Disclaimer: BNHA no me pertenece.


whirlwind

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secreto.


Ochako observa el mensaje de texto durante largos minutos. Se encuentra en el coche de su padre, sumida en un silencio confortable interrumpido únicamente por los lejanos sonidos de la noche en la ciudad.

"Mañana habrá una fiesta en casa de Yaoyorozu. Sus padres no están. Será la despedida de Aoyama, se irá a Estados Unidos la semana próxima."

De: Deku.

Pese a que le apena ver a su amigo marcharse, sabe que lo único que le espera a Yuga en el extranjero es buenas oportunidades y un futuro excitante. Está feliz por él. Sin embargo, ir a una fiesta es lo último que necesita.

"Lo siento, no lo sé. Mañana tengo que ensayar".

Suspira y dirige la vista hacia la ventana. El camino desde la Academia hasta su departamento siempre se le ha antojado extraño. Últimamente, es hasta casi nostálgico.

"Oh, lo entiendo. Está bien. Pero piénsalo, ¿si? Te echaremos en falta".

De: Deku.

Relee las últimas líneas; dos veces, tres veces, cuatro veces.

"Kacchan vendrá".

De: Deku.

Abre los ojos de par en par, y su corazón da un brinco. ¿Ha sido tan evidente? Aquella noche en la playa, ¿a qué conclusiones ha llegado Deku...?

Se apresura en calmar el latido en su pecho. Se siente un poco ridícula, al alterarse con tan poco, pero no puede evitarlo. Hay algo en él que le ha hechizado por completo y Ochako ha caído en cuenta de que poco puede hacer contra ello. Tal vez ocurrió desde el primer momento, cuando le pilló observándole bailar Ravel, con los ojos destellando rubí bajo los cobrizos del cielo. Tal vez fue allí cuando cayó condenada a él. No hay mucho por hacer, ya lo ha aceptado. Quiere verle, está cansada de dudar sobre sus pasos.

"Tal vez pueda pasarme un rato".

"No tiene nada que ver con Kacchan-"

"Digo, Bakugo".

"¡En fin! Nos vemos mañana".

Se lleva una mano al rostro, avergonzada. Eso ha sido patético. Guarda el móvil en su bolso, demasiado apenada como para ver qué responde Deku, y se recuesta contra la puerta del coche, con la vista perdida en ningún sitio en especial.

Tal vez su vida sea incertidumbre y demasiadas dudas, certezas agobiantes y mentiras que cuestan mantener, pero su deseo de verle surge desde algún sitio imposible de negar y aquello le trae cierta particular calma; el latido emocionado de su corazón es un vivace reconfortante.

—¿Ha pasado algo? —La voz cálida de su padre le fuerza a salir de sus cavilaciones. Ochako se endereza, mirándole curiosa—. Te ves feliz.

—Ah- no, no. Me han invitado a una fiesta mañana, donde Momo.

El hombre asiente, sonriente. Mas súbitamente su expresión cambia- ha recordado algo. —No podré llevarte mañana, ¿pueden venir a buscarte?

—Supongo que sí. Le preguntaré a Tsuyu. —Ochako se lo piensa un momento, es fin de semana, así que es extraño que su padre ocupe el coche—. ¿Vas a hacer algo?

—Bueno, algo así. Hemos vendido el coche. Este es tu último viaje, de hecho —dice sonriendo, como si hablara de la cuestión más banal del mundo. Ochako le observa sorprendida, sin poder articular palabra alguna.

Recorre la posibilidad de reclamarle, pedirle explicaciones de inmediato. ¿Cómo han decidido vender el coche y no le han avisado? Incluso si ella no tiene voz ni voto, debería saberlo. Es adulta, es parte de la familia. Sin embargo, observa el rostro de su padre y no le lleva mucho tiempo comprender. Sus mejillas regordetas alzadas en una sonrisa dulce, sus ojos pequeños del mismo marrón que colorean los suyos, miran la calle iluminados con cierta felicidad vana. No quiere preocuparle. Quiere que ella continúe pretendiendo que todo está bien y que su familia no está en la quiebra. Y que disfrute su vida, que pase tiempo con sus amigos, que baile y ría y que lo olvide todo.

Pero Ochako sabe. Comprende a la perfección, quizás demasiado. El peso que siente en los hombros no se irá con sonrisas y risueños "está bien, no te preocupes", suspirados en voz dulce que oculta un trémulo temor. Pero sabe que tampoco se irá enfadándose con sus padres. Lo único por lo que velan es por su felicidad, su bienestar. ¿Cómo podría enojarse con ellos? Les debe todo. Y cada día que pasa desearía poder hacer más.

Suspira, derrotada. Quisiera que todo acabara y regresar a su niñez. Que lo único importante sean los cristales falsos de sus vestidos rosados, la sonrisa de su abuela al verla bailar y los sueños que solían sentirse posibles.

