loco por ti, ¿sabes? Me sucede lo mismo que a Balzac: no puedo unir dos ideas sin que tú aparezcas entre ellas.

—Qué sensación tan apabullante. Volví a leer Cien años de soledad mientras me recuperaba y nunca antes había entendido tan bien a Aureliano. Eren en el aire soporífero de las dos de la tarde, Eren en la callada respiración de las rosas, Eren en la clepsidra secreta de las polillas, Eren en el vapor del pan al amanecer, Eren en todas partes y Eren para siempre.

Él se inclinó para besarla. Mikasa sintió la respiración del hombre en los labios, pero no llegó. Un centelleo de travesura bailó en los ojos del herbazal. Eren le cogió la mano y echó a andar.

—Vamos a ver a tu tío. No digas que eres tú. No lo necesita.

—Es una locura.

—No lo es. Ha reconocido a Armin, a Jean, a Annie, a mis padres y a mí.

Petra los recibió con una cálida sonrisa. Antes de que clamara sus nombres, Eren se llevó un dedo a los labios. La mujer entendió y los acompañó hasta el salón.

—Kenny, ha venido Eren.

—Ya lo sé, joven. —El vetusto Ackerman miraba su particular cubo de Rubik con los ojos entrecerrados—. Maldita sea, todos los círculos están alineados, pero las cruces… Aquí está.

—¿Ya has encontrado la cruz? —preguntó Eren.

—¿La cruz? La cruz es para Cristo. ¿A quién le importa la cruz? Estoy cansado de este rompecabezas. No entiendo por qué la gente se afana en resolver estos trastos.

—Para ejercitar la mente.

—Es una tortura, una verdadera molestia —insistió—. ¿De qué color es la camiseta que llevas?

—Negra.

—Ya veo. —Kenny se levantó—. Bien, pues dime qué pintas tiene mi sobrina, ya que ella no tiene ganas de hablar. ¿Te ha comido la lengua el gato, mocosa?

—Tío… ¿Cómo lo has sabido? —Mikasa lo abrazó con todas sus fuerzas; él correspondió y la levantó unos centímetros del suelo en mitad de una risotada.

—Hay muchas formas de ver. A ti, especialmente a ti, te veo con mucha facilidad.

—Es como Daredevil —señaló Eren—. Seguro que tu bastón es un arma, en realidad. ¿Dónde tienes el traje?

—En la lavadora. Ya sabes, luchar contra maleantes es un oficio sucio. Sentaos. Quiero escucharlo todo. He oído las historias de este tipo sobre Italia y ahora me apetece conocer las del Congo. Siempre me ha parecido que tu trabajo es muy duro, sobrina, como el del viejo Charlie Marlow intentando que el barco no se fuese a pique en aquel río de locos.

. . .

Hoy que has vuelto, los dos hemos callado,

y solo nuestros viejos pensamientos

alumbraron la dulce oscuridad

de estar juntos y no decirse nada.

Sólo las manos se estrecharon tanto

como rompiendo el hierro de la ausencia.

¡Si una nube eclipsara nuestras vidas!

Deja en mi corazón las voces nuevas,

el asalto clarísimo, presente,

de tu persona sobre los paisajes

que hay en mí para el aire de tu vida.

CARLOS PELLICER, Hoy que has vuelto, lo dos hemos callado…

. . .

Caminaron, podría decirse, sin camino, como redescubriendo una tierra olvidada. El vino de Kenny todavía les arrebolaba la faz cuando aparecieron en la recepción de un hotel. A Eren se le engatilló la lengua mientras pedía una habitación y resopló de la risa; todos los miraron como si hubieran perdido la cabeza. Mikasa lo arrastró hacia el ascensor y empezó a besuquearlo. Tan afanados estaban que no recalaron en las miradas de una mujer cuando las puertas se abrieron. Eso, junto al hecho de recibir la habitación número 69, les hizo reír a mandíbula batiente cuando cayeron sobre la cama. De pronto, solo quedó el eco mudo de un ósculo del que Eren quedó pendiendo, suspendido entre los labios. Las grandes manos de él se hundieron en su pelo negro, el tejido mismo de la noche, para añadirle alguna estrella. Mikasa se aferró a él como a la vida misma.

