Disclaimer: BNHA no me pertenece.


whirlwind

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sincronía.


—Tsu, ¿alguna vez has estado enamorada de alguien que no conoces?

La chica de cabello largo se lleva un dedo al mentón, observando pensativa las coloridas telas apiladas en un estante cercano. Ochako organiza papeles distraídamente, sentada detrás del escritorio con la caja registradora y una computadora; música instrumental suena despacio en el local vacío, y el sol de mediodía baña en claridad cada rincón.

—¿Cómo una celebridad?

Ochako niega con la cabeza, las mejillas calientes y muy probablemente también coloradas.

—No, más bien, como una persona normal…

—¿Te refieres a eso de "amor a primera vista"?

Siente un cosquilleo en el estómago. Hablar de «amor» es sin dudas demasiado, aunque una parte más ingenua en ella se emociona ante la idea.

—No, no… Bueno, ¿tú crees en eso?

—La verdad no estoy segura… —Tsuyu se encoge de hombros. Ochako sonríe un poco, le gusta poder tener ese tipo de conversaciones con ella sin ser cuestionada. Tsuyu es honesta e inteligente y Ochako se siente segura a su lado—. Aunque supongo que si crees en cosas como las almas gemelas, entonces tal vez…

Un súbito dolor en el dedo pulgar. Ochako parpadea un par de veces, se ha cortado el dedo con una hoja. Suspira y deja los papeles a un lado, dejándose caer en la silla y observando la herida. No es lo suficientemente profunda para que sangre, y Ochako se pregunta si su alma gemela habrá sentido el mismo dolor que ella hace un instante. Sacude la cabeza, es un pensamiento demasiado tonto.

—Bueno, la vida no es tan mágica como para que algo así exista, ¿no? —Tsuyu ríe y Uraraka alza los brazos, exasperada.

—Dímelo a mí. La vida es todo menos mágica. —deja caer el rostro sobre el escritorio y Tsuyu le da palmaditas en el hombro.

—Ah, es cierto, las audiciones están cerca, ¿verdad? ¿Cómo vas con tus ensayos?

—Mal. —puede sentir la mirada preocupada de Tsuyu incluso sin verla, así que suspira y se apresura en corregirse—. Bueno, no mal. Pero tampoco bien. Quiero decir, ¿podría ser peor? Pero también, podría ser mejor.

Tsuyu musita un pensativo «mmm» y Ochako se queda en silencio, el rostro sobre el escritorio y la mirada perdida en algún sitio. Al comienzo era difícil de aceptar, pero es una verdad que ha cargado hace años, siempre al borde de verbalizarla, pero sin la urgencia suficiente como para hacerlo. «Tengo tiempo», solía decirse a sí misma. «Puedo seguir bailando y que nada importe». Pero ahora seguir bailando es todo lo que importa y Ochako sabe que el futuro se vislumbra nebuloso. Negarlo no tiene caso. Y con todo, siente que la resignación le ha quitado un peso de la espalda. Tal vez es ella entregándose al pesimismo, pero Tsuyu tiene razón: la vida no es mágica. Para nada. Y la realidad es que su familia es pobre, ha tomado la osada decisión de ocupar este año para continuar sus estudios de baile en lugar de entrar en la universidad, y ahora el tiempo de dar piruetas sin pensarlo demasiado se le ha acabado.

Ochako sabe que no hay manera de que consiga una carrera profesional como bailarina. Pensar en ello vuelve pesado su corazón, pero es la verdad que le ha tocado. Tal vez si hubiese ido a una Academia de prestigio, y no a la que sus padres han conseguido pagar —y ella, trabajando a medio tiempo en la tienda de telas de su tía—, tal vez si hubiese sido extraordinariamente talentosa, o en su defecto, millonaria, podría imaginar un futuro donde bailar en los escenarios más importantes del mundo fuera algo posible.

Las chicas comunes y corrientes, sin nada en especial para ofrecer como ella, no logran cosas como esas.