—Deberías haberme dicho. Extrañaré este coche —responde con fingido dramatismo, acariciando el tablero frente a ella.

Su padre ríe suavemente. —Lo siento, no queríamos preocuparte. Pero no importa, lo resolveremos. Mañana ve y diviértete. Nadie se lo merece más que tú, cariño.

Ochako observa a su padre con el corazón enternecido; cuando lleguen a casa piensa abrazarlo con todas sus fuerzas.

Desvía la vista hacia la ventana, los edificios transcurren cada vez más cercanos al suyo.

Observa hacia arriba; las ventanas brillan las luces encendidas de cientos de vidas diferentes. Habitaciones que han visto tantas emociones como estrellas en el cielo, que han presenciado tantos momentos como granos de arena en el mar. Y se siente tan pequeña frente a la inmensidad del mundo.

De pronto es una mota de polvo, flotando sobre los haces de luz de los faroles, que pintan solitarios de blanco perla la acera y aguardan acallados el regreso del sol que los extinga.

Y la gente continúa sus vidas pues el reloj da vueltas; attitudes, déboulés y fouettés,

y ella flota párvula,

fugaz,

entelequia.


Yaoyorozu Momo deambula por la habitación con el móvil en la mano y una expresión de preocupación en el rostro. Sus padres se han ido de viaje el fin de semana y han dejado la casa a su cuidado. Por supuesto, están enterados de que ella ha organizado una fiesta para despedir a su amigo Aoyama, pero han pasado cosas, y ahora se pregunta si ha sido una buena idea o no. Para empezar, Jirou, su novia, ha invitado a un par de personas y —aparentemente— estas, han invitado a otras. Se suponía que sería una reunión pequeña, íntima, y de pronto su sábado se ha transformado en una gigantesca fiesta de disfraces con gente a la que ni siquiera conoce. Está intentando tomarlo con calma, y dadas las circunstancias, considera que lo está haciendo bastante bien. Aunque no consigue quedarse quieta y ha chequeado que ciertas puertas estén cerradas con llave y ciertos sitios tengan el acceso restringido, al menos unas veinte veces. Suspira resignada, lo hecho está hecho.

Se detiene frente al espejo de la habitación, para dar un rápido vistazo a su disfraz. Todo está en orden. Alcanza a ver en el reflejo a sus amigas, bailando y comiendo snacks echadas sobre su cama. Sonríe sin percatarse de ello; , será una buena noche.

—Uraraka, linda, podríamos cortar aquí y allá y hacer un vestido bonito con ese traje horrible. —Aoyama prepara tragos distraídamente mientras Ochako le enseña su baile-de-arlequín a Toru, que la observa muerta de risa. Se voltea ofendidísima, y los cascabeles en su sombrero tintinean alegres.

—Deberíamos hacer algo con tu personalidad horrible. —replica y le saca la lengua de manera infantil. Aoyama pone los ojos en blanco y le pasa un vaso a Tsuyu que, vestida de rana, se mantiene silenciosa con los ojos enormes observando la discusión. Llevan los últimos minutos dando vueltas sobre lo mismo: Yuga quiere que Ochako se ponga un vestido y se quite el enorme traje de arlequín que lleva puesto, pues "¡¿cómo vas a conquistar a alguien vestida de payaso?!".

—Yo creo que te ves adorable. —acota Momo, uniéndose a la conversación y se deja caer en la cama junto a Toru—. Además, si a ella le hace feliz, es todo lo que importa.

—¡Gracias!

—No estoy seguro de que eso haya sido un cumplido —Aoyama comienza a quejarse nuevamente, pero Ochako se ha puesto a bailar casi encima de él—, ¡ah! ¡Muévete!

—Sé feliz, Aoyama, sé feliz. —canturrea Uraraka—. Estoy drenando tus malas energías.

Oír a sus amigas riendo vuelca una sensación reconfortante en su corazón; Ochako ha decidido que hoy sólo quiere divertirse, sin pensar en lo absoluto, y está haciendo su mayor esfuerzo por cumplir su palabra.

La conversación con su padre le ha dejado aturdida, sin saber cómo reaccionar. Ha transcurrido el día como flotando sobre una corriente de aire tibio y veloz. Antes de que pudiera darse cuenta, se ha hecho de noche y ha debido conseguir un disfraz en menos de una hora. Al final, piensa que vivir así resolvería la mayoría de sus problemas y, por un segundo, se asusta ante tal pensamiento; no quiere resignarse a ser una partícula de polvo, irrelevante e imperceptible. Ha tomado una decisión, la otra tarde en la Academia. Y se mantiene fiel a ella, o al menos eso intenta. Se encuentra a sí misma obligándose a recordarlo, una y otra vez. Rodeada por un temor intimidante, que consigue empujar su voluntad varios pasos hacia atrás, sin descanso, gris y avasallante.

