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CAPITULO 2
Jermyn Street, nº 22
Terrence Graham, marqués de Grandchester, se encontraba encerrado en el despacho de su mansión en Londres. Había dado la orden a Oliver, su mayordomo, de que nadie lo molestara bajo ningún concepto. El estudio era una estancia amplia cuyo ventanal daba a la calle principal y los finos visillos que lo cubrían dejaban entrar la luz a raudales.
Labradas estanterías de roble cubrían las paredes repletas de volúmenes encuadernados en cuero y ordenados pulcramente.
Terry revisaba con obstinación unos documentos de la naviera, recibidos aquella mañana, sentado tras el gran escritorio de madera encerada tan ordenado como las estanterías. Eran las cuentas del trimestre y, tras revisarlas varias veces, se había percatado que en el último año la demanda de productos de la India había aumentado, incrementando sus viajes y con ello las ganancias. Satisfecho, cerró el libro y guardó las cuartillas sueltas en su carpeta. Se recostó sobre la butaca de cuero y sonrió contento por sus últimos logros para hacer crecer la naviera.
La empresa la fundó su abuelo, Theodoro Graham, décadas antes de que él naciera. El primer marqués de Grandchester lo había desheredado tras acusarle de ser un crápula vividor que malgastaba la fortuna del marquesado. Theodoro no se dejó amedrentar por las circunstancias y creó la naviera de la nada, luchando hasta convertirla en un imperio con la firme intención de demostrar a su padre que se equivocaba y que era capaz de lograr lo que se propusiese. Tiempo después, su progenitor sintió un gran orgullo por su hijo y restituyó todos sus derechos.
Terry realizó muchos viajes a lo largo de los años. Le gustaban los barcos y disfrutó de cada periplo que emprendió. Gracias a la naviera pudo conocer lugares recónditos y culturas que le atraparon en su influjo, pero todo aquello terminó meses antes. Al regresar de su último viaje se encontró una noticia que cambió su vida para siempre: la muerte de su progenitor.
Su padre solía pasar los meses de invierno en la casa de campo familiar situada en Bach. Era muy aficionado a la caza y, desgraciadamente, también tenía otros vicios no tan sanos. Gustaba de pasar varias noches a la semana en las tabernas del marquesado disfrutando de los fuertes licores y las bellas mujeres de la zona. Después de una noche de excesos, el Marqués tuvo la ocurrencia de salir a cazar. Su caballo se encabritó al ver una serpiente y él, con menos reflejos, no pudo controlarlo. Al caer del semental se golpeó en la cabeza y cuando lo encontraron ya era demasiado tarde.
Con la muerte de su padre, Sarah Morgan, su tía, se convirtió en la matriarca de la familia y, aparte de ella, solo quedaban tres Grandchester vivos: su primo, su hermano y él.
Tras su regreso le indicó que debía hacerse cargo del marquesado como primogénito. Terry no tuvo más remedio que aceptar aquello para lo que se le había preparado desde su más tierna infancia.
Poco tiempo después, le suplicó que se ocupara también de su primo, ya que ella apenas podía hacerse cargo con los desmanes de su hijo y deseaba que Terry le aconsejara una vida más decente.
Daniel era un hombre débil de convicción y con demasiados vicios poco ortodoxos. Lo perdían las noches en la calle St John's Wood High, con en tabernas de mala muerte, y repartía su tiempo entre mujeres de vida disoluta y timbas, donde perdía ingentes cantidades de dinero de su renta anual.
Su hermano, Charles, tampoco llevaba mejor camino, su padre había sido demasiado permisivo y ahora a él le tocaba hacer el trabajo sucio. Sospechaba que ambos se aliaban en su contra cada vez que intentaba amonestar su comportamiento.
Era usual que fueran juntos a aquellas correrías nocturnas que se alargaban hasta la madrugada. Podía entender su juventud y la necesidad de divertimento, años antes, él también había frecuentado la zona de Haymarket disfrutando de todos los placeres que brindaba, pero finalmente abandonó aquellos hábitos para cumplir con su cometido en la vida. Esperaba poder lidiar con ellos y que, más pronto que tarde, centraran la cabeza.
Meneó la cabeza para apartar los recuerdos, se levantó de la butaca y se dirigió a la chimenea donde crepitaba un fuego reconfortante.
Sus ojos se elevaron hasta posarse sobre el óleo que presidía la estancia. Se trataba del retrato de su abuelo sentado en su gran sillón de cuero. Su porte representaba su carismático carácter y podía notar en su rostro las palabras que ahora le venían como vívidos recuerdos.
