Disclaimer: BNHA no me pertenece.
whirlwind
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simple.
Hay algo en el silencio que es difícil de describir.
Izuku siempre se ha considerado una persona observadora, perceptiva. Mas aquello que revolotea en el aire se escapa de su comprensión. Hay una mirada huidiza y una sonrisa nerviosa, ojos carmesí fijos en él y la inconfundible sensación de haber interrumpido algo.
Pero, ¿Bakugo y Uraraka? ¿Desde cuándo..?
El sonido del mar se arrastra desde su infinita extensión, arriba y ocupa el silencio por un momento, luego retrocede perezosamente y desaparece en la noche. De un modo similar, a Deku le gustaría simplemente regresar por donde ha venido, pero ya está aquí, así que interrumpe el aire tenso con voz trémula:
—Ah, Uraraka, la comida ya está lista.
La chica suelta una exclamación de sorpresa, había olvidado su propósito original en la playa. Asiente con la cabeza y de soslayo, observa a Bakugo. En su cabeza, el sonido que la seguidilla de letras K-a-c-c-h-a-n producen se repite como un eco demasiado intrigante como para ignorar.
—Deku.
Es Katsuki quien habla ahora, y todas las cabezas voltean a verle en sincronía, su voz profunda, demandante y claramente irritada.
—Si tuviera 100 yen por cada vez que me has arruinado el día, sería multimillonario.
Ochako ríe antes de que pueda siquiera percatarse de ello. Izuku lo observa entre nervioso y ligeramente ofendido, mas la realidad es que está acostumbrado a ese tipo de comentarios, y en esta ocasión, no puede reclamarle mucho.
—¿Lo siento?
Katsuki se cruza de brazos y desvía la vista hacia algún sitio en el medio del mar. La luz de la luna ilumina serena, y las sombras opacas cubren cualquier color volviéndolo todo ligeramente azul. Sobre el agua un haz de luz blanca refleja la imagen de la luna y en la lejanía, se oye el murmullo de voces riendo y conversando. Katsuki observa en silencio, y es en ese instante, donde Deku se percata de las líneas bajo sus ojos, la pesadez en sus párpados. Y sabe, porque se conocen más de lo que ninguno de los dos admitiría jamás, que se trata de un cansancio que está tratando de ocultar.
—¿Quieres venir con nosotros? —alcanza a notar de soslayo la reacción sorprendida de Uraraka, pues ha hecho la pregunta sin pensarlo siquiera.
Un segundo de asombro destella en los ojos de Bakugo, que se recompone de inmediato y frunce el entrecejo. Hace un gesto con la mano, restándole importancia.
—No, tengo que trabajar temprano, así que ya me voy.
Ochako da un paso hacia adelante por instinto, todo dentro de su cuerpo arrepintiéndose de dejarle ir; mas ha conseguido detenerse antes de alzar la mano hacia él. ¿Qué habría hecho? ¿Cogerle el brazo para que no se alejara? Es ridículo. Intenta esconder el sonrojo que tal imprevista reacción le ha causado, y recoge sus zapatillas de la arena en silencio.
—Creí que habías tomado menos turnos —la revelación de Deku sorprende a Ochako una vez más. Levanta la mirada hacia Bakugo, curiosa.
Katsuki se revuelve el cabello, viéndose acorralado de repente. Había olvidado lo perceptivo que Deku podía ser. O entrometido. Cualquiera de las dos. Mira a Ochako por un segundo, como reconociendo su presencia en la conversación, mientras piensa cómo responder. Se encoge de hombros. La realidad es que el peso de todas sus responsabilidades le ha caído encima con la fuerza de un torrente de agua y necesita el dinero para continuar costeando sus materiales.
Había creído poder relajarse un poco, pero luego esa tarde ocurrió. Y ahora aquel cuadro ocupa tiempo de su día que de otro modo habría invertido en todas sus tareas. Haberse atrasado es su responsabilidad, sí, los problemas de sueño y el estrés también, incluso haber sobreestimado su capacidad física para tolerar agendas apretadas, además de su necesidad de tener calificaciones perfectas y la ansiedad de verlas descender. Todo aquello es culpa suya. Ella, sin embargo, su pensamiento, su recuerdo, su arte, su imagen y sus posibilidades, las alternativas que nunca había considerado... sabe que no tiene sentido, pero se permite quitarse esa responsabilidad de encima.
Enfrentar su realidad es lo único que puede hacer. Continuar trabajando, estudiar lo más que pueda, hacer tiempo, de alguna manera, para pintar. Ni siquiera debía estar en esa playa, pero creyó que salir a tomar aire relajaría su cabeza. Ese había sido otro error. Incluso conversar con ella.