Se sorprende a sí misma cuando una suave carcajada escapa de sus labios. En realidad, es obvio. La resignación aparta la tristeza.

—Yo creo que eres demasiado dura contigo misma, Ocha-linda.

La voz dulce de Tsuyu consigue sacarla de sus cavilaciones y Ochako alza el rostro, apoyando el mentón en la mesa, mirando a su amiga con grandes ojos de cachorro asustado.

—Tal vez mis palabras no sean lo que realmente necesitas, pero yo sé desde el fondo de mi corazón que eres capaz de lograrlo todo. No quiero verte preocupada, dime si hay algo que pueda hacer, ¿sí?

Cuando Tsuyu se marcha de la tienda, Ochako se queda un largo rato pensando en sus palabras. No hay nada que nadie pueda hacer. Es ella quien ha elegido erróneamente este camino, y ahora debe hacerse cargo de sus fracasos. Todavía podría bailar como pasatiempo… Lo mejor que puede hacer es conseguir un trabajo de tiempo completo que le de dinero de forma rápida, para ayudar más a sus padres.

Se lleva una mano a la cabeza, angustiada. Pensar en sus padres es abrumador. Odia haberlos decepcionado, odia sentir que les ha hecho perder tanto tiempo. Y esa sensación de culpa inevitablemente lleva su corazón a buscar un alivio; cierra los ojos, piensa en todas las posibilidades que su destino ha esquivado. Piensa en todo lo que podría haber sido, pero no fue, por un motivo o el otro. Recorrer esos escenarios y sentir esa felicidad imaginaria calma un poco el dolor en su pecho. Puede verse a sí misma en bellísimos vestuarios, repletos de piedras que brillan bajo las luces de los escenarios más prestigiosos que el hombre ha visto jamás. Las orquestas tocan para ella y sólo para ella, y mientras la música la envuelve como elevándola en el éxtasis de los aplausos y el reconocimiento y la fama y el éxito, entre el público, un par de ojos la observan a través de la lluvia, una palabra formándose en sus labios, y la misma sensación cosquilleando la palma de sus manos, como la ausencia de algo que debería estar allí, pero no está.

Y cuando Ochako abre los ojos, una pesada sensación revuelve su estómago, cargada de la ilusión de una felicidad efímera, esa que existe sólo en los sueños, en los tal vez y en la nostalgia de una decisión por tomar. Coloca una mano sobre su corazón, que late desbocado, y se odia a sí misma por ser tan tonta. Si le hubiese hablado esa tarde en la Academia, si hubiera cruzado la calle, si hubiera pronunciado su nombre a través de los libros, si hubiera, si hubiera, si hubiera,

si fuese otra persona.

Si fuese otra persona, todo sería distinto. Todo sería mejor.

Cuando las lágrimas se acumulan entre sus pestañas, no puede evitar sentirse increíblemente débil. ¿Acaso no se había resignado?

Entonces, ¿por qué duele tanto?


Su vista se vuelve borrosa. Poco a poco, sus párpados se cierran, y todo su cuerpo se vuelve pesado, cae hacia adelante, chocando contra una pila de apuntes, libros y el teclado de su computadora. Se incorpora súbitamente, aturdido por el golpe, entre despierto y dormido. Se lleva una mano al cabello, despeinándolo, y luego se frota los ojos con pesadez, cada movimiento se siente como arrastrar toneladas de peso muerto.

Katsuki bosteza sonoramente. De inmediato siente el enojo crecer en su abdomen, y se da una fuerte bofetada a sí mismo.

—Mierda, que te despiertes maldito idiota. ¿Cuántos años tienes? ¡¿Nueve?! Quedarse dormido es de débiles. —gruñe, hablándole al silencio de su sala. Pocas cosas le molestan tanto como sentirse cansado, incluso si lleva más de veinticuatro horas sin dormir, a puro café y fuerza de voluntad, y tal vez, un poco de demencia. —Si no termino de estudiar este capítulo voy a matar a alguien… —se endereza en la silla y arregla los apuntes sobre la mesa, pestañeando repetidas veces—. A Kirishima. Sí, mataré a ese idiota.