Ahora que era el nuevo marqués de Grandchester, debía plantearse muchas cuestiones, entre ellas, y que más le angustiaba, la del matrimonio.
Según palabras de su tía Sarah debía dar herederos a la casa para perpetuar el título familiar. Casarse nunca había entrado en sus cálculos, y, de haber sido así, hubiera preferido tomarse su tiempo para la elección, pero la repentina muerte de su progenitor lo había abocado a asumir una decisión que creía precipitada.
Lo seducía tan poco la forma de concertar los matrimonios en la alta sociedad, la flor y nata londinense se casaba por intereses creados, como dinero, título y posición, pero nunca por amor. Muy a su pesar sabía que acabaría acatando aquellas reglas no escritas. Contraería matrimonio con una mujer que aportara algo al marquesado Grandchester y a la que no amaría.
A sus veinticinco años no era un iluso, pero deseaba que la mujer con la que debía compartir toda una vida lo hiciera por su persona y no por los títulos que ostentaba, aunque bien sabía que lo que buscaba era una quimera.
Unos golpes interrumpieron el rumbo de sus pensamientos. Molesto, se giró hacía la puerta y clavó allí su mirada. Le había dado instrucciones muy precisas al señor Oliver; no quería que nadie lo molestara.
La puerta se abrió con delicadeza, dando paso al mayordomo.
—Mi Lord...
—Señor Oliver, le dije que no estaba para nadie —le recriminó.
—Marqués, es lady Sarah.
Terry chascó la lengua contrariado. No esperaba la visita de su tía, pero bien sabía que debía recibirla si no quería soportar la retahíla de recriminaciones que recibiría por su parte en cuanto se encontraran.
—Está bien —concedió finalmente—. Hágala pasar al salón azul.
Oliver inclinó la cabeza ligeramente, en señal de entendimiento, antes de salir de la estancia para cumplir con su orden.
Al entrar en la sala vislumbró a su tía junto a la chimenea, donde crepitada un agradable fuego, sentada en una butaca tapizada en color celeste. La mujer lo recibió con una sonrisa en los labios mientras removía el azúcar de la taza de té que sostenía en su mano.
Terry llegó hasta ella y se inclinó para besar su mejilla afectuosamente.
—Buenos días, tía Sarah. Es un placer verte.
—Buenos días, sobrino. Siento haber insistido —se disculpó.
Terry se acercó hasta la mesa baja donde reposaba la bandeja con viandas y se sirvió una taza de té humeante antes de sentarse junto a ella.
—Y ahora cuéntame, ¿qué cuestión es tan urgente para traerte hasta aquí a esta hora tan temprana?
—Ayer recibí una misiva de la condesa Kendal.
—¿Y? —cuestionó Terry. Sus cejas oscuras se curvaron sin comprender.
—Me invita a cenar en su casa esta noche. Es el primer acto social de la temporada y pensé que quizás quisieras acompañarme.
—¿Es necesario? —preguntó molesto. No le seducía la idea.
—En esa cena habrá varias debutantes.
—Pero... —intentó zafarse, aunque su tía no se lo permitió.
—Deja de protestar, es un buen lugar para buscar esposa. Dile a tu ayuda de cámara que prepare tu atuendo.
Terry supo por la intensidad de su mirada que nada podría hacer. Estaba claro que su tía no lo dejaría escapar de aquella cena en la mansión Kendal.
—Será un placer acompañarte —mintió.
* * *
La casa de los Kendal había sido un centro de actividad en las horas previas a la cena, pero cuando llegaron los invitados todo estaba dispuesto según lo ordenado. La anfitriona recibía a sus amistades vestida con sus mejores galas y cuando el último nombre de la lista fue anunciado todos disfrutaron de una cena liviana cuyo plato principal eran perdices tibias.
En la sobremesa, algunas debutantes mostraron sus talentos animadas por la anfitriona. Deseaba fervientemente que su hijo se fijara en alguna de ellas y que finalmente claudicara con la idea del matrimonio.
Susana no deseaba tocar el piano, solo quería regresar a casa cuanto antes y salir de aquella sala atestada de jóvenes insulsas con las que no tenía nada en común. Pero su madre insistió, obligándola a levantarse de la silla que ocupaba para interpretar unas piezas. Cuando concluyó su repertorio los aplausos inundaron la sala y Susana abandonó el banco, que poco después fue ocupado por otra joven. Oteó la sala y, al ver a su madre conversando con una conocida, aprovechó la ocasión para escapar de su vigilancia.
Necesitaba aire fresco sin gente a su alrededor que la adulara y, tras cerciorarse de que nadie la observaba, se escabulló por una de las puertas que daban acceso al jardín.
