.

.

CAPITULO 1

Inglaterra 1815, Condado de Clearwater.

La condesa Clearwater junto a su hija mayor, partieron de viaje dirección a Londres, era un desplazamiento ineludible; según ella, Susana necesitaba encargar un vestuario nuevo en la ciudad para su inminente presentación en sociedad. Sharon White tenía ideas claras respecto al futuro de su primogénita.

El matrimonio era el propósito primordial de cualquier joven debutante de buena familia. Y para ello la había preparado con esmero, esperando un buen casamiento que reportara ingresos extras a la economía de la familia, que últimamente no era demasiado boyante. Aquella temporada era crucial para conseguir un buen marido. Ella misma se encargaría de que Susana eligiera bien, supervisando a cada uno de los candidatos.

Por otro lado, la pequeña de los White no era consciente de aquellos asuntos, ya que aún se la consideraba demasiado joven a sus quince años. En lo único que pensaba Candy, cuando su madre se ausentaba de casa, era en la libertad de la que gozaría. Al quedar sola con su padre era consciente de que conseguía lo que deseaba de él sin demasiados esfuerzos. Su carácter dulce y milonguero podía más que el de su hermana, de mal talante y fría como una perdiz en escabeche.

Ese día, Robert White, conde de Clearwater, decidió encerrarse en su despacho con intención de revisar las cuentas de la finca que, en los últimos tiempos, no cuadraban. Minutos después, cerró el libro de piel roja sonoramente, agobiado por la situación que se revelaba ante sus ojos. Según sus cálculos, la presentación en sociedad de Susana mermaría el escaso presupuesto con el que contaban. El año anterior habían perdido parte de la cosecha, diezmando así sus ganancias. Todo se lo podía agradecer a unas lluvias tardías que habían asolado la zona. Por más que se devanaba los sesos, no encontraba solución para sus complicadas circunstancias.

Lo único que elevaba su ánimo era saber que Sharon desaparecería de su visión durante meses, lo que durara el debut de Susana en Londres.

Recordó, entonces, su juventud ya lejana en el tiempo y los errores cometidos. Ahora comprendía lo equivocado que estuvo cuando conoció a su esposa. Fue en una fiesta de debutantes y nada más verla se quedó hipnotizado por su belleza y palabras zalameras.

Se dejó eclipsar por su hermosura, que resultó efímera, ya que a los pocos meses de casados empezó a mostrarse tal cual era. Su dulzura fingida dio paso a un ser despótico, malhumorado y avasallador.

Lo que más le disgustaba de su mujer era la forma en que trataba a sus hijas. A lo largo de los años había creado diferencias entre ambas y que no ayudaban a la buena relación de las hermanas.

Su predilección por Susana rozaba el delirio. Por ese motivo él protegía a la menor e intentaba equilibrar la situación, ya que temía que fuera consciente de la indiferencia de su progenitora.

Candice era apenas una niña todo corazón y con espíritu limpio. Le gustaba vivir en el campo y disfrutaba de las cosas simples que allí encontraba y lo que le reportaban, lo cual llenaba de orgullo y emoción al padre.

Susana, por el contrario, era una joven que se caracterizaba por su mal genio. Cuando alguien se atrevía a llevarle la contraria su rostro angelical se transformaba en una gélida máscara y sólo su madre era capaz de apaciguarla.

Desde su más tierna infancia fue educada por los mejores tutores e institutrices. Bordaba, finamente, delicados paños, memorizaba versos de poesía y su pericia con el piano deleitaba a las visitas. Era la perfecta candidata para concertar un buen matrimonio, como decía Sharon.

Robert era del parecer que la mayor baza que tenía Susana era su exuberante belleza: su cabello era de un rubio peculiar parecido al color del maíz bañado por el sol, sus ojos azul intenso parecían zafiros y presidian un rostro de rasgos exóticos.

* * *

Aquella mañana, Candy se levantó del lecho con premura, se lavó el rostro en el aguamanil, se cepilló el cabello con fuerza y lo anudó con un lazo gris en la nuca. Resuelta, se dirigió al gran ropero de puertas talladas de roble y rebuscó en uno de los cajones inferiores donde ocultaba la prenda más preciada que poseía. Solo se permitía lucirla cuando su madre se ausentaba. Sacó, con suma delicadeza, la falda pantalón de terciopelo negro que allí escondía. Se la había regalado su padre la última vez que había viajado a Londres y fue lo que hizo escandalizar a su madre y horrorizar a su hermana.