Le gustaría que alguien le diera un buen empujón, y así ella no tendría más opción que echarse a andar, y tal vez el envión sería tal que pronto comenzaría a correr. Y entonces por fin su vida encontraría una dirección.

Suspira disimuladamente. No quiere que nadie se preocupe. Sabe que es ella quien deberá darse fuerzas. Nadie más podría hacerlo. Así que sonríe de oreja a oreja y hace tonterías de aquí para allá, con su traje de arlequín y sus cascabeles y pequeños corazones dibujados en sus mejillas.

Piensa en él, y en el hecho de que tal vez venga. Y se aferra a esa posibilidad, deseando sentir aquella repiqueteante emoción encender su corazón, aquella que se apodera de sus sentidos cuando él está cerca. El inexplicable subidón de energía que siente junto a él le reconforta. Y se pregunta si él entendería…

Sacude la cabeza. Hoy, se trata de divertirse. Ser feliz sin mayores complicaciones.

Al cabo de una hora, la casa Yaoyorozu se encuentra repleta de jóvenes vestidos en elaborados y no tan-elaborados trajes de diversas temáticas. Ciertas secciones han sido restringidas al acceso público, por lo que es la sala principal donde se reúne la mayor cantidad de gente. En otras salas con sillones y mesas hay personas jugando juegos y conversando entre vasos de alcohol y música que resuena de algún sitio. El grupo de Ochako se ha agrupado con aquellos faltantes; ella, por su parte, se ha alejado por un momento, en busca de Yuga que se ha instalado en la puerta controlando que "ningún raro" entre a la casa.

Camina hacia la entrada cuando de pronto se percata de que hay un grupo de personas… ¿discutiendo? Se apresura en llegar cuando comienza a notar ciertos rostros familiares. Una chica de cabello rosa conversa con un chico pelirrojo, Jirou se encuentra allí también, junto a un chico rubio y detrás de ellos, Aoyama parece estar hablando con alguien más.

Aquellos son los amigos de Bakugo y, si sus matemáticas no fallan, el protagonista de la escena debe ser…

—Vamos, Aoyama, déjalo entrar —dice Jirou alzando los brazos con exasperación a lo que el aludido niega la cabeza con fuerza. Todos los presentes suspiran frustrados y Ochako no puede evitar encontrar el momento divertido. Asoma con disimulo y se coloca junto a su amiga sin demasiados miramientos.

—¿Qué pasa? —pregunta con fingida inocencia, tratando de ver a Bakugo detrás de todo el amontonamiento de gente en la entrada.

—Lo que pasa es que Bakugo es un nerd, eso es lo que pasa —el muchacho rubio le contesta como si se conocieran de toda la vida y Ochako deja salir una sorprendida carcajada.

—¡Te escuché, cara de estúpido! —la voz de Katsuki retumba entre la música y las conversaciones, en la medida en la que aparta a Aoyama del camino e ingresa a la casa apuntando con el dedo al rubio, quien sonríe juguetonamente—. Ya verás, te voy a matar.

—¡Te he dicho que no puedes entrar!

—¡Que sí tengo disfraz, idiota!

Todo ha ocurrido tan rápido que Ochako apenas tiene tiempo para reaccionar. Katsuki, enfrascado en su discusión con Yuga, ni siquiera la ha notado allí, rodeada de su grupo de amigos. En realidad, es fácil comprender el motivo del problema: el "disfraz" que ha mencionado Bakugo consiste en un sencillo traje azul, nada más y nada menos. Tranquilamente podría estar yendo a tomar té o a la oficina o a absolutamente cualquier otro sitio. Ochako lo observa tratando de discernir de qué se ha vestido. ¿Es Detective Conan…? No, le falta la pajarita. ¿Un abogado…? Bueno, sólo está segura de que se ve muy lindo, con su salvaje cabello peinado hacia atrás y la camisa un poco desprendida.

—¿De qué se ha vestido? —le pregunta casualmente al pelirrojo, quien se encoge de hombros y hace un gesto irritado. Sin embargo, cuando abre la boca para hablar, Bakugo empuja a Aoyama una vez más y reaparece en la entrada.

—Soy Van Gogh, malditos incultos. —gruñe señalando el parche de vendas sobre una de sus orejas y hay un silencio colectivo en el que sólo la música distante se atreve a hacer ruido alguno.

—Ah, realmente es un nerd —Ochako murmura al rubio, inexpresiva.

—¿Lo ves? Tengo razón.

