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CAPÍTULO 3
Susana sonrió a Edward con coquetería, era un hombre apuesto y muy simpático. Lo había conocido al llegar a la sala y desde entonces le había contado innumerables anécdotas que la habían hecho reír. Estaba a punto de concederle un baile al joven cuando se percató que Terry se acercaba. Su actitud cambió por completo con su presencia, se puso seria e ignoró a su admirador.
Terry llegó a su altura e inclinó su cabeza levemente en un gesto de cortesía.
—Buenas noches, señorita White.
Susana extendió su brazo para que él besara su mano antes de retribuir el saludo.
—Marqués Grandchester. Es un placer verlo.
—¿Me concede un baile? —preguntó Terry sin preámbulos.
Susana cogió el pequeño librito que colgaba de su muñeca y leyó las anotaciones escritas. El Marqués no pudo evitar la sonrisa que surgió en sus labios al percatarse de cómo se hacía la interesante.
—Justamente este lo tengo libre —afirmó con una sonrisa que lo encandiló.
Con la mano de ella sobre su brazo, juntos se dirigieron a la concurrida pista.
—Está usted muy hermosa esta noche —la alabó.
—¿Seguro? —dudó Susana con coquetería.
—Sus múltiples admiradores ya se lo habrán comentado.
—¿Está celoso? —preguntó enarcando una de sus perfectas cejas rubias—. Debería decidirse.
Terry la miró con desconcierto por sus palabras.
—¿Decidirme?
—Sepa usted que le agradezco sus atenciones —prosiguió—, pero deseo saber de sus intenciones respecto a mí.
—Señorita White, soy un hombre honorable y si no tuviera intenciones serias para con usted no la rondaría —su voz sonó más dura de lo que pretendía.
—Disculpe. No pretendía ofenderlo —rectificó Susana al percatarse de su error. Su madre le había aconsejado que le presionase, pero había sido demasiado obvia en su proceder.
El hombre que tenía en frente no era como los jovencitos con los que se divertía coqueteando.
Al ver la seriedad en su rostro decidió solucionar el entuerto creado. Sus labios formaron un gracioso puchero antes de hablar.
—Solo pretendía descubrir lo que usted siente por mi persona.
—¿Eso le importa? —preguntó aún contrariado.
—Terrence—pronunció su nombre por primera vez, con voz sugerente—, claro que sí —sus mejillas tornaron a rosadas fingiendo candor—. Yo siento algo por ti —confesó y ocultó sus ojos bajo sus largas pestañas.
Terry sonrió anchamente ante su confesión. La situación era la propicia para llevar a cabo lo que se proponía.
—Creo que deberíamos tomar alguna medida al respecto.
—¿A qué te refieres? —preguntó clavando sus ojos azules en su rostro.
—Tendré que hablar con su padre y pedirle permiso para visitarla.
—Mi padre no se encuentra en la capital —confesó con nerviosismo—, pero mi madre lo recibirá.
—No es lo usual...
—Mi familia no es usual —confesó la joven mortificada.
Una sonrisa curvó los labios masculinos.
—He de confesar que la mía tampoco lo es.
—Terrence, tía Sarah es un cielo —no lo pensaba realmente, pero durante semanas había tenido que ganársela para hilvanar su red en torno al Marqués.
—Sé que ella también te aprecia. Eres muy atenta.
—Es encantadora.
—Dejemos de hablar de mi tía y cuéntame de tu familia.
—Sólo tengo una hermana, Candice.
—¿No os acompañó?
—Es demasiado joven —contestó escuetamente. Hablar de su hermana lograba agriar su carácter, pero él insistió.
—Qué lástima. Estoy seguro de que disfrutaría en la ciudad. Londres está muy hermoso en esta época del año.
—Ella prefiere el campo, como mi padre.
Susana dio por zanjado el tema al ponerse a comentar lo concurrido que estaba aquella noche el baile semanal. Terry no le dio importancia a su cambio de humor y siguió disfrutando de la proximidad de su cuerpo.
Terry cumplió su promesa y a la mañana siguiente se presentó en la mansión de la condesa Clearwater. En cuanto el Marqués salió de la casa, Sharon buscó papel y pluma para escribir una misiva. En ella informaba a su marido de las intenciones del marqués Grandchester de llevar una relación sería con Susana.
Le hubiera gustado ver la cara de Robert cuando leyera el manuscrito. Le había recalcado más de mil veces que no se hiciera ilusiones respecto a encontrar un marido rico para Susana, pero con esa carta le demostraría que estaba equivocado.