Se lo merece, al fin y al cabo. Aunque lleva semanas sin verle, algún motivo habrá. Se lo piensa un par de segundos. Claro, por haberle obligado a ir a esa estúpida Academia a buscar a Ashido. Por eso se lo merece. De no haber sido por él nunca habría visto a la chica de ojos bonitos y su estúpido baile hipnótico. No solucionaría todos sus problemas, pero sí una gran parte, y eso es suficiente. Puede lidiar con el resto, después de todo, ella nunca fue parte del plan. Ella es la variante que desequilibra su vida. Incluso cuando no ha vuelto a verla en meses, continúa revoloteando en su mente, poniéndolo todo patas para arriba.

Por supuesto, es ella. Y no el hecho de que está tratando de manejar una carrera universitaria, un trabajo de medio tiempo, un negocio de arte en línea, su arte personal, y una vida social. Bueno, lo último es cuestionable. Teniendo en cuenta que no ve a sus amigos hace varios, varios días.

Katsuki deja caer los apuntes en el escritorio y se desparrama en la silla, dirigiendo la vista al techo. Lo peor de todo es que no puede decir que tanto esfuerzo es en vano. Le va excepcional en cada cosa que ha decidido hacer (salvo, otra vez, el tema de la vida social). Así que no puede quejarse, esto era lo que quería. Así se suponía que debía ser todo.

Se acerca a la mesa y coge su móvil, echando un vistazo al reloj. Marcan las tres y cuarenta y tres AM. Katsuki suelta bruscamente el móvil y, apartando sus cosas, se tumba sobre el escritorio, ocultando el rostro entre sus brazos. Va a cerrar los ojos por un momento, como para descansar la mente. Y luego continúa leyendo. Si no acaba este capítulo hoy, todo su plan de estudios se desorganiza. Siente que su mandíbula se tensa inconscientemente, la sola idea le pone de los nervios. De inmediato aparta esa emoción. Últimamente se ha dado cuenta de que le enoja aún más enojarse por algo como eso.

—Soy jodidamente patético.

Si todo es como debía ser, ¿por qué se siente tan frustrado?


Han pasado cuatro días desde la charla con Tsuyu, y Ochako detesta admitir que regresar a la apatía de la resignación le está costando un poco.

Se observa en el espejo de su habitación, las ojeras le saludan desde debajo de sus ojos con descarada insolencia. Si pudiera físicamente pelear con ellas, a puño y patadas, lo haría. En su lugar, coge un poco de maquillaje y hace su mayor esfuerzo en verse linda. Después de todo, parece que la conversación con Tsu ha llegado a Momo y los demás, y ahora están obligándole a ir con ellos a la playa. Son aproximadamente las seis de la tarde, y el clima está un poco fresco, pero en días como estos ir a comer a las tiendas en la costa resulta especialmente satisfactorio. Y la verdad es que mataría por un bol de unadon ahora mismo.

Cuando acaba de arreglarse se queda esperando en la sala a que Iida pase a buscarle en su coche. En otra ocasión iría en tren o con su padre, pero últimamente la situación económica de la familia está un poco más complicada que de costumbre, y sus padres pasan más tiempo fuera de casa. Ochako se siente un poco mal por salir a pasar el rato en la playa en un momento como este, pero a la vez, su madre ha estado repitiéndole una y otra vez que debe relajarse un poco y disfrutar a sus amigos. Suspira rendida, da igual.