Suspira pesadamente. Es posible que de ahora en más su mente también se rehúse a dejar ir su voz.
—Resulta que vivir es más caro de lo que creía. —responde con ironía. Deku asiente sin decir nada, y Ochako pierde la vista en la arena, de pronto sintiendo ganas de reír, mas sin encontrarlo gracioso en absoluto. Es una contradicción molesta. Y regresa la mirada a Katsuki, al mismo tiempo que él la mira a ella.
No corre el rostro, no huye de sus ojos, al contrario, los segundos transcurren vertiginosos sobre el vínculo entre sus miradas, y Ochako se resiste al peso de sus sentimientos, incluso cuando en su interior se revuelven los nervios. Lo observa fijamente, sin poder controlar la súbita angustia que le ha inundado de pronto. Y no puede responder por qué lo hace, más tarde cuando se encuentra sola y piensa en su accionar frente a él, por qué ha buscado sus ojos de esa manera. Y tal vez de haber tenido más tiempo lo habría descubierto en ese momento, tal vez lo que hacía falta era sentir sus ojos por un par de segundos más. Y justo allí en esa desviación del presente, en ese tiempo ausente se encontraba el entendimiento, la comprensión.
Por ahora, lo observa, agobiada por sus propios sentimientos, sus arrepentimientos, sus preocupaciones y sus anhelos. Y la voz de Deku se alza una vez más, cortando el silencio por la mitad y dejándolo caer sin más sobre la arena blanca.
—Está bien… Están esperando por nosotros. Hablaremos luego, Kacchan —Deku saluda con la mano, vacilante. Sonríe a Uraraka y comienza a alejarse, dándole tiempo para despedirse.
Ochako se revuelve en su lugar, inquieta. Hay tanto que quiere decir, tanto que quiere preguntarle y saber de él. Pero aunque siente una presión en el pecho que le exclama ¡quédate!, la incertidumbre que ha sentido antes, cada vez que le ha visto en la distancia, oscilando en la duda de la ignorancia, ya no está más. Y aunque de pronto se ha sentido triste, por él, por sí misma, aún así se siente feliz.
—Nos vemos luego.
Y le sonríe con honestidad. Katsuki le dedica una sonrisa zorruna, asiente y se marcha en la dirección opuesta. Ochako no se queda a verlo desaparecer, y regresa junto a Deku con su grupo de amigos.
Allí, entre confesiones a medias y verdades apresuradas, Ochako siente la certeza del palpitar desbocado de su corazón.
Tenía siete años cuando asistió a su primera clase de ballet.
No está segura de recordar qué la impulsó a hacerlo. Su madre habla acerca de cómo siempre tuvo cierta predilección por el baile, por la música clásica. Describe con añoranza las tardes donde la pequeña Ochako revoloteaba por las habitaciones de la casa de sus abuelos, mientras el antiguo tocadiscos reproducía Tchaikovsky y su abuela le tejía recordando aquel momento de su vida donde bailó y tal vez sintiendo lo que sentía en aquel entonces, en los músculos, en el alma, y cuando la música acababa le decía a su madre «llévala a clases», y Ochako asentía entusiasmada sin comprender en su totalidad qué implicaba aquello.
Ochako quería bailar. Era lo único de lo que estaba segura.
Su primera clase tardó en llegar. Su padre pasaba todo el día trabajando y pese a que su madre habría querido dedicarle su completa atención, pronto debió hacer lo mismo. La aspiración de abandonar la casa de sus abuelos se volvió una necesidad para la familia. Debían progresar, moverse de aquel sitio. Buscar uno propio.
Las clases de danza nunca fueron una obligación que representara un peso en su vida. Disfrutaba bailar y allí tenía la oportunidad de hacerlo. La profesora era amable con ella y el resto de las niñas. Cuando regresaba a casa, bailaba frente a su abuela y recibía aplausos dulces y abrazos con olor a miel y entonces sentía que esa calidez acompañaría su baile por siempre. Creció segura de ello, incluso cuando debieron abandonar el pueblo y arribaron a aquella ciudad, enorme, desconocida. Intentaba ser positiva, era consciente del esfuerzo que hacían sus padres por darle una mejor vida.