Katsuki escucha su voz antes de alcanzar a verla entre sus amigos, intercambiando miradas burlonas con Denki. Cuando por fin se ven a los ojos, Katsuki le sonríe con superioridad, cruzándose de brazos; Ochako siente las mejillas calientes, mas se rehúsa a dejarse vencer, así que le sostiene la mirada, desafiante.

—¿Y tú que se supone que eres?

—Soy un arlequín. —Ochako sonríe con orgullo y hace su practicada pose de "¡ta-dá!". Todos los presentes sueltan suspiros de asombro, como si hubieran ensayado con anterioridad, específicamente para molestar a Katsuki.

Bakugo chasquea la lengua y la mira de pies a cabeza. —Se suponía que debías ponerte un disfraz, sabes.

El silencio colectivo regresa y esta vez es como si hasta la música se hubiera detenido.

—Vaya, eso ha sido bajo.

—Un verdadero hombre no diría algo como eso.

—Pensándolo mejor déjalo afuera.

—¡Malditos-!

Jiro es quien decide interrumpir el acuerdo tácito de "molestemos-a-Katsuki" y pronto el grupo ha ingresado a la casa, dejando a un frustrado Aoyama detrás. Ochako se ha enterado del nombre de todos y camina junto a ellos riendo, pero sin participar demasiado de sus conversaciones. Kaminari, Kirishima y Ashido son extrovertidos y llaman la atención, pero consiguen hacerla sentir cómoda a pesar de no conocerla. Parecen el tipo de personas que no tienen ningún problema para hacerse amigos de extraños y piensa entonces que tiene sentido que Katsuki esté con ellos. Los observa hablar, discutir y bromear, y la manera en la que sus interacciones funcionan simplemente se siente natural y lógica. Se pregunta cuánto tiempo llevan siendo amigos, y cómo se habrán conocido.

Cuando llegan a la sala, Jirou —quien resulta ser amiga cercana de Denki—, dirige al grupo hacia Deku y los demás, con las intenciones de presentarlos. Ochako se ha quedado un poco atrás, así que da un paso para acercarse, mas una mano sobre su brazo impide que continúe avanzando. Cuando voltea ve a Katsuki a su lado, el rostro ladeado mira hacia alguna dirección lejana a la sala, parece buscar hacia dónde ir. Se percata de que se ha quitado la venda de la oreja y se ha despeinado el cabello, y echa un vistazo veloz para revisar que Aoyama no esté cerca, mas suspira aliviada cuando no lo ve por ningún lado.

Cuando Katsuki regresa los ojos hacia ella, Ochako se sobresalta ligeramente. Está más cerca de lo que había creído y puede sentir el aroma de su perfume, su corazón late acelerado y hace un esfuerzo para ignorarlo; él parece tranquilo, casi indiferente.

Oi. Vamos a otro sitio.

Ella asiente quedamente y se escabullen por el pasillo hacia algún sitio alejado de sus amigos. Caminan esquivando personas, él delante y ella atrás, aún sosteniendo su brazo. De vez en vez alguien saluda a Katsuki y éste les devuelve un gesto veloz, carente de interés. Ochako observa su perfil, su espalda, y piensa en lo extraño que es estar en aquella situación, después de haber pasado tanto tiempo haciendo equilibrio sobre la pausa de la duda, del desconocimiento. Ahora él está allí, a centímetros. Ya no hay calles o estantes de libros. Ya no hay lluvia o dudas inquietantes.

Siente que su mano afloja el agarre sobre su brazo, y poco a poco se desliza hacia abajo. Su corazón late, ajeno a la música y a la gente, y a sus propios pasos que ya no son suyos. Caminan, atravesando pasillos, salas, y la mano de Katsuki llega a su muñeca. Ochako observa sus nudillos, sus dedos, el tamaño de su palma sobre la suya, mientras sus manos se envuelven en un tacto inocente, hecho de anhelo y curiosidad, y tal vez algo más que ellos no conseguirán comprender jamás, pues su existencia humana en su compleja sencillez simplemente no está destinada a hacerlo.

—Bakugo —dice su nombre sin mucha convicción, y se pierde con facilidad entre la música—. ¡Bakugo!

Él se detiene de inmediato, casi provocando que ella choque contra su espalda, y voltea a verla. Ochako se para de puntitas, una mano sobre la boca, tratando de hacerle entender que debe acercarse; lo que quiere decirle es un secreto, después de todo.

Katsuki observa a la chica, con sus mejillas rosadas y su sombrero de arlequín y ahoga una risa. Se acerca para oírle mejor, sin soltar su mano.

—Creo que sé a dónde podemos ir. —le dedica una sonrisa emocionada mientras alza la mano libre con el pulgar arriba.

—Te sigo, cara redonda.

Ochako está a punto de continuar caminando cuando el apodo se escapa de sus labios, y voltea a verle con todo el dramatismo que es capaz de reunir.

—¿Cómo me llamaste?