El viaje en coche es ameno y Ochako instintivamente se hunde en la comodidad de las charlas amistosas. Después de todo, tener a todos sus amigos a su alrededor hablando hasta por los codos es una buena distracción de todas las tonterías que ocupan su cabeza. En el coche de Iida viaja ella, Deku, Momo y Todoroki. En otro coche viajan Tsuyu, Hagakure, Jiro y Aoyama. Hace mucho tiempo que no coincidían todos un mismo día, y Ochako se siente nostálgica, casi como si estuviera frente a algo que debería aprovechar con todo su corazón. Y esa misma sensación, también consigue entristecerle un poco.

Para cuando llegan a la playa el sol está comenzando a ponerse, sobre el mar caen los brazos purpúreos del atardecer, y en el movimiento de las olas el reflejo de los naranjas entrelaza sus dedos cálidos con el azul profundo del agua. En el cielo remanentes de nubes que han pasado por allí dan las buenas tardes desde su inalcanzable hogar y el aroma a océano viaja sobre la brisa fresca como deslizándose sobre el caudal tranquilo de un río invisible. Ochako respira profundo, apreciando profundamente el aire frío sobre sus mejillas. Las tiendas de comida apenas están comenzando a recibir clientes, y las luces empiezan a encenderse colgadas desde cables que atraviesan sectores con mesas y sillas. Más allá está la costa, y algunas personas pasean junto a la orilla del mar. Sus amigos se apresuran en elegir un sitio para comer y pronto ocupan una gran parte de una de las tiendas. Los menús se reparten y pronto todos han escogido algo para comer, las bebidas no tardan en aparecer y el sitio se llena de risas y animadas charlas.

Ochako observa distraídamente la playa; aprovecha un instante en el que todos están muy concentrados en la conversación y le susurra a Jiro que en un momento regresa. Se incorpora y camina velozmente hacia la orilla del mar. A medida que se va acercando, el sonido de las olas comienza a aumentar, hasta que la envuelve casi por completo, dejando detrás el barullo de las tiendas de comida. Ochako respira profundo una vez más y comienza a caminar sin preocuparse demasiado de hacia dónde se dirigen sus pies. Estira los brazos, sintiendo la brisa abrazando su figura debajo de la ropa. Un travieso escalofrío recorre su espalda y Ochako sonríe, sin dudas el océano consigue hacerle sentir ligera, libre de toda atadura. Piensa en lo maravilloso que sería poder flotar, planear sobre el mar como un ave, o simplemente oscilar en el aire como una burbuja, únicamente atada al camino que el viento decidiera tomar. Cuando baila siente una sensación parecida. Cada movimiento que realiza su cuerpo no lo decide su cerebro; es difícil de explicar, pero siente que hay algo más que guía su baile. Algo que va más allá del entrenamiento, de las coreografías o de la música. Es en su alma donde todo se vuelve nulo, desafía la gravedad, desafía las reglas del universo y cada uno de sus temores. Entonces se siente plena, aunque su cuerpo se haya vuelto nada sobre el aire, es allí cuando consigue sentirlo todo.

No se ha dado cuenta de que ha cerrado los ojos, y cuando los abre, a unos metros de distancia, una figura alta observa el océano sin haberse percatado de su presencia.

Ochako puede jurar que su corazón se paraliza durante medio segundo. El aire no es suficiente para llenar sus pulmones y detiene su caminar de golpe, observándole con los ojos abiertos de par en par y un remolino de sensaciones sobre las palmas de sus manos.

Cuando él voltea, no está preparada para la sensación que golpea su pecho como una súbita correntada, y se observan sin decir nada, la sorpresa atravesando sus rostros.

Es él. Una vez más, es él.

Las olas retroceden hacia el vasto océano, dejando detrás espuma sobre la arena y un decrescendo que se pierde entre los sonidos del azul profundo. Cientos de preguntas revolotean a su alrededor, puede sentirlas. ¿Cuáles eran las chances? Es imposible saberlo. Y, aun así, es él. El tiempo que han pasado sin verse se ha vuelto pequeño, diminuto frente a la distancia que los separa, y de pronto hay algo allí, oscilando entre los colores del atardecer sobre su piel y la brisa que va hacia él y gira y regresa a ella.

