Disclaimer: BNHA no me pertenece.


whirlwind

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mala suerte.


Se encuentra completamente empapado cuando consigue resguardarse bajo el techo de lona de una tienda cualquiera. Ha comenzado a llover con repentina imprudencia; después de todo, su día solamente podía ponerse peor.

Suspira pesadamente mientras se quita el cabello mojado de la frente. El ruido de la lluvia le rodea ocupando cada espacio posible, forma una especie de muralla de agua a través de la cual la ciudad se percibe como haces de luz y el grisáceo de las nubes sobre los edificios, los coches, el parque más allá y la silueta de desafortunados empapados como él.

El reloj en su móvil le indica que tiene quince minutos para llegar al teatro. Kaminari y su grupo de actuación comenzarán la función de su obra y probablemente todo su grupo de amigos ya se encuentra allí. No es que la idea de sentarse durante horas a presenciar a un montón de nerds pretenciosos actuar le entusiasma demasiado, pero se trata de su amigo, mal que le pese, y es importante para él y ha pasado toda la puta semana recordándoles que es la única función donde él podrá actuar y si no está allí a tiempo, pasará toda la puta semana siguiente tratando de hacerle sentir culpable. No le preocupa demasiado eso, pero Kaminari tiene cierta facilidad para ser molesto y provocarle dolores de cabeza.

Tal vez si corre…

Coloca una mano más allá del techo. El torrente de agua golpea su piel y es suficiente para percatarse de que ya no se trata de una lluvia casual. A lo mejor si no hubiese pasado la tarde en casa de Izuku terminando un estúpido proyecto para la universidad, no habría acabado en una parte de la ciudad que no suele frecuentar, dependiendo del mapa del móvil como un idiota. Pero por supuesto, entre todo el grupo de personajes secundarios que son sus compañeros de clase, tenía que tocarle Deku. Bakugo está seguro de que nadie en el mundo tiene tanta mala suerte como él. Al menos, no en este momento.

Bakugo retrocede hasta recostarse sobre la pared. Apoya con suavidad la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y llenándose los pulmones del húmedo aroma a entrometidas lluvias de media tarde. El crujido de neumáticos levantando el agua del asfalto le avisan de coches que cruzan cada tanto, como un recordatorio de los minutos que transcurren imposibles de detener, ignorándole por completo. Se queda allí, inmóvil recostado contra la pared, las últimas gotas deslizándose desde su rostro hacia el cuello. Los ojos continúan cerrados, mientras escucha el repiqueteo de la lluvia sobre todo aquello que le rodea.

Siente una extraña sensación cosquilleando sobre sus manos mojadas. Asciende como un crescendo vertiginoso, y sospechosamente intranquilo. Le fuerza a abrir los ojos.

Un coche avanza por la calle con rapidez, el agua salta hacia los lados y regresa al asfalto, que refleja las luces de la ciudad como pinceladas alargadas de tonos amarillos y naranjas. Bakugo se sobresalta ligeramente por la sorpresa, y como atrapado por el vuelo brillante de una luciérnaga, dirige la vista hacia la derecha. No hay un motivo real, simplemente lo hace.

Del otro lado de la calle se alza el antiguo edificio de la Academia de Baile a la que asiste su amiga, Ashido. Lo observa sumido entre la confusión y la sorpresa. ¿Cómo no se ha percatado de que ha acabado en esta parte de la ciudad? Echa un vistazo hacia los lados, reconociendo la vereda opuesta, de aquella tarde donde decidió acompañar a sus amigos por primera y última vez a aquel lugar. Han pasado varios meses, y no ha regresado a asomarse por aquí. Tiene sentido que lo hubiera olvidado.

Mas sus ojos se mantienen fijos en la entrada de la Academia.

Y como una pequeña luciérnaga, entre los gruesos hilos de agua destella un encuentro inesperado, entrometido como la lluvia y el modo en el que su corazón parece olvidar por un segundo cómo latir. Y el petricor atonta sus sentidos, tornando aquello gris en el recuerdo de una silueta bailando Ravel meses atrás.

La observa salir de la Academia y quedarse debajo del techo mirando al otro lado de la calle, allí de donde vienen los coches. Mas ningún auto se acerca, la calle está vacía; y entonces levanta la vista, hacia el sitio donde se encuentra él.

Se observan durante largos minutos. Un deje de reconocimiento mueve apenas la postura de la chica, tornándose hacia él. La lluvia cae frente a sus ojos como el telón que indica que el espectáculo aún no ha comenzado, el sonido de las gotas como pequeños pasos apresurados de un vals avergonzado, resuena inundando el escenario donde ambos se observan sosteniendo el mismo suspiro, la misma nota en algún lugar dentro de sus corazones. Y Bakugo jura que Ravel comienza a escucharse entre la lluvia, surge desde arriba, desde atrás, desde todos lados. Como insistiéndole que debe correr, cruzar la calle, ¡habla con ella Bakugo! ¡hazlo antes de que la música acabe!

Y el tiempo transcurre, y la lluvia cae y la calle solitaria aguarda con sus pinceladas de luz de faros, ¡vengan a bailar! Luciérnagas nadando sobre el aire, dejándose llevar por corrientes de mala suerte y posibilidades rozando la punta de los dedos.

Se observan. Ella se aferra a la correa del bolso que tiene sobre el hombro. ¿Es eso impaciencia?

Bakugo respira hondo, se despeina el cabello. Ansioso.

La lluvia cae. Gota tras gota. Nota tras nota. Asciende, crece, veloz, veloz. ¡Se va a acabar!

Toma una bocanada de aire. Son los últimos segundos, lo siente en el aire. Da un paso hacia adelante y entonces

Un coche cruza veloz frente a sus ojos, se detiene con un crujido repentino frente a la Academia de Danzas. Bakugo se sobresalta, la música es ahora lluvia sobre el asfalto y nada más. Un repiqueteo descoordinado y sinsentido.

Cuando el coche se marcha, ella ya no está.

Pasados unos segundos, el telón se levanta con cuidadosa parsimonia. Las gruesas gotas poco a poco se vuelven hilos imperceptibles. Bakugo suspira. Por un momento se atrapa a sí mismo inquieto y se golpea internamente. Qué estupidez.

Sacude la cabeza y coge el móvil de su bolsillo, buscando la aplicación del mapa, comienza a caminar hacia el teatro. A lo mejor le dejan ingresar a la mitad de la función, quién sabe. Sólo quiere que este día termine, ha sido un fastidio de principio a fin.

A fin.

¿Habrá una tercera vez?

Bakugo se insulta en voz baja. No tiene sentido pensar en ello.