Robert nunca estuvo conforme con las ideas de su mujer al respecto, deseaba que su hija conociera a un buen hombre que simplemente la hiciera feliz sin importar sus títulos o su renta. Pensaba que para eso no era necesario viajar a Londres ya que tenían vecinos importantes en la comarca que podían cumplir con dicho fin. Fueron múltiples las discusiones que asolaron la casa de los White. Sharon no se conformaba con un terrateniente para su hija y Robert cedió definitivamente, hastiado de escuchar a su mujer.
El conde Clearwater recibió la carta a los pocos días, y leyó sentado en la butaca de cuero junto al escritorio repleto de papeles por organizar. Al terminar, su gesto se torció y el papel acabó hecho una pelota sobre la alfombra. Aquella mujer era capaz de conseguir cualquier cosa cuando se lo proponía y bien lo sabía él. Había logrado que el nuevo marqués Grandchester se fijase en Susana y ahora requería su presencia para la inminente petición de mano.
Se mesó el cabello mientras hacía un esfuerzo por recordar al padre del joven, estaba seguro de conocerlo, y una sonrisa curvó sus labios al ubicarlo. Se conocieron en la universidad donde ambos cursaban estudios y lo recordaba como un hombre de buen talante. Tenía la esperanza de que su hijo hubiera heredado esas virtudes.
Candy se había puesto eufórica cuando su padre le informó del inminente viaje a Londres, ya que sería su primera vez en esa ciudad. Su hermana mayor estaba a punto de comprometerse con un Marqués que la pretendía y debían ir a la capital para la petición formal.
En sus cartas, Susana le hablaba de las maravillosas fiestas a las que asistía, sus deliciosas orquestas, vestidos de ensueño y hombres apuestos. Candy no era ilusa y sabía que le contaba aquellas maravillas con el único propósito de provocarle envidia, pero pronto ella también conocería los lugares de los que le hablaba en sus misivas.
Estaba impaciente por salir para Londres cuanto antes, aunque el conde de Clearwater no compartía en absoluto su ilusión. Más bien todo lo contrario, pero en su última carta Sharon había sido muy explícita respecto a la necesidad de que se uniera a ellas lo antes posible. Robert sabía que era ineludible, no podía faltar a la pedida de mano de su propia hija.
Decidieron viajar en el coche cerrado que llevaba grabado el escudo familiar en la puerta de madera noble. El interior estaba forrado de azul, con mullidos cojines forrados del mismo color. Candy observaba el paisaje a través de la ventana derecha mientras disfrutaba de lo que los rodeaba. Los altos álamos flanqueaban el camino de tierra batida, donde el carruaje traqueteaba infatigablemente.
—¿Te gusta el paisaje?
—Padre —giró y lo miró con la emoción a flor de piel—. Es precioso, estoy deseando llegar a Londres.
—Candy, no te hagas ilusiones, no es tan bonito como dicen.
—Susana me relató maravillas sobre los bailes...
—Eso es superfluo —atajó el padre—. Tienes que tener cuidado con la gente que te rodea en esos lugares. Muchas veces no son lo que parecen.
—Pero... —intentó objetar Candy.
Su padre la detuvo con un gestó de su mano derecha, que poco después acabó rozando la mejilla rosada de su hija. Observó su rostro con intensidad.
—Aún eres joven para entenderlo.
—Padre, ¿no te agrada este viaje? —le preguntó preocupada.
—No, hija mía. Es sólo que echaré de menos el campo y nuestra casa —confesó con nostalgia.
—Padre, anoche estuve pensando.
Robert estudió los ojos de su hija y percibió al instante que algo tramaba.
—Miedo me da.
—Pensé que, ya que pasaremos unas días en Londres, tal vez... —la joven dudo un instante antes de proseguir—, podríamos buscar a Tom.
Robert se crispó con la sola mención del joven.
—No es buena idea...
—Hace meses que no lo vemos —le rebatió Candy. Nunca estaba dispuesta a rendirse hasta conseguir lo que anhelaba. Y en eso sí que se parecía a su progenitora.
—Lo más seguro es que esté embarcado —intentó zanjar la cuestión el Conde.
—¡Pero no lo sabes! —lo acusó la joven.
—Me informaré —mintió. Sabía de antemano que era su única salida.
—¡Oh! —exclamó Candy apenada y fijó sus ojos en sus guantes. No quería que su padre descubriera las lágrimas que pugnaban por salir—. Es una lástima. Lo extraño.
La mano grande y velluda de su padre atrapó la suya, le dio un apretón para infundirle ánimos.
—Todos lo hacemos.
Para sorpresa de Robert, a su llegada, Sharon lo recibió con una sonrisa. Eran contadas las veces que ella había tenido algún gesto amable con él. Quizás la próxima boda de su hija estaba creando magia en su humor. Encontró a Susana más bonita que nunca, incluso parecía más madura. Suspiró al verla feliz, era lo único que deseaba para el futuro de sus hijas. Ahora solo debía preocuparse por el de Candy. Esperaba que al menos ella eligiera a algún terrateniente del condado de Clearwater para casarse y así tenerla siempre cerca.