—Cara redonda. —Bakugo sonríe entrecerrando los ojos, no hay una pizca de duda en su voz.

Uraraka exhala ofendida y se lleva la mano al rostro, tratando de ocultar el evidente sonrojo en sus mejillas, aparentemente, redondas. Katsuki la observa expectante. En realidad, podría verla poner esa expresión durante horas. La chica frunce el entrecejo y le dirige una mirada de fastidio, se voltea y continua caminando. En realidad, Ochako no sabe qué decir, oír su voz grave pronunciar aquellas palabras, tan cercano, sus ojos fijos en ella... su corazón ha dado un vuelco y no ha conseguido pensar lo suficientemente rápido. Se siente abrumada, jamás ha experimentado algo como aquello. Mas esa sensación que alborota sus sentidos es excitante y adictiva. No puede colocarle un nombre, o describirlo con certeza, pero a la vez, siente que no hay necesidad de hacerlo aún.

Le dirige una sonrisa traviesa a Katsuki y continúa guiándole hacia el exterior de la casa.

El aire fresco golpea contra sus rostros de manera súbita, delimitando un fuerte contraste con la calidez de la gran casona Yaoyorozu. El cielo nocturno se extiende salpicado de estrellas como pequeños puntos claros y precisos, y el contorno de una media luna ilumina vagamente la naturaleza del jardín. Algunos faroles prestan su lumbre y tiñen de cálidos antiguos el camino de piedras que se extiende frente a ellos, rodeado de frondosos arbustos de flores y extensas secciones de césped recién cortado. Más allá el sendero se divide en múltiples caminos que recorren el enorme jardín, algunos se extienden más lejos de lo que la noche permite ver, y otros acaban en secciones cerradas por cercos de fotinias y ciprés altos y tupidos. Una suave brisa agita las hojas de los árboles que salpican el terreno, su altura y porte demostrando con orgullo sus años en la tierra. Pequeños muros, estatuillas y bancos de piedra resaltan entre tanto verde y los intentos de modernización de la casa, como vistazos a una época más antigua de la historia de la familia Yaoyorozu.

Katsuki observa el jardín con sorpresa. Si la casa le había resultado una evidente demostración de dinero, el parque frente a sus ojos es incluso más impresionante. Le resulta interesante la mezcla de elementos simétricos, con su contraparte, en el diseño del jardín. La parte más cercana a la casa parece seguir cierta organización, mas en la medida que el jardín se extiende, los caminos se dividen en secciones erráticas, atravesadas por amplias placas de flores y enormes jarrones de piedra. Siente que podría seguir alguno de los caminillos sin tener idea de dónde podría acabar.

—Ah, espera.

La voz susurrante de Ochako lo despierta de su ensoñación, en la medida que la chica lo empuja detrás de uno de los pilares paralelos a la escalera que desciende desde la casa hacia el jardín.

—¿Qu-?

Shhh. —Ochako señala con la mano libre; a un par de metros, un haz de luz aparece y desaparece, en un movimiento perezoso pero certero—. Mira, no hay nadie. Él es el motivo.

Katsuki se asoma con cuidado y alcanza a ver una figura masculina deambulando por el jardín, con una linterna en la mano. Esfuerza la vista y consigue distinguir un uniforme, se trata de un guardia, sin duda alguna.

—En realidad no deberíamos estar aquí. —Ochako ríe suavemente, la vista perdida en el jardín. Katsuki la observa, comprendiendo ahora de qué se trata todo esto, y una sonrisa zorruna se dibuja en sus labios.

—No creí que serías del tipo que rompe las reglas—musita en un susurro grave, burlón. Se encuentran a pocos centímetros, escondidos detrás del pilar; sus manos aún entrelazadas. Ochako mira hacia arriba, buscando sus ojos, y sonríe con dulzura, encogiéndose de hombros.

—No te preocupes, tengo todo bajo control —dice y le guiña un ojo, con cierta alegría despreocupada que toma a Katsuki con la guardia baja. Es casi como si alguien le hubiera dado un derechazo en el estómago. Tiene la palabra atascada en la garganta, entre su hábito de proteger su orgullo, su mal genio, aquella debilidad inexplicable que siente por ella, y las ganas de continuar empujando, ver qué más se tiene guardado Uraraka Ochako. No obstante, chasquea la lengua y reduce tan sólo un poco la distancia entre ellos; viéndole desde arriba, los ojos carmín encendidos entre las sombras de la noche.

Te sigo, Uraraka.

No puede percatarse de la manera en la que sus mejillas se han enrojecido, aunque siente un lejano calor en las orejas. Lo cierto es que se encuentra perdida en algún sitio lejano, rodeada únicamente por el latido desbocado de su corazón y los cientos de mariposas que revolotean en su interior. Debe forzarse a apartar la vista y recuperar la compostura. Respira hondo y aferrándose a su mano, salen del improvisado escondite una vez que el guardia se encuentra despistado.