—Hazme el amor —dijo en voz baja, besándole la cara—. Necesito que me hagas el amor. Lo deseo desesperadamente.

Eren estaba tan callado que bien podría haberla desoído. Había devoción en sus caricias y parecía dispuesto a solapar todo su cuerpo con ellas.

—No hay prisa —respondió—. He esperado mucho tiempo, pero se ha acabado.

—No más esperas entre nosotros.

—No, desde luego que no. Tenemos todo el tiempo del mundo, así que no me precipitaré. Hagámoslo lento, quiero aprovechar cada segundo. Desnudarte, besarte, acariciarte. Soñaba con ello en Italia. Me hacía suspirar. Pensaba que la Fontana di Trevi sería mucho más hermosa si hacíamos el amor después de verla.

Eren sacaba cada botón de su ojal con parsimonia. Seguía con la mirada cada palmo de piel pálida que se descubría. Cuando llegó al final, se inclinó sobre ella y dejó besos peregrinos en su cuello, que emprendieron el camino hacia abajo, hacia el más profundo sur.

—¿Eso es un plan? —Mikasa se removió y delineó la línea de sus hombros. Llevaba tanto tiempo sin estar así con él que suspiró con alivio—. Podemos ir juntos. Viajaremos en moto desde Calabria hasta Lombardía.

Él sonrió y se quitó la camiseta. Conocía bien aquella piel atezada. Estaba convencida de que podría encontrar cada lunar con los ojos vendados.

—Como los buenos vinos —comentó—. Tengo un marido que embellece con los años.

—¿Marido? ¿Eres una mujer casada?

—El noviazgo quedó atrás hace bastantes años.

—Es cierto —asintió Eren—, pero sigo sin saber quién es ese marido tuyo.

—Tonto.

—Bueno, abandónalo y cásate conmigo.

—¿Eren?

—Cásate conmigo, Mikasa Ackerman —repitió mientras buscaba sus manos.

—Me estás proponiendo matrimonio.

—Y una luna de miel en Italia. Llevaba mucho tiempo pensándolo y no sabía cómo decírtelo. Ni siquiera tengo un anillo…

—No necesito ningún anillo, tampoco que te pongas de rodillas. —Mikasa rio y le dio un largo beso—. Mi respuesta es un rotundo sí. No podía ser de otra manera, Eren. No solo te quiero, sino que directamente no entiendo mi vida sin ti. Eres el amor de mi vida, el único que he conocido, y mis sentimientos por ti no han cambiado ni un ápice. Han crecido conmigo. Los he llevado allá donde he ido y jamás me han pesado. Al contrario: me han dado el aliento que necesitaba cuando la cuesta era demasiado empinada. No me han acompañado como bagaje en mis manos, sino como alas en mi espalda. Así es el amor que yo siento por ti.

Pero aquello escapaba de las palabras, lo sabía, como también sabía que su expresión era la más cercana a la verdad. Eren calló y acarició su pecho a la altura del corazón. Sus manos se deslizaron suaves desde sus hombros hasta su cintura, la cual apretó contra la suya. Las yemas de sus dedos eran suaves como gasas, pero ardían como carbones. La presa se había roto y el fervor bajaba hacia los valles de su cuerpo. Entonces él sonrió; era una sonrisa locuaz, el ideograma de la felicidad.

—También han crecido conmigo y ahora son como un roble centenario.

—Y por eso vas a desnudarme, besarme y acariciarme. —Mikasa asintió y le tocó la boca—. Hazme el amor, Eren. Por favor. No puedo esperar más.

Como si hubiese tocado una tecla secreta en el interior del hombre, este se terminó de desvestir e hizo lo mismo con ella. Le acarició los muslos y las nalgas. Luego se acercó a su sexo y dejó unos centímetros de distancia. Era su costumbre, le gustaba desesperarla con el aliento, con la mirada, hasta que la pupila dilatada dio paso a una lengua, y ella se estremeció. Tiró de sus piernas para acercarla más; chupó y se valió de los dedos. Mikasa no podía apartar la vista; extasiada, le hincó las manos en el pelo. Podría llorar de la felicidad, del gozo que le provocaba el sexo con Eren.