Robert chascó la lengua con hastío al enterarse de que al día siguiente estaban invitados a comer a la mansión del marqués Grandchester. Si bien era una comida informal, con el único fin de conocerse antes de la pedida de mano, toda la mansión parecía alborotada con la preparación del vestuario de las mujeres.
Deseando una paz que no encontraría en la casa, decidió salir a dar un paseo. Caminó sin rumbo fijo durante un tiempo indeterminado y, finalmente, sus pasos lo llevaron hasta el puerto.
Miró a su alrededor e inhaló el aire con olor a mar. El lugar era un hervidero de actividad, las pasarelas de varios navíos estaban desplegadas y rudos marineros portaban pesadas cajas de madera.
Entre el gentío pudo distinguir una figura que le resultó familiar. Sus ojos se achicaron intentando asegurarse de que no se equivocaba, incluso se acercó unos metros más para cerciorarse. Entre los hombres que cargaban uno de los barcos amarrados estaba Thomas. Sus rizos castaños y los rasgos de su rostro eran inconfundibles. Dudó hacerse visible ante él, no estaba seguro de lo que iba a decirle.
Hacía menos de una hora que Tom se había levantado del duro suelo de la cubierta donde había acabado en la madrugada. Le había ayudado la patada que había recibido por parte de su superior, que lo miró con el ceño fruncido. La noche anterior no pudo rechazar la invitación de Kenneth, el hermano de su amigo Evans, en el burdel que regentaba. Hacía tiempo que tenían un negocio en común que beneficiaba a ambos. Tom solía traerle telas de la India, que conseguía a buen precio gracias al capitán, para los vestidos de sus chicas. Por su parte, su socio lo invitaba a lo que necesitara en su local.
Ahora pagaba las consecuencias de sus excesos con el alcohol, un horrible dolor centelleaba en sus sienes. Estaba a punto de coger otra caja de madera de los adoquines cuando percibió una mirada sobre su persona. Al levantar su cabeza se encontró con los ojos que lo observaban con intensidad. No llegó a elevar la carga a la espera de los movimientos de su padre.
Robert se percató de que el joven lo había reconocido y, finalmente, decidió acercarse. No era un cobarde.
—¿Qué hace usted aquí? —lo recibió el joven con dureza.
—Estaba paseando —mintió. De sobra sabía desde el primer momento a donde lo llevaría aquel paseo. Necesitaba saber sí el muchacho se encontraba bien.
Thomas observó con rabia al hombre que había admirado desde su más tierna infancia y que lo había decepcionado para siempre.
—¿Usted? ¿Paseando por el puerto de Londres? —preguntó incrédulo.
—Llegué hace unos días a la ciudad —le explicó—, para conocer al prometido de Susana.
—No sabía nada —ni quería saber—. Y si me disculpa, tengo que seguir trabajando.
—Espera... —Robert sujetó su brazo cuando el joven giró para darle espalda.
Thomas se liberó del agarre con un fuerte tirón.
—No tengo nada que hablar con usted —le espetó.
—Déjame explicarte... —le rogó.
—¿Qué me va a explicar? —le gritó dolido—. ¿Que se metió bajo las faldas de mi madre?
—No me faltes al respeto —lo atajó Robert sin elevar el tono de su voz.
—No lo pretendo —no pensaba amilanarse—. Sólo digo la verdad.
—Yo amo a tu madre.
Thomas notó la ira crecer en su interior.
—Le recuerdo que es un hombre casado.
—Lamentablemente, es así.
—No diga eso —le reclamó—. Tiene dos hijas, y una de ellas maravillosa.
—Mi Candy —Robert pronunció su nombre con emoción.
—Es lo único que tenemos en común —le recalcó Tom—. Le pido tiempo para asimilar todo.
Robert se sorprendió de su concesión y su corazón se aceleró con emoción.
—Gracias...
Thomas ignoró el semblante de su progenitor, no quería ver la esperanza en él. Que accediera a pensarlo no quería decir que fuera a cambiar de opinión. Deseaba que se marchara y así se lo hizo notar.
—Ahora lo tengo que dejar, no me pagan por estar con los brazos cruzados.
—No te entretengo más. Espero verte pronto, hijo.
Tom ya caminaba hacía la rampa, pero cuando escuchó la última palabra que pronunció el Conde su cuerpo se tensó y prosiguió su camino ignorando los ojos que notaba clavados en su espalda.