En el exterior notó una ligera brisa que acarició su piel y el olor de las fragantes rosas inundo sus fosas nasales. Cerró los ojos para disfrutar de la sensación, pero una voz masculina a su espalda la sobresaltó.
—¿Qué hace una flor tan lejos del jardín de aspirantes?
—¿Qué...? —balbuceo Susana.
Con curiosidad mal disimulada se giró para enfrentarse con aquella sugerente voz. Solo fue capaz de observarle para apreciar los rasgos fuertes y definidos de su rostro. Lo que más llamó su atención fueron sus ojos azules que la miraban sin ningún pudor
—. Me asustó. ¿Quién es usted?
Si la joven era hermosa en la distancia, a escasos centímetros era espectacular.
—Terrence Graham —se presentó—, ¿señorita...?
—Susana White.
—Encantado, señorita White.
—No es correcto que hablemos.
—Nadie nos ve —apuntilló Terry sin dejar de sonreír. No podía dejar de mirarla. Los ojos rasgados de la joven presidian un rostro de proporciones perfectas y sus labios, suaves y carnosos, lo hicieron soñar con probarlos. De todas las jovencitas que habían acudido a la cena, la señorita White era la que había causado mayor alboroto entre el género masculino de cualquier edad.
Susana miró con nerviosismo la puerta por temor a que apareciera su madre. Si descubría que había estado hablando con un caballero sin rango le arrancaría la piel a tiras.
—Señor, no es correcto que estemos solos en este lugar.
—Tiene razón, señorita White —contestó Terry con pena—. No era mi intención importunarla. Lo mejor sería que entrara.
—Gracias, señor Graham.
—Encantado, señorita White.
Terry la vio alejarse sin apartar la mirada de su grácil espalda hasta que desapareció entre los visillos de la sala. Sonrió para sí mismo, satisfecho; quizás su quimera no era tan inalcanzable como había pensado en un principio. Aquella joven le había llamado señor y debía pensar que era un caballero sin título ni riquezas.
No pudo negar que aquello le había gustado, todo el mundo en la sala sabía quién era él, todos menos aquella ingenua joven. En el último año se había acostumbrado a que las debutantes lo persiguieran, inducidas por sus madres, en cada baile o reunión a la que asistía. Se había corrido el rumor de su intención de contraer matrimonio y aquello había provocado un aluvión de invitaciones a las mejores casas de Londres.
Pero lo que Terry siempre ignoraría, era que aquella noche la madre de la señorita White sí se había percatado de aquel encuentro en el jardín tras verlo entrar en la sala poco después que su pequeña. Sus ojos azules, iguales a los de su hija, se habían agrandado al descubrir su identidad.
Sharon se regocijó, su hija había encandilado nada menos que a un Marqués en su primera noche en sociedad. Lord Grandchester era uno de los hombres más deseados por las matronas, más aún, tras heredar, recientemente, el título y el Marquesado. Todas las jóvenes debutantes suspiraban por él, y no solo por su alta renta o el título que ostentaba, sino porque era muy apuesto.
Nunca pensó que conseguiría cumplir con tanta celeridad los objetivos que había marcado para su hija y suspiró tranquila al ver que sus plegarias obtenían su fruto. Un hombre importante se había fijado en Susana.
Las semanas transcurrieron y los encuentros fortuitos entre la pareja se intensificaron. Coincidían en eventos de diferente índole, y en las salas de baile el marqués Grandchester acaparaba gran parte de la cartilla de Susana. Cada mañana recibía un elaborado ramo de rosas blancas acompañadas por una tarjeta firmada por él. En las tardes llegaban deliciosos pasteles de crema que su madre degustaba con el té.
Su progenitora le dio instrucciones precisas de los pasos que debía seguir si quería cazar al Marqués antes de que acabara la temporada y Susana no dudó en seguirlas. Se sentía agradecida por su suerte al encontrar a Terrence ya que siempre temió verse obligada a casarse con un hombre mucho mayor que ella, con barriga prominente y conversación insulsa. Grandchester representaba lo contrario, era muy atractivo, su conversación era agradable y contaba con un humor peculiar. Todas sus amigas suspiraban por él a sus espaldas.
Susana estudió su ropero con ojo crítico. Buscaba algo especial para aquella noche de miércoles y, finalmente, se decantó por un diseño en seda de un color azul que hacía juego con sus ojos. La falda caía con gracia a lo largo de sus piernas, abultada por tres enaguas para evitar que sus formas curvilíneas se adivinaran. Las mangas eras cortas y dejaban al descubierto sus gráciles brazos, y el escote redondo mostraba parte de sus generosos senos.