Corren hacia el camino de piedra principal, agazapados, esperando no ser vistos detrás de los arbustos. Ochako echa un vistazo a sus alrededores, deberían tomar la apertura a su derecha. Giran en cuanto el camino se abre y continúan corriendo un buen tramo, hasta que los arbustos paralelos se tornan altas paredes que acaban en un arco de hierro envuelto en enredaderas de flores rojas y blancas. Ochako voltea hacia atrás y se detiene cuando está segura de que se han alejado lo suficiente sin que el guardia lo note. Sus manos se sueltan en un gesto casual, mientras ambos observan aquello que aguarda más allá del arco de flores. Caminan hacia allí, guiados por la chica que sonríe entusiasmada. Katsuki no acaba de comprender cómo han acabado en un sitio como este; parece un recoveco secreto, perteneciente a un mundo totalmente diferente a ese donde transcurre aquella ruidosa fiesta de disfraces.

—Es aquí.

Katsuki se acerca cauteloso, observando todo con cuidadoso detalle. Más allá del arco un camino estrecho se extiende hacia adelante, rodeado por una continuación de las paredes de altos arbustos que los han acompañado en el último tramo de su huida. Al final del pasillo, una pared parece dividirse en dos caminos opuestos que se ocultan del ojo humano. Comprende entonces de qué se trata: un laberinto de setos.

—No estarás pensando en meterme allí para luego asesinarme, ¿verdad? No te lo haría fácil, sabes —dice Katsuki burlonamente, mientras se adentra en el pasillo con pasos lentos, curiosos.

—Bueno, tendrás que seguirme para averiguarlo. —antes de que Bakugo pueda siquiera acabar de procesar lo que ha dicho, Ochako se inserta en el laberinto, dando brincos alejándose de él.

Mientras se echa a andar detrás de ella, se pregunta repetidas veces si es que la extraña chica de ojos bonitos, cara redonda y traje de arlequín tendrá idea siquiera de cómo salir de ese lugar, mas se encuentra a sí mismo regocijándose en cierta emoción excitante, que le impide pensar racionalmente.

Recuerda brevemente su vida años atrás. Se siente estúpido por permitir que aquellos momentos regresen a su mente con tal nostalgia, pero no puede evitarlo. Mientras corre y dobla por pasillos y busca un tintineo y su figura, se percata de que aquello que enciende su interior es diversión. Simple, infantil e ingenua diversión. Despreocupada emoción, aquella que abandonó sin darse cuenta, al entrar en los últimos años de su adolescencia, cuando progresivamente su vida se fue ciñendo sobre la responsabilidad de su futuro. Trabajo duro, trabajo duro y trabajo duro.

Entonces gira hacia su derecha y la ve allí, aguardando por él, toma su mano sin miramientos y lo arrastra hasta el final del pasillo, que se abre en un espacio circular alumbrado por faroles más altos que aquellos presentes dentro del laberinto. Una fuente de piedra se ubica en el centro, el sonido del agua corriendo y grillos cantando se entrelazan bajo los tonos azules de la noche. Ella camina hacia el centro, suelta su mano y voltea, sonriente.

—Momo, Tsuyu y yo solíamos venir aquí después de clases, durante la primavera. Aquellos arbustos se llenan de flores, amarillas y rojas, y es como estar en otra dimensión. Solíamos sentarnos en estos bancos, y hacer un picnic mientras hablábamos de cosas que absolutamente nadie podía escuchar. —recorre el espacio tocando con la punta de los dedos los antiguos bancos de piedra gris. Bajo la luz de los faroles, su traje de arlequín violeta oscila en tonalidades rosadas y azules, y Katsuki la mira, callado—. Hace mucho que no venimos. Creo que los secretos adolescentes se han acabado. —ríe agachando la cabeza, y se quita el sombrero de arlequín, observándolo, pensativa.

—¿Quieres contarme un secreto? —pregunta él de pronto, y Ochako lo mira, sorprendida. Se ha sentado en el borde de la fuente, frente a ella. Su semblante serio y su permanente entrecejo fruncido no consiguen transmitir la honestidad de aquella pregunta. Y Ochako se pregunta cuánto de su verdadero yo, él le permitirá ver.

—No lo sé. Tal vez por ese motivo te traje aquí, ¿no? La mente funciona de formas extrañas.

—¿Qué otra cosa podría ser?

—Quería estar a solas contigo.

Ochako se lleva una mano a la boca, atónita por su propia imprudencia. Katsuki la mira con una expresión de sorpresa que pronto se convierte en una de burlona incredulidad.

—Mierda, comienzo a pensar que sí quieres asesinarme.