Terry entró en la casa con paso furioso, estaba de un humor de mil demonios. Su primo Niell se había vuelto a meter en un lío. En aquella ocasión había armado un gran escándalo en el burdel «Roses» situado en Haymarket. Se había emborrachado y molestado a una de las chicas del local y acabó metido en una pelea con uno de los hombres de Kenneth, el dueño. Daba gracias al cielo por tener contactos hasta en el infierno. Conocía a Gabriel Kenneth desde que eran unos jovenzuelos, eran una pareja dispar en los bajos fondos de Londres. Llevaron una vida díscola, de borrachera en borrachera, llegando al lecho al alba y muchas fueron las partidas que naipes que había ganado a Kenneth a lo largo de los años.
Absorto en sus pensamientos no prestó atención al señor Oliver, el mayordomo, que intentaba llamar su atención sin demasiado éxito y se encaminó resuelto a su despacho. Necesitaba revisar unos documentos que había dejado olvidados para solucionar el problema de su primo. Sin embargo, detuvo su movimiento al percibir una risa que se filtraba por la puerta de relucientes cristales que daba acceso a la terraza que daba al jardín trasero.
Apenas hizo ruido con sus botas de caña alta cuando se acercó. Aquel día vestía unos pantalones en color crema que se ajustaban a sus fornidas piernas y una levita color tostado cubría su ancho pecho. Su atuendo iba aderezado con un corbatín color borgoña a juego con el chaleco.
La escena que presenció al acercarse, no se la esperaba: una joven de cabello rubio dorado se encontraba desbaratada en el suelo enlosado mientras Bob, un gran San Bernardo, lamía su exquisito rostro de tez rosada. Su vestido blanco, de fino algodón, era un revoltijo de enaguas y tela. Sus piernas enfundadas en unas medias blancas y espesas, terminaban en unos pequeños pies cubiertos por unos botines de cabritilla. De su garganta surgía una risa cantaría que le recordó a un cascabel.
Estudió detenidamente su rostro, ella no era consciente de su escrutinio y lo aprovechó. No debía tener más de quince o dieciséis años, la delataba su cuerpo aún sin formar, delgado como un junco. Desde su posición podía apreciar su rostro en forma de corazón de pómulos altos, con una nariz respingada adornada con unas adorables pecas y presididos por unos ojos expresivos de color verde esmeralda como una gema pura y brillante. Entre sus labios generosos se vislumbraban unos dientes nacarados, su cabello rubio, recogido en un moño en forma de nido, refulgía con los rayos del sol y algunos rizos díscolos acariciaban su rostro.
¿Quién era aquella criatura que tenía hechizado a su perro? Bob nunca dejaba que nadie se le acercara, sólo a él.
—¡Chico, ven! —Terry dio la orden al perro, que dejó a la joven para ir junto a su dueño.
Sorprendida por aquella voz potente, Candy se levantó con premura del suelo. Intentó componer su vestido y se avergonzó de que alguien la hubiera visto de esa guisa. Era su primera visita a aquella magnifica casa, la del prometido de Susana, y temía haber cometido alguna osadía. Observó al desconocido y se sintió intimidada por su presencia. Era alto, debía medir un metro ochenta, su cabello oscuro estaba algo revuelto sobre su cuello y su rostro parecía esculpido con rasgos duros. Su piel estaba bronceada por el sol, por lo que supuso que pasaba tiempo al aire libre. El color de sus iris eran de un azul intenso como mar adentro y la observaba sin translucir su estado de ánimo. Su seriedad la apabulló.
—Siento lo ocurrido —se disculpó ruborizada.
—Señorita, no se mortifique. El culpable es mi perro.
—No lo castigará. ¿Verdad? —preguntó preocupada.
A Terry le enterneció el miedo en la voz de la niña de ojos esmerada.
—Jamás haría nada semejante, puede estar segura.
Candy respiró tranquila en lo referente al animal, pero sabía que debía volver a la sala donde se encontraba su familia.
—Debo regresar —explicó con nerviosismo—. Mi madre me estará buscando.
—Si no es una indiscreción —le consultó—, ¿cuál es el motivo de su visita?
—Viajé junto a mi padre para conocer al prometido de mi hermana —la emoción se translucía en su voz.
—Vaya pues, no preocupe a su familia.
—Gracias, señor. Sobre lo del perro...
—Tranquila. No contaré nada sobre lo sucedido, mis labios están sellados.
Ella solo le sonrió y despareció con premura por la misma puerta por la que había salido él poco antes.
Terry tocó la cabeza de Bob, que lamió el guante de cuero con afecto, y se deleitó con el día soleado que se vislumbraba desde la terraza. Respiró sonoramente antes de entrar, y se preparó para conocer al resto de la familia de su prometida.
CONTINUARA