El paso del tiempo fue sutil. Cuando mira hacia atrás, no puede evitar sentir que su presencia siempre fue superficial. Recuerda el momento en el que se percató de ello, en la primera competición en la que participó. El resto de las chicas tenían muchísima más experiencia que ella, eran más bonitas y sus vestidos resplandecían colores imposibles bajo la luz del escenario. Sus manos se movían como plumas en el aire, y sus perfiles delineaban una belleza fatua, y Ochako jamás se sintió tan ajena a la realidad frente a sus ojos. Comprendió allí que la felicidad infantil que sentía al bailar nunca sería igual a lo que aquellas chicas sentían. Vestía un traje que había hecho su tía y que ella había ayudado a pagar trabajando en la tienda, cuando se movía las piedras no brillaban como constelaciones bajo los reflectores, y al ver su rostro en los espejos sólo podía ver el rostro de una niña que se ha quedado en el pasado, atascada en la ingenuidad de un pasatiempo que tal vez nunca debería haber sido más que ello.
Cometió muchos errores, y lloró toda la noche. Frente a su familia había sonreído tontamente, las mejillas rojas y sus ojos destellando dulzura. Se sentía frustrada consigo misma. Sabía que era capaz de más, mucho más. Pero había algo dentro suyo, que crecía a un ritmo vertiginoso como el clímax de una pieza siniestra, y envolvía su corazón en un abrazo agobiante. Era consciente de ello, y concentraba todas sus fuerzas en ignorarlo. Cerraba los ojos y podía ver a su abuela, en su rostro el pasaje de una historia que jamás conocería pero que imaginaba con ilusión, y en sus ojos que la observaban con atención se veía reflejada a sí misma, una Ochako que sentía con el corazón pleno la dicha de un sueño que nunca alcanzó a formular, pero que disfrutaba de la música como si fuera agua fría cayendo sobre su cuerpo en una tarde calurosa de mediados de julio.
Y en esa ignorancia aquello continuó creciendo. Año tras año. Y Ochako podía sentirse cada vez más desilusionada, podía sentir que su futuro se volvía neblina gris, de la que huía cerrando los ojos y bailando como si fuera una niña. «No importa. No importará», y el tiempo pasaba ligero, glissando a través de los días, de los meses, sin mirar atrás o detenerse a preguntar.
Y Ochako esperó. En el fondo, lo sabía.
Se llena los pulmones de aire. Respira agitada, mientras el eco del piano recorre por última vez la habitación y asciende perdiéndose entre la luz que llega desde las altas ventanas. Se observa fijamente en el espejo que ocupa toda la pared. Ya no es una niña. Hace un tiempo ha dejado de serlo. En sus piernas resaltan los músculos de tantas tardes practicando posiciones, una y otra vez, y con el torso extendido se marca la piel sobre sus costillas y sobre sus clavículas, y sus brazos forman arcos que acaban en dedos que buscan la delicadez de aquellas plumas tan difíciles de olvidar. Se observa en silencio. Aguardando.
La Profesora Katō aplaude súbitamente, y Ochako afloja los músculos, abandonando la posición que ha pasado el último tiempo tratando de perfeccionar.
—Utsushimi, es tu turno —dice con voz firme, sin voltear a ver a Ochako. Ella se mantiene en su lugar un par de segundos, observando a la chica rubia prepararse para comenzar a bailar.
Se aparta sin estar realmente consciente de ello, y se coloca en la otra punta de la habitación, junto a su compañera Komori, que aguarda sentada en el piso.
Cuando Utsushimi comienza a bailar la variación de Odette, Ochako puede notar de inmediato las diferencias. Camie baila con precisión y certeza; puede observar en su rostro la manera en la que ella es Odette, por lo menos durante los siguientes minutos. No se trata de cuestiones técnicas, Ochako está segura de que sus attitudes, su equilibrio y su fuerza son las mismas, sin embargo hay algo más en su baile; su presencia en sí es hipnotizante.
—Utsushimi es realmente hermosa —menciona Komori suavemente. Ochako asiente en silencio, sin poder despegar los ojos de ella. Es difícil apropiarse de un rol tan trillado como el de Odette, y sin embargo Camie lo hace con soltura y naturalidad.
A menudo la observa y se pregunta qué hace en un sitio como ese. Una Academia vieja y que ha tenido que abrir clases de otros géneros aparte del ballet porque de otro modo se iría a la quiebra. En algún punto habría sido un Instituto importante, mas ahora había perdido su gloria y no era más que una escuela accesible, de calibre medio, lejos de las Academias prestigiosas de la ciudad.
Camie viene de una familia de clase media, su padre falleció hace mucho así que su madre trabaja todo el día. Dirige una empresa pequeña y le costea los estudios de baile y la universidad; la verdadera pasión de Camie es el diseño de modas y el ballet es sólo un hobbie con el que se desestresa. Ochako suspira.