Unos golpes en la puerta le anunciaron que su carruaje ya esperaba en el exterior. Antes de salir de la alcoba se acercó hasta el espejo para comprobar el resultado de una tarde de preparativos. Sonrío complacida ante su reflejo. Estaba segura de que aquella noche lograría algún avance con el Marqués.
* * *
Terry entró en la sala Almack's en compañía de su gran amigo Archibald Cornwell. Eran camaradas desde la infancia, cuando se conocieron en la escuela militar a la que ambos asistieron, y desde entonces fueron inseparables.
Aquella tarde había logrado convencerlo para que lo acompañara al baile de los miércoles. Sabía que Archie no era muy dado a los actos sociales y no siempre había sido así, recordó con nostalgia. Desde hacía unos años se había convertido en una persona hermética, y siempre que intentaba sacar el asunto éste se enfurecía y le dejaba de hablar durante días.
Desde el alto de la escalera que daba acceso a la sala de baile, Terry pudo otear la misma. Irremediablemente, su mirada buscó a Susana hasta localizarla cerca de la chimenea. Susan estaba rodeada de jóvenes plegados a sus pies y sonreía a uno de ellos que la miraba embobado, mientras que hacía un comentario gracioso que hizo reír alegremente al grupo. Uno de aquellos moscones le ofreció una taza de ponche a la joven que le sonrió agradecida, y las mejillas del pobre pimpollo se colorearon.
La voz de Archie a su espalda lo sobresaltó.
—¿Encontraste lo que buscabas?
Terry giró levemente para mirarlo, mientras curvaba sus labios.
—Sí —respondió escueto.
—Supongo que es ella —ratificó.
—La señorita White —le informó Terry con orgullo.
—Es una preciosidad, no te lo discuto —le rebatió—. Pero no es oro todo lo que reluce.
Terry giró para observar el gesto de su amigo. No le gustaron sus palabras.
—Tiene una conversación interesante —se defendió—. No como las jóvenes que he conocido últimamente.
—Escuché cosas sobre su madre, y no demasiado buenas para ser sincero. —A su abuela no le gustaba aquella mujer y Sofie Cornwell era una mujer inteligente y pocas veces se equivocaba.
—No me voy a casar con la madre, sino con Susana...
Archibal se quedó con la boca abierta al escuchar sus palabras.
—¿Te vas a casar? —preguntó elevando la voz.
—Sí —afirmó tajante—. Y si eres mi amigo, deberías alegrarte —le recriminó.
—Terry, creo que deberías pensarlo, conocerla un poco más...
—Hoy mismo se lo pediré —lo cortó resuelto—. Si me disculpas —se excusó y dejó a su amigo solo.
Archie se quedó quieto, digiriendo el comportamiento de Terry. Lo siguió con la mirada mientras bajaba resuelto las escaleras en dirección a la joven del vestido azul. Ella le sonrió seductoramente mientras sus cuerpos se amoldaban para la danza.
Arrepentido y contrariado por haber aceptado ir aquella noche al baile, Archie giró buscando la salida. No tenía sentido perder el tiempo en un lugar donde no se encontraba cómodo y donde corría el peligro de... Sus pasos se detuvieron al ver la figura de Annie Britter en la entraba. Su imagen le trajo recuerdos dolorosos de un pasado no muy lejano en el tiempo. Annie, la simple mención de su nombre le provocaba sufrimiento. No quería nostalgias, pero sin poder contenerse rememoró él día que la conoció siendo apenas una niña.
Su abuela solía residir en aquel entonces en la casa de campo que poseían en Bach, y en su última misiva le suplicaba que fuera a visitarla. Archie no disfrutaba en demasía del campo, prefería la bulliciosa capital, pero adoraba a su abuela que le había criado tras la muerte prematura de sus padres.
Tras cabalgar durante horas, dejó su montura a cargo del mozo de cuadras y caminó resuelto hasta el magnífico jardín de rosas de su abuela donde esperaba hallarla.
Cual no fue su sorpresa al descubrir en su lugar a una joven ataviada con un sencillo vestido de algodón rosado y un amplio sombrero de paja que protegía su rostro de los rayos del sol. Al acercarse pudo vislumbrar un rostro ovalado presidido por unos ojos marrones en forma almendrada. Una sonrisa genuina curvaba sus rosados labios mientras añadía una nueva rosa a la cesta que sostenía. Cuando la joven se giró para regresar a la casa su mirada se detuvo en su persona.
Archie acortó la distancia entre ellos y tras presentarle una pequeña reverencia habló.