Su padre decidió liberar a la pequeña Candy de sus lecciones durante varios días. Era consciente de que a su esposa no le agradaba su disposición, pero ella no estaba allí para recriminarle. La señorita Smith, la última institutriz que habían contratado, tampoco parecía estar a favor de su idea, pero ésta ni siquiera se atrevió a oponerse por miedo a ver peligrar su empleo. No se expondría a disgustar al Conde.

Sabiéndose libre de sus lecciones Candy decidió aprovechar el día fuera, pero antes debía desayunar y con esa intención se dirigió al comedor principal. La mesa estaba pulcramente organizada con gran variedad de viandas. Oteó unos segundos descansando su mirada en los bollitos rellenos de crema que preparaba María, para decantarse, finalmente, por unas frutas y una taza de té. Al terminar el frugal tentempié se escabullo por la puerta trasera procurando no ser vista.

Ya en el exterior, caminó decidida hacía las caballerizas con intención de encontrarse con Thomas. En los días transcurridos desde su llegada, apenas había tenido tiempo para estar con ella y aquello la enojaba. Él era el hijo de su nana María, la mujer que se había encargado de Candy prácticamente desde el mismo día de su nacimiento. Sharon, al alumbrarla, perdió mucha sangre y tardó meses en recuperarse de su debilidad. En ese tiempo no pudo encargarse de la criatura y aquello las distanció.

Tom y Candy crecieron juntos y al amparo de María. La pequeña se agarraba a las faldas de la mujer desde que aprendió a andar y, a pesar de los cinco años que separaban sus edades, ambos jóvenes se compenetraban bien.

Susana siempre intentó integrarse en el grupo, pero Tom y Candy no la aceptaban en sus juegos porque siempre acababan mal. Muchos eran los castigos que habían tenido que cumplir por sus llantos.

El día que Thomas cumplió quince años anunció que se marchaba a Londres para buscar un buen empleo, según le había dicho a su madre por no confesarle que odiaba trabajar de ayudante de caballerizas, un empleo que no tenía un gran futuro. Candy se sintió abandonada cuando se marchó, pero sabía que poco podía hacer, siendo ella una niña.

Por su parte, Tom estaba emocionado porque quería algo más para su vida, deseaba conocer mundo. María se disgustó mucho al enterarse de su decisión, pero finalmente lo dejó partir con lágrimas en los ojos y el corazón estrujado. Era consciente de que su hijo debía cumplir con lo que el destino tuviera escrito para él.

Los labios de Tom se curvaron en una ancha sonrisa al ver que Candy llegaba corriendo por el camino de tierra, a riesgo de que la institutriz la descubriera y afeara su conducta. Adoraba la alegría y energía que transmitía la señorita White.

—Tengo una sorpresa para ti —le anunció. Guardaba un pequeño detalle para ella en el bolsillo interior de su chaqueta parda. Se trataba de una pulsera de plata finamente labrada que había adquirido en uno de sus viajes a la india.

—¿De qué se trata? —preguntó Candy con emoción, observando si él ocultaba algo que no veía—. Oh, Tom, no seas malo. No me tengas en ascuas.

—Si quieres tu regalo tienes que cerrar los ojos y darme tu mano.

Candy no lo dudó ni un instante, se la tendió con confianza y sus ojos se sellaron, cumpliendo así con lo acordado. Tom la cogió en la suya, más grande y morena, para girarla y depositar el pequeño abalorio en el nido que formaban.

La joven abrió los ojos con rapidez y evaluó la delicada pulsera. La palpó con aprecio y estudió minuciosamente sus extrañas inscripciones en un lenguaje extraño que no conocía. Sonrió ampliamente complacida con su nuevo tesoro y con presteza se abrazó a Tom. Su benefactor no dudó en devolverle el gesto, feliz con el efecto logrado.

—Tom, es preciosa —exclamó tras separarse de él. Nunca había visto algo tan hermoso.

—Lo compré en la India.

—No debiste hacerlo —lo amonestó, sabedora de que el dinero no le sobraba.

—Candy —farfulló—, sabes que te quiero como a una hermana y debía traer algo tan único como tú.

—Gracias —Candy se puso la pulsera con delicadeza—. Nunca me separaré de ella.

Tom disfrutó con su afirmación, pero debía ponerse serio para darle una noticia que a la joven no le gustaría.

—Debo contarte algo importante.

Candy observó la expresión de su rostro con temor.

—¿Pasa algo malo?

