Disclaimer: BNHA no me pertenece.
whirlwind
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centímetros.
El sonido de la madera antigua crujiendo bajo sus pies resuena en la sala vacía, mas consigue acoplarse cuidadosamente a la melodía que surge del pequeño parlante junto a la televisión. Sobre la ventana abierta ondea una cortina de tela delgada, y junto al frío nocturno, el ruido distante de voces desde la acera y coches ocasionales son el último ingrediente en la mezcla de sonidos que a menudo llenan el solitario apartamento de Bakugo Katsuki.
Se recuesta sobre el marco de la ventana y observa hacia ningún sitio en especial. La noche es fría pero no demasiado, y el aire limpio de olor a pintura que proviene del exterior le refresca los pulmones. Bakugo sostiene el aire durante algunos segundos, apreciando la brisa sobre la piel acalorada de su rostro. Pronto deja salir el aire en un suspiro pesado, y se endereza estirando los músculos.
Sobre sus manos, vestigios de la escena que comienza a vislumbrarse en el lienzo a su espalda atraviesan su piel en manchones de distintos colores. Los acaricia con la yema de los dedos distraídamente. Lleva trabajando en esta pintura más tiempo del que probablemente debería. Mas la imagen se mantiene en su cabeza con cierta terquedad difícil de explicar. Decir que no puede dejar de pensar en ella le inquieta y le hace sentir como un idiota. Así que Bakugo decide creer que ese encuentro, si es que se le puede decir así, ha resonado en su sentido de la estética y nada más. Se ha vuelto casi instintivo, la necesidad de trasladar esa imagen a un lienzo. La luz descendiendo como cataratas de tela cobriza, abrazándose a cada uno de sus movimientos guiados por la música. O tal vez la música seguía su ritmo. A estas alturas Bakugo no está seguro.
A menudo se pregunta a sí mismo por qué caminó hasta allí, por qué siguió la música. Y entonces cierra los ojos y puede volver a sentir el vendaval volteando sus sentidos, puede volver a sentirse ligero, como hojas de otoño sobre una brisa repentina, llevándose las primaveras con sus piruetas y los movimientos de sus piernas y de sus brazos. Y se pregunta a dónde se lo ha llevado, cuando abre los ojos y vuelve a verla entre los hilos de lluvia, con una calle de distancia y cientos de palabras atascadas en la garganta. Y se siente molesto; la frustración se transforma en enojo hacia sí mismo. Él no suele ser así, y no reconocerse le hace sentir vulnerable.
Bakugo resopla con la nariz, sus labios forman una línea tensa. Se aleja de la ventana y regresa a su sala, donde los lienzos y el óleo aguardan por él. Lo mejor que puede hacer es terminar los retratos que le han encargado, atender las redes sociales donde comparte su arte y luego estudiar un poco antes de ir a dormir. Mañana tiene clases temprano y luego debe ir a la librería por la tarde. Se revuelve el cabello con cansancio. Lo bueno entre todo este desastre es que se está volviendo progresivamente más conocido como artista, lo que le lleva a tener más trabajo haciendo lo que realmente le gusta. Tal vez pueda hablar con Hakamada y conseguir turnos más cortos en la librería. Puede permitirse ganar menos allí con tal de tener más tiempo para sí mismo. No le va particularmente mal en la universidad, pero dedicarle más horas al estudio no sería mala idea.
—Ah, ¿en qué momento me he vuelto tan aburrido?
Luego de colocar el despertador en el móvil, se recuesta en la cama y observa el techo oscuro de la silenciosa habitación. Dejar de depender pronto de sus padres es su principal objetivo. Terminar la universidad. Volverse un pintor reconocido. Ganar dinero. Un sonoro bostezo interrumpe sus cavilaciones. Sus ambiciones no son extraordinarias, y durante un segundo se pregunta si realmente es eso todo lo que vislumbra en su futuro.
Y mientras el sueño cae sobre sus párpados, tornándolos pesados, la posibilidad de conocerla se desdibuja entre la confortable y limitada nebulosa de la realidad.
Ochako se rasca distraídamente el mentón, cabeza inclinada y ojos entrecerrados, mientras escudriña con la mirada los títulos de los libros cuidadosamente ordenados en el estante que tiene enfrente. Lleva así los últimos minutos, recorriendo con la mirada las palabras sin leerlas realmente. Tener tantas letras enfrente causa que su mente se enrede y acaba sin prestar atención; ciertamente, no ayuda el hecho de que tiene la mente en cualquier sitio.
Ha sido amiga de Momo durante un par de años, y escogerle un regalo de cumpleaños siempre ha sido particularmente difícil. No es que ella sea caprichosa o malagradecida, pero es el tipo de persona que simplemente parece ya tenerlo todo. Un libro es su mejor opción. Momo es una ávida lectora, y últimamente ha mostrado un creciente interés por las novelas policíacas. A Ochako no se le podría ocurrir algo más aburrido, pero Momo es tan inteligente que probablemente ya se ha acabado todos los otros géneros posibles. Así que allí está, en una de las librerías más grandes de la ciudad. Es la primera vez que va allí, y no está muy segura de si debería sentirse avergonzada de ello o no. Por lo que simplemente ha entrado con toda la falsa seguridad que ha podido reunir, caminando en línea recta como si supiera con certeza hacia dónde dirigirse.