—Tú eres el que me espiaba en la Academia, sabes. —Ochako pone los brazos en jarra, y Katsuki salta de su asiento como un resorte, dirigiéndose hacia ella.

—¡Y me espiabas en la librería, cara redonda!

—Eso fue... ¡Un accidente!

Katsuki chasquea la lengua, la mira desde arriba y sonriendo le dice: —Realmente le haces justicia a tu disfraz.

Ochako arruga entre las manos el sombrero de arlequín, frustrada. Tiene una increíble facilidad para burlarse de ella. Mas se cruza de brazos, testaruda.

—¿Tú no querías… estar a solas conmigo? —su voz suena entrecortada por su propio orgullo, y desvía la vista evitando mirarle a los ojos. Aunque puede sentir sus mejillas sonrojarse y hace todo lo posible por parecer indiferente.

Bakugo la observa sin palabras. Pasa saliva, recorriendo distintas maneras de responder. La honestidad, la desenfadada y cruda verdad, es empujada por todo aquello familiar en su interior, así que ladea la cabeza, guarda las manos en los bolsillos y se voltea, caminando hacia la fuente.

—He pensado en ello. Muchas veces, durante este tiempo... He pensado en ti. —deja salir una carcajada seca—. Eres molesta, Uraraka.

—Yo también he pensado en ti. —se apresura en decir, acercándose a él. Su figura alta es iluminada por los faroles, y las sombras se alojan sobre los pliegues de su ropa, sobre su cabello despeinado, sobre su perfil cuando voltea a verla. Ochako se encuentra a sí misma bajo sus ojos, atrapada y sin defensas—. Yo… te contaré mi secreto.

El silencio se forma en el aire, expectante, fluye como agua de río, turbulento y profundo, ocultando preguntas, pensamientos y emociones debajo de sus aguas, acalladas en la negrura de la noche, interrumpida por la luz amarilla de los faroles y las estrellas distantes que aguardan curiosas. Se arrulla junto a ellos, humedece las palabras por decir, y burbujea entre sus miradas, que oscilan sobre un vaivén de ansiedad y reconfortante comodidad. Quizás eso es estar en altamar, aquello que sienten en el pecho y es inquietante pero pacífico. No tiene sentido, y entre las contradicciones, sólo queda decir una palabra.

Ochako retrocede un par de pasos y se sienta en el banco de piedra. Katsuki la imita y se sienta en el borde de la fuente, frente a ella. La observa concentrada en el sombrero, que tuerce y dobla, con la mente lejos, y sus ojos de un marrón triste, arrepentido.

—Tengo miedo. —dice, por fin. Un par de segundos se regocijan en el silencio. Hasta que Katsuki pregunta:

—¿De qué?

Uraraka alza la vista y le sonríe. Allí, sentada en aquella piedra gris, las paredes de setos frondosos parecen volcarse sobre ella, diminuta y perdida, como una mota de polvo.

—Temo percatarme de que me he equivocado. Y que sea demasiado tarde. He tomado una decisión, pero no soy lo suficientemente fuerte para llevarla a cabo… Lo siento, ni siquiera sé por qué le estoy diciendo esto a un extraño… —las palabras se escapan de sus labios, pero la misma pregunta resuena en ambas mentes, ¿un extraño…?—. Soy débil. —dice ella, ahuyentando aquella cuestión de su cabeza y regresando a su confesión. Ríe suavemente y se encoge de hombros, como si estuviera comentando lo bonito que está el clima y nada más.

La mirada de Katsuki fija en ella hubiera conseguido intimidarla en otro momento, mas ahora siente que pocas cosas importan, y sonriendo vagamente, lo observa hundida en su propia confusión, abrumada por la manera en la que tiemblan sus manos, de pronto livianas, como si hubiera soltado la pesada carga de una roca que llevaba arrastrando demasiado tiempo. No lo comprende realmente.

Bakugo se toca las manos distraídamente. Su mente recorre los matices de su voz. Aquella que imaginaba entre los golpes de la lluvia y las notas de Ravel, suspendida en los sueños de un encuentro interrumpido, y una añoranza sin sentido, sujeta a un vínculo que no existía, pero se pensaba, se pintaba. Y la tristeza de sus palabras es viento llevándoselo todo.

En el ojo del huracán, está ella. Real. Y de sus colores surgen otros, brotan tonos que la luz nunca produjo, y que él ve por primera vez.

—Estoy cansado, maldición. Ni siquiera es algo físico. Me he dado cuenta de que no lo es. Estoy cansado aquí. —se señala la cabeza, con el semblante serio fijo en ella— Y no sé qué demonios hacer al respecto. —deja salir una risa burlona, y su voz gruñe con frustración:—. Soy un puto chiste.