—Candy, mañana me marcho.

—¿Tan pronto? Pensé que estarías más tiempo —la angustia se transmitía en su voz.

—Debo volver. Mi trabajo me espera —irremediablemente, mintió, no podía desvelar los verdaderos motivos de su viaje.

—No es necesario que vuelvas a marcharte —le suplicó—. Aún puedes volver a tu puesto en las caballerizas. ¿No eres feliz aquí?

—Lo siento, Candy —le rompía el corazón ver la tristeza en su rostro—. Debes comprender que necesito demostrar que puedo ser alguien en la vida...

—Tú eres alguien para mí —contestó tozuda.

—Lo sé, pero debes dejarme marchar, como un pájaro deja volar a sus crías del nido.

A pesar de su juventud, Candy entendió su necesidad, cuando estaba con su madre tenía la misma sensación que aquel pajarillo que simplemente quería surcar el cielo.

—Te echaré de menos —confesó.

—Yo también, mi pequeña Candy. Vamos —dijo Tom, tomando su mano—, mi madre ha preparado tu pastel favorito, el de hojaldre con miel.

El estómago de Candy protestó sonoramente al recordar aquel sabor tan delicioso.

—Deberíamos ir a la cocina antes de que mi padre acabe con el mismo —sonrió al imaginarse la escena.

El rostro de Tom se endureció ante la mención del Conde. Intentó suavizarlo para que ella no se percatara y, finalmente, apartó su mirada de Candy antes de hablar.

—Creo que está cabalgando, el pastel estará intacto cuando lleguemos.

Candy caminaba de la mano de Tom. Charlaban animadamente entre bromas y risas mientras se dirigían hacía la cocina donde a la joven le esperaba su pastel.

María los observaba desde la entrada trasera con una sonrisa, feliz, por primera vez en mucho tiempo, de verlos tan bien juntos.

* * *

Durante el viaje, Sharon no dejó de parlotear saturando la escasa paciencia de su hija que procuró ignorarla fingiendo dormir gran parte del trayecto. La Condesa fantaseaba con casar a la joven con un Conde o Marqués de renombre y, con ello, lograr el futuro que soñaba para su Susana.

Para la ocasión había alquilado una pequeña casa en la calle Mayfair, a pesar de que su prima, Verónica, las había invitado a pasar la temporada en su mansión. Sharon, con su peculiar forma de pensar, declinó el ofrecimiento sin tener en cuenta el estado de sus finanzas. Estaba convencida de que debían aparentar no sufrir reveses económicos ante los posibles pretendientes. Aún recordaba los esfuerzos realizados para convencer a Robert de que aquel viaje era necesario, le atosigó durante días hasta lograr lo deseado. En un principio, su marido se negó por completo alegando que la renta familiar no estaba en condiciones de asumir semejante gasto, pero finalmente cedió.

El primer día en la ciudad, madre e hija lo pasaron de compras en Regent Street. Su primera parada fue en el taller de la mejor modista de la ciudad, madame Dechaux. La jornada se alargó con la búsqueda de los complementos a juego con las telas elegidas para el nuevo y suntuoso ropero de Susana.

No había transcurrido ni una semana cuando llegó parte del encargo. Susana admiró los diseños con emoción apenas contenida, imaginándose en glamurosas salas de fiesta con aquellos vestidos confeccionados con las mejores telas y traídas desde la mismísima india. Se probó cada uno de ellos y observó con deleite el reflejo de su imagen en el espejo. Estaba segura de que conseguiría comerse el mundo con su belleza.

Esa misma tarde recibieron una invitación de la prima Verónica: una elaborada tarjeta con filigranas donde las convidaba a cenar en su casa al día siguiente.

Era el primer acto social, aunque informal, al que asistirían y Sharon estaba exultante de felicidad. Esperaba que, a raíz de esa primera noche, las invitaciones se multiplicaran gracias a la belleza de su Susana. Pronto, los posibles pretendientes revolotearían a su alrededor como las abejas a la miel.

Verónica tenía buenos contactos y conocía a la flor y nata de la alta sociedad londinense y no dudaba que a esa reunión asistirían muchas personas que convenían a sus propósitos.

Mientras su madre conjeturaba sobre su futuro, Susana se recluyó en sus aposentos tras la noticia del inminente evento. Se hallaba enfurruñada porque no le apetecía asistir a esa cena en la que temía al tedio. Cuando su madre le habló de la conveniencia de ir a Londres para buscar marido, le pareció una idea excelente. Soñó con asistir a bailes en Almack's, de los que le había hablado su amiga Eliza, y conocer a hombres atractivos, pero bajo ningún concepto imaginó que su primer acto social sería una reunión informal con gente «mayor».