Y antes de que pueda acabar de procesar su presencia, se percata de que el océano está acercándose, más de lo que debería. Pega un salto y apenas alcanza a esquivar el agua, mas la misma interrupción ha cogido por sorpresa a su acompañante, que recibe el agua sin alcanzar a moverse. Trastabilla y cuando las olas vuelven a marcharse, cae sentado sobre la arena. Ochako lo observa refunfuñar, con los pies empapados y el ceño fruncido, su voz llega a ella grave y repleta de maldiciones. De inmediato la escena le resulta inevitablemente graciosa, y no controla la risa que se escapa de su boca. El muchacho la mira con cara de pocos amigos, mas hay cierta confianza revoloteando en el aire, difícil de explicar.

—¿Estás bien? —antes de que se dé cuenta, ha acortado la distancia que los separa, con la mano extendida hacia él. Es la primera vez que alcanza a ver el color de sus ojos, y nota un deje cobrizo resplandeciendo en sus iris. Se pregunta si es el atardecer sobre su mirada, o si de verdad es posible que ojos tan bonitos sean reales.

El chico rubio la mira sin decir nada, y alza las cejas mientras desvía la mirada a su mano extendida. Entonces sonríe de costado y con un rápido movimiento, Ochako cae sobre sus rodillas en la arena, a centímetros de distancia de él, que se ríe sin disimulo de lo fácil que ha sido hacerle tropezar. Ochako siente sus mejillas encenderse, y de alguna manera se las arregla para reprocharle:

—Oye, eso no es justo —dice mientras se sacude la arena de las manos; tenerle tan cerca emociona sus sentidos de una forma que no ha sentido jamás—. Y yo que quería ayudarte.

—Tú fuiste quien se burló primero. —cuando deja de reírse y la observa directo a los ojos, esboza una sonrisa que hace que Ochako se sobresalte y desvíe la vista, avergonzada. No acaba de entender por qué hablarle es tan natural y tan abrumador a la vez.

¿Es posible algo como ello?

Antes de que pueda responder, el océano regresa interrumpiendo cualquier conversación, y de paso, mojándoles esta vez un poco más que sólo los pies.


El cielo parece rehusarse a dejar ir su atardecer y una fina franja de día aún asoma a lo lejos; más allá, la noche deja ver sus estrellas y su luna llena con el orgullo de ser la verdadera dueña de aquellas horas oscuras. El océano es ahora de un azul casi negro, y la espuma contrasta blanca sobre la arena, como estelas de constelaciones arrepentidas de dejar su mar.

Donde se encuentran ahora están lejos de olas traviesas, y sentados uno junto al otro, el sonido del vaivén del agua se mezcla con el ruido distante de las tiendas de comida y el movimiento de las personas. Es como estar en el límite entre la soledad de la naturaleza y el ruidoso vivir humano. Allí, en el punto justo donde convergen los destinos y las cosas empiezan a cambiar. El mundo empieza a tener sentido.

Por ahora, da un poco de miedo, pero es el primer paso, y Ochako puede sentir una compartida sensación de satisfacción.

La ausencia de palabras domina los primeros minutos de su encuentro, Ochako coloca sus zapatillas a un lado, esperando que se sequen pronto, y se abraza a sus rodillas. A su lado, el chico rubio mira hacia el cielo en una postura abierta y despreocupada. Recorre por largos segundos todas las cosas que podría decirle, hasta que se percata de un pequeño e importante detalle que, de algún modo, ha conseguido escapársele hasta ahora.

—Uraraka.

El chico voltea a verla, ligeramente confundido.

—Uraraka Ochako. —él de inmediato comprende y asiente quedamente.

—Bakugo Katsuki.