El silencio vacila en el aire, recorre en pasos lentos los extremos de una calma extraña. La impaciencia se hace lugar entre las respiraciones pausadas, pero el entendimiento asoma sobre las sombras débiles de los faroles antiguos. No hay mucho que decir, y está bien.

Ochako sonríe, un poco triste y un poco feliz.

—Creo que ahora mismo no somos el mejor ejemplo de dignidad… —musita Ochako, torpemente, y ríe con suavidad.

—Habla por ti misma, yo no estoy vestido de payaso.

Uraraka le arroja el sombrero de arlequín hecho un bollo y ambos lo observan caer sin gracia a mitad de camino.

Eso fue patético.

Ochako se hunde en sí misma, sonrojada. —Estoy comenzando a considerar la idea del homicidio.

Katsuki suelta una sonora carcajada, y relaja la postura, ladeando la cabeza. —Me gustaría verte intentarlo. Vamos, aquí y ahora, te patearé el trasero.

—No me subestimes, Katsuki Bakugo —dice ella, cruzándose de brazos, entre sonrisas traviesas.

—Oh, jamás —dice con sarcasmo, y luego su sonrisa arrogante se desvanece poco a poco—. Veo que no hay nada frágil en ti, cara redonda.

Uraraka desvía la vista, poco convencida. La manera en la que ha dicho esas palabras le ha tomado con la guardia baja. Ha sumergido su voz en un tono profundo, rotundo. Como si no hubiera manera en el mundo de contradecirle. «No eres débil», le ha dicho. «Grábatelo en la jodida cabeza».

Mira por un instante los bancos de piedra a su alrededor, las baldosas agrietadas, atravesadas por retazos de césped, los setos en claroscuro, la calma singular encerrando ese momento entre un laberinto de encuentros y desencuentros.

—Eres más sensato de lo que aparentas ser.

—¿Qué demonios se supone que significa eso?

Ochako ríe con honestidad, durante un par de segundos. Katsuki entrecierra los ojos, mirándole como se observa aquello absolutamente irreverente. Cuando su risa se apaga, se mantiene en su rostro una sonrisa dulce, los ojos grandes brillando bajo los faroles, y sus mejillas sonrosadas enmarcando un rostro bello y redondo. Katsuki resopla y pasa una mano por el cabello, desviando la vista.

Mierda —gruñe en un susurro, y Ochako se voltea a mirarle.

—¿Dijiste algo?

Katsuki niega con la cabeza y se incorpora, las manos en los bolsillos y haciéndole un gesto con la cabeza, le dice:

—Vamos, aquellos idiotas deben estar preguntándose a dónde nos hemos ido.

Ochako pestañea un par de veces, no había pensado en ello. Conociendo a sus amigos, especialmente a Deku, es posible que al ver que coincidencialmente ninguno de los dos está presente, lleguen a la evidente conclusión de que están juntos. De pronto siente los nervios aglutinarse en su estómago y sus mejillas encenderse, así que instintivamente se lleva ambas manos a los costados del rostro.

—A-ah, ¡tienes razón!

El camino de regreso está repleto de conversaciones casuales. La voz de Ochako resuena en comentarios acerca de la increíble variedad de disfraces que definitivamente le quedarían bien a Bakugo; es cuando sugiere puercoespín que Katsuki decide que ha tenido suficiente y ambos se echan a correr, Ochako riendo a carcajadas y él detrás gruñendo maldiciones. Ella se percata de lo fácil y divertido que es hacerle enfadar por tonterías, y él no deja de pensar en el desastre en el que se ha metido. Pero es curioso, y piensan en ello. Incluso mientras ríen y mascullan entre dientes, hay un segundo donde pueden detenerse sobre ese pensamiento. Es extraño.

Cuando regresan a la casa y se reúnen con sus amigos, la noche transcurre de manera veloz y agradable. Al final, ambos grupos se han juntado y pasan el resto de la fiesta bailando y conversando.

Esa noche, Bakugo regresa a su casa con la pantalla de contactos del móvil iluminando un "Cara Redonda".

Son las 5 de la madrugada y se recuesta en el alféizar de la ventana y observa el cielo oscuro, oscilante entre negros distantes y líneas de un naranja fuego. Se mantiene allí, con los ojos fijos en el amanecer y la mente y el cuerpo usualmente cansados, ahora ligeros.

Ochako se queda varias horas mirando las estrellas de plástico resplandecer un brillo verde en el techo de su habitación. Siente su pecho subir y bajar, respirando pausadamente. La oscuridad la envuelve como agua fría. Es entumecedor.

Cierra los ojos.

Se queda dormida y sueña con su abuela, sueña que baila y sueña que al final de un pasillo nebuloso lo ve a él. Y sonríe entre sueños.

Bakugo respira profundo aquel aroma singular a la mañana de un nuevo día.

Cierra los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo, oye el silencio.