Tras golpear el suelo con el pie sonoramente, intentando así aplacar su ánimo, se acercó a la ventana para contemplar la calle de adoquines grises. El trasiego de viandantes la embelesó y tranquilizó, hipnotizándola con sus múltiples colores. En casa lo único que podía ver a través de los cristales impolutos eran extensos prados verdes. Una sonrisa curvó sus labios al recordar algo que sí le gustaba: muchas fueron las veces que había espiado a Thomas Steven mientras éste cepillaba algún caballo en el exterior de las caballerizas. Le encantaba su pelo castaño repleto de múltiples rizos revoltosos que se mecían con el aire, y sus ojos ambarinos que eran magnéticos cuando sonreía. Lamentó mucho su marcha cuando el joven decidió buscar fortuna en la capital.

Era un hombre demasiado guapo para ser pobre, pensó con tristeza. Un simple marinero que surcaba los mares en un mugriento barco durante meses.

Intentó coquetear con él en varias ocasiones utilizando sus armas de mujer, pero sin demasiado éxito porque toda la atención de Thomas iba dirigida a su hermana pequeña. Aquel comportamiento solo lograba incrementar su odio hacia Candy.

Aun así, pensaba que solo era cuestión de tiempo que finalmente Thomas cayera rendido a sus encantos. Le gustaba vivir bien y, con todos los beneficios de su alcurnia, no estaba dispuesta a perder la cabeza por un simple marinero. No esperaba amor, no era ilusa al respecto, pero quizás en el futuro sus destinos se volvieran a encontrar y entonces, al menos, podrían ser amantes.

Una sonrisa cínica surgió en sus labios perfectos ante sus propias conjeturas, si su madre supiera en lo que pensaba respecto a Steven se escandalizaría. No era la primera vez que la escuchaba furtivamente chismorreando con su prima sobre asuntos de alcoba. Hablaban a media voz para que nadie las escuchara, pero Susana era ávida receptora. En la última ocasión departían sobre una mujer casada que se citaba con un conocido libertino en Vauxhall Garden. Tener un amante era demasiado habitual en Londres.

Un sonido a su espalda anunció la llegada de su madre, que entró precipitadamente en la alcoba sin llamar, como era su costumbre. Susana se apartó de la ventana con hastío olvidando sus cábalas.

Sharon llevaba una sonrisa dibujada en los labios y su hija no pudo hacer más que devolverle el gesto forzadamente.

Mientras Sharon hablaba sobre la inminente cena y revisaba el vestidor, descartando varios modelos hasta dar con el que buscaba, Susana jugaba distraída con las piezas de su joyero mientras la escuchaba. Solo levantó la vista para descubrir qué luciría a la noche siguiente.

Era un vestido de tono rosa palo confeccionado en seda que se ajustaba perfectamente a su generoso busto, abriéndose la falda en capas sobre sus largas piernas. Poco le importaba a Susana que no deseaba asistir a semejante reunión.

* * *

Despuntaba el alba cuando Candy despertó con sobresalto. Apenas había dormido pendiente como estaba de la llegada de los primeros rayos de luz. Se levantó resuelta del lecho y cogió su bata azul, que pendía de una silla cercana, colocándola con premura sobre su cuerpo. Tras anudar el cinturón, salió por la puerta del dormitorio con cautela, no quería ser vista y, cuando estuvo segura de que nadie merodeaba por la zona, bajó las escaleras atropelladamente.

Sabía que Tom se marchaba aquel día. Tenía la costumbre de hacerlo sin decir palabra, pero en aquella ocasión no se saldría con la suya. No estaba dispuesta a dejarle escapar sin una despedida y, como esperaba, lo encontró en las caballerizas preparando su montura.

Cuando Tom se percató de que tras él había una persona que lo observaba, giró con celeridad por temor a que fuera el Conde. Cual no fue su sorpresa al encontrarse frente a Candy, que vestía una simple bata azul que apenas abrigaba su cuerpo. A pesar de ser primavera, aún refrescaba en las madrugadas y sin poder evitarlo se enojó con ella. Era una inconsciente al salir de la casa sin abrigarse debidamente para el exterior. Volvió a su trabajo, terminando de ajustar la silla a la montura y sin prestarle la más mínima atención.