Conocer sus nombres es colocar en el pestillo la llave que abre la primera de muchas puertas, y verse en el umbral trae consigo el entusiasmo tímido de una nueva voz a la que dedicarle los buenos días. Y Ochako siente las mejillas calientes, mientras se esfuerza en apartar la ansiedad y el temor y dejarles el camino libre a sus impulsos más honestos.

Sin embargo, es su voz la que consigue la delantera.

—Esa tarde, yo iba a cruzar la calle. Quería hacerlo. —la brisa agita suavemente su salvaje cabello rubio, y los mechones bailan traviesos sobre sus ojos carmín, que observan distantes el mar oscuro—. No me importaba la jodida lluvia, no sé por qué dudé tanto. Cuando me di cuenta, ya te habías marchado. —resopla una risa frustrada, y entre sus labios se forma una sonrisa socarrona—. Así como así.

Ochako lo observa atentamente, descubrir con tanta cercanía los matices de su voz es intrigante y adictivo, y quiere oírle hablar más. A pesar de ello, desvía la mirada hacia la arena, apenada ante la súbita confesión. La verdad es que ella quería que él se acercara. Durante los segundos que compartieron miradas, todo en lo que pensaba era en ello. Pero, ¿por qué no fue ella quien diera el primer paso? ¿Por qué no fue ella quien se adentrara a la lluvia para llegar a él?

—Lo siento. —musita, sonriendo avergonzada. Bakugo es quien la mira entonces, frunciendo el entrecejo.

—¿Hm? No tienes nada de qué disculparte. —sus palabras son bruscas, pero honestas, y toma a Ochako con la guardia baja.

Ella alza la vista y sus miradas se encuentran. Bakugo se esfuerza en controlar su reacción, aunque sus enormes ojos caramelo parecen capaces de penetrar cualquier tontería que recorra su mente, y se encuentra a sí mismo súbitamente desarmado. Sus mejillas rosadas son redondas y de inmediato piensa para sí mismo «ah… maldición, cara de ángel».

—A decir verdad…

—¿Qué?

—Hace un tiempo te vi en la tienda de libros, trabajando. Iba a acercarme… —Ochako inclina la cabeza, corrigiéndose—. Bueno, quería acercarme. Pero no supe qué hacer, no supe qué decir. Me dije a mi misma que era una tontería. No te conozco, después de todo. ¿Qué excusa podría tener…? —se ríe despacio, con la vista fija en el océano—. Pero quería acercarme. De verdad. Sólo que… no lo hice. —su voz se vuelve pequeñita, casi se pierde entre las olas.

Bakugo la observa contemplar el paisaje, en silencio. Es increíblemente ridículo. No se conocen, no hay un motivo, ¿por qué lo haría? ¿Qué le diría? Todos y cada una de ellos, estúpidos pensamientos; lo único que han logrado es hacerles perder el tiempo. ¿Cuánto de sus ojos conocería ya, de haber cruzado la calle esa tarde de lluvia? ¿Cuánto de su hablar y de su risa y de sus gestos, estarían grabados en el mismo sitio de su mente donde su danzar se repite, cada vez que sostiene un pincel frente al lienzo de sus recuerdos? Y piensa que es increíble que alguien que usualmente es tan jodidamente excepcional como él, se haya comportado como semejante idiota.

Bakugo no puede evitar reír, mientras se lleva una mano al ceño y niega con la cabeza. Si tuviera las energías, le gustaría gritarle un par de maldiciones al viento y a la vida, quizás.

—Ese día en la Academia, yo-

—¡Uraraka!

Ambos se sobresaltan ante la repentina llegada de una voz familiar. Katsuki abre los ojos de par en par, en la medida que voltea y la figura de Deku se acerca hacia el sitio donde se encuentran. Su expresión se contrae inevitablemente en una mezcla de repulsión y sorpresa.

—¿Kacchan?

Esta vez son los ojos de Ochako los que se agrandan, una perfecta «o» formándose en su boca. Voltea hacia Bakugo como si su vida dependiera de ello.

¿Kacchan?