Piensa que de haber sido ella, Ochako participaría en todo concurso y audición posible. Bailaría con la confianza de ser hermosa y ligera como una pluma, y mandaría absolutamente todo al diablo.
Descansa el rostro sobre la mano, mientras observa a Camie bailar.
En realidad, nunca ha podido expresar con palabras por qué no puede hacerlo. Por qué no puede ser así. La mediocridad no merece demasiadas explicaciones. Se dice a sí misma cada vez que divaga sobre ese pensamiento.
—Ah, cierto —dice sin darse cuenta. Komori la mira confundida, mas Ochako no se encuentra presente en esa habitación.
Cierto. Se ha resignado. Debe recordárselo cada tanto, porque al final, el tiempo continua pasando y ella debe seguir con su rutina, debe seguir pretendiendo que sabe hacia dónde se dirige. A veces lo olvida por algunos segundos, y entonces los pensamientos se vuelven remolinos en su mente. Agitan palabras que arrastran consigo pesadas desilusiones, y aquello gris dentro de su corazón late vigorosamente. Así que debe recordárselo.
Te has resignado.
«Resulta que vivir es más caro de lo que creía».
Ochako se muerde el interior de las mejillas. No va a llorar, es ridículo. Pero aquellas palabras revolotean en su interior hace varios días, sin conseguir acallarlas.
—Uraraka, ¿qué piensas hacer el próximo año? —pregunta casual Komori, claramente para hacer conversación. La Profesora Katō se ha entretenido con Camie y lo maravillosa que es y ambas chicas no tienen demasiado que hacer ahora mismo.
Ochako observa a la chica a su lado por un segundo. Es un año más joven y es callada, no sobresale mucho pero tiene buena habilidad.
—Uh, pensaba audicionar para algunas Compañías. Con suerte estaré trabajando en alguna.
El rostro de Komori se contrae en una expresión de sorpresa, que Ochako nota inmediatamente. Vaya, piensa.
—Ah, te irá bien. —se apresura a decir, sonriendo. Uraraka piensa que no lo hará por maldad, más bien, es probable que esté tratando de ser educada—. Yo aún estoy indecisa, es mi último año de secundaria así que debería escoger pronto. Creo que estudiaré cocina.
Uraraka asiente sin decir nada, sonriendo vagamente. Y cuando la chica comienza a hablar de otras banalidades, Ochako ha dejado de escucharla. Pasados unos minutos se incorpora, recoge sus cosas y se marcha de la habitación, sin despedirse o pronunciar palabra alguna.
Da vueltas por la Academia hasta encontrar una habitación vacía. Coloca música en el equipo de la sala y comienza a bailar. Transcurren un par de horas en las que Ochako baila sin descanso, observándose, midiéndose, criticándose.
Algo caliente crece en su interior, una sensación chispeante que oscila con cada movimiento, con cada pirueta que sabe que podría ser mejor. Y se observa. Y baila. Y la música da giros bruscos sobre el aire y sobre su cuerpo y se lleva consigo todo lo gris dejando sólo una refulgente rabia, rojiza, explosiva. Ocupa cada espacio de la sala como el destellar de fuegos artificiales en efímeras noches de verano donde nada importa. El calor trepa sobre los miembros y en las manos donde se siente el cosquilleo tibio de todo lo que dura poco y está destinado a acabar.
Y luego, el silencio de aquello que fue tan hermoso, que trajo tanta felicidad. En sus colores de atardecer inocuo donde todo se siente posible, el silencio del después de la tormenta. La quietud que queda cuando las luces se apagan y la energía es consumida y el calor se vuelve sencillez. Se vuelve humo resonando entre los vestigios de música que acaba sin consideraciones.
Y Ochako respira hondo; observándose, criticándose, pensándose.
El reflejo que le devuelve el espejo es simple.
Es su respiración pausada, sus ojos anhelantes, su cuerpo que ya no es de niña.
Es una única e inefable verdad.
Quiere intentarlo.
Katsuki observa el cuadro que reposa expectante en el atril. Pincel en la mano, Bach sonando en el equipo.
No siente ni siquiera el más mínimo interés por las personas que lo observan desde el retrato en óleo. Jamás voltearía a verlos en la calle y nunca se acercaría a hablarles. Mas su técnica es increíble. La gente lo reconoce. Reconoce la precisión del detalle, milimétrico, certero. Reconoce el tratamiento de la luz, de los tonos, como si cogiera con las manos una porción de la vida misma, y consiguiera plasmarla en el lienzo con la sencillez con la que refracta el sol y se descompone y produce color. Y Katsuki concuerda. Sabe que podría coger el pincel y crear arte en un par de minutos. Ha pasado toda su vida cultivando ese talento, concentrado en él. El reconocimiento es el siguiente paso, el trabajo, las comisiones. Que la gente lo busque, lo requiera.