—Discúlpeme, señorita, no pretendía asustarla. Solo buscaba a mi abuela.
La joven estudió sus rasgos.
—¿Es usted el nieto de la señora Cornwell?
—Archibald Cornwell, a su servicio.
—Su abuela me habló mucho de usted —comentó alegremente.
—Espero que solo cosas buenas.
—No lo dude.
—¿Y con quién tengo el gusto de dialogar? —le preguntó, deseaba poner nombre a aquel rostro angelical.
—Annie Britter —se presentó—. Somos vecinos de su abuela.
—Recuerdo a su padre —le explicó. Conocía a los Britter desde su más tierna infancia, pero nunca había prestado atención a su hija, la misma que suponía era la pequeña traviesa que correteaba por las fincas colindantes—. ¿Me acompaña? —le propuso ofreciéndole su brazo—. Deseo ver como se encuentra mi abuela.
—No se preocupe, señor Cornwell. Se encuentra bien, todos los días la visito.
—Se lo agradezco, señorita Britter.
—Es un placer. Me gusta conversar con ella.
En un principio solo pensaba pasar una semana en el campo, pero finalmente fueron cerca de tres. Disfrutaba de las visitas diarias de la señorita Britter, acaparando toda su atención, y, sin apenas percatarse, se fue enamorando de la joven.
Cuando la familia Britter regresó a la capital para el comienzo de la temporada, Archie no dudó en presentar sus respectos al patriarca y, de paso, saludar a la joven que no salía de su cabeza. Se encontró, casualmente, con Annie en varios eventos y en uno de ellos le presentó a uno de sus mejores amigos, Brett Taylor...
Archie apartó sus pensamientos cuando la vio acercarse con una sonrisa en los labios, y su cuerpo se tensó sin pretenderlo. Cuando estuvo a su altura, hizo una pequeña inclinación de cabeza en señal de respeto.
—Buenas noches, señora Taylor.
—Señor Conrwell. Qué sorpresa tan grata.
Archie besó su mano enguantada con cierta torpeza. Se sintió contrariado por su estupidez.
—Señora Taylor. Está más hermosa que nunca.
Annie sonrió tímidamente, con el corazón acelerado a su pesar.
—Es usted un zalamero.
—Solo recalco lo evidente —contestó Archie con humor.
Un silencio incomodo se instaló entre ellos. Ambos se quedaron mirando sin saber qué decir o qué hacer, con los ojos fijos el uno en el otro mientras el mundo seguía girando. Finalmente, Archie le ofreció su brazo con galantería y ella no dudó en afianzar su mano en él. Bajaron las escaleras de mármol blanco hasta llegar al acceso de la pista.
Las parejas bailaban animadamente al son de la música.
Sorprendiéndose a sí mismo, Archie escuchó a su voz pronunciar la pregunta que rondaba en su cabeza.
—¿Me concede el primer baile de su cartilla?
—Sería un honor —los ojos castaños de Annie refulgieron por primera vez en mucho tiempo, y Archie no fue inmune a su gesto. Su corazón se removió en su pecho, pero él lo ignoró.
—Señor Cornwell, me sorprende verle aquí. Es conocido por todos su animadversión por los bailes.
—Terry puede ser muy persistente cuando se lo propone. Me obligó a venir —confesó Archie a regañadientes.
—Entiendo —Annie sonrió con diversión. Conocía demasiado bien a Terry.
Archie no quería dar más vueltas al asunto. Cuando comenzó la siguiente balada cogió el pequeño cuerpo de Annie entre sus brazos. Como esperaba, toda su piel protestó por su cercanía y de nuevo intentó ignorar lo que sentía. Miró a su alrededor, sus ojos se posaron en su amigo que parecía más feliz que nunca.
Annie no era tonta y siguió el rumbo de su mirada.
—¿Sucede algo con Terry? Empiezo a preocuparme.
Archie volvió su atención a ella y disfrutó de su rostro pese a ver la preocupación reflejada en él.
—Creo que se equivoca en su nueva demanda.
—¿A qué se refiere?
—Ha decidido comprometerse con la señorita White.
Los ojos de Annie se abrieron desmesuradamente al escuchar el apellido de la elegida.
—No conozco personalmente a la joven, pero escuché hablar sobre su madre. Terry es inteligente —intentó defenderlo Annie.
—Espero que no se equivoque en su elección —concluyó Archie, sin creer en semejante milagro. Su amigo estaba prendado de la belleza de la señorita White y era demasiado cabeza dura para su propio bien.
CONTINUARA
Estoy haciendo una ensalada con los personajes de Candy Candy, espero que no salga mal.