—¡No me ignores! —protestó Candy.

—No me gustan los adioses —le contestó Tom aún sin girarse hacia ella.

—Escúchame bien —le gritó furiosa—, esta vez no vas a partir sin despedirte de mí.

—Candy, eres una cabezota —aseveró volteándose para enfrentarla.

—Como tú —le espetó ella con los brazos cruzados sobre el pecho y enfurruñada como nunca.

Tom no pudo evitar que la emoción lo embargara al contemplar su estampa. Quería demasiado a la pequeña como para enfadarse por demasiado tiempo con ella. Sus ojos ambarinos brillaron con adoración antes de abrazarla.

Candy se vio sorprendida al encontrarse fuertemente apretada contra su pecho, pero no protestó y devolvió el gesto con igual intensidad.

Tenía la impresión de que nunca volvería a ver a Candy, su pequeña revoltosa, y aquel pensamiento formó un nudo en su estómago. Demasiadas cosas habían pasado desde su regreso al hogar. Su mundo había cambiado, irremediablemente, después de mantener una agria discusión con su madre tras la salida precipitada de la cocina del Conde unos días antes. La conversación que había escuchado, sin pretenderlo, heló su corazón y causó un agujero en el mismo.

La amarga verdad que había descubierto todavía bullía en su interior y aun así, antes de salir por la puerta trasera de la casa se despidió de su madre y le prometió que llevaría una vida mejor que la que ella había tenido. Besó su frente con dolor y salió pensando en nunca más regresar.

—Tom... —Candy pronunció su nombre preocupada y aún entre sus brazos. Él parecía perdido en sus pensamientos.

—Candy —la llamó por el diminutivo cariñoso que siempre usaba él. La apartó de su cuerpo con renuencia— Prométeme que cuidaras de mi madre —le rogó con una intensidad que ella no llegó a comprender.

—Sabes que lo haré —afirmo la joven sintiéndose mayor.

—Y haz caso a tu padre —ella no se percató de la mirada fría que nació en sus ojos. Nombrar al Conde le suponía un gran esfuerzo, pero pudo controlar el tono de su voz y ocultar su mirada dolida y fría antes de proseguir—. Lo vas a volver loco. Ahora me tengo que marchar, se hace tarde.

—Tom, te extrañaré —una lágrima perdida rodó por su mejilla y él la atrapó con un dedo.

—Mi pequeña, yo también —besó su frente y la apartó violentamente volviendo su atención a la montura.

Candy ya no contenía las lágrimas que surcaban sus mejillas.

—Cuídate —le rogó con voz débil.

Thomas contestó sin girarse, no podía soportar ver más lágrimas en sus ojos verdes.

—Lo haré, mi pequeña rebelde —acto seguido subió al caballo y lo azuzó para emprender la marcha sin mirar atrás.

Desde la puerta del establo, Candy lo vio partir y se abrazó a sí misma para combatir el frío que sentía en su interior tras su marcha. Fue la primera vez que notó que el corazón se le encogía en su pecho. No era capaz de asumir que alguien a quien tanto quería se fuera lejos de su lado dejándola sola.

Tiempo después, regresó a la casa con paso lento, sin preocuparse de que su cuerpo temblara por el frío de la mañana. Antes de entrar estudió la gran edificación que había mandado construir su tatarabuelo, el primer conde de Clearwater, y supo entonces que nada de lo material podría nunca llenar aquel vacío que sentía anidar en su pecho.

Ese día, Candy no salió, se encontraba demasiado alicaída, recluida en su propia cárcel: la tristeza. Su padre era consciente de su pena y estaba preocupado por ella y convencido de que su estado se debía a la marcha de Thomas ya que él se sentía igual de desolado.

Robert White maldijo al destino que había permitido que el muchacho descubriera el secreto que llevaba años ocultando y que pesaba como una losa sobre sus hombros. Él y María hablaban del mismo a media voz, cuando Thomas los escuchó y entró en la cocina armando un gran alboroto.

Robert decidió dejar solos a madre e hijo, sabiendo que nada conseguiría en aquel momento; conocía demasiado bien el carácter de Thomas como para no saber que no razonaría enojado como estaba.

Al día siguiente, y tras hablar con María, se quedó algo más tranquilo. Al menos habían conseguido la promesa de discreción por parte de Thomas, porque si Sharon llegaba a averiguar la verdad era capaz de destruir las vidas de muchas personas inocentes, y él sería el único culpable.

CONTINUARA