Y en medio de todo ello, de su ambición y de sus ansias, el cuadro frente a sus ojos resulta increíblemente mediocre.
Deja escapar un pesado suspiro que pronto se transforma en un gruñido y arroja el pincel y la paleta en una mesa cercana. Arrastrando los pies se dirige a su sala y se deja caer en el sofá estrepitosamente. El ventilador de techo se balancea ligeramente, no porque haga calor, sino porque precisa que circule el aire. De otro modo comenzará a sentirse asfixiado, dentro de aquellas paredes, durante tanto tiempo.
Su rutina se ha transformado en un ir y venir desde la universidad, la tienda de libros y su departamento. Estudia, trabaja, pinta. Cuando tiene un rato libre observa el lienzo que descansa en una esquina del departamento; pretende haber sido olvidado, pero en realidad ocupa los rincones más luminosos de su mente. La escena es Ravel en su intermitencia, un suspiro interrumpido que promete volverse prosa. Mas aguarda allí, casi abandonado, pero nunca olvidado.
Katsuki se revuelve el cabello y respira profundo, llevándose las manos sobre los ojos, mientras se recuesta en el sofá.
Hay algo que evidentemente está mal. Aunque no consigue descifrar con exactitud qué es, tiene algunas ideas.
Ochako, es una de ellas. Sus enormes ojos café, sus mejillas sonrosadas y su sonrisa de primaveras sutiles. Su baile y su cuerpo. Su música. Su arte.
Su propia convicción es otra. Y tal vez sea la más acertada. Desde aquella noche en la playa es lo único en lo que ha estado pensando.
La manera en la que ella le ha mirado, durante aquellos últimos segundos previos a separarse, ha creado un revuelo de pensamientos en su mente. Fue casi como verse reflejado en sus iris, de una manera que no consigue comprender; como si hubiera visto allí el origen de su frustración, un sentimiento compartido, sin nombre, incorpóreo, pero persistente, penetrando sobre sus cuerpos como aire seco, árido. Y al final, un atisbo de esperanza. Una felicidad suave como seda, difícil de atrapar. No lo entiende, pero a la vez, sabe de qué se trata. Tal vez sólo le falta encontrar las palabras, dejar su orgullo de lado y reconocerlo. Pero una ansiedad crepitante nubla sus sentidos cuando recorre esa idea. No podría hacerlo. ¿Cómo admitir que se ha equivocado? ¿Cómo admitir que ya no quiere nada de lo que tiene?
Está siendo incoherente. Debe quitarse esos pensamientos de encima y continuar trabajando. Todo se resolverá eventualmente. ¿Cómo podría no hacerlo? Encontrará la satisfacción al final del camino. Sólo debe seguir avanzando.
—Odio esto, maldición.
Deja caer con fuerza los brazos sobre el sofá; se incorpora, apaga la luz y dando un portazo se encierra en su habitación. Honestamente, siente que está desperdiciando su talento. Qué idiotez, haber creído que el camino más simple sería el más fácil. Trabaja duro y lo lograrás.
—¿Lograr qué exactamente? Es estúpido. Yo- soy un maldito idiota.
Se cubre en la cama con todas las cobijas y se fuerza a cerrar los ojos y dormirse. Y en la tensión que contrae sus músculos, en la frustración que recorre sus venas, piensa en ella una vez más.
En sus ojos tristes, en su sonrisa ilusionada.
En su anochecer cobalto y su Ravel incesante.
Y luego, se queda dormido.
Llevo escribiendo este fanfic de manera intermitente básicamente desde la última vez que publiqué? Cambié mucho de ideas y perdí muchas veces la motivación. Al final, decidí concentrarme en crear una estructura que me permitiera continuar escribiendo esto sin acabar en un callejón sin salida como me venía pasando siempre. Llevo escritos cuatro capítulos más después de este. Pensaba terminar la historia antes de actualizar, pero bueno aquí estoy. De todos modos, pienso que tal vez me sirva de impulso para no dejar que las actualizaciones alcancen el material que tengo escrito. VEREMOS QUE PASA. Por lo menos por fin ya tengo todo certeramente planeado?
GRACIAS POR COMENTAR ToT me hace muy feliz leer lo que piensan de esta historia de encuentros, miedos y amores casuales. Por cierto, cada tanto me paso por acá a editar capítulos anteriores y corregir cositas, aviso.
En fin, ¡muchas gracias por leer!