Este se cernió sobre ella y la penetró poco a poco. Jadeó y le mordisqueó los labios; después, apenas deslizó un belfo contra otro con suavidad. Mikasa le enjugó las primeras lágrimas de los ojos.

—Eren —susurró—, estás llorando.

—Bueno, es… Son lágrimas de felicidad.

La conmovió hasta el punto de sentir el ardor incipiente del llanto. Tenía la sensación de que podría tocarle el alma si apretaba lo suficiente. Eso hizo. El anhelo de Eren le erizaba la piel; estaba rendida a él, temblando al paso de sus manos, perdida en el vaivén de sus cuerpos amoldados. Siempre se demoraban al hacer el amor; los dedos se retorcían y las piernas se engarrotaban mientras se miraban a los ojos, que se volvían suplicantes cuando lo físico se tornaba en un placer insoportable y había que dejarlo ir. Mikasa jadeó y cerró las piernas alrededor de su cintura. El hombre la asía de la espalda y se deshacía en movimientos vigorosos. Así hasta el arrobamiento, una y otra vez…

. . .

Mikasa trazaba garabatos sobre la espalda de él; su dedo tribal dibujaba círculos y espirales. Eren sonreía desde la almohada.

—Me sucedió algo muy gracioso en Italia.

—Soy toda oídos.

—Daban una conferencia en La Sapienza y, por supuesto, asistí. No podía perderme al profesor Carandini en acción… Bien, pues cuando terminó la conferencia se me acercaron dos universitarias a coquetear; me pidieron el teléfono, incluso. Hacía tanto tiempo que una mujer no intentaba ligar conmigo que me puse nervioso. ¡Qué agobio! Una de ellas se ofreció a darme unas clases para pulir mi italiano… Al final, les dije que soy gay.

Mikasa rio de buena gana.

—Yo usaba otra táctica. Solía decir que estaba a punto de tomar los hábitos, aunque algunos lo consideraban interesante. Un reto. Al final, les decía que soy lesbiana.

—Nunca faltan donjuanes —dijo Eren—. Honestamente, ligar es terrible. No sé si sería capaz de hacerlo.

—¿A mí no me ligaste?

—Seguí el curso natural de los acontecimientos, pero no imaginé que nos enamoraríamos. Era una atracción intelectual demasiado fuerte. Ni siquiera era consciente de que estaba ligando. No sé qué hice, pero no lo hice tan mal, ¿verdad?

—Bueno, tuve que darte un empujoncito. Entiendo lo que dices, sí. Yo tampoco sé si podría coquetear porque nunca coqueteé contigo. Hablar de filosofía e historia no es coquetear.

—Tenías que entrar en mi cabeza para llegar a mi corazón, doña Inés.

—Anda, vamos a hacerlo otra vez. Yo encima.

—Cuatro veces. Me compadezco del huésped de al lado. Tendré que explicarle que eres ninfómana.

—Y tú mi juguetito sexual, ¿no es así?

—No puedo negarlo.

—Te encanta.

—¿Que me cabalgues? Sí, estas vistas no tienen rival, especialmente cuando arqueas la espalda y pones cara de sádica.

—¿Así?

—Sí, así, así. Es demasiado sexy. Cada año estás más guapa. Cuando tengas cuarenta, serás una señora elegante que no lleva nada debajo del albornoz.

—Tienes unas fantasías sexuales curiosas.

—No es una fantasía sexual, es una realidad a largo plazo. Por mi parte, tendré una barriga cervecera.

—No hay problema. Si pesas diez kilos más, te quiero diez veces más. Además, solo tú puedes quitarme el albornoz.

Eren respondió con una carcajada.

La vida transcurrió como el Nilo en invierno.

Las crecidas fueron buenas.

Y en las orillas brotó, en su ciclo interminable, más vida.