La librería es gigantesca, con techos altos donde antiguos candelabros cuelgan iluminando todo de un encantador tono naranja. La estructura resembla aquella que encontrarías en un castillo, con largos corredores de estantes que van hasta el techo repletos de libros. Más allá una sala con sillones, mesas y un pequeño café invitan a hundirse en historias fantásticas y pasteles con un aroma dulzón que atraviesa largas distancias. Algunas personas deambulan por el lugar, y ha ubicado a un par de empleados realizando sus tareas aquí y allá.
Cuando Ochako alcanza el final de la librería se percata de que se ha alejado lo suficiente como para encontrarse prácticamente sola. Camina observando sin demasiada convicción, más para no quedarse quieta con cara de susto que realmente tratando de encontrar algo. Pasados varios minutos de voltear la cabeza hacia un lado y hacia el otro tratando de leer los títulos de los libros, en busca de algo que llamara su atención, resuelve que es más vergonzoso continuar deambulando que pedirle a un empleado que le recomiende una novela.
Suspira rendida. No es que hablar con extraños le resulte imposible, pero tampoco es su pasatiempo favorito. Camina hasta el final del pasillo; más allá una pared indica el final del recorrido, cubierta por ventanas altas que una tras otras dejan entrar la luz del sol. se acerca a uno de los espacios libres que se encuentran entre hilera e hilera de libros, tratando de encontrar un empleado en el pasillo paralelo. Pispea entre los libros, por un segundo sintiéndose una espía de película siguiendo a alguien sospechoso en una misión secreta. El corazón le da un vuelco cuando una figura conocida cruza frente a sus ojos.
Ochako se sobresalta echándose un paso hacia atrás, tapándose la boca con la mano con clara sorpresa. ¿Ha visto bien?
Se mantiene en su sitio durante un par de segundos, tratando de controlar el torbellino que agita sus emociones provocándole molestas mariposas. Siente que el corazón se le acelera, y se encuentra a sí misma preguntándose una y otra vez por qué se ha puesto tan nerviosa. No tiene absolutamente ningún sentido. No le conoce.
¿Siquiera está segura de que es él?
Vuelve a espiar a través de las hileras de libros, procurando ser silenciosa, aunque se siente bastante segura de que él no ha alcanzado a verle. Se encuentra casi de espaldas, alcanza a ver su perfil, el semblante contraído en una expresión de concentración; su mandíbula está tensa, y tiene el entrecejo fruncido, casi parece molesto por algún motivo. El cabello rubio despeinado es fácil de reconocer, al igual que lo atractivo de sus facciones. Ochako lo observa detenidamente por algunos segundos, sin percatarse realmente de lo mucho que le cuesta desviar la mirada. Es alto, tendría que inclinar el rostro para verle cara a cara. Siente el calor alojarse en sus mejillas, retrocede un par de pasos y luego voltea, perdiéndole de vista.
Sólo se han visto dos veces. Dos ocasiones donde apenas se han sostenido la mirada por un par de segundos. No se han dirigido palabra alguna. Ella le ha oído hablar con sus amigos, pero él jamás ha escuchado su voz.
Un segundo... han mencionado su nombre,
Bakugo.
Ochako respira profundo. El silencio envuelve ese sector de la biblioteca en un abrazo cálido, y el aire a su alrededor se mantiene estático, como si se encontraran dentro de una fracción de segundo que pertenece a otra línea temporal. No hay nadie más allí. Y cuando Ochako vuelve a buscarle con la mirada y lo observa acomodando libros, totalmente ajeno a su presencia, no puede evitar preguntarse cuántas veces se han encontrado así, antes de ese día en la Academia, sin saber, inconscientes de la existencia del otro. Cuántas veces han intercambiado miradas furtivas, cuántas veces se han cruzado, cuántas veces ignoraron, cuántas veces estuvieron a punto, a un centímetro de decisión de comenzar. Sólo de comenzar.
Y una parte de ella se pregunta cuántas veces más volverán a verse. O si tal vez esta es la última, y todas las preguntas que todavía desconoce, se quedarán para siempre en ese sector de su mente donde el destino no ha querido ir.
Y una voz le dice, despacito, pero con fervor, con urgente congoja, ¡Bakugo!
Retrocede dos pasos, lo pierde de vista. El corazón le late acelerado. Retrocede un paso más.
¿Qué podría decirle?
Otro paso. No se conocen. Su respiración se vuelve agitada.
Tres pasos atrás. Esto es ridículo.
Voltea y camina con velocidad recorriendo el mismo sendero que le ha llevado allí.
Pronto se encuentra a sí misma fuera de la librería, y el sol de media tarde ilumina con fuerza todos los tal vez que revolotean en su interior.
Deja escapar una suave risa y niega con la cabeza; tonta Ochako, siempre soñando despierta.
